sábado, 6 de junio de 2009

¡Gloria sea dada al Padre al Hijo y al Espíritu Santo! Amén


Quizá sería mejor el silencio, frente a Dios, pero ¡Ay si no se habla de Dios! Nos veríamos privados del único discurso necesario, el que concierne a nuestro interés supremo.
Domingo de la Santísima Trinidad

Por Mons. Marcelo Martorell

Hemos venido celebrando distintos misterios de la historia de la salvación: Navidad, Pasión, Muerte y Resurrección y la Ascensión del Señor, Pentecostés que es el misterio de la venida del Espíritu Santo y con Él, el nacimiento de la Iglesia. Hoy, la Iglesia dirige su mirada al misterio primordial del cristianismo: la Santísima Trinidad, fuente y principio de todo don, de la vida, del bien y del amor que marca el corazón del hombre.

La revelación de este misterio es progresiva. Le pertenece como totalidad al Nuevo Testamento, pero en el Antiguo Testamento ya se iba manifestando por parte de Dios a los hombres este misterio inefable. Dios habló de muchas formas a Israel, afirmando frente a los peligros de la idolatría un fervoroso “monoteísmo”, como nos lo enseña la primera lectura (Dt. 4, 32-34.39-40) cuando afirma: “reconoce y medita en tu corazón, que el Señor es el único Dios, allá arriba en el cielo y aquí abajo en la tierra: no hay otro”. Israel que vivía constantemente en relación con pueblos paganos, debía ser advertido continuamente de esta verdad, para no caer en la idolatría. El Antiguo Testamento, celebra la grandeza de Yahvé único Dios, Creador de todo el universo y el Señor absoluto. Pero celebra también su cercanía con los hombres, ya que no sólo es su Señor y Creador, sino también su Pastor. Además el Señor cuida y protege a Israel con amor de predilección y lo elige como su pueblo, pueblo consagrado, pueblo de su propiedad. Esto ha sido experimentado por Israel y lo canta en sus celebraciones: Dios lo ha librado del poder de los Egipcios, sacándolos de la esclavitud, y ha constituido con él una “santa alianza”.

Para hablar de la Trinidad, Santo Tomás nos dice que “hay que hacerlo con cautela y modestia”. San Agustín afirma que “no hay otro tema en donde el error sea más peligroso, la investigación más ardua y el descubrimiento más fecundo” (De Trint. I, 3-5). En realidad, siempre que se habla de Dios tiene que hacerse con una actitud de respeto, de temor, reverencia y de adoración. Quizá sería mejor el silencio, frente a Dios, pero ¡Ay si no se habla de Dios! Nos veríamos privados del único discurso necesario, el que concierne a nuestro interés supremo. Entonces hay que hablar de Dios sabiendo que es arriesgado, pero reconociendo a la vez que es indispensable, ya que en esto se juega nuestra salvación.

Pues bien, ¿que cosa más difícil, pero sin embargo más necesaria, que hablar de Dios en cuanto que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, o sea en cuanto que es “Uno y Trino”? ¿No es verdad acaso que esto es lo que Dios nos ha ido manifestando progresivamente de sí mismo y que conociéndolo de ese modo y amándolo conseguiremos la vida eterna? Es llamativo cómo la autoconciencia de Jesús lo hace llamar a Dios “Padre” y si bien eso no justifica una doctrina trinitaria, sin embargo es de suma importancia. Jesús nunca se anunció como “persona divina”, pero su relación con Dios y su entrega a Dios que le compromete y le absorbe tanto, hacen comprensible y nos da un principio de entendimiento de este misterio. Luego de la Resurrección, el Nuevo Testamento aplica explícitamente a Jesús el testimonio del Antiguo Testamento: “Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy” (Sal. 2,7; 2 Sam.7,14; Hech. 4,25, Heb.1,5 etc.).

Para Israel el Mesías o Cristo de Yahvé era el rey, por ser “ungido”, pero también era el “Hijo de Dios”. Y con la venida de Cristo, Dios se revela al mundo en el misterio de su vida íntima. Se revela en la perfección y profundidad de su acto cognoscitivo y amoroso, por la que es Padre que engendra al Verbo y comunión de la que procede el Espíritu Santo. Y lo más admirable es que Dios entra ya en relación con los hombres no sólo como Dios Creador, sino como Trinidad, como Padre que ama como a sus hijos en su Hijo Único y en la comunión con el Espíritu Santo, extendiéndose la realidad de este misterio a todos los hombres que creen en Jesucristo. Es este mismo Espíritu, que en Jesús nos hace gritar “Abba Padre” y nos hace rezar en “el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo “.

Que la Virgen Madre, que llevó en su seno al Hijo del Padre Eterno, nos anime a vivir en la fe y el amor el gran misterio de Dios Uno y Trino.


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