CAPITULO PRIMERO 1
PARA AMAR Y BUSCAR A LA DIVINA SABIDURIA, ES NECESARIO CONOCERLA
NECESIDAD DE CONOCER A LA DIVINA SABIDURIA (1)
¿Se puede, acaso, amar lo que no se conoce? ¿Se puede amar con ardor lo que sólo se conoce imperfectamente?
¿Por qué es tan poco amada la Sabiduría eterna y encarnada, el adorable Jesús? ¡Porque poco o nada se le conoce! Apenas si hay alguien que estudie como es debido -junto con el Apóstol- (2) la sobreeminente ciencia de Jesucristo, la más noble, útil y necesaria de todas las ciencias y conocimientos del cielo y de la tierra.
Es, ante todo, la ciencia más noble. Efectivamente, tiene por objeto lo más noble y sublime, a saber: la Sabiduría increada y encarnada, que encierra en sí misma toda la plenitud de la divinidad y de la humanidad, todo lo grandioso que hay en el cielo y en la tierra, todas las criaturas visibles e invisibles, espirituales y corporales.
Dice San Juan Crisóstomo que Nuestro Señor es un compendio de las obras divinas, una síntesis de todas las perfecciones de Dios y de las criaturas.
“Jesucristo, Sabiduría eterna, es todo cuanto puedes y debes desear. Anhela poseerlo. Corre en busca suya. El es, en efecto, la perla incomparable y preciosa por cuya adquisición no debes temer vender todos tus bienes” (3).
Quien quiera gloriarse, que se gloríe de esto: de conocer y comprender que soy el Señor (4). Que no se alabe el sabio por su sabiduría, ni el fuerte por su fuerza, ni el rico por sus riquezas. El que se alabe, gloríese en conocerme y no en conocer otras cosas.
Nada tan dulce como el conocimiento de la Sabiduría divina. ¡Dichosos quienes la escuchan! ¡Más dichosos quienes la desean y buscan! Pero ¡mucho más dichosos los que andan por sus caminos y saborean en su corazón esa dulzura infinita que constituye el gozo y felicidad del Padre y la gloria de los ángeles! (5).
Si conociéramos la dicha interior que significa conocer la belleza de la Sabiduría, alimentarse a los pechos del Padre (6), exclamaríamos con la esposa del Cantar de los Cantares: Son mejores que el vino tus amores (7). La leche de tus pechos es más dulce que vino delicioso y que todas las dulzuras de las cosas creadas, sobre todo cuando dirige a las almas que la contemplan estas palabras: Gusten y vean…(8). Coman y beban y embriáguense (9) de mis dulzuras, pues su trato no desazona, su intimidad no deprime, sino que regocija y alegra (10).
Este conocimiento es también el más útil y necesario, porque la vida eterna consiste en conocer al Padre y a su Hijo Jesucristo (11). Conocerte a ti -dice el autor sagrado dirigiéndose a la Sabiduría- es justicia perfecta y acatar tu poder es la raíz de la inmortalidad (12). ¿Quieres, pues, realmente la vida eterna? Consigue el conocimiento de la Sabiduría eterna.
¿Quieres alcanzar la santidad perfecta en este mundo? -Conoce la Sabiduría.
¿Quieres plantar en tu corazón la raíz de la inmortalidad? -Adquiere el conocimiento de la Sabiduría.
Pues, conocer a Jesucristo, la Sabiduría encarnada, es saber lo suficiente; pero saberlo todo, y no conocerlo a El, es no saber nada (13).
¿De qué le sirve al arquero saber tirar flechas a los lados del blanco si no sabe tirarlas al propio centro? ¿De qué nos servirán todas las otras ciencias necesarias a la salvación si carecemos de la de Jesucristo, única necesaria, centro y fin de todas ellas?
Aunque el Apóstol de las gentes sabía muchas cosas y era versadísimo en las letras humanas, confesaba que sólo quería conocer a Jesucristo crucificado. Con ustedes decidí ignorarlo todo, excepto a Jesucristo, y a éste crucificado (14).
Digamos, pues, con él: Todo eso que para mí era ganancia, lo tuve por pérdida comparado con Cristo; más aún: cualquier cosa tengo por pérdida al lado de lo grande que es haber conocido personalmente a Cristo Jesús, mi Señor (15).
Veo y experimento ahora que esta ciencia es tan excelente, deliciosa, provechosa y admirable, que ya no tengo en cuenta las demás. Aquellas ciencias que en otro tiempo me habían agradado tanto, ahora me parecen tan vacías y ridículas, que entretenerme en ellas sería perder el tiempo.
