domingo, 2 de enero de 2011

Navidad sangrienta


 
San Agustín escribió que los primeros mártires habían sido más afortunados de lo que lo serían los últimos: a los primeros los había matado el César; a los últimos los mataría el Anticristo y su misterio de iniquidad.


Por Juan Manuel de Prada


Cerca de cuarenta personas han sido asesinadas en Jos (Nigeria), y casi un centenar han resultado heridas cuando acudían a celebrar la Nochebuena, víctimas de hasta seis bombas activadas por la facción islamista Boko Haram. En Filipinas, en la isla de Jolo, un grupo de rebeldes vinculados a Al-Qaeda hizo estallar otro artefacto explosivo en una iglesia, durante la celebración de una misa, provocando heridas de diversa gravedad entre los fieles. En Irak, las comunidades católicas son obligadas al exilio y la diáspora, ante el temor de nuevas hecatombes como la que hace apenas un par de meses se perpetró en Bagdad, con casi sesenta muertos. Es el reverso oscuro de la Navidad, que no resulta del todo comprensible si olvidamos los episodios de la matanza de Herodes y la huida a Egipto; con la única diferencia de que hoy los cristianos ni siquiera pueden huir a Egipto, donde la Iglesia copta padece también enconada persecución.

Lo que más estremece de tales episodios sangrientos, cada vez más frecuentes, no es sin embargo la magnitud de las cifras, ni el estropicio de vidas que tales cifras resumen asépticamente. Mucho más obscena y escalofriante es la indiferencia occidental: la prensa apenas dedica gacetillas esquinadas a esta sangría constante, cuando no las relega al silencio desdeñoso (aunque, cínicamente, consagre portadas y noticiarios a la bendición «Urbi et Orbi» del Papa); y las autoridades y organismos internacionales se lavan las manos, como si tales matanzas fueran el fruto de oscuros conflictos tribales, fatalmente incorregibles, fatalmente endémicos. En el mejor de los casos, cuando tales matanzas captan unas migajas de atención, son presentadas como aburridos episodios de violencia atávica entre etnias, como si el «factor religioso» fuese un mero aderezo prescindible, cuando se trata de su razón única y distintiva; y en este truco o inercia caen, incluso, las jerarquías católicas. Cuando, hace unos meses, el presidente de la conferencia episcopal turca fue asesinado por su chófer, según el sañudo ritual que se reserva a los infieles y al grito de «Alá es grande», se pretendió achacar tan pavoroso crimen a una perturbación mental del asesino; y tal hipótesis descabellada fue la que la prensa divulgó y la embotada «opinión pública» deglutió mostrencamente, no fuera que los gobernantes turcos se fueran a irritar, si se conocía la escueta y simple verdad. Y la escueta y simple verdad es que en Turquía, como en Egipto, Irak, Filipinas o Nigeria los cristianos —y muy especialmente los católicos— son asesinados a mansalva, hostigados inclementemente, reducidos a la clandestinidad u obligados a la apostasía por odio a la fe que profesan; y ese mismo odio, en su versión profiláctica o light —o sea, disfrazado con los afeites de una tolerancia de boquilla que es invitación a la apostasía silenciosa—, es el que decreta en Occidente una suerte de voluntario «embargo informativo» sobre lo que está ocurriendo.

San Agustín escribió que los primeros mártires habían sido más afortunados de lo que lo serían los últimos: a los primeros los había matado el César; a los últimos los mataría el Anticristo y su misterio de iniquidad. Una reflexión que viene como pintiparada para esta Navidad sangrienta. Porque esconder la cabeza debajo del ala forma parte del mismo misterio de iniquidad que pone bombas en los arrabales del atlas.

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