lunes, 13 de diciembre de 2010

Monseñor Martorell: “¡Ven a salvarnos oh Señor!





Toda la liturgia de este domingo está dominada por la cercanía de la Navidad, y por esta razón tiene un carácter totalmente festivo.




III Domingo de Adviento (A)


“¡Ven a salvarnos oh Señor!

El Apóstol Santiago nos dice en la segunda lectura: “fortaleced vuestros corazones, porque la venida del Señor está cercana” (Stg 5,8). Esta exhortación expresa los sentimientos de confianza para esperar y prepararse a la Navidad, que por otra parte son los mismos que nos deben disponer a la venida gloriosa del Señor cuando venga no sólo como Salvador, sino también como justo Juez. Toda la liturgia de este domingo está dominada por la cercanía de la Navidad, y por esta razón tiene un carácter totalmente festivo.

Las lecturas de este día son un mensaje de alivio y de consuelo. La esperanza se va haciendo realidad. El señor de la paz y del amor ya viene a salvar a la humanidad y por eso nos dice Isaías: “decid a los pecadores, valor, no temáis. He ahí nuestro Dios… viene él mismo y os salvará. Se abrirán los ojos de los ciegos, los oídos de los sordos, saltará el paralítico como un ciervo, y la lengua de los mudos cantará gozosa” (Is.35,4-6). Estas palabras de Isaías destinadas en ese momento a los deportados de Israel, se aplican con gran actualidad a los hombres de hoy, miembros de la Iglesia o no, que incapaces de liberarse del pecado, del apegamiento a las cosas de la tierra, del egoísmo y la vanidad, pero que desean liberarse, los animan a confiar en el Señor, quien les dará la liberación les infundirá fuerza para sostener a los débiles, para curar las heridas del corazón y por sobre todas las cosas para darles la gracia, que los llevará a la salvación.

Esta profecía mesiánica se cumple en Jesús que la usa para probar su misión. Cuando Juan el Bautista mandó a sus discípulos a preguntar a Jesús si era el mesías o debían esperar a otro; Jesús por toda respuesta les dice: “Id y referid a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los paralíticos caminan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen, los muertos resucitan y los pobres son evangelizados” (Mt.11, 3-5). Y añade al cumplimiento de la profecía: “Bienaventurado aquel que no se escandalizare de mí” (Ib. 9).

Recordemos que por aquella época muchos esperaban un Mesías poderoso y potente que liberara a Israel especialmente de sus opresores. Pero Jesús se presenta a cumplir su misión de una manera sencilla y humilde, manso de corazón, evangelizando a los pobres, sanando a los enfermos, curando el corazón de los pecadores, creando en los que lo rodean un hálito de esperanza y una brisa de amor en el perdón.

Su estilo podría escandalizar a los que esperaban un Mesías lleno de poder, pues el mismo es humilde, ha venido a evangelizar a los pobres, a sanar a los enfermos, a perdonar a los pecadores, y a traerles la salvación. Ante tanta bondad el corazón del hombre se llena de esperanza.

Así como la gracia nos ayuda a conseguir la salvación y el encuentro con el Señor de la Gloria; la gracia y la liturgia de la Navidad nos lleva a renacer en Cristo, Señor de la esperanza, convirtiéndonos en criaturas nuevas con una nueva esperanza en el caminar por el mundo y así nuestro corazón exclama ¡Ven Señor Jesús!

Que la Virgen nuestra madre nos haga caminar en la alegría al encuentro del Señor que ya viene.

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