miércoles, 30 de noviembre de 2011

Navidad: La Contemplación del Orden

La aplicación de la Ley Eterna constituye un acto de coherencia de Dios con su propia y exclusiva naturaleza. Él es fiel a sí mismo, por cuanto es impensable la dualidad, y por tanto la presencia de otro ser de iguales características con el cual compartir esencialmente la Verdad, que es Él.

Por Juan Carlos Grisolia

Dios no abandona a su creación. Ella permanece en el marco regulatorio de la Ley Eterna, la que por tal carácter está fuera del tiempo.-

Por ello tampoco el Padre abandona a sus hijos, creados a su imagen y semejanza y por tanto en la condición de persona humana, unión sustancial conveniente de cuerpo y espíritu. En lenguaje tomista, de materia y forma. Pero, cada uno de nosotros, sus criaturas, ordenados a trascender para consumar nuestro fin último sobrenatural, que es la Visión del Padre.-

La recomposición del vínculo de la persona humana con Dios, quebrado por el pecado, exigió de un nuevo acto de amor.-

Y el amor del Padre se manifestó en el ejercicio de su Poder, configurando éste un acto en total coherencia con aquél primario de la Creación.-

Y esta intervención directa del Padre, fue designada como Redención que, como ya he sostenido “constituyó una exigencia de la relación de amor –y por tanto de su entrega ilimitada- entre el Padre y sus criaturas. Porque ‘Redimir’ implica ‘Rescatar o sacar de esclavitud al cautivo mediante precio’” (D.R.A.E.) (1).-

La Ley Eterna según San Agustín, es: “La razón y la voluntad divina que manda observar y prohíbe alterar el orden natural”. En tanto que Santo Tomás dice que “Es el plan de la divina sabiduría por el que dirige todas las acciones y movimientos de las criaturas en orden al bien común de todo el universo” (2).-

Dios es el Ser Necesario, Acto Puro. Por eso es que en Él no existe ni dudas ni vacilaciones, en tanto estas implicarían movimiento –en cuanto cambio- y por la apuntada naturaleza éste le es ajeno.-

Por ello es que la aplicación de la Ley Eterna constituye un acto de coherencia de Dios con su propia y exclusiva naturaleza. Él es fiel a sí mismo, por cuanto es impensable la dualidad, y por tanto la presencia de otro ser de iguales características con el cual compartir esencialmente la Verdad, que es Él.-

Dice Santo Tomás: “……así como en la mente del artista preexiste el plan que llevará después a la práctica en su obra de arte, así en el entendimiento divino preexiste desde toda la eternidad el plan por el que dirigirá todas las acciones y movimientos de sus criaturas al fin del Universo; y ese plan es, cabalmente, la Ley Eterna” (3).-

Acciones y movimientos que en la persona humana, criatura preferente de su Orden, reconocen como causa la decisión generada en el acto libre. Porque así fue creada, en tanto la paternidad de Dios, no podía admitir hijos sometidos a las leyes propias del determinismo, aplicables a los seres dotados solo de alma vital. Ello habría implicado la imposibilidad de que la criatura le amara, y por tanto pudiera entablar con el Creador el vínculo necesario –por tota la eternidad- que solo puede surgir en tanto sea inteligible el Ser que es fuente inagotable de Verdad, Bondad y Belleza.

Y para que sea aprehensible por la criatura, la Ley Eterna debía proyectarse, en orden a su participación, hacia aquella. Es esta la ley natural, que debe definirse como “la misma ley eterna promulgada en el hombre por medio de la razón natural” (4).-

Por medio de ésta, se aprehende el Orden. Esto es la “unidad que resulta de la armónica disposición de las cosas”. Por ella se origina la vida, y para conservarla y perfeccionarla, se explican las manifestaciones de la realidad que conforman los cuerpos sociales, que el hombre reconoce como un imperativo que reclama su naturaleza, y que por tanto no puede ser modificado en su esencia, por decisión de su voluntad, ya aislada, ya expresada por el conjunto.-

La ley natural, como he dicho, predica el Orden. Y en su esencia encuentran su causa las diversas sustancias que lo concretan.

