CAPÍTULO UNDÉCIMO
LOS CONGRESOS ECLESIÁSTICOS
Si el porvenir nuevo prometido a la Iglesia por los americanistas pide una espiritualidad nueva, ésta, a su vez, pide un clero nuevo que la enseñe y la haga practicar. Nuestros innovadores no han retrocedido ante esta conclusión, y han presentado al mundo, en la persona del P. Hecker, “el tipo no sólo del sacerdote estadounidense, sino del sacerdote moderno” (Padre Dufresne), “el ideal del sacerdote para el porvenir nuevo de la Iglesia”, Vida del P. Hecker, Prefacio, VII).
Para hacer sentir al clero la necesidad de un nuevo ideal e inducirlo a contemplarlo, importaba en primer lugar hacerle comprender que los eclesiásticos no son actualmente lo que deberían ser, y eso porque la Iglesia no los ha educado y dirigido convenientemente. Es lo que se hizo.
No temo decirlo: durante el siglo que se acaba, hombres que forman parte de la Iglesia han cometido el error de ser demasiado lentos en comprender las necesidades nuevas de su época, y en extender sobre ella la mano de la conciliación y la amistad. (Mons. Ireland, La Iglesia y el siglo).
En su Exposición de la situación de la Iglesia frente a las dificultades, controversias y necesidades de nuestro tiempo, el P. Hecker dice:
La influencia de la Iglesia estuvo entonces llevada por las circunstancias a ejercitarse en algún detrimento de las virtudes naturales que, sabiamente dirigidas, hacen la virilidad del cristiano en el mundo.
Y en otra parte:
Se me ha ocurrido que si la Iglesia no va directamente por delante de las verdaderas necesidades de la humanidad para satisfacerlas por todos los medios religiosos en su poder, debe achacarse a sí misma que los hombres busquen las diversiones profanas. Y es porque la Iglesia no hizo su deber que se formaron tantas sociedades laicas de reforma o antialcohólicas. Ella provee a la salvación del alma por medios espirituales tales como la penitencia, la Eucaristía y los otros sacramentos. Ahora le hace falta proveer a la salvación y transfiguración del cuerpo por sacramentos terrenales. (Vida, p. 101 -102.)
Se sabe cuán explotado ha sido este tema por nuestros supuestos demócratas cristianos en sus conferencias y sus revistas. Que baste con citar el Rev. P. Naudet:
Ni una sola vez en este siglo — salvo quizás, pero tan poco, en 1848— el clero pareció darse cuenta de lo que reclamaba de él la situación presente. Intelectual y prácticamente, se ha quedado demasiado fuera del gran pensamiento moderno, y pudo decirse con razón que, ni desde el punto de vista de la ciencia, ni desde el punto de vista de la acción, supo ser de su tiempo. (Vers avenir, p. 50.)
Y en una conferencia a los obreros de Lieja, en 1893:
La Iglesia conocía la democracia desde hace diecinueve siglos, pero estaba servida por hombres, y éstos, desde hace un tiempo demasiado largo, dejaron de comprender el papel de aquélla y el de ellos mismos.
Observemos de pasada que dichas palabras están en oposición directa con las siguientes, extraídas de la encíclica Mirari vos:
En efecto, constando, según el testimonio de los Padres de Trento, que la Iglesia “recibió su doctrina de Cristo Jesús y de sus Apóstoles, que es enseñada por el Espíritu Santo, que sin cesar la sugiere toda verdad”, es completamente absurdo e injurioso en alto grado el decir que sea necesaria cierta “restauración y regeneración” para volverla a su incolumidad primitiva, dándole nuevo vigor, como si pudiera ni pensarse siquiera que la Iglesia está sujeta a defecto, a ignorancia o a cualesquier otras imperfecciones. Con cuyo intento pretenden los innovadores “echar los fundamentos de una institución humana moderna”, para así lograr aquello que tanto horrorizaba a San Cipriano, esto es, que la Iglesia, que es cosa divina, “se haga cosa humana”.
