domingo, 2 de septiembre de 2001

FAUSTO APPETENTE DIE (29 DE JUNIO DE 1921)


ENCÍCLICA 

FAUSTO APPETENTE DIE

DEL PAPA BENEDICTO XV

SOBRE SANTO DOMINGO

A LOS PATRIARCAS, PRIMADOS, ARZOBISPOS,

OBISPOS Y DEMÁS ORDINARIOS

EN PAZ Y COMUNIÓN CON LA SEDE APOSTÓLICA.

Venerables Hermanos,

Salud y la Bendición Apostólica

Se acerca el séptimo centenario del día en que esa luz de santidad, Domingo, pasó de estas miserias a la sede del Beato. Desde hace tiempo nos interesamos profundamente por sus devotos, especialmente desde que asumimos el gobierno de la Iglesia de Bolonia, que con mayor devoción conserva sus restos. Por ello, nos complace poder, desde esta Sede Apostólica, exhortar al pueblo cristiano a celebrar la memoria de tan gran hombre. En esto no solo consultamos nuestra propia piedad, sino que cumplimos con un deber de gratitud hacia el padre y legislador y hacia la distinguida Orden que fundó.

2. Este hombre de Dios y verdadero Dominicus se entregó por completo a la Santa Iglesia, que tenía en él un defensor invencible de la fe. La Orden de Predicadores, fundada también por él, ha sido siempre la firme defensa de la Iglesia romana. Así, no solo fortaleció el templo en su tiempo, sino que también aseguró la continuidad de dicha defensa. Las palabras de Honorio III al aprobar la Orden parecen proféticas: “…viendo a los hermanos de vuestra Orden como los futuros defensores de la fe y las verdaderas luces del mundo”.

3. En efecto, como todos saben, para la expansión del reino de Dios Jesucristo no empleó otra arma que la predicación del Evangelio, es decir, la voz viva de sus heraldos, quienes difundieron por doquier la doctrina celestial. “Enseñad -dijo- a todas las naciones”. “Predicad el Evangelio a toda criatura”. Así, a partir de la predicación de los Apóstoles, y especialmente de San Pablo, sucedió que, al complementarse la predicación con la doctrina y la disciplina de los Padres y posteriormente de los Doctores, las mentes de los hombres se iluminaron con la luz de la verdad y concibieron un amor por todas las virtudes. Siguiendo esta misma línea en su labor por la salvación de las almas, Domingo se propuso a sí mismo y a todos sus seguidores “transmitir a otros lo que habían contemplado”. Por esta razón, además del deber de cultivar la pobreza, la inocencia de vida y la disciplina religiosa, ordenó a su Orden, de manera estricta y solemne, que fueran celosos en el estudio de la doctrina cristiana y la predicación de la verdad.

4. En la predicación dominicana destacan tres cualidades: gran solidez doctrinal, plena fidelidad a la Sede Apostólica y piedad hacia la Virgen María. Pues, aunque Domingo se sentía maduro para la predicación, no la asumió hasta haber estudiado a fondo en el Ateneo Palentino de filosofía y teología. Tras una larga formación con los Padres de la Iglesia, bajo su guía y enseñanza, asimiló, por así decirlo, las riquezas de la Sagrada Escritura, y especialmente las de Pablo.

5. El valor de este conocimiento de las cosas divinas pronto se hizo patente en sus disputas contra los herejes. Estos, armados con toda clase de artimañas y falacias, atacaban los dogmas de la fe; sin embargo, él los confundió y refutó con asombroso éxito. Esto se manifestó especialmente en Toulouse, epicentro de las herejías, donde se habían congregado los más eruditos de los adversarios. Se cuenta que él, junto con sus primeros compañeros, poderosos en palabra y obra, resistió invenciblemente la insolencia de los herejes. De hecho, no solo resistió su fuerza, sino que, con su elocuencia y caridad, ablandó sus espíritus de tal manera que logró que un gran número regresara al seno de la Iglesia. Dios mismo estuvo siempre presente para ayudarlo en su lucha por la fe. Así, habiendo aceptado el desafío de los herejes de que cada uno entregara su libro a las llamas, solo el suyo permaneció intacto. De este modo, gracias al valor de Domingo, Europa se libró del peligro de la herejía albigense.

