martes, 14 de abril de 2026

EL PROTOEVANGELIO DE SANTIAGO

El Protoevangelio de Santiago es un evangelio apócrifo, escrito probablemente hacia el año 150 y centrado en la infancia de la Virgen María y en el nacimiento de Jesús de Nazaret. 


Se conserva en unos 20 manuscritos medievales del siglo XII en adelante.

Aunque nunca fue incluido entre los evangelios canónicos, recoge relatos que han sido admitidos como ortodoxos por algunas iglesias cristianas, tales como la natividad milagrosa de María, la localización del nacimiento de Jesús en una cueva o el martirio de Zacarías, padre de San Juan el Bautista.

Mientras que en las iglesias orientales alcanzó gran difusión durante los primeros siglos del cristianismo, su auge en Occidente llegó solo con el polímata francés Guillaume Postel (1510-1581), quien lo tradujo al latín y lo publicó en 1552.


El Protoevangelio de Santiago

ca. 125 d.C.

I

1 En las historias de las doce tribus de Israel está escrito que había un tal Joaquín, sumamente rico; y ofreció sus ofrendas dos veces, diciendo: “Lo que sobra lo ofrezco por todo el pueblo, y lo debido en expiación de mis pecados será para el Señor a fin de volverle propicio”.

2 Se acercaba el gran día del Señor, y los hijos de Israel ofrecieron sus dones. Y Rubén se puso frente a él diciendo: “No te es lícito ofrecer tus ofrendas primero, puesto que no has tenido descendencia en Israel”.

3 Joaquín se entristeció mucho, y fue al registro de las doce tribus del pueblo, diciendo: Consultaré el registro de las doce tribus de Israel, para ver si solo yo no he tenido descendencia en Israel. Y buscó, y halló que todos los justos habían tenido descendencia en Israel. Y se acordó del patriarca Abraham, cómo en los últimos días Dios le dio un hijo, Isaac.

4 Y Joaquín se entristeció mucho, y no se mostró ante su mujer, sino que se retiró al desierto, plantó allí su tienda y ayunó cuarenta días y cuarenta noches, diciendo para sí: “No descenderé ni para comer ni para beber hasta que el Señor mi Dios me visite, y mi oración sea para mí comida y bebida.

II

1 Entonces su esposa Ana se lamentaba doblemente diciendo: “Lloraré mi viudez, y lloraré mi esterilidad”.

2 Y se acercaba el gran día del Señor, y Judit su criada le dijo: “¿Hasta cuándo humillarás tu alma? Ha llegado el gran día del Señor, y no te es lícito llorar; pero toma este pañuelo de cabeza que me ha dado la dueña de mi trabajo, y no me es lícito ponérmela, porque soy una criada, y tiene una marca de realeza”

3 Y Ana dijo: “¡Apártate de mí! ¡Mira! Yo no he hecho tales cosas, y el Señor me ha humillado grandemente para que me lo ponga; tal vez alguien te lo dio con astucia, y has venido a hacerme partícipe de tu pecado”. Y Judit dijo: “¿Cómo te maldeciré, si el Señor ha cerrado tu vientre, para que no tengas fruto en Israel?”

4 Ana se entristeció mucho y se quitó el vestido de luto, se adornó la cabeza y se puso el vestido de novia. A la hora novena bajó al jardín a pasear. Vio un laurel y se sentó debajo de él, y suplicó al Señor diciendo: “Oh Dios de nuestros padres, bendíceme y escucha mi oración, como bendijiste el vientre de Sara y le diste un hijo, Isaac”.

III

1 Y alzando la vista al cielo, vio un nido de pájaros en el laurel, y se lamentó en su interior, diciendo: “¡Ay de mí! ¿Quién me engendró? ¿Y qué vientre me dio a luz? Porque me he convertido en maldición delante de los hijos de Israel, y soy objeto de burla, y me han echado a escarnio del templo del Señor”.

2 “¡Ay de mí! ¿A qué me semejo yo? No se me compara con las aves del cielo, porque aun las aves del cielo son fecundas delante de ti, oh Señor. ¡Ay de mí! ¿A qué se me compara? No se me compara con las bestias de la tierra, porque aun las bestias de la tierra son fecundas delante de ti, oh Señor. ¡Ay de mí! ¿A qué se me compara? No se me compara con estas aguas, porque aun estas aguas son fecundas delante de ti, oh Señor.

3 ¡Ay de mí! ¿A qué se me compara? No soy semejante a esta tierra, pues aun esta tierra da sus frutos a su debido tiempo y te bendice, oh Señor.

IV

1 Y he aquí que un ángel del Señor se le apareció, diciéndole: “Ana, Ana, el Señor ha escuchado tu oración, y concebirás y darás a luz, y tu descendencia será conocida en todo el mundo”. Y Ana dijo: “Vive el Señor mi Dios, que si doy a luz varón o hembra, se lo ofreceré en ofrenda al Señor mi Dios, y le servirá todos los días de su vida”.

2 Y he aquí que vinieron dos mensajeros, diciéndole: “He aquí que Joaquín, tu marido, viene con sus rebaños, porque un ángel del Señor descendió a él, diciéndole: Joaquín, Joaquín, el Señor ha escuchado tu oración. Baja de aquí, porque he aquí que tu mujer Ana, va a concebir en su seno”.

3 Y habiendo bajado Joaquín llamó a sus pastores, diciéndoles: “Traedme diez corderos sin defecto y sin mancha, que serán para el Señor; y tráedme doce becerros tiernos, que serán para los sacerdotes y para la asamblea de los ancianos; y cien cabritos para todo el pueblo”.

4 Y he aquí que Joaquín venía con sus rebaños, y Ana estaba en la puerta y vio venir a Joaquín, y corrió y se abalanzó sobre su cuello, diciendo: “Ahora sé que el Señor Dios me ha bendecido grandemente, porque he aquí que la viuda ya no es viuda, y la que era estéril concebirá. Y Joaquín descansó aquel primer día en su casa.

V

1 Al día siguiente, ofreció sus ofrendas, diciendo para sí: “Conoceré que Dios me va a ser propicio si llego a ver el efod del sacerdote”. Y al ofrecer el sacrificio se fijó en el efod del sacerdote, cuando éste se acercaba al altar de Dios, y, no encontrando pecado ninguno en su conciencia, dijo: “Ahora sé que el Señor ha tenido a bien condonarme todos mis pecados”. Y bajó del templo del Señor justificado y se fue a su casa.

2 Se cumplieron los meses de Ana, y en el noveno mes dio a luz. Y le dijo a la partera: “¿Qué he dado a luz?” Y ella dijo: “Una niña“. Y Ana dijo: “Mi alma ha sido hoy enaltecida”, y acostó a la niña en su cuna. Y cuando se cumplieron los días, Ana se purificó, amamantó a la niña y la llamó María.

VI

1 Y día tras día la niña se fortalecía, y cuando tenía seis meses, su madre la puso en el suelo para probar si se mantenía en pie; y caminó siete pasos y volvió a su regazo. Y la tomó en brazos, diciendo: “Vive el Señor, que no andarás más por este suelo hasta que te lleve al templo del Señor”. Y preparó un santuario en su alcoba y no permitió que nada impuro o profano pasara por él. Llamó, además, a unas doncellas hebreas, vírgenes todas, y éstas la entretenían.

2 Y se cumplió el primer año de la niña, y Joaquín hizo un gran banquete y convocó a los sacerdotes, a los escribas, a la asamblea de los ancianos y a todo el pueblo de Israel. Y Joaquín llevó a la niña a los sacerdotes, y la bendijeron, diciendo: “Oh Dios de nuestros padres, bendice a esta niña y dale un nombre célebre para siempre entre todas las generaciones”. Y todo el pueblo dijo: “Así sea, así sea. Amén”. Y la llevó a los sumos sacerdotes, y la bendijeron, diciendo: “Oh Dios de las alturas, mira a esta niña y bendícela con la última bendición que no tiene sucesor”.

3 Y su madre la llevó al santuario de su alcoba y la amamantó. Entonces cantó un himno al Señor Dios, diciendo: “Cantaré un himno al Señor mi Dios, porque me ha visitado y ha quitado de mí el oprobio de mis enemigos, y el Señor me ha dado un fruto de su justicia, único y múltiple delante de él. ¿Quién anunciará a los hijos de Rubén que Ana amamanta? Escuchad, escuchad, vosotros, las doce tribus de Israel, que Ana está amamantando”
Y ella puso a la niña a descansar en la alcoba donde tenía su santuario, y salió y se puso a servir a los comensales. Y cuando terminó la fiesta, se fueron gozosos y glorificando al Dios de Israel.

