martes, 16 de junio de 2026

VIDEOMENSAJE DE LEON XIV CON MOTIVO DE LA 10° CUMBRE MUNDIAL AUSTRIACA (16 DE JUNIO DE 2026)


VIDEOMENSAJE DE LEON XIV 

CON MOTIVO DE LA 

10° CUMBRE MUNDIAL AUSTRIACA

Me complace saludar a todos los participantes de la Décima Cumbre Mundial Austriaca. La sostenibilidad, la ecología integral y el cuidado de la creación han sido temas de preocupación durante muchas décadas. La Iglesia siempre ha sido consciente de que la cuestión ecológica tiene una dimensión moral. En efecto, la crisis ambiental “no es un problema aislado, sino más bien el aspecto ecológico de la crisis socioeconómica contemporánea” (Magnifica Humanitas, 43).

En sus esfuerzos por responder a la crisis actual, quisiera animarles a tener presente este contexto más amplio y a proponer tres temas, basados ​​en las virtudes cristianas de la fe, la esperanza y la caridad, que confío en que puedan contribuir al trabajo de esta cumbre.

Permítanme comenzar hablando de la fe. Si bien para algunos la fe puede parecer que aporta poco a los problemas del cambio climático y la protección del medio ambiente, la dimensión religiosa es, de hecho, esencial para abordar adecuadamente estos problemas. Quienes creen que nuestro mundo fue creado por Dios y es intrínsecamente bueno están llamados a asumir una responsabilidad aún mayor en el cuidado de la creación, como exige su fe. “Vivir nuestra vocación de protectores de la obra de Dios es esencial para una vida virtuosa; no es un aspecto opcional ni secundario de nuestra experiencia cristiana” (Papa Francisco, Laudato si', 217).

Además, los creyentes de muchas tradiciones entienden la creación como un don divino. Asimismo, diversas religiones sostienen que la vida es sagrada y, por lo tanto, debe ser respetada. Podemos afirmar, entonces, que la fe religiosa fortalece el deseo común de proteger la vida y cuidar la naturaleza.

Esta perspectiva subraya los profundos fundamentos éticos a los que hice referencia en mi reciente encíclica Magnifica Humanitas: la igual dignidad de todos los seres humanos y el valor de los derechos humanos fundamentales, ambos debidamente salvaguardados mediante la correcta aplicación de los principios del bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad, la solidaridad y la justicia social (cf. Magnifica Humanitas, 51-81). Estos principios deben “considerarse conjuntamente, para que quede claro cómo se relacionan y se complementan entre sí” (ibid., 46).

Estas cuestiones personales y sociales fundamentales están íntimamente ligadas a la crisis climática, que, como ya he señalado, constituye una manifestación —y una crítica— de la crisis socioeconómica más amplia. De hecho, a menos que se aborden estos problemas, ninguna solución técnica destinada a proteger el medio ambiente tendrá posibilidades reales de lograr el resultado deseado.

Desde esta perspectiva, debemos prestar especial atención a los más pobres y a los más vulnerables a la degradación ambiental. Les animo a que los tengan siempre presentes al evaluar, planificar e implementar posibles proyectos.

Esto me lleva al segundo tema: la esperanza. Dada la naturaleza global de los desafíos que enfrentamos, es evidente que muchas personas viven con preocupación. De hecho, existe una creciente conciencia de que la paz se ve amenazada por la falta de respeto a la creación, el saqueo de los recursos naturales y el deterioro progresivo de la calidad de vida causado por el cambio climático. Estos desafíos requieren cooperación internacional, junto con un multilateralismo cohesionado y con visión de futuro, para encontrar soluciones efectivas.

Sin embargo, en las deliberaciones y negociaciones sobre estos temas, suelen surgir diversos temores: temor a cambiar de rumbo, temor a perder poder y temor a resultados inciertos. Solo superando estos temores podremos trabajar juntos para encontrar las soluciones adecuadas.

Creo que es precisamente aquí donde los líderes y las comunidades religiosas pueden ofrecer una contribución especial para apoyar iniciativas sociales y ambientales ambiciosas, porque la Biblia está llena de ejemplos de cómo los miedos humanos pueden superarse mediante la esperanza, que en última instancia es un don de Dios.

Desde esta perspectiva, a pesar de los escépticos y cínicos, la esperanza puede ser una poderosa fuerza motriz. En este sentido, no solo es deseable, sino también verdaderamente posible, que los avances logrados en la COP30 den paso a una transición justa hacia sociedades en las que el bien común prevalezca sobre el beneficio económico y donde los modelos económicos se basen en la solidaridad y la dignidad humana.

Sin embargo, esto exige que los países más ricos cumplan con su obligación de brindar apoyo financiero a los países más pobres. También necesitamos desarrollar un nuevo marco financiero internacional centrado en la persona, que garantice que todos los países —especialmente los más pobres y los más vulnerables a los desastres climáticos— puedan desarrollar plenamente su potencial, respetando siempre la dignidad de sus ciudadanos (véase el Mensaje a la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, COP30, 7 de noviembre de 2025).

Finalmente, llego al tema de la caridad. Quisiera destacar la importancia de cultivar una auténtica cultura de cuidado de nuestro entorno, que incluye lo que el Papa Francisco denominó “amor cívico y político” (cf. Laudato si', 228-232).

Este amor es la clave del desarrollo auténtico, porque “para hacer la sociedad más humana, más digna de la persona, es necesario revalorizar el amor en la vida social —en los ámbitos político, económico y cultural— convirtiéndolo en la norma constante y suprema de toda actividad. (…) En este marco, junto con la importancia de los pequeños gestos cotidianos, el amor social nos impulsa a idear estrategias más amplias para detener la degradación ambiental y promover una ‘cultura del cuidado’ que impregne toda la sociedad” (Laudato si', 231).

Espero que sus deliberaciones promuevan esta cultura del cuidado y contribuyan así a la civilización del amor.

Queridos amigos, con estas reflexiones centradas en la fe, la esperanza y la caridad, ruego que esta cumbre sea fructífera y promueva el diálogo tan necesario para encontrar soluciones eficaces que protejan el maravilloso don de la creación. Y con alegría invoco sobre todos ustedes los dones de la sabiduría y la paz que provienen de Dios.
 

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