lunes, 19 de marzo de 2012

Mirando a Cristo crucificado, el Padre es débil ante la debilidad del hombre

En el texto del evangelio (Jn. 2,13-25) se afirma de Jesús que si bien muchos creyeron en su nombre, no se fiaba de ellos porque los conocía a todos”. Y concluye diciendo: “Él sabía lo que hay en el interior del hombre”.

Por el Padre Ricardo B. Mazza


Esto nos hace ver cómo Dios penetra el corazón de cada uno de nosotros, conociéndonos totalmente. Desde que nacemos hasta que morimos, aún no queriéndolo, estamos en la presencia de Dios, y nos conoce y, sabe de nuestros recovecos interiores, sabe de nuestra fe no siempre vivida en profundidad, sabe de nuestras infidelidades para con Él, sabe de lo mucho que nos atraen otras realidades más que su propia persona, su vida y palabra.

Por eso, los textos bíblicos de este domingo nos invitan a mirar nuestro interior, de modo que así como Dios nos conoce, hemos de pedir también esta gracia de lo alto para escrutar el corazón propio y percibir cuánto nos justificamos en nuestro obrar. El hombre posee una capacidad inagotable para hacerse trampas a sí mismo y justificar lo injustificable, o dar por bueno lo que no lo es.

Al conocer Dios lo que hay en el corazón de cada uno, nos da en los diez mandamientos (Éx. 20, 1-17) un camino seguro para descubrir por dónde pasa esa transformación interior, para que encarnándolos en nuestra vida, crezcamos en su amistad y como personas, encontrando la felicidad plena.

Estas diez palabras ponen su atención en Dios e interpelan al hombre en orden a saber cuál ha de ser su compromiso: “Yo soy el Señor tu Dios que te hice salir de Egipto, de un lugar de esclavitud”.

Palabras estas que nos recuerda que también hoy somos sacados de la esclavitud de Egipto, que es el pecado, por la muerte y resurrección de Cristo, reclamándonos una respuesta por lo que ha hecho en nuestro favor.

“No tendrás otros dioses fuera de mi” –advierte Dios en el Antiguo Testamento ante la tentación humana por idolatrar lo material, por poner el corazón en aquello que simula ser lo más importante.

El culto a los ídolos refiere a las imágenes que representan o se les atribuye un poder divino que en verdad no lo poseen, es decir, un simulacro de Dios. Nosotros con frecuencia vivimos en la ficción de idolatrar aquello que no es más que fugacidad y vacío como el dinero, la fama, el poder, el placer, creyendo que allí se encuentra nuestra verdadera felicidad.

El Señor se muestra como un Dios celoso, que no soporta que se lo suplante por la simulación cuando Él es la verdad. Somos su propiedad por la creación, por la alianza que hiciera con nuestros patriarcas, y nos invita por lo tanto a adorarlo sólo a Él. Culto de adoración que hace que nos transformemos en templos en la medida que por nuestra consagración bautismal todo nuestro ser y tener deben estar orientados al Creador.

Por eso Cristo se enfurece cuando entrando al templo con ocasión de la Pascua, se encuentra con los mercachifles vendiendo animales para los sacrificios, cambiando moneda a los judíos de la diáspora, convirtiendo así la Casa de oración en casa de comercio.

Pero también nosotros podemos transformar el templo de Dios en casa de comercio creyendo que nuestra presencia en el culto divino es un salvoconducto para vivir de otra manera durante la semana.

El libro del Éxodo señala que el séptimo día Dios descansó y nosotros debemos hacer lo mismo, pero el domingo, día de la resurrección como primer día de la semana. Ese día ha de iluminar los seis restantes ya que se supone que quien dio culto a Dios el domingo seguirá dándole culto, es decir cultivando en su corazón el amor a Dios, el servicio a su grandeza.

Y esto no se agota aquí sino que se prolonga también en la relación con los hermanos como lo indican las diez palabras o mandamientos.

Notamos en los textos de hoy que se relacionan la vida moral con la cultual. De hecho en el mismo Antiguo Testamento Dios rechaza los sacrificios y holocaustos y quiere a cambio un corazón convertido, transformado de veras. Y así, la vida del culto tiene que motivar y coronar la vida moral de cada persona que quiera vivir como hija de Dios.

Si durante la semana descuido a mis padres no atendiéndolos como se debe, no puedo pretender el domingo hacer la ofrenda de mi persona y mis obras, ya que no me he comportado como verdadero cristiano.

Si durante la semana no soy trigo limpio en lo referente a los negocios, y he tratado de aprovecharme del débil para enriquecerme, no puedo el domingo ofrecerme a Dios limpiamente o querer subsanar mi avaricia con una buena limosna ya que no he sido culto agradable durante el resto de la semana.

Si he vivido en la mentira durante la semana, no puedo pretender vivir un verdadero culto de alabanza a Dios el día domingo.

Si no soy limpio de corazón en el modo como vivo mi sexualidad durante la semana, no puedo intentar hacer realidad en el culto dominical aquella afirmación de “felices los limpios de corazón porque verán a Dios”.

Esta relación entre moral y culto es tan radical que la manifiesta ausencia de tantos católicos al culto divino dominical, ¿no será una señal de haber vivido sin Dios y sin prójimo el resto de los días?

Si mis días transcurren sin Dios, es lógico que no vea el día domingo como fuente y culmen de la vida cristiana como recuerda el concilio Vaticano II, ni como espacio y tiempo en el que manifiesto mi fe en comunidad.

Y así sucede también con el resto de los mandamientos, vínculos con Dios.
Esto nos exige asumir el misterio de la Cruz que implica una renuncia de nosotros mismos y pareceres, para aceptar gozosamente la Palabra de Dios.

El apóstol Pablo (I Cor. 1, 13-25) nos dice “Cristo crucificado es escándalo para los judíos y locura para los paganos, pero para los que han sido llamados, para nosotros, Cristo crucificado es fuerza y sabiduría de Dios”. En efecto, la verdadera sabiduría que procede de Dios, no la obtenemos de las enseñanzas del mundo sino de Cristo crucificado, y la locura de Dios, -enviar a su Hijo al patíbulo-, es más sabia que la sabiduría de los hombres porque nos está dando el camino que aún rechazándolo nosotros, siempre nos conduce a la salvación siendo “la debilidad de Dios más fuerte que la fortaleza de los hombres”.

Debilidad de Dios no sólo en la carne cuando muere en la cruz, sino también cuando ejerce su misericordia desde toda la eternidad.

Es mirando a Cristo crucificado que el Padre es débil ante la debilidad del hombre, vivida como “fuerza” del pecado al principio, hasta que despertamos sumidos en la miseria más profunda que nos hace buscar la fuerza de la debilidad del Dios misericordioso.

Hermanos: el Señor nos convoca, interpela y llama a seguir convirtiéndonos para que dándole lugar a Él en nuestro corazón podamos transformar nuestra vida y la de los demás.

Padre Ricardo B. Mazza. Cura párroco de la parroquia “San Juan Bautista”, en Santa Fe de la Vera Cruz. Argentina. Homilía en el 3er domingo de Cuaresma. Ciclo “B”. 11 de marzo de 2012. ribamazza@gmail.com; http://ricardomazza.blogspot.com/

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