viernes, 31 de diciembre de 2010

Madre de Dios y ¡Madre Nuestra!

San Cirilo de Alejandría aclara qué significa el título Madre de Dios: “El Verbo viviente, subsistente… se hizo carne en el tiempo, y por eso se dice con verdad que ha nacido de mujer. Jesús, Hijo eterno de Dios, ha nacido de María en el tiempo”.
Por el P. Jesús Álvarez, ssp
  
Santa María, Madre de Dios / 1 enero 2010

Los Pastores fueron corriendo a Belén y encontraron a María y a José, y al niño acostado en un pesebre. Al verlo, contaron lo que les habían dicho de aquel niño. Todos los que lo oían se admiraban de lo que les decían los pastores. Y María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón. Los pastores se volvieron dando gloria y alabanza a Dios por lo que habían visto y oído; todo como les habían dicho. Al cumplirse los ocho días, fueron a circuncidar al niño, y le pusieron por nombre Jesús, como lo había llamado el Ángel antes de su concepción. Lc 2, 16-21.

San Cirilo de Alejandría aclara qué significa el título Madre de Dios: “El Verbo viviente, subsistente… se hizo carne en el tiempo, y por eso se dice con verdad que ha nacido de mujer. Jesús, Hijo eterno de Dios, ha nacido de María en el tiempo”.
De esta prerrogativa inigualable derivan todos los demás títulos que damos a María. Sin embargo, Jesús, ante la exclamación de una mujer: “¡Bendito el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron!”, afirmó: “Más bien dichosos quienes escuchan la Palabra de Dios y la practican”. María es feliz por escuchar y vivir la Palabra de Dios y por ser Madre de Jesús. Así nosotros: no merecemos la salvación sólo por ser hijos de Dios e hijos de María, sino, a la vez, por escuchar y vivir la Palabra de Dios. Lo uno no excluye lo otro, sino que lo exige.
Es significativo ver cómo Dios inició la creación del género humano por el hombre sin concurso de mujer, y cómo inició la redención por la mujer sin concurso de varón, pues el Salvador nació por obra del Espíritu Santo.
Dios ha dado a la mujer un lugar irremplazable en la historia de la salvación, en complementariedad con el hombre. El modelo supremo de esta misión salvífica femenina es María, que se une al único Salvador acogiéndolo en su seno virginal para darlo a la humanidad.
La encíclica Lumen Gentium (n.56): “María, hija de Adán, consintiendo a la palabra divina, se convirtió en madre de Jesús y, abrazando la voluntad salvífica de Dios con toda su alma y sin peso alguno de pecado, se consagró totalmente, como Servidora del Señor, a la persona y a la obra de su Hijo, sirviendo al misterio de la redención bajo él y con él, mediante la gracia del omnipotente”.
En María es superada la multisecular discriminación de la mujer; discriminación que es contraria al plan creador y salvador de Dios, quien concede a la mujer la misión de compartir con el varón el origen temporal y el destino eterno de la humanidad. ¡Grandiosa dignidad de la mujer!
Hacen falta nuevas Marías que, con su ternura, decisión, fe y valentía continúen con la Madre de Jesús la historia de la salvación, acogiendo y haciendo presente a Cristo, único Salvador, para que libere a hombres y mujeres de las grandes esclavitudes que los están destruyendo como personas y privándolos de su condición hijos e hijas de Dios.
Dichosas las mujeres -y los hombres- que creen y aman como María, pues también concebirán y darán a luz al Hijo de Dios, y compartirán su Sacerdocio supremo mediante el sacerdocio bautismal, contribuyendo a la salvación de la humanidad, empezando por el santuario doméstico, la familia.


Nm. 6,22-27. El Señor habló a Moisés: “Di a Aarón y a sus hijos: ‘Esta es la fórmula con que ustedes bendecirán a los israelitas: El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor; el Señor se fije en ti y te conceda la paz. Así invocarán mi nombre sobre los israelitas y yo los bendeciré’”.

Esta fórmula de bendición estaba reservada a los sacerdotes, Aarón y sus hijos. Dios se comprometía a conceder al pueblo, por medio de la bendición de los sacerdotes, la bendición de su presencia, de su protección y de la paz.
Mas la bendición de Dios tiene su máxima expresión y eficacia a través del Sumo Sacerdote, Cristo Jesús, “en quien Dios nos bendice con toda clase de bendiciones” materiales, espirituales, celestiales. La mayor bendición de Dios es Jesús, que en la cruz nos dio como bendición a su propia Madre.
La bendición del Hijo de Dios sigue llegándonos eficazmente por manos de los sacerdotes ministeriales, que nos hacen presente a Cristo Resucitado: en la Eucaristía y demás sacramentos, en la predicación, en sus personas consagradas.
Mas a partir de Cristo, las bendiciones de Dios no pasan sólo a través del sacerdocio ministerial, pues el supremo sacerdocio de Cristo es compartido también por todos los bautizados mediante el sacerdocio bautismal. Por eso los laicos deben recuperar la costumbre de bendecir y bendecirse mutuamente en nombre de Dios, con fe y confianza en él, que corresponderá.
Los sacerdotes bendicen con el Santísimo – Cristo presente en la Eucaristía-; y los fieles pueden bendecir con la Biblia, que es presencia privilegiada de Cristo. Eucaristía y Biblia son puestos al mismo nivel por Cristo y por la Iglesia. Bendigamos con la Biblia, y bendigámonos por la Biblia, leyéndola y llevándola a la vida.

Gálatas 4,4-7 - Hermanos: Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción. Como sois hijos Dios envió a vuestros corazones al Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abbá! (Padre). Así que ya no eres esclavo, sino hijo, y si eres hijo, eres también heredero por voluntad de Dios.

San Pablo es el que hace la primera alusión a María en el Nuevo Testamento, aunque no la nombre. Señala que de ella nace el Libertador que viene a rescatar a los hombres de la esclavitud causada por abusivas leyes y poderosas fuerzas del mal.
El Hijo de Dios se hace esclavo con todas esas esclavitudes del hombre –menos el pecado-, para que el hombre alcance por él la libertad de los hijos de Dios. Mas el Hijo no viene sólo a liberarnos de esclavitudes, sino a hacernos hijos de Dios y coherederos de su misma gloria eterna. Nos da un nuevo ser, y así podemos llamarle “Padre”, como lo hace su propio Hijo.
Ante tan inaudita bendición, san Juan exclama: “¡Miren qué amor nos tiene el Padre, que nos llama hijos suyos, pues lo somos!” (1Jn 3, 1). Somos hijos de Dios, y nuestra vocación es la libertad de los hijos de Dios en esta vida y la libertad eterna a través de la resurrección, que demostrará lo que realmente somos como hijos de Dios. Jesús "se hizo lo que somos nosotros para hacernos a nosotros lo que él es": hijos de Dios. Valoremos nuestra sublime dignidad.
Tenemos que ser conscientes y vivir con inmensa gratitud esta maravillosa realidad para liberarnos de las esclavitudes indignas de los hijos de Dios. ¡Qué grandeza la nuestra!: Tenemos por Padre y Madre al mismo Padre y la misma Madre del Hijo de Dios.

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