lunes, 28 de noviembre de 2011

La gran batalla empieza en los espíritus



Hay que buscar la manera de llenar el espacio inconmensurable que hay entre la inmensidad de la tarea (acabar con la tiranía e instaurar un gobierno justo) y los minúsculos medios con que contamos para semejante obra.

Por Cosme Beccar Varela


He tratado de aclararme a mí mismo lo que pienso acerca del qué hacer para destruir la tiranía e instaurar un gobierno justo que restablezca la Justicia y el bienestar general, y de explicar a otros lo que me parece que debe hacerse y por qué creo que lo que todos ellos hacen hasta ahora, no alcanza, aunque sea meritorio y muy laudable, y que mucho menos alcanza no hacer nada y limitarse a deplorar lo que pasa.

Este es el planteo. Ahora tengo que ver si consigo ver claro, sacar conclusiones, hacer una propuesta, explicarla de una manera comprensible y dejarlo expuesto para que mis compatriotas puedan pensar sobre el asunto y decirme cuáles son sus conclusiones.

El problema es que hay que buscar la manera de llenar el espacio inconmensurable que hay entre la inmensidad de la tarea (acabar con la tiranía e instaurar un gobierno justo) y los minúsculos medios con que contamos para semejante obra.

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Me imagino un hombre parado frente a un abismo de una anchura tal que ni se vea el otro lado de la sima, pero que esté obligado a transponerlo, sin medio alguno del cual valerse, como una obligación moral que compromete su honor. Ese hombre tiene dos opciones: o quedarse donde está lamentándose de su suerte o proponerse hacer el cruce como sea y cuando pueda, sin dejar un instante de quererlo.

Imaginemos, todavía, que en el lado en que él está domina una banda de facinerosos y que del otro, reinan los buenos en un país feliz. Quedándose de este lado puede dedicarse a mejorar las cosas en cuanto pueda y, en la medida en que los malos se lo permitan -ya que de este lado del abismo el poder será siempre de ellos-, puede intentar una concordia basada en algunas concesiones que le hagan los tiranos no pudiendo ignorar, sin embargo, que serán forzosamente precarias.

La opción para el hombre de nuestra parábola será con eso más difícil aún de resolver, porque no puede negarse que algún alivio podría tal vez conseguir, mientras que la decisión de intentar la travesía casi imposible aparecerá como una decisión insanamente utópica.

¡Ah! ¡Pero la alegría de pensar cómo será aquella otra ribera en donde reina la Justicia, los malos son castigados y los buenos premiados, Dios adorado y obedecido, la inocencia de los niños protegida, la virtud admirada y el vicio repudiado, esa alegría que anticipa la felicidad del otro país maravilloso, esa alegría no la tienen los que se resignan a vivir bajo la pata de los perversos en un vano intento de conseguir una falsa paz!

* * *

Ahora bien, el dilema de ese hombre es el que tenemos los "buenos patriotas", en especial los católicos, que vivimos bajo esta tiranía cuyo final no se avizora ya que tiene todo el poder y todas las cobardías a su disposición y puede durar indefinidamente, siempre para peor.

¿Qué hacer? Dice la Escolástica que lo primero en la intención puede ser lo último en la realización. De lo cual se deduce que lo que consiga uno realizar dependerá de lo que intentó. Si yo intento subir una escalera de diez escalones, lo primero es mi intención de llegar al décimo escalón y, por lo tanto, lo más y lo último que podré realizar es eso mismo, o sea, llegar al décimo escalón. Y nada más que eso.

Consecuentemente, si en esta noche de la Patria en que sobrevivimos, apenas nos proponemos prender dos o tres luces, como por ejemplo, impedir que se amplíen las causales de excusación del aborto contenidas en el art. 86 del Cödigo Penal (que rige desde 1922) o conseguir que se dicte una nueva amnistía para los mil secuestrados políticos o que se suprima la "lista sábana" o insertar un candidato decente en las listas de legisladores de alguno de los partidos indecentes de la “dirigencia” o que se derogue el "homonomio" o conseguir cualquier otra cosa buena en sí pero que en nada modifica el sistema de poder montado por los malos, renunciando a destruir ese sistema y a instaurar una Autoridad legítima que haga reinar la Justicia, habremos optado por quedarnos de este lado del abismo que imaginaba en la parábola.

