domingo, 26 de junio de 2011

¿Qué es el pecado?


El mal no es requisito para que exista el bien. Pero las acciones del hombre, al ser libres, corren el riesgo de no ser dirigidas al bien, es decir, pueden ser desordenadas.


Por el Pbro. José Martínez Colín



1) Para saber


Cuando alguien tiene un dolor corporal, es síntoma de que algo no va bien: un golpe sufrido, una enfermedad, un desorden para el organismo. Aunque nadie desea el dolor, no podemos olvidar que es muy necesario para detectar el origen del mal. Ese dolor nos avisa y nos dirige a la causa que hay que combatir. En el plano moral sucede algo parecido, donde ese dolor equivaldría al remordimiento o el sentimiento de culpa.
Cuando una persona dice que siente algún remordimiento, la solución no está en que lo ignore. Así como no basta eliminar con una pastilla un dolor, sino que hay que extirpar la causa, así sucede con el sentimiento de culpa, se precisa saber qué la ocasiona para no provocarlo.

2) Para pensar

El pensador Alfonso Aguiló comentaba sobre una novela del danés Henrik Stangerup llamada: “El hombre que quería ser culpable”, la cual es una interesante reflexión sobre el sentido de culpa.
Se trata de un hombre llamado Torben que comete un asesinato al matar a su esposa. Reconociendo su culpa pretende en vano que los responsables de la justicia lo reconozcan como culpable. Sin embargo, le dicen que su acto no fue un crimen, sino un lamentable accidente provocado por las circunstancias. Incluso le aseguran que se vio forzado por la sociedad, que es la única verdaderamente culpable. Enseguida le dejan en libertad e intentan hacerle olvidar todo recuerdo de su mujer para que no sufra de ese “complejo de culpabilidad”.
Sin embargo, él sabe que ha matado a su mujer en un acceso de cólera y embriaguez, es culpable y quiere pagar por ello. A lo largo de la novela, el protagonista irá enloqueciendo de verdad, pues aunque intenta sin éxito probar que es culpable de esa muerte, se siente abrumado porque le han quitado los fundamentos de su responsabilidad personal. Paradójicamente, al exculparlo, le han quitado su libertad, pues le argumentan que no obra por sí mismo.
Para Torben, el único modo de resolver su problema es logrando ser perdonado y, como la fallecida ya no puede hacerlo, busca algo que repare su culpa: mientras no lo consiga, se siente anulado como persona. Y es que ahogando la culpabilidad de la persona se llega a ahogar a la persona misma.
El mensaje del libro es claro: el hombre no puede perder el sentido de culpa o la noción del mal, pues acabaría también por no poder hablar ya del bien y de libertad.

3) Para vivir

El mal no es requisito para que exista el bien. Pero las acciones del hombre, al ser libres, corren el riesgo de no ser dirigidas al bien, es decir, pueden ser desordenadas. En términos religiosos, eso es el pecado. San Agustín nos dice que el pecado consiste en alejarnos de Dios para dirigirnos a las criaturas. Ahí está el desorden: hemos sido creados para el bien, para Dios que es el Sumo Bien, y nos apartamos de Él para preferir un bien mucho menor.
Es un peligro, pues, dejar de calificar a las acciones como malas o pecaminosas, pues entonces, como un tumor, el mal irá creciendo sin ponerle remedio.
San Basilio Magno nos da una acertada definición: “En esto consiste precisamente el pecado, en el uso desviado y contrario a la voluntad de Dios de las facultades que él nos ha dado para practicar el bien” (Regla monástica, respuesta 2, 1).
Afortunadamente la culpa tiene un remedio: ser perdonados por el prójimo y por Dios en la confesión.

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