lunes, 30 de marzo de 2026

LA REINA DEL CIELO EN EL REINO DE LA DIVINA VOLUNTAD (29)

Continuamos con la publicación del Capítulo 29 del libro “La Reina del Cielo”, escrito por la Sierva de Dios Luisa Piccarreta, Hija Pequeña de La Divina Voluntad.


Esta obra de Luisa-Piccarreta que fue publicada por primera vez el año 1930, consta de treinta y un Meditaciones que serán publicadas -Dios mediante- cada cinco días.


VIGESIMA NOVENA MEDITACION – La Reina del Cielo en el Reino de la Divina Voluntad.

La hora del triunfo. Apariciones de Jesús.

Los Apóstoles, que habían huido, regresan en derredor de la Santísima Virgen como a su arca de salvación y como a su medianera de perdón. La Ascensión.

EL ALMA A SU MADRE CELESTIAL:

Madre admirable, heme aquí de nuevo sobre tus rodillas maternas para unirme a Ti en la fiesta y en el triunfo de la Resurrección de nuestro querido Jesús. ¡Qué hermoso es hoy tu aspecto; es todo amabilidad, todo dulzura y todo alegría! En verdad me parece verte resucitada junto con Jesús. ¡Ah, Mamá Santa, en medio de tanta alegría y triunfo no olvides a tu hija! Encierra en mi alma el germen de la Resurrección de Jesús, a fin de que en virtud de ella yo resurja plenamente en la Divina Voluntad y así viva unida siempre a Ti y a mi dulce Salvador.

LECCION DE LA REINA DEL CIELO:

Hija bendita de mi corazón materno, grande fue mi alegría y mi triunfo en la Resurrección de mi Hijo Divino. Yo me sentí renacida y resucitada en Él; todos mis dolores se cambiaron en gozos y en mares de gracia, de luz, de amor y de perdón para las criaturas que habían sido confiadas a mi maternidad por Jesús en el supremo momento de su agonía y que Yo había sellado en mi Corazón con el indeleble sello de mis martirios.

Debes saber, querida mía, que después de la muerte de mi dulce Hijo, Yo me retiré al Cenáculo junto con el amado Juan y con Magdalena. Mi Corazón sufría mucho al ver que únicamente Juan estaba Conmigo, y en mi dolor preguntaba: “Y los demás Apóstoles... ¿dónde están?”

En cuanto ellos supieron que Jesús había resucitado, tocados por gracias especiales se conmovieron y llorando vinieron uno por uno a Mí, y me pidieron perdón con lágrimas por haber abandonado a su Maestro con su huida vil. Yo los acogí maternalmente en el arca de refugio y de salvación de mi corazón; aseguré a cada uno el perdón de mi Hijo y les di valor para no temer, pues su suerte estaba en mis manos por haberlos recibido como hijos míos.

Si bien Yo estuve presente en la Resurrección de Jesús, no dije nada a ninguno esperando que Él mismo se manifestara a todos glorioso y triunfante. La primera que lo vio fue la afortunada Magdalena, después lo vieron las piadosas mujeres, quienes llenas de alegría vinieron a anunciarme que lo habían contemplado resucitado y que el sepulcro estaba vacío, y mientras Yo las escuchaba con semblante de triunfo las confirmaba en la fe de la Resurrección.

Durante ese día casi todos los Apóstoles vieron a su Maestro adorado y cada uno de ellos exultó por haber sido llamado a su seguimiento. Este cambio de comportamiento, querida hija, simboliza y demuestra a lo vivo la triste inconstancia a la que está sujeto el hombre que se deja sojuzgar por su propia voluntad. En realidad ella fue la causa por la que los Apóstoles huyeron abandonando a su Señor, y por la que sintieron tal temor que debieron ocultarse y... aún negarlo, como sucedió con Pedro. Pero si en cambio ellos hubieran estado dominados por la Divina Voluntad, no sólo no se hubieran alejado de su Maestro, sino que, valerosos e intrépidos, habrían permanecido siempre a su lado, sintiéndose honrados en dar su propia vida para defenderlo!

Mi amado Jesús después de la Resurrección estuvo aún en la tierra por cuarenta días y continuamente se aparecía a los Apóstoles y a los discípulos para confirmarlos en la fe y para aumentar su certeza en la Resurrección, y cuando no estaba con los Apóstoles permanecía Conmigo en el Cenáculo rodeado por las santas almas que había sacado del Limbo.

Mi amado Jesús después de la Resurrección estuvo aún en la tierra por cuarenta días y continuamente se aparecía a los Apóstoles y a los discípulos para confirmarlos en la fe y para aumentar su certeza en la Resurrección, y cuando no estaba con los Apóstoles permanecía Conmigo en el Cenáculo rodeado por las santas almas que había sacado del Limbo.

Transcurridos los cuarenta días, mi dulce Jesús enseñó por última vez a sus Apóstoles y después de haberme elegido como su Maestra y Guía y de haber prometido el envío del Espíritu Santo, bendiciéndonos a todos tomó el vuelo hacia el Cielo con el cortejo maravilloso de las almas por Él liberadas. ¡Yo también tuve el gozo indecible de seguirlo y asistir a la gran fiesta preparada para Él en el Cielo! Para Mí la Patria Celestial no era desconocida y sin mi presencia, la fiesta de mi Hijo no hubiera podido ser completa.

Querida hija, todo lo que has escuchado y admirado no ha sido otra cosa que efecto de la Potencia del Divino Querer obrante en Mí y en mi Hijo. ¿Comprendes ahora la razón por la cual Yo ardo en el deseo de encerrar en ti la vida obrante del Divino Querer? Todas las criaturas poseen el Divino Querer pero lo tienen sofocado, como si fuera su siervo, mientras que si le dieran vida en ellos, Él podría obrar prodigios de santidad y de gracia y realizar en ellos obras dignas de su Potencia; pero está, en cambio, obligado a permanecer inoperante, su acción está limitada y obstaculizada y las más de las veces en realidad impedida!

Por eso sé atenta y coopera con todas tus fuerzas a fin de que el Cielo de la Divina Voluntad se extienda en ti y con su poder obre como quiera todo lo que quiera.

EL ALMA:

Mamá Santísima, tus bellas lecciones me arrebatan y despiertan en mí el vehemente deseo de poseer la vida operante de la Divina Voluntad en mi alma. Sí, Mamá queridísima, quiero ser también yo inseparable de mi Jesús y de Ti! Pero para tener la mayor seguridad te pido que tomes a tu cargo el trabajo de mantener mi voluntad encerrada en tu materno Corazón; de otra manera las mías serán siempre solamente palabras que nunca se convertirán en hechos. Por ésto, a Ti me encomiendo y de Ti espero todo.

PRACTICA:

Para honrarme harás una visita a Jesús Sacramentado como obsequio a su Ascensión al Cielo y le pedirás que te haga ascender en su Divina Voluntad.

JACULATORIA: 

Mamá Querida, con tu poder triunfa en mi alma y hazme renacer en la Voluntad de Dios.

Continúa...


30 DE MARZO: SAN JUAN CLÍMACO, ABAD


30 de Marzo: San Juan Clímaco, Abad

(✞ 605)

El glorioso abad del Monte Sinaí San Clímaco fue, según lo que se cree, natural de Palestina, y siendo mozo de dieciséis años bien enseñado en las letras humanas, se ofreció a Cristo Nuestro Señor en agradable sacrificio, retirándose del mundo en un monasterio del Monte Sinaí, donde por espacio de diez años brilló a los ojos de los monjes como perfecto dechado de todas las virtudes.

Pasó después a la vida solitaria y escogió un lugar llamado Tola, que estaba al pie del monte y a dos leguas de la iglesia de la Santísima Virgen que el emperador Justiniano, había hecho edificar para los monjes que moraban en las rocas y asperezas del Sinaí.

En aquella ermita vivió Juan por espacio de cuarenta años, con tan grande santidad, que todos le llamaban el Ángel del desierto. El Señor lo levantaba al estado angelical por la oración continua; y no pocas veces le dieron elevado de la tierra y suspendido en el aire resplandeciendo en su rostro la gracia de Dios y las delicias celestiales que estaba gozando su alma.

