domingo, 30 de septiembre de 2001

¿SE ESTÁ CONVIRTIENDO EL VATICANO EN UN MENTOR DE LA TEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN?

¿Quién es el responsable de esta revolución? Yo afirmo: los papas conciliares, principalmente Pablo VI y Juan Pablo II, porque tenían el poder de detenerla, y no lo hicieron.

Por Atila Sinke Guimarães


El Vaticano advirtió que la globalización y los avances tecnológicos amenazan con generar nuevas formas de racismo contra los miembros más vulnerables de la sociedad, incluyendo a las poblaciones inmigrantes, los pobres y los no nacidos. Hizo un llamado a los gobiernos para que se mantengan vigilantes ante la creación de una “subcategoría de seres humanos”, que, según afirmó, representaría una “nueva y terrible forma de esclavitud”. 

Estas declaraciones figuraban en el documento “La Iglesia ante el racismo”, del Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz. Fue publicado en vísperas de la Conferencia Mundial contra el Racismo, la Discriminación Racial, la Xenofobia y otras Formas de Intolerancia, que tuvo lugar del 31 de agosto al 7 de septiembre en Durban, Sudáfrica.

La introducción del documento señalaba claramente la determinación del Vaticano de convertir la migración, la pobreza y la defensa de la vida en un tema central de su agenda en la conferencia. También hizo un llamado a realizar un importante esfuerzo educativo contra el racismo y la intolerancia. El documento describía diversas prácticas surgidas en distintas partes del mundo, como guerras étnicas o nacionalistas, leyes de "inmigración cero", nuevas formas de explotación contra inmigrantes o niños, y actitudes racistas.

El documento vaticano abordó indirectamente otro tema controvertido de la conferencia sobre racismo: la cuestión de la compensación económica a los descendientes de esclavos (America, 10 de septiembre de 2001).

En cierto modo, podría decirse que este documento representa una declaración de los principios de la Conferencia de Durban. Las feroces manifestaciones que tuvieron lugar en dicha conferencia contra el racismo podrían atribuirse, en parte, al estímulo del documento oficial del Vaticano.

Cabe preguntarse si era oportuno abordar todos estos temas conjuntamente. Es imposible discrepar con muchos de ellos. Por ejemplo, ¿quién se opone a los derechos de los no nacidos o no desea aliviar el hambre de los pobres? Estos objetivos son, por supuesto, loables. No es mi propósito analizar aquí todos los puntos del documento. Sin embargo, la mayoría de los temas —racismo, inmigración, conflictos étnicos, diferencias sociales y económicas, abolición de la deuda de los países del Tercer Mundo, compensación económica a los descendientes de esclavos, etc.— parecen indicar que el Vaticano está adoptando una postura de mentor intelectual para la nueva agenda social revolucionaria. Algunos de estos puntos, como el racismo, resultan difíciles de abordar para muchos gobiernos, y la injerencia del Vaticano no facilita la solución. Lejos de ello, el documento parece estimular la lucha de clases. En lugar de buscar una solución viable y caritativa, parece estar echando leña al fuego.


El objetivo del Vaticano de generar tensión, en lugar de concordia, pareció especialmente claro con respecto a la cuestión demagógica de la compensación económica a los descendientes de esclavos. ¿Cuál es el propósito del Vaticano al plantear esta cuestión? Vi la misma pregunta en Sudamérica y Brasil al acercarse la conmemoración del 500 aniversario tanto del continente como del país (1992 y 2000, respectivamente). Muchos eclesiásticos vinculados a la Teología de la Liberación solicitaban una reparación económica similar para los descendientes de indígenas asesinados y esclavos negros. Es de conocimiento público que esta era una táctica empleada por los seguidores de esa "teología" marxista, cuyo objetivo principal es estimular la lucha de clases y cuestionar el statu quo socioeconómico occidental. ¿Cómo podría ser posible determinar con seriedad quién es descendiente de quién entre los indígenas sudamericanos y los afrodescendientes sudamericanos?

Ahora vemos al Vaticano adoptar una postura análoga con respecto a los descendientes de esclavos en todo el mundo. Parece que estamos empezando a presenciar una nueva etapa en la larga lucha del Vaticano contra el capitalismo: parece haberse convertido en el mentor de un nuevo tipo de Teología de la Liberación.

AMBIGÜEDADES

El padre Manfred Hauke, profesor de Teología Dogmática en la Universidad de Augsburgo, Alemania, dijo que las frases ambiguas en los documentos del concilio Vaticano II han contribuido al impulso a favor de las diaconisas en los últimos años, y deberían aclararse en un próximo documento del Vaticano. El teólogo escribió un extenso artículo sobre las diaconisas, que se publicó a finales de julio en el boletín de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos (Tidings, 3 de agosto de 2001). En mi libro Murky Waters of Vatican II (En las turbias aguas del Vaticano II), sostengo que el concilio fue ambiguo y abrió las puertas a las interpretaciones más progresistas. Por esto, he sido frecuentemente blanco de críticas de pseudoconservadores que me acusan de engañar a mis lectores. Según estos conservadores ciegos, el concilio Vaticano II no fue en absoluto ambiguo, sino una fiel repetición del Magisterio anterior. Me gustaría saber cómo responderían al padre Manfred Hauke ​​sobre el punto particular de las diaconisas.

PASOS PARA LA REPÚBLICA UNIVERSAL

El “cardenal” Óscar Rodríguez Maradiaga de Honduras concedió una entrevista a Our Sunday Visitor (9 de septiembre de 2001). Entre otras afirmaciones, cabe destacar la siguiente: “Espero promover la idea de la unión de las repúblicas centroamericanas. En el contexto de la globalización, debemos reconocer la importancia de la integración. Somos países pequeños, pero unidos podremos lograr mucho más. La integración es una necesidad para nuestro futuro. Necesitamos consolidarnos para poder competir en el mundo moderno”. Resulta interesante conocer el pensamiento sobre este tema del “cardenal” Rodríguez Maradiaga, considerado por algunos analistas religiosos como uno de los candidatos más probables para ocupar la Sede de Pedro en el futuro. Él apoya la globalización, que en muchos sentidos es sinónimo del establecimiento de una República Universal.

DESPUÉS DEL VATICANO II: UNA REVOLUCIÓN

El “cardenal” Godfried Danneels de Bruselas, en una entrevista para la revista America (6 de agosto de 2001), hizo esta grave afirmación: “Antes del Vaticano II, en teología, como en otros ámbitos, la disciplina estaba bien establecida. Tras el concilio, se ha producido una revolución —una revolución caótica— con un debate libre sobre todo. Ya no existe una teología o filosofía común como antes. Fue un periodo —y aún continúa— de experimentación con nuevas ideas. Nuestra teología sigue en crisis, y creo que esto durará algunos años más”.

Coincido con el “cardenal” Danneels. La pregunta que no respondió es: ¿Quién es el responsable de esta revolución? Yo afirmo: los papas conciliares, principalmente Pablo VI y Juan Pablo II, porque tenían el poder de detenerla, y no lo hicieron. No me extenderé más en esta columna, ya que me estoy quedando sin espacio. Sin embargo, si alguien quisiera discrepar de mi declaración, le invito a que solicite públicamente más pruebas, y con mucho gusto demostraré mi afirmación con documentos.
 

MULTIPLICES INTER (10 DE JUNIO DE 1851)


CARTA APOSTÓLICA

MULTIPLICES INTER

DEL SUMO PONTÍFICE PÍO IX

Condenando ciertos errores de Francisco de Paula González Vigil

1. Entre las múltiples y muy pesadas preocupaciones de Nuestro oficio, por las que estamos agobiados por todos lados, y entre las muy grandes desgracias de este tiempo, que perturban y afligen violentamente Nuestra mente en medio de la creciente novedad de todas las cosas, se añade el hecho muy lamentable de que los libros más peligrosos brotan diariamente de las guaridas de los jansenistas y otros hombres de esa clase, por los cuales los hijos de esta época, para atraer discípulos que los sigan, dicen cosas perversas con las convincentes palabras de la sabiduría humana. Por lo tanto, el principio rector de Nuestro ministerio apostólico exige que proscribamos y condenemos los libros de este tipo de manera más solemne para proteger y mantener a salvo la pureza de la religión católica y la venerada enseñanza de la Iglesia, y también para que, con todo cuidado, no descuidemos la preservación del rebaño del Señor confiado a Nuestra Humildad por Jesucristo, el Supremo Líder de los Pastores, y para alejar [al rebaño] —como si se tratara de zonas de pastoreo envenenadas— de la lectura y posesión mortal de esos libros.

2. Además, cuando supimos que se había publicado un libro u obra que consta de seis volúmenes, escrito en español, cuyo título es La defensa de la autoridad de los gobiernos y de los obispos contra las pretensiones de la Curia Romana, de Francisco de Paula González Vigil (Lima, 1848); y también cuando, por el mismo título de la obra, comprendimos suficientemente que el autor era un hombre con una mente mal dispuesta a esta Sede Apostólica, no dejamos de determinar su sentido; y con un esfuerzo fácil, aunque no sin una considerable tristeza de Nuestro corazón, reconocimos y percibimos que el mismo libro renovaba los numerosos errores del Sínodo de Pistoia, ya tratados en la bula dogmática Auctorem fidei de Nuestro predecesor de feliz memoria Pío VI, y que abundaba en otras enseñanzas y proposiciones perversas condenadas una y otra vez en todos los aspectos.

3. Ciertamente, para adherirse con impunidad y también con mayor inmunidad al castigo al indiferentismo y racionalismo con el que se muestra infectado, el autor, si bien católico y supuestamente sujeto al ministerio divino, niega que la Iglesia posea el poder de definir dogmáticamente que la religión de la Iglesia Católica es la única religión verdadera; y enseña que cada hombre es libre de abrazar y profesar la religión que cualquiera guiado por la luz de la razón suponga que es verdadera. Ataca sin reparos la ley del celibato y, a la manera de los innovadores, prefiere el estado conyugal al estado de virginidad. Sostiene que el poder —con el que la Iglesia fue dotada por su divino Fundador— de establecer firmemente impedimentos que invalidan [dirimentia] una unión matrimonial particular emana de diferentes direcciones de los príncipes de la tierra, y afirma que la Iglesia de Cristo impíamente se atribuyó [ese poder] a sí misma. Afirma que la inmunidad de la Iglesia y de las personas consagradas, establecida por orden de Dios y por sanciones canónicas, tuvo su origen en el derecho civil; y no le avergüenza sostener que la residencia de un enviado de cualquier nación debe ser tratada con mayor estima y solicitud que el templo del Dios vivo. Atribuye al gobierno laico el derecho de deponer del ejercicio del ministerio pastoral a los obispos, a quienes el Espíritu Santo ha designado para gobernar la Iglesia de Dios. Se esfuerza por inducir a quienes dirigen los asuntos públicos a desobedecer al Romano Pontífice en lo que respecta al nombramiento de episcopados y obispos. Los aparta de la jurisdicción de la misma Iglesia, como si fueran soberanos paganos, reyes y otros príncipes que por bautismo son miembros de la Iglesia, como si los príncipes cristianos no fueran hijos y súbditos de la Iglesia en asuntos espirituales y eclesiásticos. Peor aún, mezclando de manera antinatural lo celestial con lo terrenal, lo sagrado con lo profano, lo más elevado con lo más humilde, no teme enseñar que, en cuestiones de jurisdicción aún por decidir [quaestionibus iurisdictionis dirimendis], el poder terrenal es superior a la Iglesia, que es pilar y fundamento de la verdad. Finalmente, para que no mencionemos los numerosos otros errores, llega a tal grado de audacia e impiedad que afirma con vehemencia, con una osadía indescriptible, que los pontífices romanos y los concilios ecuménicos se han desvinculado de los límites de su poder, han usurpado los derechos de los príncipes y también se han equivocado al definir cuestiones de fe y moral.

4. Si bien es indudable que resulta evidente para cualquiera que la misma obra contiene tantos capítulos con errores, no obstante, siguiendo los pasos de Nuestros predecesores, ordenamos que dicha obra fuera sometida a consideración de Nuestra Congregación de la Inquisición Universal y que su dictamen nos fuera entregado posteriormente. Además, Nuestros venerables hermanos, los cardenales inquisidores generales de la Santa Iglesia Romana, tras una evaluación previa de la misma obra y después de haber valorado cuidadosamente los votos de los consultores, consideraron que la mencionada obra, que contiene en igual medida enseñanzas y proposiciones, respectivamente, escandalosas, temerarias, falsas, cismáticas, irrespetuosas de los derechos de los pontífices romanos y de los concilios ecuménicos, subversivas del poder, la libertad y la jurisdicción de la Iglesia, erróneas, impías y heréticas, debe ser condenada y prohibida.

