domingo, 24 de abril de 2011

El entusiasmo de la fe y el altar del dios desconocido



Es necesario que volvamos a ser capaces de proponer un nuevo renacimiento, de crear una ilusión que tiene dos dimensiones: la del anuncio permanente de la Buena Nueva, la del convencimiento de que Dios te ama y te ha preparado una vida llena de felicidad…


En un reciente artículo en El País (sábado 16 de abril), Rafael Argullol, que es uno de los escasos intelectuales españoles fieles al pensamiento ilustrado y coherente con el mismo, ha hecho un exacto y brillante diagnóstico de nuestra sociedad. En él explica que caminamos hacia una humanidad sin ilusiones, donde los templos laicos pretendidos sucesores de la Iglesia están perfectamente deshabitados. En el horizonte ninguna fuerza es capaz de crear ilusión y lo único que mueve, lo único que es capaz de producirla, resulta la codicia.

En este planteamiento, Argullol dedica una atenta mirada hacia el papel de San Pablo. En términos elogiosos de cómo consiguió que el cristianismo se desarrollara. Recuerda de él que fue un gran viajero y que llegó a recorrer 30.000 kilómetros, lo cual dado los medios de su tiempo significa que prácticamente estuvo siempre en camino. Argullol lo precisa, viajó solo o con algún discípulo a un promedio de 30 kilómetros por día. Dice de él que era un hombre de convicciones firmes, pero no un gran orador. Su fuerza de convicción hacia los demás surgía de su actitud y de su fe, que le dotaban de una enorme capacidad de persuasión. En realidad, San Pablo era un entusiasta de la buena nueva que transmitía. Este es un primer punto de reflexión. Si puede existir transmisión de la fe sin entusiasmo, sin capacidad de coger de la mano al otro y acercarlo a la contemplación del Gran Misterio, de crear estupor ante lo que se está presentando.

Argullol termina su artículo considerando que es posible “que ahora mismo a pesar de nuestra ignorancia se esté incubando el nuevo aspirante a ocupar el altar del dios desconocido, y que de la naturaleza de ese dios dependa que nos encaminemos a una edad oscura o rumbo hacia un renacimiento”. He aquí un gran punto de confluencia entre los cristianos y aquellos que sin serlo comparten el diagnostico sobre la realidad de nuestro tiempo y la necesidad de una nueva respuesta. San Pablo la aportó cuando dijo que él era y hablaba en nombre del dios desconocido al que los atenienses rendían culto.

La alternativa es clara. El cristianismo ha sido la fuente de todos los renacimientos europeos desde el inicio de los tiempos en que estos fenómenos se produjeron a partir del siglo IX. No se trata sólo de aquel que en mayor medida conocemos sino los que a lo largo de la Edad Media se fueron desplegando desde Inglaterra hasta la Lotaringia. Quizá el ultimo renacimiento europeo fue aquel que después de la Segunda Guerra Mundial dio lugar a lo que fue primero el mercado común, después la Comunidad Europea y ahora la Unión.

Es necesario que volvamos a ser capaces de proponer un nuevo renacimiento, de crear una ilusión que tiene dos dimensiones: la del anuncio permanente de la Buena Nueva, la del convencimiento de que Dios te ama y te ha preparado una vida llena de felicidad que debe de realizarse necesariamente a través de tu participación; y también en el plano estrictamente temporal la construcción de una sociedad mucho más humana, cuya tarea podemos compartir con hombres y mujeres de otras muchas creencias.

Editorial ForumLibertas

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