La “Declaración de Colonia: Contra la incapacitación, por una catolicidad abierta” se redactó con motivo de la ampliación de la infalibilidad papal a cuestiones morales controvertidas y, hasta mayo de 1989, fue firmada por más de 220 profesores de teología católica, entre ellos Franz Böckle, Johannes Brosseder, Peter Eicher, Heinrich Fries, Ottmar Fuchs, Norbert Greinacher, Johannes Gründel, Bernhard Häring, Friedhelm Hengsbach, Peter Hünermann, Hans Küng, Norbert Mette, Johann Baptist Metz, Dietmar Mieth, Knut Walf, Jürgen Werbick y Hans Zirker.
Contra la incapacitación, por una catolicidad abierta Declaración de Colonia de profesores y profesoras de teología católica con motivo de la festividad de los Reyes Magos
6.1.1989
Diversos acontecimientos en nuestra Iglesia católica nos llevan a hacer una declaración pública.
Hay tres cuestiones que nos preocupan especialmente:
1. La Curia romana está aplicando con firmeza la idea de ocupar unilateralmente las sedes episcopales en todo el mundo, sin tener en cuenta las propuestas de las iglesias locales y descuidando sus derechos adquiridos.
2. En todo el mundo se niega en muchos casos la licencia eclesiástica para enseñar a teólogos y teólogas cualificados. Esto supone una injerencia significativa y peligrosa en la libertad de investigación y enseñanza y en la estructura dialógica del conocimiento teológico, que el Concilio Vaticano II ha destacado en muchos pasajes. La concesión de la licencia eclesiástica para enseñar se utiliza indebidamente como instrumento de disciplina.
3. Somos testigos del intento, teológicamente muy cuestionable, de hacer valer y extralimitar de manera inadmisible la competencia magisterial del Papa, además de la jurisdiccional.
Las observaciones en estos tres ámbitos nos parecen indicios de un cambio en la Iglesia posconciliar:
− por un cambio estructural progresivo en la sobreextensión de la jerarquía jurisdiccional;
− por una progresiva incapacitación de las iglesias particulares, por un rechazo de la argumentación teológica y por una relegación de los laicos en la Iglesia;
− por un antagonismo desde arriba que agrava los conflictos en la Iglesia mediante la disciplina.
Estamos convencidos de que no podemos permanecer en silencio al respecto. Consideramos que esta declaración es necesaria
− debido a nuestra responsabilidad con la fe cristiana,
− en el ejercicio de nuestro ministerio como profesores de teología,
− por el respeto a nuestra conciencia,
− en solidaridad con todos los cristianos y cristianas que se sienten ofendidos o incluso desesperados por los últimos acontecimientos en nuestra Iglesia.
1. En relación con los recientes nombramientos de obispos romanos en todo el mundo, especialmente en Austria, Suiza y aquí en Colonia, declaramos lo siguiente:
− Existen derechos tradicionales, también codificados, para la participación de las iglesias locales, que han marcado la historia de la Iglesia hasta la fecha. Forman parte de la vida multifacética de la Iglesia.
− Cuando las iglesias locales son disciplinadas mediante nombramientos episcopales u otras medidas (como en América Latina, Sri Lanka, España, los Países Bajos, Austria, Suiza y aquí en Colonia), que a menudo se basan en análisis y sospechas erróneos, se las priva de su autonomía. La apertura de la Iglesia católica a la colegialidad entre el Papa y los obispos, que fue uno de los resultados centrales del Concilio Vaticano II, se ve sofocada por un nuevo centralismo romano.
− El ejercicio del poder, tal y como se refleja en los recientes nombramientos episcopales, contrasta con la fraternidad del Evangelio, con las experiencias positivas del desarrollo de los derechos de libertad y con la colegialidad de los obispos.
− La práctica actual obstaculiza el proceso ecuménico en aspectos esenciales.