Al fin el Señor lo sacó de su ermita para que fuese el abad y maestro de todos los monjes del Sinaí, y por el ruego y la súplica de ellos escribió el famoso libro llamado Escala Espiritual, en el cual se describen treinta escalones por donde pueden subir los hombres a la cumbre de la perfección.

Su lenguaje santo es por sentencias y admirables ejemplos.

Dice que en un monasterio de Egipto donde moraban trescientos treinta monjes y no había más un alma y un corazón; y que a pocos pasos de este monasterio había otro que se llamaba La Cárcel, donde voluntariamente se encerraban los que después de la profesión habían confesado alguna grave culpa, y hacían tan asombrosas penitencias, que no se pueden leer sin llenarse los ojos de lágrimas y temblar las carnes de horror.

Se encomendaba a las oraciones de este varón santísimo el venerable Pontífice San Gregorio Magno, y el abad Raytú, en una epístola que también le escribió le pone este título: “Al admirable varón, igual a los ángeles, Padre de Padres, y doctor excelente, salud en el Señor”. 

Habiendo pasado el santo sesenta y cuatro años en el desierto, a los ochenta años de edad, entregó su alma purísima y preciosísima al Señor.
 

domingo, 29 de marzo de 2026

LA RELIGIÓN ES UN HECHO DE LA VIDA QUE INCLUSO LOS ATEOS DEBEN ACEPTAR

Si queremos demostrar que la Iglesia Católica realmente profesa la religión verdadera, primero debemos equiparnos con una comprensión clara de lo que realmente es la religión”.

Por Matthew McCusker


En todo el mundo, en todo momento y lugar, encontramos evidencia de que los seres humanos son religiosos. Pero ¿qué es exactamente la religión? ¿Y cómo nos ayuda comprender la naturaleza de la religión a demostrar que la religión católica es verdadera?

Comenzaremos a explorar estas preguntas en este artículo, que forma parte de una serie más larga que reivindica las afirmaciones de la Iglesia Católica.

Introducción

La entrega más reciente describió cómo la ciencia de la Teología Fundamental utiliza tanto la filosofía como la historia para establecer los fundamentos de la religión católica.

Ese artículo explicaba que la Teología Fundamental comienza con un estudio o “tratado”, a menudo llamado “La Verdadera Religión”, porque “se propone demostrar que existe en la tierra una sola religión revelada por Dios y destinada a todos los hombres. Esa religión es la que nos trajo Jesucristo, un auténtico mensajero de Dios; y esa religión es, en concreto, la religión que profesa la Iglesia Católica” [1].

Para demostrar que la Iglesia Católica profesa la verdadera religión, primero debemos comprender claramente qué es la “religión”. Si no sabemos qué entendemos por “religión”, ¿cómo podemos determinar si una religión es verdadera?

Que es la religión 

Anteriormente en esta serie, cuando nos preguntamos si Dios existe, tomamos la idea generalmente aceptada de Dios como punto de partida de nuestra investigación. El mismo enfoque puede aplicarse a la “religión”. Es decir, podemos empezar por preguntarnos qué es lo que los hombres concuerdan en llamar “religión”.

El teólogo Monseñor Gerard Van Noort escribió:

Nadie, ni siquiera un ateo, ignora la existencia de la religión. La religión es tan común como los árboles, y como estos, crece en una infinita variedad de formas, tamaños y colores por todo el mundo. Y así como algunos árboles son gigantescos y otros pequeños; algunos florecientes y otros atrofiados; algunos hermosos y otros grotescos, así ocurre también con las diversas formas de la religión [2].

Y el filósofo AM Woodbury SM señaló:

Nadie puede negar hoy la existencia de hechos religiosos. Pues entre diversos pueblos, diversas religiones han florecido y siguen floreciendo, y de hecho, de forma tan universal, que la raza humana, vista en general, debe considerarse genuinamente religiosa [3].

Los sistemas de creencias y prácticas como el cristianismo, el islam, el judaísmo, el hinduismo, el sijismo, el budismo y muchos otros son universalmente denominados religiones.

El uso del término “religión” para abarcar sistemas diferentes, y a menudo contradictorios, de creencias y prácticas indica que todos esos sistemas deben considerarse como si tuvieran algo en común, que no comparten los sistemas a los que nos referimos con otros términos, como “filosofía” o “ideología”.

Creo que será indiscutible afirmar que todos los sistemas de creencias denominados “religiones” tienen algo muy obvio en común: todos profesan tener algo que decir sobre Dios, los dioses u otras fuerzas espirituales. La religión se ocupa de la relación entre los hombres y estos poderes espirituales y siempre tiene un aspecto práctico, guiando a los hombres sobre cómo relacionarse con seres sobrenaturales mediante la oración, los rituales y la regulación de sus acciones. Las religiones también abordan invariablemente, en cierta medida, el destino del hombre después de la muerte; esto es fundamental en muchas religiones, mientras que en otras es menos prominente.

Woodbury resumió estos aspectos clave de la religión de la siguiente manera:

Las diversas religiones se esfuerzan por resolver el problema de nuestro fin: pues enseñan que además de este mundo visible, existe otro invisible, al que podemos llegar si tenemos comunicación con un ser o seres superiores que se consideran existentes allí [4].

La Catholic Encyclopedia (Enciclopedia Católica) también señala:

En toda forma de religión está implícita la convicción de que el Ser (o seres) misterioso y sobrenatural tiene control sobre las vidas y destinos de los hombres [5].

Otro aspecto de la religión es evidente en esta etapa preliminar, de sentido común, de nuestra investigación: cada religión es practicada por más de una persona; es un esfuerzo comunitario, no una filosofía o práctica personal. La religión también, casi universalmente, implica alguna forma de jerarquía o mediación con lo divino, siendo comunes las formas de sacerdocio.

A lo largo de la historia de la humanidad, la religión ha estado, para la gran mayoría de los seres humanos, plenamente integrada en su vida social, uniendo comunidades enteras en la práctica de la misma religión. Ser miembro de una sociedad y practicar la religión de esa sociedad ha sido, por lo general, una misma cosa.

En algunas sociedades, como el Imperio Romano, se toleraba la práctica de diferentes religiones siempre que la religión oficial del Estado no se viera amenazada. Formas similares de tolerancia se desarrollaron en Europa tras la Reforma. Sin embargo, la noción de que la creencia religiosa de una persona es completamente distinta de su pertenencia al Estado, de modo que este puede (o incluso debe) no tener religión, mientras que los ciudadanos eligen libremente su propio sistema de creencias, sería completamente ajena a la gran mayoría de los seres humanos de todos los tiempos.

Un examen más detallado de las religiones históricas

En la sección anterior, hemos identificado elementos clave que todos los sistemas que llamamos “religiones” parecen compartir. Sin embargo, se puede aprender mucho más sobre la naturaleza de la religión mediante un estudio riguroso de las formas de religión existentes e históricas.

La teóloga Michaele Nicolau, SJ, explicó que “la investigación sobre la religión se realiza examinando de manera histórica y etnológica, es decir, con la ayuda de la comparación de las lenguas, las culturas, las formas sociales, las relaciones de los hombres con el ser supremo y con los seres superiores, de los cuales uno profesa depender y con los cuales desea cooperar” [6].

No es posible explorar en detalle aquí la vasta erudición sobre religión, pero sus hallazgos clave han sido resumidos sucintamente por Nicolau:

La investigación sobre la religión de todos los pueblos demuestra que la convicción de la existencia de un poder personal suprasensible es válida en todas partes, y que debe ser reverenciado, apaciguado e invocado. Hacia él deben cumplirse la fe y ciertos deberes, y por doquier se encuentran ritos y ceremonias mediante los cuales se ejerce el culto a este poder numinoso. En resumen: en todas partes, entre las naciones, existe un complejo de verdades, deberes e instituciones que rigen las relaciones del hombre con el Ser Supremo; en todas partes este vínculo moral pone al hombre en contacto con este Ser [7].

