“No va a cambiar Traditionis custodes. No va a volver Summorum Pontificum”.
Para el “cardenal” Arthur Roche, el futuro de la Misa Tradicional bajo León XIV no ofrece ninguna duda. El “prefecto” del Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos descarta cualquier retorno a las disposiciones adoptadas por Benedicto XVI en 2007 y defiende las restricciones impuestas por Francisco en julio de 2021.
Entrevistado por el periodista Thomas Edwards sobre el creciente interés de los jóvenes católicos por la liturgia tradicional, Roche no parece ver en ello un motivo para reconsiderar la política romana. Por el contrario, invoca varias intervenciones recientes de León XIV, en particular sus palabras dirigidas a sacerdotes y religiosos en Notre-Dame de París, así como sus catequesis dedicadas a la constitución conciliar Sacrosanctum Concilium.
Según Roche, León XIV invita a los católicos a superar sus preferencias personales para preservar la unidad de la Iglesia, reunida “como una familia, como un grupo, y no simplemente como individuos”. Pero ¿puede reducirse el apego a la Misa Tradicional a una simple cuestión de gustos?
La entrevista abordó una de las principales justificaciones que dio Francisco para promulgar Traditionis custodes: los resultados de una “consulta a los obispos de todo el mundo” sobre la aplicación del motu proprio de Benedicto XVI.
En 2025, la periodista Diane Montagna publicó documentos que mostraban que la mayoría de los obispos que respondieron a esa consulta no recomendaba modificar Summorum Pontificum. El periodista planteó esta contradicción a Roche, quien mantiene que los obispos deseaban cambios. “No me cabe duda, y no dejo de oírlo de boca de los obispos”, respondió, sin detenerse en los documentos que se han hecho públicos.
Roche considera que los grupos tradicionalistas ocupan un lugar desproporcionado en los debates, porque hacen mucho más ruido que el resto de la Iglesia y, por ello, atraen más la atención de los medios de comunicación.
Entrevistado por el periodista Thomas Edwards sobre el creciente interés de los jóvenes católicos por la liturgia tradicional, Roche no parece ver en ello un motivo para reconsiderar la política romana. Por el contrario, invoca varias intervenciones recientes de León XIV, en particular sus palabras dirigidas a sacerdotes y religiosos en Notre-Dame de París, así como sus catequesis dedicadas a la constitución conciliar Sacrosanctum Concilium.
Según Roche, León XIV invita a los católicos a superar sus preferencias personales para preservar la unidad de la Iglesia, reunida “como una familia, como un grupo, y no simplemente como individuos”. Pero ¿puede reducirse el apego a la Misa Tradicional a una simple cuestión de gustos?
¿Los obispos pidieron las restricciones?
En 2025, la periodista Diane Montagna publicó documentos que mostraban que la mayoría de los obispos que respondieron a esa consulta no recomendaba modificar Summorum Pontificum. El periodista planteó esta contradicción a Roche, quien mantiene que los obispos deseaban cambios. “No me cabe duda, y no dejo de oírlo de boca de los obispos”, respondió, sin detenerse en los documentos que se han hecho públicos.
Roche considera que los grupos tradicionalistas ocupan un lugar desproporcionado en los debates, porque hacen mucho más ruido que el resto de la Iglesia y, por ello, atraen más la atención de los medios de comunicación.
Summorum Pontificum, un anzuelo para la FSSPX
Sin embargo, esta interpretación no da cuenta plenamente de las intenciones de Benedicto XVI. En su Carta a los obispos del 7 de julio de 2007, el papa pretendía favorecer una reconciliación dentro de la Iglesia y recordaba que lo que había sido sagrado para las generaciones anteriores seguía siendo sagrado y grande para las generaciones presentes. Pero esta apertura tenía graves limitaciones: seguía supeditada a la aceptación íntegra del concilio Vaticano II y de la legitimidad de la reforma litúrgica, condiciones doctrinales inaceptables para la Fraternidad Sacerdotal San Pío X.
Roche no se preocupó demasiado por estos matices. Para él, no es posible oponerse a la adhesión al concilio. Y advirtio: “Si uno rechaza, si uno se resiste, se aleja del centro del catolicismo”.
“¿Cuál es el problema? ¿Qué más quieren?”
