lunes, 7 de noviembre de 2011

Breve sobre la contemplación extática

 
Existe una diferencia sutil pero definitiva entre la contemplación extática que nace y se resume en el acto de amor más perfecto que es “el ayuntamiento de la creatura con Dios” y la teología mística que no es esencialmente amor sino conocimiento.


Por Alberto Buela (*)

En estos días tuve que viajar a la universidad de Rosario y de allí a San Luis en ómnibus, y como es sabido que las esperas en las terminales, para hacer las combinaciones, son largas y tediosas, tomé un libro al azar de mi “biblioteca no leída” y partí.

Ya cuando llegué a la estación Liniers el ómnibus, que venía de La Plata, llegó con una hora de demora.

Busqué el libro para matar el tiempo y eran las contemplaciones sobre la vida de la virgen María de la mística alemana Ana Catalina Emmerich (1774-1824) quien ha sido caracterizada como una mística contemplativa extática.

Y allí me pregunté: ¿qué hacía este libro intonso en mi biblioteca y que podía hacer ahora con él? De modo que comencé, como todo “sobaco ilustrado”, a mirar cuándo y cómo había sido impreso y quiénes eran los traductores y editores.

El libro fue editado en 1944 por Espasa Calpe en Buenos Aires. Años de una Argentina poderosa intelectualmente. Desde el punto de vista filosófico nunca más ni nunca antes tuvimos una generación de filósofos como la que floreció en los años 40.

Veo que fue redactado por el gran poeta y novelista romántico alemán Clemente María Brentano (1778-1842), hijo de Maximiliana La Roche, de la que Goethe estuvo enamorado en su juventud, y de Antonio Brentano, rico comerciante de Frankfurt venido de Como (Italia).

Su hermana Bettina escritora romántica se casó con von Armin, también escritor renombrado. Sobrinos suyos fueron el filósofo Franz Brentano, el descubridor de la intencionalidad de la conciencia que tuvo infinidad de notables discípulos (Husserl-fenomenología-, Freud-psicoanálisis-, Meinong-teoría del objeto-, von Ehrenfels-gestalt-, etc.) y Lujo Brentano, primer experto en economía social.

En una palabra, la familia Brentano fue en Alemania durante todo el siglo XIX de un peso específico muy grande en orden a la cultura, sobre todo en su tradición católica, tan perseguida y denostada desde Lutero (1516) hasta (1890) Bismark y su Kulturkamft .

Y allí me lo puse a leer.

Ana Emmerich es una de las últimas místicas contemplativas extáticas. Es decir, aquellos seres que en su contemplación salen de sí y se unen a Dios, pues tienen el don de “ver y sentir personalmente lo que meditan”, en la genial definición de Cemente Brentano.

Así su ángel de la guarda se le aparece bajo una forma infantil del Buen Pastorcillo y la guía por todo el mundo liberando cargas y males en los pobres e inocentes pero, sobre todo, le permite ver y sufrir la Dolorosa Pasión y la Vida de la Santísima Virgen.

Brentano quien a partir de 1818 se retira al monasterio de Dulmen donde estaba Ana Catalina, que era analfabeta, toma nota al pie de su cama y luego se los lee, de todos los relatos de la Beata hasta su muerte en 1824. Pero como Clemente había sido una de las mejores cabezas de la Alemania de su tiempo y contaba con un grupo importante de amigos investigadores en las más diversas disciplinas, alienta a varios antropólogos culturales a investigar los dichos de Emmerich. Así el gobierno turco otorga permiso para buscar la casa de la Virgen en Éfeso y se la encuentra por los datos proporcionados y con las mismas características de construcción consignadas por Ana Catalina. Y así una veintena de relatos fueron comprobados como ciertos y veraces.

De todas maneras Brentano aclara que “sin embargo, ella no atribuyó nunca a sus visiones, autenticidad histórica sino que les prestaba un puro valor humano”.

Es cierto que estudios posteriores han mostrado toda la influencia de estas contemplaciones extáticas: en la interpretación del Vaticano II, la caída del Muro de Berlín, la película de Mel Gibson sobre la Pasión, la reacción de la judería contra Ana Catalina y su visión que inculpa a los sacerdotes judíos, como manipuladores del pueblo de Israel, en el grito horrendo de “Crucifícale, crucifícale” (Lc 23-21).

En el andar de los siglos pocos han sido los seres que hayan gozado de la gracia de “visualizar los misterios sobre los cuales meditaban”: Santa Teresa de Ávila, San Juan de la Cruz, Ana Grazias de San Bartolomé, Domenica del Paraíso, San Francisco de Asís, Brígida, Gertrudis, Hildegarda, Catalina de Siena, Colomba de Rieti, Genoveva de Boloña, Lidvina de Schiedam, Catalina Vanni, Maria Villana, María Buonomi, Marina d´Escobar, Crescencia de Kaufbeuern, Angela de Foligno, San Vicente Ferrer, Buenaventura y algunos otros.

