miércoles, 1 de diciembre de 2010

Actitudes ante Internet



  
Las actitudes ante Internet pueden ser muy variadas. Intentemos hacer presentes algunas, que pueden darse por separado o más o menos entremezcladas en la misma persona.


Por el Padre Fernando Pascual

  
Internet es un mundo complejo y rico, abierto a muchas posibilidades y a usos sumamente variados.

En Internet unos escuchan música, otros ven películas, otros participan en foros o chats, otros crean blogs, otros descargan libros, otros buscan información, y la lista podría alargarse todavía más.

Frente a tantas posibilidades y ante no pocos peligros (porque es posible “naufragar” en Internet, o ser estafado, o caer en un engaño, o sucumbir a la tentación de calumniar a otros, etc.), las actitudes ante Internet pueden ser muy variadas. Intentemos hacer presentes algunas, que pueden darse por separado o más o menos entremezcladas en la misma persona.

La primera actitud consiste en la indiferencia: la humanidad ha vivido durante siglos y siglos sin Internet. Por lo tanto, es posible vivir también ahora como antes, sin depender de un nuevo progreso técnico. Esta actitud tiene un punto a su favor: dice algo verdadero. Pero encierra a veces un riesgo: dejar de lado un ámbito de la vida humana que interesa a muchos y en el que también quien mira con indiferencia a Internet podría llegar a hacer el bien a otros (además de dejarse ayudar en asuntos sencillos o en temas de mayor importancia).

La segunda actitud sería la del miedo, un miedo que surge desde distintos motivos y por situaciones diversas. Puede ser miedo a perder el tiempo, a caer en tentaciones, a ser engañado, a “naufragar” en la red. Puede ser simplemente miedo a no controlar algo que parece nuevo. O tal vez se trata de un miedo que surge desde malas experiencias: uno ha hecho en el pasado mal uso de Internet y, de ahora en adelante, no desea saber nada de lo que ocurra en la Red mundial.

La tercera actitud consiste en acoger Internet con un interés puntual, que se orienta a algunos usos concretos, prácticos, que sirven para agilizar lo que ya hacíamos antes de que apareciese esta herramienta. Por ejemplo, usarla para el correo electrónico, para comprar un boleto de viaje, para buscar un texto de interés personal o de investigación.

Una cuarta actitud surge en quien siente una curiosidad más o menos intensa hacia todo lo que sean novedades, noticias, juegos, perspectivas, películas. A veces la “navegación” en la red consiste precisamente en encontrar y acceder a imágenes o datos que satisfacen esa inquietud, a veces insaciable, que tenemos de abrirnos a lo nuevo, a lo atractivo, a lo interesante, o a lo que sirve simplemente para un rato de entretenimiento agradable.

Existe una quinta actitud que lleva al usuario a una extraña ansiedad por sumergirse a fondo en Internet, quizá desde una actitud de miedo a quedarse “fuera” de un mundo emergente, a no estar al “nivel” de la gente que le rodea, a perder informaciones importantes, a vivir desfasado. Esta actitud, en cierto sentido, es propia de quienes consideran que lo nuevo por sí mismo vale la pena, y como Internet ofrece novedades continuas y posibilidades técnicas de “último grito”, se lanzan a todo aquello que inicia con un auténtico hambre por estar siempre al día.

La sexta actitud, que ya es centro de atención por parte de los psicólogos, consiste en una dependencia más o menos profunda. El internauta siente que no puede serenar su corazón sin acudir habitualmente a una serie de páginas de diverso tipo (informativo, redes sociales, foros, etc.), sin hacerse “vivo” con decenas de SMS o comentarios en lugares donde uno “se instala”, sin contestar cada entrada en Facebook, o sin dialogar/discutir en blogs y foros de diverso tipo.

Los niveles de dependencia pueden ser más o menos profundos. Cuando se llega a límites dañinos, uno entra a lo que podríamos considerar como séptima actitud: abusar y llegar a ser adicto a Internet en formas más o menos graves. La prensa ya ha dado a conocer casos de padres que olvidan de dar de comer a un hijo pequeño por estar en Internet, o de adictos compulsivos al juego “on-line” que se arruinan o llegan al suicidio. Este nivel patológico implica daños más o menos graves en las relaciones humanas y en la misma salud del usuario.

Estas, y otras actitudes, muestra por un lado la complejidad del corazón humano, que puede reaccionar ante cualquier situación, ante lo antiguo y ante lo nuevo, de modos muy diferentes y según perspectivas más o menos correctas o erróneas. Por otro, refleja algo que es característico de la misma naturaleza del mundo de Internet: su apertura a un sinfín de posibilidades y de usos.

Por lo mismo, ante esta nueva realidad y ante sus casi innumerables posibilidades (abiertas hacia el bien y hacia el mal, hacia el crecimiento personal o hacia la degradación de las personas, como ocurre con el amplio espacio que Internet deja a la pornografía, por ejemplo) vale la pena tomar una actitud serena y madura.

Ello es posible si cada hombre, cada mujer, tienen claro lo que buscan en la vida, de dónde venimos y hacia dónde vamos, y si reconocen las prioridades según las cuales podemos tomar decisiones buenas y justas. Internet será algo peligroso si nos aparta de lo bueno, lo bello, lo justo. Será, en cambio, un instrumento válido si nos orienta hacia Dios y hacia el prójimo, hacia la verdad y hacia el amor, hacia la solidaridad y hacia el cielo.

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