6. Con esta sólida doctrina, ordenó que sus hijos se adornaran. Pues, poco después de la aprobación de su Orden por la Sede Apostólica y la confirmación del noble título de Predicadores, dispuso que se fundaran casas lo más cerca posible de las universidades más prestigiosas para que sus hermanos pudieran ejercitarse con mayor facilidad en todas las ramas de la cultura y ganar seguidores entre los estudiantes universitarios. Por consiguiente, el instituto dominico fue desde sus inicios famoso por su erudición. Su misión especial fue siempre atender las diversas heridas del error y difundir la luz de la fe cristiana, puesto que nada obstaculiza tanto la salvación eterna como la ignorancia de la verdad y la perversidad doctrinal. No fue extraño, pues, que los ojos y los corazones de todos se volvieran hacia este nuevo apostolado, fundamentado en el Evangelio y las enseñanzas de los Padres, y avalado por la abundancia de todos los conocimientos.

7. La misma sabiduría de Dios pareció manifestarse a través de los dominicos cuando surgieron entre ellos heraldos y defensores de la sabiduría cristiana como Jacinto Polono, Pedro el Mártir, Vicente Ferrer, y figuras de genio y erudición como Alberto Magno, Raimundo de Peñafort y Tomás de Aquino, en quien, especialmente como seguidor de Domingo, Dios “se dignó iluminar a su Iglesia”. Esta Orden, por lo tanto, siempre honrada como maestra de la verdad, adquirió nuevo esplendor cuando la Iglesia declaró propia la enseñanza de Tomás y a ese Doctor, honrado con los elogios especiales de los Pontífices, maestro y patrono de las escuelas católicas.

8. Junto a este celo por conservar y defender la fe, Domingo sentía una reverencia suprema por la Sede Apostólica. Se narra que, postrado a los pies de Inocencio III, se comprometió a defender el Pontificado Romano, y que el mismo predecesor nuestro lo vio en visión la noche siguiente sosteniendo sobre su valiente hombro la tambaleante pila de la Basílica de Letrán. La historia cuenta también cómo, mientras formaba a sus primeros seguidores en la perfección cristiana, Domingo pensó en reunir entre laicos piadosos y devotos una milicia sagrada que defendiera los derechos de la Iglesia y resistiera con vigor la herejía. De ahí surgió la Tercera Orden de los Dominicos, que, al difundir entre los laicos la enseñanza de una vida más perfecta, se convertiría en un gran ornamento y defensa para la Iglesia.

9. Transmitida por su Padre y Legislador, la herencia de tal devoción a esta Sede pasó a los hijos. Por lo tanto, cada vez que, por las mentes apasionadas de los hombres, la Iglesia tuvo que sufrir movimientos populares o la tiranía de los príncipes, esta Sede Apostólica tuvo en los dominicos, defensores de la verdad y la justicia, una ayuda sumamente oportuna para la preservación y el honor de su autoridad. ¿Quién ignora las gloriosas hazañas de la virgen dominicana Catalina de Siena en este sentido? Impulsada por la caridad de Jesucristo, persuadió al Romano Pontífice, lo que nadie más había podido hacer, a regresar a su Sede Romana después de setenta años. Posteriormente, mientras la Iglesia Occidental se veía desgarrada por un terrible cisma, ella mantuvo a un gran número de cristianos en fiel obediencia al legítimo Pontífice.

10. Y, dejando de lado otros aspectos, no podemos dejar de recordar que cuatro grandes Pontífices romanos procedían de la Orden Dominicana. De ellos, el último, San Pío V, se granjeó la eterna gratitud del cristianismo y de la sociedad civil. Tras incansables esfuerzos, unió las armas de los príncipes católicos y, bajo el amparo de la Virgen María, a quien, por lo tanto, ordenó que se venerara en adelante como Auxilio de los Cristianos, destruyó para siempre en Lepanto el poder de los turcos.

