jueves, 1 de octubre de 2026

1 DE OCTUBRE: SAN MELAR DE KORNUBIA


1 de octubre: San Melar, joven mártir de Kornubia, Inglaterra

(✞411)

Dado que, en los inicios de la religión, la doctrina apostólica se difundió por toda la tierra entre todos los pueblos, también la nación de Britania fue convertida a la fe; y muchos de quienes creyeron en el Señor y siguieron los preceptos apostólicos resplandecieron por diversos milagros y virtudes, entre los cuales —según nuestra firme convicción— se cuenta el bienaventurado Melar.

Pertenecía a un noble linaje británico y su padre, Melian, ostentaba el ducado de Kornubia; pero durante el mandato de éste, la tierra padeció una sequía de siete años. Sin embargo, al celebrarse en el séptimo año una asamblea de los nobles del país para buscar remedio a la calamidad general, el tío del niño Melar, Rinold, impulsado por un espíritu maligno, mató a su hermano Melian y se apoderó del gobierno.

El asesinado Melian tenía un hijo pequeño de siete años (Melar) a quien su tío, tras asesinar al padre, intentó matar por temor a que, si el niño sobrevivía y llegaba a la edad adulta, le arrebatara el ducado. Rinold, indeciso sobre qué hacer con el niño, lo llevó consigo a Kornubia; allí se reunió en una asamblea con obispos y otras muchas personas y, gracias a las súplicas y ruegos de los presentes, el niño no fue ejecutado, sino que tan solo se le amputaron la mano derecha y el pie izquierdo (según las leyes de la época, se prohibía gobernar a cualquiera que tuviera un defecto físico visible, y el niño, sin su mano derecha y sin su pie izquierdo, nunca podría empuñar una espada ni montar a caballo). 

Posteriormente, el niño fue recluido en un monasterio y según cuenta la tradición, los monjes le forjaron una mano de plata y un pie de bronce, y milagrosamente, estas prótesis empezaron a moverse y a crecer como si fuesen miembros de carne y hueso reales. Este milagro reavivó el temor del tío ante un posible reclamo del trono.

Melar, piadoso e inocente, fue creciendo en virtudes día tras día en aquel monasterio dedicándose a la lectura de las Sagradas Escrituras hasta cumplir los catorce años.

Su tío prometió al tutor Cerialtan numerosos regalos y posesiones si mataba a su pupilo, Melar, y ambos acordaron el vil trato: Cerialtan decapitaría al inocente, llevaría la cabeza a Rinold y recibiría la recompensa prometida. Una vez decapitado el muchacho, el hijo de Cerialtan debía sacar la cabeza sin ser visto; pero, al intentar saltar el muro, cayó por designio del Dios justo, se rompió el cuello y murió.

Entonces Cerialtan tomó la cabeza del niño y huyó con ella hacia donde se encontraba Rinold. Este lo recibió con gran alegría y le dijo: “Sube a la cima de la montaña; te cederé con gusto, para que sea tuya, toda la extensión de terreno que alcances a divisar desde allí”. Pero, al ascender a la montaña y disponerse a mirar a su alrededor, perdió la vista de ambos ojos y murió al instante; su carne, además, se licuó como la cera cerca del fuego.

Tras ser sepultado el cuerpo de san Melar en el lugar de su martirio, al día siguiente apareció sobre la tierra; y como el cuerpo fue enterrado en tres lugares distintos y en cada ocasión sucedió lo mismo, se deliberó sobre qué hacer. Colocaron el cuerpo santo en un carro al que uncieron dos toros salvajes. Y he aquí que los animales se mostraron repentinamente dóciles, arrastraron el cadáver hasta cierto lugar y allí se detuvieron. Mas, como aquel sitio no parecía adecuado a la multitud para el descanso del santo, empujaron las ruedas con las manos para ponerlo en movimiento; pero el carro permanecía tan firme e inmóvil por una fuerza superior, que no hubo arte ni esfuerzo humano capaz de moverlo de su sitio. Al ver que sus repetidos intentos resultaban inútiles, las personas que allí estaban dieron gracias a Dios y sepultaron el cuerpo con gran reverencia en aquel mismo lugar. Por su parte, quienes le imploraban su auxilio veían colmados sus deseos y recibían la ayuda que anhelaban.

Tres días después, cuando le llevaron a Rinold la cabeza del mártir y él la tocó, el tirano murió de forma desdichada. La cabeza luego fue sepultada junto al resto del cuerpo, pero, al cabo de muchos años, fue trasladada a la iglesia de Ambrisburia y venerada como reliquia. 

En una ocasión, unos ladrones irrumpieron de noche en la iglesia de Ambrisburia y se llevaron el relicario de san Melar; arrancaron los engastes de oro y plata y arrojaron el recipiente con las reliquias a una cueva. Sin embargo, un sacerdote que se había levantado antes del amanecer vio una columna de luz resplandeciente que descendía del Cielo hacia la cueva; se acercó al lugar, encontró el relicario y lo llevó de vuelta a la iglesia. Melar murió el 1 de octubre de 411.

Reflexión:

Melar no fue martirizado por pronunciar discursos teológicos o por ser un líder, sino por su existencia pura e inocente. El pueblo lo amaba por su bondad y sencillez. Su figura exalta la bienaventuranza de los limpios de corazón y nos recuerda que, a los ojos de Dios, la pureza tienen un valor incalculable que sobrevive a la violencia de los opresores.

Oración:

Oh Dios, que fortaleciste al joven santo y mártir Melar para soportar con paciencia las heridas de la traición y la crueldad de los hombres; concédenos, por su intercesión, la gracia de mantener un corazón puro frente a las ambiciones del mundo. Que sus prótesis milagrosas sean para nosotros un signo de que tu divina gracia repara siempre lo que el mal destruye. Te pedimos que, así como guiaste su cuerpo inocente al lugar de su descanso, guíes también nuestros pasos por el camino de la paz eterna. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén. 
 

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