Les digo esto para que nadie los desoriente por discursos capciosos… Cuidado con que haya alguno que los capture con este sistema de vida (16). Les digo que Jesucristo es el abismo de todas las ciencias, con el fin de que no se dejen seducir por los hermosos y magníficos discursos de los oradores ni por los sofismas tan engañosos de los filósofos. Crezcan en el favor y el conocimiento de Nuestro Señor Jesucristo (17).
¡Bien! A fin de que todos crezcamos en la gracia y conocimiento de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo, Sabiduría encarnada, trataremos de él en los capítulos siguientes, después de distinguir diversas clases de sabiduría.
2 - DEFINICION Y DIVISION DEL ARGUMENTO
Hay varias clases de sabiduría:
En primer lugar, distingamos la sabiduría verdadera de la falsa. La verdadera es el gusto de la verdad, sin mentira ni disfraz. La falsa es el gusto de la mentira, con apariencia de verdad. La falsa es la sabiduría o prudencia humana. A la que el Espíritu Santo divide en terrena, carnal y diabólica (19).
La verdadera sabiduría se divide en natural y sobrenatural. La natural es el conocimiento de las cosas naturales en sus últimos principios. La sobrenatural es el conocimiento de las cosas sobrenaturales y divinas en su propio origen. La sabiduría sobrenatural se divide en sustancial e increada y en accidental y creada. La sabiduría accidental y creada es la comunicación que hace de sí misma a los hombres la Sabiduría increada; en otras palabras: es el don de la sabiduría. La Sabiduría sustancial e increada, a su vez, es el Hijo de Dios, segunda persona de la Santísima Trinidad, es decir, la Sabiduría eterna en la eternidad y Jesucristo en el tiempo.
Hablamos de esta Sabiduría eterna.
La contemplaremos, subiendo hasta su origen en la eternidad, en el seno del Padre, como objeto de sus complacencias. La veremos brillar en el tiempo, durante la creación del universo.
Luego la contemplaremos en su encarnación y su vida mortal y, por último, la encontraremos gloriosa y triunfante en el Cielo. Terminaremos nuestro estudio examinando los medios necesarios para adquirirla y conservarla.
Dejo, pues, a los filósofos los argumentos de su ciencia. Son inútiles. Y dejo a los alquimistas los secretos de su sabiduría mundana.
Con los hombres hechos, sin embargo, exponemos un saber; pero no un saber del mundo este… (20).
Hablaré, pues, a las almas perfectas y predestinadas de la verdadera sabiduría, de la Sabiduría eterna, increada y encarnada.
Continúa...
Notas:
1) En forma muy pedagógica insiste el autor sobre la noción mínima que se debe tener de "sabiduría" para poder correr en busca de ella.
2) Ef 3: 19.
3) San Bernardo, Vita Mystica seu de Passione Domini c 22 n 75: PL 184,679.
4) Jr 9: 23
5) Sabiduría y felicidad. La Sabiduría ofrece todos los dones (Sb 8,1ss). Pero entre los más señalados se halla el de la felicidad… Un hecho significativo en el Nuevo Testamento es que Jesús introduce su mensaje de “vida” proponiendo a sus seguidores las “bienaventuranzas” (Mt 5,3-12).
6) “Mamilla Patris”: la expresión se encuentra en Clemente de Alejandría. Es la experiencia misma de Dios y de sus dones. Es la “ciencia de los santos”, la experiencia de Dios.
7) Ct 1: 1.
8) Sl 34(33),9.
9) Ct 5: 1
10) Sb 8: 16.
11) Jn 17: 3.
12) Sb 15: 3.
13) Adaptación de un texto de San Agustín, Confesiones, 5, c 4, n 7: PL 32,708-709.
14) 1 Cor 2: 2.
15) Flp 3: 7-8.
16) Col 2: 4.8.
17) 2 Pe 3: 18
18) La explicación sabiduría = ciencia sabrosa, que hace derivar “sabiduría” de "saber=tener buen sabor", se basa en una etimología popular… muy apropiada a la finalidad que busca el autor. Los términos en torno a “saborear” aparecen muchas veces en el P. de Montfort: cuando, hacia el final de su vida, envía en peregrinación al santuario de Saumur a treinta y tres penitentes, les da una consigna muy precisa: “No tendrán en esta peregrinación otra finalidad que: a) alcanzar de Dios… buenos misioneros…; b) alcanzar el don de sabiduría a fin de conocer, saborear y practicar la virtud y hacerla saborear y practicar por los demás” (BAC 451, 618). Esa etimología se encuentra ya en San Isidoro, Etym. 10: PL 82,392-393; en Santo Tomás, S. Th. I q.43 a.5 ad 2; en San Bernardo, Sermo 85, in Cant. n 8,9: PL 183,1191-1192.
19) St 3: 15.17.
20) 1 Cor 2: 6
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3. Reflexiones de Autor

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