Así es, lo veremos cada vez mejor, harían a la Iglesia toda humana, si fueran escuchados y seguidos, los que sólo hablan de sus desfallecimientos y muestran celo por su “crecimiento” en la esperanza de lanzarla a caminos nuevos donde encontrará —si hay que creerles—, su restauración y regeneración.
Estos caminos nuevos fueron trazados —dicen— por “un doctor, uno de quienes enseñan a series de generaciones humanas lo que tienen que hacer”. DIOS lo “elevó a un estado de alma que está fuera del común pero que justifica la misión extraordinaria que le destinaba” (Prefacio, VI). Esta misión era presentar al mundo en su persona “el tipo del sacerdote moderno, del sacerdote que hace falta a la Iglesia para recuperar el terreno perdido y retomar su marcha hacia adelante en el cumplimiento de su misión divina” (Vida, p. 392.)
Directores de seminarios dichosamente raros se dejaron seducir. Habían oído a Mons. Treland decirles:
El sacerdote del porvenir es a quien recomiendo un estudio serio de la Vida del P. Hecker... Él es como si fuera el tipo que importaría ver reproducirse lo más posible entre nosotros... Sepamos conservar con amor las líneas principales que constituyen la personalidad de este hombre eminente, y procuremos reproducirlas en la formación de nuestro futuro clero (Intr.).
Estos Señores oyeron, creyeron y actuaron en consecuencia.
El P. Hecker, con “su puesta en obra de los medios humanos y políticos, sus sueños de regeneración social, su personalismo exagerado, su desdén por los usos más venerables de la Iglesia, su celo desbordante para las utopías democráticas y su repugnancia por las virtudes pasivas” (34), fue presentado pues a la admiración e imitación de los seminaristas en muchas diócesis. E incluso, para no quedarse en la teoría, se las alentó a organizarse en conferencias de estudios sociales. El Rev. P. Naudet había dicho:
“La formación del clero es demasiado exclusivamente clerical, y no suficientemente humana. Se acostumbra demasiado el joven hombre a no ver un día en su ministerio más que el papel sobrenatural, o más exactamente el lado puramente religioso”. (Vers l'avenir, p. 68.)
Mons. Ireland había dicho antes de él:
Hay tiempos en la historia de la Iglesia en que es necesario que se insista en el lado sobrenatural en la acción de la religión, y hay de los tiempos en que hace falta que esta instancia recaiga en el lado natural. (L'avenir de l'Eglise aux ÉtatsUnis).
Transformar en este sentido los estudios clericales, dar, a costa del conocimiento profundo del orden sobrenatural, único que hace el sacerdote capaz de formar verdaderos cristianos, un lugar a las “cuestiones sociales”, es decir a las cuestiones de orden temporal, es obedecer el impulso secreto dado en todas las cosas por la Alianza Israelita Universal. Ella vigila los seminarios y el movimiento de los estudios que se hacen allí; se esfuerza en llevarles su influencia, sobre todo en lo que concierne a la Sagrada Escritura. Para convencerse basta con leer las siguientes líneas sacadas del Univers israélite (V. p. 2 23, año 1867):
Inaugurada por la científica y especulativa Alemania, la renovación de los estudios teológicos se aclimata en Francia que, gracias a su espíritu generalizador y expansivo, puede estar llamada a hacer por la síntesis religiosa lo que hizo un día por la reconstitución civil y política del mundo. Y todo israelita debe sentir el deseo de cooperar a esta obra, donde están empeñados nuestros intereses más sagrados.
¡Qué atención llaman tales palabras, saliendo de las tales bocas y sobre tal asunto!
Los estudios sociales tal y como se los ha emprendido en muchos seminarios sirven a estos malos designios. Allí sólo pueden hacerse en gran detrimento de la teología, porque apasionan a los jóvenes; son prematuros, y por consiguiente estériles, o más bien nocivos, pues, no encontrando luces que sin embargo son indispensables, las que da el conocimiento de los hombres y las cosas, sólo pueden extraviar; por fin, según el voto expresado al respecto por el Rev. P. Naudet y por Mons. Ireland, esos estudios forman sacerdotes en cuya alma el orden natural contrabalancea el orden sobrenatural. Nada más eficaz que tal formación clerical para alcanzar sobre seguro el fin mirado por la Alianza Israelita Universal.