Según Woodbury, existen tres elementos clave presentes en todas las religiones, aunque se manifiesten de formas significativamente diferentes. Estos elementos son:

• Doctrina

• Ley

• Culto

Todas las religiones tienen doctrina o dogma; es decir, sostienen ciertas cosas como verdaderas respecto a Dios, los dioses, el más allá o el destino final del hombre. Las religiones difieren significativamente en cuanto a la sofisticación con la que formulan y expresan su contenido doctrinal, y los medios por los que lo profesan, enseñan e imponen. No obstante, todas las religiones tienen cierto contenido doctrinal; profesan o asumen como cierto algo sobre el orden sobrenatural.

En segundo lugar, todas las religiones se ocupan de las acciones y el comportamiento humanos. Todas proponen reglas o leyes que el hombre debe seguir para relacionarse correctamente con Dios o los dioses. Algunas religiones tienen amplios códigos morales, otras no, pero ninguna religión es indiferente a las acciones de quienes la profesan.

Finalmente, todas las religiones implican algún tipo de ritual u oración. Estos ritos varían ampliamente, pero invariablemente implican alguna forma de adoración a la divinidad y suelen ir acompañados de actos como la intercesión y la acción de gracias. Las formas de adoración sacrificial son extremadamente comunes. Muchas religiones, especialmente aquellas donde se ofrece algún tipo de sacrificio, cuentan con una clase de sacerdotes o sacerdotisas que celebran ritos públicos de adoración.

Es importante reiterar que afirmar la presencia universal de la doctrina, la ley y el ritual no significa afirmar que todas las religiones enseñen, en última instancia, las mismas doctrinas, propongan el mismo código moral o practiquen los mismos ritos. Tampoco significa afirmar que su doctrina, normas y ritos sean todos buenos y verdaderos. Simplemente significa afirmar que estos elementos pueden encontrarse, en cierta medida, en todos esos sistemas de creencias y prácticas que llamamos religiones.

La universalidad de la religión exige una explicación

En sus Choruses from “The Rock” (Coros de “La Roca”), el poeta TS Eliot expresó bellamente la lucha del hombre por la verdad religiosa:

Y cuando había hombres, en sus diversos caminos, luchaban en tormento hacia DIOS

Ciegamente y en vano, porque el hombre es una cosa vana, y el hombre sin DIOS es una semilla en el viento, llevada de un lado a otro, y sin encontrar lugar donde alojarse y germinar.

Siguieron la luz y la sombra, y la luz los condujo hacia la luz y la sombra los condujo hacia la oscuridad.

Adorar serpientes o árboles, adorar demonios antes que nada: llorar por una vida más allá de la vida, por un éxtasis que no sea de la carne.

En todos los continentes, entre todos los pueblos y en todas las épocas, los seres humanos han buscado el conocimiento sobre el poder divino que gobierna y dirige el mundo. Se han esforzado no solo por poseer conocimiento, sino por organizar sus vidas según ese conocimiento. Han adorado, orado y ofrecido sacrificios. Han ordenado sus vidas según normas que consideran agradables al poder divino; han buscado ayuda en medio de los sufrimientos de esta vida y han abrigado la esperanza de que una vida mejor les aguardara después de la muerte.

Esta universalidad de la religión es un hecho que exige explicación, según el principio de que “todo efecto debe tener una causa proporcional”.

Ahora que hemos establecido que el hombre es un ser religioso, estamos listos para preguntarnos por qué es así. Debe haber una explicación que explique adecuadamente el fenómeno observado.

Ésta es la pregunta que abordaremos en la próxima entrega.

Notas:

1) Monseñor G. Van Noort, Dogmatic Theology Volume I: The True Religion, traducido y revisado, John Castelot y William Murphy (6ª edición), pág. xlvii.

2) Van Noort, The True Religion, p2-3.

3) AM Woodury SM, Lecture notes on Apologetics, A18. Consultado en: https://www.austinwoodbury.com.

4) Woodbury, Apologetics, A18.

5) “Religion”, Catholic Encyclopedia.

6) Michaele Nicolau SJ, Sacrae Theologiae Summa IA , trad. Kenneth Baker SJ, p66.

7) Nicolau, STS IA, pág. 67.
 

CONFESORES DE LA FE QUE COMBATIERON LOS ERRORES DE SU TIEMPO

Aquellos que descalifican y persiguen a los maestros católicos que defendieron la fe y que combatieron las herejías, deben saber que se sitúan fuera de la tradición católica y están contra ella.

Por el padre José María Iraburu


La historia nos muestra que muchos Concilios se reunieron para condenar herejías o reprobar herejes. El I Concilio de Constantinopla, ecuménico (381), en su canon 1º, “anatematiza toda herejía, y en particular la de eunomianos o anomeos, la de arrianos o eudoxianos, la de semiarrianos o pneumatómacos, la de sabelinos, marcelianos, fotinianos y apolinaristas”. Se trataba de herejías entonces activas.

Es además tan frecuente en los Concilios reiterar las condenaciones de las herejías pasadas, que el papa Gelasio I (492-496) prohibió esa costumbre: “¿Acaso nos es lícito desatar lo que fue ya condenado por los Venerables Padres y volver a tratar los criminales dogmas por ellos arrancados?” (Cta. al Ob. Honorio). En todo caso, como las herejías seguían produciéndose con el paso de los siglos, aunque a veces solo fueran reformulaciones de antiguos errores, una y otra vez, los Papas y los Concilios tuvieron de pronunciarse contra Orígenes, contra Prisciliano, contra los errores de begardos y beguinas, etc. Simplemente: el número de condenaciones era igual al número de herejías.

Pues bien, si la Iglesia fundamenta su Magisterio siempre en la Biblia y en la Tradición, ha de observar y observa fielmente esta norma tradicional. El Papa y los obispos, los sacerdotes y teólogos, todos los fieles, cada uno en su modo y medida, han de confesar la fe católica y han de combatir los errores contrarios.

Han de ser combatidos de modo especial “los errores contemporáneos”. Es cierto que también las herejías del pasado, al menos las principales, mantienen siempre alguna vigencia o peligro, y deben ser rechazadas. Pero, sin duda, la mayor virulencia del error suele darse en cada época en los errores presentes, en buena parte a causa de su fascinante novedad. Los errores, cuando se hacen viejos, pierden mucho de su peligroso atractivo. Por eso, todos los fieles, y muy especialmente Obispos, teólogos y párrocos, han de estar vigilantes para apagar cuanto antes el fuego herético que pueda encenderse en algún lado, para evitar que se extienda y haga un gran incendio. Si dejan que el fuego se extienda y se haga cada vez más fuerte, puede llegar un momento en que ya el incendio no pueda ser combatido, y solo termine y se apague por sí mismo, cuando todo haya sido arrasado y no quede ya nada por consumir.

Podemos recordar el ejemplo de San Agustín (354-430). El Santo Doctor, Obispo de Hipona –una pequeña diócesis del norte de África–, combatió con todas sus fuerzas los errores que en sus años amenazaban la verdad católica. En una época en que las noticias se difundían mucho más lentamente que hoy, él combatió, por ejemplo, muy duramente contra los errores que estaba difundiendo, especialmente en Roma, el monje irlandés Pelagio, estrictamente contemporáneo suyo (354-427).

Y así lo hizo, asistido por Dios, para bien de la Iglesia, aunque aquellos errores sobre el pecado original y la necesidad de la gracia sobrenatural fueran en un principio aprobados por el Obispo de Jerusalén, por el de Cesarea, por el sínodo de Dióspolis (415), e incluso en primera instancia por el Papa Zósimo, engañado por una confesión falsa hecha por Pelagio; aunque le condenó después. Todos éstos, mal informados, no habían descubierto todavía la gravísima malicia del pelagianismo, cuando, por otra parte, la Iglesia no había formulado aún una doctrina dogmática clara y precisa sobre esos temas. Y ejemplos como éste podrían multiplicarse indefinidamente. La impugnación de los errores presentes es un dato unánime de la Tradición Católica.

Todos los santos combatieron los errores de su tiempo, al menos aquellos que por su misión dentro de la Iglesia estaban especialmente comprometidos a librar esa lucha. Todos combatieron los errores y las desviaciones morales de su tiempo, atrayendo frecuentemente sobre sí muy graves penalidades, persecuciones, exilios, cárcel, muerte. Fueron, pues, mártires de Cristo, ya que dieron en el mundo y en la Iglesia “el testimonio de la verdad” con todas sus fuerzas: sin “guardar su vida” cautelosamente; sin tener a veces el apoyo de los demás Obispos; sin esperar la declaración de un Concilio –aunque ellos lo promovían cuando era preciso–; faltos en ocasiones de la misma confortación del Obispo de Roma.

