domingo, 29 de mayo de 2011

Mons. José María Arancedo: Los laicos en el mundo





La misión del Espíritu Santo es la fuerza que nos constituye en Iglesia y nos anima apostólicamente. Lo importante siempre es la obra de Dios en nosotros, ella necesita, sin embargo, de nuestra apertura para dejarnos guiar por él.


Dios en nosotros sería la mejor definición de Iglesia; “Cristo en ustedes” nos diría san Pablo. Esto tiene su fundamento en el mismo Jesucristo que nos ha dejado su proyecto de vida como gracia a través de la obra del Espíritu Santo.
Un Evangelio que no se haga vida en nosotros por el don del Espíritu de Dios, puede quedarse en una doctrina más pero no llega a transformar nuestras vidas. El cristianismo es una Palabra, mejor dicho, es el Evangelio hecho Vida. Este domingo la liturgia nos habla del desarrollo de la vida cristiana en la primera comunidad y, a través de ella, de su presencia en el mundo.

En los Hechos de los Apóstoles siempre aparece en primer lugar la predicación del Evangelio y junto a él la comunicación del Espíritu Santo. No se predicaba una doctrina, se predicaba el inicio de una Vida Nueva. ¿Cómo se trasmitió esta presencia del Espíritu a los fieles para hacer realidad el Evangelio? La respuesta es Pentecostés. “No los dejaré huérfanos, ya les había dicho el Señor, volveré a ustedes” (Jn. 14, 18); este primer volver se cumplió en Pentecostés.
Hoy esta misma realidad se sigue comunicando en la Iglesia a través de su Palabra y los Sacramentos, en especial del bautismo, la confirmación y la eucaristía. Aquí radica la fuerza y la identidad del cristiano; esto no lo saca del mundo, por el contrario, lo fortalece para estar en el mundo. El lugar del laico es el mundo, pero desde la riqueza de esa Vida Nueva que ha recibido. Él debe ser sal y luz para el mundo. Esta es su vocación y responsabilidad.

Al hablar de la espiritualidad de los laicos, el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia nos dice: “Los fieles laicos están llamados a cultivar una auténtica espiritualidad laical, inmersos en el misterio de Dios e incorporados en la sociedad” (n° 545). Dios o el mundo no es una opción para el laico, sino una relación en la que está llamado a vivir. Por ello, va a concluir que su espiritualidad: “rehuye tanto de un espiritualismo intimista como de un activismo social y sabe expresarse en una síntesis vital que confiere unidad, significado y esperanza a la existencia”.
Como vemos no se trata de vidas paralelas, una religiosa con sus creencias y prácticas y otra secular con sus propias normas ajenas a los principios del Evangelio. Un signo de madurez laical es la coherencia entre su vida de fe y su compromiso familiar, profesional, social como político. La síntesis alcanzada entre vida y fe determina el nivel de una vocación laical, que la convierte en una presencia viva del mensaje de Jesucristo.

Valorando el testimonio de tantos laicos que viven con generosidad y coherencia su vocación cristiana en el mundo, les hago llegar junto a mi afecto y oraciones, mi bendición en el Señor Jesús y María Santísima.

Mons. José María Arancedo
Arzobispo de Santa Fe de la Vera Cruz

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