sábado, 13 de junio de 2009

Corpus Christi - Homilía del Sr. Arzobispo de Buenos Aires


Frente a tantas realidades que o nos seducen “o nos amenazan”, Jesús apela siempre, una y otra vez, a nuestra libertad. Cuando a muchos les parecía duro su lenguaje sobre la Eucaristía, Jesús mismo le pregunta a sus amigos: “¿Y ustedes? ¿También ustedes quieren dejarme?”

Por el Card. Jorge Mario Bergoglio s.j.

La lectura del libro del Éxodo nos narra este diálogo litúrgico entre Moisés y el pueblo. Moisés lee la Ley de Dios y el pueblo va respondiendo y se compromete diciendo: “Estamos dispuestos a poner en práctica todas las palabras que ha dicho el Señor”. Queda sellada la Alianza entre Dios y el pueblo.

Nosotros, en los Sacramentos, retomamos muchas veces este diálogo de Alianza, de compromiso verdadero. El día de nuestro Bautismo, el sacerdote le preguntó a nuestros padres: “¿Están dispuestos a educar a su hijo en la fe?”. Y ellos respondieron: “Sí, estamos dispuestos”. En el sacramento del Matrimonio se le preguntó a todos ustedes, esposos y esposas cristianos: “¿Están dispuestos a ser fieles?” Y ustedes respondieron: “Sí, estamos dispuestos”. En nuestra Ordenación se nos preguntó a nosotros sacerdotes “¿Están dispuestos a presidir fielmente la Eucaristía para alabanza de Dios y santificación del pueblo cristiano?” y respondimos: “Sí, estamos dispuestos”.

Detrás de estos compromisos de Alianza reconocemos el estilo de Jesús que permaneció grabado en la memoria de la liturgia: esa manera tan suya de entrar en nuestra vida pidiendo permiso, preguntando si lo queremos recibir. El Señor siempre dice: “Yo estoy a la puerta y llamo. Si alguno me abre, entraré y cenaremos juntos”. Jesús no invade nuestra vida, Él siempre pregunta: “¿Quieren andar conmigo”, “¿Están dispuestos a dar un paso más?”.

Frente a tantas realidades que o nos seducen “o nos amenazan”, Jesús apela siempre, una y otra vez, a nuestra libertad. Cuando a muchos les parecía duro su lenguaje sobre la Eucaristía, Jesús mismo le pregunta a sus amigos: “¿Y ustedes? ¿También ustedes quieren dejarme?”. Y Pedro en nombre de todos le dice “No. Señor. ¡A quién iremos!”

En la Eucaristía, que Jesús ha “deseado ardientemente” compartir con nosotros, este diálogo de Alianza cobra toda su fuerza en la humildad del ofrecimiento del Señor. Cuando escuchamos que dice: “Tomen y coman”, el tono es: “¿Quieren comer mi carne y beber mi sangre?”. Cuando dice: “Hagan esto en memoria mía”, nos está preguntando: “¿Están dispuestos a hacer esto en memoria mía?”. Este gesto tan sencillo de ofrecerse como Pan, es un gesto de amor sin condiciones. Un gesto que pide ser recibido humildemente por otro amor también sin condiciones.

De ahí que la Eucaristía, aunque a veces la dejemos de lado por un tiempo, renace siempre en los momentos importantes de nuestra vida. El Señor nos acompaña por el camino, aun sin darnos cuenta, y siempre hay un momento en el que, al partir el pan, se nos abren los ojos y recuperamos la memoria de su Amor. Eso es celebrar la Eucaristía: ¡recuperar la memoria de su Amor!

Jesús anticipó en la Eucaristía el Don de sí que iba a realizar en la Cruz. Anticipó y concentró en la Eucaristía todo su Amor. Por eso la Eucaristía tiene esta virtud de abrir los ojos, de hacernos “recordar”, de inundar de Amor la memoria de nuestro corazón. La Eucaristía nos vuelve contemporáneos con el misterio de la Cruz y de la Resurrección de Jesús, nos mantiene en Alianza de Amor con el Señor, hasta que vuelva.