5. Por lo tanto, después de que se escuchó el informe de las cosas antes mencionadas y después de que todos estos asuntos fueron sopesados ​​completamente de manera oportuna de acuerdo con la consulta de los cardenales mencionados anteriormente, y también por Nuestra propia iniciativa, basada en un conocimiento experto indiscutible y de acuerdo con la plenitud del poder apostólico, por la intención y el significado del asunto contenido en el mismo [tenore praesentium], condenamos y reprendemos y prohibimos que se lea o se conserve en posesión de alguien la obra mencionada en la que se contienen las enseñanzas y proposiciones, como se señaló anteriormente, ya sea impresa hasta ahora o que se imprima (¡Dios no lo quiera!) en el futuro, en cualquier lugar que sea y en cualquier otro idioma que sea, ya sea en cualquier edición o versión; Y Prohibimos absolutamente a todo cristiano, incluso a aquellos que merecen una identificación específica e individual y una mención expresa, la impresión, transcripción, lectura, posesión y uso de la misma obra, bajo pena de excomunión que se incurrirá ipso facto sin ninguna otra declaración por parte de quienes actúen en contrario, de la cual nadie puede obtener el beneficio de la absolución de nadie, excepto de Nosotros o, según las circunstancias, del Romano Pontífice en funciones, a menos que la persona se encuentre en el punto de la muerte.

6. Por la intención y ordenando, por autoridad apostólica, que quienes tengan en su poder el mencionado libro u obra queden obligados, desde el momento en que tengan conocimiento del presente documento, a entregarlo a los ordinarios locales y registrarlo ante los inquisidores de la perversidad herética. Sin perjuicio de cualquier otra cosa que disponga lo contrario.

7. Además, para que estas mismas cartas sean más fácilmente conocidas por todos y que nadie pueda alegar desconocimiento de las mismas, disponemos, y decretamos por la autoridad antes mencionada, que [estas cartas] sean publicadas, como es costumbre, por uno de Nuestros mensajeros, y que se dejen copias de las mismas fijadas inmediatamente en las puertas de la Basílica del Príncipe de los Apóstoles y de la Cancillería Apostólica, así como de la Curia General en Montecitorio y en el Campo de Fiori de la ciudad. [Deseamos que estas cartas], publicadas de esta manera, causen impresión y obliguen a todos y cada uno de aquellos a quienes [estas cartas] conciernen, como si [estas cartas] les hubieran sido dadas personalmente y hubieran quedado profundamente grabadas en cada uno de ellos. Además, [pretendemos que] tanto en un juicio como fuera de él, se otorgue la misma credibilidad absoluta a las transcripciones o copias impresas de estas cartas, firmadas por cualquier notario público y selladas con el sello de una persona constituida en una dignidad eclesiástica, que se otorgaría a estas mismas cartas si hubieran sido exhibidas [allí].
 

sábado, 29 de septiembre de 2001

PATERNA CARITAS (25 DE JULIOS DE 1888)


ENCÍCLICA

PATERNA CARITAS

DEL PAPA LEÓN XIII

SOBRE LA REUNIÓN CON ROMA

A nuestros venerables hermanos Esteban Pedro, patriarca de Cilicia, a los arzobispos, obispos y amados hijos, el clero, los monjes y el pueblo del rito armenio, en gracia y comunión con la Sede Apostólica.

Venerables hermanos, amados hijos, salud y la bendición apostólica.

El amor paternal con que consideramos a todo el rebaño del Señor es tan fuerte y profundo que todo lo que sucede en el cuerpo cristiano lo sentimos con constante y sincera compasión. Por lo tanto, en proporción a la gran y duradera tristeza que llenó nuestra alma porque ciertos miembros de la raza armenia se mantuvieron alejados de la comunión fraterna con ustedes, es la profunda y largamente anhelada alegría que sentimos ahora al ver que, por la bendición de Dios, la diferencia se ha apaciguado. Pero si bien los felicitamos por el restablecimiento de la paz y la unidad, no podemos dejar de exhortarlos fervientemente a que conserven con esmero, e incluso aumenten, esta muestra de la bondad de Dios hacia ustedes; pero para obtener esta gracia, a saber, pensar y sentir en unidad sobre las doctrinas de la fe, es necesario que todos ustedes conserven —como lo hacen ahora— su obediencia a la Sede Apostólica, y que ustedes, amados hijos, se esfuercen con toda sumisión por obedecer a su Patriarca y a los demás Obispos que legítimamente están a cargo de ustedes. Pero puesto que surgen tantas tentaciones para apartaros de esta unidad religiosa —tanto de las luchas partidistas relacionadas con la vida pública como de las distracciones en vuestros círculos domésticos— encontraréis vuestra gran defensa contra estos males en esa reverencia leal y sumisión de espíritu, tan notable entre vosotros, hacia el jefe del Imperio Otomano, cuya imparcialidad de sentimientos, deseo de paz y buena voluntad, evidenciadas en tantas ocasiones hacia Nosotros, han sido objeto de observación universal. La disensión y las luchas partidistas cesarán entre vosotros si mantenéis constantemente el recuerdo de lo que Pablo, el Apóstol de los Gentiles, escribió sobre la caridad perfecta, que «es paciente, es bondadosa; no tiene envidia, no actúa con perversidad; no es ambiciosa, no busca lo suyo, no se enoja, no guarda rencor».(1) Pero esta admirable unanimidad de sentimientos, si se logra entre vosotros, estará cargada de otro bien, de modo que podréis, como hemos dicho, cosechar frutos aún más abundantes de la restauración de la paz y la unidad; Esto volverá hacia vosotros las mentes y los corazones de otros que, aunque se jactan de pertenecer a la misma raza que vosotros, aún se mantienen alejados de Nosotros y no forman parte de los sagrados rediles del rebaño sobre el cual estamos establecidos. Así, mirando Con el ejemplo de paz y amor fraternal que mostráis, comprenderán fácilmente que el espíritu de Cristo os guía, pues solo Él tiene el poder suficiente para unir a sus seguidores en una sola mente y convertirlos en un solo cuerpo. ¡Que reconozcan esto y se propongan regresar a la unidad de la que se apartaron sus antepasados! Por lo tanto, les espera una inmensa alegría al verse unidos en la fe a Nosotros y a vosotros, y a todos los fieles que se llaman católicos en todo el mundo; y conocerán por experiencia lo que significa habitar en los salones de la mística Sión, a la cual la palabra divina le ha concedido extender su morada y desplegar la piel de sus tiendas sobre la faz de toda la tierra.

2. Ahora bien, para que esta conversión se concrete, es necesario que vosotros, Venerables Hermanos, que gobernáis las diócesis armenias y que, sabemos, nunca escatimaréis en exhortaciones fervientes ni en enseñanzas persuasivas, dediquéis todos vuestros esfuerzos. Además, anhelamos que aquellos que no nos reconocen sean llamados de nuevo por medio de vosotros, en Nuestro nombre y por Nuestras palabras; pues no es ninguna vergüenza —al contrario, es sumamente loable— que un padre llame a sus hijos extraviados y largamente esperados a casa, que incluso salga con los brazos abiertos a recibirlos y darles la bienvenida. Tampoco creemos posible que vuestras palabras y argumentos caigan en tierra estéril, pues la gran misericordia de Dios que ha mostrado a las naciones, sostenida por la humildad y docilidad del pueblo armenio, nos da esperanza de un resultado favorable. El testimonio de la historia está lleno de numerosos ejemplos de su disposición a abrazar la verdad una vez reconocida, y de su afán por rectificar si ven que se han desviado del camino correcto. Es más, incluso estos mismos hombres que cumplen con los deberes religiosos en cisma con ustedes, se jactan de que los armenios aprendieron la fe de Cristo gracias a Gregorio, un hombre de eminente santidad, que se ganó el sobrenombre de "el Iluminador", y lo honran como su padre y patrón con muestras de gran reverencia y devoción. Además, se cuenta entre ellos que este hombre emprendió un viaje a la ciudad de Roma para depositar su fe y su obediencia a los pies del Romano Pontífice, San Silvestre, quien, según se dice, lo recibió con gran afecto y le confirió varios privilegios. Sabemos, además, que muchos de los que posteriormente gobernaron las Iglesias armenias siguieron los pasos de Gregorio, a juzgar por sus cartas, sus peregrinaciones a Roma y, especialmente, por sus Decretos Sinodales. Particularmente memorables son los Decretos de los Padres Armenios en el Sínodo de Sizeboli, celebrado en el año 1307, sobre el deber de obediencia a esta Sede Apostólica: «Así como el cuerpo debe obedecer a la cabeza, así la Iglesia Universal (que es el cuerpo de Cristo) debe obedecer a aquel que ha sido designado por Cristo el Señor, cabeza de toda la Iglesia», y explicado más claramente en el Concilio de Adano en el año 16 del mismo siglo. Ustedes también saben —por mencionar embajadas menos importantes— lo que sucedió en el Sínodo de Florencia; pues cuando los Legados del Patriarca Constantino V llegaron allí, dijeron que habían venido a la cabeza, al pastor, a la piedra angular de la Iglesia, suplicando a Eugenio IV, nuestro predecesor en el Vicariato del Señor Jesucristo, como cabeza, que simpatizara con los miembros, como pastor que reuniera al rebaño, como piedra angular que fortaleciera la Iglesia (2) y trayendo el símbolo de su fe preguntaron: «Si algo falta, instrúyenos». Luego la Constitución del Consejo, Exultate DeoFue publicada por el Papa, en la cual les enseñó todo lo que consideraba necesario para el correcto conocimiento de la verdad católica; y sobre esto, los Legados, en nombre de su Patriarca y de toda la raza armenia, declararon que recibían la Constitución con total sumisión y disposición a obedecer, "prometiendo en el mismo nombre, como verdaderos hijos de la obediencia, obedecer fielmente los mandatos y órdenes de la Sede Apostólica". Por este motivo, Azarias, Patriarca de Cilicia, escribió con toda verdad en cartas dirigidas a nuestro predecesor, Gregorio XIII, fechadas el 10 de abril de 1585: "He aquí que hemos encontrado los Decretos de nuestros predecesores sobre la obediencia de los católicos y de nuestros Patriarcas al Romano Pontífice, y sobre la sumisión de San Gregorio 'el Iluminador' al Papa San Silvestre". Por consiguiente, siempre ha sido costumbre de la raza armenia recibir con honor a los Legados enviados en cualquier misión por la Sede Apostólica, y cumplir con los mandatos de esa Sede con religiosidad.

