sábado, 20 de junio de 2026

DULZURA DE LA SABIDURIA ENCARNADA EN SU CONDUCTA (Cap. 11)

Continuamos con la publicación del capítulo 11 del libro “El Amor de la Sabiduría Eterna” escrito por San Luis María Grignion de Montfort.


CAPITULO UNDECIMO

DULZURA DE LA SABIDURIA ENCARNADA EN SU CONDUCTA

6 - LA SABIDURIA ES DULCE EN TODA SU CONDUCTA

Jesús es dulce en las acciones y en toda su conducta: ¡Qué bien hizo todas las cosas! (1). Es decir, todo lo que hizo Jesucristo lo realizó con tal precisión, sabiduría, santidad y dulzura, que no es posible encontrar en ello ningún defecto ni deformidad.

Veamos ahora cuál fue la dulzura de esta amable Sabiduría encarnada en toda su conducta.

Los pobres y los niños le seguían por todas partes como si fuera uno de ellos.

Encontraban en el amable Salvador tanta sencillez, benignidad, condescendencia y caridad, que se atropellaban para acercarse a él. Un día, mientras predicaba en una calle, los niños, que acostumbraban colocarse junto a él, querían abrirse paso a empujones. Los apóstoles, que estaban más cerca a Jesús, los rechazaron. Jesús se dio cuenta y reprendió a los apóstoles, diciéndoles: Dejen a los niños que se acerquen a mí (2). Y, cuando estuvieron cerca, los abrazó y bendijo. ¡Oh! ¡Qué dulzura y benignidad!

Los pobres, al ver que vestía pobremente y actuaba sin altivez ni arrogancia, se complacían en estar con él y lo defendían ante los ricos y orgullosos, que lo calumniaban y perseguían. Jesús, por su parte, les prodigaba mil alabanzas y bendiciones en toda ocasión (3).

Y ¿quién podrá explicar la dulzura de Jesús para con los pobres pecadores? ¡Con cuánta dulzura trataba a Magdalena la pecadora! (4) ¡Con qué amable condescendencia convirtió a la Samaritana! (5) ¡Con cuánta misericordia perdonó a la mujer adúltera! (6) ¡Con cuánta caridad iba a sentarse a la mesa de los publicanos para convertirlos! (7). Sus enemigos aprovecharon esta dulzura suya para perseguirlo, diciendo que con su condescendencia hacía quebrantar la ley de Moisés (8). Para insultarlo, lo llamaron amigo de pecadores y publicanos (9). ¡Con cuánta bondad y humildad trató de conquistar el corazón de Judas, que intentaba traicionarlo! (10). ¡Le lavó los pies (11) y lo llamó amigo suyo! (12). Por último, ¡con cuánta caridad pidió perdón a Dios, su Padre, por sus verdugos, disculpándolos por no saber lo que hacían! (13).

¡Oh! ¡Cuán bella, dulce y cariñosa es la Sabiduría encarnada, Jesucristo! Bella en la eternidad, por ser el esplendor del Padre, el espejo sin mancha y la imagen de su bondad (14), más radiante que el sol y más resplandeciente que la misma luz! ¡Bella en el tiempo, por haber sido formada pura, libre de pecado y fulgurante de belleza por el Espíritu santo, por haber enamorado durante su peregrinar terreno la vista y el corazón de los hombres y ser hoy la gloria de los ángeles. ¡Tierna y dulce con los hombres, y especialmente con los pobres pecadores, a los cuales vino a buscar visiblemente sobre la tierra y a quienes sigue buscando todos los días de manera invisible!

7 - LA SABIDURIA ES DULCE EN LA GLORIA

Nadie imagine que, por hallarse ahora Jesús triunfante y glorioso, sea menos dulce y condescendiente. Al contrario, su gloria perfecciona, en cierto modo, su dulzura. Desea más perdonar que brillar. Desea más mostrar la abundancia de su misericordia que ostentar las riquezas de su gloria.

Si atiendes el testimonio de los acontecimientos, verás que, cuando la Sabiduría encarnada y gloriosa se apareció a sus amigos, no lo hizo entre truenos y relámpagos, sino benigna y dulcemente; no asumió la majestad de un soberano o la del Dios de los ejércitos, sino la ternura del esposo y la dulzura del amigo.