− En relación con el “asunto de Colonia”, consideramos escandaloso que se modifique el reglamento electoral en un proceso en curso. Esto ha afectado gravemente a la conciencia de la justicia procesal.
− El prestigio y la dignidad del cargo papal exigen un manejo sensible del poder y de las instituciones consolidadas.
− La selección de candidatos para el episcopado refleja adecuadamente la diversidad de la Iglesia; el proceso de nombramiento no es una selección privada del Papa.
− El papel de las nunciaturas es cada vez más cuestionable en la actualidad. Aunque las vías de transmisión de noticias y de consulta personal se han acortado, la nunciatura cae cada vez más en el odium de un servicio de inteligencia que, a menudo, mediante una selección parcial de la información, crea las divergencias que busca.
− La obediencia de los obispos y cardenales al Papa, declarada y exigida con mayor frecuencia en los últimos tiempos, parece ciega. La obediencia eclesiástica al servicio del Evangelio exige la disposición a la contradicción constructiva (cf. Codex Juris Canonici, canon 212, § 3). Instamos a los obispos a que recuerden el ejemplo de Pablo, que se mantuvo reconciliado con Pedro a pesar de haberle “contradicho abiertamente” (Carta a los Gálatas 2,11) en la cuestión de la misión entre los gentiles.
2. Sobre el problema de la sustitución de cátedras de teología y la concesión de la licencia eclesiástica para enseñar, declaramos lo siguiente:
− Debe preservarse la competencia y responsabilidad del obispo local, basada en motivos teológicos y protegida en parte por concordatos, de conceder o retirar la licencia eclesiástica para enseñar. Los obispos no son órganos ejecutivos del Papa. La práctica actual de violar el principio de subsidiariedad dentro de la Iglesia, cuando las competencias del obispo local en cuestiones de fe y moral están claramente definidas, es una situación insostenible. Una intervención romana en la concesión o denegación de una autorización para enseñar sin las iglesias locales o incluso en contra de la convicción expresa del obispo local pone en peligro la pérdida de competencias consolidadas y probadas.
− Las objeciones a la concesión de una autorización para enseñar o incluso las decisiones en este asunto deben justificarse con argumentos y demostrarse según normas académicas reconocidas. La arbitrariedad en este ámbito pone en tela de juicio la existencia de las facultades de teología católica en las universidades públicas.
− No todas las enseñanzas de la Iglesia tienen la misma certeza teológica y el mismo peso. Nos oponemos a la violación de esta doctrina de los grados de certeza teológica o de la “jerarquía de verdades” en la práctica de la concesión o denegación de la licencia para enseñar en la Iglesia. Por lo tanto, no se pueden exagerar arbitrariamente cuestiones éticas y dogmáticas concretas para convertirlas en cuestiones de identidad religiosa, mientras que las actitudes morales directamente relacionadas con la práctica religiosa (como la tortura, la segregación racial o la explotación) no parecen tener la misma importancia teológica para la cuestión de la verdad.
− El derecho de las facultades o universidades a completar su propia plantilla docente no debe verse totalmente socavado por una práctica arbitraria de concesión y denegación de la autorización eclesiástica para enseñar.
− Si, bajo la presión de tales problemas en las universidades, se produce una selección de profesores de teología basada en criterios ajenos a la ciencia, esto supondrá la pérdida de prestigio de la teología en las universidades.
3. En cuanto al intento de hacer valer de manera inadmisible la competencia magisterial del Papa, declaramos lo siguiente:
− Recientemente, en discursos dirigidos a teólogos y obispos, el Papa ha vinculado la doctrina sobre el control de la natalidad, sin tener en cuenta los grados de certeza y el diferente peso de las declaraciones eclesiásticas, con verdades fundamentales de la fe como la santidad de Dios y la salvación por Jesucristo, que los críticos de la doctrina papal sobre el control de la natalidad se ven confrontados con la acusación de “atacar los pilares fundamentales de la doctrina cristiana”, es decir, que al invocar la dignidad de la conciencia caen en el error, hacen “inútil la cruz de Cristo”, “anulan el misterio de Dios” y niegan la “dignidad del ser humano”. El Papa recurre a los conceptos de “verdad fundamental” y “revelación divina” para defender una doctrina muy específica que no puede fundamentarse ni en las Sagradas Escrituras ni en las tradiciones de la Iglesia (véanse los discursos del 15 de octubre y del 12 de noviembre de 1988).
