lunes, 15 de octubre de 2012

Daños masivos: ¿la culpa es del chancho o del que le da de comer?




Desde que el paquete tecnológico agrario, sobre todo sojero, se enseñoreó en nuestras pampas, hace menos de dos décadas, viento de cola neoliberal y complicidad gubernamental mediante, muchas cosas no han vuelto a ser iguales.

Por Ricardo Luis Mascheroni


Lo que en el Menemato, apareció casi como un limitado experimento de laboratorio, se fue extendiendo como metástasis sobre toda tierra con mediana aptitud agraria, hasta consolidarse hoy, como un boom económico.

Ese paquete tecnológico, en base a semillas transgénicas, maquinarias pesadas, venenos altamente tóxicos, cuando no letales, hacían presagiar un futuro venturoso de prosperidad para quienes adhieran al mismo.

Que los impactos ambientales y sanitarios fueran en aumento, y que la vida y la calidad de ella, valgan menos que las patentes de las multinacionales de los agronegocios, importaba poco.

En ese contexto, el despoblamiento y la exclusión de los trabajadores rurales, la desaparición de miles de pequeños y medianos productores, la irrupción de los pools de siembra, la concentración de la producción y de la propiedad agraria, eran su lógica consecuencia.

Mientras tanto, desde la política, los medios de comunicación y las universidades, entre otros, se aceptaba un nuevo paradigma, basado en la maximización de las ganancias, el aumento de productividad, la apropiación privada de la naturaleza y la tecnología para manipularla a su antojo, teniendo en el Mercado su máxima expresión.

Esas premisas, sumadas a la idea de una Argentina exportadora que permitiera volver a tirar manteca al techo a unos pocos, se erigían como una barrera infranqueable para torcer el rumbo del sistema productivo agrario, o cuando menos para poder discutir alternativas menos agresivas para la vida.

El desarrollo, el progreso y el crecimiento se anunciaban (se anuncian aun) como indetenibles, que harían de la pobreza y la injusta distribución de la riqueza, un mal recuerdo del pasado.

En esa sintonía, las jornadas, congresos, encuentros, cátedras y maestrías sobre la temática se multiplicaban de la mano de los agronegocios, sin solución de continuidad, anunciando la buena nueva de los tiempos modernos.

ALGO EMPEZÓ A CAMBIAR

Paralelamente al triunfalismo de las ideas neoliberales, las que aún subsisten; científicos, militantes sociales, investigadores, ambientalistas, vecinos y comunidades, comenzaron a elevar sus voces de alerta en contra del sistema que se decía “la solución de la hambruna mundial”, y que sembraba y regaba los territorios con exclusión, pobreza, descalabro sanitario y ambiental.

Voces que cosechaban el rechazo de los estamentos estatales y la indiferencia de la Justicia, haciendo oídos sordos a los reclamos, pese a la contundencia del artículo 41 de la Constitución Nacional y otras normas de menor rango.

La Segunda Revolución Verde se alzaba como la única verdad, como molinos de viento, a los que los Quijotes del campo popular no podrían mellar.

Pese a todo, las voces solitarias o desperdigadas de advertencias, se fueron convirtiendo en coros cada vez más poblados y lo que antes era una prédica en el desierto, paulatinamente fue teniendo más receptores y transmisores.

Haciendo camino al andar, con tesón y a fuerza de argumentos contundentes, los críticos del modelo fueron logrando que algunos medios de comunicación, funcionarios, legisladores y hasta la adormecida justicia, comenzaran a prestar atención a los cada vez más extendidos, reclamos legítimos por la vida.

En menos de una década y desde la lejana resolución de la jueza formoseña Silvia Sevilla en 2003, que sentando precedente, ordenó el cese de las fumigaciones, que le costó el cargo, el avance es constante en esta pelea despareja.

Más cerca, vinieron los fallos de San Jorge (Sta. Fe), la condena por fumigar en Córdoba, en el caso de Barrio Ituzaingó Anexo y el fallo de la Suprema Corte de Justicia de la Provincia de Buenos Aires ordenando a un propietario agrícola del Partido de Alberti que no fumigue, porque su campo está a menos de mil metros de una zona de viviendas.

El "principio de precaución" establecido en Convenciones Internacionales y en el país por la Ley General del Ambiente Nº 25.675, empezó a tener vigencia concreta, cuando de impedir la degradación del ambiente se trata.

