domingo, 11 de septiembre de 2011

Mons. José María Arancedo: Día del Maestro





Si queremos ordenar en una comunidad las diversas funciones que se cumplen en ella, no dudo que la misión del maestro aparece entre las primeras por su grandeza y significación.




No es exagerado decir que, después de la familia, la figura del maestro ocupa un lugar insustituible en la vida del niño como de la comunidad. Creo que es importante considerar a esta figura desde esa relación única con el alumno.

Verlos en la unidad de una misión nos muestra un camino que marca el nivel y el futuro de la sociedad. Estamos en el ámbito de una mediación que incluye tanto el aprendizaje y la comunicación del saber, como la iniciación en actitudes y comportamientos para la vida social. Creo que fue Mircea Eliade el que dijo, lamentándose, que la cultura contemporánea había perdido el sentido de la iniciación, tal vez recordando el sentido de la “paideia” griega, en su tarea de formación integral del ciudadano.

La importancia de esta mediación hay que verla en lo concreto de las personas y en el compromiso de la sociedad políticamente organizada. Diría que es el maestro, ante todo, quién debe valorar su vocación docente como algo que lo define y compromete. La vocación siempre se mueve entre el llamado y la respuesta. Si bien es algo personal se vive en el marco de una relación que crea vínculos de gran significación social.

Aunque pueda parecer algo solemne hablar de la figura maestro-discípulo, la considero, sin embargo, como una imagen ideal llamada a iluminar y acompañar su misión. Fuera de este marco el maestro es el primero en perder identidad. Le corresponde luego a la sociedad recuperar el significado de esta misión, y poner los medios necesarios que la hagan posible y jerarquicen su función.

En esta línea de responsabilidades la tarea de los padres no es menor. Es más, creo que ellos deben sentirse necesitados de esta mediación y, por lo mismo, ser los primeros en valorar sus personas, su misión y autoridad. La figura del maestro debe encontrar en casa la primera palabra que lo haga importante en la vida del hijo. ¡Qué triste la imagen de padres que aparentan defender a sus hijos a costa de la figura o autoridad del maestro! En una verdadera escuela para padres, un capítulo central debería estar dedicado a este tema.

Pero hay, también, una responsabilidad mayor que le corresponde al Estado, en cuanto responsable de la sociedad políticamente organizada. Junto con la salud y la seguridad, la educación ocupa un lugar prioritario que debe imponer a los gobiernos una exigencia que jerarquice la función y permita contar con los medios necesarios. En esto es importante la responsabilidad parlamentaria en orden a asegurar los recursos presupuestarios. La existencia de una sólida política de Estado en materia educativa, habla del nivel de su dirigencia.

En este marco adquiere su importancia la presencia de los sindicatos. “Las organizaciones sindicales, dice el Catecismo de la Iglesia Católica, buscando su fin específico al servicio del bien común, son un factor constructivo de orden social y de solidaridad y, por ello, un elemento indispensable de la vida social” (C.I.C. 305).
El sindicato, siendo ante todo un medio para la solidaridad y la justicia, concluye: “debe vencer las tentaciones del corporativismo, saberse autorregular y ponderar las consecuencias de sus opciones en relación al bien común”. Esto no es un límite, es una reflexión que califica el ejercicio de una función tan necesaria, que hace a los derechos de las personas y a la vida de la comunidad. La educación nos involucra a todos.

Queridos maestros, reciban junto a mi reconocimiento y felicitaciones en su día, la seguridad de mis oraciones y la bendición de Jesucristo, el Divino Maestro.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

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