viernes, 30 de enero de 2026

EL POEMA DEL HOMBRE-DIOS (84)

Continuamos con la publicación del libro escrito por la mística Maria Valtorta (1897-1961) en el cual afirmó haber tenido visiones sobre la vida de Jesús.


84. El encuentro con Lázaro de Betania.
21 de enero de 1945.

1 Una clarísima aurora estiva. Más que aurora, ya infancia de día, porque el Sol ya ha dejado todo límite de horizonte y sube cada vez más, sonriéndole a la tierra que también sonríe. No hay tallito que no ría con destellos de rocío. Parece como si los astros nocturnos se hubieran pulverizado, para ser oro y gemas en todos los tallos, en todas las frondas, y hasta incluso sobre las piedras esparcidas en el suelo, con sus escamitas silíceas, humedecidas por el rocío, que parecen polvos de tocador hechos de diamante, o polvo de oro.
Jesús y Simón andan por un camino que se aleja de la calzada principal haciendo una V. Se dirigen hacia unos magníficos huertos de árboles frutales, y espléndidos campos de lino tan alto como un hombre, ya cercano a la siega; otros campos, más lejanos, muestran sólo un gran rojear de amapolas entre la amarillez de los rastrojos.
“Estamos ya en la propiedad de mi amigo. Como puedes ver, Maestro, la distancia estaba dentro de la prescripción de la Ley (17). Jamás me habría permitido un engaño contigo. Detrás de aquel pomar está el muro que circunda el jardín; dentro está la casa. Te he traído por este atajo precisamente para no salirnos de la milla prescrita”.
“¡Es muy rico tu amigo!”.
“Mucho. Pero no es feliz. Su casa tiene propiedades en otros lugares”.
“¿Es fariseo?”.
“Su padre no lo era. El... es muy observante. Ya te lo he dicho: un verdadero israelita”.
Andan un poco más. Se ve un alto muro. Luego, al otro lado, árboles y más árboles, entre los cuales apenas si se ve la casa. El terreno aquí se eleva un poco, pero no tanto como para permitirle a la vista penetrar en el jardín, tan vasto que podríamos llamarle "parque".
Dan la vuelta a la esquina. El muro prosigue igual, dejando descender desde su parte alta ramas despeinadas de rosas y jazmines llenas de fragancia y esplendor en sus corolas bañadas de rocío.

2 Llegan a la sólida puerta de hierro forjado. Simón golpea con el pesado aldabón de bronce.
“Es una hora muy temprana para entrar, Simón” objeta Jesús.
“¡Pero si mi amigo, que sólo encuentra alivio en su jardín o entre los libros, se levanta nada más salir el Sol! La noche es para él un tormento. No tardes más, Maestro, en darle tu alegría”.
Un criado abre la puerta.
“¡Hola, Aseo! Dile a tu jefe que Simón el Zelote ha venido con su Amigo”.
El criado los invita a entrar diciendo: 
“Vuestro siervo os saluda. Entrad, que la casa de Lázaro está abierta para los amigos”. Luego se marcha corriendo.
Simón, que conoce bien el lugar, se dirige no hacia el paseo central sino hacia un sendero que entre rosales lleva a una pérgola de jazmines.
Y de allí, en efecto, sale Lázaro poco después. Está delgado y pálido, como siempre le he visto; alto, pelo corto ni tupido ni rizado, barba rala apenas limitada a la barbilla. Viste de lino blanquísimo y anda con dificultad, como si le dolieran las piernas.
Cuando ve a Simón, hace un gesto de afectuoso saludo, y luego, como puede, corre hacia Jesús y se hinca de rodillas, y se inclina profundamente para besar el borde del vestido de Jesús, diciendo: 
“No soy digno de tanto honor, pero, puesto que tu santidad se humilla hasta mi miseria, ven, mi Señor, entra, y sé dueño en mi pobre casa”.
“Levántate, amigo. Recibe mi paz”.
Lázaro se levanta y besa las manos de Jesús y le mira con veneración no exenta de curiosidad. Caminan hacia la casa.
“¡Cuánto te he esperado, Maestro! Cada alba decía: "Hoy vendrá", y cada noche decía: "¡Tampoco hoy le he visto!"”.
“¿Por qué me esperabas con tanta ansia?”.

3 “Porque… ¿qué esperamos nosotros, los israelitas, sino a ti?”.
“¿Y tú crees que Yo soy el Esperado?”.
“Simón no ha mentido jamás, y no es un muchacho que se exalte por quimeras. La edad y el dolor le han hecho maduro como un sabio. Y, además... aunque él no te hubiera conocido por la verdad de tu ser, tus obras habrían hablado y te habrían llamado "Santo". Quien hace las obras de Dios debe ser hombre de Dios. Y Tú las haces. Y las haces de un modo que dice cuánto eres Tú el Hombre de Dios. El, mi amigo, fue a ti por la fama de milagros y obtuvo un milagro. Y sé que tu camino está marcado con otros milagros. ¿Por qué no creer entonces que eres el Esperado? ¡Oh, es tan dulce creer lo bueno! De muchas cosas que no son buenas debemos fingir creer que lo son, por amor a la paz, por no poderlas cambiar; debemos mostrar que creemos muchas palabras falsas, que parecen halagos, alabanzas, benignidad, y son por el contrario sarcasmo y censura, veneno recubierto de miel; debemos mostrar que las creemos aun sabiendo que son veneno, censura y sarcasmo..., debemos hacerlo porque... no se puede actuar de otra manera y somos débiles contra todo un mundo que es fuerte, y estamos solos contra todo un mundo que, como enemigo, está contra nosotros... ¿Por qué, entonces, tener dificultad en creer lo bueno? Pero es que, además, estamos en la plenitud de los tiempos y los signos de los tiempos se dan. Y cuanto pudiera faltar para robustecer la fe y hacerla impasible ante la duda, lo pone nuestra voluntad de creer y de aplacar nuestro corazón en la certeza de que la espera ha terminado y de que el Redentor está entre nosotros; está entre nosotros el Mesías... Aquel que devolverá la paz a Israel y a los hijos de Israel, Aquel que... hará que muramos sin angustia, sabiendo que hemos sido redimidos, y que vivamos sin ese aguijón de nostalgia por nuestros muertos... ¡Oh..., los muertos! ¿Por qué sentir pena por ellos, sino porque no tienen ya a sus hijos y todavía no tienen a su Padre y Dios?”.
“¿Hace mucho que se te ha muerto tu padre?”.
“Tres años. Y siete que se me murió mi madre... Pero ya hace algo de tiempo que no los compadezco... Yo mismo quisiera estar donde espero que estén ellos aguardando el Cielo”.
“No tendrías, entonces, como huésped al Mesías”.

4 “Es cierto. Ahora yo soy más que ellos porque te tengo... y el corazón se aplaca con esta alegría. Entra, Maestro. Concédeme el honor de hacer de mi casa la tuya. Hoy es sábado y no puedo honrarte convidando a amigos...”.
“No lo deseo. Hoy soy todo para el amigo común de Simón y mío”.
Entran en una hermosa sala, donde unos criados están preparados para recibirlos. 
“Os ruego que los sigáis” dice Lázaro. “Podréis reponer fuerzas o tomar algo fresco antes de la comida matutina”. Y, mientras Jesús y Simón van a otro lugar, Lázaro da órdenes a los siervos. Comprendo que la casa es rica, y señorial además de rica...
... Jesús bebe leche (Lázaro quiere servírsela personalmente a toda costa antes de sentarse para la comida matutina).
Veo que Lázaro se vuelve a Simón y le dice: “He encontrado al hombre que está dispuesto a adquirir tus bienes, y al precio que tu intendente ha estimado justo. No quita ni una dracma”.
“Pero ¿está dispuesto a observar mis cláusulas?”.
“Está dispuesto. Acepta todo, con tal de estar en esas tierras. Y yo me alegro porque al menos sé con quién confino. No obstante, de la misma forma que tú deseas permanecer al margen en la venta, él desea que no sepas quién es. Te ruego que secundes este deseo suyo”.
“No veo motivo para no hacerlo. Tú, amigo mío, harás mis veces... Todo lo que hagas estará bien. Me conformo sólo con que mi servidor fiel no se quede en la calle... Maestro, yo vendo, y, por lo que a mi respecta, me siento feliz de no tener ya nada que me ligue a ninguna cosa que no sea servirte a ti. Pero tengo un viejo criado fiel, el único que ha quedado después de mi desventura y que –ya te lo dije– me ayudó siempre en los momentos de segregación, cuidando de mis bienes como de los propios, haciéndolos incluso pasar con la ayuda de Lázaro por propios para salvármelos y poder socorrerme con ellos. Ahora no sería justo que yo le despidiera sin casa, ahora que es anciano. He decidido que una pequeña casa, en los lindes de la propiedad, se quede para él, y que parte de la suma se le dé para su sustento futuro. Los viejos, ya sabes, son como la hiedra: cuando han vivido siempre en un lugar, sufren demasiado si se les aleja de él. Lázaro le quería consigo, porque Lázaro es bueno, pero he preferido hacer esto. Sufrirá menos el anciano...”.

