domingo, 22 de marzo de 2026

ÁNGELES DE LA GUARDA: NO ES SOLO COSA DE NIÑOS

Los adultos también necesitan a sus ángeles guardianes ya que sus tentaciones suelen ser de naturaleza más seria.

Por el Padre Thomas G. Weinandy, OFM, Cap.


Como muchas personas hace años, de niños, mi hermano y yo, junto con nuestro padre, siempre rezábamos en nuestras oraciones nocturnas la tradicional plegaria a nuestros ángeles guardianes: 

“Ángel de Dios, dulce compañía, no me dejes solo, ni de noche ni de día. Amén”.

Todavía le pido a mi ángel de la guarda por la noche, antes de acostarme, y por la mañana, al levantarme, que me cuide y me proteja. Además, antes de escribir, siempre le pido que me dé claridad de pensamiento y expresión, y que me susurre al oído las palabras adecuadas. A veces, cuando me cuesta encontrar la palabra precisa, él me la inspira.

Las oraciones al ángel de la guarda tienen una base bíblica:

• Dios instruye a Moisés, cuando los israelitas parten hacia la Tierra Prometida: “Mira, yo te envío un ángel delante de ti, para que te guarde en el camino y te lleve al lugar que he preparado. Presta atención a él y escucha su voz” (Éxodo 23:20-21).

• El Salmo 91:11 afirma que no hay que temer, “porque Él (Dios) dará órdenes a sus ángeles acerca de ti para que te guarden en todos tus caminos”.

• Jesús mismo afirma que no debemos menospreciar a los pequeños, “porque os digo que en el Cielo sus ángeles contemplan siempre el rostro de mi Padre que está en los Cielos” (Mateo 18:10).

• En los Hechos de los Apóstoles, cuando Pedro escapa de la prisión y llama a la puerta donde estaban reunidos los fieles, sus hermanos piensan erróneamente: “¡Es su ángel!” (Hechos 12:13-15).

Aunque la mayoría de nosotros jamás veremos a nuestros ángeles de la guarda, muchos santos sí los han visto. El Padre Pío conversaba frecuentemente con su ángel de la guarda, quien lo defendía de los ataques demoníacos. Gemma Galgani mantenía contacto diario con su ángel de la guarda, quien la instruía, protegía y corregía. La Hermana Faustina Kowalska hablaba de su ángel de la guarda acompañándola en sus viajes. También lo veía cuando estaba inmersa en la oración, y a menudo le pedía que rezara por los moribundos.

El objetivo de los ejemplos anteriores no es afirmar que uno deba ser un “santo” para hablar con su ángel de la guarda o verlo. Más bien, se trata de ilustrar que nosotros también podemos conversar con nuestro ángel de la guarda y tener la certeza de su presencia protectora y guía.

Además, debemos desterrar la idea romántica e ingenua de que los ángeles guardianes solo son relevantes para los niños vulnerables. Los adultos también necesitan a sus ángeles guardianes, o incluso más, ya que sus tentaciones y aventuras suelen ser de naturaleza más seria.

Nuestros ángeles guardianes están presentes para fortalecernos, animarnos y guiarnos en el cumplimiento de nuestras respectivas vocaciones, ya seamos solteros, casados, religiosos o sacerdotes. Desestimarlos como algo apropiado solo para asuntos infantiles es ponernos en peligro.

Se ha planteado la siguiente pregunta: Después de la muerte, ¿dejan de acompañarnos nuestros ángeles guardianes una vez que entramos al Cielo? Obviamente, ya no necesitamos que nos protejan. ¿Acaso, entonces, se reencarnan en alguien recién concebido?

Según la Tradición católica, nuestros ángeles guardianes permanecen con nosotros en el Cielo y juntos damos alabanza y gloria a la Santísima Trinidad: a nuestro Padre Celestial, que es la fuente última de la vida; a Jesús resucitado, el Hijo encarnado del Padre, que es nuestro amoroso Salvador y Señor; y al Espíritu Santo, que nos limpia del pecado y nos santifica.

Junto con todos nuestros hermanos y hermanas en Cristo, y con nuestros respectivos ángeles guardianes, cantaremos eternamente un glorioso himno de alabanza y acción de gracias.

Aquí percibimos la confluencia de la liturgia terrenal y celestial. Al concluir el Prefacio de la Misa se dice lo siguiente (o algo similar): “Y así, con los ángeles y todos los santos proclamamos tu gloria (la del Padre), aclamando a una voz: Santo, Santo, Santo es el Señor Dios de los ejércitos. Llenos están el Cielo y la tierra de tu gloria”.

Con una sola voz, nuestras voces humanas terrenales, las voces celestiales de los santos y la multitud de voces angélicas, declaramos todos juntos que tanto el Cielo como la tierra están llenos de la triple santidad de Dios.

Así, para participar en la Misa, ya sea en una humilde capilla o en la grandeza de una basílica o una catedral, la tierra se une a la liturgia angélica celestial, y la liturgia angélica celestial se une a la tierra.

La Misa, pues, cumple la visión celestial de Isaías: “Vi al Señor sentado sobre su trono, alto y sublime; y el borde de su manto llenaba el templo. Por encima de Él estaban los serafines… y uno clamaba al otro, diciendo: "Santo, Santo, Santo es el Señor de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria"” (Isaías 6:1-3).

En la Misa, la tierra se llena de la gloria de Dios. Nuestras iglesias están repletas de ángeles, y así, al unísono con nuestros ángeles guardianes, nos unimos a los serafines para cantar esta triple proclamación de la Santidad de la Trinidad.

Al finalizar las Misas fúnebres, justo antes de dirigirse al cementerio, el sacerdote reza: “A ti, Señor, encomendamos el alma de [nombre], tu siervo, ante tus santos y en presencia de tus ángeles. Que los ángeles te conduzcan al paraíso; que los mártires te reciban y te lleven a la ciudad santa, la nueva y eterna Jerusalén”.

Nuestro ángel de la guarda estará entre los santos y ángeles que nos conducirán (esperamos) a la nueva y eterna Jerusalén celestial, regocijándose al saber que ha cumplido la tarea que Dios le había encomendado: protegernos y guiarnos al paraíso.
 

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