CAPÍTULO SÉPTIMO
LA EVOLUCIÓN RELIGIOSA SEGÚN LOS AMERICANISTAS
En el pensamiento de sus promotores, el “catolicismo estadounidense” no es sólo un modo de entender y practicar el catolicismo en cosas contingentes y variables que sea propio a los Estados Unidos en razón de las condiciones particulares en que se encuentra esa tierra. Si fuera sólo eso, no habríamos creído pertinente ocuparnos de ello.
No, su pretensión es hablar a todo el universo: “El oído del mundo está listo para oírnos, si sabemos hablarle”, exclamaba Mons. Keane en el congreso de Bruselas. Y de hecho hablaron y su palabra encontró eco en todos los rincones de Francia. Ojalá dentro de todo sólo echaran en el oído del mundo lo que la Iglesia abandona a nuestras libres discusiones; pero no: como veremos, se les da por hacer oír palabras más o menos arriesgadas sobre lo que pertenece a los fundamentos mismos de la fe católica.
El Revdo. padre Klein decía en el prefacio que dio a la Vida del P. Hecker:
Su obra única y original es haber mostrado las armonías profundas que atan el nuevo estado del espíritu humano al verdadero cristianismo.
Las ideas americanas que preconizaba son, lo sabía, éstas que DIOS quiere encontrar en todos los pueblos civilizados de nuestro tiempo.
Estas ideas son antes que nada —hemos dicho— los principios del '89 más o menos aceptados en su forma abstracta, pero preconizados en su aplicación práctica.
A eso siguen ideas del todo nuevas que los americanistas han publicado y de las que esperan maravillas para el mayor bien de la Iglesia y del género humano.
La primera, la más fundamental de estas ideas, aquella de donde se deducen todas las demás, es que actualmente se está haciendo en el mundo una EVOLUCIÓN en la que debe participar el cristianismo para atarse al nuevo estado del espíritu humano en todos los pueblos civilizados de nuestro tiempo.
Mons. Ireland dijo en su discurso LA IGLESIA Y EL SIGLO:
Los tiempos son solemnes. En ninguna época de la historia, desde la época cristiana, se vieron cambios tan profundos é importantes. Se está efectuando en la esfera de la actividad humana una revolución completa. Los descubrimientos y las invenciones nos han abierto un nuevo mundo material. Las condiciones sociales y políticas han sido transformadas. El deseo de conocer es intenso, y el ojo horadante de la inteligencia penetra hasta los abismos misteriosos de la tierra y el cielo. La ambición del espíritu, inflamada por los éxitos maravillosos de todo el campo de los conocimientos humanos, ha levantado vuelo con más audacia y niega que pueda haber límite para su saber. El corazón humano se deja llevar por los sueños más extraños; se consume en esfuerzos desesperados por destruir todas las barreras opuestas al cumplimiento de sus deseos. ¡Novedad! tal es la contraseña de la humanidad, y renovar todas las cosas es su firme resolución. Este fin ha agotado todas sus actividades, actividades cuyo tipo tenemos, dondequiera que se ejerzan, en el vapor y en la electricidad, las fuerzas nuevas de los cuerpos.
El momento es oportuno para los hombres de talento y carácter entre los hijos de la Iglesia de Dios. Hoy la rutina del tiempo antiguo es fatal; hoy los medios ordinarios sienten la decrepitud de la vejez; la crisis pide cosas nuevas, cosas extraordinarias; y a esta condición la Iglesia registrará la mayor de sus victorias en el mayor de los siglos históricos.
Tales palabras son embriagadoras, y sería fácil nombrar a los publicistas y oradores que se han embriagado de ellas.
¿Pero qué es esta novedad, esto extraordinario que hace falta a la Iglesia para contestar a las condiciones nuevas de los espíritus y del mundo? ¿Dónde encontrarlo indicado?
El Revdo. padre Klein contesta a esta pregunta en el prefacio que prestó a la Vida del P. Hecker. Nos dice dónde “los hombres de talento y carácter entre los hijos de DIOS” podrán encontrar la guía que los llevará por caminos nuevos que pide el tiempo presente, para dirigir luego a los demás. Está en la Vida del P. Hecker.
Ni un libro publicado desde hace cincuenta años proyecta una luz más viva sobre el estado presente de la humanidad o sobre la EVOLUCIÓN RELIGIOSA del mundo [que esta Vida]. ... El P. Hecker ha trazado y resuelto en él el ideal del sacerdote para el porvenir nuevo de la Iglesia.
Observamos en primer lugar que en esta respuesta hay una palabra, la palabra evolución, que se encuentra a cada instante en los labios o en la pluma de los americanistas, aunque suene mal cuando se pasa a aplicarla a la religión, al cristianismo, —a “su adelanto interior”, y a “su progreso en el mundo”.
