viernes, 12 de junio de 2026

CONTEMPLA ESTE CORAZÓN

La devoción al Sagrado Corazón jamás debe relegarse al pasado ni limitarse a una espiritualidad particular. Pertenece a la misión actual de la Iglesia.

Por el arzobispo Paul D. Etienne


La Iglesia celebra la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús este viernes 12 de junio. Esta devoción tiene sus raíces en el siglo XVII. Sin embargo, la devoción al Sagrado Corazón de Jesús es más relevante que nunca porque, como escribió el padre jesuita John Croiset, “bien entendida, no es otra cosa que un ejercicio de amor. El amor es su objeto, su motivo y su principio, y es el amor el que debe ser su fin”.

El testimonio de Santa Margarita María Alacoque

Entre 1673 y 1675, la hermana Margarita María Alacoque, monja de la Visitación en Paray-le-Monial, Francia, experimentó tres grandes revelaciones en las que Jesús compartió con ella el misterio de su corazón y, a través de ella, con el mundo entero. Jesús reveló su corazón, ardiente de amor: “He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres que nada ha escatimado, incluso agotándose y consumiéndose, para dar testimonio de su amor”.

Jesús le pidió a la hermana Margarita María que recibiera la Comunión el primer viernes de cada mes, que rezara en expiación por la indiferencia y la ingratitud de tantos por quienes murió y que trabajara para establecer una fiesta en honor del Sagrado Corazón el octavo día del Corpus Christi, la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo.

En las revelaciones hechas a la hermana Margarita María, vemos la respuesta de Cristo a la ingratitud de la humanidad: la revelación de su amor ardiente. El principio fundamental de esta devoción es el amor desbordante de Dios, un amor misericordioso que vence el pecado y el mal. “Incapaz de contener en sí mismo las llamas de su ardiente caridad, y sin poder castigar a sus criaturas ingratas, decidió vencerlas con la fuerza de la ternura”. En la cruz, el costado traspasado de Cristo se abre, y su corazón anhela manifestarse.

El corazón de Jesús: Revelación, no metáfora

Cuando Jesús habla de su corazón en el Evangelio, no se limita a ofrecer una imagen poética o un sentimiento conmovedor. Revela la verdad interior de su persona. En esas palabras: “Soy manso y humilde de corazón” (Mateo 11:29), el Hijo de Dios nos abre el centro más profundo de su vida humana y divina.

La devoción de la Iglesia al Sagrado Corazón surge precisamente de estas palabras de Cristo. Como lo deja claro la tradición —documentada por el padre jesuita John Croiset en su libro The Devotion to the Sacred Heart of Jesus (La devoción al Sagrado Corazón de Jesús)— , “el objeto particular de esta devoción es el inmenso amor del Hijo de Dios, que lo impulsó a entregarse a la muerte por nosotros y a darse por completo a nosotros en el Santísimo Sacramento del altar”. El Corazón de Jesús, por lo tanto, no es una imagen para ser contemplada, sino una persona para ser conocida, un amor para ser recibido y un misterio al que la Iglesia se siente atraída.
 
La verdadera devoción al Sagrado Corazón es devoción al amor del Hijo Encarnado, crucificado y resucitado, que se entrega enteramente por la vida del mundo.

El corazón de Cristo y el corazón humano herido

En los Evangelios, Jesús identifica consistentemente el corazón humano como el centro de la vida moral y espiritual: “De dentro de las personas, del corazón, salen los malos pensamientos…” (Marcos 7:21; cf. Mateo 15:19). El desorden del mundo, las divisiones en las familias, las comunidades e incluso dentro de la Iglesia, no son solo problemas estructurales o políticos. Comienzan en el corazón humano.

La devoción al Sagrado Corazón habla directamente a esta realidad. Lo hace sin ingenuidad, reconociendo que los obstáculos a la conversión suelen ser internos: la tibieza, el amor propio, el orgullo y las pasiones descontroladas. El Sagrado Corazón se propone no como una reprimenda a nuestra humanidad, sino como un remedio: la respuesta divina al corazón humano herido.

En la revelación del Sagrado Corazón, el Corazón de Cristo se revela lleno de amor y misericordia para con nosotros. De este corazón fluye la gracia que, sola, puede sanar lo que el pecado ha desfigurado. En Cristo, Dios no solo nos llama a la conversión, sino que nos da un corazón nuevo.

Recuerdo las palabras de la escritora católica Flannery O'Connor: “Toda la naturaleza humana se resiste con vehemencia a la gracia porque la gracia nos transforma, y ​​esa transformación es dolorosa”. Cristo vino al mundo precisamente para darnos esta gracia. Quizás su amor sea lo que nos motiva a superar esta resistencia y a recibir y compartir el inmenso amor de Dios: de corazón a corazón.

