sábado, 29 de junio de 2002

DECRETO INSTAURANDO EL “DOMINGO DE LA DIVINA MISERICORDIA” (29 DE JUNIO DE 2002)


PENITENCIARÍA APOSTÓLICA

DECRETO

Se enriquecen con indulgencias actos de culto realizados en honor de la Divina Misericordia.

"Tu misericordia, oh Dios, no tiene límites, y es infinito el tesoro de tu bondad..." (Oración después del himno "Te Deum") y "Oh Dios, que manifiestas especialmente tu poder con el perdón y la misericordia..." (Oración colecta del domingo XXVI del tiempo ordinario), canta humilde y fielmente la santa Madre Iglesia. En efecto, la inmensa condescendencia de Dios, tanto hacia el género humano en su conjunto como hacia cada una de las personas, resplandece de modo especial cuando el mismo Dios todopoderoso perdona los pecados y los defectos morales, y readmite paternalmente a los culpables a su amistad, que merecidamente habían perdido.

Así, los fieles son impulsados a conmemorar con íntimo afecto del alma los misterios del perdón divino y a celebrarlos con fervor, y comprenden claramente la suma conveniencia, más aún, el deber que el pueblo de Dios tiene de alabar, con formas particulares de oración, la Divina Misericordia, obteniendo al mismo tiempo, después de realizar con espíritu de gratitud las obras exigidas y de cumplir las debidas condiciones, los beneficios espirituales derivados del tesoro de la Iglesia. "El misterio pascual es el culmen de esta revelación y actuación de la misericordia, que es capaz de justificar al hombre, de restablecer la justicia en el sentido del orden salvífico querido por Dios desde el principio para el hombre y, mediante el hombre, en el mundo" (Dives in misericordia, 7).

La Divina Misericordia realmente sabe perdonar incluso los pecados más graves, pero al hacerlo impulsa a los fieles a sentir un dolor sobrenatural, no meramente psicológico, de sus propios pecados, de forma que, siempre con la ayuda de la gracia divina, hagan un firme propósito de no volver a pecar. Esas disposiciones del alma consiguen efectivamente el perdón de los pecados mortales cuando el fiel recibe con fruto el sacramento de la penitencia o se arrepiente de los mismos mediante un acto de caridad perfecta y de dolor perfecto, con el propósito de acudir cuanto antes al mismo sacramento de la penitencia. En efecto, nuestro Señor Jesucristo, en la parábola del hijo pródigo, nos enseña que el pecador debe confesar su miseria ante Dios, diciendo: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de llamarme hijo tuyo" (Lc 15, 18-19), percibiendo que ello es obra de Dios: "Estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado" (Lc 15, 32).

Por eso, con próvida solicitud pastoral, el Sumo Pontífice Juan Pablo II, para imprimir en el alma de los fieles estos preceptos y enseñanzas de la fe cristiana, impulsado por la dulce consideración del Padre de las misericordias, ha querido que el segundo domingo de Pascua se dedique a recordar con especial devoción estos dones de la gracia, atribuyendo a ese domingo la denominación de "Domingo de la Divina Misericordia" (cf. Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos, decreto Misericors et miserator, 5 de mayo de 2000).

El evangelio del segundo domingo de Pascua narra las maravillas realizadas por nuestro Señor Jesucristo el día mismo de la Resurrección en la primera aparición pública: "Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: "La paz con vosotros". Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: "La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío". Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: "Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos"" (Jn 20, 19-23).

Para hacer que los fieles vivan con intensa piedad esta celebración, el mismo Sumo Pontífice ha establecido que el citado domingo se enriquezca con la indulgencia plenaria, como se indicará más abajo, para que los fieles reciban con más abundancia el don de la consolación del Espíritu Santo, y cultiven así una creciente caridad hacia Dios y hacia el prójimo, y, una vez obtenido de Dios el perdón de sus pecados, ellos a su vez perdonen generosamente a sus hermanos.

De esta forma, los fieles vivirán con más perfección el espíritu del Evangelio, acogiendo en sí la renovación ilustrada e introducida por el concilio ecuménico Vaticano II: "Los cristianos, recordando la palabra del Señor "En esto conocerán que sois mis discípulos, si os amáis unos a otros" (Jn 13, 35), nada pueden desear más ardientemente que servir cada vez más generosa y eficazmente a los hombres del mundo actual. (...) Quiere el Padre que en todos los hombres reconozcamos y amemos eficazmente a Cristo, nuestro hermano, tanto de palabra como de obra" (Gaudium et spes, 93).

