jueves, 1 de septiembre de 2011

Carta abierta a un embrión congelado (reflexión)




Voy a mirarte con esperanza. Todavía no han decidido tu destino. No sé qué va a ser de ti. Quizá un día puedas leer estas líneas, si te respetan, si te aman, si te dan una oportunidad de nacer.


Por el Dr. Jorge B. Lobo Aragón



“...Tus padres querían un hijo, pero no llegaba. Por eso fueron a una clínica de reproducción asistida. Tras pruebas, análisis, estudios y decisiones no fáciles, unos médicos te concibieron en una probeta, con otros hermanos tuyos. Escogieron a algunos de ellos, los trasladaron al útero de tu madre. Uno, el más afortunado, nació hace ya mucho tiempo.

Uno nació...

Entonces, ¿qué va a ser de ti? ¿Qué será de tus hermanos? Tus padres y los científicos decidieron dejarte en el congelador, por ahora. Dependías de la decisión de otros, tu vida estaba en entredicho.

Pasaron los meses, algunos años. Tus padres estaban muy ocupados con tu hermano. Tal vez te tenían olvidado, o pensaban en ti, sin encontrar una salida, una solución a tu caso.

Un día, te convertiste en un problema público. Los políticos, los expertos de bioética, los científicos, pensaron que no podías seguir allí, años y años, congelado. Tus padres no se atrevían a acogerte, tenían miedo de tu nacimiento. Te quisieron hace tiempo, pero era por si acaso, por si no nacía un hijo en el primer intento. Ahora querrían no afrontar tu realidad: les gustaría poder olvidar que eres eso, su hijo, pequeño, pobre, congelado...

Por fin, los expertos prepararon una ley. Tus padres tenían que decidir.

La primera opción era una esperanza: probar un nuevo embarazo contigo, darte la oportunidad de nacer. ¡Qué maravilla!

Pero había otras opciones. Podían darte a otra pareja. Al menos así nacerías, tal vez lejos de tus padres, pero en otro hogar que te respetase y te ofreciese amor. También podían dejarte morir. Simplemente, apagar el congelador o sacarte del mismo. Así terminaría tu historia y dejarías de ser un problema.

Pero es que eres un embrión humano. Por eso algunos propusieron una cuarta opción: usarte en la experimentación. Tus padres podían donarte para el progreso científico, dar permiso para que te usasen y destruyesen. De este modo, los laboratorios sacarían de ti células madre, que dicen son muy importantes para la investigación.

Sé que eso no es justo, pero ahora dependes de otros que no comprenden la riqueza de tu vida minúscula pero estupenda, que no quieren aceptar que eres un ser humano, digno de respeto.

Voy a mirarte con esperanza. Todavía no han decidido tu destino. No sé qué va a ser de ti. Quizá un día puedas leer estas líneas, si te respetan, si te aman, si te dan una oportunidad de nacer. Para entonces seré viejo, y tú joven. Será estupendo encontrarnos.

Si eso no ocurre, si tú eres eliminado, o si a mí me toca morir antes (ninguno humano es inmortal aquí en este valle de lágrimas),

No importa. Nos veremos, si Dios quiere, en el cielo.

Ahora, simplemente, permíteme decirte que tienes un amigo que te quiere. Ojalá otros muchos te miren de frente, reconozcan lo que eres y, con un gesto de amor, te den esa oportunidad de vivir que tú mereces...”

Hoy se dice con malicia que hasta el centésimo día de la vida de un embrión no es todavía un verdadero ser autónomo, sino una formación que pertenece al organismo de la madre. Si se examina sin prejuicios esta declaración, se observa que responde a determinados intereses, y que se funda en una concepción mecanicista del ser vivo. ¿Qué pasaría si alguien dice que un vegetal no puede ser considerado como tal hasta que no toma claramente las características de un árbol? Se respondería que es un absurdo, porque los seres vivos proceden de un inicio simple, de la división de una célula o de la unión de dos, pasando por una serie de transformaciones hasta el pleno desarrollo morfológico, para después pasar por diferentes fases de estabilización y decaimiento, hasta la muerte. Las primeras células poseen ya, de hecho, toda la potencialidad estructural de la vida futura; tienen en potencia todas las formas por las que se sucederá no sólo el desarrollo embrionario, sino también el nacimiento, la infancia, la edad madura y la decadencia física.

