sábado, 6 de junio de 2009

Reflexionando el Domingo: Océano de amor, Trinidad Santa

Dios es amor, vida, belleza, felicidad en familia.
Santísima Trinidad – B/7 junio 2009


Por el P. Jesús Álvarez, ssp


Océano de Amor, Trinidad Santa,
origen del universo y de la vida,
torrente del Amor en que se anida
la esperanza del hombre que te canta.

Manantial de eternidad participada
que trasciendes el tiempo y el espacio,
corriente de un encuentro regalado
en la vida que de tu seno se derrama.

Contemplar en este día tu Belleza
ansío desde el fondo de mi alma,
la Belleza del Amor que todo calma
y al hombre participa tu grandeza.

Paternal Amor que sin reservas
al Hijo se entrega totalmente,
generando la donación eternamente
fuente de Vida que todo lo conservas.

Amor filial que al Padre restituye
dinámico en su fuente de obediencia
el Amor que recibe en su inmanencia
contemplando el rostro del que fluye.

Amor de Espíritu donado y recibido
dador de vida, santidad del alma,
soplo del ardor que me entusiasma
a caminar en tu Reino renacido.

A Ti la gloria, Amor que todo creas
al que liberas al hombre y lo redimes,
la adoración en el Amor sublime
que santificando todo lo renuevas.


R. Ferreiro

* * *

Dios es amor, vida, belleza, felicidad en familia.
Santísima Trinidad – B/7 junio 2009

Por el Jesús Álvarez, ssp

En aquellos días los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, dudaban. Y Jesús, acercándose, les dijo: - Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Vayan y hagan discípulos míos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; y enseñándoles a vivir todo lo que les he mandado. Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo.
Mt 28, 16-20

Todos los santos y ángeles juntos no sabrían decirnos lo que es Dios. Pero hay una descripción que nos abre un resquicio para ver algo de Dios: Dios es vida, amor, belleza y felicidad infinita en Familia, constituida por las tres Personas de la Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Tres personas talmente unidas, que se hacen un solo Dios.
Poco importa que no podamos comprender ni explicar el misterio de la Trinidad. Lo que sí importa es que podemos, por gracia de Dios, amar, adorar, gozar y tratar a todas y cada una de las tres divinas Personas de la Trinidad, ya en el tiempo y luego gozarlas por toda la eternidad. Ellas se abajan para habitar en nosotros como en su templo preferido.
Por amor Dios nos creó para que compartamos con él su vida, su amor, su belleza y su felicidad infinita en su y nuestra eterna Familia Trinitaria. Y el Hijo vino al mundo para librarnos del pecado que corta el camino hacia el feliz Hogar eterno.
Para eso da a los apóstoles la misión de evangelizar y guiar a todos los hombres hacia la Casa eterna, y el poder de perdonar los pecados. Dios “no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva”.
Pablo dice que “ni ojo vio, ni oído oyó ni mente humana puede sospechar lo que Dios tiene preparado para quienes lo aman”; y: “Los sufrimientos de esta vida no tienen comparación con los gozos que nos esperan”.
En el paraíso se gozan siempre nuevos cielos e interminables deleites, alegrías, maravillas y bellezas; y el ansia de placer se harta y se acrecienta sin fin. Mientras que fuera del paraíso, -en el infierno- se prueban siempre nuevos e insoportables sufrimientos, que tampoco tienen comparación con los de esta vida. ¡Sepamos elegir bien, haciendo lo que Jesús nos manda como condición para acceder al paraíso!
Irreparable desgracia sería ignorar o infravalorar a nuestra gloriosa Familia eterna, quedándonos fuera del Hogar, lo cual equivale al infierno, que es tormento indecible por haber perdido para siempre las personas, bienes y placeres terrenos y los eternos, a uno mismo y al propio Dios. Mientras que, al que ama a Dios, él le dará –no obstante las cruces- el ciento por uno aquí en la tierra en bienes, personas y gozos, y se los multiplicará al infinito para siempre en la Familia Trinitaria.
Más vale temer el infierno que caer en él. El infierno no se elimina por no creer en él, sino que por no creer en él se arriesga caer en él.
Jesús nos indicó bien claro cómo nos hacemos miembros de la felicísima Familia Trinitaria: “Éstos son mi madre, mi padre, mis hermanos y hermanas: los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica”. “Quien quiera salvar su vida, la perderá; y quien pierda la vida por mí, la salvará”. Quien entregue la vida por amor a Cristo y al prójimo, la tiene asegurada para toda la eternidad. No hay otra alternativa.

