martes, 28 de abril de 2026

INIMICA RESPUERE

En esta tierra, en la cual estamos de paso, pero como soldados alistados para una milicia espiritual, estamos llamados a ejercitarnos en el uso de las armas espirituales y a combatir a los enemigos del alma.

Por Monseñor Carlo Maria Viganò


El Evangelio de este tercer domingo de Pascua forma parte del llamado “discurso de despedida” que Nuestro Señor dirige a los apóstoles en el Cenáculo la noche del Jueves Santo, antes de ir a orar a Getsemaní y ser posteriormente detenido por los guardias del templo. Judas ya ha salido para traicionarlo (Jn 13, 30) y, en breve, entregará al Cordero inmaculado a sus verdugos, cobrando los treinta denarios. El “modicum” del que habla el Señor (Jn 16,16) se refiere al breve intervalo entre su muerte en la cruz (“ya no me veréis”) y la Resurrección (“un poco más y volveréis a verme”), anunciando luego la alegría definitiva que ninguna prueba podrá quitar. No es casual la comparación del dolor de los discípulos con los dolores de parto de la mujer que da a luz a un hijo. Evoca el tormento del alma en el momento en que todo parece perdido —el Maestro condenado a muerte, los discípulos dispersos, la negación de Pedro, la aparente victoria de los conspiradores del Sanedrín— y la alegría que siente cuando los sufrimientos se desvanecen con el llanto de una nueva vida que se abre al mundo.

Vemos, pues, cómo se asimila el Misterio de la Redención al nacimiento de un ser humano, como si se hiciera referencia a la Regina Crucis, la Mujer vestida de sol (Ap 12, 1) —figura de la Virgen Madre y de la Iglesia—, que se encuentra en el dolor del parto mientras un dragón (Satanás) espera para devorar al hijo varón (el Mesías, Cristo). 

El parto simboliza la generación de la Iglesia a través de las persecuciones y las pruebas históricas; los dolores del parto representan el precio de la Redención y del testimonio evangélico, pero culminan en la victoria divina. 

El hijo es arrebatado ante el trono de Dios (Ap 12, 5), prefigurando la Resurrección y la Ascensión. Como señala la exégesis, los dolores del parto en el Evangelio de Juan ilustran el sufrimiento de la Pasión del Señor y del anuncio del Evangelio, mientras que en el Apocalipsis expresan el mismo misterio aplicado al nacimiento del Mesías y a la vida de la Iglesia militante, obstaculizada por el maligno pero protegida por Dios. Esta imagen bíblica también aparece en la Epístola a los Gálatas —“Vuelvo a sufrir dolores de parto hasta que Cristo sea formado en vosotros”, dice san Pablo (Gálatas 4, 19)— y subraya la fecundidad generadora de la fe.

Los dolores del parto simbolizan también el tormento del alma, llamada a purificarse de las concupiscencias para ser pura y santa ante Dios, como leemos en la Epístola de la Misa: “Os exhorto, como extranjeros y peregrinos, a absteneros de los deseos carnales que hacen guerra al alma” (1 P 2, 11). San Pedro lo dice explícitamente: como extranjeros y peregrinos, porque estamos de paso en este mundo, encaminados hacia nuestra meta sobrenatural. La ilusión de un paraíso en la tierra nos mantiene anclados a la carne, mientras que estamos llamados a las realidades del Cielo.

En esta tierra, queridos amigos, estamos sí de paso, pero como soldados alistados para una milicia espiritual. Y en este servicio militar estamos llamados a ejercitarnos en el uso de las armas espirituales y a combatir a los enemigos del alma, según la advertencia de San Pablo:

Revestíos de la armadura de Dios, para que podáis resistir las artimañas del diablo. Porque nuestra lucha no es contra seres de carne y hueso, sino contra los Principados y las Potestades, contra los gobernantes de este mundo de tinieblas, contra los espíritus malignos que habitan en las regiones celestiales. Tomad, pues, la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo y permanecer firmes después de haber superado todas las pruebas. Manteneos, pues, firmes, ceñidos los lomos con la verdad, revestidos con la coraza de la justicia, y calzados en los pies con el celo por propagar el evangelio de la paz. Tened siempre en la mano el escudo de la fe, con el que podréis apagar todos los dardos encendidos del maligno; tomad también el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, es decir, la palabra de Dios (Ef 6, 11-17).