A continuación, relató sus conversaciones con grupos de católicos tradicionales. Algunos le reprochaban a Francisco su falta de benevolencia hacia ellos. Roche replicó que siempre tienen la posibilidad de celebrar según el rito antiguo, antes de preguntarles: “¿Cuál es su problema? ¿Qué más quieren?” Según dijo, sus interlocutores generalmente no saben qué responder.
No obstante, Roche consideró que algunos sectores tradicionalistas aspiran, como cree advertir en sus publicaciones en Internet, a una Iglesia que no esté obligada a adherirse al concilio Vaticano II. Por ello, invitó a todos los católicos, cualesquiera que sean sus sensibilidades, a examinar su conciencia a la luz de la enseñanza de la Iglesia y no en función de sus preferencias personales. Un llamamiento singular, cuando precisamente lo que está en cuestión es la ruptura de Vaticano II con la enseñanza tradicional de la Iglesia. Quizá el examen de conciencia debería comenzar en Roma.
Roche invocó dos encíclicas de Pío XII, Mystici Corporis y Mediator Dei, que presenta como fundamentos de la constitución conciliar Sacrosanctum Concilium. Pero, aunque esta última no rompía abiertamente con la doctrina católica, la reforma elaborada posteriormente por el Consilium de Mons. Annibale Bugnini fue mucho más allá de las intenciones expresadas por los padres conciliares. Mons. Athanasius Schneider lo recordó recientemente, señalando que el proyecto presentado en 1967 había sido rechazado por la mayoría de los padres conciliares. Sin embargo, es precisamente esta reforma, promulgada por Pablo VI en 1969 y caracterizada por un espíritu ecuménico, la que Roche presenta, mediante una auténtica artimaña, como la prolongación natural de la doctrina de Pío XII.
El periodista insistió entonces en la vitalidad de las comunidades apegadas a la Misa Tradicional, especialmente entre los jóvenes. Señaló que en ellas se encuentra una sólida comprensión del misterio eucarístico y una práctica frecuente de la confesión. ¿Por qué no habría de procurar la Iglesia fomentar este impulso?
Roche respondió preguntando si esas mismas disposiciones no se encuentran también entre los fieles de la nueva misa. Se negó a reconocer una diferencia notable en la práctica religiosa. “¿Es diferente el nivel de fe? No lo he visto. Como pastor, nunca lo he visto”, afirmó.
¿Se conservó realmente el latín después del concilio?
La constitución conciliar pedía, en particular, que se conservara el uso del latín en los ritos latinos y recordaba que ningún sacerdote podía, por iniciativa propia, añadir, suprimir o modificar nada en la liturgia. Sin embargo, estas disposiciones apenas resistieron los cambios que siguieron al concilio.
Roche rechazó la idea de que el misal promulgado por Pablo VI en 1969 pueda considerarse infiel a las disposiciones conciliares. Habló de una “interpretación errónea”. Incluso aseguró que, a lo largo de sus 51 años de sacerdocio y sus 25 años de episcopado, nunca ha conocido una diócesis en la que estuvieran ausentes los elementos exigidos por el concilio.
Para ilustrar su argumento, citó a Mons. Gordon Wheeler, obispo de Leeds, quien había pedido que, después del concilio, la nueva misa se celebrara en latín todos los domingos en al menos una iglesia de cada decanato. Se trata de un ejemplo bastante aislado frente a la desaparición casi generalizada del latín de la vida parroquial en todo el mundo católico y a la multiplicación de las innovaciones litúrgicas. Es difícil llevar más lejos la negación de la realidad.
Para Roche, la reforma no desnaturalizó en absoluto la misa. Sostuvo que su estructura fundamental permaneció intacta y que el nuevo misal se enriqueció gracias a fuentes litúrgicas antiguas que no estaban disponibles cuando se codificó el rito romano en el siglo XVI. Pero esta defensa pasa completamente por alto las graves ambigüedades doctrinales introducidas por la reforma, en particular la desaparición del carácter sacrificial y propiciatorio de la Misa en favor de una concepción más cercana a la teología protestante.
“Quince minutos, del amito al amito”
La entrevista adquirió luego un tono más personal. El periodista observó que la generación de Roche creció convencida de que el concilio Vaticano II abría una nueva época para la Iglesia. Hoy, por el contrario, muchos jóvenes católicos vuelven la mirada hacia la liturgia anterior al concilio y desean recuperarla.