Éx 34, 4b-6. 8-9
En aquellos días: Moisés subió a la montaña del Sinaí, como el Señor se lo había ordenado, llevando las dos tablas en sus manos. El Señor descendió en la nube, y permaneció allí, junto a él. Moisés invocó el Nombre del Señor. El Señor pasó delante de él y exclamó: «El Señor es un Dios compasivo y bondadoso, lento para enojarse, y pródigo en amor y fidelidad». Moisés cayó de rodillas y se postró, diciendo: «Si realmente me has brindado tu amistad, dígnate, Señor, ir en medio de nosotros. Es verdad que éste es un pueblo obstinado, pero perdona nuestra culpa y nuestro pecado, y conviértenos en tu herencia».

En su camino por el desierto hacia la tierra prometida, el pueblo de Israel promete hacer todo lo que manda el Señor. Pero pronto se olvida de su compromiso y vuelve la espalda a Dios, cayendo a la perversión de adorar a un ídolo como su salvador: el becerro de oro, obra de manos humanas, y por tanto muy inferior al mismo hombre.
A pesar de eso, Moisés intercede por el pueblo y Dios decide continuar teniéndolo como su heredad predilecta, y le concede su compasión, clemencia, amor, misericordia, y fidelidad, a pesar de que el pueblo no se lo merece.
Dios no nos rechaza, sino que somos nosotros quienes podemos rechazarlo sin motivo. Él respeta nuestro rechazo, pero sigue siempre ofreciéndonos su presencia fiel, amorosa y gozosa, a pesar de nuestras idolatrías.
Ante esta inaudita dignación del amor de Dios hacia nosotros, lo único correcto y justo es la adoración, el amor y la gratitud, que se transforma en súplica de perdón, sin ceder a la tentación de creer que Dios nos ha abandonado.
La omnipotencia de Dios se manifiesta principalmente en el perdón de los pecados. Su poder es infinito, como infinito es su amor. ¿Cómo no volvernos siempre a él y buscar en su amistad la herencia eterna por la que suspiramos: Dios mismo? ¿Y cómo no suplicar y ofrecer a Dios por la conversión de los pecadores, igual que hacía Moisés?

2Co 13, 11-13
Hermanos: Alégrense, trabajen para alcanzar la perfección, anímense unos a otros, vivan en armonía y en paz. Y entonces, el Dios del amor y de la paz permanecerá con ustedes. Salúdense mutuamente con el beso santo. Todos los hermanos les envían saludos. La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo permanezcan con todos ustedes.

La reflexión sobre la Trinidad y la experiencia trinitaria aparecen pronto en la Iglesia. Y no se trata de una teoría, sino de un Ser vivo y esencial para el creyente.
Las tres Personas Divinas, unidas en Trinidad, no son personajes abstractos o lejanos, o un misterio absurdo, sino Personas reales que se experimentan como amor (el Padre), como gracia (el Hijo) y como unión (el Espíritu Santo). Están en relación con nosotros, y nos ayudan a vivir en perspectiva de eternidad.
Lo decisivo es creer en Dios Uno y Trino, sentirse amados por él y vivir unidos a él, en una relación personal cercana, tierna, gratificante con cada una de las tres Divinas Personas. No hay experiencia humana que pueda igualarse con ésta.
La Carta a los corintios termina con el saludo que suele repetirse al comienzo de la Eucaristía, pidiendo a la Trinidad para la asamblea los dones propios de cada Persona: el amor del Padre, la gracia del Hijo y la comunión del Espíritu Santo.
La vida física, don de la Trinidad, se puede perder en cualquier momento. Lo decisivo es ofrecerla con Cristo por la salvación del prójimo y del mundo, ya desde ahora, para que en la muerte física nos dé un cuerpo glorioso como el suyo, capaz de gozar de la Trinidad, nuestra Familia eterna.


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