Muchos menos son aún aquellos que han puesto por escrito el fenómeno de la contemplación extática o éxtasis. Este pequeño listado comienza con el Pseudo Dionisio del Areopagita con sus Nombres de Dios y su Teología mística, y sigue con Orígenes, Agustín, Bernardo, Hugo y Ricardo de San Víctor, Tomás de Aquino, Buenaventura, el doctor devoto, Juan de Ruysbroeck, el anagógico y su Diccionario de contemplativos (1343), Juan de Vercelli, Dionisio el Cartujo con su De contemplatione (1450), Hugo de Balma y su Sol de contemplativos (1514). Pero es sobre todo y en primer lugar el Castillo interior o Las Moradas (1577) de Santa Teresa de Ávila quien relata en forma pormenorizada la contemplación mística extática.

De todas estas lecturas podemos extraer las siguientes enseñanzas:

1.- La contemplación es el don de sabiduría del Espíritu Santo que procede del amor sobrenatural.(Tomás de Aquino 1225-1274)

2.- No existe la contemplación meramente natural llamadas videncias como desarrollo de una facultad natural. O son perturbaciones mórbidas o productos demoníacos. (Juan de Ruysbroeck 1293-1381)

3.- La contemplación mística se infunde más en los simples y humildes que en los sabios del mundo. (Dionisio el Cartujo 1402-1471)

4.- Tres pasos para alcanzar la contemplación extática: a) vía purgativa, para limpiar el corazón y lo prepara para aprender. b) vía iluminativa, que alumbra el corazón y lo enciende de amor y c) vía unitiva, que ayunta al hombre con Dios en corazón, entendimiento y razón. (Hugo de Balma 1514).

5.- El camino de la contemplación comienza con la simbología de la Sagrada Escritura y la práctica de los sacramentos. Es entonces un movimiento anagógico sucesivo y progresivo que desemboca finalmente en el estado místico y el éxtasis divinizante. (pseudo Dionisio Areopagita circa 500 d.C)

Existe finalmente una diferencia sutil pero definitiva entre la contemplación extática que nace y se resume en el acto de amor más perfecto que es “el ayuntamiento de la creatura con Dios” y la teología mística que no es esencialmente amor sino conocimiento.

Los Brentano, Clemente muere en el 41 y sigue su trabajo Cristian su hermano menor hasta 1852 cuando también fallece, que sabían más que nosotros sobre el tema que acá bosquejamos, insisten en destacar que a partir de comienzos del siglo XVIII (1701) por influencia del enciclopedismo y la ilustración que divinizaron “la Razón” las fuentes del conocimiento místico han ido desapareciendo en todo el mundo y avanzamos peligrosamente hacia la oscuridad. Aquel concepto que paradójicamente vinieron a combatir la ilustración y el iluminismo, vinculando el misticismo a la Edad Media catalogada como “edad oscura”.

Ana Catalina Emmerich es una de las últimas místicas contemplativas extáticas quien no dudó en afirmar que sus visiones no eran históricas sino que venían a enriquecer la comprensión del Misterio Divino, como lo pueden hacer el arte, la filosofía, la poesía o la música. Aun cuando representen conocimientos de distinta jerarquía.

Nuestro mundo de hoy, desacralizado hasta el tuétano se va privando paulatinamente de este acceso privilegiado, al que intenta suplantar por las gnosis de todo tipo, que no son otra cosa que “un atajo al saber” como la hemos definido nosotros hace ya muchos años. (1)

En nuestra actividad de estos últimos años, de dictado de seminarios libres en distintas universidades, casas de estudios o lugares ad hoc, no falta la ocasión en que nos pregunten por lo sagrado o lo sacro, lo divino o lo sobrenatural, y siempre remitimos, como viejos profesores de filosofía a los libros de Walter Otto, Mircea Eliade o René Guénon (2) sabiendo de antemano que el primero se limita a describir “lo numinoso”, el otro “las teofanías luminosas” y el último “los símbolos de las ciencias sagradas”, pero ninguno de ellos llega a asir el mysterium tremendum.

Es más, ellos mismos en su búsqueda fueron a buscar fuentes de inspiración espiritual allende la cristiana: Otto la buscó en la religión de los antiguos griegos, Eliade en un sincretismo religioso y Guenón en el sufismo mahometano.

En una palabra, ellos, y algunos otros estudiosos, nos indican un camino, pero no nos abren el corazón al Dios vivo de la gracia para que nos ponga en camino.

Así, debemos confesarlo, nosotros no estamos en camino, sino sólo podemos indicar un camino, porque el hecho profundísimo y personalísimo de abrir el corazón y limpiarlo para prepararnos a aprender no nos ha sido dado. Dice el viejo y sabio dicho: pedir se le pide la capa a un santo, la cuestión es que la dé. Y acá, en el tema de lo sagrado o lo sacro se aplica a pie juntillas.

1) Buela, Alberto: Ensayos de disenso, Ed. Nueva república, Barcelona, 1999, pp.61 a 67.
2) Otto, Walter: Lo sagrado.

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