Roche aceptó este paralelismo y contó un recuerdo de su infancia, cuando era monaguillo. Antes de celebrar, un sacerdote, el padre Quinton, le daba esta indicación: “Recuerda: quince minutos, del amito al amito”. El tiempo asignado comprendía, por lo tanto, no solo la celebración de la misa, sino también el tiempo necesario para ponerse y quitarse los ornamentos sacerdotales.
Con esta anécdota, Roche sugirió que las misas tradicionales no siempre se celebraban con la solemnidad que algunos fieles les atribuyen hoy. Añadió que las misas cantadas y las misas solemnes con diácono y subdiácono eran poco frecuentes en la mayoría de las parroquias inglesas.
Pero recurrir a la celebración apresurada de algunos sacerdotes para desacreditar la Misa Tradicional constituye un sofisma: la negligencia de quienes celebran no pone en entredicho el rito en sí mismo. Sobre todo, esta anécdota eludió el verdadero problema: las graves ambigüedades doctrinales del nuevo rito, independientemente de cómo se celebre.
Roche prosiguió su defensa de la reforma citando a san Pablo y a los desórdenes litúrgicos que se produjeron en la comunidad de Corinto. El Apóstol, recordó, transmitió lo que él mismo había recibido del Señor. Insistió en la unidad de la Iglesia en torno a la Eucaristía y afirmó que esto “no es algo que uno pueda elegir a su conveniencia”. Este llamamiento voluntarista a la unidad institucional pasa por alto la razón de ser de la Iglesia: transmitir íntegramente la fe recibida de los Apóstoles, de la cual la liturgia es también expresión. ¿De qué sirve reclamar la unidad eclesial cuando se traiciona aquello que la fundamenta?
Roche recordó asimismo una entrevista anterior concedida a The Tablet, en la que le preguntaron si era necesario asistir a misa todos los domingos para ser católico, a lo que respondió afirmativamente. El catolicismo, explicó, no es una simple concepción intelectual, sino que compromete toda la vida del fiel. “Quien lo practica solo cuando le conviene -concluyó- eso no es catolicismo. Eso es protestantismo”.
Es irónico: Roche denuncia el protestantismo mientras defiende una reforma litúrgica profundamente marcada por su influencia. Y la obligación dominical no puede servir de pretexto para imponer a los fieles una liturgia que pone en peligro su fe.
La FSSPX “no tiene jurisdicción”
La entrevista abordó también la situación de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, contra la que Roche formuló varias acusaciones. Interrogado sobre la posibilidad de una regularización canónica, el prefecto aseguró que sigue habiendo un camino abierto, antes de recordar que todo cristiano debe convertirse diariamente, incluido él mismo. Una manera de reducir una vez más las dificultades entre Roma y la Fraternidad a una cuestión de disposición personal, sin abordar las divergencias doctrinales que constituyen el núcleo del problema.
El tono se endureció cuando el periodista le preguntó sobre la validez de las confesiones y los matrimonios celebrados por los sacerdotes de la Fraternidad. A la pregunta de si consideraba inválidos estos sacramentos, Roche respondió sin vacilar: “Sí. Porque no tienen jurisdicción, no tienen autoridad”. Una condena tajante que pasó por alto tanto las concesiones otorgadas por Roma como los argumentos canónicos en los que la Fraternidad fundamenta su ministerio.
En 2015, con ocasión del Jubileo extraordinario de la Misericordia, Francisco concedió a los sacerdotes de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X la facultad de absolver válida y lícitamente a los fieles. Mediante la carta apostólica Misericordia et misera, publicada el 20 de noviembre de 2016, prolongó esta facultad sin límite de duración. En abril de 2017, la Comisión Pontificia Ecclesia Dei también estableció disposiciones que permitían a los ordinarios del lugar conceder las delegaciones necesarias para asistir a los matrimonios de los fieles que frecuentaban las capillas de la Fraternidad.
Pero las consagraciones episcopales del 1 de julio de 2026 provocaron una nueva ofensiva romana. Al día siguiente, se impuso un decreto de excomunión a los obispos implicados, mientras que una nota del Dicasterio para la Doctrina de la Fe pretendía poner en duda la validez de las confesiones y los matrimonios celebrados por los sacerdotes de la Fraternidad.