VII

1 Y a la niña se le añadieron los meses; y la niña llegó a tener dos años. Y Joaquín dijo: “Llevémosla al templo del Señor para cumplir la promesa que hicimos; no sea que el Señor nos la exija, y nuestra ofrenda sea rechazada”. Y Ana dijo: “Esperemos hasta el tercer año, para que la niña no añore a su padre o a su madre”. Y Joaquín dijo: “Esperemos”.

2 Y la niña llegó a tener tres años, y Joaquín dijo: “Llamad a las doncellas hebreas que son puras, y que cada una tome una lámpara, y que las mantengan encendidas, para que la niña no se vuelva hacia atrás y su corazón sea cautivado por alguna cosa fuera del templo del Señor”. Y así lo hicieron hasta que subieron al templo del Señor.

Y el sacerdote la recibió, la besó, la bendijo y dijo: “El Señor ha engrandecido tu nombre entre todas las generaciones; en ti, en los postreros días, el Señor manifestará su redención a los hijos de Israel”. Y la hizo sentar en el tercer escalón del altar. Y el Señor la colmó de gracia, y ella danzó con sus piececitos, haciéndose querer de toda toda la casa de Israel.

VIII

1 Y a sus padres los hicieron bajar maravillados, y alabando al Señor Dios porque la niña no se había vuelto hacia atrás. Y María estaba en el templo del Señor como una paloma criada; recibiendo alimento de las manos de un ángel.

2 Cuando ella cumplió doce años, hubo un concilio de sacerdotes, y dijeron: “He aquí que María ha cumplido doce años en el templo del Señor. ¿Qué haremos, pues, con ella, para que no profane el santuario del Señor?” Y dijeron al sumo sacerdote: “Tú que tienes el altar del Señor a tu cargo, entra y ora por ella; y todo lo que el Señor te revele, hagámoslo”.

3 Entonces el sumo sacerdote tomó la vestidura con las doce campanillas y entró en el Lugar Santísimo y oró por ella. Y he aquí, un ángel del Señor se le apareció y le dijo: “Zacarías, Zacarías, sal y reúne a todos los viudos del pueblo, y que cada uno traiga su vara; y aquel sobre quien el Señor te muestre una señal portentosa, de ese será su esposa”. Y los heraldos salieron por toda la región de Judea, y sonó la trompeta del Señor, y todos corrieron hacia ella.

IX

1 José arrojó su hacha y corrió a su encuentro, y cuando se reunieron, fueron al sumo sacerdote y tomaron cada uno su vara. Y él tomó las varas de todos y entró en el templo y oró. Y cuando terminó la oración, tomó las varas y salió y se las devolvió; pero no había ninguna señal en ellas. Más, al tomar José la última, he aquí que una paloma salió de la vara y voló sobre la cabeza de José. Y el sacerdote dijo a José: “A ti te ha cabido en suerte recibir bajo tu custodia a la Virgen del Señor”.

2 Pero José se negó, diciendo: “Tengo hijos, y soy un anciano, mientras que ella es una niña; no sea que me convierta en el hazmerreír de los hijos de Israel”. Y el sacerdote dijo a José: “Teme al Señor tu Dios y ten presente lo que hizo con Datan, Abirón y Coré: cómo se abrió la tierra y fueron sepultados en ella por su rebelión. Y teme ahora tú también, José, no sea que sobrevenga esto mismo a tu casa”

3 José tuvo miedo y la recibió bajo su protección. Entonces José le dijo a María: “He aquí, te he recibido del templo del Señor; ahora te dejo en mi casa, y me voy a edificar mis casas; volveré a ti. El Señor te cuidará”.

X

1 Se reunió entonces un concilio de sacerdotes, y dijeron: “Hagamos un velo para el templo del Señor”. Y el sacerdote dijo: “Llamadme algunas vírgenes puras de la tribu de David”. Y los oficiales partieron y buscaron, y hallaron siete vírgenes. Entonces los sacerdotes recordaron a la niña María, que era de la tribu de David y estaba sin mancha delante de Dios; y los oficiales fueron y la trajeron. 