5 “Tú también eres bueno, Simón. Si todos fueran justos como tú, resultaría más fácil mi misión...” observa Jesús.
“¿Sientes que el mundo es reacio, Maestro?” pregunta Lázaro.
“¿El mundo?... No. La fuerza del mundo: Satanás. Si él no fuera dueño de los corazones y los tuviera en su poder, Yo no encontraría resistencia. Pero el Mal está en contra del Bien, y tengo que vencer en cada uno al mal para introducir en ellos el bien... y no todos quieren...”.
“Es cierto. ¡No todos quieren! Maestro, ¿qué palabras encuentras para el culpable; para convertirle, para doblegarle? ¿Palabras de severa reprobación como las que llenan la historia de Israel hacia los culpables –el último que las usa es el Precursor– o por el contrario palabras de piedad?”.
“Practico el amor y la misericordia. Cree, Lázaro, que para quien ha caído tiene más poder una mirada de amor que una maldición”.
“¿Y si el amor es objeto de burla?”.
“Seguir insistiendo. Insistir hasta el extremo. Lázaro, ¿conoces esas tierras traidoras que se tragan a los incautos?”.
“Sí. Lo he leído –en el estado en que me encuentro leo mucho, por pasión y por pasar las largas horas de insomnio–. Sí, he leído acerca de ellas. Sé que existen en Siria y en Egipto, y otras en donde los Caldeos, y sé que son como ventosas, aspiran cuando hacen presa. Un romano dice que son bocas del Infierno, habitadas por monstruos paganos. ¿Es verdad?”.
“No es verdad. No son más que especiales formaciones del suelo terrestre. El Olimpo no tiene nada que ver aquí. Dejará de creerse en el Olimpo y aquéllas seguirán existiendo, y el progreso del hombre no podrá más que proporcionar una explicación más verídica del hecho, pero no eliminarlo. Ahora Yo te digo: De la misma forma que has leído acerca de esas tierras, habrás leído también de qué manera puede salvarse quien cae en ellas”.
“Sí, lanzándole una soga, o con una estaca o una rama. En ocasiones es suficiente poco para darle al que se está hundiendo eso mínimo que necesita para mantenerse, que es además ese mínimo imprescindible para que esté tranquilo, sin movimientos convulsivos, mientras espera un socorro mayor”.
“Pues bien. El culpable, el que está en manos de Satanás, es como si sufriera la succión de un suelo engañoso (cubierto de flores en la superficie, pero lodo movedizo por debajo). ¿Tú crees que, si uno supiera qué significa poner aunque sólo fuera un átomo de sí mismo en manos de Satanás, lo haría? Pero no sabe... y, después... o le paraliza el aturdimiento y el veneno del Mal o le enloquece, y para huir del remordimiento de haberse procurado la propia ruina empieza a moverse convulsivamente, a agarrarse al lodo, creando así pesadas ondas con su movimiento imprudente, las cuales aceleran cada vez más su fin. El amor es la soga, el hilo, la rama de que tú hablas. Insistir, insistir... hasta que se aferre... Una palabra... y perdón... un perdón más grande que la culpa... al menos para impedir que siga hundiéndose y esperar el socorro de Dios... Lázaro, ¿sabes qué poder tiene el perdón?: Hace que Dios acuda a ayudar a quien está socorriendo a otro... ¿Lees mucho?”.

6 “Mucho; y no sé si hago bien, pero la enfermedad y... y otras cosas... me han privado de muchas delicias del hombre... y ahora no tengo más que la pasión de las flores y los libros..., de las plantas y los caballos... Sé que se me critica, pero ¿puedo yo ir a mis propiedades en este estado (y descubre unas piernas enormes completamente vendadas) a pie o ni siquiera en mula? Debo usar un carro, y además que sea rápido. Por eso he adquirido caballos y me he encariñado con ellos; lo digo. Pero si Tú me dices que está mal... pues que se los lleven a venderlos”.
“No, Lázaro, no son estas cosas las que corrompen; corrompe lo que turba el espíritu y lo aleja de Dios”.
“Precisamente esto, Maestro, es lo que querría saber. Yo leo mucho. Sólo tengo este consuelo. Me gusta saber. Yo creo que en el fondo es mejor saber que hacer el mal, es mejor leer que... que hacer otras cosas. Pero yo no leo sólo lo que se refiere a nosotros. Me gusta conocer también el mundo de los demás, y Roma y Atenas me atraen. Ahora sé cuánto mal le vino a Israel cuando se corrompió con los Asirios y con Egipto (18), y cuánto mal nos hicieron los gobiernos helenizantes (19). No sé si un particular puede hacerse a sí el mismo daño que Judas se hizo a sí mismo y a nosotros, sus hijos. Pero Tú qué piensas de ello. Deseo que me enseñes. Tú, que no eres un rabí, pero que eres el Verbo sapiente y divino”.
Jesús le mira fijamente durante unos minutos; una mirada penetrante y al mismo tiempo lejana. Parece como si, traspasando el cuerpo opaco de Lázaro, El escrutara su corazón y, yendo aún más allá, viera quién sabe qué... Al final, habla: “¿Sientes turbación por lo que lees? ¿Te separa de Dios y de su Ley?”.
“No, Maestro; me mueve, por el contrario, a hacer comparaciones entre nuestra verdad y la falsedad pagana. Comparo y medito las glorias de Israel, sus justos, sus patriarcas, sus profetas, y las figuras deshonestas de las historias de otros. Comparo nuestra filosofía –si se puede llamar así la Sabiduría que habla en los textos sagrados– con la pobre Filosofía griega y romana, en las cuales hay, sí, chispas de fuego, pero no la segura llama que arde y resplandece en los libros de nuestros Sabios. Y luego, con mayor veneración aún, me inclino con el espíritu a adorar a nuestro Dios que habla en Israel a través de hechos, personas y escritos nuestros”.
“Pues entonces continúa leyendo... Te será útil conocer el mundo pagano... Continúa. Puedes continuar. Careces del fermento del mal y de la gangrena espiritual; por lo tanto puedes leer sin miedo: el amor verdadero que tienes hacia tu Dios hace estériles los gérmenes profanos que la lectura puede esparcir en ti. En todas las acciones del hombre hay posibilidad de bien o de mal, según se cumplan. Amar no es pecado, si se ama santamente. Trabajar no es pecado, si se trabaja cuando es justo. Ganar no es pecado, si uno se conforma con lo que es justo. Instruirse no es pecado, si, por la instrucción, no se mata la idea de Dios en nosotros. Por el contrario, es pecado incluso el servir al altar, si ello se hace por interés propio. ¿Estás convencido de esto, Lázaro?”.
“Sí, Maestro. He preguntado esto a otros, y han terminado de despreciarme... Pero Tú me das luz y paz. ¡Oh, si todos te oyeran!... Ven, Maestro. Entre los jazmines se siente frescura y silencio, y dulce es descansar entre sus frescas sombras esperando a que decline el día”.
Salen y todo termina.

Continúa...

Notas:

17) Cfr. Gén 2, 2–3; Ex. 16, 27–30; 20, 8–11; 23, 12; 34, 21; 35, 1–3; Dt. 5, 12–15; 2 Esd. 13, 15–22; 1 Mac. 2, 29–41.

18) Cfr. 4 Re. 21, 1–18; 2 Par. 33, 1–20; Is. 30; 31; Ez. 16, 23–29.

19) Cfr. ambos libros de los Macabeos, por ej. 1 Mac. 1; 2 Mac. 4–7.

 

LA REINA DEL CIELO EN EL REINO DE LA DIVINA VOLUNTAD (17)

Continuamos con la publicación del Capítulo 17 del libro “La Reina del Cielo”, escrito por la Sierva de Dios Luisa Piccarreta, Hija Pequeña de La Divina Voluntad.


Esta obra de Luisa-Piccarreta que fue publicada por primera vez el año 1930, consta de treinta y un Meditaciones que serán publicadas -Dios mediante- cada cinco días.

DECIMA SEPTIMA MEDITACION

La Reina del Cielo en el Reino de la Divina Voluntad. En la hoguera de su amor, María, sintiéndose Madre de Jesús, se encamina en busca de los corazones para santificarlos. Visita a Santa Isabel y santificación de Juan.

EL ALMA A SU MADRE CELESTIAL:

Mamá Celestial, tu pobre hija tiene extrema necesidad de Ti, siendo Tú mi Madre y Madre de Jesús, siento que tengo el derecho de estar junto a Ti, de ponerme a tu lado y de seguir tus pasos para modelar los míos.

¡Ah Mamá Santa, dame tu mano y condúceme, a fin de que yo pueda aprender a dar vida en mí a la Divina Voluntad en las diversas acciones de mi vida!

LECCION DE LA REINA DEL CIELO:

Hija bendita, cómo es dulce tu compañía, al ver que quieres seguirme para imitarme siento refrigerio a las llamas de amor que me devoran. Oh sí, teniéndote junto a Mí, podré con más facilidad enseñarte a vivir de Voluntad Divina. Ahora sígueme y escúchame.