Es por eso que cada acto por el que el Creador, en el marco de su plan, que es el de la Ley Eterna, ha intercurrido en la historia del hombre, ha sido una rica manifestación de la docencia del Padre destinada a brindar a sus criaturas, una nueva oportunidad ordenada a que ejerza su libertad, para alcanzar lo mejor, esto es el ser, aumentando así su capacidad óntica y con ella su perfección.

Aún cuando subsiste en la persona humana, su decisión plena para aceptar al Creador o negarlo, en este último caso, perdiendo su libertad que ha de quedar convertida en simple licencia. Y con ésta, reducida su condición humana a la de simple cosa. Y por esto ingresando en la desolación propia de quien no encuentra sentido a su vida.

Las reflexiones precedentes explican el profundo sentido de la Navidad.

Ello hace que necesitemos separar la Encarnación y la vida del Niño, hasta lograr su viabilidad en el seno virginal de María, y por fin el nacimiento, de aquellos símbolos que en tanto meras expresiones accidentales, en modo alguno constituyen las formas que conservan la esencia.

Porque en la Navidad contemplamos la obediencia de la criatura hacia su Creador, el origen de la vida en la concepción por obra del Espíritu Santo y la plenitud de la persona humana –que es Cristo- manifestándose desde el vientre en el encuentro con su primo, el hijo de Isabel.

Todo ello, en esta etapa, expresando la sociedad primaria que necesita el pequeño para avanzar en su desarrollo, que se hace realidad en las perfecciones agregadas conforme su naturaleza.

La sociedad conyugal y la sociedad paterna, originada ésta última por la concepción y el nacimiento del Niño Dios.

Y es precisamente en la particular característica de esta sociedad, que es la Sagrada Familia, definida en su carácter divino y por ello en la pureza, donde se configura el arquetipo.

Es en la Navidad, entonces, donde contemplamos el Orden, y en éste la unidad que es causa de vida, y en dicha unidad, el matrimonio y la familia. Por ello es que podemos contemplar la Navidad para aprehender de ella lo que el Creador nos ha querido transmitir, conjuntamente con el acto inicial del proceso de Redención.

Porque toda acción del Padre es pródiga en la difusión de la Verdad, llevada a cabo en cumplimiento de la Ley Eterna, traducida a la Ley Natural, que es expresiva del Orden.

Y entonces podemos entender la dimensión social del matrimonio, reflejándonos en el acto de amor del Padre, que se manifiesta en la Navidad.

Porque al ser el hombre imagen de Dios, es el amor “la vocación fundamental e innata de todo ser humano”, siendo que el amor, debe ser definido y obrado como una entrega perfectiva hacia el prójimo, es posible en tal dación, participar del acto creador, en la generación de la vida. Señala Juan Pablo II en la Encíclica “Familiaris Consortio”: “El único ‘lugar’ que hace posible esta donación total es el matrimonio, es decir, el pacto de amor conyugal o elección consiente y libre, con la que el hombre y la mujer aceptan la comunidad íntima de vida y amor, querida por Dios mismo, que solo bajo esta luz manifiesta su verdadero significado. La institución matrimonial no es una injerencia indebida de la sociedad o de la autoridad ni la imposición intrínseca de una forma, sino una exigencia interior del pacto de amor conyugal que se confirma públicamente como único y exclusivo, para que sea vivida así la plena fidelidad al designio de Dios Creador. Esta fidelidad, lejos de rebajar la libertad de la persona, la defiende contra el subjetivismo y relativismo, y la hace partícipe de la Sabiduría Creadora…..”(5).

He aquí la sociedad conyugal, que al ser integrada por los hijos, se convierte en la sociedad paterna, que es la familia.