 Siguiendo la tendencia, hace días el Concejo Municipal prohibió las fumigaciones aéreas de agroquímicos, con destino al uso agropecuario, cualquiera sea el producto activo o formulado y dosis en todo el territorio del Partido de Marcos Paz (Bs. As), y en Casilda (Sta. Fe), por ordenanza se prohibió en las 37.800 hectáreas de su jurisdicción el uso de los agroquímicos Endosulfan, Nonil Fenol y Ester 2.4D, por ser considerados altamente "tóxicos, volátiles y de acción residual prolongada", los cuales son aplicados frecuentemente en cultivos de la zona.

Sin dudas que todavía falta mucho, pero entiendo que se están sentando las  bases para la constitución de otro modelo productivo más amigable con la gente y el ambiente.

EL DEBATE NECESARIO

No obstante compartir el camino iniciado, entiendo que hay que precisar las responsabilidades, individualizando a los verdaderos culpables de esta situación.
Coincido con aquellos que dicen que la crisis ambiental, no se basa en errores o fallos técnicos o científicos, siendo su raíz eminentemente política y ética, por los que las respuestas a la misma deben tener dicho carácter.

Puntualizar el problema en Monsanto, Dow, Bayer, el glifosato, los transgénicos u otros ejes del mal, entiendo que no es correcto y nos desvía el debate de fondo.

Las empresas mencionadas, sus procesos y tecnologías, son nada más que una consecuencia de la lógica productivista mundial, replicada y aumentada, fronteras adentro de cada país.
Estas corporaciones, no son salteadores o escaladores nocturnos, que ingresan subrepticiamente por la ventana y se consolidan, escapando a la mirada de los organismos de control.

Todo lo contrario, en cada etapa, desde su radicación, desarrollo y extensión, son monitoreados por los estamentos gubernamentales y sus oficinas competentes, previo aval de una gran parte de la comunidad científica.

Cada paso que dieron y que dan, cuenta con la aquiescencia y aprobación de los estamentos del Estado, sea Nacional, Provincial o Municipal, que otorgan la aptitud ambiental, productiva y sanitaria correspondiente.

Caso contrario, la solución frente a la ilegalidad invasiva, sería muy fácil, hasta un simple Intendente, en ejercicio de sus facultades, podría prohibir la radicación de las empresas y sus procedimientos, en su jurisdicción.

Sin ir más lejos, la máxima autoridad del país, celebró la radicación de Monsanto en Malvinas Argentinas (Cba.).

En otro terreno, el fracking (técnica agresiva para extracción petrolera), no ingresa al país a través de Exxon, BP, u otra multinacional, sino de la mano de la petrolera re-estatizada.
Ambos ejemplos, son toda una definición, que pone a los gobernantes como los principales responsables, del sistema que desde distintos ámbitos, legítimamente se cuestiona.

Los gobiernos no surgen por generación espontánea, sino que se legitiman en la soberanía popular, por tanto, no son extraños ni ajenos a las concepciones y al accionar de sus propias sociedades.

El meollo de la cuestión, desde mi óptica, no pasa por la oposición más o menos fundada a algunas empresas o sus procedimientos, sino en cómo generar conciencia y poder social, para alumbrar gobiernos que tengan objetivos puestos en la vida, su calidad y el futuro, antes que aliados o al servicio del mercado y la rentabilidad de unos pocos.

ROL SOCIAL

Mucho se dice que para revertir esta crisis, es necesaria la participación social, lo que no dudo. Pero siguiendo esta línea argumental, nadie puede dudar tampoco, que la gestión presidencial y la de muchos otros ejecutivos, está acompañada, en forma genuina y cuantitativamente numerosa, de un gran espectro social, que legitima sus políticas, incluida la de los agronegocios, entre otras.

La licencia social otorgada al uso irracional de ciertas tecnologías, como el automotor, la telefonía celular o la comida chatarra, también conspiran contra el cambio de paradigmas.

Por ello, el desafío consiste en lograr los avances cualitativos necesarios para cambiar las reglas del juego, en una sociedad exitista, que entiendo sin menoscabo alguno, tiene sus urgencias legítimas, puede seguir cantos de sirenas y a su manera adhiere también a los paradigmas referidos, los que jerarquizan el consumo y el tener, como razón de ser de la existencia.

Cuando escuche “Fuera Monsanto”, exija que digan: fuera todos aquellos que desde y por Puerto Madero, permiten el ingreso de éstos y otros procesos productivos o extractivos, atentatorios de la vida y el ambiente.

Lo dejo para que lo piense y me despido hasta la próxima Aguafuertes.

Ricardo Luis Mascheroni
Docente

AGUAFUERTES AMBIENTALES

Escríbanos a ed.dia7@gmail.com