En cuanto fui Madre de Jesús y Madre tuya, mis mares de Amor se multiplicaron y no pudiéndolos contener todos en Mí, sentía la necesidad de expandirlos y de ser la primera portadora de Jesús a todas las criaturas, aun a costa de grandes sacrificios, y ¿por qué digo grandes sacrificios? Cuando se ama de verdad, los sacrificios y las penas son refrigerios, son alivios y desahogos del amor que se posee.

¡Oh, hija mía, si tú no conoces el bien del sacrificio, si no sientes cómo te da las alegrías más íntimas, es señal de que el Amor Divino no llena toda tu alma y por tanto, de que la Divina Voluntad no reina completamente en ti, pues Ella es la única que da la fuerza al alma para hacerla invencible y capaz de soportar cualquier pena!

Pon la mano en tu corazón y mira cuántos vacíos de amor hay. Reflexiona: esa secreta estima de ti misma, ese turbarte por la más mínima contrariedad, esos apegos que sientes a las cosas y a las personas, ese cansancio en el bien, ese fastidio que sientes con lo que no va de acuerdo a tus deseos... equivalen a otros tantos vacíos de amor en tu corazón, vacíos que te privan de la fuerza y del deseo de ser colmada de Voluntad Divina. ¡Oh, cómo sentirías también tú la virtud reconfortante y conquistante en tus sacrificios si llenas de amor estos vacíos en tu corazón! Hija, dame la mano y sígueme para que Yo continúe dándote mis lecciones:

Salí de Nazaret, acompañada de San José, para ir a visitar a Isabel en Judea afrontando un largo viaje, atravesando montes; Isabel en su vejez se encontraba milagrosamente encinta. Yo fui a ella no para hacerle una simple visita, sino porque ardía en deseos de llevarle a mi Jesús. La plenitud de Gracia, de Amor, de Luz, que sentía dentro de Mí, me empujaba a llevar, a multiplicar y centuplicar la vida de mi Hijo en todas las criaturas.

Sí, hija mía, el amor de Madre que tuve por todos los hombres y por ti en particular, fue tan grande, que sentí la extrema necesidad de dar a todos a mi querido Jesús, para que todos lo pudieran poseer y amar. El derecho de Madre que me concedió el FIAT, me enriqueció con tal potencia que podía multiplicar tantas veces a Jesús por cuantas eran las criaturas que lo quisieran recibir. Este era el milagro más grande que Yo pude realizar: tener a Jesús para darlo a quienquiera que lo deseara. ¡Oh, cómo me sentía feliz! ¡Cómo quisiera que también tú, acercándote a las demás personas y haciéndoles visitas, fueras siempre portadora de Jesús, capaz de hacerlo conocer y deseosa de hacerlo amar!.

Después de algunos días de viaje llegué finalmente a Judea y prontamente de allí a la casa de Isabel quien me salió al encuentro alegremente. Al saludo que le di sucedieron hechos maravillosos: mi pequeño Jesús exultó en mi seno y fijando con los rayos de su propia Divinidad al pequeño Juan en el seno de su madre, lo santificó, le dio el uso de la razón y le hizo conocer que El era el Hijo de Dios; Juan entonces exultó de amor y de alegría tan fuertemente que Isabel se sintió estremecer, e iluminada también por esa luz de la Divinidad de mi Hijo supo inmediatamente que Yo era ya la Madre de Dios y en el extremo de su amor, rebosando de gratitud, exclamó: “¿De dónde a mí tanto honor... que la Madre de mi Señor venga a mí?”

Yo no negué el altísimo misterio, sino que lo confirmé humildemente, alabando a Dios con el cántico del Magnificat, por medio del cual la Iglesia continuamente me honra, y anuncié que el Señor había hecho en Mí, su esclava, maravillas, y que por eso todas las generaciones me llamarían Bienaventurada.

Hija mía, Yo me sentía arder en el deseo de dar un desahogo a las llamas de amor que me consumían y de comunicar mi secreto a Isabel, quien también suspiraba por la venida del Mesías a la tierra. El secreto es una necesidad del corazón que irresistiblemente se revela a las personas que son capaces de entenderse. ¿Quién podría decirte cuánto bien dejó mi visita a Isabel, a Juan, y a toda esa casa? Todos fueron santificados, y llenos de alegría, teniendo felicidades nuevas, comprendieron cosas inauditas y Juan, en particular, recibió todas las gracias que eran necesarias para prepararse a ser el Precursor de mi Hijo.

Queridísima hija, la Divina Voluntad hace cosas grandes y admirables en donde reina. Si Yo obré tantos prodigios, fue porque Ella tenía su puesto de Reina en mí; si también tú dejaras reinar al Divino Querer en tu alma serías también la portadora de Jesús a las demás criaturas y sentirías el irresistible deseo de hacerlo conocer por todas.

EL ALMA:

Mamá Santa, cuánto te agradezco por tus hermosas lecciones, siento que me dan tal poder que me hacen suspirar continuamente la vida de la Divina Voluntad. Y para obtener esta grandísima gracia, ven, desciende junto con Jesús a mi alma, renueva en mí la visita que hiciste a Santa Isabel y también los prodigios que para ellos obraste. ¡Ah sí, Mamá, tráeme a Jesús, santifícame; con Jesús sabré hacer y vivir solamente de su Santísima Voluntad!

PRACTICA:

Para honrarme recitarás tres veces el Magnificat en agradecimiento por la visita que hice a Santa Isabel.

JACULATORIA:

Mamá Santa, visita también a mi alma y prepara en ella una digna habitación a la Divina Voluntad.

Continúa...

 

30 DE ENERO: SANTA MARTINA, VR. y MR.


Santa Martina, virgen y mártir

(✝ 230)

Nació esta nobilísima virgen en la ciudad de Roma, su padre había sido elevado tres veces a la dignidad de cónsul. Formada desde su niñez en las sagradas letras y en las costumbres cristianas, en el Imperio de Alejandro Severo fue delatada ante los magistrados; los cuales le preguntaron por qué siendo doncella romana había de reconocer por Dios a un judío condenado por sus crímenes a muerte de cruz y no había de ofrecer incienso al gran Apolo. Respondió ella: Llevadme al templo de Apolo y veréis como en nombre de Jesús reduzco a polvo ese demonio que tanto veneráis. 

Condujéronla, pues, al templo de aquel ídolo, y apenas lo divisó, alzó los ojos y las manos al cielo diciendo: Jesucristo, Señor mío, muestra que eres omnipotente Dios a la vista de este pueblo ciego. Y diciendo estas palabras, sintióse un espantoso terremoto que llenó a todos de horror, desplomóse una parte del templo y cayó hecha pedazos la estatua de Apolo. Pero los ministros del emperador, así como el populacho gentil, atribuyeron el suceso a una poderosa fuerza mágica de la cristiana virgen y la condenaron a los más atroces suplicios.

Azotáronla primero con palos nudosos, rasgaron su rostro con uñas de hierro; y entonces fue cuando la vieron cercada de un resplandor celestial que desarmó a los mismos verdugos, los cuales echándose a sus pies, confesaron en altavoz que también eran cristianos.

El fiero presidente ordenó que allí mismo le cortasen la cabeza, y arrastraron a la santa virgen al templo de Diana. Más lo mismo fue entrar en el templo, que salir de él con espantoso ruido el espíritu infernal que presidía en la estatua de la diosa y caerse esta reducida a polvo.

Mandó el juez traer la cabeza de la santa Martina diciendo que tenía en ella sus encantamientos; y habiendo sido conducida después al anfiteatro, soltáronle un león muy grande, para que la despedazase y la devorase, pero viéndola el terrible león, comenzó a bramar sin querer arrojarse sobre la santa virgen, y llegando a ella, se echó a sus pies y comenzó a lamérselos blandamente, sin hacerle ningún daño. Entonces levantó su voz la santa Martina y dijo: ¡Maravillosas son, oh Señor, tus obras! Y a los presentes añadió: ¿No veis como los ángeles de Dios refrenan la crueldad de las fieras? 

Viendo el presidente semejante prodigio, mandó regresar al león a la jaula; y cuando iba a ella, arrebató a Limeneo, pariente del emperador, y lo despedazó. 

Probó todavía el bárbaro tirano otros suplicios, atormentando a la santa virgen con el hierro y con el fuego, hasta que rugiendo de coraje, al ver que de todos salía victoriosa, mandó sacarla fuera de la ciudad y cortarle la cabeza.



jueves, 29 de enero de 2026

EL CONCILIO DE TRENTO (16)

Publicamos la Sesión decimosexta del Concilio Ecuménico de Trento continuado por el Papa Julio III.