Por eso, el Sumo Pontífice, animado por un ardiente deseo de fomentar al máximo en el pueblo cristiano estos sentimientos de piedad hacia la Divina Misericordia, por los abundantísimos frutos espirituales que de ello pueden esperarse, en la audiencia concedida el día 13 de junio de 2002 a los infrascritos responsables de la Penitenciaría apostólica, se ha dignado otorgar indulgencias en los términos siguientes:

Se concede la indulgencia plenaria, con las condiciones habituales (confesión sacramental, comunión eucarística y oración por las intenciones del Sumo Pontífice) al fiel que, en el domingo segundo de Pascua, llamado "de la Divina Misericordia", en cualquier iglesia u oratorio, con espíritu totalmente alejado del afecto a todo pecado, incluso venial, participe en actos de piedad realizados en honor de la Divina Misericordia, o al menos rece, en presencia del santísimo sacramento de la Eucaristía, públicamente expuesto o conservado en el Sagrario, el Padrenuestro y el Credo, añadiendo una invocación piadosa al Señor Jesús misericordioso (por ejemplo, "Jesús misericordioso, confío en ti").

Se concede la indulgencia parcial al fiel que, al menos con corazón contrito, eleve al Señor Jesús misericordioso una de las invocaciones piadosas legítimamente aprobadas.

Además, los navegantes, que cumplen su deber en la inmensa extensión del mar; los innumerables hermanos a quienes los desastres de la guerra, las vicisitudes políticas, la inclemencia de los lugares y otras causas parecidas han alejado de su patria; los enfermos y quienes les asisten, y todos los que por justa causa no pueden abandonar su casa o desempeñan una actividad impostergable en beneficio de la comunidad, podrán conseguir la indulgencia plenaria en el domingo de la Divina Misericordia si con total rechazo de cualquier pecado, como se ha dicho antes, y con la intención de cumplir, en cuanto sea posible, las tres condiciones habituales, rezan, frente a una piadosa imagen de nuestro Señor Jesús misericordioso, el Padrenuestro y el Credo, añadiendo una invocación piadosa al Señor Jesús misericordioso (por ejemplo, "Jesús misericordioso, confío en ti").

Si ni siquiera eso se pudiera hacer, en ese mismo día podrán obtener la indulgencia plenaria los que se unan con la intención a los que realizan del modo ordinario la obra prescrita para la indulgencia y ofrecen a Dios misericordioso una oración y a la vez los sufrimientos de su enfermedad y las molestias de su vida, teniendo también ellos el propósito de cumplir, en cuanto les sea posible, las tres condiciones prescritas para lucrar la indulgencia plenaria.

Los sacerdotes que desempeñan el ministerio pastoral, sobre todo los párrocos, informen oportunamente a sus fieles acerca de esta saludable disposición de la Iglesia, préstense con espíritu pronto y generoso a escuchar sus confesiones, y en el domingo de la Divina Misericordia, después de la celebración de la santa misa o de las vísperas, o durante un acto de piedad en honor de la Divina Misericordia, dirijan, con la dignidad propia del rito, el rezo de las oraciones antes indicadas; por último, dado que son "Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia" (Mt 5, 7), al impartir la catequesis impulsen a los fieles a hacer con la mayor frecuencia posible obras de caridad o de misericordia, siguiendo el ejemplo y el mandato de Jesucristo, como se indica en la segunda concesión general del "Enchiridion Indulgentiarum".

Este decreto tiene vigor perpetuo. No obstante cualquier disposición contraria.

Dado en Roma, en la sede de la Penitenciaría apostólica, el 29 de junio de 2002, en la solemnidad de San Pedro y San Pablo, apóstoles.


Luigi DE MAGISTRIS
Arzobispo titular de Nova
Pro-penitenciario mayor


Gianfranco GIROTTI, o.f.m. conv.
Regente
 

sábado, 15 de junio de 2002

¿LOS TSUNAMIS SON PARTE DEL SECRETO DE FATIMA?

Un breve análisis sobre las confusas declaraciones de Juan Pablo II en Fulda y las novedades modernistas impuestas por la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos sobre la predicación laica

Por Atila Sinke Guimarães


LOS SECRETOS NO COINCIDEN

Cuando Juan Pablo II visitó Fulda (Alemania) el 17 y 18 de noviembre de 1981, respondió a algunas preguntas de un grupo de personas. Varios de los presentes grabaron las preguntas y respuestas. Sus nombres y las palabras del Pontífice se publicaron en la revista Vox Fidei (edición italiana, número 10, 1981). Esta fue la pregunta y respuesta que se refirió a Fátima:

Pregunta: “¿Qué pasa con el tercer secreto de Fátima? Ya debería haber sido publicado en 1960”.