Porque como veremos en los capítulos siguientes, la evolución que los americanistas anuncian en la Iglesia y a la que quieren ayudar es doble: una se refiere a la propagación de la fe, la otra al progreso espiritual de sus hijos.
En el orden de las cosas naturales, la evolución es un sistema científico inventado por quienes quieren explicar el mundo, la existencia de las cosas, su variedad, su orden y la vida, fuera de DIOS y de su acción creadora y conservadora. No todos se sirven de dicha palabra en este sentido tan feo: hay cristianos que, aún empleándola y conservando algo del sistema, ponen la creación en el origen de las cosas y reconocen la acción de la Providencia durante los tiempos.
Sin embargo transportar el evolucionismo en el orden religioso es un atrevimiento que podría ser calificado “ofensivo de los oídos piadosos”. Pero dejemos la palabra y veamos la cosa; porque si en boca de quienes la usan se entendiera en el sentido en que san Vicente de Lérins habla del progreso religioso, no habría nada que decir. Este santo dice:
¿Hay en la Iglesia de CRISTO un progreso religioso? Desde luego, hay tal progreso, y es grande; ¿y qué hombre sería bastante enemigo de los hombres, bastante enemigo de DIOS para quererlo impedir? Pero que sea tal, que sea verdaderamente un progreso y no un cambio. Hay progreso cuando una cosa se desarrolla en sí misma; hay cambio cuando una cosa deja de ser ella misma y se hace otra. ¡Crezcan entonces, que hace falta, progresen grande y rápidamente con el curso de las edades la ciencia, la inteligencia, la sabiduría de todos y de cada uno, de cada hombre y de toda la Iglesia! Pero que progresen en su naturaleza propia, es decir en la unidad de la doctrina y de la fe......
... Que la doctrina de la Iglesia obedezca —hace falta— a esta ley del progreso; que se consolide con los años, que se desarrolle con el pasar del tiempo, que se ahonde con las edades, pero que permanezca siempre una, pura, incorruptible... Es muy legítimo que con los progresos de los tiempos los dogmas antiguos de la ciencia divina se estudien y trabajen; pero cambiarlos, truncarlos o alterarlos sería un crimen. Que crezcan en evidencia, en demostraciones, en claridad científica, pero que no pierdan nada su primera integridad...
¡Oh Timoteo! ¡oh sacerdote, oh teólogo! oh doctor... no enseñes nada que no hayas aprendido: lo nuevo en el lenguaje, lo antiguo en la doctrina, eadem qua didicisti doce, et cum dicas nove, non dicas nova.
¿Es un progreso entendido así el que los americanistas ansían? Si fuera así, habrían desacertado eligiendo la palabra evolución para expresar su pensamiento, en lugar de atenerse sencillamente a la palabra progreso. El Sr. Ferdinand Brunetiére dice:
Para quien se jacta de hablar con algo de precisión, la palabra representa o resume todo un conjunto de ideas; y la peor confusión que pueda darse es tomarla (a la evolución) por sinónimo o equivalente, aún aproximado, de las palabras movimiento o progreso. Quien dice progreso dice continuidad, y... quien dice evolución dice precisamente lo contrario. “Mi teoría, decía Darwin, no supone ninguna ley fija de desarrollo”. La idea de progreso implica la estabilidad del perfeccionamiento adquirido.... La idea de evolución no implica nada semejante, y está en su esencia que sus resultados sean siempre móviles y cambiantes.... La idea central, la idea sustancial de la evolución, es, según Herbert Spencer, “el paso de lo homogéneo a lo heterogéneo”.
Ahora bien, el paso de homogéneo a lo heterogéneo puede realizarse sin que haya un cambio profundo y esencial en el ser modificado.
¿Es éste el cambio que los americanistas —al menos algunos entre ellos— predicen, ansían, declaran necesario en la Iglesia de JESUCRISTO y en su dogma?
Por mucho que uno recorra sus libros, discursos y artículos de periódicos: su pensamiento no trabaja por esclarecer lo sencillamente creído ni precisar lo vagamente enseñado; no. No se ve por ningún lado esta preocupación. Por el contrario, sus palabras y sus textos sólo pueden comprenderse propios de un verdadero evolucionismo.
Como la observaba muy bien el Journal des Débats en su número del 28 de septiembre de 1895, “son bastante prudentes para no formular máximas generales”, “para no hablar de un modo demasiado absoluto y demasiado preciso”. No hacen una sola tesis distintamente formulada y claramente deducida: ellos mismos, si procedieran así, sin duda aborrecerían su doctrina, ya que la verían aparecer a sus ojos en su desnudez. Pero, no obstante mil rodeos y atenuaciones envolventes, se hace fácilmente perceptible al examen cercano de sus discursos y textos cuál es el pensamiento que los inspira en el fondo, y sobre todo qué ideas y sentimientos deben difundirse en las mentes y corazones de quienes los escuchan o los leen.