3. Podemos considerar estos hechos de tal fuerza que confiamos en que muchos que hasta ahora han permanecido fuera de la comunión con Nosotros se inclinarán ahora a renovarla; y si el temor de que la Santa Sede no se interese lo suficiente en ellos, o de que no sean recibidos con el cariño que desean, es motivo de demora u obstinación, pídeles , Venerables Hermanos, que recuerden los actos de Nuestros predecesores, quienes jamás permitieron que los armenios sintieran la falta de afecto paternal. Pues los Romanos Pontífices siempre les han ofrecido una cordial acogida, ya sea como peregrinos o como refugiados, e incluso han deseado abrirles hospicios. Es bien sabido que Gregorio XIII tenía la intención de financiar una escuela para la educación de jóvenes armenios, y cuando, truncado por la muerte, no pudo hacerlo, Urbano VIII lo llevó a cabo parcialmente al admitir a armenios, entre otros estudiantes, en el inmenso colegio que fundó para la propagación de la fe. Nosotros, sin embargo, aunque nuestra suerte nos ha sonreído en tiempos difíciles, fuimos capacitados por la ayuda de Dios para llevar a cabo más plenamente los planes de Gregorio XIII, y consagramos una casa de considerable tamaño a San Nicolás, en Tolentino, para las necesidades de los estudiantes armenios, la cual hemos erigido formalmente como su Colegio. Todo esto se ha hecho para rendir el debido honor a la liturgia y la lengua armenias, inmortalizadas en una abundancia de escritos a la vez antiguos, elegantes y refinados; también por este motivo, ha sido costumbre desde hace mucho tiempo que uno de los obispos que profesan vuestro rito permanezca siempre en Roma, y ​​es su deber ordenar a los jóvenes armenios que el Señor ha escogido para su viña. Por estas razones, la clase de lengua armenia ha sido una institución desde hace mucho tiempo en el Colegio Urbano, y Pío IX, nuestro predecesor, dispuso que hubiera un profesor en el Seminario Pontificio Romano para enseñar a nuestros propios estudiantes la lengua, la literatura y la historia de la nación armenia. El cuidado de los Romanos Pontífices por ese pueblo no se limitó a los confines de esta ciudad, pues pocas cosas les preocupaban tanto como liberar a vuestra Iglesia de las complicaciones, curar las heridas infligidas por los males de la época y velar por sus intereses. Nadie ignora el celo con el que Benedicto XIV se esforzó para que vuestra liturgia se mantuviera íntegramente como la de otras Iglesias orientales y para que se restaurara la sucesión de los Patriarcas católicos de Armenia en la Sede de Sizeboli. También conocéis bien la acción emprendida por León XII y Pío VIII para obtener un prefecto de asuntos civiles en la capital del Imperio Otomano armenio, como era privilegio de otras naciones que reconocían la misma norma. Finalmente, la acción de Gregorio XVI y Pío IX en el El aumento de sedes episcopales en vuestro país, y el honorable rango y prestigio otorgados al obispo armenio de Constantinopla, son hechos recientes; esto se logró primero con la constitución de la Sede Arzobispal y Primacial, y nuevamente con la unión de esta con el Patriarcado de Cilicia, con la condición de que el Patriarca residiera en la capital del imperio. Además, para evitar que la distancia entre los fieles armenios y la Sede Romana debilitara los lazos entre ellos, se dispuso prudentemente que hubiera un Delegado Apostólico en la capital del imperio para sustituir al Papa. Vosotros mismos podéis dar testimonio del profundo cuidado que hemos tenido por vuestra nación, y nosotros, a su vez, damos testimonio de vuestra buena voluntad hacia nosotros, de la cual hemos recibido prueba en numerosas ocasiones.

4. Por lo tanto, puesto que, por un lado, el sentir popular, las inclinaciones heredadas y todas las asociaciones del pasado se unen para atraer a los armenios separados hacia la verdad, de una manera demasiado fuerte como para ser resistida por una mayor demora; y, por otro lado, la Santa Sede siempre se ha esforzado por una unión completa con esa nación y por el retorno a la obediencia anterior cuando se habían apartado de ella; en verdad, Venerables Hermanos, tenéis a mano muchos y contundentes argumentos para ayudaros en vuestras persuasiones, dándonos gran esperanza de que la antigua armonía se restaurará por completo; y esto resultará no solo de beneficio universal para la salvación eterna de las almas, sino también para la felicidad y la gloria terrenales, que pueden ser piadosamente deseadas. Pues la historia atestigua que, entre los obispos de Armenia, brillaron por encima de todos los demás con esplendor estelar aquellos que se adhirieron más estrechamente a la Iglesia Romana, y la nación alcanzó su mayor gloria en los días en que la religión católica era la más extendida.

5. Que los asuntos terminen prósperamente y como deseamos, Dios, el soberano de todo, puede concederlo, Él que «llama a quien considera digno y a quien quiere concede la gracia de la fe» (3). Elevad vuestras oraciones a Él, junto con Nosotros, Venerables Hermanos e hijos amados, para que aquellos de vuestra nación que por el bautismo han sido incorporados al cuerpo cristiano y aún están separados de Nosotros, sean movidos por su gracia compasiva y completen la medida de Nuestra alegría con su regreso, «siendo de un mismo sentir, teniendo la misma caridad, estando de un mismo acuerdo, concordando en sentimiento» (4). Orad (con las palabras de la antífona armenia) para que ella se acerque al trono de la gracia como intercesora, quien es la «gloriosa y bienaventurada María, siempre Virgen, Madre de Dios, Madre de Cristo», para que ofrezca «Nuestras oraciones a su Hijo y a Nuestro Dios»(5). Que el ilustre mártir Gregorio «el Iluminador» preste sus oraciones a las de ella, para que la obra que comenzó con esfuerzo y en el heroico sufrimiento de la crueldad continúe. Que los tormentos sean perfeccionados y fortalecidos por él como siervo de la fuerza divina. Por último, ruega con nosotros para que la docilidad de los armenios y su retorno a la unidad católica sirvan de ejemplo y guía a otros que, siendo cristianos, se han separado de Roma, para que, habiendo regresado todos al hogar del que se apartaron, haya un solo rebaño y un solo pastor.

6. Y mientras esperamos esto en Nuestras oraciones y en Nuestras esperanzas, con sincero afecto os concedemos, como muestra de nuestra bondad, Venerables Hermanos, y a todos vosotros, amados hijos, la Bendición Apostólica.

Pronunciado en Roma, en San Pedro, el 25 de julio de 1888, en el undécimo año de nuestro Pontificado.

León XIII

Notas:

1. 1 Corintios 13, 4-5.

2. Labbaei Conc. Collect., Suppl. v. 210.

3. San Ambrosio. en Luc . c. iv.

4. Filipenses ii, 2.

5. Antiph. Liturg. Arm.
 

viernes, 28 de septiembre de 2001

NEMINEM VESTRUM LATET (2 DE FEBRERO DE 1854)


CARTA ENCÍCLICA

NEMINEM VESTRUM LATET

DEL SUMO PONTÍFICE PÍO IX

Carta encíclica sobre la persecución de la Iglesia Armenia

de la provincia Constantinopolitana

Venerables Hermanos y amados hijos, salud y bendición apostólica

1. Solicitud de los SS. Pontífices por la Nación Armenia

A ninguno de vosotros se oculta, Venerables Hermanos amados hijos, cuan paternal afecto a hayan demostrado los Romanos Pontífices predecesores Nuestros desde los más antiguos tiempos hacia vuestra nación Armenia que tan gloriosos nombres ilustran; y con cuánto cuidado y solicitud hayan procurado volver esa misma nación a la unidad católica. Ni ignoráis cuánto fruto hayan percibido Nuestros predecesores, con la gracia divina, por medio de sus intensos trabajos en vuestra nación y cuánta alegría hayan experimentado cuando obtuvieron que muchos armenios vueltos a la profesión de la unidad católica persistieran inconmovibles en ella. Y bien sabéis y conocéis con qué admirable virtud y suma gloria de su nombre los católicos armenios en tiempos luctuosísimos hayan sufrido por la defensa y profesión de la fe y unidad católica en cuyo amor y afición estaban encendidos, las más ásperas calamidades aun con peligro de su vida, con qué asiduo esfuerzo esta Sede Apostólica nunca haya dejado de ofrecer su ayuda a los mismos armenios, para proveer de todas las maneas posibles a sus necesidades, particularmente espirituales según su propio rito. Y como quiera que en aquellas regiones que estaban libres del furor de las persecuciones pudo de alguna manera conservar la jerarquía episcopal de los armenios anteriormente restituida, por lo mismo esta Santa Sede muy ansiosa y solícita por el bien espiritual de los armenios radicados en Constantinopla y en las provincias limítrofes donde no podían residir los obispos, juzgó que no debía perdonar ningún medio para mirar por la salud de los armenios. Por lo cual esta Santa Sede procuró con intensísimo afán formar inmejorablemente sacerdotes de vuestra nación haciendo intervenir la ayuda de Nuestro Colegio Urbano y dar ánimo sobre todo a aquellos alumnos de las familias religiosas que se ocupan en procurar el bien espiritual de vuestra nación. Y también sabéis muy bien, Venerables Hermanos y amados hijos, que esta Sede Apostólica, apenas se lo permitieron las circunstancias, constituyó en la ciudad de Constantinopla, una sede episcopal, y después que por la clemencia del supremo emperador de los turcos, lograron los armenios católicos una mayor libertad, sobre todo en las cosas sagradas (por la que con mutua concordia de los ánimos, pudiesen tener mayor vigor y florecimiento las cosas de la Religión) erigida en la misma ciudad una sede primacial arquiepiscopal para los armenios católicos y les fue dado su propio arzobispo como abundantemente lo atestigua la carta apostólica de Nuestro predecesor Pío VIII de piadosa memoria [1], todos conocen los infatigables y singulares cuidados de Gregorio XVI, igualmente predecesor Nuestro de feliz recordación, para constituir convenientemente la organización de aquella extensísima diócesis para procurar y fomentar cada día más el bien y prosperidad de los católicos armenios. Nosotros apenas por inescrutables juicios de Dios fuimos colocados en esta cátedra del Príncipe de los apóstoles, abarcando con Nuestro ánimo y pensamiento el orbe cristiano en toda su extensión fijamos con todo empeño y afecto Nuestra paternal solicitud en esa principalísima parte de la nación Armenia católica. Utilizando pues, los servicios de Nuestro Venerable Hermano Inocencio, Arzobispo de Sidón, a quien enviamos como Legado extraordinario Nuestro al supremo emperador de los turcos para que expusiera al mismo príncipe Nuestros amistosos sentimientos y simultáneamente le presentara Nuestros respetos, no descuidando de recomendar al mismo poderoso emperador de los otomanos, a los armenios y demás naciones católicas orientales que viven en sus dominios.

Y como estuviese muy en Nuestro corazón procurar una mayor utilidad a vuestra nación Armenia, recomendamos al mismo Venerable Hermano que investigara diligentemente en qué estado se hallaba la misma nación Armenia y que nos lo comunicara para que, considerado todo con maduro examen, supiéramos qué medidas deberíamos adoptar para conseguir el mayor bien espiritual de vuestra nación. Y así después que Nuestro Venerable Hermano hubo cumplido con el oficio que se le encomendó y nos suministró noticias detalladas acerca del estado de las cosas, aprobamos varios decretos publicados por Nuestros Venerables Hermanos Cardenales de la Santa Romana Iglesia, de Nuestra Congregación de la Propagación de la Fe y entre otros aquel que reprueba la sociedad llamada Connacional, de la que razonablemente se preveía habían de originarse muchos peligros. Luego publicamos Nuestra carta apostólica en la que llevamos a cabo lo que se había propuesto realizar el mismo predecesor Nuestro Pío VIII y constituimos otros cinco obispos del rito armenio, entre los que fue dividida parte de la antigua y extensísima diócesis constantinopolitana.

2. Orígenes de las funestas disensiones.

Y mientras teníamos la esperanza de que la provincia eclesiástica Armenia pudiese con Nuestros paternales cuidados florecer próspera y felizmente no sin gran dolor de Nuestro ánimo supimos que las perniciosas disensiones ya hace tiempo introducidas en vuestra nación por el hombre enemigo [2], crecían en tal forma que no faltaban quienes para fomentar tales desavenencias se valiesen de los mismos proyectos con que esta Sede Apostólica intensamente deseaba ayudar a vuestra nación. Esta discordia nunca suficientemente deplorada se enardeció cuando una de las partes disidentes comenzó a disertar y discutir abierta y públicamente en escritos impresos acerca de las cuestiones religiosas de la nación. Esos escritos fueron redactados por ambas partes con expresiones y sentencias hostiles y muy enconadas que distan mucho de la cristiana caridad y son en absoluto contrarias a lo que se requiere para proteger la caridad cristiana; salieron a la luz ignorándolo esta Sede Apostólica y contra su voluntad como quisimos que se declarara por reiteradas cartas de Nuestra misma Congregación. Cualquiera entre vosotros sabe qué escándalos dimanaron de allí no sin grave daño para vuestra nación, y con qué celo Nosotros, sin ninguna dilación, nos apresuramos a ponerlo todo por obra para apartar de vosotros todas las disputas y disensiones y extirpar de raíz sus gérmenes. Nos causó no pequeña alegría el que Nuestros primeros cuidados lograron el fin apetecido. Pues los Venerables Hermanos Antonio vuestro Arzobispo constantinopolitano y Juliano Arzobispo petrense en las regiones de los infieles y el vicario apostólico que allí tenemos para los del rito latino se llegaron hasta Nosotros, y expuestas todas las cosas vinieron a un perfecto acuerdo con gran concordia de ánimos y luego con Nuestra aprobación publicaron cuanto habían convenido. Ojalá, que, proporcionando gran gozo a Nuestro paternal corazón, todos los órdenes de vuestra nación con ecuanimidad hubiesen seguido Nuestros deseos según lo que no se descuidó en avisar e insinuar Nuestra Congregación encargada de la propagación de la fe, y confiando plenamente en Nuestros consejos y ordenaciones que últimamente se dirigían a vuestro bien común. Pues así nos veríamos obligados a llorar tantos daños y males como redundaron en vosotros, máxime por la disensión de los ánimos, con suma tristeza Nuestro espíritu.