Esperar que los seminarios dieran los frutos que debe producir esta nueva cultura levítica pareció muy largo a los americanistas de aquí y de allá. Para apresurar la maduración, para precipitar “la marcha adelante”, formaron, con los elementos salidos de las conferencias de los seminarios, círculos de estudios sociales, donde el fermento del catolicismo estadounidense pudo recibir una cultura más intensa. Luego quisieron sindicar estos círculos entre sí, y es así como fueron inventados los CONGRESOS ECLESIÁSTICOS.
El que fue elegido para lanzarlos sí que era el personaje a tomar entre mil. Su perfecta honradez como hombre y como sacerdote, el mandato legislativo con el que acababa de ser investido y que atraía sobre él los ojos de todo el clero de Francia, su bonhomía mezclada de ingenuidad, su facilidad de palabra no estorbada por una ciencia teológica demasiado precisa, y por fin, y sobre todo, una comunidad de ideas ya manifestadas, no permitían vacilar.
Cuando había sido propuesta la convocatoria a París de un congreso de las religiones con motivo de la exposición de 1900, el Rev. P. Lemire se había apresurado a adherir y había respondido al que era entonces el Padre Charbonnel:
Con tal que la luz radie, importa poco el candelero. Decimos, si queréis, que una exposición es una manera de candelero. Hagamos brillar en él, pues las grandes claridades cristianas.
Más tarde, cuando el renegado Grenier fue enviado a la Cámara de Diputados por un capricho popular, y se presentó con el turbante y el albornoz con que hacía alarde de su apostasía, el mismo Padre venía a saludarlo por estas palabras: “Cualquiera que sea el color del vestido que llevamos, podemos entendernos”. Y el otro le respondió: “Sí, para trabajar por una gran idea moral: Dios y la humanidad” (35).
Si alguien acerca estas ideas y expresiones a las que son familiares a los americanistas, no se asombrará de que éstos hayan echado su ojo al personaje que los comprendía tan bien, para organizar los congresos por los cuales esperaban difundir estas mismas ideas en el clero de Francia.
Un acólito le fue dado, el Rev. P. Dabry, que recibió el título de secretario-general de los congresos eclesiásticos. Éste había mostrado más atrevimiento que su presidente en la propaganda de las ideas estadounidenses, pero ocupaba sólo un lugar de redactor en el periódico del Rev. P. Garnier, lo que lo ponía menos en evidencia; por eso tuvo sólo el segundo rango. Fue él quien hizo conocer, en el Univers, los motivos de instituir este nuevo género de concilios. He aquí una frase de este artículo, con todos los signos de interrogación y de exclamación con que lo adornó el Osservatore cattolico:
Con el paso de los tiempos, los verdaderos principios del evangelio, de la teología, del derecho canónico se han oscurecido (?) al punto de parecer una novedad a los ojos de muchos, también católicos; y los derechos secundarios (?) sustituyeron el derecho eterno (?) que, a causa de la oposición de ellos, ya no puede afirmarse sino difícilmente (??). Regresemos (???) al dogma sustancial, es decir a la verdad (!!!), y, según la palabra imprescriptible, la verdad nos libertará.
Es sabido que es en Reims que se celebró el primero y, sin duda, el último congreso eclesiástico. La ocasión elegida fue el centenario del bautismo de Clodoveo.
Fue precedido por diversos otros congresos o peregrinaciones que tenían todos, según el juicio de los demócratas cristianos, la misión “de defender la causa”. “La causa -decía le Peuple francais- es la organización de una nueva Francia, su educación cristiana, hombre por hombre (36); es la aplicación de todo un pueblo al sentimiento de su dignidad y grandeza, a la conciencia de sus deberes y a la plena posesión de sus derechos.
Nada más que eso.
Los laicos no debían ser los únicos llamados a recuperar el sentimiento de su dignidad y grandeza, a retomar conciencia de sus deberes y a volver a la plena posesión de sus derechos. El clero también debía participar en este beneficio: no tenía menos necesidad que los laicos de aprender sus derechos y deberes. Hubo quien se lo dijera; hay quien se lo diga de nuevo.