En realidad, el nacimiento y la muerte, la plenitud y la decadencia, la salud y la enfermedad pertenecen a ese todo que llamamos hombre. Son elementos de la totalidad de nuestra existencia, que no es, de hecho, solamente naturaleza, sino también historia. La enfermedad soportada con valentía, y la negativa a rendirse, de la que nacen la bondad, la sabiduría y la madurez, son valores más vitales que una concepción de la salud que se convierte en brutal, y que una pericia técnica que elimina la existencia.

Para justificar el sacrificio de los embriones humanos, se invoca el mal llamado fin terapéutico. En realidad, la medicina ha dimitido de su fin terapéutico, cuando en vez de centrarse en la sanación de las causas de la infertilidad, produce la vida humana por encargo en un laboratorio. ¡Qué gran paradoja que mientras miles de personas recurran a la “fabricación artificial” de la vida, el año pasado 90.000 niños fuesen sacrificados en el seno de sus madres, simplemente por el hecho de que no eran deseados!

La cultura imperante, parece mostrar una gran atención hacia los discapacitados, los ancianos, los niños… ¡Mera hipocresía! Nunca se podrá amparar bajo ningún pretexto o motivo la eliminación de esa vida. ¿Pretendemos compensar acaso con una delicadeza de lenguaje la falta de tutela del derecho a la vida?

Es cierto que si el niño concebido es “deseado”, será el centro del hogar; pero, sin embargo, si el niño no es fruto del deseo, o si no resulta ser conforme con los planes personales, “se le devolverá”, de forma similar a como se permite hacer en los grandes almacenes con los objetos defectuosos o los que no son del agrado del comprador.

No nos engañemos, nuestra cultura no está centrada en los niños o en la solidaridad hacia los minusválidos. El centro de nuestra cultura es el endiosamiento de la propia voluntad. Más exactamente, habríamos de decir, del “deseo” (que no es lo mismo que la voluntad, a decir verdad).

Otro ejemplo aplastante lo tenemos en la Ley de Identidad Sexual, en la que se contempla que cualquier persona pueda cambiar su nombre y registro de sexo, simplemente aportando un informe médico donde se acredite que lleva viviendo al menos dos años “en el sexo que siente”. El proyecto que se nos anuncia, por el que la sanidad pública llegaría a cubrir las operaciones de cambio de sexo, es suficientemente ilustrativo: ¡el hecho de que ser varón o hembra nos venga impuesto por la naturaleza, se percibe como un recorte de la libertad! A partir de ahora seremos nosotros mismos los que “fabriquemos la realidad”, cuando ésta no responda a nuestro deseo.

Y, por último, el cenit de la ideología del deseo, es la reivindicación de la mal llamada eutanasia, que no es otra cosa que un suicidio asistido. ¡La vida es un derecho, pero no una obligación! Otra vez lo mismo: la vida no es un proyecto ante el que tenemos que responder, sino la realización de un deseo del que podemos dimitir.

Paradójicamente, lo único que no es capaz de conseguir la ideología del deseo es la meta de la felicidad. ¡Eso no lo conseguirán, ni con todas las leyes que pudieran seguir ideando!

Quienes profesan la ideología del deseo, pretenden ser felices fabricando la realidad a su medida. Por el contrario, y aquí está la paradoja, solo alcanzan la felicidad aquellos que aceptan la realidad y se adecuan a ella. “La Verdad es la que nos hace libres”, NO NUESTRO CAPRICHO.

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