− La unidad de las verdades afirmada por el Papa no significa su equiparación y equivalencia. Así lo afirma el Concilio Vaticano II: “Al comparar las doctrinas entre sí, no hay que olvidar que existe un orden o “jerarquía” de verdades dentro de la doctrina católica, según su diferente relación con los fundamentos de la fe cristiana” (Decreto sobre el ecumenismo n.º 11). Asimismo, deben tenerse en cuenta los diferentes grados de certeza de las afirmaciones teológicas y los límites del conocimiento teológico en cuestiones médico-antropológicas.
− Incluso el magisterio papal ha reconocido a la teología la dignidad de examinar los argumentos a favor de las afirmaciones y normas teológicas. Esta dignidad no debe ser vulnerada por prohibiciones de pensamiento y expresión. El examen científico requiere argumentación y comunicación.
− La conciencia no es un auxiliar del magisterio papal, como podría parecer tras tales discursos. Más bien, el magisterio también se remite a la conciencia de los fieles para interpretar la verdad. Aplanar la tensión entre la doctrina y la conciencia significa degradar la conciencia.
− Según la convicción de muchas personas en la Iglesia, la norma sobre el control de la natalidad de la encíclica “Humanae Vitae” de 1968 constituye una orientación que no sustituye la responsabilidad de conciencia de los creyentes. Los obispos, entre otros los obispos alemanes en su “Declaración de Königstein” (1968), y los teólogos morales han considerado correcta esta opinión de muchos cristianos, porque están convencidos de que la dignidad de la conciencia no consiste solo en la obediencia, sino también en la responsabilidad. Un Papa que habla tan a menudo de esta responsabilidad de los cristianos en el ámbito de la acción intramundana no debería ignorarla sistemáticamente en casos de emergencia. Por lo demás, lamentamos la intensa fijación del magisterio papal en esta problemática.
Conclusión:
− La Iglesia está al servicio de Jesucristo. Debe resistir la tentación permanente de abusar de su evangelio de justicia, misericordia y fidelidad de Dios para su propio poder, recurriendo a formas de dominio cuestionables. El Concilio la ha entendido como el pueblo peregrino de Dios y la relación viva de los creyentes (communio); no es una ciudad sitiada que levanta sus bastiones y los defiende con dureza tanto hacia dentro como hacia fuera.
− Compartimos con los pastores de la Iglesia diversas preocupaciones por la Iglesia en nuestro mundo actual, debido a nuestro testimonio común. Proteger a las Iglesias pobres, sacar a las Iglesias ricas de sus enredos y promover la unidad de la Iglesia son objetivos que comprendemos y por los que nos comprometemos.
− Sin embargo, los teólogos que están al servicio de la Iglesia también tienen el deber de criticar públicamente cuando el ministerio eclesiástico hace un uso indebido de su poder, de modo que entra en contradicción con sus objetivos, pone en peligro los pasos hacia el ecumenismo y revierte la apertura del Concilio.
− El Papa reclama el ministerio de la unidad. Por lo tanto, su ministerio consiste en reunir en caso de conflicto, lo que ha hecho de manera excesiva con respecto a Marcel Lefebvre y sus seguidores, a pesar de su cuestionamiento fundamental del magisterio. No es su función agravar conflictos de segunda importancia sin intentar siquiera el diálogo, decidir sobre ellos de manera unilateral desde el magisterio y convertirlos en objeto de exclusión. Si el Papa hace lo que no le corresponde, no puede exigir obediencia en nombre de la catolicidad. Entonces debe esperar contradicciones.