11. En esto se muestra ampliamente la tercera cualidad que hemos observado en la predicación dominicana: una piedad ferviente hacia la Madre de Dios. Se dice que el Pontífice conoció por revelación divina la victoria de Lepanto, lograda en el preciso instante en que, a través del mundo católico, las piadosas cofradías del Santo Rosario imploraban la ayuda de María con la fórmula iniciada por el Fundador de los Predicadores y difundida por sus seguidores. Amando a la Santísima Virgen como a una Madre y confiando principalmente en su protección, Domingo comenzó su lucha por la fe. Los albigenses, entre otros dogmas, atacaban tanto la maternidad divina como la virginidad de María. Él, atacado por ellos con toda clase de insultos, defendiendo con todas sus fuerzas la santidad de estos dogmas, invocó la ayuda de la Virgen Madre misma, utilizando frecuentemente estas palabras: “Hazme digno de alabarte, Santísima Virgen; dadme fuerza contra tus enemigos”. La complacencia de la Reina Celestial con su piadoso siervo se deduce fácilmente de que utilizó su ministerio para enseñar el Santísimo Rosario a la Iglesia, Esposa de su Hijo; esta oración, tanto vocal como mental, especialmente en la contemplación de los misterios de la religión, mientras que el Padrenuestro se repite quince veces junto con otras tantas decenas del Ave María, es sumamente adecuada para fomentar la piedad y toda virtud. Con razón, pues, Domingo ordenó a sus seguidores, al predicar al pueblo, inculcar con frecuencia esta forma de oración, cuya utilidad había experimentado. Sabía, por un lado, que la autoridad de María con su Hijo es tal que cualquier gracia que él confiera a los hombres, ella tiene su distribución y reparto. Por otro lado, sabía que ella es de naturaleza tan bondadosa y misericordiosa que, dado que tiene por costumbre socorrer a los afligidos por propia voluntad, le es imposible rechazar las peticiones de quienes le rezan. Por consiguiente, la Iglesia, que acostumbra a venerarla como “Madre de la Gracia y Madre de la Misericordia”, siempre la ha encontrado presente, pero especialmente en respuesta al Rosario. Por ello, los Romanos Pontífices no han desaprovechado ninguna ocasión para recomendar el Rosario y lo han enriquecido con Indulgencias Apostólicas.

12. Ahora bien, los institutos dominicos, como bien sabéis, Venerables Hermanos, son tan oportunos hoy como en tiempos de su Fundador. ¡Cuántos hoy, privados del pan de vida, es decir, de la doctrina celestial, se encuentran, por así decirlo, en un estado de inanición! ¡Cuántos, engañados por las apariencias de la verdad, se apartan de la fe por diversos errores! Para que los sacerdotes puedan atender debidamente las necesidades de todos ellos mediante la Palabra de Dios, ¡cuán celosos deben ser por la salvación de los demás y cuán firmemente arraigados en el conocimiento! ¡Cuántos, además, hijos ingratos y olvidadizos de la Iglesia, se apartan del Vicario de Jesucristo por ignorancia de los hechos o por una voluntad perversa, a quien es necesario conducir al seno común! ¡Para la curación de estos y de todos los demás males, cuánta necesidad tenemos del patrocinio maternal!

13. Los dominicos, por lo tanto, tienen un campo casi ilimitado en el que trabajar por el bienestar común. Por ello, deseamos a todos ellos que, en estas celebraciones del centenario, renueven su devoción al santo ejemplo de su fundador y se hagan cada día más dignos de tal padre. Que sus hijos de la Primera Orden tomen un ejemplo digno en esto y sean cada vez más celosos en la predicación de la Palabra Divina, de tal manera que puedan infundir reverencia por el sucesor de San Pedro y devoción a la Virgen María, y que puedan difundir y defender la verdad. Pero también de los terciarios dominicos, la Iglesia espera mucho, si se esfuerzan por conformarse al espíritu de su patriarca, en la instrucción de los incultos y poco versados ​​en la doctrina y la moral cristianas. En esto esperamos que sean asiduos, pues es un asunto de gran importancia para el bien de las almas. Finalmente, deseamos que este sea un cuidado especial de los dominicos: la difusión y el uso frecuente del Rosario entre los cristianos. Hacemos esta exhortación en estos tiempos difíciles, siguiendo el ejemplo de nuestro predecesor, León XIII, y si da fruto, esta celebración del centenario no habrá sido en vano.

Mientras tanto, como presagio de los dones divinos y prueba de Nuestra benevolencia, os impartimos la Bendición Apostólica, Venerables Hermanos, a vosotros, a vuestro clero y a vuestro pueblo.