N.d.E.: El Papa Julio III murió el 23 de marzo de 1555 en Roma a los 67 años. Tras el fallecimiento del Papa, el Concilio fue suspendido y en el Cónclave de abril de 1555 y tras 4 días de deliberación, fue elegido Papa Marcello II, siendo coronado el día 10 de abril. La mañana del 30 de abril de 1555, tras solamente 22 días de Pontificado, el Papa Marcelo II sufrió un infarto y entró en coma, muriendo esa misma noche. Del nuevo Cónclave realizado el 15 de mayo siguiente, resultó electo  el Papa Paulo IV, quien en ese momento contaba con casi 80 años de edad y que falleció el 18 de agosto de 1559, a sus 83 años. El siguiente elegido para el Trono de Pedro el 25 de diciembre de 1559 fue el Papa Pío IV, quien reanudó las sesiones del Concilio de Trento.

SESION XVI

Que es la VI y última celebrada en tiempo del Sumo Pontífice Julio III, en 28 de abril de 1552.

Decreto de la suspensión del Concilio

El Sacrosanto, Ecuménico y General Concilio de Trento, congregado legítimamente en el Espíritu Santo, y presidido de los reverendísimos señores Sebastián, Arzobispo de Siponto, y Luis, Obispo de Verona, Nuncios Apostólicos, tanto en su nombre, como en el del Legado el reverendísimo e ilustrísimo señor Marcelo Crescendo, Cardenal de la Santa Iglesia Romana, del título de san Marcelo, ausente por causa de gravísimas indisposiciones en su salud; no duda sea patente a toda la cristiandad que este ecuménico Concilio de Trento fue primeramente convocado y congregado por el Sumo Pontífice Paulo III, de feliz memoria, y que después fue restablecido a instancias del augustísimo emperador Carlos V por nuestro santísimo Padre Julio III con el determinado y principal objeto de restablecer en su primer estado la Religión, lastimosamente destrozada y dividida en diversas opiniones en muchas provincias del orbe, y principalmente en Alemania; así como para reformar los abusos y corrompidísimas costumbres de los cristianos, y habiendo concurrido con este fin gran número de Padres de diversas regiones, con suma alegría, sin reparar en ningunos trabajos, ni peligros suyos, y adelantándose las cosas vigorosa y felizmente, con gran conformidad de los fieles, y con no leves esperanzas de que los Alemanes que habían causado aquellas novedades vendrían al Concilio con ánimo y resolución de adoptar unánimemente las verdaderas razones de la Iglesia, y que en fin, parecía iban a tomar favorable aspecto las cosas, y que la república cristiana, abatida antes y afligida, comenzaría a levantar la cabeza y recobrarse, se han encendido repentinamente tales tumultos v guerras por los artificios del demonio, enemigo de los hombres, que el Concilio se ha visto precisado, con bastante incomodidad, a suspenderse e interrumpir su progreso, perdiéndose toda esperanza de ulterior adelantamiento en este tiempo; estando tan lejos de que cure el Santo Concilio los males e incomodidades de los cristianos, que contra su expectación, mas bien irritará que aplacará los ánimos de muchos. Viendo pues el mismo Santo Concilio que todos los países y principalmente la Alemania, arden en guerras y discordias, y que casi todos los Obispos Alemanes, en especial los Príncipes Electores, se han retirado del Concilio para cuidar de sus iglesias; ha decretado no oponerse a tan urgente necesidad, y diferir la continuación a tiempo mas oportuno, para que los Padres que al presente nada pueden adelantar aquí, puedan volver a sus iglesias a cuidar de sus ovejas, para no perder mas tiempo ociosa é inútilmente en una y otra parte. En consecuencia, pues, decreta, puesto que así lo piden las circunstancias del tiempo, que se suspendan por espacio de dos años las operaciones de este Ecuménico Concilio de Trento, como en efecto las suspende por el presente Decreto; con la circunstancia no obstante, de que si antes de los dos años se apaciguasen las cosas, y se restableciese la antigua tranquilidad, lo que espera sucederá por beneficio de Dios óptimo máximo, quizás dentro de poco tiempo se tenga entendido que la continuación del Concilio ha de tener desde el mismo tiempo su fuerza, firmeza v vigor. Pero si (lo que Dios no permita) prosiguiesen mas de los dos años los impedimentos legítimos que quedan expresados; téngase entendido, que luego que cesen, quedará levantada por el mismo caso la suspensión, así como restituida al Concilio toda su fuerza y vigor, sin que se necesite nueva convocación, agregándose a este Decreto el consentimiento y autoridad de su Santidad y de la Santa Sede Apostólica. Exhorta no obstante entretanto el mismo Santo Concilio a todos los Príncipes cristianos y a todos los Prelados que observen y hagan respectivamente observar, en cuanto a ellos toca, en sus reinos, dominios e iglesias, todas y cada una de las cosas que hasta el presente tiene establecidas y decretadas este Sacrosanto y Ecuménico Concilio.

☙❧

BULA DE LA CELEBRACION DEL CONCILIO DE TRENTO, EN TIEMPO DEL SUMO PONTÍFICE PIO IV

Pío Obispo, siervo de los siervos de Dios, para perpetua memoria. Llamados por sola la misericordia divina al gobierno de la Iglesia, aunque sin fuerzas bastantes para tan grave peso, volvimos inmediatamente la consideración a todas las provincias de la república cristiana; y mirando con grande horror cuan extensamente había cundido la peste de las herejías y cisma, y cuanta necesidad tenían de reforma las costumbres del pueblo cristiano; comenzamos, en fuerza de la obligación del cargo que habíamos recibido, a dedicar nuestros pensamientos y conatos a ver como podríamos extirpar las herejías, disipar tan grande y pernicioso cisma, y reformar las costumbres en tanto grado corrompidas y depravadas. Y como entendiésemos que el remedio mas eficaz para sanar estos males, era el del Concilio Ecuménico y General, de que esta Santa Sede tenía costumbre valerse; tomamos la resolución de congregarlo y celebrarlo con el favor de Dios. Antes había sido él mismo convocado por nuestros predecesores de feliz memoria Paulo III y su sucesor Julio; pero impedido e interrumpido muchas veces por varias causas, no pudo llegar a su perfección; pues habiéndolo indicado primeramente Paulo para la ciudad de Mantua, y después para Vincencia; lo suspendió la primera vez por ciertas causas que se expresan en sus Bulas, y después lo transfirió á Trento; luego, habiéndose también diferido por ciertos motivos el tiempo de celebrarlo allí, removida la suspensión, tuvo en fin principio en la misma ciudad de Trento. Pero habiendo celebrado algunas Sesiones el mismo Concilio y establecido varios Decretos, se transfirió por sí mismo, accediendo también la autoridad de la Sede Apostólica, por ciertas causas, a la ciudad de Bolonia. Mas Julio, que sucedió a Paulo III, lo restableció en la de Trento, en cuyo tiempo se hicieron también algunos otros Decretos; y habiéndose suscitado nuevas turbulencias en los países inmediatos de Alemania, y encendiéndose de nuevo una guerra violentísima en Italia y Francia; se volvió a suspender y diferir el Concilio, por los conatos sin duda del enemigo del género humano, que ponía obstáculos y dificultades, encadenadas unas de otras, para que, ya que no podía privar absolutamente a la Iglesia de tan grande beneficio, a lo menos lo retardase por el más tiempo que pudiese. Cuanto empero se aumentasen entretanto, se multiplicasen, y propagasen las herejías y cuanto creciese el cisma, ni lo podemos mencionar, ni referir sin gravísimo sentimiento. Al fin el Dios de piedad y de misericordias (Habac. 3.), que nunca se irrita de manera que se olvide de su clemencia, se dignó conceder la paz y concordia a los Reyes y Príncipes cristianos; y Nos, valiéndonos de la ocasión que se nos presentaba, concebimos, fiados en la divina misericordia, fundadas esperanzas de que llegaríamos a poner fin por medio del mismo Concilio a estos tan graves males de la Iglesia. En esta disposición, hemos resuelto, que para extirpar el cisma y las herejías, para corregir y reformar las costumbres, para conservar la paz entre los Príncipes cristianos, no se debe diferir por mas tiempo la celebración del Concilio. Y habiendo en consecuencia deliberado maduramente con nuestros Venerables Hermanos, los Cardenales de la Santa Iglesia Romana, y certificado de nuestra resolución a nuestros hijos carísimos en Cristo Femando, Emperador de Romanos, y los otros reyes y príncipes, a quienes hemos hallado, según nos lo prometíamos de su suma piedad y prudencia, muy dispuestos para contribuir a la celebración del Concilio; a honra, alabanza y gloria de Dios omnipotente, y para utilidad de la Iglesia universal, con el consejo y asenso de los mismos Cardenales nuestros Hermanos, con la autoridad del mismo Dios, y de los Bienaventurados Apóstoles San Pedro y San Pablo, de la que gozamos en la tierra, y en la que nos fundamos y confiamos, indicamos para la ciudad de Trento el Sagrado, Ecuménico y General Concilio, para el próximo futuro día de la Santísima Resurrección del Señor; estableciendo y decretando, que removida cualquiera suspensión se celebre en aquella ciudad. Con este motivo exhortamos y amonestamos con la mayor vehemencia en el Señor, a nuestros Venerables Hermanos de todos los lugares, Patriarcas, Arzobispos, Obispos, y a nuestros amados hijos los Abades, y a todos los demás a quienes se permite por derecho común, o por privilegio, o por antigua costumbre tomar asiento en el Concilio General, y dar su voto, y además de esto, les mandamos en todo el rigor de precepto, en virtud de santa obediencia, en fuerza del juramento que hicieron, y só las penas que saben estar decretadas en los Sagrados Cánones contra los que despreciaren concurrir a los Concilios generales (Carthag. III. cap. 43.): que concurran dentro del término señalado al Concilio que se ha de celebrar en Trento, si acaso no estuvieren legítimamente impedidos; cuyo impedimento no obstante, han de hacer constar al Concilio por medio de legítimos Procuradores. Además de esto, amonestamos a todos y a cada uno, a quienes toca, o podrá tocar, que no dejen de presentarse al Concilio; y exhortamos y rogamos a nuestros carísimos hijos en Cristo, el electo Emperador de Romanos, y demás Reyes y Príncipes, quienes sería por cierto de desear que pudiesen hallarse en el Concilio; que si no pudieren asistir personalmente, envíen sin falta a sus Embajadores, que sean prudentes, graves y piadosos, para que asistan en su nombre; cuidando también con celo, por su piedad, que los Prelados de sus reinos y dominios den sin rehúsa, ni demora, en tiempo tan necesario, cumplimiento a la obligación que tienen a Dios y a la Iglesia. También estamos ciertos de que han de cuidar los mismos Príncipes de que por sus reinos y dominios sea libre, patente y seguro el camino a los Prelados, a sus familiares y comitiva, y a todos los demás que vayan al Concilio, y vuelvan de él; y de que serán recibidos y tratados benignamente y con urbanidad en todos los lugares; así como en lo que a Nos toca lo procuraremos también con todo esmero; pues tenemos determinado no dejar de hacer cosa alguna de cuantas podamos facilitar, como constituidos en esta dignidad, que conduzca a la perfecta ejecución de tan piadosa y saludable obra; sin buscar otra cosa, como Dios lo sabe, y sin tener otro objeto en la celebración de este Concilio, que la honra de Dios, la reducción y salvación de las ovejas dispersas, y la perpetua tranquilidad y quietud de la república cristiana. Y para que estas letras, y cuanto en ellas se contiene, lleguen a noticia de todos los que deben tenerla, y ninguno pueda alegar la excusa de ignorarlas, principalmente no siendo acaso libre el camino para que lleguen a todas las personas que deberían certificarse de ellas; queremos y mandamos que se lean públicamente y con voz clara por los cursores de nuestra curia, o algunos notarios públicos en la Basílica Vaticana del Príncipe de los Apóstoles, y en la iglesia de Letrán, cuando el pueblo suele congregarse en ellas para asistir a la Misa mayor; y que después de recitadas, se fijen en las puertas de las mismas iglesias, y además de estas en las de la Cancillería Apostólica, y en el lugar acostumbrado del campo de Flora, donde han de estar algún tiempo en el que puedan leerse y llegar a noticia de todos; y cuando se quiten de allí, queden fijas en los dichos lugares copias de las mismas letras. Nos por cierto, queremos que todos y cada uno de los comprendidos en estas nuestras letras, queden tan precisados y obligados por su recitación, publicación y fijación, a los dos meses del día en que se publiquen y fijen, como si se hubiesen publicado y leído en su presencia. Mandamos también y decretamos se dé toda fe sin género alguno de duda a las copias de esta Bula, que estén escritas o firmadas de mano de algún notario público, y autorizadas con el sello y firma de alguna persona constituida en dignidad eclesiástica. No sea pues permitido absolutamente, por ningún caso, a persona alguna quebrantar u oponerse audaz y temerariamente a esta, nuestra Bula de indicción, estatuto, decreto, precepto, aviso y exhortación. Y si alguno tuviere la presunción de caer en este atentado, sepa que incurrirá en la indignación de Dios omnipotente, y de sus Apóstoles los Bienaventurados San Pedro y San Pablo. 