¿No podía hacerse la peregrinación de los sacerdotes que irían a hacerse bautizar hombres [!!!], a sacudir las cadenas de un sistema odioso donde el vicario piensa sólo por el párroco y el párroco por el obispo y el obispo por el gobierno? Entre nosotros, la jerarquía mata al individuo.
Lo que seguirá es más instructivo todavía:
Reservemos siempre nuestra sumisión filial y el derecho de los superiores a intervenir.
Pero, en estos límites, seamos audaces para pensar, para buscar y para ejecutar. Seamos seres vivos. No nos tomemos por un instrumento pasivo entre las manos de quienes mandan, sino como una fuerza inteligente y activa, etc.
El congreso eclesiástico no debía limitarse a llevar a la emancipación de los vicarios con respecto a sus párrocos y de los párrocos con respecto a sus obispos: debía ocuparse también de los seminarios. Productos todavía imperfectos de la nueva formación clerical, los miembros del congreso debían soñar pensar en procurar su beneficio en mejores condiciones a quienes vendrían después de ellos.
¿Por qué no podrían los sacerdotes examinar juntos, a la luz de su experiencia, en qué sentido debería ser modificada la enseñanza dada en los grandes seminarios? ¿Es esto revolucionario quizás? Los buenos cristianos de antaño, de audacias asombrosas y corajes virginales, encontrarían eso más bien anodino, en todo caso todo simplemente sabio.
Sobre estas bellas ideas fue redactado el programa del congreso de Reims, con circunspección, pero encerrando sin embargo todas las cuestiones que se refieren a la organización del clero, a la acción que debe ejercer, y a los estudios a las cuales debe entregarse; en una palabra, a todo lo que puede contribuir a su reforma.
El Revdo. Padre Dabry dijo en el Peuple francais hasta dónde, en su pensamiento, debía ir esta reforma:
Veo pocas cosas en el ESPÍRITU GENERAL, en los hábitos (37), en el método de los católicos y hasta en toda la organización eclesiástica francesa, que no estén marcadas con el signo de la ruina.
El ALTAR, construido en el estilo del siglo decimoséptimo, está destinado a ir a juntarse con el trono.
EL EDIFICIO ENTERO TIENE QUE REJUVENECERSE y ponerse en armonía con los gustos y necesidades de las generaciones que vienen (38).
Es sabido cómo el frío de la autoridad impidió en el congreso de Reims la fermentación de estas ideas, fermentación que se produce necesariamente en toda asamblea de hombres entregados a sí mismos.
Es sabido también que esta misma autoridad, sorprendida una primera vez, no permitió una segunda experiencia.
El Journal des Débats llamó al congreso eclesiástico de Reims “el mayor acto de la Iglesia de Francia desde el Concordato”. Podía ser ese el caso, porque si los congresos eclesiásticos se hubieran hecho periódicos, como era la intención manifestada de los organizadores, habrían transformado la Iglesia de Francia más radicalmente que el Concordato: su iniciativa no tendía a nada menos que a hacer de ella una Iglesia presbiteriana.
Anunciando, hace un año, la inutilidad de sus esfuerzos por obtener la reunión de un segundo congreso eclesiástico, “el presidente de la comisión de iniciativa” indujo a sus partidarios a suplir la falta de un congreso eclesiástico nacional con congresos restringidos. Estos congresos se hacen aquí y allí más o menos periódicamente; el momento de su reunión es generalmente el tiempo de las vacaciones, para que los seminaristas puedan acudir a instruirse. Es sabida la opinión respectiva del Mons. arzobispo de Cambray; la manifestó en el retiro eclesiástico, y la Semaine religieuse estuvo autorizada a dar a conocerlo:
Estas son iniciativas tomadas fuera de todo derecho.
Pertenece sólo a la autoridad convocaros para deliberar sobre cuestiones que le están reservadas. Lo hace en las conferencias reglamentadas por los estatutos diocesanos. Fuera de eso, cada eclesiástico puede presentar a su obispo sus pensamientos, sus dificultades, hasta incluso sus respetuosas observaciones. Pero en ningún sitio el derecho canónico autoriza nada de análogo a lo intentado actualmente.
