Por Radical Ridelity
¿Por qué? Porque la frecuencia y la naturaleza extraña de lo que ocurre en nombre del catolicismo deberían indicarles, tanto a ustedes como a aquellos a quienes intentan despertar de su trágico letargo, exactamente hacia dónde se dirige la iglesia sinodal. Si se tratara de una secta protestante (y sí, se puede decir que la iglesia sinodal es una secta neoprotestante), me habría aburrido y habría seguido con mi vida. Pero eso es lo que resulta tan indignante. Lo hacen en nombre de la Iglesia que Cristo fundó, y en el proceso están desviando a millones de personas.
Analicemos a un personaje recurrente: Georg Bätzing, el “obispo” de Limburgo y expresidente de la Conferencia Episcopal Alemana. Sus recientes declaraciones en el Club de Prensa de Frankfurt revelaron la profunda confusión teológica que impera no solo en el episcopado alemán, sino en la iglesia sinodal en su conjunto. Su discurso, un elogio a la religión sinodal, estuvo plagado del lenguaje habitual sobre “participación”, “transparencia” y “toma de decisiones compartida”. Pero, como siempre, la blasfemia nunca estuvo lejos de la superficie.
Bätzing afirmó rotundamente que la iglesia no tiene futuro sin el tipo de sinodalidad que propone. ¿Ven a dónde va esto? Como en el protestantismo, cualquiera que suba al púlpito interpretará el sinodalismo a su manera, lo que resulta en una profunda confusión demoníaca.
Además, esta afirmación es sumamente blasfema. No puede descartarse como una mera exageración retórica. La Iglesia Católica no posee un futuro como el de una institución humana, que depende de la adaptación o la reforma para sobrevivir. Perdura porque fue fundada por Jesucristo y se sostiene gracias a su promesa divina. Cuando Cristo declaró que las puertas del infierno no prevalecerían contra su Iglesia, no impuso condiciones basadas en circunstancias históricas ni estrategias pastorales. La perdurabilidad de la Iglesia Católica no depende del éxito de estructuras o modelos de gobierno particulares.
Bätzing afirma, por lo tanto, que no es Cristo quien asegurará el futuro de la Iglesia, sino la perversa invención de la sinodalidad. Esto demuestra, una vez más, que la iglesia sinodal no es la Iglesia de Cristo, sino una iniciativa humana.
Que este hereje alemán sugiera que el futuro de la Iglesia Católica depende de una nueva forma de participación es hablar como si fuera un organismo puramente histórico, sujeto a las mismas leyes de decadencia y renovación que cualquier sociedad humana.
Esto es una blasfemia astutamente disfrazada, y da igual si su mente está tan corrompida que lo sepa o no. Lo importante es que hay que tener en cuenta que esta es la mentalidad de quienes han usurpado el nombre y la reputación de la Iglesia Católica.
En otro momento de su discurso, Bätzing dijo que “lo que concierne a todos debe ser decidido por todos”. Esta idea resulta atractiva en una época marcada por una falsa sensibilidad democrática, pero es irreconciliable con la concepción católica de la autoridad. Una Iglesia en la que la verdad y el gobierno emanan de la voluntad colectiva y pecaminosa de sus miembros será una iglesia gobernada por Satanás, y es precisamente hacia allí adonde se dirige la iglesia sinodal, y lo hace abiertamente.
La autoridad desciende de Cristo a través de los Apóstoles y llega hasta sus sucesores. Cualquier otro supuesto “modelo” proviene de las profundidades del infierno. Los fieles poseen una auténtica dignidad y una participación real en la vida de la Iglesia Católica, pero esta participación está orientada a la acogida y al testimonio, más que a la legislación. El depósito de la fe no es negociable, ni la verdad moral es algo que deban determinar quienes “tienen sus posesiones”.
Este principio introduce un criterio fundamentalmente subjetivo en la vida de la iglesia sinodal, donde las cuestiones de doctrina y disciplina se vinculan a la experiencia personal o comunitaria más que a la revelación.
En otro momento de su discurso, Bätzing dijo que “lo que concierne a todos debe ser decidido por todos”. Esta idea resulta atractiva en una época marcada por una falsa sensibilidad democrática, pero es irreconciliable con la concepción católica de la autoridad. Una Iglesia en la que la verdad y el gobierno emanan de la voluntad colectiva y pecaminosa de sus miembros será una iglesia gobernada por Satanás, y es precisamente hacia allí adonde se dirige la iglesia sinodal, y lo hace abiertamente.
La autoridad desciende de Cristo a través de los Apóstoles y llega hasta sus sucesores. Cualquier otro supuesto “modelo” proviene de las profundidades del infierno. Los fieles poseen una auténtica dignidad y una participación real en la vida de la Iglesia Católica, pero esta participación está orientada a la acogida y al testimonio, más que a la legislación. El depósito de la fe no es negociable, ni la verdad moral es algo que deban determinar quienes “tienen sus posesiones”.
Este principio introduce un criterio fundamentalmente subjetivo en la vida de la iglesia sinodal, donde las cuestiones de doctrina y disciplina se vinculan a la experiencia personal o comunitaria más que a la revelación.
Cabe preguntarse quién determina quién se ve afectado y con qué criterios deben tomarse las decisiones. Esta lógica conduce inevitablemente a una forma de relativismo que se asemeja menos a la religión católica que a los modelos eclesiales surgidos de la Rebelión Protestante, donde la autoridad se dispersó y la doctrina se sometió cada vez más a la reinterpretación.

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