Expedida en Roma, en San Pedro, en 29 de noviembre del año de la Encarnación del Señor 1560, el primero de nuestro Pontificado.

Antonio Florebelli, Lavelino —Barengo.

 

CARDENAL PIE, OBISPO DE POITIERS, LÚCIDO Y VALIENTE

En medio una Francia oscura y perversa, la luz del Obispo de Poitiers fue una antorcha encendida, que llevaba siempre en alto la Palabra de la vida.

Por el padre José María Iraburu


Louis Edouard Pie (1815-1880), hijo de un zapatero, nació en un pueblecito de la diócesis de Chartres, estudió en un colegio y en el Seminario Menor de esa ciudad, en 1835 ingresó en el Seminario de San Sulpicio, cerca de París, siendo ordenado sacerdote en 1839 y Obispo de Poitiers en 1849, donde ejerció su ministerio pastoral durante treinta años, hasta su muerte, siempre bajo el lema mariano Tuus sum ego, que hizo suyo ya al recibir el subdiaconado. A mediados del siglo XIX, cuando parte del episcopado francés era galicano y otra parte ultramontano, según se inclinase a una cierta autonomía de Roma o profesara una fidelidad total a la Sede romana, el Obispo de Poitiers se adhirió siempre en doctrina y disciplina a Roma, como todos los obispos de la zona eclesiástica de Burdeos, a la que pertenecía Poitiers. Muerto el Beato Pío IX (1878), con quien mantenía una relación personal y cordial muy estrecha, su sucesor, León XIII, en uno de sus primeros actos, creó Cardenal al Obispo de Poitiers (1879).

Mons. Pie, desde su ordenación episcopal, se mostró sumamente devoto de San Hilario de Poitiers (310-367) –el gran defensor, con San Atanasio, de la divinidad de Cristo frente a los arrianos–, procurando en todo seguir su ejemplo y citando sus escritos con gran frecuencia. Cuidó siempre especialmente de los sacerdotes y de los religiosos. A semejanza de San Carlos Borromeo en referencia a San Ambrosio de Milán, Pie fundó los Oblatos de San Hilario, para sacerdotes diocesanos con vida comunitaria. Celebró veinte Sínodos diocesanos, procurando siempre en ellos la buena formación doctrinal de su clero, su fervor espiritual y pastoral, y su fidelidad disciplinar.

Poitiers es un lugar de Francia de muy especial significación histórica. 

–En la batalla de Poitiers es donde los francos, dirigidos por Carlos Martel, lograron una victoria militar definitiva sobre los invasores islámicos (732), salvando la autonomía y el cristianismo de las naciones europeas. 

–Cerca de la ciudad de Poitiers está la abadía de Ligugé, cuna de la vida monástica en las Galias. Fue fundada en el año 361 por San Martín de Tours (316-397), discípulo de San Hilario, obispo de Poitiers, que le cedió el terreno de una antigua villa romana. Este monasterio fue rescatado de las ruinas por Mons. Pie y su íntimo amigo dom Guéranger (1805-1875), restaurado en Solesmes de la vida monástica en Francia, que había sido eliminada por la Revolución. 

–La Vendée, perteneciente a la diócesis de Poitiers, fue misionada por San Luis María Grignion de Montfort (1673-1716), y presentó la resistencia y la guerra más valiente contra las fuerzas anticristianas de la Revolución (1793-1796).

Las tinieblas mundanas del siglo XIX fueron especialmente oscuras en Francia, durante la vida de Mons. Pie. A partir del luteranismo, que rechazaba a la Iglesia y a la Escritura, en cuanto Palabra divina, reduciéndola por el libre examen a palabra de hombre, y que rompía en trozos contrapuestos la unidad de la Cristiandad, se llegó derechamente al Siglo de las luces, a la Ilustración, en gran parte difundida por los enciclopedistas franceses y la masonería, y al estallido de la Revolución Francesa (1789-1792), cuyo espíritu naturalista marcaba ya el Occidente de modo definitivo, y se fue imponiendo más y más a lo largo del XIX en la cultura, la educación, las instituciones y las estructuras políticas a través del liberalismo.

La vida de Mons. Pie transcurrió en una Francia, posterior a la Revolución Francesa, que avanzaba dando tumbos continuamente, con cambios bruscos de régimen, pero ya sellada para siempre por el espíritu del 89, tanto en la restauración de los Borbones (1814), como en la monarquía republicana de Luis Felipe (1830), en la II República (1848), en el II Imperio, con Napoleón III (1848) y en la III República (1870), con Gambetta, Thiers, etc., que dió inicio a una serie increíble de gobiernos inestables, unos 50 hasta 1914. Francia, a lo largo del siglo XIX, permanecía y crecía en el espíritu de la Revolución, afirmaba los derechos del hombre negando los derechos de Dios y de su Iglesia, retiró los crucifijos de los tribunales, hizo estatal y laicista la enseñanza, oprimió o suprimió las Ordenes Religiosas, controló el nombramiento de los Obispos, etc.

