sábado, 13 de junio de 2009

“Concédenos Señor participar con fe en el misterio de tu Cuerpo y de tu Sangre”


La Eucaristía, alimento espiritual, es el sostén de la Iglesia y de la vida del hombre, el cual la debe desear más que al pan que alimenta el cuerpo. Ella es alimento y luz para la vida del mundo.
Corpus Christi (b)

Por Mons. Marcelo Martorell

Este domingo la Iglesia celebra la festividad del Cuerpo y la Sangre del Señor. Es la misma Eucaristía que se celebra cada día del año: La Iglesia la ofrece en sacrificio de alabanza a Dios, la da en alimento a cada cristiano y la conserva como presencia real de Jesucristo en cada Sagrario para adoración de los fieles. Así ella se convierte y es el centro y el sostén de la vida humana.

La Eucaristía está íntimamente relacionada con el don y la institución del sacerdocio, hoy y ayer y lo estará siempre hasta que el Señor vuelva definitivamente. Recordemos la antigua figura de Melquisedec, (Heb. 7,3 ss), Rey de Salem y Sacerdote del Dios Altísimo, que en acción de gracias a Dios por la victoria de Abraham, ofrece un sacrificio de “ an y vino”, símbolo de la Eucaristía. Melquisedec es llamado “sacerdote para siempre”, de él no se conoce ni principio ni el fin. Así pues este título es dado a Cristo más apropiadamente porque su sacerdocio no tiene origen humano sino divino, y por lo tanto es eterno. Acabado el sacerdocio levítico en el Nuevo Testamento, queda solamente el sacerdocio de Cristo que se prolonga en el sacerdocio católico y a él le canta la Iglesia cuando exclama: “Tú eres sacerdote para siempre según el rito de Melquisedec”.

En la 1ª Carta a los Corintios 11, 23-26; San Pablo presenta a Cristo Sacerdote en el acto de instituir la Eucaristía, según la tradición que “procede del Señor”. Así también Lucas presenta la multiplicación de los panes (Lc. 9,11-27), como preparación y anticipo evidente de la Cena Eucarística: Jesús toma los panes, eleva los ojos al cielo, los bendice y los reparte y en el Cenáculo, el pan se convierte en su Cuerpo y el vino en su Sangre. Y llama la atención el detalle: “se los dio a sus discípulos para que distribuyeran el pan y quedaran todos saciados”.

Moisés insistía constantemente -para mantener viva la fe de Israel- en el maná bajado del cielo y el agua que manaba de la roca para saciar el hambre y la sed de Israel, peregrinante en el desierto. Estos signos eran también anticipos de la Eucaristía y por eso es lógico que la Iglesia ponga su especial cuidado en que el Nuevo Pueblo de Dios y sus miembros no desdeñen el don infinitamente más grande de la Eucaristía, frente a la cual los otros dones de Dios, no son sino una pálida imagen.

La Eucaristía, alimento espiritual, es el sostén de la Iglesia y de la vida del hombre, el cual la debe desear más que al pan que alimenta el cuerpo. Ella es alimento y luz para la vida del mundo. En el Evangelio de Juan, Jesús nos dice (Jn. 6,51-59), “Yo soy el Pan vivo bajado del Cielo: el que come de este pan vivirá para siempre y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. Es que ella es verdaderamente alimento para la vida presente y preludio de la vida eterna, a la que todos estamos invitados. El Evangelista afirma que después de comer el maná los hebreos murieron, en cambio “el que coma de este pan vivirá para siempre”. Es que la Eucaristía es vida y vida eterna, misterio infinito de fe y de amor que se prolonga en el tiempo y en la historia, hasta que el Señor vuelva glorioso al final de los tiempos.

La Eucaristía es memorial - actualización de la muerte del Señor y ofrece a los fieles el mismo Cuerpo de Jesús que se inmoló en la cruz por los hombres y es también memorial de su resurrección porque es el “pan vivo”, en el que Cristo está presente y viviente como lo está en la Gloria del Padre, y por eso adoramos y glorificamos al sacramento de fe y de amor de quien “amó y amó hasta el fin”.

Jesús Eucaristía realiza la unidad de la Iglesia y le da vida en el Espíritu. La Eucaristía es necesaria para la vida del hombre y de la Iglesia. Es el Cristo vivo, el Señor de la vida y de la historia. Sin Él nada podemos y por eso hay que acercarse, comerlo, adorarlo, darle gracias y amarlo. Hay que acercarse y comerlo, pues “sin mí nada podéis”, dice el Señor. Podríamos preguntarnos: ¿Es posible para el cristiano vivir sin la Eucaristía? ¿Acaso nos basta sólo la Palabra? La Palabra nos lleva a la Eucaristía como plenitud y realización. Sin ella nos faltaría la vida del Señor que se confunda con la nuestra, dándonos vida en la tierra y anticipando la plena unión con Él en la eternidad.

Que María adoradora de la Eucaristía nos lleve a amar la Eucaristía y a confiar en ella.


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