Agrega Juan Pablo II: “Según el designio de Dios, el matrimonio es el fundamento de la comunidad más amplia de la familia, ya que la institución misma del matrimonio y el amor conyugal están ordenados a la procreación y educación de la prole en la que encuentran su coronación” (6).

Por todo ello, “así, el cometido fundamental de la familia es el servicio a la vida, el realizar a lo largo de la historia la bendición original del Creador, transmitiendo en la generación la imagen divina de hombre a hombre” (7).

La Navidad, entonces, no puede agotarse en la exhibición del árbol, o el armado del pesebre como manifestación de una simple tradición, en la que no se perciben, conceptualmente definidos, los contenidos que le dieran origen.

Tampoco puede quedar reducida a una reunión familiar más, en torno a una mesa más o menos nutrida de alimentos y bebidas; ni al saludo solamente motivado en la emoción superficial, y por ello aplicable a cualquier circunstancias.

En la Navidad contemplaremos el Orden, y al hacerlo develaremos el sentido de la vida, que solo se explica en tanto penetremos en el maravilloso secreto de la grandeza sin límites del Creador.

Y en la intelección, podemos conocer la Verdad. Y con ella ordenar nuestra voluntad hacia el Bien.

En estos tiempos en que se predica el progresismo, actitud relativista y por ello sustentada en la subjetividad de quien las asume, se torna fundamental comprender que en este marco desaparecen las esencias y por tanto, con ellas, lo que las cosas son. El cambio es desvinculado de lo que cambia y así, lo accidental pasa a ser considerado esencial. Nada puede ser construido sobre las simples formas, y éstas nunca pueden sustituir a aquello que están llamadas a custodiar.

Sin embargo subyace en esta conducta contraria al Orden Natural –que por tal no puede sostenerse- una singular hipocresía. Dice el Santo Padre Benedicto XVI en su discurso en Reichtagsgebäude. Berlín. 22 de Septiembre de 2011: “Y, sin embargo, no podemos negar que en este mundo autoconstruido recurrimos en secreto igualmente a los ‘recursos’ de Dios, que transformamos en productos nuestros. Es necesario volver a abrir las ventanas, hemos de ver nuevamente la inmensidad del mundo, el cielo y la tierra, y aprender a usar todo esto de modo justo”.

Quienes gobiernan la Argentina, no ignoran que la hipocresía designa la conducta que se actúa, intentando que su personaje –que se dice apegado a los valores- oculte su identidad. En definitiva se trata de simular para engañar, y de hacerlo con clara conciencia de dar a la mentira apariencia de verdad. El deterioro ético que ha sufrido nuestra sociedad, ha tenido una directa incidencia en lo que al reconocimiento de los valores refiere. Primero se los ha simulado, después ignorado y, luego, sencillamente, se los ha negado.-

De este modo, quedo asegurada la arbitrariedad, causa de la injusticia, con la que, perversamente someten al hombre, al que han privado del sentido de su vida.-

Que la enseñanza que nos brinda la Navidad, celebración de la intervención de Dios en el marco de la Ley Eterna, participada al hombre en la Ley Natural, nos capacite para obrar la restauración del orden quebrado por los hipócritas y con ello recomponer, mediante el amor, la unidad de nuestra sociedad que, podrá así visualizar, con objetividad, los fines que surgen de los imperativos teleológicos.

Porque dijo el Señor: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn. 10,10).

Y la abundancia en la vida, a la que se refiere el Redentor, consiste en el incremento de nuestro ser. Y para ello, el Señor nos presenta las fuentes de las que podremos extraer la Sabiduría, que es la que ha de permitir aquel movimiento, ordenado a la perfección.-

La Navidad es momento propicio para que la inmanencia reciba las cualidades que nos ha de conducir, con tal grado de excelencia, hacia el disfrute del Ser Necesario prometido para nuestro fin trascendente.

En la ciudad de Rosario, a los veintisiete días del mes de Noviembre del año dos mil once. Primer Domingo de Adviento.

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