3. Medidas adoptadas por el Papa.

Como no cesasen estas disensiones y visiones, ordenamos que Nuestra misma Congregación encargada de la propagación de la fe, con la mayor rapidez posible procurase conocer diligentísimamente tanto las antiguas como las recientes disputas de la nación Armenia y que los Venerables Hermanos Nuestros Cardenales de la S. R. I. de la misma Congregación las examinasen y considerasen según costumbre con su singular prudencia. Y sumamente solícitos por este asunto Nosotros mismos presidimos algunas de las reuniones y, oído el parecer de los mismos cardenales, manifestamos Nuestro pensamiento acerca de los principales artículos, no descuidando nunca de rogar y suplicar a Dios, rico en misericordia para que quiera ayudar y dar feliz éxito con el omnipotente auxilio de su divina gracia a Nuestra humilde labor iniciada tan sólo para el bien de vuestras almas. Siendo así que nada fuera para Nosotros más importante que mirar cuanto antes por vuestra tranquilidad y prosperidad, procuramos realizar lo que condujera a tan saludable fin. Por lo que conociendo que los daños de vuestra nación en gran manera se aumentaron por la publicación de los mencionados escritos, ordenamos que los principales de esos escritos, luego de un detenido examen, fuesen prohibidos y condenados, como también vehementemente reprobamos todas las demás cosas que se refieren a este asunto y que hayan salido a la luz pública, ya que antes o después de haber sido condenados aquellos escritos, tanto si han sido redactados en armenio como en armenio vulgar o en italiano o francés o cualquier otro idioma, máxime teniendo en cuenta que abundan en sentimientos de odio enteramente contrarios a la caridad cristiana. Dirigimos también todos nuestros cuidados para que en ese Seminario Constantinopolitano sea religiosamente promovida cada día más la recta y cuidadosa formación del clero, y para que las Familias Religiosas guarden un orden mejor que hasta aquí, y mandamos publicar por Nuestra misma Congregación de la Propagación de la Fe, un decreto referente a esto que mandamos fuera cumplido enteramente. Para que termine toda controversia y sospecha acerca de la doctrina de los monjes mequitaristas que viven en Venecia, queremos que sepáis que los mismos monjes nos enviaron una espléndida profesión y declaración de la fe y doctrina con las correspondientes firmas, lo que nos proporcionó suma consolación y satisfizo completamente Nuestros deseos. Pues no sólo con elocuentísimas expresiones profesan con espíritu animoso y decidido que acatan todas las ordenaciones y decretos de los Romanos Pontífices y Sagradas Congregaciones sea que ya estén publicados o que en adelante se publicaren y en particular las que vetan la comunicación en las cosas divinas con los cismáticos, sino que también clara y abiertamente declaran: que parte de su nación, cuyo bien y utilidad, principal y únicamente procura su instituto, infelizmente se encuentra separada de la comunión Católica Apostólica Romana y por eso declaran que abrazan y reconocen como a sus hermanos a quienes la Santa Iglesia Apostólica Romana reconoce como hijos suyos, condenando el error de los armenios cismáticos, afirman que ellos están fuera de la verdadera Iglesia de Jesucristo, y profesan que nunca dejaron de orar, predicar, y tanto con hechos, escritos y palabras procurar que los mismos errantes vuelvan al único pastor supremo, cabeza y centro es el Romano Pontífice, Sucesor de Pedro, Príncipe de los Apóstoles Y también os comunicamos que tomamos otras oportunas determinaciones para que desaparezca todo temor acerca de los colegios en los que los mismos monjes instruyen a la juventud Armenia. Y para que la principalísima obra comenzada por Nuestros predecesores y llevada por Nosotros a feliz término por la jerarquía ordinaria de los obispos, pueda en adelante proseguir prósperamente y se pueda tener la elección tanto del arzobispo primado como de los demás obispos sufragáneos, ordenamos que se diesen oportunas instrucciones por la predicha Congregación y mandamos que fuesen comunicadas al mismo arzobispo y a los demás obispos.

4. Anhelos del Papa: que todos vuelvan a la unión y caridad de Cristo Nuestro Señor.

Todas estas cosas abundantemente demuestran, Venerables Hermanos y amados hijos, cuan vehementemente estamos solícitos por vuestro bien espiritual y con qué paternal afecto de caridad amamos en el Señor a vuestra nación Armenia. Ahora pues os escribimos esta carta, con la que con todo amor os hablamos a todos y encarecidamente os exhortamos, advertimos y rogamos que os revistáis como elegidos de Dios de benignidad, humildad, modestia, paciencia y, unidos entre vosotros con estrechísimo vínculo de concordia y caridad depongáis todas las diferencias, disputas, envidias, iras, disensiones, tengáis en todo paz y santidad, y, sintiéndoos unos seáis perfectos en el mismo sentir y opinar y solícitos por guardar, en el vínculo de la paz, aquella unidad de espíritu que fue tan recomendada e inculcada por Cristo Señor Nuestro. Con tanta mayor confianza esperamos que sigáis Nuestras amantísimas amonestaciones, exhortaciones, deseos y peticiones, según vuestra fiel piedad para con Nosotros y esta Santa Sede, cuanto que, enseñados por una triste experiencia, sabéis cuántas calamidades haya sufrido vuestra ilustre nación por la discordia de los ánimos y cuan prósperos y faustos acontecimientos hubiese vivido, si todos unidos con mutua concordia de voluntades y amándose mutuamente, hubiesen caminado en la caridad de Dios. Recordando, pues, con cuántas calamidades habéis sido probados a causa de la discordia, considerando seriamente que toda ciudad o casa dividida contra sí misma, no permanecerá en pie [3] y teniendo siempre ante los ojos aquel aviso del Apóstol que si mutuamente os mordéis y coméis mirad que acabaréis por consumiros unos a otros [4], nada tengáis en adelante por más importante y estimable que fomentar entre vosotros con singular cuidado y celo la cristiana concordia de ánimo, tener paz y buscar las cosas propias de la paz. Todos recordáis con qué paternal solicitud os inculcó esta concordia el mismo predecesor Nuestro Pío VIII, quien al instituir la sede primacial arzobispal constantinopolitana dio fin a su Carta Apostólica con estas palabras de San León Magno, asimismo predecesor Nuestro: "La unión de todo el cuerpo es causa de unidad, salud y hermosura, y esta conexión de un solo cuerpo requiere unanimidad y exige sobre todo concordia de los sacerdotes". Estos consejos, verdaderamente saludables, no dejó de repetirlos con igual celo el otro predecesor Nuestro Gregorio XVI, para excitaros e inflamaros cada día más en esta mutual concordia de los ánimos. Ahora empero, nos dirigimos en particular a vosotros, Venerables Hermanos, obispos de esa provincia eclesiástica constantinopolitana y os rogamos encarecidamente en el Señor que con ánimos concordes e infatigable celo, no ceséis nunca de exhortar e inflamar a los fieles, a vosotros encomendados, ya con obras, ya de palabra, ya con el ejemplo, a una mutua concordia, paz y caridad, quebrantando y reprimiendo todo movimiento de disensión. Todos, pues, desempeñando cuidadosa y celosísimamente, con suma unión de ánimos, voluntades y opiniones, las obligaciones de vuestro gravísimo oficio episcopal aceptad a la grey de Dios encomendada a vuestro cuidado, velando sobre ella no forzada sino espontáneamente según Dios... ni como señores del clero, sino hechos espiritual ejemplo de la grey [5]. En primer lugar no perdonéis ningún cuidado, consejo ni trabajo para custodiar en vuestras diócesis íntegro e inviolable el depósito de nuestra divina fe, para que el clero sea santamente instruido en cosas óptimas y formado cuidadosamente en toda virtud y en el espíritu eclesiástico y enseñado en todas las disciplinas, sobre todo las sagradas, enteramente inmunes de todo peligro de error.

5. Recomienda el Padre Santo los medios suaves.

Para que los fieles sean imbuidos cada día más en las saludables doctrinas de la Religión católica y en sus santísimos preceptos y sean confirmados por los carismas de la gracia de manera que, apartándose del mal y haciendo el bien, crezcan en la ciencia de Dios, y con pie aún más ligero, caminen por la sendas del Señor, de manera que la honestidad de las costumbres, la integridad de la vida y la virtud, religión y piedad, reciban cada día mayor incremento florezcan y dominen los ánimos de todos. Y mirando siempre el ejemplo del Príncipe de los pastores, que se profesó manso y humilde de corazón que nos dejó ejemplo, para que sigamos sus huellas, nada tengáis por más estimable, Venerables Hermanos, que devolver con espíritu de suavidad y mansedumbre al recto camino de la justicia y verdad a los pobres errantes y siguiendo la prescripción apostólica argüirles, rogarles, reprendiendo con toda la paciencia, bondad y doctrina [6], como quiera que frecuentemente sea más eficaz para corregirlos la benevolencia que la austeridad, la exhortación que la amenaza, la caridad que la potestad. Y si alguna vez os veis obligados a mostrar seriedad y severidad, cuando hayan sido inútiles los remedios suaves y la gravedad del mal pida remedios más enérgicos, corregid a los hombres que delinquen según lo que prescriben los sagrados cánones, templando el juicio con la misericordia, el rigor con la suavidad, como conviene en gran manera a los pastores de la Iglesia que deben mostrarse a sus súbditos, madres en la piedad y padres en la disciplina.

Nos dirigimos también a vosotros, amados hijos clérigos de cualquier orden, tanto seculares como regulares, que incorporados así al divino ministerio, elegisteis ya al Señor como parte de vuestra heredad, subordinados como conviene a los propios obispos y obedeciéndoles y acordándoos de vuestra vocación y dignidad, esforzaos en seguir y conservar tal gravedad en las costumbres y santidad en la vida, que podáis llevar a los pueblos a un gran amor y veneración de vuestro orden, y dar un gran incremento a la edificación eclesiástica. Por lo cual, evitando cuidadosamente todas las cosas que están prohibidas a los clérigos y que de ninguna manera les convienen, no queráis nunca admitir nada que sea de escándalo a otro, sino procurad cada vez mostraros como ejemplo de buenas obras, en la palabra, en la conversación, en caridad no fingida, en doctrina, fe y castidad. Y cuando, sea por necesidad, sea por razón del sagrado ministerio os veáis forzados a vivir en casa de laicos, procurad con todas vuestras acciones mantener en tal forma la grandeza y dignidad de la persona eclesiástica, que brillando con el ornato de todas las virtudes, seáis buen olor de Cristo. Y vosotros, varones religiosos, teniendo presente el decreto que Nuestra misma Congregación ha publicado por Nuestro mandato el día 20 de Agosto del año pasado, procurad observarlo religiosamente. Vosotros, varones de ambos cleros, no dejéis nunca de insistir en la oración y rogarle continuamente a Dios para que derrame, siempre propicio, sobre vosotros y el pueblo cristiano los ubérrimos dones de su celestial gracia.

6. Cultivo de los Estudios Sacros.

No ceséis de cultivar asidua y cuidadosamente los estudios sobre todo de las divinas letras y sagradas disciplinas, de modo que podáis responder a quienes requieren de vuestros labios la ley y enseñar los mandatos de Dios a los que los ignoran y yerran. Buscando con singular industria y diligencia no las cosas que os pertenecen, sino las que interesan a Jesucristo, estudiad, amados hijos, ejercitad pía y santamente todas las obligaciones de vuestro sagrado ministerio y no ceséis nunca de cooperar unánimes en todas vuestras actividades con vuestros propios obispos, para que podáis procurar la salud eterna de los fieles, promover cada día más nuestra santísima Religión y su doctrina, extirpar los gérmenes de discordias e infundir en todos el amor a la concordia y paz cristiana. Dado que proviene de Dios toda sabiduría no deben jamás ensoberbecerse aquellos de entre vosotros que se destacan por su ciencia, sino que dando humildes gracias al Señor, dador de todo bien, usen de la doctrina para edificación propia y la de los demás, meditando seriamente que Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes y que juzga más severamente a los que recibieron más que a los otros. Pues, como sapientísimamente advierte San Gregorio Magno, predecesor Nuestro, cuánto se aumenta también la cuenta que se pide por ellos, y por tanto deberán ser cada cual tanto más humilde y más pronto en el servicio de Dios, según su oficio, cuanto entienda que será más estricta la cuenta que habrá de dar [7]. No se encuentre nunca entre vosotros quien envidie en otros varones eclesiásticos aquellos dones que puedan redundar en utilidad espiritual del prójimo.