En el año 359, después de los conciliábulos de Rímini y Seleucia, escribió espantado San Jerónimo: “ingemuit totus orbis et arianum se esse miratus est” (Adv. Lucif.). En ese tiempo, efectivamente, el arrianismo, negando la divinidad de Jesucristo, había invadido gran parte de la Iglesia. Y en aquella crisis, una de las más graves de la historia de la Iglesia, fue decisivo el testimonio de la fe católica dado por unos pocos, como el Obispo de Poitiers, San Hilario (315-368) y San Atanasio (295-373), Obispo de Alejandría (328-373), que cinco veces se vió expulsado de su sede por los arrianos (335-337, 339-346, 356-363, 363, 365-366), habiendo de sufrir destierro, violencias, calumnias, desprestigios y toda clase de sufrimientos físicos y morales. Fueron fieles discípulos del Maestro crucificado y de los Apóstoles mártires. No se vieron frenados en su celo pastoral ni por personalidades fascinantes, ni por Centros teológicos prestigiosos, ni por príncipes o emperadores, ni por levantamientos populares. Y gracias a su martirio –gracias a Dios, que los sostuvo– la Iglesia Católica permanece en la fe católica.

El Oficio de lectura de la Liturgia de las Horas, en el Propio de los Santos, da una mínima biografía de cada uno. Y merece la pena señalar que, cuando trata sobre todo de santos pastores o teólogos, casi siempre recuerda, como mérito destacado, que “combatieron los errores de su tiempo”. Los cito abreviadamente, y compadeciéndome de los lectores, 1º-divido el texto en cuatro cómodos párrafos, que abarcan cada uno cinco siglos y 2º-declaro no obligatoria su lectura. (Y todavía habrá alguno que se queje).

San Justino (+165; 1-VI), “escribió diversas obras en defensa del cristianismo… Abrió en Roma una escuela donde sostenía discusiones públicas. Fue martirizado”. 
San Ireneo (+200; 28-VI), Obispo y Mártir, autor de Adversus hæreses, “escribió en defensa de la fe católica contra los errores de los gnósticos”. 
San Calixto I (+222; 14-X), antiguo esclavo, Papa y Mártir, “combatió a los herejes adopcionistas y modalistas”. 
San Antonio Abad (+356; 17-I), padre de los monjes, apoyó “a San Atanasio en sus luchas contra los arrianos”. 
San Hilario (+367; 13-I), Obispo y Doctor de la Iglesia, “luchó con valentía contra los arrianos y fue desterrado por el emperador Constancio”. 
San Atanasio (+373; 2-V), Obispo y Doctor de la Iglesia, “peleó valerosamente contra los arrianos, lo que le acarreó incontables sufrimientos, entre ellos varias penas de destierro”. 
San Efrén (+373; 9-VI), Diácono y Doctor de la Iglesia, fue “autor de importantes obras, destinadas a la refutación de los errores de su tiempo”. 
San Basilio (+379; 2-II), Obispo y Doctor de la Iglesia, “combatió a los arrianos”. 
San Cirilo de Jerusalén (+386; 18-III), Obispo y Doctor de la Iglesia, “por su actitud en la controversia arriana, se vio más de una vez condenado al destierro… [pues] explicaba a los fieles la doctrina ortodoxa, la Sagrada Escritura y la Tradición”. 
San Eusebio de Vercelli (+371; 2-VIII), Obispo, “sufrió muchos sinsabores por la defensa de la fe, siendo desterrado por el emperador Constancio. Al regresar a su patria, trabajó asiduamente por la restauración de la fe, contra los arrianos”. 
San Dámaso (+384; 11-XII), Papa, “hubo de reunir frecuentes sínodos contra los cismáticos y herejes”. 
San Ambrosio (+397; 7-XII), Obispo y Doctor de la Iglesia, “defendió valientemente los derechos de la Iglesia y, con sus escritos y su actividad, ilustró la doctrina verdadera, combatida por los arrianos”. 
San Juan Crisóstomo (+407; 13-IX), Obispo y Doctor de la Iglesia, en Constantinopla, se esforzó “por llevar a cabo una estricta reforma de las costumbres del clero y de los fieles. La oposición de la corte imperial y de los envidiosos lo llevó por dos veces al destierro. Acabado por tantas miserias, murió [desterrado] en Comana, en el Ponto”. 
San Agustín (+430; 28-VIII), Obispo y Doctor de la Iglesia, “por medio de sus sermones y de sus numerosos escritos contribuyó en gran manera a una mayor profundización de la fe cristiana contra los errores doctrinales de su tiempo”. 
San Cirilo de Alejandría (+444; 27-VI, Obispo y Doctor de la Iglesia, “combatió con energía las enseñanzas de Nestorio y fue la figura principal del Concilio de Éfeso”. 
San León Magno (+461; 10-XI), Obispo y Doctor de la Iglesia, “combatió valientemente por la libertad de la Iglesia, sufriendo dos veces el destierro”.

San Hermenegildo (+586; 13-IV) “es el gran defensor de la fe católica de España contra los durísimos ataques de la herejía arriana… Su verdadera gloria consiste en haber padecido el martirio por negarse a recibir la comunión arriana y en ser, de hecho, el primer pilar de la unidad religiosa de la nación”. 
San Martín I (+656; 13-III), Papa y Mártir, “celebró un Concilio en el que fue condenado el error monotelita. Detenido por el emperador Constante el año 653 y deportado a Constantinopla, sufrió lo indecible; por último fue trasladado al Quersoneso, donde murió”. 
San Ildefonso (+667; 23-I), Obispo de Toledo, hizo “una gran labor catequética defendiendo la virginidad de María y exponiendo la verdadera doctrina sobre el bautismo”. 
San Juan Damasceno (+mediados VIII; 4-XII), Doctor de la Iglesia, “escribió numerosas obras teológicas, sobre todo contra los iconoclastas”.

San Romualdo (+1027; 19-VI), abad, “luchó denodadamente contra la relajación de costumbres de los monjes de su tiempo”.
San Gregorio VII (+1085; 25-V), Papa, trabajó “en la obra de reforma eclesiástica… con gran denuedo… Su principal adversario fue el emperador Enrique IV. Murió desterrado en Salerno”.
San Anselmo (+1109; 21-IV), Obispo y Doctor de la Iglesia, “combatió valientemente por la libertad de la Iglesia, sufriendo dos veces el destierro”. 
Santo Tomás Becket (+1170; 29-XII), Obispo y Mártir, “defendió valientemente los derechos de la Iglesia contra el rey Enrique II, lo cual le valió el destierro a Francia durante seis años. Vuelto a la patria, hubo de sufrir todavía numerosas dificultades, hasta que los esbirros del rey lo asesinaron”. 
San Estanislao (+1079; 11-IV), Obispo y Mártir, “fue asesinado por el rey Boleslao, a quien había increpado por su mala conducta”. 
Santo Domingo de Guzmán (+1221; 8-VIII), fundador de la Orden de Predicadores, “con su predicación y con su vida ejemplar, combatió con éxito la herejía albigense”. 
San Antonio de Padua (+1231; 13-VI), Doctor de la Iglesia, se dedicó a la predicación, “convirtiendo muchos herejes”. 
San Vicente Ferrer (+1419; 5-IV), “como predicador recorrió muchas comarcas con gran fruto, tanto en la defensa de la verdadera fe como en la reforma de costumbres”. 
San Juan de Capistrano (+1456; 23-X), sacerdote de los Frailes Menores, hizo su apostolado por toda Europa, “trabajando en la reforma de costumbres y en la lucha contra las herejías”. 
San Casimiro (+1484; 4-III), hijo del rey de Polonia, fue “gran defensor de la fe”.