Cristo morando en el corazón del creyente

El Nuevo Testamento profundiza en este misterio al proclamar que el amor revelado en el Corazón de Jesús no es algo externo a nosotros. San Pablo escribe: “Cristo vive en mí” (Gálatas 2:20) y “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo” (Romanos 5:5). La devoción al Sagrado Corazón, bien entendida, es profundamente sacramental y eclesial. Está orientada hacia la comunión y la unidad: Cristo mora en el corazón del creyente y moldea el corazón del creyente según el suyo.

El propósito de la devoción al Sagrado Corazón no es el consuelo emocional, sino la transformación. La meta última de esta devoción es que el corazón de Jesús y el corazón humano se unan. Una vida cristiana madura es aquella vivida en, con y para Cristo; una vida llena de un amor ardiente, inspirado en el propio corazón amoroso de Cristo, y motivada por él. Ese amor es el que forma discípulos, sostiene la fidelidad y envía a la Iglesia a la misión.

Reparación: El amor que responde al amor.

Si la devoción al Sagrado Corazón comienza con la revelación del amor de Cristo, conduce a la reparación, no como una carga impuesta a los fieles, sino como la respuesta adecuada del amor al amor rechazado. La reparación no debe quedar al margen de la vida cristiana, sino en su centro mismo, pues brota directamente de la comunión con el Señor crucificado y resucitado.

Hablar de reparación es reconocer una cruda verdad: el amor puede ser rechazado. San Juan Fisher, obispo inglés martirizado en 1535, lamentó que “no pensemos en su amor, ni reconozcamos la magnitud de su bondad hacia nosotros… La extraordinaria misericordia que ha mostrado continuamente a los pecadores no nos impulsa a vivir y actuar según su santísimo mandato”. La reparación es la negativa de la Iglesia a permanecer indiferente cuando el amor de Cristo ha sido ignorado, olvidado o despreciado.

Sin embargo, la reparación nunca es un intento de “añadir” algo a la obra salvadora de Cristo. Más bien, es la participación llena de gracia de los bautizados en su único sacrificio. Como sabiamente aconseja la tradición: “Une lo poco que haces a la cantidad infinita que Jesucristo realiza. Así, sin hacer nada por ti mismo, harás mucho por medio de Jesucristo”. La reparación no es autosuficiencia; es comunión.

El Sagrado Corazón y la Comunión Eucarística

El Corazón de Jesús se revela plenamente allí donde su amor se entrega por completo: en la entrega de la cruz y en el don permanente de la Eucaristía. Como enseña la Iglesia: “El inmenso amor del Hijo de Dios… lo impulsó a entregarse a la muerte por nosotros y a entregarse por completo a nosotros en el Santísimo Sacramento del altar”.

La devoción al Sagrado Corazón es inseparable de la fe eucarística, pues la Eucaristía es el lugar privilegiado donde la Iglesia se encuentra con el Corazón vivo de Cristo. En cada celebración de la Misa, el mismo amor que latía en el Corazón de Jesús en el Calvario se hace presente sacramentalmente y se ofrece de nuevo para la vida del mundo. Por lo tanto, la comunión eucarística no es solo recepción; es conformación: la formación de nuestros corazones según el suyo.

La devoción al Sagrado Corazón encuentra aquí su expresión más auténtica. La Eucaristía es el lugar sacramental de este tesoro, donde Cristo no se entrega solo parcialmente, sino que se entrega por completo.

Por esta razón, la comunión frecuente, la adoración eucarística y la entrega de la vida diaria en unión con la Misa no son solo prácticas devocionales opcionales; son formas concretas en que los fieles aprenden a vivir desde el Corazón de Cristo.

Esta comunión da fruto en paz. Donde los corazones se forman mediante la comunión eucarística con el Sagrado Corazón, la división da paso a la reconciliación, la indiferencia a la caridad y el miedo a la esperanza. San Pablo exhorta a la Iglesia: “Que la paz de Cristo gobierne vuestros corazones” (Colosenses 3:15).

Todo esto exige una conversión interior. Sin las disposiciones interiores adecuadas, la devoción corre el riesgo de convertirse en algo meramente performativo o rutinario. Pero con ellas, nuestra devoción puede transformarse. En una época de distracciones y fatiga espiritual, el recogimiento interior es en sí mismo un acto de reparación. Poner el Corazón de Jesús ante nuestros ojos —ya sea mediante la adoración eucarística o la contemplación de una imagen sagrada— no es escapismo. Es un acto de resistencia a una cultura que ya no sabe cómo vivir con amor.