2 Y las llevaron al templo del Señor, y el sacerdote dijo: “Echad suertes para ver quién es la que ha de bordar el oro, el amianto, el lino, la seda, el jacinto, la escarlata y la púrpura”. Y la escarlata y la púrpura le tocaron a María, quien, en tomándolas, se marchó a su casa. En aquel tiempo, Zacarías enmudeció, y Samuel lo sustituyó hasta que Zacarías volvió a hablar. Pero María tomó la escarlata y comenzó a hilarla.

XI

1 Y ella tomó el cántaro y salió a llenarlo de agua; y he aquí una voz que decía: “¡Dios te salve, llena de gracia! El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres”. Y ella miró a su derecha y a su izquierda, para ver de dónde venía aquella voz; y llena de temblor, fue a su casa, dejó el cántaro, tomó el manto púrpura, se sentó en su silla y se puso a hilarlo.

2 Y he aquí un ángel del Señor se le apareció y le dijo: “No temas, María, porque has hallado gracia delante del Señor omnipotente, y concebirás por su palabra”. Y ella, al oírlo, se preguntó a sí misma: “¿Concebiré del Dios vivo y daré a luz como todas las mujeres?” 

3 Y el ángel del Señor le dijo: “No, María, porque el poder del Señor te cubrirá con su sombra; por lo cual el santo ser que nacerá de ti será llamado Hijo del Altísimo. Y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”. Y María dijo: “He aquí la sierva del Señor en su presencia; hágase en mí según tu palabra”.

XII

1 Concluida su labor con la púrpura y la escarlata, se las llevó al sacerdote. El sacerdote la bendijo y dijo: “María, el Señor Dios ha engrandecido tu nombre, y serás bendita entre todas las generaciones de la tierra”.

2 María se alegró y fue a casa de su parienta Isabel; y llamó a la puerta. Isabel, al oírla, echó la escarlata, corrió a la puerta y la abrió; y al ver a María, la bendijo y dijo: “¿De dónde me viene esto, que la madre de mi Señor venga a mí? Pues fíjate que el fruto que llevo en mi seno se ha puesto a saltar dentro de mí y te bendijo”. María olvidó los misterios que el arcángel Gabriel le había revelado, y alzando los ojos al cielo, dijo: “¿Quién soy yo, Señor, para que todas las generaciones de la tierra me bendigan?”

3 Se quedó tres meses con Isabel, y día tras día su vientre crecía; María tuvo miedo y se fue a su casa y se escondió de los hijos de Israel. Ella tenía dieciséis años cuando ocurrieron estos misterios.

XIII

1 Era el sexto mes de su embarazo, cuando José volvió de sus trabajos, entró y se dio cuenta que estaba encinta. Se golpeó el rostro, se echó al suelo sobre un cilicio y lloró amargamente, diciendo: “¿Con qué cara voy a mirar al Señor mi Dios? ¿Qué súplica haré por esta muchacha? Porque la recibí del templo del Señor mi Dios virgen, y no la he protegido. ¿Quién es el que me ha engañado? ¿Quién ha cometido esta maldad en mi casa y ha profanado a la virgen? ¿Acaso no se repite en mí la historia de Adán? Porque así como a la hora de dar gracias la serpiente vino y encontró a Eva sola y la engañó, así me ha sucedido también a mí”.

2 Entonces José se levantó del cilicio, llamó a María y le dijo: “¡Oh, tú que fuiste cuidada por Dios, ¿por qué has hecho esto? Has olvidado al Señor tu Dios. ¿Por qué has humillado tu alma, tú que fuiste alimentada en el Lugar Santísimo y recibiste alimento de la mano de un ángel?”

3 Pero ella lloró amargamente, diciendo: “Soy pura y no conozco varón”. Y José le dijo: “¿De dónde, pues, viene lo que está en tu vientre?” Y ella dijo: “Vive Jehová mi Dios, que no sé de dónde me ha venido”.

XIV

1 Y José tuvo mucho miedo y dejó de hablarle (o la dejó sola), y reflexionó sobre qué debía hacer con ella. Y José dijo: “Si encubro su pecado, seré hallado luchando contra la ley del Señor; y si la muestro a los hijos de Israel, temo que lo que hay en ella sea descendencia de un ángel, y seré hallado entregando sangre inocente al juicio de muerte. ¿Qué haré entonces? La dejaré ir de mí en secreto”. Y cayó la noche sobre él.

2 Y he aquí que un ángel del Señor se le apareció en sueños, diciendo: “No temas a esta niña, porque lo que hay en ella es del Espíritu Santo, y dará a luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados”. Y José se levantó del sueño y glorificó al Dios de Israel que le había mostrado este favor; y veló por ella.

XV

1 Entonces Anás el escriba se acercó a él y le dijo: “¿Por qué no te presentaste en nuestra asamblea?” Y José le respondió: “Estaba cansado del camino, y descansé el primer día”. Y Anás lo volvió y vio a María encinta.

2 Y fue apresuradamente al sacerdote y le dijo: “José, de quien tú das testimonio [de que es justo], ha pecado gravemente”. Y el sacerdote dijo: “¿En qué?” Y él dijo: “A la virgen que recibió del templo del Señor, la ha profanado, y se ha casado con ella a escondidas (literalmente, ha robado su matrimonio), y no lo ha declarado a los hijos de Israel”. Y el sacerdote respondió y dijo: “¿Ha hecho esto José?” Y Anás el escriba dijo: Envía oficiales, y encontrarás a la virgen encinta. Y los oficiales fueron y encontraron como él había dicho, y la llevaron junto con José al lugar del juicio.

3 Y el sacerdote dijo: “María, ¿por qué has hecho esto, y por qué has humillado tu alma y te has olvidado del Señor tu Dios, tú que fuiste criada en el Lugar Santísimo, y recibiste alimento de la mano de un ángel, y oíste los himnos, y danzaste delante del Señor, por qué has hecho esto?”

Pero ella lloró amargamente, diciendo: “Vive el Señor mi Dios, soy pura delante de él, y no conozco varón”.

4 Y el sacerdote dijo a José: “¿Por qué has hecho esto?” Y José dijo: “Vive el Señor mi Dios, soy puro en cuanto a ella”. Y el sacerdote dijo: “No des falso testimonio, sino di la verdad: te has casado con ella a escondidas y no lo has declarado a los hijos de Israel, ni te has inclinado bajo la mano poderosa para que tu descendencia sea bendecida”. Y José guardó silencio.

XVI

1 Y el sacerdote dijo: “Devuelve a la virgen que recibiste del templo del Señor”. Y José se llenó de llanto. Y el sacerdote dijo: “Os daré de beber del agua de la convicción del Señor, y en ella se manifestarán vuestros pecados ante vuestros ojos”.

2 Entonces el sacerdote tomó de ella, se la dio de beber a José y lo envió a la región montañosa. Y regresó sano. También se la dio de beber a María y la envió a la región montañosa. Y ella regresó sana. Y todo el pueblo se maravilló, porque no se les había manifestado ningún pecado.

3 Entonces el sacerdote dijo: “Si el Señor Dios no ha manifestado vuestro pecado, tampoco yo os condeno”. Y los dejó ir. Y José tomó a María y se fue a su casa gozoso y glorificando al Dios de Israel.

XVII

1 Entonces salió un edicto del rey Augusto para que se empadronara a todos los que estaban en Belén de Judea. Y José dijo: “Empadronaré a mis hijos; pero ¿qué haré con esta niña? ¿Cómo la empadronaré? ¿Como mi esposa? No, me avergüenzo. ¿O como mi hija? Pero todos los hijos de Israel saben que no es mi hija. Hoy, en el día del Señor, se hará como el Señor quiera”.

2 Entonces ensilló la asna, la montó sobre ella, y su hijo la guió, y José lo siguió. Y se acercaron (a Belén) a tres millas; y José se volvió y la vio con semblante triste, y pensó: “Quizás algo en su interior la aflige”. Y de nuevo José se volvió y la vio riendo, y le dijo: “María, ¿qué te pasa que veo tu rostro una vez riendo y otra vez triste?” Y María dijo a José: “Es porque veo con mis ojos dos pueblos, uno llorando y lamentándose, y el otro gozoso y alegre”.

3 Llegaron a la mitad del camino, y María le dijo: “Bájame del asno, porque lo que hay dentro de mí me presiona para salir”. Y él la bajó del asno y le dijo: “¿Adónde te llevaré para que escondas tu vergüenza? Porque aquel lugar es desierto”.

XVIII

1 Y halló allí una cueva y la llevó dentro, y puso a sus hijos junto a ella; y salió y buscó una partera de los hebreos en la región de Belén.

2 Ahora bien, yo, José, andaba, y no andaba. Y alcé la vista al Cielo y vi el Cielo con asombro. Y alcé la vista al polo del Cielo y lo vi inmóvil, y las aves del cielo sin moverse. Y miré la tierra y vi un plato puesto, y obreros acostados junto a él, y sus manos estaban en el plato; y los que masticaban no masticaban, y los que levantaban la comida no la levantaban, y los que se la llevaban a la boca no se la llevaban a ella, sino que los rostros de todos ellos miraban hacia arriba. Y he aquí que había ovejas siendo conducidas, y no avanzaban, sino que se detenían; y el pastor alzó su mano para golpearlas con su cayado, pero su mano permaneció levantada. Y miré la corriente del río y vi las bocas de los cabritos sobre el agua, y no bebían. Y de repente todas las cosas siguieron su curso.

XIX

1 Y he aquí una mujer que bajaba de la región montañosa, y me dijo: “Hombre, ¿a dónde vas?” Y yo dije: “Busco una partera de los hebreos”. Y ella respondió y me dijo: “¿Eres de Israel?” Y yo le dije: “Sí”. Y ella dijo: “¿Y quién es la que da a luz en la cueva?” Y yo dije: “La que está desposada conmigo”. Y ella me dijo: “¿No es tu esposa?” Y yo le dije: “Es María, la que fue criada en el templo del Señor; y la recibí por esposa en sorteo; y ella no es mi esposa, sino que concibió por obra del Espíritu Santo”. Y la partera le dijo: “¿Es esto cierto?” Y José le dijo: “Ven acá y mira”. Y la partera fue con él.

2 Y estaban en el lugar de la cueva; y he aquí una nube brillante que cubría la cueva. Y la partera dijo: “Mi alma se engrandece hoy, porque mis ojos han visto cosas maravillosas: porque la salvación ha nacido para Israel”. E inmediatamente la nube se retiró de la cueva, y apareció en la cueva una gran luz, de tal manera que nuestros ojos no pudieron soportarla. Y poco a poco aquella luz se fue retirando hasta que apareció el niño pequeño; y fue y tomó el pecho de su madre María. Y la partera clamó a gran voz y dijo: “Grande es para mí este día, porque he visto esta nueva visión”.

3 Y la partera salió de la cueva y Salomé le salió al encuentro. Y le dijo: “Salomé, Salomé, tengo una nueva visión que contarte. Una virgen ha dado a luz, lo cual su naturaleza no permite”. Y Salomé dijo: “Vive Jehová mi Dios, que si no la pruebo y examino su naturaleza, no creeré que una virgen haya dado a luz”.

XX

1 Y la partera entró y dijo a María: “Ordénate, porque no hay pequeña contienda que haya surgido acerca de ti”. La árida Salomé puso a prueba y clamó y dijo: “¡Ay de mi iniquidad y de mi incredulidad, porque he tentado al Dios viviente, y he aquí, mi mano se aparta de mí en fuego!” Y doblando sus rodillas ante el Señor, dijo: “Oh Dios de mis padres, acuérdate de que soy descendiente de Abraham, Isaac y Jacob; no me hagas un ejemplo público para los hijos de Israel, sino devuélveme a los pobres, porque tú sabes, Señor, que en tu nombre realicé mis curaciones, y recibí mi salario de ti”.

3 Y he aquí, un ángel del Señor se le apareció, diciéndole: “Salomé, Salomé, el Señor te ha escuchado: acerca tu mano al niño y tómalo, y habrá para ti salvación y gozo”.

4 Entonces Salomé se acercó y lo tomó en brazos, diciendo: “Yo lo adoraré, porque un gran rey ha nacido para Israel”. Y he aquí que al instante Salomé quedó sana, y salió de la cueva justificada. Entonces oyó una voz que decía: “Salomé, Salomé, no cuentes nada de las maravillas que has visto, hasta que el niño entre en Jerusalén”.

XXI

1 Y he aquí, José lo preparó para ir a Judea. Y hubo un gran tumulto en Belén de Judea, porque llegaron unos magos que decían: “¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto su estrella en el oriente y hemos venido a adorarlo”.