Y hoy es un día muy especial para que renovemos nuestra Alianza, para que sintamos cómo el Señor mismo nos pregunta humildemente: “¿Están dispuestos a revivir una vez más la memoria de mi Amor?” y respondamos juntos de todo corazón: ¡Sí, estamos dispuestos! Hagámoslo de corazón

El Señor nos mandó que permanezcamos en su amor, y la memoria agradecida es una manera de permanecer en su amor. ¿Están dispuestos a no dejar que caiga en el olvido la memoria de este Amor, están dispuestos a permanecer en el Amor de Jesús?

¡Sí, estamos dispuestos!

El Señor nos mandó que nos perdonemos unos a otros, y compartir la Eucaristía implica perdonarnos y aceptarnos. ¿Están dispuestos a perdonar y a dejarse perdonar?

¡Sí, estamos dispuestos!

El Señor nos mandó que diéramos de comer al hambriento. Recibir el Cuerpo de Cristo supone el compromiso de extender este compartir el pan a todos los hermanos y en todas las dimensiones de la vida. ¿Están dispuestos a compartir?

¡Sí, estamos dispuestos!

El Señor, en el lavatorio de los pies, nos mandó que no le pusiéramos distancia a su misericordia. ¿Están dispuestos a dejar que el Señor se les acerque y los toque con su misericordia, les lave los pies y los purifique?

¡Sí, estamos dispuestos!

El Señor, por el camino de Emaús, les reprochó a los discípulos que anduvieran encerrados en sus pensamientos de tristeza, faltos de fe, con la conciencia aislada y separados de la Comunidad. ¿Están dispuestos a dejar que el Señor les encienda de nuevo la Esperanza en el corazón y les haga decir como un solo pueblo: “Jesucristo, Señor de la Historia, ¡te necesitamos!”?

¡Sí, estamos dispuestos!

¿Están dispuestos a no bajar los brazos y a remar mar adentro una vez más, cada mañana, y a echar las redes en su Nombre aunque hasta ahora parezca que no han pescado nada, seguros de que Él los espera en la orilla con las brasas encendidas y el pescado asado y el Pan calentito que confortan luego de la dura tarea?

¡Sí, estamos dispuestos!

Con estos deseos, con el tono consolador de este diálogo de amor y de Nueva Alianza, nos acercaremos hoy a comulgar con devoción. Dejemos que la memoria Viva del Señor nos gane el corazón, unja de agradecimiento y esperanza todos los rincones de nuestra vida, especialmente aquellos donde no nos animamos a que entre su luz y la calidez perdonadora de su misericordia.

Así alimentados por este pan bendito y ungidos por la sangre salvadora saldremos a ungir todos los lugares de nuestra ciudad. El nos envía como envió a los primeros setenta y dos misioneros y misioneras, de dos en dos, a los lugares a donde luego debía ir Él. Y vamos para anunciar que viene, para que lo precedamos y le preparemos sitio. El quiere comulgar con nuestra vida, tiene sed de todo lo nuestro, de todo lo humano, especialmente de nuestros pecados para perdonarlos. El tiene hambre de todo lo que nos pasa, hambre de nuestro amor. El Señor se hace Eucaristía porque quiere entrar en comunión con nosotros. Comunión de amor. Comunión de amistad.

No perdamos la memoria de esta Alianza; permanezcamos en la memoria del amor a Jesús, desestimando toda propuesta de resentimiento, odio, desunión, egoísmo y rencor. Permanezcamos en el Amor y digamos, desde el fondo de nuestro corazón, que preferimos este camino, que estamos dispuestos a caminar en esta alianza de amor. Que así sea.

Buenos Aires, 13 de junio de 2009



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