Armadura, coraza, calzado, escudo, yelmo, espada: el equipamiento militar del miles Christi está garantizado por la Gracia del Bautismo que todos hemos recibido y por la Confirmación que Davide, Nicola, Ettore, Giovanni y Nicola acaban de recibir, convirtiéndose así en auténticos soldados de Cristo. El carácter sacramental impreso por la Confirmación constituye un sello indeleble que configura de manera permanente el alma del fiel a Nuestro Señor Jesucristo y lo inserta más profundamente en Su Cuerpo Místico. Este carácter perfecciona la Gracia bautismal, haciendo al bautizado capaz de dar testimonio de la Fe con mayor fuerza y responsabilidad. La imagen de las piedras vivas de la Iglesia, tomada de la Primera Carta de Pedro (1 P 2, 4-5), expresa con eficacia esta realidad: los fieles, unidos a Cristo, piedra angular, son edificados como edificio espiritual, como miembros vivos y dinámicos del Cuerpo Místico, cada uno llamado a contribuir al crecimiento y a la santificación de toda la comunidad eclesial.

Hay además un aspecto poco conocido que puede arrojar más luz sobre nuestra reflexión. En los ladrillos y tejas romanas y paleocristianas era habitual imprimir un sello (sigillum) que indicaba el nombre de la fábrica de ladrillos, el nombre del propietario y, en ocasiones, el uso previsto (edificio público, villa, templo). Dicha marca no era ornamental, sino jurídica y funcional: certificaba el origen seguro del material y determinaba su destino de uso, garantizando su autenticidad e integridad dentro de la construcción. Del mismo modo, el carácter de la Confirmación marca el alma con el “sello” divino. El Artífice divino es el Espíritu Santo, que actúa a través del Sacramento conferido por el ministro de la Iglesia; el uso es la edificación del Reino de Dios en la historia. Este sello espiritual indica que el alma pertenece irrevocablemente a la Santísima Trinidad, que la ha elegido y conformado a Cristo; especifica su función: el confirmando está destinado a ser piedra viva en la Iglesia, llamado a dar testimonio público de la fe; garantiza su permanencia: así como el sello impreso en el ladrillo no puede borrarse sin destruir el propio ladrillo, así el carácter sacramental es indeleble y sobrevive incluso al pecado grave, haciendo siempre posible el retorno a la plena comunión eclesial.

La Confirmación, queridos jóvenes, no es, pues, un simple rito de paso, sino la huella divina que os transforma en un elemento estructural de la Iglesia. Marcados por este sello, lleváis en vosotros la responsabilidad de contribuir de forma permanente a la construcción del templo espiritual, manifestando en el mundo la belleza y la solidez de la morada de Dios entre los hombres. Esta conciencia nos invita a cada uno de nosotros a vivir nuestra vocación con fidelidad y valentía, conscientes de ser, por gracia, piedras preciosas e insustituibles en el edificio eterno de la salvación.

Pero, ¿cómo hacerlo? ¿Cómo librar la buena batalla (2 Tim 4, 7) y merecer la palma de la victoria? ¿Cómo dedicar nuestra existencia al seguimiento de Cristo y conservar intacta la fe?

Nos lo explica la colecta de la Misa:

Deus, qui errantibus, ut in viam possint redire justitiæ, veritatis tuæ lumen ostendis: da cunctis, qui christiana professione censentur, et illa respuere, quæ huic inimica sunt nomini; et ea quæ sunt apta, sectari.

Oh Dios, que muestras la luz de tu verdad a quienes se extravían, para que puedan volver al camino de la justicia: concede a todos los que profesan la fe cristiana rechazar lo que se opone a ella y seguir lo que la favorece.

¿Y cómo atravesar el desierto en la peregrinación hacia la tierra prometida? ¿Dónde encontrar el alimento sobrenatural que fortalezca el alma en este camino? Con la Santísima Eucaristía, alimento de los ángeles, maná místico, bálsamo de inmortalidad, alimento de las almas santas. Precisamente hoy, Nicola se acercará por primera vez al banquete eucarístico: os invito a rezar por él, para que se dedique por completo al Señor Sacramentado, como un tabernáculo viviente; para que crezca en la luz de la fe y en el fuego de la caridad.

Queridísimos, ¡manteneos fieles! Guardad la llama de la fe católica, del sacerdocio católico y de la Santa Misa. Permaneced fieles a la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, rechazando todos los errores que contradicen e incluso niegan la verdad católica, y manteneos alejados de quienes los difunden. Estos tiempos de gran prueba espiritual, semejantes a los dolores de parto, terminarán pronto: “En verdad, en verdad os digo: llorareis y os entristeceréis, pero el mundo se alegrará. Vosotros estaréis afligidos, pero vuestra aflicción se convertirá en alegría” (Jn 16, 20). Que así sea.

+ Carlo Maria Viganò, Arzobispo

Bassano del Grappa, 26 de abril de 2026

Domingo III después de Pascua
 

No hay comentarios: