sábado, 26 de noviembre de 2011

Thetahealing, o el curanderismo vestido de secta

Reproducimos a continuación el artículo que acaba de escribir el sacerdote español Julio de la Vega-Hazas, miembro de la Red Iberoamericana de Estudio de las Sectas (RIES), sobre el movimiento conocido como “Thetahealing”, después de varias consultas que se han recibido en la RIES sobre su terapia.
  
Un vendedor ambulante de un mágico elixir que cura todas las dolencias no constituye, desde luego, una secta. Si forma una red de venta del elixir con unos cuantos compinches, tampoco. Pero si su puesta en escena va adoptando tintes religiosos, entonces ya entra en ese ámbito de religiones extrañas que se suelen denominar sectas. Thetahealing, como su propio nombre indica –“sanación Theta”-, es un curanderismo contemporáneo, pues pretende tener la clave de la curación de todos los males al margen de la medicina científica. No se trata, claro está, de un elixir; tiempo atrás, el elixir se presentaba como lo más avanzado, pero ahora lo vanguardista son técnicas complejas que permiten actuar a fuerzas ocultas. Eso es lo que propone la organización creada por la norteamericana Vianna Stibal. Y Stibal se presenta cada vez más nítidamente como una visionaria religiosa, y su grupo como una religión.

En cierto modo esta deriva religiosa resulta inevitable. En otros tiempos el charlatán del elixir podía huir a tiempo en su carromato a otro lugar en donde no le conocían. Hoy el simple poner distancia de por medio no permite escapar de las acusaciones de fraude y las amenazas de acciones judiciales –hay variedad en los distintos códigos penales, pero todos coinciden en considerar delito el intrusismo profesional y la comercialización fraudulenta-, y el refugio que les queda a los pretendidamente milagrosos remedios es transformarse en entidades religiosas, más protegidas por las leyes que las llamadas medicinas alternativas.

No es nuevo este proceder. Ya lo hizo Ronald Hubbard, que llamó Dianética a su método revolucionario, cuando en 1954 fundó la “Iglesia de la Cienciología”. La publicación de su libro Dianética no le causó problemas, pero su puesta en práctica abriendo una consulta llevó casi inmediatamente al acoso legal por intrusismo por parte del colegio profesional que agrupa a los psiquiatras, la APA. De ahí que lo convirtiera en religión (y albergara un odio a los psiquiatras que transmitió a su organización).

De hecho, hay ciertos paralelismos entre ambos, que van bastante más allá de la coincidencia de que en un caso el método se llame theta y en el otro el objetivo sea convertirse en lo que designan como un thetan operativo. Las semejanzas no hay que buscarlas con la compleja organización de la Cienciología, sino entre Thetahealing y el método de sanación y potencial humano de Hubbard, la “Dianética”.

En primer lugar, las personas. Hubbard aseguró que su método funcionaba porque en la última guerra mundial, cuando servía como oficial de la Reserva Naval, le curó de unas heridas de guerra que le habían dejado desahuciado. En realidad nunca entró en combate, y en los archivos de la marina norteamericana en Saint Louis solo consta una úlcera de duodeno y no consta ninguna herida (sí, en cambio, que duró poco al mando de dos pequeños barcos y fue valorado como “falto en las cualidades esenciales de juicio, liderazgo y cooperación”). Vianna Stibal asegura que “en 1995 recibí una instantánea curación de un cáncer por el Creador de Todo lo que Es. Desde entonces, me he curado a mí misma muchas veces a través del Creador utilizando ThetaHealing”. Pero no aporta ningún documento del historial médico, y los diversos relatos que ha hecho sobre su cáncer en el fémur y su instantánea desaparición no concuerdan en los pormenores.

Con la titulación encontramos también un paralelismo. Hubbard pregonaba tener un título de ingeniería, pero en realidad abandonó la universidad al segundo año. Y, junto al título de ingeniero de caminos, o civil, también exhibía un doctorado en filosofía. Este último se trataba de un doctorado honoris causa por la Universidad de la Sequoia, una entidad nunca reconocida oficialmente cuyo propietario era el mismo Hubbard, y que cerró en 1984 por orden judicial. Stibal no ha contado con tantos medios. Nunca fue a la universidad, ni tiene estudios superiores. Sin embargo, ha figurado en sus publicaciones como Doctora en Naturopatología.

En el Estado de Idaho donde vivía, esto significaba haber cursado unos estudios de varios años, obtener el consiguiente título y registrarse en un colegio profesional. Nada de esto consta. Lo que cuenta sugiere más bien lo contrario: “como madre soltera con tres niños a mi cargo, pronto me decidí que trabajar en una fábrica no ofrecía mucho futuro, así que empecé a concentrarme en el estudio de la medicina naturopática y en marzo de 1994 pasé a la práctica de masaje y naturopatología a tiempo completo”. Ese estudio de ratos libres duró aproximadamente dos años. ¿Qué estudió? No es fácil precisarlo, pero debió incluir alguna noción de neurofisiología y de masaje, pero, aunque no haya modo de hacerlo constar, es bastante probable que la Dianética de Hubbard pasara por sus manos.

Las dos organizaciones ponen un especial relieve en afirmar que sus métodos son científicos, incluso más profundamente científicos que la medicina regular. En el caso de Hubbard, el nombre de “Cienciología” lo dice todo al respecto, aunque detrás de tanta apariencia no se vea mucha ciencia. Stibal afirma, de entrada, que su medicina es “cuántica”, a pesar de que no aparezca por ningún lado el empleo de la física cuántica. El nombre de la técnica obedece a que pretendidamente actúa extrayendo todo el potencial que contienen las ondas cerebrales Theta. Se trata de uno de los cuatro tipos de ondas cerebrales (de 5 a 8 ciclos por segundo), asociado a momentos de rutinas asumidas con serenidad que permiten liberar la conciencia para pensar, de forma que suelen ser momentos de que surjan buenas ideas u ocurrencias. Hasta aquí no hay nada de particular. Solo que Stibal asegura que, potenciándolas, se consigue llegar a un “estado Theta”, una especie de trance que conecta con el Creador y permite participar de sus potencialidades sanantes.

¿Cómo actúan? De varios posibles modos, aunque hay uno que destaca sobre los demás, porque es el que va a la raíz del problema y su solución: sobre el ADN de la persona. Aquí Vianna Stibal nos sorprende con un descubrimiento: resulta que hay un cromosoma de la juventud y la vitalidad. Pero ése ha sufrido una involución: se ha deteriorado a lo largo de la historia humana, y con ello se ha perdido la capacidad de autorrejuvenecer nuestros cuerpos. Se trata de recomponer lo perdido, y para ello Thetahealing imparte los cursillos ADN-1 y ADN-2, estando el tercero en fase de preparación. A esto hay que añadir el toque apocalíptico tan común en muchas sectas, que alegan tener la clave de la salvación de una humanidad al borde de la catástrofe global: en este caso, las toxinas y venenos de nuestra sociedad industrial amenazan la supervivencia humana, de forma que, en palabras de Stibal, “el acabamiento del cromosoma de la juventud y la vitalidad le ayudará a sobrevivir”, pues “es en este tiempo de iluminación cuando la raza humana está de nuevo preparada para recibir la juventud regenerada”.

Eso sí, semejante descubrimiento, que habría podido hacer a su autor acreedor de un premio Nobel, no ha sido alcanzado por métodos científicos, sino por revelación de lo alto cuando su receptora estaba en un “éxtasis theta”. Asimismo –escribe-, “el Creador me dijo que empezara con las Activaciones de ADN, activando el filamento fantasma en el cuerpo de una persona. Entiendan que en realidad no estamos añadiendo secuencias a nadie; solo estamos despertando lo que ya está ahí. Se me dijo que a través de esta activación mejora la intuición de una persona, mejora la capacidad de sanar, el cuerpo se destoxifica y la persona es capaz de acceder a los diferentes Planos de Existencia sin esfuerzo”.

Para la creadora de Thetahealing las enfermedades pueden tener su causa en la existencia de toxinas o en malfunciones o deformaciones del ADN o del “Sistema de Creencias”, consistente este último en lo que se tiene por cierto y como tal queda en el cerebro al modo que un programa en el ordenador, regulando desde ahí la conducta. El problema aquí es que solemos creer en una serie de limitaciones como definitivas, y eso es lo que hay que cambiar. Por eso –cuenta Stibal– “fui al Creador y le dije «Creador, ¿cómo pueden cambiarse las creencias? Enséñame». Y me enseñó que la misma técnica que empleaba para la sanación puede también cambiar creencias”.

Las referencias a Dios son constantes, aunque prefiere llamarle “el Creador de Todo lo que Es” o simplemente el Creador. Ahora bien, ¿quién o qué es? Cuando declara que Thetahealing es compatible con cualquier religión, no está queriendo decir que es algo ajeno a ellas, sino más bien que pretende englobarlas a todas. Se trata de una mentalidad y una terminología que resulta familiar a quien conozca algo de cerca a los gurúes del hinduismo cuando predican en Occidente. Como muchos de ellos, se afirma que lo que se proporciona, más que una religión, es una filosofía de la vida. Pero es esa “filosofía” la que tiene las claves de las realidades últimas, de forma que las religiones lo que hacen es expresarla cada una a su modo.

Así, Stibal puede decir que “me doy cuenta de que el Creador tiene muchos nombres distintos: Dios, Buda, Shiva, Diosa, Jesús, Yahvé y Alá son todos ellos corrientes que fluyen hacia el Séptimo Plano de la Existencia y la Energía Creativa de Todo lo Que Es”. Para ella, Dios es la fuerza o energía creativa que subyace en el universo, de forma que es inmanente al mismo. A la hora de detallar algo más la explicación surgen en sus textos conceptos de un inequívoco origen en la India. Así, se logra alcanzar ese “séptimo plano” a través de un proceso de meditación “diseñado para liberar la conciencia (consciousness) de la atracción magnética de la Tierra y del egoísmo de la persona”, el mismo yoga de los hindúes destinado a despojar a la persona de todo deseo y apego terrenales para fundirse con el absoluto. A ese estado supremo también lo llama conciencia cósmica, otro término familiar en el hinduismo.

La conexión con lo divino lleva “el don de la Co-Creación o sinergia con Dios”, a través del cual “es posible traer al Creador a nuestra realidad para sanar a otros y a nosotros mismos”. Hay alguna terminología más sacada de la India, como las “chakras”, o centros de energía latentes en el cuerpo humano. Y, aunque hay signos de su reconocimiento en muchos lugares, Stibal concluye en buena lógica que “sin embargo, ninguna cultura ha desarrollados las chakras más que los indios (hindúes) a partir de la filosofía tántrica y el yoga”.

No faltan tampoco algunos toques en la más pura sintonía con esa especie de movimiento ideológico que se ha denominado New Age. Stibal narra un encuentro personal con Jesucristo, en el cual le muestra una visión completa de su paso por la Tierra. “Entonces –continúa su narración– le pregunté sobre el final del mundo, y cuándo llegaría. Lo que vi no es lo que hubiera esperado. Vi nacer al mundo a unos niños especiales. Era el nacimiento de esos niños especiales lo que iba a ser el fin del mundo tal como lo conocemos, y esos niños eran el nuevo comienzo”. Ella misma los llama los hijos de la Nueva Era.

En el desarrollo de montajes como el de Thetahealing, la vida –o más bien las leyes– les empuja poco a poco a subrayar el elemento religioso frente al que podríamos denominar científico. A la vez, la curación prometida se va desplazando también poco a poco al área de problemas psicológicos o espirituales frente a los físicos. Aquí es más fácil prometer bienestar y obviar los posibles fracasos: siempre se puede alegar que el cliente no colabora suficientemente –le falta fe en el saneamiento, por ejemplo–. Thetahealing lleva pocos años en funcionamiento, y puede apreciarse, si se sigue su pista, esa evolución. Con el tiempo, son más las cautelas legales que se adoptan, sin llamar la atención sobre ello, como el que Stibal ya no firme como titulada o que se solicite consentimiento escrito para el tratamiento, o bien que los resultados anunciados sean más altisonantes pero menos concretos.

A la vez, el reclamo acaba siendo más o menos el de la Cienciología y los gurús hindúes: unas sesiones de masaje y sauna, contar al detalle todo lo que preocupa o inquieta, y hacer unos ratos de meditación son un recurso bastante seguro para conseguir sentirse mejor en el inicio, y poder así afirmar que el método funciona. El problema es que ahí se queda la cosa, no hay más, salvo que uno quiera hacerse la ilusión de que está contribuyendo al nacimiento de una nueva humanidad. Si fuera verdad lo que han proclamado de modo tan contundente, ni Hubbard se habría muerto ni Vianna Stibal sería hoy una señora gordita en la que se nota –como en todo el mundo– el paso de los años. Ella puede decir –lo hizo– que se sentía más joven cuando entró en el séptimo plano de la existencia, pero el resto de los mortales lo que ve es que una cosa es sentirse algo y otra distinta serlo en verdad. La mucha palabrería no debería hacer perder de vista lo evidente.

Todo el recubrimiento científico de Thetahealing es algo postizo, por mucho que se barajen conceptos que sí pertenecen a la neurofisiología, como las ondas theta. Todo lo que pretende aportar thetahealing como original e innovador tiene una única fuente: las supuestas revelaciones de la divinidad a Vianna Stibal. De hecho, si en sus libros y exposiciones se prescindiera de todo el ropaje científico, todo quedaría igual. La ciencia tiene su propia metodología, tanto para descubrir como para comprobar, y al respecto no se aporta nada que no se supiera de antemano y no hubiera servido más que para conseguir un poco más de relajación, algo desde luego positivo pero muy alejado de sanaciones milagrosas, y mucho menos del surgir de una nueva humanidad. Los testimonios pueden estar muy bien, pero requieren comprobación, son manipulables, y en todo caso resulta sospechoso que constituyan la única fuente de respaldo acerca de unos avances terapéuticos que, de ser ciertos, revolucionarían la medicina.

Si pasamos del terreno de la ciencia al de la religión, puede pensarse que es el mismo Dios el que adoran los cristianos, los judíos y los musulmanes, aunque vendría bien hacer algunas matizaciones. Pero lo que resulta insostenible es que ese Dios es el del budismo y el hinduismo. La diferencia fundamental es que, para los primeros, Dios trasciende al universo visible, mientras que para los segundos es inmanente al mismo. En otras palabras, las religiones orientales son panteístas. Puede discutirse sobre si estamos hablando de un Dios personal. Para las grandes religiones monoteístas, la respuesta es afirmativa. Para el budismo claramente no lo es. En el hinduismo encontramos variantes, pues en algunos casos lo entienden como una especie de alma universal con un cierto carácter personal, aunque esté poco precisado conceptualmente y no carezca de ambigüedad, cosa por lo demás habitual en los panteísmos.

El de Stibal es una fuerza cósmica, que por sus características es impersonal, ya que puede ser compartido por quienes alcancen la cúspide de su iluminación, convertidos así –el término lo emplea ella– en “cocreadores”. No es muy diferente de la Madre Tierra de moda en el neopaganismo. Sin embargo, en las obras de Vianna Stibal lo encontramos tanto con esos rasgos, como entablando un diálogo continuado, algo que solo puede hacerse con un ser personal. Los gurús hindúes presentan todos ese peculiar sincretismo tan propio de sus creencias: cualquier expresión de la divinidad es válida... siempre que se entienda a su modo, como una encarnación de la fuerza cósmica suprema. Ellos mismos suelen presentarse como seres divinizados por contener en grado superior esa energía que les proporciona la “conciencia cósmica”. Pueden de esta manera alegar que son una encarnación de la divinidad o unos seres particularmente iluminados por ella. Pero lo que ninguno se atreve a hacer es reivindicar un diálogo de tú a tú con esa divinidad. No son particularmente rigurosos, pero por lo menos llegan a comprender que eso supone la admisión de un Dios personal que arruina sus doctrinas. Stibal no parece darse mucha cuenta de ello.

De todos modos, hay elementos en Stibal que son tan ajenos a las religiones orientales como lo son a las monoteístas, y pertenecen más bien a la corriente New Age. El primero es que la técnica sustituye a la ascética. Se podrá decir que también hay y ha habido gurús venidos de la India que hacían promesas parecidas a las de Thetahealing recurriendo a técnicas sin esfuerzo, como por ejemplo el “burbujeante bienestar” de Maharishi. Sin embargo, en estos últimos se trata sobre todo de un reclamo, puesto que en la medida en que se avanzaba en sus cursos el iniciado se introducía en un mundo de meditación y ascesis que requería bastante esfuerzo por su parte. En Thetahealing no hay nada más detrás del reclamo. Nada del auténtico yoga, una práctica que va mucho más allá de una gimnasia psicofísica, pues supone una continua lucha para desprenderse de todo lo sensible para fundirse con el infinito y pasar así al nirvana.

Pero la diferencia más importante se refiere a la meta final, que es el aspecto más determinante de las religiones. En Oriente se trata de esa fusión con el infinito que hace perder la propia identidad al sujeto, que, caso de no conseguirlo, sufrirá una reencarnación con toda la carga negativa de las anteriores vidas –el karma– que tendrá que superar. En Stibal hay un final al más puro estilo de la Nueva Era, declaradamente tal. Aunque evita declararse explícitamente como la profetisa que introduce al mundo en la nueva humanidad –y de paso salva a la actual de la inminente hecatombe–, no hay más remedio de concluir eso cuando se leen sus escritos. Es la ilusión propia del neopaganismo contemporáneo: la salvación, e incluso la eternidad, intramundanas.

En resumen, ¿qué encontramos en Thetahealing? La respuesta es que un curanderismo revestido de un ropaje pseudocientíifico, unas ideas prestadas de las religiones orientales, una utopía de estilo New Age, e incluso alguna noción cristiana. Todo ello metido dentro de un caldero del que resulta una amalgama muy poco coherente, pero revisado una y otra vez para sonar cada vez más convincente, y para protegerse de posibles pleitos. Quizás pueda decirse que a poco que se analice salta por los aires. Pero ni la clientela lo analiza ni su propaganda está dirigida a ello: sencillamente, se emocionan... y lo compran.


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