III - EL ANTICONCILIO DE NÁPOLES
Cuando, el 8 de diciembre de 1869, bajo la presidencia de Pío IX, la Iglesia —representada por los obispos de todo el orbe, llegados de todos los rincones del universo a la llamada del Príncipe de los Pastores— inauguraba en el Vaticano esta gran asamblea (la mayor que el mundo cristiano haya presenciado jamás desde su doloroso alumbramiento en el Calvario) con el fin de juzgar los monstruosos errores de los tiempos modernos y mostrarse ante las almas débiles o extraviadas tan inquebrantable como en los primeros días —cuando la mano de Cristo la asentó—, erigiéndose más que nunca por encima del oleaje inconstante de las opiniones humanas —esa piedra sobre la que descansan tanto la infalibilidad de la fe cristiana como la integridad de la moral evangélica—; en ese mismo día y a esa misma hora, en Nápoles, bajo el nombre de “Anticoncilio”, la secta inauguraba también solemnemente su propia gran asamblea, presidida por Ricciardi. Su propósito era renovar, tras más de dieciocho siglos, las condenas dictadas por el pretorio y el sanedrín contra el Hijo de Dios: escarnecerlo, abofetearlo, coronarlo de espinas, exponerlo —vestido con ropajes de burla— a las blasfemias de los pecadores, y repetir el grito de aquellos judíos resueltos: “No queremos que él reine sobre nosotros”. A esta orgía verdaderamente diabólica fueron convocados —y en ella tomaron parte— setecientos delegados de las grandes logias de Estados Unidos, México, Brasil, Asia, África y de todos los reinos y principados de Europa. Un incidente, provocado por la desfachatez de uno de los delegados, obligó a la policía a disolver la asamblea tras unos días de sesiones; asimismo, un tumulto popular —desencadenado por las horribles blasfemias que estos impíos profirieron contra Jesucristo y su Madre Inmaculada— forzó a los miembros a dispersarse. No obstante, como los planes de acción ya habían sido fijados de antemano, el presidente tuvo tiempo de comunicárselos a los delegados —tal como hoy los vemos desarrollarse ante nuestros ojos— y de hacer proclamar las declaraciones de principios de la secta, adoptadas por el anticoncilio.
La primera declaración de los principios masónicos, firmada por todas las comisiones del anticoncilio, está redactada de la siguiente manera, según el texto oficial de la Masonería en Florencia:
Los abajo firmantes, delegados de diversas naciones del mundo civilizado, reunidos en Nápoles para participar en el anticoncilio, afirman los siguientes principios: proclaman la libertad de la razón frente a la autoridad religiosa, la independencia del hombre frente al despotismo de la Iglesia y del Estado, la escuela libre frente a la enseñanza del clero, sin reconocer otra base para las creencias humanas que la ciencia; proclaman al hombre libre y la necesidad de abolir toda la Iglesia oficial. La mujer debe ser liberada de los vínculos que la Iglesia y la legislación oponen a su pleno desarrollo. La moral debe ser completamente independiente de toda intervención religiosa.
Otra declaración, presentada por un delegado de la Gran Logia de la capital de uno de los mayores imperios de Europa, adoptada por aclamación y refrendada por el presidente, es aún más explícita. Dice lo siguiente:
Los librepensadores reconocen y proclaman la libertad de conciencia y la libertad de examen. Consideran la ciencia como la única base de toda creencia y, en consecuencia, rechazan cualquier dogma fundado en una revelación cualquiera. Reclaman la instrucción en todos sus niveles: gratuita, obligatoria, exclusivamente laica y materialista. En lo que respecta a la cuestión filosófica y religiosa —considerando que la idea de Dios es la fuente y el sustento de todo despotismo y de toda iniquidad; considerando que la religión católica es la personificación más completa y terrible de esta idea, y que el conjunto de sus dogmas constituye la negación misma de la sociedad—, los librepensadores asumen la obligación de trabajar por la pronta y radical abolición del catolicismo, por su aniquilación, mediante todos los medios, incluida la fuerza revolucionaria (1).
IV. – CONCILIO DEL JUDAÍSMO
Tuvo como presidente al profesor Lazarus, de Berlín, y como vicepresidentes al rabino Geiger, de Fráncfort, y al caballero Joseph de Wertheimer, de Viena. Las dos grandes facciones —los judíos reformistas y los judíos ortodoxos— mantuvieron el equilibrio en este concilio, en el que participaron representantes de Alemania, Rusia, Turquía, Austria, Inglaterra, Francia, los Países Bajos, etcétera.
En él, ambas facciones del judaísmo aprobaron por aclamación la siguiente propuesta:
El sínodo reconoce que el desarrollo y la realización de los principios modernos constituyen las garantías más seguras para el presente y el futuro del judaísmo y de sus miembros. Son las condiciones de mayor vitalidad para la expansión y el máximo desarrollo del judaísmo.
Los principios modernos, propagados por los francmasones y por la multitud de aquellos que se dejan influir por sus sugerencias, provienen de los judíos. Estos judaízan el mundo y preparan el reinado del judaísmo, es decir, la época mesiánica que nos promete la Alianza Universal.
Mucho antes de este concilio del judaísmo, el Sr. Cahen, uno de los portavoces más autorizados de los judíos modernos, había dicho: “El Mesías llegó para nosotros el 28 de febrero de 1790, con los Derechos del Hombre” (Archives israélites, VIII, p. 801, año 1847).
Continúa...
Notas:
1) El hermano Andrieux, quien más tarde fue prefecto de policía y, posteriormente, embajador ante el Vaticano, había sido delegado ante el anticoncilio por las logias de Lyon. Cuando se le encomendó esta delegación, L'Excommunié, en su número del 27 de noviembre de 1869, lo anunció en los siguientes términos:
El candidato de L'Excommunié, Louis Andrieux, fue aclamado unánimemente como delegado al concilio de Nápoles. El programa librepensador que el ciudadano Andrieux ha desarrollado nos garantiza estar representados con toda la amplitud y la energía de nuestras convicciones.
2) En Leipzig existe una logia compuesta enteramente por judíos. Con motivo de la feria, que atrae a esta ciudad a una parte de los grandes comerciantes —tanto judíos como cristianos— de toda Europa, la logia judía secreta permanece activa, sin que jamás se admita en ella a ningún cristiano (Le Juif, le judaïsme et la judaïsation des peuples chrétiens, por Gougenot des Mousseaux, p. 343).
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