7. Exhortación a los fieles.

Pero ya Nos queremos dirigir a vosotros, dilectísimos hijos en Cristo de la nación católica Armenia, que vivís en las regiones de esa provincia eclesiástica constantinopolitana, cualquiera sea vuestro orden, edad, sexo y condición.

A vosotros, pues, os advertimos y exhortamos encarecidamente, según Nuestro sumo amor paternal hacia vosotros, que después de todas las diferencias, disensiones, envidias y rencillas, tengáis entre vosotros concordia y paz, soportándoos mutuamente con caridad. Esté pues, cada día más en vuestro corazón la perseverancia siempre más estable en la profesión de la Religión católica y la adhesión firme y constante a Nosotros y a esta cátedra del Beatísimo Príncipe de los Apóstoles, e insistid siempre en las obras de caridad para con Dios y el prójimo cumplid cuidadosamente cada uno de los mandatos de Dios y de la Iglesia haciéndolo todo en Nombre de Nuestro Señor Jesucristo. Estad sujetos y obedeced a vuestros obispos, a quienes el Espíritu Santo puso a regir la Iglesia de Dios. A ellos está encomendada vuestra salvación, de la cual habrán de rendir algún día cuenta severísima al Eterno Príncipe de los Pastores por lo mismo es obligación de ellos el vigilar cuidadosamente, estar en vela y trabajar para llevarlos por la senda de la salud y confirmar lo débil con doctrina oportuna y verdadera, consolidar lo resquebrajado, enderezar lo depravado y dispensaros la palabra de vida como alimento para la eternidad. Por lo cual debéis ofrecer oído pronto a la voz y autoridad de obispos y jamás deberá suceder entre vosotros que alguien resista al propio obispo y quiera en cierta manera imponerle leyes, máxime en todo lo referente al ministerio y autoridad episcopal.

8. El celo de los Magistrados.

Os hablamos a todos vosotros que en esta nación católica Armenia os aventajáis a los demás en la nobleza de vuestra sangre, el esplendor de vuestra posición, la autoridad y las riquezas. Nada ciertamente más útil y conveniente podría ocurrir a vuestra ilustre nación que si brillarais todos vosotros en el esplendor de las virtudes lo mismo que en el honor y dignidad, puesto de vosotros espera el pueblo cristiano un ejemplo que imitar. Os pedimos, pues, insistentemente que, encendidos en el amor de la Religión y celo de la misma concordia, no sólo evitéis maquinar algo contra la Iglesia y vuestros obispos, como suelen hacer los que están separados de la unidad católica, sino que encaminéis todos vuestros cuidados y preocupaciones a que la Iglesia Católica adquiera allí mayor incremento y manifiesten todos la debida reverencia, acatamiento y obediencia tanto a la suprema y plena potestad confiada por Cristo a Pedro y a sus sucesores los Romanos Pontífices, de apacentar, regir y gobernar a la universal autoridad de que gozan los obispos en su propia grey, la que jamás puede estar subordinada y sujeta ninguna autoridad. Bien veis qué gloria podéis adquirir y qué merced tan abundante podréis lograr de Dios, retribuidor de todos los bienes, si obedeciendo a estos Nuestros avisos, deseos y pedidos, os esforzareis en procurar, según la medida de vuestras fuerzas, la utilidad y prosperidad de Nuestra santísima Religión.

9. Aclaración final. La Iglesia desea y ora por la unidad.

Antes de poner fin a este escrito, Venerables Hermanos y amados hijos, creemos deberos declarar clara y abiertamente algunas cosas acerca de un asunto en el que se ha suscitado gran confusión de opiniones y que no fue pequeño motivo de disensiones entre vosotros, pues suprimiremos así todas las ambigüedades y dudas. Merecen ciertamente gran alabanza quienes desean que vuelva a la unidad a aquella parte de vuestra nación que desgraciadamente se encuentra aún en el cisma, pues tal deseo responde plenamente tanto a los ardentísimos votos de la Santa Madre Iglesia, que nunca deja de rogar y suplicar a Dios para que todos sus hijos disidentes vuelvan a su seno y a sus brazos como también a las infatigables aspiraciones y afanes de esta Santa Sede que tanto ha trabajado y nunca dejará de trabajar para que esto se logre. Nosotros mismos, como bien sabéis, ya desde el comienzo de Nuestro Supremo Pontificado con ocasión de haber enviado un Legado al ilustre emperador de los turcos, enviamos una carta a los orientales [8], en la que con gran amor y celo los excitamos a que se apresuraran a volver a la profesión de la unidad católica. Ojalá que toda vuestra nación, respondiendo a la gracia celestial, abjurando sus errores, volviera con espíritu de docilidad y unidad al único redil de Cristo, del que está enteramente alejado quien no está unido a esta Santa Sede de Pedro, de la que dimanan para todos los derechos de la venerable comunión [9], a la que se debe todo honor y reverencia [10] y a la que por su principal preeminencia es necesario que se una toda la Iglesia, es decir, a los fieles de todas partes [11]. Ciertamente, experimentaríamos gran consolación y la universal Iglesia se regocijaría con gran alegría, Venerables Hermanos y amados hijos, si toda vuestra nación volviera a la unidad católica. Por lo que bien entendéis, que Nosotros no sólo no podemos aprobar el modo de obrar de aquellos que suelen tratar con modo áspero y duro a los cismáticos de vuestra nación ni tienen con ellos la debida consideración, sino que también reprobamos vehemente y absolutamente a quienes no tratan con amor y benevolencia, sino con aspereza y severidad aun a los que se convirtieron del funesto cisma a la unidad católica.

10. La Iglesia es celosa custodia de la unidad doctrinal.

Pero al mismo tiempo no podemos tolerar que algunos con el pretexto de promover la unión católica no quieran que se admita diferencia alguna con los errores de los cismáticos y abusando del celo con que esta Santa Sede procuró conservar los antiguos y santos ritos de la Iglesia Oriental, juzguen que en esto se ha de hacer cuidadosamente y por entero lo que acostumbran los cismáticos actualmente y sostengan que deben ser eliminados ciertos usos que fueron justificadamente introducidos, de manera que con solemne testimonio se demostrase cuan vehementemente rechace la herejía y el cisma vuestra nación católica y se adhiera firmemente a la unidad católica. Estos hombres querrían también que se suprimieran ciertas obras y reglas eclesiásticas que la experiencia demostró debían ser agregadas a la disciplina de los viejos cánones, siendo así que la Iglesia Católica, totalmente distinta de la herejía y el cisma que están muertos, floreciendo con perpetua vida, enriquecida con los tesoros de las riquezas celestiales y siendo maestra de la verdad y camino de salvación, es fecunda madre y nutricia de tantas obras santas y hermosísimas instituciones con las que fomenta la religión, piedad, humanidad y todas las virtudes y no deja nunca de proveer maravillosamente al bien común de todos, al orden, prosperidad y concordia. De ninguna manera ignoráis que el mismo Predecesor Nuestro Gregorio XVI publicó contra las maquinaciones de estos hombres su Carta Apostólica del día 3 de febrero de 1832, que comienza: Inter gravissimas. Resulta cosa singular y digna de admiración que estos hombres tan entusiastas por los ritos, no vacilen en apartarse en otras cosas de los mismos antiguos cánones de la Iglesia Oriental.

11. Se impone silencio sobre el asunto; otras medidas para volver a la paz y concordia.

Ahora, pues, Venerables Hermanos y amados hijos, después de todas estas cosas que movidos por el celo de Nuestra ardiente caridad hacia vuestra nación Armenia juzgamos deberos expresar y declarar para eliminar todas las dudas y ambigüedades, que Nos abrigamos la esperanza de que con la ayuda de Dios, según Nuestros ardentísimos votos, volverán de nuevo a revivir y dominar en los ánimos de todos vosotros, la concordia y la paz de las que vuestra misma nación puede esperar toda la prosperidad verdadera. Para que una tranquilidad tan saludable y tan deseada pueda más fácilmente ser lograda por vosotros, imponemos con esta carta perpetuo y absoluto silencio sobre las pasadas cuestiones y controversias y del todo prohibimos todas las reclamaciones y conversaciones que puedan turbar la paz entre los católicos armenios; asimismo prohibimos expresa y severamente que se aplique la designación de herejes y cismáticos a quienes están en gracia y comunión con esta Sede Apostólica. Si hubiese algunos, lo que esperamos no sucederá, que no obren rectamente o despierten sospechas, habrá que proveer las medidas convenientes y en primer lugar habrá que exponer el caso a esta Santa Sede con documentos adecuados y canónicos. Por lo que toca hacer después de estos avisos y declaraciones Nuestras, todos los perturbadores de cualquier clase y orden serán en adelante reos de grandísima culpa y no podrán de ninguna manera y con ningún pretexto excusarse si se les aplica la debida severidad. Pero los reiterados y espléndidos testimonios de filial piedad, amor y acatamiento hacia Nosotros y esta Santa Sede, que recibimos de todos los órdenes de vuestra nación Armenia católica, Nos llevan a una máxima esperanza de que vuestra misma nación Nos proporcione gran consuelo, alegría y gozo. Apoyados en esta esperanza no dejamos de rogar humildemente e insistentemente en todas Nuestras oraciones y súplicas con acciones de gracias, al clementísimo Padre de las misericordias para que os quiera conceder siempre propicio a todos vosotros, Venerables Hermanos y amados hijos, que todo os suceda próspera y saludablemente y que la paz de Dios que supera todo sentido custodie vuestros corazones e inteligencias y la gracia de Jesucristo y 1a comunión del Espíritu Santo sea con vosotros. Y como auspicio de esto y testimonio de Nuestra afectuosísima caridad paterna os impartimos con íntimo afecto de Nuestro corazón, a todos vosotros, Venerables Hermanos y amados hijos, la Bendición apostólica.

Dado en roma, junto a San Pedro, el día 2 de febrero de 1854, de Nuestro Pontificado el año octavo. Pío IX

Notas:

[1] Pío VIII, Carta Apost. Quod iam diu y Aposlolatus officium, 6-VII-1830.

[2] Mat. 13, 25.

[3] Mat. 12, 25

[4] Galatas 5, 15

[5] I Pedro 5, 2-3.

[6] II Timot. 4, 2

[7] S. Gregorio Magno, Homilía 9, sobre el Evangelio

[8] Pío IX, Carta a los orientales In suprema Petri 6-I-1848

[9] S. Ambrosio. Epist. 12, al Papa Dámaso n. 2 y 4

[10] Concilio de Efeso, Actio IV (Mansi Coll. Conc. IV, col. 1311-E)

[11] S. Ireneo, Contra los herejes lib. III, cap. 3 (Migue PG. 7-A, col. 849-A).
 

jueves, 27 de septiembre de 2001

NON SINE GRAVISSIMO (24 DE FEBRERO DE 1870)


CARTA

NON SINE GRAVISSIMO

DEL SUMO PONTÍFICE

PÍO IX

A nuestro venerable hermano Antonio José, arzobispo de Tiane, nuestro delegado apostólico y el de esta sede apostólica en la ciudad de Constantinopla.

Papa Pío IX. A nuestro venerable hermano, salud y la bendición apostólica.

Con profunda tristeza y angustia hemos sabido que la Iglesia Armenia de Constantinopla está deplorablemente atribulada a no poca discordia y disturbios, y que la paz (cuya preservación Nosotros, junto con Nuestros Predecesores, siempre hemos recomendado fervientemente a los fieles) está a punto de abandonarla. En efecto, algunos laicos, reunidos con algunos miembros del clero secular y monjes del rito armenio, despreciaron y negaron abiertamente la autoridad de Nuestro Venerable Hermano Antonio Pedro IX, Patriarca de Cilicia, y rechazaron hasta tal punto la jurisdicción canónica de Nuestro Venerable Hermano José Arakial, Obispo de Ancira (quien, con Nuestro consentimiento, ejerce el poder vicario del mismo Patriarca en la ciudad antes mencionada), que se atrevieron a rechazar o desobedecer su voluntad y sus órdenes. Llegaron al extremo de cuestionar incluso la legítima elección del mencionado Patriarca, aun cuando esta se hubiera concluido con el sufragio unánime de los obispos y hubiera sido confirmada por Nuestro juicio y autoridad, e interrumpir públicamente su solemne conmemoración durante el santísimo sacrificio de la Misa y las funciones divinas. Además, no temieron erigir un altar en una casa particular, en oposición al altar legítimo de Cristo, y fundar allí una Iglesia a la que llamaron Iglesia Católica Armenia independiente, una singular contradicción en sí misma, como si en la Iglesia Católica fuera lícito para los fieles vivir a su antojo y no, por el contrario, estar obligados a obedecer a sus superiores y someterse a ellos, según el precepto del Apóstol.