Dado en Roma, en San Pedro, el 29 de junio, fiesta del Príncipe de los Apóstoles, de 1921, séptimo año de Nuestro Pontificado.

BENEDICTO XV
 

sábado, 1 de septiembre de 2001

INGRAVESCENTIBUS MALIS (29 DE SEPTIEMBRE DE 1937)


CARTA ENCÍCLICA

INGRAVESCENTIBUS MALIS

DEL SUPREMO PONTÍFICE

PÍO XI

A LOS VENERABLES HERMANOS PATRIARCAS,

PRIMADOS, ARZOBISPOS, OBISPOS

Y DEMÁS ORDINARIOS LOCALES

EN PAZ Y COMUNIÓN

CON LA SEDE APOSTÓLICA,

SOBRE EL ROSARIO

Venerables Hermanos, saludos y la bendición apostólica.

Hemos afirmado repetidamente —y lo reiteramos recientemente en la encíclica Divini Redemptoris [1]— que los males cada vez más graves de nuestro tiempo solo pueden remediarse volviendo a Cristo y a sus santísimos preceptos. Porque solo Él “tiene las palabras de vida eterna” [2], y ni los individuos ni la sociedad pueden hacer nada que no fracase rápida y estrepitosamente si descuidan la majestad de Dios y repudian su ley.

Pero quien estudie diligentemente los anales de la Iglesia Católica podrá apreciar fácilmente el poderoso patrocinio de la Virgen Madre de Dios vinculado a todas las glorias del nombre cristiano.

Cuando los errores, que se extendían por doquier, pretendían desgarrar el manto inmaculado de la Iglesia y sumir al mundo católico en la confusión, nuestros padres recurrieron con confianza a aquella que “sola destruyó todas las herejías del mundo” [3], y la victoria que obtuvo trajo de vuelta tiempos más serenos.

Y cuando el poder impío de Mahoma, confiando en poderosas flotas y ejércitos curtidos en la batalla, amenazaba con la ruina y la esclavitud de los pueblos de Europa, entonces, por sugerencia del Sumo Pontífice, se imploró fervientemente la protección de la Madre celestial; y los enemigos fueron derrotados y sus barcos hundidos.

Y así como en las desgracias públicas, así también en las necesidades privadas los fieles de todas las épocas han acudido suplicantes a María, para que ella, tan bondadosa, les socorra, implorando alivio y remedio para los dolores del cuerpo y del alma. Y jamás su poderosa ayuda ha sido esperada en vano por aquellos que le imploran con oración piadosa y confiada.

Pero incluso en nuestros días, peligros tan graves como los del pasado se ciernen sobre la sociedad religiosa y civil.

En efecto, dado que muchos desprecian y rechazan por completo la autoridad suprema y eterna de Dios, quien manda y prohíbe, el resultado es que el sentido del deber cristiano se debilita, la fe se debilita en las almas o se extingue por completo, y los cimientos mismos de la sociedad humana se tambalean y se arruinan.

Por un lado, vemos así a los ciudadanos enfrascados en una cruel lucha entre sí, porque algunos están dotados de abundante riqueza mientras que otros deben ganarse el pan para sí mismos y sus seres queridos con el duro trabajo diario.

En efecto, en algunas regiones, como es bien sabido, la maldad ha llegado a tal extremo que incluso se ha intentado abolir el derecho a la propiedad privada para convertirlo todo en común. Por otro lado, no faltan quienes afirman honrar y exaltar por encima de todo el poder del Estado y argumentan que el orden civil debe garantizarse por todos los medios y la autoridad debe fortalecerse, pretendiendo que de esta manera se pueden rechazar por completo las execrables teorías comunistas. Sin embargo, despreciando la luz de la sabiduría evangélica, se esfuerzan por revivir los errores de los paganos y su forma de vida.

A esto se suma la astuta y nefasta secta de aquellos que, negando y odiando a Dios, se declaran enemigos del Eterno; se infiltran por doquier; desacreditan y erradican toda creencia religiosa; finalmente, pisotean todo derecho divino y humano. Y mientras se burlan de la esperanza de las bendiciones celestiales, incitan a los hombres a alcanzar, incluso por medios ilícitos, una felicidad terrenal totalmente falsa, empujándolos así con temeraria audacia a la disolución del orden social, provocando desorden, sangrientas rebeliones e incluso el estallido de una guerra civil.