Tenéis mejores cosas que hacer, Señores, que acudir a tales invitaciones e ir a deliberar sobre cuestiones que están fuera de la competencia de quienes las proponen; es tomar parte, con una solicitud cada vez más grande, en las retiros mensuales donde estudiáis ante DIOS los medios de haceros cada vez más conformes a vuestro divino modelo.
En el mismo tiempo, el Mons. obispo de Nancy publicaba en la Semaine religieuse de su diócesis el siguiente dictamen:
Pedimos a todos los eclesiásticos de nuestra diócesis no tomar parte, hasta nueva decisión, bajo forma alguna, en ningún congreso, reunión o junta general de obras, cualesquiera que sean, sin una autorización dada a través de la Semaine religieuse, o sin una autorización personal otorgada por Nosotros o por los Sres. Vicarios generales.
Por un sentimiento de caridad no publicamos los motivos de esta medida; son por otra parte conocidos por el conjunto del clero. Resultan manifiestamente de ciertas publicaciones y de ciertos hechos recientes.
En todas las épocas de la historia de la Iglesia novedades más o menos peligrosas buscaron hacerse presentes en la Iglesia, pero en todas las épocas también hubo obispos para cumplir los deberes de su cargo: la vigilancia sobre estas novedades, el juicio público sobre su carácter, la represión de las que pueden ser nocivas.
Y siempre también el Soberano Pontífice ha cumplido con fidelidad el ministerio que le confiara Nuestro Señor JESUCRISTO de apacentar a los corderos y a las ovejas mismas. Es sabido que la Santa Sede hizo imponer al primero y único congreso eclesiástico un presidente para nada esperado y que había hecho “responsable” a Su Em. el cardenal Langénieux de lo que se haría allí.
Cardenal Benoît-Marie Langénieux
Sobran entonces los temores de lo que pasa hoy, porque la Iglesia es siempre vigilante. Podrán perderse algunas individualidades —y desgraciadamente ocurrió así—, pero la Iglesia sólo saldrá de esta nueva prueba más pura, más hermosa y más fuerte. Y tampoco tenemos de qué escandalizarnos, pues lo que vemos actualmente, es la historia de todos los siglos predicha por el divino Salvador mismo.
Continúa...
Notas:
34) La Revue canonique.
35) Como ocurre en toda conversación captada al vuelo, ésta no fue reproducida por todos los reporteros en los mismos términos. Existe esta otra versión: “A pesar de la diferencia de nuestros trajes y de nuestras religiones, trabajamos igualmente por el bien del país”. Estas palabras han sido publicadas en todos los periódicos. Un obispo pidió cuentas públicamente al autor, y éste no le respondió.
36) Estos buenos demócratas no saben nunca, cuando hablan lo que dijeron un día antes ni lo que dirán un día después. Aquí piden “la educación cristiana” y “hombre por hombre”. En otra parte dicen que la democracia no debe ser confesional y que la renovación social no puede ni debe hacerse “hombre por hombre”, sino por leyes e instituciones que capten las masas en bloque.
37) Los hábitos son hijos de la acción, y el método, hijo de la instrucción. Aquí están entonces, con la organización eclesiástica, las tres divisiones del programa.
38) Sería equivocarse ver en estas palabras nada más que una ocurrencia: expresan una idea articulada y un fin perseguido. El mismo Padre Dabry, en el N° del 3 de febrero 1899 de su periódico La Vie catholique, aplaudiendo al discurso que el Rev. P. Lemire pronunció en la Cámara, en la sesión del 31 de enero, sobre el balance de los cultos, escribía: “Hace falta leer este discurso. Lo damos in extenso en el suplemento, lo mismo que la respuesta del Presidente del Consejo que rinde homenaje tan plenamente a lo que hay de elevado, de liberal y, digámoslo, de libertador, en las altas palabras del Padre Lemire. Es el primer picazo dado al sistema eclesiástico anticuado de 1802”.
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