Pero hay algunos que se muestran más audaces.
Aquí estos temerarios no temen presentar el paganismo que evoluciona hacia el cristianismo por los sabios que “DIOS ha suscitado”, y que no eran para nada “enviados del demonio encargados de hacer abandonar la verdad y hacer abrazar el error” (Discurso del Congreso científico de Bruselas; y, del mismo autor, Discurso en el Congreso de las religiones).
Allí, muestran el cristianismo saliendo del paganismo por una evolución casi necesaria:
sin la notable evolución social y religiosa que se produjo en el paganismo a lo largo del primero y el segundo siglo de nuestra época, la Iglesia nunca habría podido convertir el imperio romano; mientras que estando preparados así los caminos, esta conversión se hizo INEVITABLE. (Romanus, en la Contemporary Review) (27)
En otra parte, muestran el cristianismo evolucionando de siglo en siglo:
La Iglesia, a lo largo de los diecinueve siglos de su existencia, ha tenido que sufrir la influencia, no sólo de muy diversas condiciones materiales que la rodeaban, sino también de medios intelectuales muy diferentes que la han modificado profundamente (ibidem).
Esto es verdad, con tal que se lo entienda de modificaciones que no dependen de la esencia del dogma, la moral y el culto. Pero el autor va más lejos:
Creencias que nos parecen asombrosas en su bárbara ingenuidad tuvieron su lugar necesario en la Iglesia del siglo noveno, lo mismo que en el siglo decimotercero tuvieron su lugar creencias respecto al espacio que miramos ahora como absurdamente estrechas.
Que faltaran en el siglo noveno y aún en el decimotercero los conocimientos científicos disponibles hoy, es absolutamente verdadero. ¿Pero en qué sentido estos errores, en el orden de las cosas naturales, tenían SU LUGAR NECESARIO EN LA IGLESIA? ¿Y cómo puede formularse una tal proposición, sino porque la mente de donde sale confunde lo natural y sobrenatural al punto de hacer de lo uno y lo otro una sola y misma cosa, y que esta cosa la ve evolucionar y desarrollarse regular y necesariamente desde el comienzo del mundo hasta nuestros días y más allá? La prueba de ello es que en esos términos habla absolutamente del dogma mismo, y con una seguridad que pasma. Dice que
no puede suponerse que un hombre de los tiempos apostólicos se sirviera del lenguaje de los tiempos actuales en su enseñanza sobre la naturaleza del Cristo, o hasta comprendiera la doctrina de la Trinidad como está expresada en el Credo de Atanasio.
Del mismo modo, ¿habrían podido [los hombres de los primeros siglos] hablar de la transubstanciación o hasta tener la idea de ella?
Y además:
¿Es más creíble que la devoción a Nuestra Señora haya tenido lugar en la religión de san Pablo? (ibidem)
Pregunta cómo no dejarán de modificarse en el porvenir los dogmas; pregunta por qué medios se los hará sufrir estas modificaciones, y añade que él y los suyos no dan todavía todo su pensamiento al respecto:
El católico liberal comprende bien la necesidad de cierto tiempo de reticencia y de un cuidado escrupuloso en cuanto a su manera de promulgar verdades nuevas que afectan la religión.
Pero el tiempo de las reticencias no durará siempre:
La doctrina moderna de la evolución considerada con espíritu teísta, allana y aparta todas las dificultades mostrando cómo han servido providencialmente para el advenimiento del bienestar espiritual de la humanidad los errores parciales e inevitables (28).
En términos claros eso quiere decir: DIOS es autor del error como de la verdad: el primero precede la segunda, y la segunda nace del primero providencialmente. Es el efecto de la gran ley de la evolución que rige todo en el mundo, y a la que la religión está sometida como todo el resto.
¿Puede herirse más profundamente y destruirse más radicalmente la fe cristiana?
Escuchemos más, y aprenderemos qué deberes la evolución impone a la Iglesia ahora:
La Iglesia, como todo ser viviente dotado de buena salud, ha sufrido y tendrá que sufrir un continuo progreso de desarrollo. Siendo así, sería realmente calamitoso si debiera quedarse siempre imbuida del espíritu de una edad que murió y pasó hace mucho tiempo y si se obstinara en difundir este espíritu cuando el mundo ha entrado en un nuevo período cuyo pensamiento se ha hecho completamente extraño a creencias y maneras de ver tan primitivas. En la opinión de los católicos liberales es una cuestión de vida o de muerte mantenerse en contacto con todo lo que hay de mejor y de más elevado en cada lustro sucesivo (Ibidem).
Tenemos aquí el pensamiento último del sistema y los proyectos secretos del partido, la meta que persigue, el fin al que quiere llegar: Nosotros, católicos liberales, tenemos la inteligencia de los tiempos. La sacamos de la doctrina de la evolución que nos enseña lo que será en lo que fue y en lo que es; a la Iglesia toca escucharnos y seguirnos: que piense hacerlo así, que es para ella una cuestión de vida o muerte. Es menester que abandone el espíritu que la ha guiado hasta aquí, espíritu de una edad hace mucho tiempo pasada y muerta. ¡Desgraciada de ella si se obstinara en guardarlo!
Veremos en los siguientes capítulos en qué y cómo, según estos americanistas, la Santa Iglesia debe modificar su espíritu, el espíritu que desde hace diecinueve siglos anima a los hijos de DIOS. Los oiremos decirnos que si ella los escucha, en lugar de la muerte que la amenaza, verá producirse a la vez su adelanto en el interior y su expansión en el exterior. Examinaremos el valor de estas promesas.
Estas cosas no pueden callarse, aunque cueste mucho decirlas. Hay necesidades que se imponen. Como otros lo han dicho ya, es tiempo de que los verdaderos fieles y los verdaderos sacerdotes sepan adónde se pretende conducirlos, y en qué desfiladeros arriesgan meterse prestando oídos demasiado complacientes a quienes aportan entre nosotros los ecos más o menos debilitados o atenuados de estas bellas doctrinas.
Se los oye en revistas calurosamente recomendadas en el Congreso eclesiástico de Reims, y que están redactadas, al menos en parte, por los hombres más honorables que hay y animados de las mejores intenciones —quiero suponer—, pero que siendo universitarios están imbuidos del espíritu que lleva este nombre, pariente del espíritu americanista. El veneno no se presenta en esas revistas bajo su color propio, como en Romanus: eso mismo sólo lo hace más peligroso.
También es esta parte del clero la que bajo pretexto de consagrarse a la democracia forma un partido en la Iglesia (29) y la que en sus conferencias y textos manifiesta sin cesar sus aspiraciones hacia el PORVENIR.
El porvenir, sí, el porvenir está, y es una hermosa tarea prepararlo. En las filas del sacerdocio tenemos que armarnos el corazón de valor; sin enfeudarnos a aquel pasado, por venerable que sea, donde dejamos amigos y disgustos, santos y augustos recuerdos; tenemos que desatarnos de lo que fue y trabajar por lo que será.
No habría nada demasiado censurable en estas palabras si los demócratas no expresaran por todas partes estas aspiraciones como derivadas de la doctrina de la evolución. Cuando los americanistas de aquí y allá nos hablan del porvenir, del “porvenir nuevo de la Iglesia” y de “su marcha hacia adelante” y de “su nueva fase” y de “los tiempos que empiezan”, etc., etc., desconfiemos de esos empujones y, antes de abandonarnos a su impulso, veamos de dónde vienen y adónde llevan.
En el Congreso de las religiones de Chicago hubo un discurso pronunciado por uno de los jefes del americanismo, que él tituló La religión final (The ultimate religion). En este discurso se decía:
Las religiones son sistemas para llegar regular o irregularmente a este gran fin: la unión del hombre con Dios.
Imposible marcar mejor la marcha y el término de la evolución religiosa. Pero este término téngase cuidado— no es muy diferente del que la Alianza Israelita Universal asignó a sus propios esfuerzos.
Continúa...
Notas:
25) Discurso pronunciado en la catedral de Baltimore el 18 de octubre de 1893 en ocasión del 25° aniversario de la consagración episcopal del cardenal Gibbons.
26) La Doctrine évolutive et |'Histoire de la Littérature. Revue des Deux-Mondes, febrero de 1898.
27) El artículo de Romanus, que puede leerse entero en el libro del padre Maignen “¿El Padre Hecker es un santo?” es, como observa el autor de este libro, la SUMA de las ideas del americanismo.
28) Para más desarrollos sobre esta cuestión de la evolución religiosa tal como la entienden los americanistas, ver “¿El Padre Hecker es un santo?” por el Padre Maignen, cap. VI, VII y VIII.
29) Decir que los sacerdotes demócratas son discípulos de los jefes del americanismo es decir algo de lo que ellos mismos se glorifican. Ver entre otras pruebas el libro del padre Naudet, Vers 1'Avenir, páginas 57-62; el libro de M. Felix Klein, Nouvelles tendances en religion et en littérature, pp. 73-79: “Las palabras de vida y de porvenir -dice M. Klein- nos vienen hoy de los Estados Unidos” (p. 122); —y también la Histoire d'une idée del padre Charbomnel, pp. 30-32.

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