Estos actos reprobables son ciertamente muy graves, Venerable Hermano, y tanto más dolorosos para Nosotros porque jamás los hubiéramos esperado, especialmente de los armenios que viven en Constantinopla: de hecho, la Sede Apostólica siempre les ha dedicado una atención y solicitud singulares. Ni siquiera la amargura de Nuestro dolor se vio mitigada por las promesas de reverencia y obediencia hacia esta Cátedra del Santísimo Pedro que se nos dirigieron en las peticiones de los laicos, clérigos y monjes antes mencionados: estas promesas parecían confirmar con un inútil ruego la advertencia del Venerable Hermano José, de la cual muchos pretendían eludir. En efecto, contra la autoridad de esta Sede Apostólica divinamente constituida, se difundieron doctrinas erróneas y calumnias entre el pueblo, e incluso la fuerza y ​​autoridad de Nuestras Constituciones fueron despreciadas y menoscabadas.

Si bien lamentamos profundamente estos incidentes, no podemos elogiar lo suficiente a la mayoría de los armenios de esa ciudad, que permanecieron firmes en su deber y fe, y, movidos por su conciencia, imploraron a su legítimo Patriarca y a esta Nuestra Sede que fueran liberados de tantos males.

Deseando ayudaros por obligación de Nuestro ministerio, os invitamos, Venerable Hermano que trabajáis en la ciudad de Constantinopla por Nuestra delegación Apostólica, a regresar lo antes posible a esa misma ciudad y allí, en virtud de la tarea que os ha sido encomendada, fortalecer a los católicos orientales en su fe, y guiar con todas vuestras energías de nuevo por el camino de la salvación a aquellos que han fallado en su deber.

Para cumplir dignamente esta tarea, Venerable Hermano, es necesario que recordéis e inculquéis en la mente de los fieles que os han sido confiados que es propio de la fe católica creer que la plena autoridad y el poder para pastorear, dirigir y gobernar la Iglesia universal en nombre del Bienaventurado Pedro han sido transmitidos por Nuestro Señor Jesucristo al Romano Pontífice. El pleno y libre ejercicio de este poder no puede ser limitado ni restringido por fronteras territoriales o nacionales; todos los que se jactan de ser católicos no solo deben compartir su fe y dogmas, sino también obedecerlos en cuanto a ritos y disciplina. Por lo tanto, no dejéis de enseñar a los armenios y a todos los orientales cuán grande es la diferencia entre disciplina y rito, ya que la confusión de ambos términos perturba la mente de los fieles; no deja de dar lugar a numerosas e injustas quejas; es utilizada para incitar la hostilidad contra la Sede Apostólica por todos aquellos que no se avergüenzan en absoluto de obstaculizar o disminuir la acción y el poder salvíficos de la misma Sede en las Iglesias orientales. En efecto, Nosotros, junto con Nuestros Predecesores, declaramos que los ritos orientales debían conservarse siempre que no fueran incompatibles con la fe y la unidad católicas, ni menoscabaran la integridad eclesiástica. Esto no impide en absoluto, especialmente en lo que respecta al gobierno eclesiástico, que la disciplina canónica sea coherente en todas partes, al menos en lo esencial, y que se restablezca donde haya sido subvertida o se haya perdido. Ni nos apartaremos jamás de esta postura, en la medida en que así lo exija el deber de Nuestro ministerio apostólico. Precisamente con este fin publicamos Nuestra Constitución el 12 de julio de 1847, que comienza con Reversuros, y deseamos que permanezca vigente y sea observada escrupulosamente por todos aquellos a quienes concierne; de ​​hecho, nada es más apropiado que dicha Constitución para proteger la libertad eclesiástica, preservar los derechos y la autoridad de los sagrados Obispos y conservar siempre mejor la religión y la unidad de los católicos.

En efecto, ¿con qué razón, con qué espíritu, pueden quienes niegan o menosprecian los derechos y deberes de la Sede Apostólica prometer reverencia y obediencia a ella? Esta parecía ser la premisa de las peticiones antes mencionadas de varios armenios, quienes también solicitaban que, sin perjuicio de sus ritos, los armenios se sometieran enteramente a la jurisdicción del Delegado Apostólico mientras nuestro Venerable Hermano Antonio Pedro IX ostentara el cargo de Patriarca. Consideramos que esto no debía permitirse bajo ninguna circunstancia, especialmente porque constituía un claro intento de invalidar su legítima autoridad.

Es aún más grave abusar de la autoridad de la Sede Apostólica para eludir las amonestaciones de los prelados. En efecto, el derecho de apelación ante el Romano Pontífice, a quien pertenece el poder divino de anular las sentencias de cualquier juez, es sagrado, respetado y honrado en todas las épocas. Pero, en verdad, este pretexto no puede tolerarse ni utilizarse para justificar la desobediencia, cuando es evidente que quienes se dejan sobornar por ese consejo en materia de apelación atacan injustamente la disciplina eclesiástica. Aún no se ha hallado un remedio contra la apelación (como advirtió nuestro predecesor Alejandro III) que pueda servir de defensa contra quienes, disolutos, se desvían del respeto a la religión y al orden. Y es sabido por todos que las apelaciones solo deben tenerse en cuenta en asuntos de amonestación y, como se suele decir, de decadencia moral. Quienes se atrevan a actuar de otro modo deben estar convencidos de que no son tanto hijos devotos de la Sede Apostólica como perturbadores del orden eclesiástico.

Para preservar esta Orden, de cuya serenidad surge la paz, es necesario que cada uno, consciente de su propia condición, evite transgredir los límites de las leyes eclesiásticas que le han sido asignadas. Por lo tanto, los sacerdotes deben ser completamente ajenos a las ocupaciones mundanas y estar siempre dedicados a la salvación de las almas y obedecer a los obispos con la debida reverencia. Los monjes también, que en su profesión han repudiado todas las preocupaciones temporales, deben llevar una vida tranquila e incontaminada, en santa compañía y según la norma de su Orden, en monasterios u hospicios, deben esforzarse siempre por su propia salvación eterna y la de sus vecinos, practicando la reverencia y obediencia que deben a los obispos. Por esta razón, esta Santa Sede —para los monjes que viven en Constantinopla— ha emitido desde hace mucho tiempo leyes e instrucciones saludables que comienzan con Complures [Instruct. SC de Prop. Fide, 20 de agosto de 1842] y con Compertum est [Decret. SC de Prop. Fide, 20 de agosto de 1853]; si se hubieran observado, no nos veríamos obligados a lamentar que algunos monjes se hayan desviado del camino correcto. Por lo tanto, prescribimos que estas instrucciones sean recibidas por todos aquellos a quienes van dirigidas, y os encomendamos la tarea de asegurar que sean respetadas escrupulosamente de acuerdo con el deber y el poder de vuestro oficio. Finalmente, la categoría de los laicos debe permanecer dentro del ámbito de sus deberes y no interferir de ninguna manera en los asuntos eclesiásticos. Les corresponde, en la Iglesia, aprender y no enseñar, ser guiados y no guiar; nada ha sido tan perjudicial para la Iglesia de Dios (y por lo tanto nada más censurado por los Santos Padres y por los Concilios, incluso los ecuménicos) como la injerencia de los laicos en los asuntos y el orden eclesiástico.

Estos son los preceptos, Venerable Hermano, que consideramos oportuno daros a conocer y prescribiros; y para que podáis ponerlos en práctica de la manera más provechosa, os confiamos con esta Carta todos los poderes necesarios.

Venid, pues, fortalecidos por la ayuda divina, dedicaos diligentemente a la obra y volveos pronto a aquellos a quienes Nosotros no podemos visitar. Confiamos, en efecto, en que la Santísima Madre de Dios, concebida sin pecado, y San Gregorio, que fue la verdadera luz y Apóstol del pueblo armenio, implorarán a Jesucristo Nuestro Señor toda gracia, para que Nosotros, que esperamos en Él, no nos extraviemos y Nosotros, que nos entristecemos por tantos males, podamos consolar y alegrarnos en Nuestros hijos. Como prenda de este bien, que invocamos con asiduas oraciones a Dios, y de todos los dones celestiales, como prenda de Nuestra especial benevolencia hacia Vos, con todo Nuestro corazón os impartimos con amor, Venerable Hermano, y a todo el clero y los fieles laicos confiados a vuestro cuidado, la Bendición Apostólica.

Dado en Roma, en San Pedro, el 24 de febrero de 1870, en el vigésimo cuarto año de Nuestro Pontificado.
 

miércoles, 26 de septiembre de 2001

ORIENTALIUM DIGNITAS (30 DE NOVIEMBRE DE 1894)


CARTA APOSTÓLICA

DEL PAPA LEÓN XIII

ORIENTALIUM DIGNITAS

Obispo León, siervo de los siervos de Dios. Que su memoria sea eterna.

La dignidad de las Iglesias orientales, con su antigua e ilustre historia, goza de gran veneración y gloria en todo el mundo cristiano. En efecto, una vez iniciada la obra de redención humana en Oriente, por designio divino, se produjo un rápido desarrollo en el que las virtudes del apostolado y el martirio, de la doctrina y la santidad, junto con los consuelantes primeros frutos de la más saludable fe, florecieron espléndidamente en esas Iglesias. Desde ellas, pues, un vasto flujo de beneficios se extendió maravillosamente por otras naciones, cuando el bienaventurado Pedro, príncipe del orden apostólico, para disipar los múltiples males del error y el vicio, con inspiración celestial llevó la luz de la verdad divina, el evangelio de la paz y la libertad de Cristo a la Ciudad, gobernante de los pueblos.

Así, más que nunca, la Iglesia Romana, cabeza de todas las Iglesias, ha sido generosa en su honor y amor hacia las Iglesias Orientales desde los tiempos apostólicos, regocijándose a su vez en su fiel obediencia. Y en los diversos y desastrosos acontecimientos que siguieron, nunca cesó, con providencia divina, de rescatarlas de las calamidades, de mantenerlas cerca si eran amigas y de reconciliarlas si disentían. Tampoco dejó de velar por que entre esos pueblos se conservaran intactas las costumbres propias y las formas de los ritos sagrados que, en su sabiduría y poder, había reconocido como legítimas. Prueba de ello son las numerosas cosas que nuestros Predecesores, y especialmente Pío IX, de feliz memoria, ordenaron con gran prudencia, ya sea por sus propios actos o a través de la Sagrada Congregación para la Propagación de la Fe.

Nosotros también, movidos y guiados por una solicitud no menor, desde el comienzo de Nuestro Pontificado, hemos dirigido con amor Nuestra mirada a las naciones cristianas de Oriente. Ciertamente, hemos agilizado Nuestros esfuerzos para aliviar sus necesidades y hemos aprovechado otras oportunidades para demostrar Nuestra activa benevolencia hacia ellas. Pero nada fue ni es más querido y sagrado para Nosotros que acercar cada vez más sus almas a esta Sede Apostólica y despertar en ellas el ardor y la fecundidad de la fe para que, renovando el ejemplo de sus antepasados, puedan emular su excelencia y gloria.

Ya hemos podido brindar cierta ayuda a esas Iglesias. Abrimos un colegio en esta misma Roma para clérigos armenios y maronitas, otro en Filipópolis y en Adrianópolis para búlgaros; decretamos la fundación del Colegio Leonino en Atenas; y estamos haciendo todo lo posible por apoyar el seminario de Santa Ana, ya iniciado en Jerusalén para la formación del clero melquita griego. También estamos a punto de aumentar el número de estudiantes sirios en el Colegio Urbaniano y de restaurar el Colegio Atanasiano de los Griegos a su propósito original, sabiamente concebido por el generoso fundador Gregorio XIII, y del cual han surgido hombres verdaderamente ilustres. Ahora, pues, con el más ferviente propósito, deseamos, en este tipo de institución, poder intentar y lograr cosas aún mayores, ya que, con ayuda divina, hemos realizado el plan largamente meditado de apelar mediante una epístola específica a los príncipes y pueblos del universo e invitarlos a todos a la unidad salvífica de la fe divina. Y precisamente entre los pueblos cristianos, dolorosamente divididos, nos hemos esforzado primero por recordar a los orientales y exhortarlos e implorarles con toda caridad apostólica y paternal.

Y nos alegra enormemente que la esperanza que hemos concebido se esté avivando cada día más, y hemos decidido continuar con todas nuestras fuerzas en esta obra salvífica, para que podamos tener éxito, en la medida en que se pueda esperar de la providencia de la Sede Apostólica, en hacer lo necesario para eliminar toda causa de aversión y sospecha, y para propiciar todos los mejores medios de reconciliación.

Por lo tanto, creemos que es esencial dedicar Nuestra atención y cuidado a la protección de la disciplina de los orientales, a la cual siempre hemos estimado mucho.

En este sentido, ya hemos dado esta prescripción a los institutos clericales recientemente fundados de esos pueblos, y se la daremos a los que aún están por fundarse: que los estudiantes se dediquen a su propia liturgia, la observen con la mayor devoción y se familiaricen y dominen en ella, puesto que la preservación de los ritos orientales es más importante de lo que se suele creer. En efecto, la venerable antigüedad que ennoblece esas diversas formas de liturgia es un gran adorno para toda la Iglesia y afirma la unidad divina de la fe católica. De hecho, a medida que se demuestra cada vez más el origen apostólico de las principales Iglesias orientales, la íntima unión que las ha vinculado desde sus inicios con la Iglesia romana se hace a la vez evidente y resplandeciente.

Quizás no haya un argumento más esclarecedor para ilustrar la catolicidad de la Iglesia de Dios que la singular reverencia que se le rinde mediante esas diversas formas de ceremonias y esas lenguas, nobles por su antigüedad y aún más por el uso que hicieron de ellas los Apóstoles y los Padres; hay cierta semejanza con la digna reverencia que los Magos rindieron al divino fundador de la Iglesia, al Cristo recién nacido, cuando, partiendo de diversas regiones de Oriente, “vinieron ... a adorarlo” ( Mt 2:1-2).

Y aquí conviene considerar que los ritos sagrados, aunque no fueron instituidos para probar la verdad de los dogmas católicos, son, sin embargo, una expresión viva y luminosa de ellos. Por lo tanto, la verdadera Iglesia de Cristo, así como se esfuerza por mantener intacto el elemento divino de la doctrina que ha recibido como inmutable, también en el uso de las formas permite a veces algo nuevo o muestra indulgencia, especialmente en lo que está en armonía con la venerable antigüedad. De esta manera se manifiesta aún mejor su vitalidad, que nunca envejece y avanza magníficamente, como aquella Esposa de Cristo a quien la sabiduría de los Santos Padres reconoció de cierta manera como prefigurada en el dicho davídico: “A tu derecha está la reina con un manto de oro, con toda clase de adornos... está vestida con un manto de diversos colores con flecos de oro” (Salmo 49).

Por lo tanto, para que esta legítima variedad de liturgia y disciplina oriental, dejando de lado otros méritos, redunde en gran honor y utilidad para la Iglesia, es igualmente Nuestro deber velar por que ningún daño surja involuntariamente de la labor de los misioneros occidentales, que son traídos entre esos pueblos por la caridad de Cristo.

En este asunto, los previsores y sabios decretos que Benedicto XIV, nuestro ilustre predecesor, emitió con la Constitución Demandatam, en forma de carta, el 24 de diciembre de 1743, dirigida al Patriarca de Antioquía de los griegos melquitas y a todos los obispos del mismo rito sujetos a él, permanecen en vigor.

En efecto, tras un considerable período de tiempo, al haber cambiado las condiciones en aquellos lugares y haberse multiplicado el número de sacerdotes latinos y sus institutos, se consideró oportuno solicitar disposiciones especiales de la Sede Apostólica para la ocasión. Esto, basándonos en la experiencia de los últimos años, lo habíamos reconocido como sumamente oportuno, y nos había confirmado reiteradamente los justos deseos de Nuestros Venerables Hermanos, los Patriarcas de Oriente. Por consiguiente, para comprender mejor la situación general y determinar así las medidas más adecuadas, decidimos recientemente invitar a los mismos Patriarcas a Roma para que se reunieran con Nosotros. Por lo tanto, los convocamos, junto con algunos de Nuestros Amados Hijos, los Cardenales de la Santa Iglesia Romana, para deliberar en frecuentes reuniones en Nuestra presencia.

Ahora bien, tras haber examinado detenidamente todas las propuestas reunidas y debatidas, nos hemos visto impulsados ​​a hacer algunas prescripciones de la Constitución Benedictina más detalladas y extensas, de conformidad con las nuevas necesidades de esos pueblos. Al hacerlo, nos hemos adherido al principio allí enunciado, a saber, que los sacerdotes latinos son enviados por la Sede Apostólica a esas regiones con el único propósito de servir “como ayuda y socorro” a los Patriarcas y Obispos; que, sin embargo, deben tener cuidado, “en el uso de las facultades que se les han concedido, de no perjudicar su jurisdicción ni menoscabar a sus súbditos” [1] . De lo cual se deduce claramente con qué criterios deben regularse los deberes de esos mismos latinos con la Jerarquía Oriental.

Por lo tanto, hemos juzgado en el Señor prescribir y sancionar, como lo hacemos con autoridad apostólica, los siguientes capítulos: declarando de ahora en adelante como Nuestra voluntad expresa que los mismos decretos benedictinos, dados originalmente para los melquitas griegos, tengan fuerza universal para todos los fieles de cualquier rito en Oriente.

I. Todo misionero latino, sea secular o regular, que con su consejo o ayuda atraiga a algún oriental al rito latino, además de la suspensión a divinis en que incurrirá automáticamente y las demás penas impuestas por la misma Constitución Demandatam, será destituido y excluido de su cargo. Y como confirmación más fehaciente de esta prescripción, ordenamos que una copia de las mismas permanezca expuesta públicamente en las iglesias latinas.

II. Cuando el Patriarca Oriental no cuente con un sacerdote de su propio rito a quien confiar la administración espiritual de su pueblo, un párroco de otro rito se hará cargo de ellos. Utilizará en la consagración las mismas especies que el rito oriental, es decir, pan sin levadura o con levadura; con preferencia, sin embargo, por aquellos que las utilicen según el rito oriental.

Los fieles pueden comulgar según cualquiera de los dos ritos, no solo en lugares donde no haya ni iglesia ni sacerdote de su propio rito, de acuerdo con el decreto de la Sagrada Congregación para la Propagación de la Fe del 18 de agosto de 1893, sino también cuando, debido a la distancia, no puedan desplazarse a su propia iglesia salvo con graves inconvenientes; el Ordinario decidirá sobre este asunto. Sin embargo, aunque una persona haya comulgado durante mucho tiempo según otro rito, no se considerará que ha cambiado de rito, sino que seguirá obligada a cumplir con todas las demás obligaciones de su propio párroco.

III. Las corporaciones religiosas latinas dedicadas a la educación de jóvenes en Oriente, si tienen varios estudiantes de rito oriental en algún colegio, deberán, con la aprobación del Patriarca, mantener a un sacerdote del mismo rito, para comodidad de los estudiantes, para la Misa y la Comunión, y para la catequesis y los ritos, que se impartirán en su lengua materna; o al menos los domingos y demás días de precepto deberán llamar a dicho sacerdote para tales funciones. Por lo tanto, decretamos que se eliminen de las Corporaciones todos los privilegios, incluso aquellos dignos de mención especial, de los que gozan, a saber, que los estudiantes de rito oriental, huéspedes en sus colegios, puedan seguir el rito latino. En cuanto a las abstinencias rituales que se deben observar, los superiores deberán proveer con equidad de conciencia. Y la misma disposición deberá hacerse para los estudiantes externos: será apropiado enviarlos o llevarlos a sus propias parroquias o iglesias, si no parece apropiado admitirlos a las funciones del mismo rito con los estudiantes internos.

IV. Las mismas normas deberán aplicarse, en la medida de lo posible, a las Corporaciones de Religiosas dedicadas a la educación de niñas en monasterios y escuelas. Si, debido a circunstancias especiales, se considera útil y justo algún cambio, este no deberá efectuarse sin el consentimiento del Patriarca y la autorización de la Sede Apostólica.

V. No se abrirán en el futuro nuevos colegios para jóvenes ni casas religiosas de ningún sexo según el rito latino a menos que se haya solicitado y obtenido el consentimiento de la Sede Apostólica.

VI. Los sacerdotes, sean latinos u orientales, no están autorizados a absolver a nadie, ni en sus propias iglesias ni en las de otro rito, de los casos reservados a sus respectivos Ordinarios, a menos que hayan recibido permiso de ellos para hacerlo; y en este sentido revocamos cualquier privilegio, incluso aquellos dignos de mención especial.

VII. Se permitirá a los orientales que se hayan convertido al rito latino, incluso en virtud de un rescripto pontificio, regresar al rito antiguo con el consentimiento de la Sede Apostólica.

VIII. Si una mujer de rito latino contrae matrimonio con un hombre de rito oriental, o viceversa, podrá convertirse al rito de su esposo, ya sea durante la ceremonia o en el transcurso del matrimonio. Una vez disuelto el matrimonio, podrá retomar libremente su propio rito.

IX. Todo oriental que, residiendo fuera del territorio de su patriarcado, se encuentre bajo la administración del clero latino, permanecerá igualmente inscrito en su propio rito y, sin importar el tiempo de residencia ni ninguna otra causa, quedará bajo la jurisdicción de su Patriarca, tan pronto como haya regresado a su propio territorio.

X. Ninguna Orden o Instituto religioso de rito latino, ya sea masculino o femenino, puede admitir legalmente a ningún oriental entre sus miembros a menos que primero presente cartas de testimonio del Ordinario respectivo.

XI. Cuando una comunidad, familia o individuo disidente regresa a la unidad católica, con la condición casi indispensable de adoptar el rito latino, permanecerá temporalmente inscrito en este rito, pero con la plena facultad de poder regresar al rito católico primitivo en cualquier momento. Si no se cumple la condición mencionada y dicha comunidad, familia o individuo es administrado por sacerdotes latinos en ausencia de sacerdotes orientales, deberá regresar a su propio rito tan pronto como cuente con un sacerdote oriental.

XII. Los casos matrimoniales y eclesiásticos de cualquier naturaleza, en los que se recurra a la Sede Apostólica, no deben ser confiados (salvo disposición especial de la misma Sede) a los Delegados Apostólicos, sino que deben reservarse exclusivamente a la Sagrada Congregación para la Propaganda.

XIII. Extendemos al Patriarca greco-melquita jurisdicción sobre todos los fieles del mismo rito que residen dentro de las fronteras del Imperio turco.

Pero Nuestro corazón no se conforma con estas medidas especiales y jurídicas. Nos preocupa enormemente, como ya hemos dicho, que se establezcan seminarios, colegios e instituciones de todo tipo en los lugares más idóneos del Oriente, exclusivamente para educar a la juventud indígena en beneficio de sus compatriotas, según su rito nativo. Hemos decidido emprender y fomentar con entusiasmo esta labor, que encierra las más altas esperanzas para la religión, con apoyo continuo si, como confiamos, los católicos responden generosamente. En la encíclica del año pasado sobre los seminarios que se fundarán en las Indias Orientales, demostramos cómo el ministerio de los sacerdotes indígenas, que suele ejercerse con mayor acierto y ser recibido con mayor docilidad, es más eficaz que el de los extranjeros.

De esta manera, al proveer la educación de la juventud eclesiástica, los estudios de ciencias teológicas y bíblicas sin duda ganarán prestigio entre los orientales; la erudición de las lenguas antiguas florecerá tanto como la preparación en las modernas; se obtendrá un mayor provecho para el bien común del patrimonio de la ciencia y las letras, en el que abundan sus Padres y sus escritores; y así será posible satisfacer felizmente ese deseo por el cual, siendo el ejemplo del sacerdocio católico sobresaliente por su sabiduría y brillante por su integridad de vida, los hermanos disidentes buscarán con mayor disposición el abrazo de la misma madre. Y entonces, verdaderamente, cuando las órdenes del clero armonicen en sincera caridad fraterna, intenciones, celo y acción, ese día tan propicio será apresurado por el favor divino cuando, reunidos todos “en la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios” , “en él plena y perfectamente”, “todo el cuerpo, unido y cohesionado por cada articulación que se sustenta, cuando cada parte funciona correctamente, crece y se edifica en amor” (Ef 4:13,16). Porque solo aquella puede jactarse de ser la verdadera Iglesia de Cristo en la que “un solo cuerpo y un solo espíritu” están íntimamente unidos (Ef 4:13) .