2 Cuando Herodes lo oyó, se turbó y envió oficiales a los magos. Mandó llamar a los sumos sacerdotes y los interrogó, diciendo: “¿Cómo está escrito acerca del Cristo, dónde nació?” Ellos le dijeron: “En Belén de Judea, porque así está escrito”. Y los dejó ir. Y interrogó a los magos, diciéndoles: “¿Qué señal visteis acerca del rey que ha nacido?” Y los magos dijeron: “Vimos una estrella muy grande que brillaba entre aquellas estrellas y las oscurecía, de modo que las estrellas no se veían; y por eso supimos que un rey había nacido para Israel, y hemos venido a adorarlo”. Herodes dijo: “Id y buscadlo, y si lo halláis, decídmelo, para que yo también vaya a adorarlo”.

3 Entonces los magos salieron. Y he aquí que la estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos hasta que entraron en la cueva, y se detuvo sobre la entrada de la cueva. Y los magos vieron al niño con María, su madre, y sacaron de sus alforjas regalos: oro, incienso y mirra.

4 Y advertidos por el ángel de que no entraran en Judea, volvieron a su tierra por otro camino.

XXII

1 Pero cuando Herodes se dio cuenta de que los magos se burlaban de él, se enojó y envió asesinos, diciéndoles: “Matad a los niños de dos años o menos”.

2 Cuando María oyó que mataban a los niños, tuvo miedo, tomó al pequeño, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre.

3 Pero Isabel, al oír que buscaban a Juan, lo tomó y subió a la montaña, buscando dónde esconderlo; pero no encontró dónde. Entonces Isabel gimió y gritó: “¡Oh, monte de Dios, recibe a una madre encinta!”. Porque Isabel no podía subir. Y al instante el monte se abrió y la recibió. Y una luz resplandecía para ellos, pues un ángel del Señor estaba con ellos, velando por ellos.

XXIII

1 Herodes buscó a Juan y envió oficiales a Zacarías, diciéndole: “¿Dónde has escondido a tu hijo?” Él les respondió: “Soy ministro de Dios y sirvo continuamente en el templo del Señor; no sé dónde está mi hijo”.

2 Los oficiales partieron y le contaron todo esto a Herodes. Herodes se enojó y dijo: “Su hijo será rey sobre Israel”. Y envió otro oficial a decirle: “Di la verdad: ¿dónde está tu hijo? Porque tú sabes que tu sangre está en mi poder”. Los oficiales partieron y le contaron todo esto.

3 Zacarías dijo: “Soy mártir de Dios si derramas mi sangre; porque el Señor recibirá mi espíritu, porque derramaste sangre inocente en el atrio del templo del Señor”. Al amanecer, Zacarías fue asesinado. Los hijos de Israel no supieron que había sido asesinado.

XXIV

1 Pero los sacerdotes entraron a la hora del saludo, y la bendición de Zacarías no los recibió como se esperaba. Y los sacerdotes esperaban a Zacarías para saludarlo con la oración y glorificar al Altísimo.

2 Pero como tardaba en llegar, todos tuvieron miedo; entonces uno de ellos se armó de valor y entró; y vio junto al altar sangre coagulada, y una voz que decía: “Zacarías ha muerto, y su sangre no será borrada hasta que venga su vengador”. Al oír esto, tuvo miedo, y salió y se lo contó a los sacerdotes.

3 Entonces ellos se armaron de valor, entraron y vieron lo que había sucedido; y las vigas del templo crujieron, y rasgaron sus vestiduras de arriba abajo. No hallaron su cuerpo, sino su sangre convertida en piedra. Y temieron, y salieron y contaron a todo el pueblo que Zacarías había muerto. Y todas las tribus del pueblo lo oyeron, y lloraron por él y lo lamentaron durante tres días y tres noches. Pasados ​​los tres días, los sacerdotes deliberaron sobre a quién debían poner en su lugar; y la suerte recayó sobre Simeón. Él había sido advertido por el Espíritu Santo de que no moriría hasta que viera a Cristo en persona.

XXV

1 Ahora bien, yo, Santiago, que escribí esta historia en Jerusalén, cuando se produjo un tumulto tras la muerte de Herodes, me retiré al desierto hasta que cesó el tumulto en Jerusalén. Glorifico al Señor Dios, que me dio el don y la sabiduría para escribir esta historia.

2 Y la gracia sea con los que temen a nuestro Señor Jesucristo; a él sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
 

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