Sin embargo, Venerables Hermanos, aunque tantos y tan grandes males nos amenazan, y aún mayores deben ser temidos en el futuro, no debemos desanimarnos ni permitir que la firme esperanza que solo reside en Dios se extinga.

Aquel que ha hecho sanar a los pueblos y a las naciones [4] ciertamente no permitirá que perezcan aquellos a quienes ha redimido con su preciosa sangre, ni abandonará a su Iglesia.

Pero más bien, como recordamos al principio, pidamos la intercesión ante Dios por medio de la mediación de la Santísima Virgen, que le es sumamente grata, ya que, para usar las palabras de San Bernardo, “esta es su voluntad, que ha querido que tengamos todo por medio de María” [5].

Entre las diversas súplicas con las que nos dirigimos a la Virgen Madre de Dios, el Santo Rosario ocupa sin duda un lugar especial y distinguido.

Esta oración, que algunos llaman el “Salterio de la Virgen” o el “Breviario del Evangelio y de la Vida Cristiana”, es descrita y recomendada por nuestro Predecesor, de feliz memoria, León XIII, con estas vigorosas palabras: “¡Qué admirable es esta corona tejida con la Salutación Angélica, intercalada con el Padrenuestro y unida a la obligación de la meditación interior! Es una excelente manera de orar… y sumamente útil para alcanzar la vida inmortal” [6].

Y esto se deduce claramente de las mismas flores con las que se compone esta mística corona. ¿Qué oraciones, en efecto, podrían ser más apropiadas y más santas?

La primera es la que nuestro Divino Redentor mismo pronunció cuando sus discípulos le pidieron: “Enséñanos a orar” [7]. Santísima súplica, que, al ofrecernos los medios, en la medida en que nos son dados, para dar gloria a Dios, también considera todas las necesidades de nuestro cuerpo y alma. ¿Cómo podría el Padre Eterno, al que se le invoca con las palabras de su propio Hijo, no venir en nuestra ayuda?

La otra oración es la Salutación Angélica, que comienza con la alabanza al Arcángel Gabriel y a Santa Isabel, y termina con esa piadosísima súplica con la que pedimos la ayuda de la Santísima Virgen ahora y en la hora de nuestra muerte.

A estas invocaciones verbales se añade la contemplación de los sagrados misterios, mediante los cuales las alegrías, los dolores y los triunfos de Jesucristo y de su Madre se presentan ante nosotros, de modo que recibimos alivio y consuelo en nuestras aflicciones; así, siguiendo esos santísimos ejemplos, ascendemos por grados cada vez mayores de virtud a la felicidad de la patria celestial.

Esta práctica de piedad, Venerables Hermanos, maravillosamente difundida por Santo Domingo, no sin la sublime guía e inspiración de la Virgen Madre de Dios, es sin duda fácil para todos, incluso para los iletrados y los sencillos.

Pero ¡cuán lejos del camino de la verdad están aquellos que consideran esta devoción una fórmula tediosa repetida como un canto monótono, y la rechazan por considerarla solo apta para niños y mujeres!

En este sentido, cabe señalar que tanto la piedad como el amor, al renovar las mismas palabras una y otra vez, no repiten siempre lo mismo, sino que expresan algo nuevo, que brota del sentimiento más profundo de caridad. Además, esta forma de orar tiene el aroma de la sencillez evangélica y exige humildad de espíritu; sin la cual, como enseña el Divino Redentor, es imposible alcanzar el reino de los cielos: “En verdad os digo que, si no os humilláis como niños pequeños, no entraréis en el reino de los cielos” [8].

Sin embargo, mientras nuestro siglo, en su orgullo, se burla y rechaza el Rosario Mariano, una innumerable multitud de hombres santos de todas las épocas y condiciones siempre lo han venerado, lo han rezado con gran devoción y lo han utilizado constantemente como un arma poderosa para expulsar demonios, preservar su integridad y adquirir virtud con mayor facilidad; en una palabra, para alcanzar la verdadera paz para la humanidad. Tampoco han faltado hombres eminentes por su erudición y sabiduría que, aun estando intensamente ocupados en el estudio y la investigación científica, no han dejado de orar fervientemente de rodillas ante la imagen de la Virgen en esta forma tan piadosa. Asimismo, reyes y príncipes lo han considerado un deber ineludible, incluso cuando se veían agobiados por las ocupaciones y asuntos más apremiantes. Esta corona mística, por lo tanto, se encuentra y fluye no solo en manos de los pobres, sino que también es honrada por ciudadanos de todas las clases sociales.

