miércoles, 8 de diciembre de 2010

Por qué existo, por qué pienso

La fe, como enseña la Iglesia, es un don de Dios y que siempre necesitamos su gracia, ¿entonces es que unas personas reciben este don, este regalo de Dios, y otras no?


Por Francisco Rodríguez Barragán

Conversaba el otro día con una persona amiga sobre el misterio de la fe y el hecho de que en una misma familia unos sean creyentes y otros no. Ambos estábamos de acuerdo en que la fe, como enseña la Iglesia, es un don de Dios y que siempre necesitamos su gracia, ¿entonces es que unas personas reciben este don, este regalo de Dios, y otras no?

Aunque los regalos en ningún caso son exigibles, nos costaba trabajo imaginar que Dios negara a nadie este regalo, pensábamos por el contario que todos los hombres reciben a lo largo de su vida múltiples ofertas de fe por parte de Dios, pero el hombre es libre para aceptar o rechazar este don, su respuesta es un acto humano del que debe responder.

Descartes estableció como principio del conocimiento su célebre “pienso, luego existo”. El pensamiento y la existencia son las dos cosas sobre las que cualquier hombre tendría que interrogarse. ¿Por qué existo? ¿Por qué pienso? Algún filósofo se ha preguntado: ¿por qué existe algo y no más bien nada? Y es que el hecho de que exista el universo y que existamos nosotros como seres pensantes tendría que hacernos caer en la cuenta de que necesariamente tiene que haber Alguien que lo haya hecho. Pensar en ello, ya sería una primera invitación a reconocer nuestra existencia y nuestra razón como regalo, como don.

Pero creer en un Dios creador, más razonable que creer que todo el universo se ha hecho a sí mismo por puro azar, como pretenden los que se consideran sabios y entendidos, no es suficiente. Dios tiene que ser además la verdad y el bien, pues hacia ambas cosas todos tendemos necesariamente. Preferimos la verdad a la mentira; el bien al mal, aunque luego lo confundamos todo y pensemos que es bueno para nuestro interés mentir, robar o matar.

La tendencia hacia el bien y la verdad es otro regalo que ha recibido el hombre y sólo el hombre. Somos el único animal capaz de filosofar. Este regalo también tendría que orientarnos hacia la aceptación de aquello que nos transciende, que está más allá del tiempo y del espacio, únicas dimensiones que conocemos. Si aceptamos que después de la muerte no hay nada, nada tiene sentido. La suerte de las víctimas y la de los verdugos sería la misma y como se ha preguntado algún pensador: ¿por qué habría de abstenerme de hacer el mal si ello me divierte? ¿Sólo el Código Penal?

Claro que creer en Dios podemos pensar que nos “complica la vida”. Lo verdadero y lo falso o lo bueno y lo malo dejan de ser cosas que podamos establecer a capricho, sin referencia a las leyes que Él mismo ha puesto en nuestra naturaleza. Por eso muchos dicen que no creen, invocando las razones “científicas”, cuando la ciencia siempre es inestable y provisional, sujeta a la falsación que dijo Popper.

Dando un paso más, no sería razonable creer que Dios es un ser mudo y sordo que no quiere o no puede relacionarse con los hombres. Creemos, por el contrario, que Dios se ha revelado al hombre de muchas maneras, incluso a través de su Hijo Jesús, como supremo don que hace a toda la humanidad, pero estas cosas quedan escondidas a los sabios y entendidos y se revelan a la gente sencilla. Es posible que estemos más interesados en ser sabios, entendidos, progresistas y cosas por el estilo, en lugar de ser la humilde gente sencilla que se estremece cuando se le muestra la suprema verdad de que Dios es Amor y nos ama con amor de Padre y espera que le correspondamos con amor de hijos que buscan su rostro.

Terminamos nuestra conversación conviniendo que nadie podrá acusar a Dios de no haberle hecho el regalo de la invitación a la fe, una y otra vez, a través de múltiples caminos, personas, testimonios o lecturas, pero al final quizá Él nos pregunte: ¿cómo usaste tu libertad?

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