Ahora bien, la Fraternidad cuestiona, ante todo, las propias excomuniones: las consagraciones se realizaron en estado de necesidad, para garantizar la transmisión del sacerdocio y la salvaguardia de la fe. El 11 de julio presentó un recurso canónico contra el decreto, cuyo efecto suspensivo invoca en virtud del canon 1353. En cuanto a las facultades concedidas por Francisco para las confesiones, esta pretensión tropieza con una dificultad canónica importante: dichas facultades fueron concedidas por el propio papa. Una nota de un dicasterio, sin aprobación pontificia específica, no puede revocarlas.
Pero, aun en el caso de que estas concesiones fueran revocadas, la Fraternidad volvería simplemente a la situación anterior, con los mismos fundamentos canónicos que siempre ha invocado: la jurisdicción de suplencia para las confesiones, debido al estado de necesidad de las almas, y las disposiciones extraordinarias del derecho de la Iglesia para los matrimonios, cuando se cumplen las condiciones exigidas.
Roche conoce esta postura. Él mismo recordó las facultades concedidas por Francisco durante el Año de la Misericordia, cuya generosidad destacó, pero reprochó a la Fraternidad haber afirmado que sus confesiones ya eran válidas antes de recibirlas. “O se cree en la Iglesia o no se cree en ella”, sentenció.
La acusación no da en el blanco. La Fraternidad Sacerdotal San Pío X reconoce la autoridad del Sumo Pontífice y su poder para conceder facultades sacramentales, pero recuerda que el derecho de la Iglesia contempla disposiciones excepcionales para asegurar la salvación de las almas. Invocar estas disposiciones ante una crisis que pone en peligro la fe y la vida sacramental de los fieles no equivale a negar la autoridad del papa.
En lugar de debatir sobre este estado de necesidad, Roche se limitó a oponer una afirmación de autoridad. A continuación, contó que él mismo se confiesa cada quince días en la basílica de San Pedro, donde espera su turno entre los penitentes. Cuesta ver qué relación guarda esto con la validez de los sacramentos administrados por los sacerdotes de la Fraternidad, y aún menos qué aporta semejante confidencia a este debate canónico.
El Corán en la misa: ¿abuso litúrgico o profanación?
El periodista preguntó después a Roche por los abusos litúrgicos y le planteó otra controversia: una misa de inicio de curso celebrada en la Universidad Católica de Lovaina, en Bélgica, durante la cual se cantó un pasaje del Corán y un laico pronunció la homilía. Según la universidad, estas iniciativas se tomaron consultando a los obispos locales.
Esta vez, Roche no intentó defender la celebración. Consideró esas prácticas “completamente erróneas” y dijo que veia en ellas un desconocimiento de la naturaleza de la misa y una liturgia remodelada al ritmo de las adaptaciones sociales y las modas carentes de fundamento teológico.
Pero ¿puede reducirse a simples “prácticas erróneas” la introducción del Corán en el corazón del santo sacrificio de la misa? Se trata de una grave profanación de la liturgia, tanto más escandalosa cuanto que se ha venido produciendo en Lovaina desde hace casi diez años con el beneplácito de las autoridades eclesiásticas, sin que ninguna sanción haya puesto fin a ella. ¡Qué contraste con el rigor que Roma despliega contra los católicos que pretenden conservar la liturgia tradicional para salvaguardar su fe!
Cinco años al servicio de la reforma conciliar
Recordando sus años al frente del Dicasterio para el Culto Divino, Roche mencionó entre sus mejores recuerdos el privilegio de haber trabajado con dos papas en la aplicación de la reforma litúrgica surgida del concilio Vaticano II.
Roche ya ha presentado su renuncia por motivos de edad, pero no considera que su misión haya concluido. Sigue siendo miembro de varios dicasterios romanos y pretende continuar ejerciendo su ministerio sacerdotal mientras sus fuerzas se lo permitan. “Una vocación no es un trabajo. Es una forma de vida”, afirmó.
La salida de Roche difícilmente modificará la línea de Roma. Él aseguró que León XIV no dará marcha atrás en Traditionis custodes, mientras que sus declaraciones sobre la Fraternidad Sacerdotal San Pío X muestran que la ofensiva contra la Misa Tradicional se inscribe en un conflicto doctrinal mucho más profundo.
Queda una pregunta mucho más grave que la de quién lo sucederá: ¿hasta dónde llegará Roma para sofocar la Misa que celebró durante siglos, sin atreverse a prohibirla formalmente, lo cual sería ilegítimo?

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