Y no queremos olvidar que la Santísima Virgen misma, incluso en nuestros días, recomendó encarecidamente esta forma de oración, cuando se apareció y enseñó con su ejemplo cómo recitarla a la niña inocente en la gruta de Lourdes. ¿Por qué, entonces, no esperar toda gracia si, con las debidas disposiciones y de manera santa, oramos a nuestra Madre celestial de esta forma?

Por lo tanto, Venerables Hermanos, les rogamos fervientemente que, especialmente durante el próximo mes de octubre, se rece el Santo Rosario con mayor devoción tanto en las iglesias como en los hogares. Esto debe hacerse con mayor urgencia este año, para que los enemigos del nombre divino —a saber, aquellos que se han alzado para negar y vilipendiar al Dios eterno, para tender trampas a la fe católica y a la libertad debida a la Iglesia, y finalmente para rebelarse con esfuerzos insensatos contra los derechos divinos y humanos, para llevar la ruina y la perdición a la sociedad humana— puedan, mediante el recurso efectivo a la Virgen Madre de Dios, ser finalmente sometidos y conducidos a la penitencia y al retorno al camino recto, encomendándose a la protección y tutela de María.

Que la Santísima Virgen, que una vez expulsó victoriosamente a la terrible secta albigense de tierras cristianas, ahora, invocada por nosotros con súplica, evite nuevos errores, especialmente los del comunismo, que, por muchas razones y muchas fechorías, se asemejan a los antiguos.

Y así como en tiempos de las Cruzadas, una sola voz se alzó de los pueblos de toda Europa, una sola súplica, así también hoy en todo el mundo, incluso en las ciudades y pueblos más pequeños, unidos en espíritu y fuerza, busquemos con filial y constante insistencia obtener de la gran Madre de Dios la derrota de los enemigos de la civilización cristiana y humana, y así hacer brillar la verdadera paz sobre los hombres cansados ​​y perdidos.

Si todos lo hacen con la disposición adecuada, con gran confianza y ferviente piedad, es de esperar que, como en el pasado, también en nuestros días la Santísima Virgen implore a su Divino Hijo que las olas de las tormentas actuales se contengan y se calmen, y que una brillante victoria corone esta noble lucha de los cristianos en la oración. Además, el Rosario Mariano no solo es sumamente eficaz para vencer a los enemigos de Dios y de la religión, sino que también es un estímulo para la práctica de las virtudes evangélicas que inculca y cultiva en nuestras almas. Nutre, sobre todo, la fe católica, que florece de nuevo precisamente mediante la meditación oportuna de los sagrados misterios, y eleva las mentes a las verdades que Dios nos ha revelado. Y todos pueden comprender cuán beneficioso es esto, especialmente en nuestros tiempos, cuando a veces incluso entre los fieles existe cierto desinterés por las cosas espirituales y la doctrina cristiana se vuelve tediosa.

Entonces, reavivad la esperanza de bienes inmortales, mientras que el triunfo de Jesucristo y su Madre, meditado en la última parte del Rosario, nos muestra el Cielo abierto y nos invita a conquistar la Patria Eterna. Así, mientras un deseo desenfrenado por las cosas terrenales ha penetrado en los corazones de los mortales, y los hombres anhelan cada vez con mayor ardor las riquezas perecederas y los placeres efímeros, todos sienten un llamado útil a los tesoros celestiales, “donde ningún ladrón entra, ni la polilla roe” [9], y a los bienes que jamás perecerán.

¿Y cómo no va a reavivarse la caridad, que ha languidecido y se ha enfriado en muchos, en un amor recíproco en las almas de quienes recuerdan con corazones afligidos las torturas y la muerte de nuestro Redentor y las aflicciones de su Madre? De esta caridad hacia Dios, necesariamente brotará un amor más intenso al prójimo, si tan solo reflexionamos sobre los esfuerzos y dolores que nuestro Señor soportó para devolver a todos los hijos de Dios su herencia perdida.