San Juan Fisher (+1535; 22-VI), Obispo y Mártir, “escribió diversas obras contra los errores de su tiempo”. 
Santo Tomás Moro (+1535; 22-VI), “escribió varias obras sobre el arte de gobernar y en defensa de la religión”. Igual que San Juan Fisher, por oponerse a los errores y abusos del rey Enrique VIII, fue decapitado en 1535. 
San Pedro Canisio (+1597; 21-XII), Doctor de la Iglesia, “destinado a Alemania, desarrolló una valiente labor de defensa de la fe católica con sus escritos y predicación”. 
San Roberto Belarmino (+1621; 17-IX), Obispo y Doctor de la Iglesia, “sostuvo célebres disputas en defensa de la fe católica [frente a los protestantes] y enseñó teología en el Colegio Romano”. 
San Fidel de Sigmaringa (+1622; 24-IV): “la Congregación de la Propagación de la Fe le encargó fortalecer la recta doctrina en Suiza. Perseguido de muerte por los herejes, sufrió el martirio”. 
San Pedro Chanel (+1841; 28-IV), misionero: “en medio de dificultades de toda clase, consiguió convertir a algunos paganos, lo que le granjeó el odio de unos sicarios que le dieron muerte”. 
San Pío X (+1914; 21-VIII), “tuvo que luchar contra los errores doctrinales que en ella [la Iglesia] se infiltraban”. 
Y a esta desmesurada lista aún habría que añadir muchísimos nombres, como el de 
San Francisco de Sales (+1622), y sus “Controversias” con los calvinistas.
Beato Pío IX (+1878), autor del Syllabus, “colección de errores modernos”.

Digámoslo claramente: es una vergüenza que haya católicos hoy que se avergüencen de los defensores de la fe. Aquellos círculos de la Iglesia de nuestro tiempo, sean “teológicos”, “populares” o “episcopales”, que sistemáticamente descalifican y persiguen a los maestros católicos que defendieron la fe de la Iglesia y que combatieron abiertamente las herejías, deben enterarse de que se sitúan fuera de la tradición católica y contra ella. Deben saber que en la guerra que hay entre la verdad y la mentira, aunque no lo pretendan conscientemente, ellos, muy moderados, se ponen del lado de la mentira y son los peores adversarios de los defensores de la verdad, pues dejan a éstos como si fueran “fanáticos”. Incluso cuando esos mismos moderados, en el mejor supuesto, estén entre quienes predican la verdad, también hacen daño, porque no impugnan públicamente los errores.
 

EL “CARDENAL” SUENENS RECHAZÓ A LA IGLESIA COMO UNA SOCIEDAD PERFECTA

Presentamos un texto en el que Suenens ataca claramente la concepción de la Iglesia como una institución sólida y estable, que se mantuvo hasta el Vaticano II.


Leo Jozef Suenens fue uno de los “prelados” más importantes que desempeñó un papel decisivo en el conciliábulo Vaticano II. Fue él quien propuso dejar de lado los más de 70 esquemas conservadores preparados para ser debatidos y sustituirlos por los 18 progresistas, que sirvieron de base para los 16 documentos finales del Vaticano II. 

Fue uno de los cuatro “moderadores” elegidos por Giovanni Battista Montini (alias Pablo VI) para dirigir los debates en la “asamblea conciliar”. También fue uno de los principales impulsores de la constitución dogmática Lumen gentium y la constitución pastoral Gaudium et spes.

Hoy presentamos un texto en el que Suenens ataca claramente la concepción de la Iglesia como una institución sólida y estable, que se mantuvo hasta el Vaticano II.


Arriba, la portada de su libro; a continuación, una fotocopia del original en francés y finalmente, la traducción del texto remarcado en amarillo.


“Me parece que podemos ayudar al cristiano de hoy que vaga por el camino hacia el siglo XXI mostrándole que la Iglesia es una realidad situada en la Historia.

El presente se vuelve más claro cuando lo vinculamos con el ayer para alcanzar el mañana, del mismo modo que para conocer la posición de un barco es necesario observar su longitud y latitud en un mapa. Comprender cómo la Iglesia afrontó tiempos pasados ​​nos ayuda a comprender cómo afronta nuestro tiempo. Debemos verla inserta en el corazón de la Historia, y no como una realidad abstracta, inmutable y atemporal.

Durante demasiado tiempo hemos sufrido una visión estática de la Iglesia definida en términos de una sociedad jurídicamente perfecta.

Hoy, gracias a Dios, ya no vemos a la Iglesia con esos criterios jurídicos, sino como una realidad viva que Cristo anima con su presencia y su vida... Como una peregrina, avanza, caminando paso a paso por un camino desconocido”.

“La historia del Éxodo nos enseña que a Dios no le gusta proveer a su pueblo con provisiones abundantes, sino que vela por que tengan el sustento diario.

Nos acostumbramos a acumular muchos bienes innecesarios y a construir casas de piedra o cemento, en lugar de ser felices con simples tiendas plegables y poder vagar libremente”.

(Leo Jozef Suenens, Souvenirs et Esperances, París: Fayard, 1991, p. 131).
 

29 DE MARZO: SANTOS JONÁS Y BARAQUISIO, HERMANOS y MÁRTIRES


29 de Marzo: Santos Jonás y Baraquisio, hermanos y mártires

(✞ 327)

Sapor, rey de Persia, en el año dieciocho de su reinado, perseguía cruelísimamente a los cristianos y demolió sus iglesias y monasterios. Vivían en una aldea llamada Jasa dos hermanos llamados Jonás y Baraquisio, los cuales llegando a la villa que se llamaba Bardiaboth, fueron a visitar a los cristianos que estaban presos y hallaron nueve que estaban ya condenados a muerte.

Y viéndolos muy atormentados y maltratados, les dijeron: 

- Hermanos, no temamos cosa alguna, el nombre de nuestro Jesús crucificado, sustentemos una batalla para alcanzar la sempiterna corona.

Animados con estas palabras los santos presos, padecieron el martirio y recibieron la palma y vestidura inmortal de la gloria.

Después de esto fueron acusados los dos santos hermanos ante unos crueles magos que hacían oficio de jueces, los cuales les intimaron obediencia al rey y reverencia al sol, al fuego y al agua.

- No tengo que ver -dijo Jonás- con el sol, la luna ni estrellas, ni con el fuego ni con el agua, que son vuestros dioses, ni es por ningún rey mortal que se haya de obedecer más que al verdadero Dios. Solo creo en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, verdadera Trinidad que conserva todo el universo.

Mucho se enojaron los magos oyendo esto, y luego mandaron que le atasen un pie a una cuerda y lo pusieron desnudo al hielo toda la noche.

Llegado el día siguiente, llamaron a Baraquisio, a quien tenían apartado de su hermano, y le dijeron que por qué no sacrificaba a los dioses como ya había hecho su hermano Jonás.

San Baraquisio dijo:

- Lo qué ha hecho mi hermano haré también yo.

Y añadió que mentían en todo, porque la Verdad a quien seguía, no le dejaría a su hermano hacer un nefando sacrificio.

Se irritaron los mentirosos jueces con esta respuesta, y para que no hablase más, le hicieron beber plomo derretido, y le volvieron a la cárcel donde lo tuvieron colgado de un pie.

Trajeron luego ante sí a Jonás y le dijeron:

- ¿Cómo te ha ido esta noche con la helada? Tu hermano Baraquisio ha negado a tu Dios, y tu, obstinado, ¿aún estás en tu parecer?

Respondió el mártir:

- Creedme, reales príncipes, que jamás mi Dios me había dado noche tan sosegada y tan buena, y sé también, para mi consuelo, que mi hermano ha negado al demonio y que ha estado firme en Cristo.

Mandaron traer los magos un husillo y prensa y le prensaron como hacen con el orujo, rompiéndole todos los huesos de esta manera, el invictísimo y glorioso Jonás entregó su bendita alma al Señor.

Concluido esto, atormentaron de varias maneras a su hermano Baraquisio, metiéndole agudas cañas por las carnes, apretáronle después con la prensa, y le vertieron en la boca brea y azufre hirviendo, y con esto alcanzó, como su hermano, la gloria del martirio.