Respuesta de Juan Pablo II: “Debido a su contenido impactante y para no permitir que el poder global del comunismo interfiriera en los asuntos de la Iglesia, mis predecesores dieron información confidencial de manera diplomática. Además,debería ser suficiente para todo cristiano saber lo que sigue: cuando lees que los océanos inundarán continentes enteros, que millones de hombres morirán muy repentinamente en unos pocos minutos…. Si esto se sabe, no es realmente necesario hacer la publicación de este secreto… Mucha gente quiere saberlo sólo por curiosidad y sensacionalismo: pero olvidan que 'saber' también implica responsabilidad… pero quieren satisfacer su propia curiosidad. Esto es peligroso cuando, al mismo tiempo, no quieren hacer nada, diciendo: '¡Es inútil hacer algo para mejorar la situación!'”.

Entonces el Papa tomó el Rosario y dijo: “Aquí está la medicina contra esta enfermedad! Oren, oren y no pregunten más. ¡Recomiende todo lo demás a Nuestra Señora!”

Si estas palabras referentes a un castigo universal que ha sido preparado son ciertas, y creo que lo son, aquí estaría la confirmación de lo que los fieles siempre pensaron sobre el tercer mensaje de Fátima. Estas palabras encajan perfectamente con las partes reveladas anteriormente. Pero también, si son ciertos, entonces el “nuevo tercer mensaje” de los cardenales Joseph Ratzinger y Angelo Sodano estaba incompleto. Más aún, anestesiaba la saludable reacción que innumerables católicos tendrían al conocer la advertencia de Nuestra Señora.

¿Por qué los cardenales deberían evitar la difusión del verdadero mensaje cuando la Madre de Dios ordenó claramente que todos los católicos lo conocieran? La única respuesta que se me ocurre es que probablemente la tercera parte del mensaje menciona la crisis de la Iglesia provocada por el Concilio Vaticano II y el papel de los Papas conciliares en ella. De ahí que casi toda la estructura eclesiástica actual aparezca como cómplice de esta crisis. Para la autoridad progresista eludir el verdadero mensaje publicitando uno parcial junto con una interpretación engañosa sería una forma de salvar el pellejo, desobedecer a la Santísima Virgen y engañar a la opinión pública católica.

Sin embargo, es indispensable notar, que no es cosa fácil desafiar el mandato de la Madre de Dios… Deben estar preparados para las consecuencias.


PERDEDOR PARA LOS PROTESTANTES

Nunca es demasiado tarde para comentar una noticia importante que pasó un tanto desapercibida. Origins (31 de enero de 2002) publicó el documento oficial de la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos sobre la predicación laica. Aquí está el texto principal:
“Los fieles laicos pueden ser llamados a cooperar en el ejercicio del ministerio de la palabra (Canon 759). De acuerdo con el Canon 766, la USCCB decreta que a los fieles laicos se les puede permitir ejercer este ministerio en iglesias y oratorios, con la debida atención a las siguientes disposiciones: Si la necesidad lo requiere en ciertas circunstancias o parece útil en casos particulares, el Obispo diocesano puede admitir fieles laicos para predicar, ofrecer conferencias espirituales o dar instrucciones en iglesias, oratorios u otros lugares sagrados dentro de la Diócesis, cuando lo juzgue conveniente para el beneficio espiritual de los fieles”.
Por lo tanto, de ahora en adelante en las iglesias católicas de los Estados Unidos está oficialmente permitido que hombres y mujeres prediquen. Después del Concilio Vaticano II, estos cambios se introdujeron sucesivamente: laicos asistiendo a Misa dentro del presbiterio de la iglesia, ministros laicos de la Eucaristía distribuyendo la Comunión, lectores laicos en la Misa, laicos, en su mayoría mujeres, dirigiendo canciones y “gimnasia litúrgica” (sentarse-pararse), consejos laicos que administran parroquias, monjas o “agentes pastorales” laicos que dirigen algunas parroquias sin sacerdotes. Ahora, tenemos hombres y mujeres predicando oficialmente en las iglesias. Sin duda, es otra medida para que los católicos se parezcan más a los protestantes.


Tradition in Action