Que ustedes, Venerables Hermanos, veléis por que esta fructífera práctica se extienda cada vez más, sea muy apreciada por todos y fomente la piedad común. Que, gracias a vuestros esfuerzos y a los de los sacerdotes que los asisten en el cuidado de las almas, sus alabanzas y beneficios sean predicados y repetidos a los fieles de todas las clases sociales. Que de Ella los jóvenes obtengan nuevas fuerzas para dominar las crecientes tentaciones del mal y mantener intacta e inmaculada la sinceridad de su alma. Que en Ella también los ancianos encuentren descanso, alivio y paz en medio de sus angustias. Que sirva de estímulo a quienes se dedican a la Acción Católica, impulsándolos a un apostolado más ferviente y activo; y que brinde consuelo y aumente la esperanza de la felicidad eterna a todos los que sufren de cualquier manera, especialmente a los moribundos.

Y que los padres y las madres, en particular, sean ejemplo para sus hijos también en esto; especialmente cuando, al atardecer, se reúnen después de la jornada laboral, en el seno de sus hogares, rezando primero el Santo Rosario, de rodillas ante la imagen de la Virgen, uniendo su voz, su fe y su sentimiento. Esta es una hermosa y saludable costumbre, de la cual ciertamente puede brotar una serena tranquilidad y una abundancia de dones celestiales para la familia. Por lo tanto, cuando sucede con frecuencia que recibimos en audiencia a los recién casados ​​y les dirigimos una palabra paternal, mientras les damos el rosario, se lo recomendamos encarecidamente y los exhortamos con gran entusiasmo, incluso citando nuestro ejemplo, a no dejar pasar ni un solo día, aunque estén agobiados por tantas preocupaciones y trabajos. 

Por estas razones, Venerables Hermanos, hemos querido exhortaros encarecidamente a vosotros y, por medio de vosotros, a todos los fieles a esta piadosa práctica; y no dudamos de que, atendiendo con vuestra habitual respuesta a nuestra invitación paternal, cosecharéis abundante fruto. Y otra razón nos impulsa a dirigiros esta Encíclica. Deseamos, pues, que todos los que son hijos nuestros en Jesucristo se unan a nosotros para dar gracias a la excelentísima Madre de Dios por la mejor salud que hemos recuperado felizmente. Esta gracia, como ya hemos tenido ocasión de escribir [10], la atribuimos a la especial intercesión de la virgen de Lisieux, Santa Teresa del Niño Jesús; pero sabemos que todo nos es concedido por el Dios Supremo y Todopoderoso por medio de las manos de Nuestra Señora.

Y finalmente, puesto que se acaba de publicar en la prensa, con temeraria insolencia, un gravísimo insulto a la Santísima Virgen, no podemos dejar pasar esta oportunidad para ofrecer, junto con el Episcopado y el pueblo de aquella nación que venera a María como “Reina del Reino de Polonia”, con el homenaje de Nuestra piedad, la debida reparación a la misma augusta Reina, y para denunciar ante el mundo entero, como un acto doloroso e indigno, este sacrilegio cometido con impunidad contra un pueblo civilizado.

Mientras tanto, os impartimos de todo corazón, Venerables Hermanos, y al rebaño confiado a su cuidado, la Bendición Apostólica como prenda de las gracias celestiales y de Nuestra benevolencia paternal.

Dado en Castel Gandolfo, cerca de Roma, el 29 de septiembre, fiesta de la Dedicación de San Miguel Arcángel, del año 1937, decimosexto de Nuestro Pontificado.

Pío PP XI

Notas:

[1] Acta Ap. Sed., 1937, vol. XXIX, p. 65.

[2] Cfr. Ioann. VI, 69.

[3] Ex Brev. Rom.

[4] Cfr. Sap., I, 14.

[5] Serm. in Nativ. B. M. V.

[6] Acta Leonis XIII, 1898, vol. XVIII, pp. 154, 155.

[7] Luc. XI, 1.

[8] Mat., XVIII, 3.

[9] Luc. XII, 33.

[10] Cfr. Chirographum ad Eminentissimum Card. Eugenium Pacelli, 3 Sept. 1937.