En cambio, si amaramos con un amor demasiadamente grande el país de la Justicia sin resignarnos a vivir en este otro de la injusticia, aunque no tuviéramos los medios de llegar a él todavía, habríamos puesto lo primero en esa obra, que es la intención, y la realización nos será dada por añadidura en la medida de la intensidad de nuestro deseo: "Buscad el reino de Dios y su Justicia y todas las demás cosas se os darán por añadidura" (S. Mateo. 6 - 33)

Santo Tomás de Aquino, cita una frase de San Bernardo que expresa maravillosamente lo que quiero decir. La voy a transcribir primero en latín porque su fuerza de expresión es inigualable y da a entender lo que quiero decir con claridad meridiana:

"Amoris sunt decem gradus secundum Bernardum: scilicet quia facit languere utiliter, quaerere incesanter, operari indesinenter, sustinere infatigabiliter, appetere impatienter, currere velociter, audere vehementer, stringere indisolubiliter, ardere suaviter et similari: totaliter" (Opus 61, co.38, etc. en , tado en la "Tabula Aurea" de Pietri de Bergomo, pag. 75, 2da. col)

(Del amor hay diez grados, según Bernardo: a saber en cuanto hace languidecer útilmente, buscar incesantemente, obrar sin pausa, soportar infatigablemente, desear con impaciencia, correr velozmente, atreverse con vehemencia, abrazar indisolublemente, arder con suavidad y otras cosas semejantes, siempre totalmente)

Si hubiera un número suficiente de argentinos -que no necesitan ser inicialmente sino unos pocos-, con el alma suficientemente grande como para amar de esa manera la Argentina que perdimos y la que debe ser, ese grupo sería como un motor siempre en movimiento, acumulando fuerzas que serán usadas siempre en la procura del Bien amado y capaz de hacer valer hasta el más pequeño medio de acción y la más fugaz ocasión para acercarnos un poco más al otro lado del abismo.

Las cabezas de la secta que nos tiraniza tienen un odio por Dios, por la Justicia y por la Argentina tradicional al que podrían atribuirse los diez grados del amor que dice San Bernardo, pero al revés. Están unidas entre sí estrechamente por ese odio y han conseguido munirse de la fuerza material necesaria para imponerse sobre todos. Ese poder es el abismo que nos separa de la Argentina Justa y feliz.

Parecería que no teniendo una fuerza igual o superior para vencerlos, ese abismo es intransponible y que deberemos permanecer para siempre bajo su reinado de injusticia plagado de horrores.

Sin embargo, creo que si pudiéramos desear intensamente el triunfo de la Justicia y la derrota de los enemigos de Dios, se renovaría en nosotros aquella famosa lucha que hubo en el Cielo cuando Luzbel se rebeló exclamando. "¡No serviré!" a lo que San Miguel respondió: "¡Quién como Dios!". Esa fue la Batalla de las Batallas, la más grande de todos los tiempos y, sin embargo, fue “sólo” una lucha de espíritus en la que la fuerza material no contaba sino la fuerza invisible de las voluntades angélicas.

"En ese momento empezó una batalla en el Cielo: Miguel y sus Ángeles combatieron contra el Monstruo. El Monstruo se defendía apoyado por sus ángeles, pero no pudieron resistir, y ya no hubo lugar para ellos en el Cielo. Echaron, pues, al enorme Monstruo, a la Serpiente antigua, al Diablo o Satanás, como lo llaman, al seductor del mundo entero, lo echaron a la tierra y a sus ángeles con él". (Apocalipsis 12, 7-10).

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Después ha seguido la misma lucha entre los buenos y los malos a lo largo de la Historia hasta el triunfo irrevocable de Nuestro Señor Jesucristo precisamente en el momento en que todo parecía perdido, porque el poder de la Sinagoga y el del Imperio Romano, aliados en su maldad, lo habían matado colgándolo de la Cruz.

Sin embargo, ese triunfo debe ser completado desde entonces y hasta el fin del mundo por la fidelidad decidida de las almas humanas que siguen al Redentor en lucha contra las que siguen a Satanás.

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La situación política argentina es parte de esa lucha y aunque parezca de poca monta dentro del inmenso panorama de la Gran Batalla, no lo es porque cada día que toleramos el dominio de los malos es un día en que se agrava la ofensa a Dios que eso implica, se hace más difícil la salvación de los buenos y se induce la perdición de las almas.

Luego, no queda otra opción que proponerse, con los diez grados del amor que decía San Bernardo, la derrota de esta tiranía y la instauración de un gobierno justo que sirva el bienestar general, como un acto de amor de Dios que Le debemos por el Primer Mandamiento. Los medios para vencer, está prometido por el Divino Redentor que nos serán dados por añadidura.

Esto es lo que he conseguido aclararme a mí mismo con gran dificultad y creo que esto es lo que no consigo hacer entender, y mucho menos aceptar, por los “buenos patriotas”, tan briosamente empeñados en obras buenas, pero parciales, que no afectan en nada el poder de la tiranía y, por lo tanto, no sirven para la victoria, y hasta me atrevería a decir que ni siquiera sirven para los fines parciales que se proponen.

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