No dudamos de que los Venerables Hermanos, los Patriarcas, Arzobispos y Obispos Católicos de cualquier rito oriental, debido a la extraordinaria devoción que profesan hacia la Sede Apostólica y hacia Nosotros, y debido a la gran solicitud que tienen por sus Iglesias, aceptarán estos decretos, en su totalidad y en sus detalles, con toda reverencia y docilidad, y velarán diligentemente por su plena observancia por parte de aquellos a quienes conciernen.

La abundancia de frutos que con razón podemos esperar se obtendrá especialmente gracias a la labor de quienes nos representan en las comunidades cristianas de Oriente. Por ello, recomendamos fervientemente a los Delegados Apostólicos que tengan en debida estima las tradiciones de esos pueblos; que respeten con la debida reverencia y favorezcan la autoridad de los Patriarcas, y que en sus relaciones con ellos cumplan la exhortación del Apóstol: “Compitan en honrarse unos a otros” ( Romanos 12:10) .

A los obispos, al clero y al pueblo, dígales que demuestren un espíritu compasivo y benevolente, reflejando en sí mismos el espíritu que animó al apóstol Juan cuando envió el Apocalipsis “a las siete iglesias de Asia, con este saludo: Gracia y paz a vosotros de parte del que es, del que era y del que ha de venir” (Ap 1,4). Que en todas sus acciones se muestren como dignos mensajeros y conciliadores de la santa unidad entre las Iglesias orientales y la Iglesia romana, que es el centro mismo de la unidad y de la caridad.

A petición y mandato nuestro, que los sacerdotes latinos que en esas regiones emprenden loables labores para la salvación eterna de las almas conformen sus sentimientos y acciones a esto: a quienes trabajan con espíritu religioso en obediencia al Romano Pontífice, Dios les dará amplia ayuda.

Por lo tanto, deseamos y ordenamos que todo lo que decretamos, declaramos y sancionamos en esta carta sea inviolablemente observado por todos a quienes se refiere, y que no sea censurado, convertido en objeto de controversia, o infringido por ninguna razón, incluso por privilegio, pretexto o título, sino que sea ejecutado plena e íntegramente, a pesar de las constituciones apostólicas, incluso las establecidas en los concilios generales y provinciales; y a pesar de cualquier otro estatuto, incluso si es confirmado por la Apostólica o por cualquier otra sanción, o costumbres y prescripciones; todas las cuales, como si estuvieran insertadas palabra por palabra en esta carta, las derogamos específica y expresamente y queremos que sean derogadas para el propósito indicado, contra cualquier razón en contrario.

Asimismo, deseamos que las copias, incluso las impresas, de esta Carta, firmadas de puño y letra de un notario y provistas del sello de una persona constituida en dignidad eclesiástica, reciban la misma credibilidad que si se tuviera ante los ojos el original de esta carta.

Dado en Roma, en San Pedro, en el año de la Encarnación del Señor de 1894, el día 30 de noviembre, decimoséptimo año de Nuestro Pontificado.

LEO PP. XIII

Nota:

[1] Const. Demandatam, n. 13.
 

martes, 25 de septiembre de 2001

SEDIS HUIUS (16 DE MAYO DE 1919)


BULA

SEDIS HUIUS

OBISPO BENEDICTO XV

SIERVO DE LOS SIERVOS DE DIOS.

PARA SU ETERNA MEMORIA.

Siempre ha sido una preocupación importante de esta Sede Apostólica, como moderadora suprema del derecho litúrgico, que los sagrados ritos de la Iglesia Católica permanezcan en todas partes en su integridad, o, si por casualidad se hubieran desviado de ella, sean restaurados a su antigua pureza [1]. Esto se desprende necesariamente de ese mismo Oficio Pastoral, que ha sido confiado a la Cátedra Romana, de velar cuidadosamente “para que el culto externo a Dios se celebre con la debida veneración, que los sagrados misterios que se celebran sean más solemnes y conduzcan a la gran edificación de los cristianos, suscitando su piedad hacia Dios y el afecto de la devoción” [2].

Este cuidado siempre presente se manifiesta plenamente cuando los ritos sagrados difieren entre sí; pues su variedad, cuando es legítima, contribuye en gran medida al esplendor del culto divino. Y tal diversidad está en armonía con la unidad de la fe, pues expresa con mayor viveza y declara más abiertamente los dogmas revelados por Dios: “Porque la unidad de la fe armoniza muy bien con la variedad de ritos legítimos, de los cuales, en efecto, un mayor esplendor y majestad resplandecen maravillosamente sobre la Iglesia” [3]. De ahí aquel dicho de San León IX: “Las diferentes costumbres según los lugares y los tiempos no son en modo alguno un obstáculo para la salvación de los creyentes, cuando una sola fe, obrando por amor todo el bien que puede, encomienda a todos al único Dios” [4].

En efecto, con una maravillosa consonancia entre las diversas liturgias, la fe contra las herejías surge de casi todos los dogmas de la Iglesia Católica: de ahí que los teólogos hayan reconocido en las liturgias una fuente teológica muy rica, de la cual se nos manifiesta abundantemente la doctrina de la Iglesia. A esto nos llevan también aquellas palabras muy ciertas de nuestro Predecesor León XIII [5]: “La augusta antigüedad, por la cual se ennoblecen los diversos tipos de ritos, es un maravilloso ornamento para toda la Iglesia y afirma la unidad de la fe católica. Por lo tanto, la verdadera Iglesia de Cristo, así como se esfuerza enormemente por guardar inviolables aquellas cosas que recibió como inmutables, en cuanto divinas, así también, al regular su forma, a veces concede algo nuevo o se digna a condescender, especialmente en aquellas cosas que están en armonía con la venerable antigüedad. De este modo se afirma la fuerza de su vida eterna y se exalta de manera más magnífica a la Esposa de Cristo misma, a quien la sabiduría de los Santos Padres vio prefigurada en el versículo de David: “La reina está a tu derecha con vestiduras de oro, rodeada de esplendor… con flecos de oro, rodeada de esplendor” [6].

Considerando todo esto, los Romanos Pontífices no solo nunca condenaron los sagrados ritos que, por su antigüedad, eran dignos de veneración, siempre y cuando mantuvieran, con la unidad de la fe, el debido respeto a la Sede Apostólica, sino que más bien quisieron que siempre se conservaran con reverencia y se usaran fielmente en todas aquellas partes que no estuvieran en disonancia con alguna nueva y legítima adaptación, introducida por la propia Cátedra Apostólica, a la cual, como a una Señora suprema, todos los ritos deben obedecer.

Siendo este el caso, nos complace enormemente y aceptamos el generoso y loable compromiso que vemos como la inspiración de Nuestro Venerable Hermano Emanuele Vieira de Mattos, actual Arzobispo de Braga. Siguiendo los deseos de sus predecesores y del clero actual, que aprecia profundamente el antiguo y particularmente reverente Rito Bracarense, no ha escatimado esfuerzos para asegurar que los libros litúrgicos de este Rito se reimpriman, de manera que, manteniendo su forma original, no solo no contravengan las leyes generales de la Liturgia Católica que deben observarse en los ritos individuales, sino que se ajusten completamente a esas mismas leyes, como siempre se ha practicado piadosamente en el Rito Bracarense.

Este rito en particular, del que la Iglesia de Bracarense goza desde la remota antigüedad, se cuenta entre los principales títulos de gloria de los que el pueblo portugués se enorgullece con razón, tan eminentemente merecedor de la Iglesia Católica que los Romanos Pontífices los llaman “muy fieles”. Este glorioso título fue ganado por los portugueses no solo por su singular fidelidad y devoción a esta Sede Apostólica, sino también por el gran esfuerzo que siempre dedicaron a propagar el nombre y el culto cristianos por todo el mundo. Por lo tanto, como justa recompensa por la fe, la Sede Romana confirió a Portugal el derecho de patronato sobre las iglesias en las que tantos dignos hijos de Portugal prodigaron tanto sus labores apostólicas como su propia sangre [7]; por ese mismo derecho, hasta nuestros días, en muchos lugares la religión continúa extendiéndose y siendo sostenida; las iglesias continúan siendo adornadas con mobiliario sagrado; se continúa brindando ayuda a obras e instituciones caritativas, y a los sacerdotes que llevan a cabo este ministerio que trae la salvación.

Por lo tanto, esta revisión del Rito Bracarense, organizada bajo la autoridad de la Sede Apostólica, y la cuidadosa corrección de todas las imperfecciones que se han ido introduciendo con el tiempo, es verdaderamente grata a Dios y fuente de gran alegría para nuestro corazón paternal. Así, esta gloria será más pura para los portugueses, y de ella surgirá un mayor poder de salvación y santificación para el clero y el pueblo de la Iglesia Bracarense, por quienes imploramos la mayor abundancia de dones celestiales de Dios Todopoderoso, por la intercesión de la Inmaculada Madre de Dios, Patrona especial de Portugal.

Entre las mejoras introducidas en esta edición típica del Breviario Bracarense, tal como salió de Nuestra Imprenta Vaticana, y que merecen especial elogio, cabe mencionar no solo la lectura más frecuente de la Sagrada Escritura —una piadosa costumbre que se ha conservado santamente en todos los ritos en los tiempos más felices— y la introducción de la nueva disposición del Salterio, establecida por Nuestro Predecesor Pío X con la Constitución Apostólica Divino afflatu, sino también las normas que deben observarse, establecidas por la Sede Apostólica, cuando los Oficios están en competencia, y ciertas narraciones suprimidas de la parte histórica del Breviario Bracarense, que distaban mucho de la verdad o de la tradición de la Iglesia Bracarense. El mismo cuidado diligente, aplicado con tanto esmero en la publicación del Breviario Bracarense, debe emplearse en la preparación de la nueva edición del Misal y demás libros litúrgicos. En esto reconocemos con gusto el excelente espíritu del clero bracarense y la íntima unión de su venerable Iglesia con la Cátedra Romana.

El nuevo Breviario ya ha sido publicado, y la dificultad que el clero bracarense sufría hasta ahora para usar su propio Rito debido a la escasez de ejemplares ha desaparecido. Así, los deseos de los sacerdotes, expresados ​​en el último Sínodo Bracarense, se están cumpliendo plenamente. Aprobando y ratificando plenamente estos deseos, con esta carta Nuestra ordenamos y mandamos que todos y cada uno de los que están sujetos a las Horas Canónicas en la Archidiócesis de Braga hagan uso de este Breviario, revisado por Nuestra autoridad. Que esta unidad de oraciones litúrgicas encienda y alimente cada vez más en todo el venerable clero bracarense ese espíritu de oración que anima a los dos ilustres Patronos de la Archidiócesis y de la Ciudad de Braga, San Pedro de Rates y San Geraldo.

Notificamos, declaramos y establecemos estas cosas, decretando que esta carta Nuestra será siempre válida y efectiva, sin importar las constituciones y ordenanzas apostólicas, tanto generales como especiales, ni nada que establezca lo contrario. Por lo tanto, a nadie le está permitido negar la validez de esta página de Nuestra aprobación, decreto, concesión, indulgencia y voluntad, ni contradecirla con temeraria audacia. Si alguien se atreve a intentarlo, sepa que incurrirá en la indignación de Dios Todopoderoso y de los bienaventurados Pedro y Pablo, Sus Apóstoles.

Dado en Roma, en San Pedro, en el año de la Encarnación del Señor de 1919, el día 14 de mayo, octava de la solemnidad de San José, esposo de la Santísima Virgen María, quinto año de nuestro Pontificado.

Benedictus PP. XV

Notas:

[1] Tridentina Synodus, Sess . XXII, de Missae Sacrif., cap. 5, y ses. VII, de Sacram, en general, Can. 12.

[2] Instr. S. C. de Prop. Fide, 3 de julio de 1830.

[3] Pío IX, Lit. Apostol. Romani Pontifices, 6 de junio de 1862.

[4] Epist. a Michaëlem, Patriarca. Constantinopol.

[5] Lit. Apostol. Orientalium dignitas Ecclesiarum, 30 de noviembre de 1894.

[6] Salmo XLIV, 10, 14-15.

[7] León X,  in Bulla Dum fidei constantiam animaeque devotionis affectum, die iunii 1514; et in alia diei 3 novembris eiusdem anni Praeclarae devotionis et indefessum fervorem; quibus accedunt plura alia Romanorum Pontificum documenta, decursu saeculorum in favorem et laudem Lusitaniae concessa.