El Sagrado Corazón y la Misión de la Iglesia

El amor revelado en el Sagrado Corazón de Jesús jamás es autorreferencial. Es, por su propia naturaleza, misionero. El Corazón que se abrió en la Cruz permanece abierto en la vida de la Iglesia, impulsándola como sacramento del amor de Cristo por el mundo. La verdadera devoción al Sagrado Corazón no aparta al creyente del mundo, sino que configura a la Iglesia para su misión evangelizadora.

Este carácter misionero emana directamente de la lógica interna del Evangelio. Jesús dijo: “Donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón” (Mateo 6:21). Cuando el Corazón de Cristo se convierte en el tesoro de la Iglesia, su misión adopta su forma, marcada por la humildad, la misericordia, la paciencia y el amor abnegado. La evangelización deja de ser una estrategia y se convierte en testimonio, nacido de la comunión.

La Iglesia no inventa su misión; participa de la misión del Hijo de Dios, Jesús. San Pablo lo expresa con radical claridad: “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Gálatas 2:20). La vida apostólica solo es posible porque Cristo se entrega primero interiormente, habitando en el corazón de los creyentes por la fe (cf. Efesios 3:17). La devoción al Sagrado Corazón mantiene presente esta verdad ante la Iglesia.

La tradición insiste en que el Corazón de Jesús es “el tesoro de todos los dones sobrenaturales y de todas las gracias”. La misión no surge únicamente del celo humano, sino de permanecer en este tesoro. La Iglesia evangeliza eficazmente solo en la medida en que se nutre del amor inagotable de Cristo y permite que ese amor moldee sus palabras, sus obras y su testimonio. La misión sin comunión es mero activismo.

Esto tiene implicaciones concretas. Donde se conoce y se ama al Sagrado Corazón, las familias encuentran la unidad, las comunidades se reconcilian y los corazones endurecidos se ablandan, no por la fuerza, sino por la misericordia. La tradición habla del fruto de la devoción al Sagrado Corazón: “establecer la unión y la paz en las familias más divididas” y “obtener la victoria sobre las pasiones más fuertes”. Estos no son beneficios privados; son signos evangélicos en un mundo fracturado.

Una invitación a la Iglesia hoy

“Proclamad esta devoción por todas partes -dijo Cristo a Santa Margarita María- como un medio seguro y fácil para obtener… un verdadero amor a Dios” para los fieles y “un medio eficaz para alcanzar la perfección de su estado” para el clero y los religiosos. Estas palabras de Jesús a Santa Margarita María están dirigidas a la Iglesia de todos los tiempos.

Hoy, el Señor confía nuevamente esta devoción a la Iglesia. En un tiempo marcado por la división, el cansancio y la pérdida de confianza en el amor mismo, el Sagrado Corazón de Jesús sigue siendo lo que siempre ha sido: la revelación de quién es Dios y en quién estamos llamados a convertirnos.

En cada época, la Iglesia debe preguntarse no solo qué proclama, sino con qué corazón lo proclama. El Sagrado Corazón de Jesús nos da la respuesta. La Iglesia es enviada al mundo no con un mensaje abstracto, sino con una persona viva —Cristo mismo— cuyo corazón permanece manso y humilde, incluso ante el rechazo.

En una cultura a menudo recelosa de las afirmaciones de verdad, pero profundamente herida por la falta de amor, el Sagrado Corazón revela cómo es una evangelización creíble: la verdad dicha con caridad, la misericordia ofrecida sin reservas y la fidelidad vivida con paciencia. La Iglesia no persuade al mundo por el poder, sino por el amor hecho visible.

La devoción al Sagrado Corazón jamás debe relegarse al pasado ni limitarse a una espiritualidad particular. Pertenece a la misión actual de la Iglesia. Forma sacerdotes según el Corazón de Cristo, fortalece a las familias como iglesias domésticas y sostiene a los fieles en las obras de justicia, misericordia y evangelización. En resumen, configura una Iglesia misionera cuyo corazón late al unísono con el Corazón de su Señor.

Una exhortación y encomienda

Hoy, el Sagrado Corazón de Jesús sigue presente ante nosotros no solo como un misterio para contemplar, sino como una vida para vivir. El Señor, que se revela como “manso y humilde de corazón”, continúa invitando a su Iglesia a aprender de él, no en teoría, sino en las vivencias cotidianas de la vida cristiana.

Por lo tanto, exhorto a todos los fieles a que abracen una devoción al Sagrado Corazón de Jesús de manera sencilla, eclesial y duradera, para que la fe eche raíces no solo en nuestras palabras, sino también en nuestros hogares, nuestras parroquias y nuestra ofrenda diaria de vida.

El objetivo final de esta devoción es un amor más grande: que amemos como Cristo nos amó primero (véase 1 Juan 4:19).

¡Que Dios nos llene siempre del amor de Cristo y nos guíe y fortalezca nuestro amor por su Sagrado Corazón!
 

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