 

sábado, 28 de marzo de 2026

SALUDO DE LEON XIV A LAS AUTORIDADES DEL PRINCIPADO DE MÓNACO (28 DE MARZO DE 2026)


VIAJE APOSTÓLICO DE LEÓN XIV
 
SALUDO A S. E. EL PRÍNCIPE DE MÓNACO


Alteza Serenísima,

queridos hermanos y hermanas:

Estoy contento de poder vivir esta jornada junto con ustedes y ser, así, el primero entre los Sucesores del Apóstol Pedro en visitar el Principado de Mónaco en tiempos modernos, una ciudad-estado que se distingue por el vínculo profundo que la une a la Iglesia de Roma y a la fe católica.

Su tierra, asomada al Mediterráneo y ubicada entre los países fundadores de la unidad europea, posee en su independencia una vocación al encuentro y al cuidado de la amistad social, hoy amenazados por un ambiente generalizado de cerrazón y autosuficiencia. El don de la pequeñez y una herencia espiritual viva comprometen su riqueza al servicio del derecho y de la justicia, especialmente en un momento histórico en el que la ostentación de la fuerza y la lógica de la prevaricación perjudican al mundo y amenazan la paz. En la Biblia, como saben, los pequeños marcan la historia. Las auténticas espiritualidades mantienen viva esta conciencia. Es necesario confiar en la providencia de Dios aun cuando predomina el sentido de impotencia o de insuficiencia, porque nosotros creemos que el Reino de Dios es semejante a una semilla minúscula que se convierte en árbol (cf. Mt 13,31-32). Naturalmente, esta fe sólo cambia el mundo si no evadimos nuestras responsabilidades históricas.

La composición plural de su comunidad hace de este país un microcosmos, a cuyo bienestar contribuye una minoría vivaz de personas locales y una mayoría de ciudadanos procedentes de otros países del mundo. Entre ellos, no pocos ocupan cargos de considerable influencia en el ámbito económico y financiero, muchos otros llevan adelante tareas de servicio, y numerosos son también los visitantes y turistas. Habitar aquí representa para algunos un privilegio y, para todos, una llamada específica a interrogarse sobre su lugar en el mundo.

A los ojos de Dios, nada se recibe en vano. Como Jesús sugiere en la parábola de los talentos, cuanto nos ha sido confiado no debe enterrarse, sino que debe ponerse en circulación y multiplicarse en el horizonte del Reino de Dios. Dicho horizonte es más amplio que el horizonte privado y no se refiere a un mundo utópico: el Reino de Dios, al que Jesús ha consagrado su vida, está cerca, porque está en medio de nosotros y sacude las configuraciones injustas del poder, las estructuras de pecado que excavan abismos entre pobres y ricos, entre privilegiados y descartados, entre amigos y enemigos. Cada talento, cada oportunidad, cada bien depositado en nuestras manos tiene un destino universal, una exigencia intrínseca de no ser retenido, sino redistribuido, para que la vida de todos sea mejor. Por eso Jesús nos enseñó a rezar: “Danos hoy nuestro pan de cada día” (Mt 6,11); y al mismo tiempo nos dice: “Busquen primero el Reino y su justicia” (Mt 6,33). Esta lógica de libertad y de compartir está en el fundamento de la parábola del juicio universal, que tiene a los pobres en el centro: el Cristo juez, que se sienta en el trono, se identifica con cada uno de ellos (cf. Mt 25,31-46).

La fe católica —ustedes son de los pocos países del mundo que la tienen como religión de estado— nos sitúa ante la soberanía de Jesús, que compromete a los cristianos a ser en el mundo un reino de hermanos y hermanas, una presencia que no aplasta, sino que libera; que no separa, sino que une; dispuesta a proteger siempre con amor toda vida humana, en cualquier momento y condición, para que nadie sea excluido jamás de la mesa de la fraternidad. Es la perspectiva de la ecología integral, que sé que es muy importante para ustedes. Encomiendo al Principado de Mónaco, por el vínculo tan profundo que lo une a la Iglesia de Roma, el compromiso especial de profundizar en la Doctrina Social de la Iglesia y elaborar buenas prácticas locales e internacionales que manifiesten su fuerza transformadora. Incluso en una cultura poco religiosa, muy secularizada, el modo de abordar los problemas típicos del Magisterio social puede revelar a nuestro tiempo —un tiempo en el cual a muchas personas les resulta difícil esperar— la gran luz que viene del Evangelio.

Gracias a una fe antigua serán, así, expertos en las cosas nuevas; no tanto persiguiendo los bienes que pasan, a menudo novedades que envejecen en una temporada, cuanto hallándose preparados de frente a desafíos sin precedentes, que sólo se afrontan con un corazón libre y con una inteligencia iluminada. “Ustedes comprenden muy bien —decía san Pablo VI en el 75º aniversario de la Rerum novarum— que para caminar se necesita la luz, para promover un progreso social se necesita una doctrina […]; es el pensamiento el que guía la vida; y si el pensamiento refleja la verdad —la verdad sobre el hombre, sobre el mundo, sobre la historia, sobre las cosas—, entonces el camino se puede continuar de manera directa y ágil; de lo contrario, el camino se hace lento, incierto, duro o aberrante” [1]. ¡Son palabras muy actuales! Por eso, invoquemos a María, Trono de la Sabiduría y Causa de nuestra alegría, para que siempre nos conduzca con la mente, el corazón y las decisiones hacia Cristo, Príncipe de la paz.

Pax vobis! ¡Que la paz esté con ustedes!

Nota:
 

EUTANASIA: VUELVEN A PRESENTAR LA “LEY ALFONSO” EN ARGENTINA

La diputada camporista Gabriela Estévez (Unión por la Patria, Córdoba) volvió a presentar el proyecto conocido como “Ley Alfonso”, que busca instituir el “derecho a la buena muerte medicamente asistida”. 

Por  NotiVida


“La eutanasia voluntaria, cualesquiera que sean sus formas y sus motivos, constituye un homicidio” (CEC 2324).

El nombre recuerda el caso de Alfonso Oliva, joven cordobés que padeció esclerosis lateral amiotrófica (ELA) y falleció en 2019.

El expediente original que había perdido estado parlamentarioahora regresa bajo el número 0622-D-2026

A Estévez la acompañan sus compañeros de bloque: Carlos Castagneto (Buenos Aires), Hilda Aguirre (La Rioja) y Alejandrina Borgatta (Santa Fe).

Características principales del proyecto

La eutanasia tendría cobertura integral y gratuita en el sistema público de salud, obras sociales y prepagas, incorporándose al Programa Médico Obligatorio (PMO).

Se declara ley de orden público, de aplicación obligatoria en todo el país.

Podrá solicitarla cualquier persona mayor de edad, argentino o residente permanente (mínimo un año), que padezca una enfermedad grave e incurable o un padecimiento crónico e imposibilitante.
 

LEÓN ORA POR UN “SERVICIO FRUCTÍFERO” DE LA “ARZOBISPA” DE CANTERBURY

Ambos falsos: Robert Prevost de Chicago como “papa León XIV” y Sally de Canterbury como “arzobispa de Canterbury”

Por Novus Ordo Watch


El 28 de enero de 2026, la señora Sarah Elisabeth Mullally (nacida en 1962) fue elegida para suceder a Justin Welby como la 106ª “arzobispa” anglicana de Canterbury.

“Su Gracia” fue investida oficialmente en la Catedral de Canterbury el 25 de marzo de 2026. Se trató únicamente de una instalación/entronización, ya que su ordenación, que la convirtió en “obispa” según la teología anglicana, ya había tenido lugar el 22 de julio de 2015, para su primer cargo como “obispa” de Crediton.

La autodenominada arzobispa de Canterbury” es el líder espiritual de la secta cismático-herética conocida como “la Iglesia de Inglaterra”, fundada originalmente por el rey Enrique VIII en 1534, y del conglomerado más amplio de sectas protestantes y pseudoiglesias conocido como la Comunión Anglicana, que incluye la Iglesia Episcopal en los Estados Unidos. Técnicamente, el monarca británico es la cabeza suprema de la Iglesia de Inglaterra, pero su papel es principalmente ceremonial. El liderazgo espiritual de la Comunión Anglicana lo ejerce la sede de Canterbury.

En su Carta Apostólica Apostolicae Curae de 1896, el Papa León XIII declaró definitivamente inválidas las ordenaciones anglicanas, es decir, “absolutamente nulas y sin efecto”, debido a los cambios sustanciales que habían introducido en los ritos de ordenación. Por ello, a menudo nos hemos referido al Arzobispo anglicano de Canterbury como el “Archilaico” de Canterbury.

Hasta este año, todos los líderes espirituales de la Iglesia Anglicana eran hombres y, por lo tanto, en principio, podían recibir el sacramento del orden sacerdotal. Con Sarah Mullally, esto ha cambiado. Como mujer, no puede ser ordenada. Por lo tanto, de ahora en adelante nos referiremos a ella como la “Archilaica” y, ocasionalmente, utilizaremos el apodo de “Sally de Canterbury” para describir mejor su verdadera condición (“Sally” es un sobrenombre para Sarah).

León XIV envía “Saludos llenos de oración” y buenos deseos

Con esta evolución casi transgénero en el anglicanismo, los conservadores del Novus Ordo podrían esperar que el Vaticano, si no condenara, al menos ignorara rotundamente la investidura de la nueva “arzobispa” de Canterbury. Pero tal piadosa expectativa ha resultado ser en vano.

El 20 de marzo de 2026, Robert Prevost de Chicago (el “papa León XIV”) envió un mensaje formal a Mullally “con motivo de su investidura como “Arzobispa de Canterbury. El Vaticano publicó el texto el 25 de marzo, día de la ceremonia de investidura.

Examinémoslo.

León XIV comienza su misiva a Mullally de la siguiente manera:

Con esta certeza de la presencia constante de Dios, envío a Su Gracia saludos orantes con motivo de su toma de posesión como Arzobispa de Canterbury.

Sé que el ministerio para el que ha sido elegida es arduo, con responsabilidades no solo en la Diócesis de Canterbury, sino también en toda la Iglesia de Inglaterra y en la Comunión Anglicana en su conjunto. Además, está asumiendo estas funciones en un momento difícil exigente de la historia de la familia anglicana. Pidiendo al Señor que la fortalezca con el don de la sabiduría, rezo para que sea guiada por el Espíritu Santo al servir a sus comunidades y se inspire en el ejemplo de María, Madre de Dios.

(Antipapa León XIV, Mensaje con motivo de la toma de posesión de la Arzobispa de Canterbury, 20 de marzo de 2026)

Para un sedevacantista, lo que escribe León XIV no resulta sorprendente. Sin embargo, cualquiera que reconozca a León XIV como el Papa de la Iglesia Católica debería sentirse conmocionado e indignado de que se refiera a Sally de Canterbury  como “Su Gracia” y dignifique la farsa que acaba de tener lugar en Inglaterra con un mensaje serio y formal de “saludos orantes”. El hecho de que pida al Espíritu Santo que la ayude “a servir a sus comunidades” e incluso sugiera que “el ejemplo de María, la Madre de Dios” podría de alguna manera “inspirar” a Mullally en el ejercicio de este cargo usurpado para el que está intrínsecamente incapacitada, es una audacia comparable a su blasfemia.

Sin inmutarse, Prevost continúa:

Hace sesenta años, durante su histórico encuentro en Roma, nuestros predecesores de grata memoria, san Pablo VI y el arzobispo Michael Ramsey, comprometieron a católicos y anglicanos en “una nueva etapa en el desarrollo de relaciones fraternas, basadas en la caridad cristiana” (Declaración Conjunta, 24 de marzo de 1966). Esa nueva etapa de apertura respetuosa ha dado muchos frutos en las últimas seis décadas y sigue haciéndolo hoy en día.

No cabe duda de que desde 1966 se han obtenido muchos frutos, pero son frutos podridos. De hecho, el fruto podrido y fétido del “diálogo ecuménico” desde 1966 es claramente visible tanto en la Iglesia Anglicana como en la Católica, y más aún en la actualidad.

Pero León tiene más que decir:

En esa misma ocasión, el Papa Pablo VI y el arzobispo Ramsey también acordaron iniciar un diálogo teológico. De hecho, la Comisión Internacional Anglicano-Católica (ARCIC), desde su creación, ha contribuido enormemente al crecimiento del entendimiento mutuo. Los frutos de este valioso trabajo nos han permitido dar testimonio juntos de manera más eficaz (cf. Comisión Internacional Anglicana-Católica Romana para la Unidad y la Misión, Creciendo Juntos en Unidad y Misión, 93). Esto es especialmente importante dados los múltiples desafíos a los que se enfrenta hoy nuestra familia humana. Por eso, estoy agradecido de que este importante diálogo continúe.

Fíjense en cómo el falso “papa” le dice a la falsa “obispa” que tanto la Iglesia católica como la anglicana han sido liberadas para “dar testimonio juntas con mayor eficacia”. ¡Qué grotesco! ¡Como si fuera bueno que la Iglesia de Inglaterra atrajera a la gente de forma más creíble y eficaz! Además, es absurdo sostener que la Iglesia católica sea más creíble y eficaz en su evangelización del mundo si tiene menos desacuerdos con sectas heréticas.

A continuación, León se pone un poco menos alegre:

Al mismo tiempo, también sabemos que el camino ecuménico no siempre ha estado libre de obstáculos. A pesar de los muchos avances, nuestros predecesores inmediatos, el Papa Francisco y el Arzobispo Justin Welby, reconocieron con franqueza que “nuevas circunstancias han traído nuevos desacuerdos entre nosotros”. A pesar de ello, hemos seguido caminando juntos, porque las divergencias “no pueden impedir que nos reconozcamos recíprocamente hermanos y hermanas en Cristo en razón de nuestro bautismo común” (Declaración Conjunta, 5 de octubre de 2016). Por mi parte, creo firmemente que debemos seguir dialogando en verdad y amor, porque solo en la verdad y en el amor llegamos a conocer juntos la gracia, la misericordia y la paz de Dios (cf. 2 Jn 1, 3) y, así, a poder ofrecer estos preciosos dones al mundo.

Prevost repite la condenable mentira de que la herejía y el cisma no separan a uno de Cristo, y que, de alguna manera, un bautismo recibido válidamente hace que uno forme parte para siempre del Cuerpo Místico. Contra este disparate, proclamado solemnemente en el llamado concilio Vaticano II, el Papa Pío XII enseñó que no todos los pecados, por graves que sean, separan por su propia naturaleza al hombre del Cuerpo de la Iglesia, como el cisma, la herejía o la apostasía (Encíclica Mystici Corporis, n. 23).

Aunque no todos los protestantes sean subjetivamente (ante Dios) culpables del pecado de herejía, sin embargo, por ser miembros adultos de una secta herética —en el caso de Mullally, ¡la líder espiritual de la secta!— son por ese mismo hecho herejes en el ámbito externo y, por lo tanto, están separados de Cristo, objetivamente hablando:

Ahora bien, quien examine con detenimiento y reflexione sobre la condición de las diversas sociedades religiosas, divididas entre sí y apartadas de la Iglesia católica, que, desde los días de nuestro Señor Jesucristo y sus Apóstoles, nunca ha dejado de ejercer, por sus legítimos pastores, y que sigue ejerciendo aún, el poder divino que le ha encomendado este mismo Señor, No puede dejar de asegurarse de que ni una de estas sociedades por sí misma, ni todas juntas, pueden de ninguna manera constituir y ser esa Iglesia Católica Única que Cristo nuestro Señor construyó, estableció y quiso que continuara; y que de ninguna manera se puede decir que sean ramas o partes de esa Iglesia, ya que están visiblemente apartadas de la unidad católica. Porque, mientras que tales sociedades carecen de esa autoridad viviente establecida por Dios, que enseña especialmente a los hombres lo que es la fe, y cuál es la regla de la moral, y los dirige y guía en todas aquellas cosas que pertenecen a la salvación eterna, por lo que han variado continuamente en sus doctrinas, y estos cambios y variaciones está sucediendo incesantemente entre ellos. 

Todos deben comprender perfectamente, y ver clara y evidentemente, que tal estado de cosas se opone directamente a la naturaleza de la Iglesia instituida por nuestro Señor Jesucristo; porque en esa Iglesia la verdad debe permanecer siempre firme y siempre inaccesible a todo cambio, como un depósito dado a esa Iglesia para ser guardado en su integridad, por cuya tutela la presencia y la ayuda del Espíritu Santo han sido prometidas a la Iglesia para que nunca nadie pueda ignorar que de estas doctrinas y opiniones discordantes han surgido cismas sociales. 

(Papa Pío IX, Carta Apostólica Iam Vos Omnes)

Prevost continúa con su palabrería ecuménica dirigida a Mullally:

Además, la unidad que buscan los cristianos nunca es un fin en sí misma, sino que tiene como objetivo la proclamación de Cristo, para que, según la oración del mismo Señor Jesús, “el mundo crea” (Jn 17, 21). Dirigiéndose a los Primados de la Comunión Anglicana, en 2024, el Papa Francisco afirmó que “sería un escándalo si, a causa de las divisiones, no cumpliéramos nuestra vocación común de dar a conocer a Cristo” (Discurso a los participantes en la Asamblea de los Primados de la Comunión Anglicana, 2 de mayo de 2024). Querida hermana, hago mías con gusto estas palabras, pues solo a través del testimonio de una comunidad cristiana reconciliada, fraterna y unida resonará con mayor claridad el anuncio del Evangelio (cf. Mensaje para la 100ª Jornada Mundial de las Misiones, n. 2).

Esta idea de un “testimonio común” dado tanto por católicos como por herejes es absurda y profundamente perjudicial para la naturaleza del Evangelio, que no consiste en retazos de verdad que puedan dispersarse entre errores, sino que es un gran depósito orgánico de verdad divinamente revelada: “Tal es la naturaleza del catolicismo que no admite más o menos, sino que debe considerarse como un todo aceptado o como un todo rechazado (Papa Benedicto XV, Encíclica Ad Beatissimi, n. 24).

Bajo la dirección de San Pedro, solo la Iglesia Católica Romana recibió este depósito de Cristo el Señor, y solo a ella se le prometió la asistencia del Espíritu Santo: “Y yo rogaré al Padre, y él os dará otro Paráclito, para que esté con vosotros para siempre: el espíritu de la verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve ni le conoce; pero vosotros le conoceréis, porque morará con vosotros y estará en vosotros” (Jn 14,16-17). Por eso san Pablo habla de la iglesia del Dios vivo como columna y fundamento de la verdad (1 Tim 3,15).

El argumento de que solo un “testimonio común” de todos los “cristianos” será aceptado por el mundo incrédulo fue rotundamente rechazado en 1928 por el Papa Pío XI, quien advirtió que “algunos se dejan engañar más fácilmente por las apariencias externas del bien cuando se trata de fomentar la unidad entre todos los cristianos”, y continuó:

¿No es correcto -a menudo se repite, de hecho, incluso en consonancia con el deber- que todos los que invocan el nombre de Cristo deben abstenerse de los reproches mutuos y, por fin, estar unidos en la caridad mutua? ¿Quién se atrevería a decir que ama a Cristo, a menos que trabaje con todas sus fuerzas para llevar a cabo los deseos de Él, que le pidió a su Padre que sus discípulos pudieran ser “uno”? [Juan 17:21] ¿Y no hicieron lo mismo los discípulos de Cristo que debían distinguirse de los demás por esta característica, es decir, que se amaron unos a otros: “Por esto todos los hombres sabrán que ustedes son mis discípulos, si se aman unos a otros”? [Juan 13:35]. Todos los cristianos, agregan, debe ser como “uno”: porque entonces serían mucho más poderosos para expulsar a la plaga de la irreligión, que como una serpiente cada día se arrastra más y se extiende más ampliamente, y se prepara para robarle al Evangelio su fuerza.

Estas y otras cosas de la clase de hombres que se conocen como pan-cristianos se repiten y amplifican continuamente; y estos hombres, lejos de ser bastante pocos y dispersos, han aumentado a las dimensiones de toda una clase y se han agrupado en sociedades muy extendidas, la mayoría de las cuales están dirigidas por no católicos, aunque están imbuidos de diversas doctrinas relacionadas con las cosas de la fe. Este compromiso se promueve tan activamente en muchos lugares para ganarse la adhesión de varios ciudadanos, e incluso toma posesión de las mentes de muchos católicos y los seduce con la esperanza de lograr una unión que sea agradable a los deseos de la Santa Madre Iglesia, que de hecho no tiene nada más en su corazón que recordar a sus hijos errados y llevarlos de vuelta a su seno.

Pero, en realidad, debajo de estas palabras atractivas y mentirosas, se esconde un grave error, por el cual los cimientos de la fe católica se destruyen por completo.

(Papa Pío XI, Encíclica Mortalium Animos, n. 4; subrayado añadido.)

¡Ahí se expone y refuta todo el proyecto “ecuménico” del concilio Vaticano II! La única unidad religiosa aceptable dentro de los parámetros de la doctrina católica es la unidad católica, lo que significa que todas las personas están llamadas a convertirse en católicas y unirse bajo el Romano Pontífice, el Papa: “…y habrá un solo rebaño y un solo pastor (Jn 10,16; cf. Ez 37,24).

A continuación, Prevost concluye, pero no sin antes proferir más blasfemias:

Con estos sentimientos fraternos, invoco sobre ustedes las bendiciones de Dios Todopoderoso al asumir sus altas responsabilidades. Que el Espíritu Santo descienda sobre usted y la haga fecunda en el servicio al Señor.

Así pues, León XIV ruega que el Espíritu Santo haga que Sally de Canterbury sea “fecunda en el servicio del Señor”. Teniendo en cuenta que lo dice en el contexto de su nombramiento como cabeza de la Comunión Anglicana, ¡es una idea realmente espantosa!

De hecho, como ya se ha dicho, las palabras de León no tienen ningún sentido para un católico. Pero, por supuesto, sí que lo tienen si uno adopta la teología del concilio Vaticano II, porque según la “nueva religión” del Vaticano II, ¡se puede servir al Señor dirigiendo la llamada “Iglesia de Inglaterra”! ¡Qué burla supone esto para los mártires que prefirieron dar la vida antes que traicionar la santa fe católica!

¿Qué sigue?

Queda por ver si León XIV hará lo mismo que su predecesor con Justin Welby y permitirá que la “archilaica” de Canterbury utilice una basílica romana para celebrar allí una “celebración eucarística”. En lo que respecta a la invalidez, realmente no habría diferencia.

Por cierto, aquí va una anécdota curiosa: resulta que mientras Mullally era investida en su nuevo cargo el 25 de marzo en la Catedral de Canterbury, el cantante, músico y homosexual profesional inglés Elton John (Reginald Dwight) celebraba su 79 cumpleaños. Esta coincidencia es de lo más apropiada, considerando que la religión anglicana ha abandonado por completo cualquier atisbo de moral cristiana. El hecho de que la señora Mullally se parezca tanto a Elton John, además, añade una ironía cómica a toda esta farsa.

Pero hay otra cosa que la “archilaica” tiene en común con la extravagante celebridad: ninguno de los dos es obispo.


La otra “Reina” de Inglaterra: Elton John

La Sociedad de San Pío X, cuyas consagraciones episcopales no autorizadas, programadas para el 1 de julio, acarrearán un decreto de excomunión del Vaticano, se regodeará con todo esto. ¿Qué credibilidad tiene León XIV si, por un lado, se niega a autorizar la consagración de un puñado de obispos que rechazan muchas de las novedades magisteriales de las últimas seis décadas, y por otro, reza por la “fecundidad en el servicio del Señor
 de una pseudo “obispa” que rechaza no solo el concilio Vaticano II, sino también el Vaticano I, Trento, Florencia y quién sabe cuántos concilios ecuménicos más?

¡La Iglesia del concilio Vaticano II es un manicomio!

¿Qué más se puede decir? Quizás lo que San Pablo escribió a San Timoteo: “Que la mujer aprenda en silencio, con toda sujeción. Pero no permito que la mujer enseñe ni que ejerza autoridad sobre el hombre, sino que permanezca en silencio. Porque Adán fue formado primero, luego Eva” (1 Tim 2:11-13).