Algunas veces se muestra en la Eucaristía, pero no recuerdo haber leído jamás que se presentara en forma distinta a la de un tierno y gracioso niño.

Hace algún tiempo, un desdichado se enfureció por haber perdido en el juego toda su fortuna. Desenvainó la espada contra el cielo, culpando al Señor por la pérdida de sus bienes.

Y ¡cosa extraña! En lugar de los rayos y truenos que hubieran debido caer sobre él, vio descender del cielo un papelito que, revoloteando, vino a caer cerca de él. Sorprendido, lo recoge, lo despliega y lee: Misericordia, Dios mío (15). Cayósele la espada de las manos, y, conmovido hasta lo profundo del corazón, se postró en tierra y pidió perdón.

Cuenta San Dionisio Areopagita que un obispo, llamado Carpio, había convertido a un idólatra a costa de grandes trabajos. Pero, enterado de que otro pagano le había hecho apostatar en un instante, se dirigió a Dios rogándole durante toda una noche con insistentes plegarias que castigara al culpable de la injuria inferida a la divina Majestad. Y mira que, hallándose en lo más ferviente de su plegaria y de su celo, vio que se abría la tierra y que los demonios trataban de arrojar al infierno al pagano y al apóstata. Al alzar los ojos, vio que se abrían los cielos y que Jesucristo avanzaba hacia él rodeado de multitud de ángeles. El Señor le dijo: - Carpio, ¿tú me pides venganza? ¡No me conoces! ¿Sabes lo que pides y cuánto me han costado los pecadores? ¿Por qué deseas que los condene? ¡Los amo tanto que estaría dispuesto, si fuera necesario, a morir de nuevo por cada uno de ellos!

Y, acercándose a Carpio, le mostró las espaldas desnudas y añadió:

- Carpio, si quieres venganza, ¡véngate en mí, no en los pobres pecadores! (16).

Al considerar todo esto, ¿cómo no amar a esta Sabiduría eterna, que nos ha amado y nos sigue amando más que a su propia vida y cuya belleza y dulzura superan a todo lo más bello y dulce que hay en el cielo y en la tierra?

Refiérese en la vida del Beato Enrique Suso que un día la Sabiduría eterna -tan tiernamente amada por él- se le apareció de la siguiente manera: había tomado forma corporal, estaba rodeada por una nube clara y transparente y se hallaba sentada sobre un trono de marfil.

Sus ojos despedían un fulgor semejante al sol de mediodía. Su corona era la eternidad; sus vestidos, la felicidad; su palabra, la suavidad; de sus abrazos brotaba la dicha de todos los bienaventurados. Enrique la contempló en toda esta pompa. Lo que más le maravilló fue el contemplar que tan pronto parecía una hermosa doncella, portento de la hermosura del cielo y de la tierra; tan pronto un gallardo joven que hubiese agotado todas las bellezas creadas para hermosear su rostro. Unas veces, la veía elevar la cabeza por encima de los cielos y al mismo tiempo hollar con sus pies los abismos de la tierra. Ya la veía cerca; ya, lejos de sí. Unas veces majestuosa, otras condescendiente, benigna, dulce y llena de ternura para cuantos se acercaban a ella. Contemplábala así, cuando dirigiéndose a él- le sonrió amablemente y le dijo:

- Hijo mío, ¡dame tu corazón! (17).

Postrándose en seguida a sus pies, Enrique le entregó, irrevocablemente, el corazón.

A ejemplo de este santo varón, hagamos también nosotros entrega irrevocable de nuestro corazón a la Sabiduría eterna y encarnada. ¡Ella no ansía otra cosa de nosotros!

Continúa...

Notas:

1) Mc 7,37.

2) Mc 10,14.

3) Mt 5,3ss

4) Ver Lc 7,36-50; 8,2.

5) Ver Jn 4,4ss.

6) Ver Jn 8,2ss.

7) Ver Mt 9,10-13.

8) Ver Jn 5,1-18.

9) Mt 9,11.

10) Mt 26,50; Lc 22,48…

11) Jn 13,2ss.

12) Mt 26,50

13) Lc 23,34.

14) Sb 7,26; (ver también n 16.)

15) Sl 50(51),1.

16) Dionisio Areopagita, Espistola 8, & 6: PG 3,1097-1103.

17) Pr 23,26


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