Fue, pues, en el siglo XIX cuando se consumó en Francia la configuración cultural y política de la nación en un espíritu naturalista, que se cerró a la gracia, a lo sobre-natural, que se volvió racionalista, que se cerró a la Revelación divina y a la fe, que afirmó la libertad del hombre como la fuente única de los valores: “seréis como Dios, conocedores del bien y del mal” (Gén 3,5), rechazando toda sujeción a la soberanía de Dios y del orden natural por Él creado y mantenido.

En medio de este mundo oscuro y perverso, la luz del Obispo de Poitiers fue una antorcha encendida, que llevaba siempre en alto la Palabra de la vida (cf. Flp 2,15-16). Mons. Pie mostró en el siglo XIX una admirable lucidez y valentía para “combatir los buenos combates de la fe” (1Tim 6,12). Su gran Instrucción sinodal de 1854 sobre los principales errores de nuestro tiempo fue el antecedente inmediato de los documentos del Papa Pío IX, la encíclica Quanta cura (1864) y el Syllabus o colección de los errores modernos (1864), textos muy notables que el gobierno de Francia (la campeona de “la libertad de prensa”) prohibió publicar.

En estos grandes textos, lo mismo el Obispo de Poitiers que el Papa intentaron mostrar con claridad a los cristianos tanto los errores entonces más vigentes como las verdades católicas que habían de vencerlos con la luz de Cristo. Mons. Pie combatió, concretamente, con gran fuerza aquellas modalidades de naturalismo y del liberalismo, que afectaban a buena parte de sus hermanos obispos franceses, designados para tal cargo por el Gobierno.

Apoyándose continuamente en la Escritura y en el testimonio de los grandes Padres y Doctores Católicos, Atanasio, Hilario, Agustín, Belarmino, el Obispo de Poitiers combatió incansablemente el naturalismo imperante en todas sus expresiones: el ateo, el agnóstico, el deísta, el racionalista y liberal, como también el catolicismo liberal que admite el reinado de Cristo en las conciencias, pero que lo considera perjudicial en las naciones.

Hay ya en el mundo muchos anticristos. Así lo afirmaba el Apóstol Juan: “ésta es la hora última, y está para llegar el Anticristo, y os digo ahora que muchos se han hecho anticristos, y por eso conocemos que ésta es la hora última” (1Jn 2,18). El Cardenal Pie, comentando este texto, denunciaba el anticristianismo filosófico, moral, social, político, el anticristianismo más radical que niega a Dios Padre, “sustituyendo la realidad de Dios por abstracciones y sueños que fluctúan entre el ateísmo y el panteísmo”; que niega a Jesucristo, el Hijo enviado por Dios, y al Espíritu Santo.

“Es también anticristo el que niega el milagro; anticristo es el que niega la revelación divina en las Escrituras; anticristo el que niega la institución divina de la Iglesia…; anticristo el que niega la superioridad de los tiempos y de los países cristianos sobre los países infieles, o que dice que el cetro de Cristo, suave y bienhechor para las almas, y aun quizá para las familias, es malo e inaceptable para las ciudades y los imperios” (Oeuvres II,194).

El Obispo de Poitiers, aludiendo a una afirmación muy significativa escrita por un político anticristiano, escribió: 

“Encarnando en la voluntad de la multitud el derecho supremo de dominar, hemos oído hace poco a la Revolución, en las columnas de uno de sus órganos más autorizados, que el entendimiento entre la Iglesia y la sociedad moderna seguirá siendo imposible mientras no hayamos quitado de nuestros programas la máxima de los Apóstoles, “que es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres”, dado que el artículo fundamental y en adelante indiscutible de nuestras Constituciones es que la ley brotada de las voluntades del pueblo no conoce nada por encima de ella, y que ella se impone, cualquiera que sea [aunque se trate, p. ej., del “matrimonio homosexual” o de la eutanasia, añado yo] a todas las conciencias” (II,682). 

Mons. Pie declaró en una ocasión: “Sé evidentemente que el Anticristo ha de venir un día, y ha de prevalecer. Pero Dios me guarde de haber figurado entre sus agentes y precursores” (I,681).

La lucha contra la Bestia liberal y contra sus efectos dañosos era librada por el Cardenal Pie de modo total y coherente. A diferencia de muchos de sus hermanos Obispos, él no luchaba solamente contra los efectos nocivos del laicismo anticristiano imperante –cuestiones concretas: el divorcio, la limitación o supresión de la enseñanza privada, etc.–; él luchaba ante todo y sobre todo contra la Bestia laicista del Estado liberal, es decir, contra la causa incesante de la destrucción de Francia, de su ser, de su misión, de su historia, contra la degradación de las leyes, de la cultura, de las instituciones, y consecuentemente, contra la causa principal de la descristianización del pueblo. Otros Obispos, como digo, aceptaban la Bestia secularista y secularizante a veces por una necesidad que consideraban inevitable, pero otras veces incluso por una convicción doctrinal errónea. En este sentido, merecen ser recordadas las últimas palabras de Mons. Pie pronunciadas como testamento en su cátedra episcopal:

“Vosotros todos, mis hermanos, si estáis forzados a ver el triunfo del mal, no lo aclaméis jamás. No digáis nunca al mal “eres el bien”; a la decadencia, “eres el progreso”; a la noche, “eres la luz”; a la muerte, “eres la vida”. Santificaos en el tiempo en que Dios os ha colocado. Gemid por los males y desórdenes que Dios tolera. Oponedle la energía de vuestras buenas obras y de vuestros esfuerzos. Mantened toda vuestra vida pura de errores, libre de impulsos malos. De tal manera que después de haber vivido aquí unidos al Espíritu del Señor, seáis admitidos a no ser sino uno con Él por los siglos de los siglos” (II,732). Amén.
 

LA IGLESIA CATÓLICA Y EL IGUALITARISMO

El profesor Plinio impartió estas clases en 1957 y hoy vemos cómo el igualitarismo en cada uno de los campos que señalaba ha aumentado y ha llegado a dominar casi por completo

Por el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira


La tendencia igualitaria es tan poderosa hoy como lo fue la Iglesia Católica en la Edad Media. Estamos, por así decirlo, en el “siglo XII” del igualitarismo (el siglo XII es considerado por muchos historiadores como el apogeo de la Edad Media). ¿Cómo se puede probar esto?

Civilización medieval

Lo que caracteriza a un alma fervorosa con respecto a la vida espiritual es que tiene la religión católica como su valor supremo. Entiende que todos los valores de la vida solo son buenos en la medida en que sirven a la religión católica. Además, toma cada cosa que existe y la transforma, adaptándola y conformándola a la religión católica.

Un misionero francés con los indios de Canadá

Un ejemplo es el misionero católico. Consideremos a un misionero que va a evangelizar a un pueblo pagano. ¿Cómo actúa entre estas personas?

● Dado que el valor supremo de la vida es la religión católica, todo debe ordenarse con este fin. Por lo tanto, entre estas personas que evangelizará, su objetivo es ordenarlo todo de esta manera.

● De las cosas que ya existen entre ellos, sólo son buenas aquellas que se pueden ordenar de esta manera.

● Son buenos en la medida en que se transforman de ese modo.

● Lo que no pueda ordenarse en este sentido debe rechazarse. Esta es la completa sumisión de todas las cosas a la religión católica, que exige un alma verdaderamente católica.

Cuando un pueblo o una civilización es fervientemente católico, adopta la misma actitud. Esto es precisamente lo que caracteriza a la civilización medieval: todo estaba ordenado a la religión; lo existente se transformaba cada vez más para adaptarse a ella; todo lo que no se adaptaba a la religión era rechazado por ser contrario no solo al bien de la sociedad, sino a su esencia, que es la realización de su fin. La Edad Media alcanzó su apogeo gracias a esto (1).

¿Cómo es la civilización hoy?

Ahora, volvamos a nuestros días.

Demostramos, con los numerosos ejemplos que hemos dado en artículos anteriores, que nuestro siglo considera el igualitarismo como el valor predominante en todas las cosas. Todo lo existente se transforma para conformarse a una concepción igualitaria, y aquello que no encaja en esta concepción se rechaza, se destruye o se ignora, cuando no hay otra forma de evitarlo.

Por ejemplo, no se puede negar que todos los rostros humanos son desiguales, pero este hecho se pasa por alto sin comentarios ni conclusiones. Es decir, el mismo servicio y ordenamiento de todos los valores a la religión que se hizo en el siglo XII, lo hacemos hoy con respecto al ordenamiento de todo según el igualitarismo. Por lo tanto, podríamos decir que el igualitarismo es el valor supremo de nuestro tiempo.

Las clases altas promueven el igualitarismo

Necesitamos conocer el valor de este “valor supremo actual” con respecto a la doctrina católica. ¿Qué opina la Iglesia Católica sobre este valor supremo del igualitarismo?

Se podría argumentar que no es cierto que nuestra era tienda al igualitarismo en todo. Después de todo, es una época de profunda transformación económica. Algunos ascienden, otros caen. Por lo tanto, es natural que la envidia impulse a los de abajo a buscar un equilibrio con los de arriba. Así, la revolución igualitaria es una revolución de la envidia.

Creo que la envidia influye en esto, pero sería infantil reducirlo todo a la envidia. La envidia no es la esencia de esta transformación.

Los nobles abolieron sus propios privilegios en la Revolución Francesa

Cabe destacar que, en esta Revolución Igualitaria, quienes más tendrían que perder con este proceso de nivelación colaboran activamente con ella. Por ejemplo, fui profesor en la Facultad de Derecho de la Universidad y poco después en la Universidad Estatal. En la Universidad había personas de la burguesía media y alta. En la Universidad Estatal, había personas de la burguesía media y baja, y a veces de una pequeña burguesía muy reciente.

En general, encontré una acogida incomparablemente mejor para las ideas contrarrevolucionarias en la Universidad Estatal que en la Universidad. Hay una tendencia mucho mayor hacia el igualitarismo en la clase alta que en las clases media y baja.

¿Cómo se explica esto? ¿No deberían ser las clases medias y bajas las personas más interesadas en el igualitarismo? Deberían, pero no lo son.

Toda la sociedad alta y tradicional de São Paulo, en mi época, es igualitaria en sus ideas. Puede que no sea un hábito mental, pero es profundamente igualitaria en sus ideas. Hoy en día, me resulta mucho más fácil hablar sobre la desigualdad con la gente de las clases más humildes.

En el clero, ¿es la envidia a la autoridad lo que lleva al clero a intentar igualarse con los laicos? Es un disparate. Los príncipes y nobles, ¡con qué entusiasmo se nivelan! Es lo contrario de lo que uno podría sospechar. Y una demostración histórica de esto no sería difícil.

De hecho, el movimiento igualitario no solo es apoyado, sino liderado, por quienes tienen influencia y tienen todo que perder. Si no fuera por esto, el movimiento no avanzaría. ¿Y qué motiva esto? Es el gusto por la igualdad por la igualdad misma; es el odio a la desigualdad simplemente porque es desigualdad. Esto es realmente lo que es.

En el próximo artículo abordaremos la parte filosófica de este comentario.

Continúa...

Nota:

1) Como bien señala León XII en su encíclica Immortale Dei del 1 de noviembre de 1885:

“Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados. En aquella época la eficacia propia de la sabiduría cristiana y su virtud divina habían penetrado en las leyes, en las instituciones, en la moral de los pueblos, infiltrándose en todas las clases y relaciones de la sociedad. La Religión fundada por Jesucristo se veía colocada firmemente en el grado de honor que le corresponde y florecía en todas partes gracias a la adhesión benévola de los gobernantes y a la tutela legítima de los magistrados. El sacerdocio y el imperio vivían unidos en mutua concordia y amistoso consorcio de voluntades. Organizado de este modo, el Estado produjo bienes superiores a toda esperanza. Todavía subsiste la memoria de estos beneficios y quedará vigente en innumerables monumentos históricos que ninguna corruptora habilidad de los adversarios podrá desvirtuar u oscurecer” (N° 9).


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29 DE ENERO: SAN FRANCISCO DE SALES, OB., CONF. y DR.


San Francisco de Sales, Obispo, Confesor y Doctor

(✝ 1622)

San Francisco de Sales nació en el castillo de Sales en el ducado de Saboya. Siendo niño, repartía a los pobres lo que le daba para su entretenimiento la condesa, su madre; y llegado a la edad competente, aprendió las letras humanas y divinas en el colegio que tenían en París los Padres Jesuitas, y tuvo por maestro de teología al sapientísimo padre Maldonado, y por maestro de las lenguas hebrea y al famoso Genebrardo. Comulgaba cada ocho días, ceñíase el cilicio tres días a la semana, y siendo prefecto de la Congregación de María Santísima, hizo votos de perpetua virginidad. 

De París pasó a la universidad de Padua para estudiar jurisprudencia, y escogió por confesor al insigne padre Posevino de la Compañía de Jesús.

Allí fue donde algunos malignos compañeros de escuela le llevaron a la casa de una dama ruin, de cuya tentación hubo de librarse el castísimo mancebo tirándole a la cara un tizón que halló a mano. 

Habiéndose ordenado sacerdote, le confiaron el ministerio de la palabra, y en su primer sermón convirtió trescientos pecadores.

Andaba de aldea en aldea y de choza en choza, padeciendo fríos, lluvias, hielos, insultos y persecuciones de muerte por ganar almas para Cristo. Siempre iba entre los lobos aquel cordero mansísimo, pero con su caridad mudaba los lobos en corderos.

Cuando entró en Tonón no había más que siete católicos en toda la ciudad; y poco después pasaban ya los seis mil; y no paró hasta reducir a la verdadera fe los protestantes de Ger, de Gaillac y del Chablais. El mismísimo hereje Teodoro Beza se convenció y lloró; aunque por haber diferido su conversión, murió apóstata en Ginebra. 

El rey de Francia Enrique IV ofreció al santo el obispado de París, y el capelo cardenalicio, más rehusó él estas dignidades, y sí admitió la mitra de Ginebra, fue porque el sumo Pontífice se lo mandó con riguroso precepto. 

Visitó a pie todas las parroquias poniéndose mil veces en peligro de muerte, predicó muchas Cuaresmas, fue como el oráculo de su tiempo y escribió muchos libros de piedad y entre ellos la Introducción a la vida devota, del cual se dice, que son más las almas que ha convertido que las letras que tiene; y el Tratado del amor de Dios, suficiente para encender en el amor divino los corazones más fríos y helados.

Fundó además la Orden de la Visitación, inspirando a sus Religiosas un espíritu de suavidad y caridad de Cristo, que jamás ha padecido menoscabo.

Finalmente, después de increíbles trabajos y méritos, a la edad de 56 años, murió el santo en el humilde aposento del hortelano de la Visitación.


Su corazón precioso y conforme al de Cristo se conserva en una urna de oro que mandó labrar el rey Luis XIII por haber recobrado la salud en el mismo instante que se le mostró aquella sagrada reliquia.


miércoles, 28 de enero de 2026

CATEQUESIS DE LEÓN XIV (28 DE ENERO DE 2026)


Catequesis. Documentos del Concilio Vaticano II. I. Constitución Dogmática Dei Verbum. 3. Un único depósito sagrado. La relación entre Escritura y Tradición.


Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días y bienvenidos!

Continuando con la lectura de la Constitución Conciliar Dei Verbum sobre la Revelación Divina, hoy reflexionaremos sobre la relación entre la Sagrada Escritura y la Tradición. Podemos tomar como referencia dos escenas del Evangelio. En la primera, que tiene lugar en el Cenáculo, Jesús, en su gran discurso-testamento dirigido a los discípulos, afirma: “Esto es lo que os he dicho mientras aún estoy con vosotros. Pero el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, os enseñará todas las cosas y os recordará todo lo que os he dicho. … Cuando venga el Espíritu de la verdad, él os guiará a toda la verdad” (Jn 14,25-26; 16,13).

La segunda escena nos lleva a las colinas de Galilea. Jesús resucitado se aparece a los discípulos, quienes, sorprendidos y escépticos, les aconseja: “Por lo tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones… enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado” (Mt 28:19-20). En ambas escenas, se evidencia la estrecha relación entre las palabras de Cristo y su difusión a lo largo de los siglos.

Es lo que afirma el Concilio Vaticano II , utilizando una imagen evocadora: “Existe una estrecha conexión y comunicación entre la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura. Pues ambas, que brotan de la misma fuente divina, se funden en una unidad y tienden al mismo fin” (Dei Verbum, 9). La Tradición Eclesial se ramifica a lo largo de la historia a través de la Iglesia, que conserva, interpreta y encarna la Palabra de Dios. El Catecismo de la Iglesia Católica (cf. n.º 113) remite, a este respecto, a un lema de los Padres de la Iglesia: “La Sagrada Escritura está escrita principalmente en el corazón de la Iglesia, más que en documentos y registros”, es decir, en el texto sagrado.

A la luz de las palabras de Cristo, citadas anteriormente, el Concilio afirma que “esta tradición que proviene de los Apóstoles se desarrolla en la Iglesia con la ayuda del Espíritu Santo” (Dei Verbum, 8). Esto ocurre con plena comprensión a través de “la contemplación y el estudio de los creyentes”, mediante “una comprensión profunda de las realidades espirituales que experimentan” y, sobre todo, con la predicación de los sucesores de los apóstoles que han recibido “el don seguro de la verdad”. En resumen, “la Iglesia, en su enseñanza, vida y culto, perpetúa y transmite a todas las generaciones todo lo que ella misma es, todo lo que cree” (ibid.).

En este sentido, es célebre la expresión de San Gregorio Magno: “Las Sagradas Escrituras crecen con quien las lee” [1]. Y San Agustín ya había señalado que “hay una sola palabra de Dios que se despliega a través de la Escritura, y una sola Palabra que resuena en los labios de muchos santos” [2]. La Palabra de Dios, pues, no está fosilizada, sino que es una realidad viva y orgánica que se desarrolla y crece en la Tradición. Gracias al Espíritu Santo, la Tradición la comprende en la riqueza de su verdad y la encarna en las cambiantes coordenadas de la historia.

En este sentido, resulta llamativa la propuesta del santo Doctor de la Iglesia John Henry Newman en su obra titulada El desarrollo de la doctrina cristiana. Afirmó que el cristianismo, tanto como experiencia comunitaria como doctrina, es una realidad dinámica, tal como lo indicó el mismo Jesús en las parábolas de la semilla (cf. Mc 4,26-29): una realidad viva que se desarrolla gracias a una fuerza vital interna [3].

El apóstol Pablo exhorta repetidamente a su discípulo y colaborador Timoteo: “Oh Timoteo, guarda lo que se te ha confiado” (1 Tim 6,20; cf. 2 Tim 1,12-14). La Constitución Dogmática Dei Verbum se hace eco de este texto paulino al afirmar: “La Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura forman un único depósito sagrado de la palabra de Dios, confiado a la Iglesia”, interpretado por la “enseñanza viva de la Iglesia, cuya autoridad se ejerce en el nombre de Jesucristo” (nº 10). El término “depósito”, en su sentido original, es de naturaleza jurídica e impone al depositario el deber de conservar el contenido, que en este caso es la fe, y de transmitirlo íntegro.

El “depósito” de la Palabra de Dios sigue estando hoy en manos de la Iglesia, y todos nosotros, en nuestros diversos ministerios eclesiales, debemos continuar preservándola en su integridad, como una guía para nuestro camino a través de la complejidad de la historia y la existencia.

En conclusión, queridos amigos, escuchemos una vez más Dei Verbum, que exalta el entrelazamiento de la Sagrada Escritura y la Tradición: afirma que “están tan vinculadas y unidas que no pueden existir de forma independiente, y juntas, cada una a su manera, bajo la acción del único Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las almas” (cf. n.º 10).

Notas:

[1] Homiliae en Ezequielem I, VII, 8: PL 76, 843D.

[2] Enarrationes en Salmos 103, IV, 1

[3] Cf. JH Newman, Ensayo sobre el desarrollo de la doctrina cristiana, Milán 2003, pág. 104.
 

LOS BÁRBAROS NO SON EL PROBLEMA

Lo que hoy está quedando es un cristianismo que ya no salva a las personas, sino que solo las “acompaña”. Hacia el abismo.

Por Monseñor Rob Mutsaerts


Hillaire Bellock escribió una vez las famosas palabras de que no tenía miedo a “los bárbaros que golpean las puertas”, sino al peligro que viene de dentro. Es una afirmación que se malinterpreta fácilmente. Belloc no quería decir que las amenazas externas fueran inofensivas, sino que las civilizaciones rara vez mueren a causa de enemigos externos. Mueren cuando dejan de creer en lo que una vez nos llevó a creer.

Quisiera dirigirme ahora a los teólogos y creyentes liberales. No para acusarlos, sino para invitarlos a reconsiderar. Porque si Belloc tuviera razón, y nos hablara hoy, podría decir: El cristianismo en Europa está amenazado no solo por la secularización, sino por una teología que ya no confía en su propia esencia.

Por ejemplo, consideremos la situación en Alemania. Los “bárbaros” no son el problema. El problema viene de dentro. Los obispos alemanes han publicado el documento “Segen gibt der Liebe Kraft” (La bendición da fuerza al amor), que ofrece “directrices pastorales” para sacerdotes y agentes pastorales sobre la bendición de “parejas” que viven en relaciones de convivencia que la Iglesia califica como “desordenadas”. Las bendiciones se presentan como una forma de poner el amor y la esperanza de las personas bajo la bendición de Dios. Los “procesos sinodales” alemanes ya han aprobado anteriormente documentos que abogan por una reconsideración de la doctrina sobre la homosexualidad, el espacio para la diversidad de género y la inclusión de las personas trans e intersexuales, y debates sobre el celibato. Y todo ello bajo el pretexto del “cuidado pastoral”.
 
Pero la cuestión es esta: en la teología católica, la acción pastoral nunca puede separarse de la verdad. La Iglesia distingue entre el orden moral objetivo (lo que es bueno o pecaminoso) y la culpa subjetiva (cuán responsable es cada persona personalmente). La Iglesia puede ser indulgente con la culpa, ofrecer orientación en la formación de la conciencia y guiar a las personas paso a paso, pero no puede declarar moralmente bueno algo que siempre ha considerado intrínsecamente desordenado. 

Cuando una conferencia episcopal bendice relaciones objetivamente pecaminosas según la doctrina sin un llamado claro a la conversión o al cambio de vida, la norma moral se revisa en la práctica, aunque no lo diga formalmente. Por eso, Roma, bajo el papa Francisco, declaró explícitamente ya en 2021 :“Dios no puede bendecir el pecado”.

La Iglesia universal siempre ha establecido una distinción crucial entre el acto y el autor, entre la persona (siempre amada por Dios) y sus acciones o estado de vida. Consideremos las famosas palabras de Agustín: odiar el pecado, amar al pecador. Si justificas el pecado, conduces al pecador aún más al abismo. Esto es de lo más antipastoral. Si las situaciones pecaminosas se bendicen estructuralmente sin un lenguaje claro sobre la conversión, la Cruz, el ascetismo o el crecimiento moral, entonces: el pecado se trivializa como “debilidad”. Puede que suene pastoralmente agradable, pero donde ya no hay pecado, ya no hay razón para la conversión, y el sacrificio de Jesús en la Cruz se declara superfluo. Y toda bendición carece de sentido. Y no, esto no es “pastoral”. El amor sin verdad no es amor.

Los mayores desafíos de nuestro tiempo —el progreso científico, el pluralismo, la diversidad religiosa, la crítica histórica— no son bárbaros. No son enemigos de la fe. Al contrario: a menudo surgieron de una civilización cristiana que se tomó la verdad tan en serio que se atrevió a explorarla. Pero ¿qué sucede cuando obispos, sacerdotes y teólogos están tan ocupados “defendiendo el cristianismo” de tal manera que el mundo secular ya no se ofende con sus opiniones contrarias? ¿Acaso no han dejado, de hecho, de defender el cristianismo? 

Cuando la resurrección de Jesús se reduce a “la historia continúa” en lugar de la resurrección real de Jesús de la tumba; cuando Jesús ya no es Salvador, sino principalmente un ejemplo moral; cuando el pecado es reemplazado por “debilidad” sin culpa y gracia mediante la afirmación sin conversión? Lo que queda es un cuasi-cristianismo vago, educado y respetable, en el que nada está en juego y que no se diferencia en nada de las visiones seculares.

El liberalismo a menudo parte de una noble motivación: ¿cómo podemos hacer que la fe cristiana sea comprensible para la gente moderna? Pero si eso conduce a una mera confirmación -cuando el cristianismo se adapta demasiado al espíritu de la época-, pierde precisamente lo que lo hace relevante. Y, por lo tanto, se vuelve completamente superfluo. Además, surgen nuevos dogmas en su lugar: el dogma de la autonomía, el dogma de la autenticidad sin verdad y el dogma de la inclusión sin distinción. No son sistemas de creencias menos estrictos, lo que da como resultado en una visión trágica del ser humano.

La teología liberal enfatiza acertadamente la dignidad humana, pero a menudo tiene dificultades con el pecado radical, no como fracaso moral, sino como desequilibrio existencial. La gran tragedia es que cuando el pecado desaparece, el perdón también pierde su significado. Y sin perdón, la gracia se convierte en una palabra vacía. Y la bendición también. Lo que queda es un cristianismo que ya no salva a las personas, sino que solo las “acompaña”. Hacia el abismo.

La pregunta clave, en última instancia, no es qué significa Cristo para mí, sino: ¿Quién es Cristo, independientemente de mi interpretación? Cristo no es un símbolo de valores universales, sino una presencia histórica, concreta y disruptiva del propio Dios. Una teología que hace a Cristo “seguro” para el hombre moderno, lo hace irreconocible para el Evangelio.

La cuestión no es si pensamos críticamente, sino dónde termina nuestra crítica. Quizás el verdadero desafío para la teología liberal hoy sea este: 

1. ¿Nos atrevemos a creer de nuevo que el cristianismo es verdadero, y no solo “valioso”? 

2. ¿Nos atrevemos a aceptar que el Evangelio nos juzga antes de liberarnos? 

3. ¿Nos atrevemos a volver a hablar de conversión, sacrificio y redención, sin disculparnos ? 

No porque los bárbaros estén a las puertas, sino porque la Iglesia corre el peligro de quedarse vacía.

Bellock no temía a los bárbaros que se abrían paso, sino a la civilización que ha olvidado su propia alma. No temía a la razón, sino a la razón sin fe. No temía a la modernidad, sino a la humanidad que ha olvidado su necesidad de perdón. ¿Lo único que debemos temer es una teología que ya no se atreve a creer lo que una vez proclamó?