sábado, 30 de diciembre de 2023

OBJECIONES CONTRA LA RELIGIÓN (23)

La Iglesia católica es una antigualla que ya pasó.

Por Monseñor de Segur (1820-1881)


Lo mismo, la mismísimo que tú dices ahora, se viene diciendo por todos los impíos y todos los bribones de todos los siglos, desde la fundación del Cristianismo. Y la Iglesia, entre tanto, ahí está más firme y más gloriosa cada día, ganando un nuevo triunfo a cada nueva persecución que levantan contra ella los malvados, y quedando vencedora su verdad eterna de todas las herejías que en el mundo se han inventado para matarla. Aún no se había cumplido un siglo desde que el Dios hombre fue crucificado, y ya entonces un procónsul (que es como si dijéramos un gobernador de provincia) escribía al emperador de Roma, Trajano, estas palabras: 

- Por aquí ando a vueltas con los cristianos; y los tengo ya tan escarmentados con mi persecución, que bien puedo asegurar que dentro de poco no quedará ni rastro de su secta, ni volverá a hablarse más en el mundo de ese Dios crucificado, con el que arman tanta bulla.

Y Trajano murió, y vinieron otros emperadores, y otros procónsules que perseguían a los cristianos, que los degollaban a millares... Y el Dios crucificado cada día ganaba nuevos adoradores.

Pasan dos siglos, y los mismos emperadores que habían perseguido a los cristianos, reciben el sagrado Bautismo, se postran humildes ante el Calvario, y adornan su corona y sus estandartes con aquella misma cruz que había sido tan escarnecida.

Todo parecía juntarse desde entonces para asegurar la paz y completa victoria al Cristianismo, cuando un emperador cristiano reniega de su fe, y empieza a perseguir de nuevo a la Iglesia, más aún con los insultos y las burlas que con los tormentos y los suplicios. Este emperador fue el llamado Juliano el Apóstata, quien en en tono de broma decía que estaba cavando el sepulcro del Galileo, con lo cual se alababa de su odio a Jesucristo, y se suponía capaz de acabar con su Religión y con su Iglesia.

Juliano murió; murió el imperio donde él era emperador; pasaron siglos y siglos, hasta trece que son ya cumplidos desde que murió el Apóstata. Y la Religión del Galileo y su santa Iglesia viven gloriosas y triunfantes.

Se levantaron cada siglo, cada año, cada mes, en todos los puntos del universo, herejes atrevidos, fundadores de sectas poderosas, que lograron contar en su seno a los reyes y grandes del mundo. Todos han dicho que iban a acabar con la Iglesia... Y la Iglesia está en pie, mientras que ellos, y sus nombres, y sus sectas, y sus poderosos protectores están sepultados en el olvido, sin que ya nadie, sino algún sabio curioso, sepa nada de ellos.

Cegado por el orgullo y alentado por la codicia, se levantó el protestantismo, hace trescientos años, en cabeza de Lutero; y como todas las herejías, salió también prometiéndoselas felices y asegurando que iba a acabar con la Iglesia:

- Oh Papa, oh Papa -decía Lutero- yo soy para ti una peste mientras vivo, después que yo muera seré tu cachete.

Y Lutero murió, y su protestantismo se dividió en innumerables sectas, que se odian y despedazan unas a otras, y todas ellas juntas y al mismo tiempo se van deshaciendo hoy mismo en todas partes como la sal en el agua...

Y el Papa, de quien Lutero pretendía ser su cachete, va siendo cada vez más venerado, cada vez más fuerte y poderoso.

Llega, por fin, el siglo pasado, y nace Voltaire, aquel famoso impío a quien ya conoces, y su desprecio y su odio a la Religión fueron tan grandes, que le inspiraron la sacrílega extravagancia de firmar sus cartas con este sobrenombre: Voltaire burla-Cristos, o destripa al infame (este infame a quien quiere destripar es el buen Jesús y su santa Iglesia). En una de sus cartas, firmada con esta firma horrible, dice así:

- Estoy harto ya de oír que bastaron doce hombres para fundar la Religión Católica, y quiero mostrar que con uno solo basta y sobra para acabar con ella. Dentro de 20 años -decía en otra carta- habremos ya dado buena cuenta del Galileo...

Y el mismo día en que se cumplían cabalmente veinte años de haber escrito esto, moría el tal Voltaire de la manera que he contado. Muere Voltaire, y sobre su mismo sepulcro comienza a rugir aquella horrorosa Revolución Francesa, de que habrás oído hablar, que inundó la Francia de sangre, que degolló al rey en un patíbulo, que derribó todos los templos de Jesucristo y despedazó a sus sacerdotes, y puso sobre sus altares a una ramera para adorarla.

Pero viene Napoleón y restablece el culto católico, y Jesús vuelve a sus altares y los sacerdotes a sus templos.

Napoleón mismo, que había restablecido el culto del Dios verdadero, se empeña después en exigir del Papa cosas que el Papa no podía concederle, y lo saca de Roma y lo lleva preso a Francia. Pero poco después, el mismo Napoleón dobla la rodilla ante el Vicario de Jesucristo, y lo restituye a su Silla, rodeado de honor y de esplendor... Y Napoleón muere de la manera que te he referido... Y aquella Revolución Francesa, vencida por él, pasa como un huracán, dejando sin duda muchas huellas de su gran destrucción, pero no impidiendo que la Iglesia de Jesucristo saliera triunfante de la guerra infernal que contra ella habían movido juntos Voltaire, el protestantismo y la Revolución, es decir, la impiedad, el error y la barbarie.

Por último, tras algunos pocos años de calma y de reposo, salen en estos tiempos que vamos, atravesando esos famosos regeneradores de la sociedad y del hombre, de quienes ya te he hablado; esos socialistas, comunistas y demás predicadores de su especie que, alentados y auxiliados por el protestantismo expirante y por todas las malas pasiones de las almas más depravadas, vuelven a repetir el sonsonete de que la Iglesia no es ya de este tiempo, que es una antigualla que ya pasó, que la ley del progreso exige ya otra clase de religión más conforme a la marcha del siglo, etc....

Y todo esto lo dicen con palabras de nuevo cuño y dándose los aires de quien inventa alguna cosa, sin que esos desdichados vean, ni quizás siquiera sospechen, que sus alharacas, sus blasfemias y sus simplicidades no son ni más ni menos que una mala repetición de la carta del procónsul romano, de la apostasía de Juliano, de las herejías de todos los siglos, de las fanfarronadas de Lutero, de las asquerosas brutalidades de Voltaire, de los aullidos bestiales de la Revolución Francesa, de todos los errores, en fin, y de todos los vicios que han manchado, manchan y mancharán el corazón de los hombres.

Todos ellos están demasiado ciegos para no ver cómo Dios se ha burlado y se burla de sus necedades, conservando y acrecentando cada día más el lustre y la magnificencia de su Iglesia Santa.

¡Desdichados, desdichados! ¿No recuerdan la promesa del Salvador al primer Papa y a los primeros Obispos: Id y enseñad a todas las gentes. Yo estoy con vosotros HASTA EL FIN DE LOS SIGLOS? ¿No recuerdan cómo esta promesa fue confirmada en cabeza del Príncipe de los Apóstoles: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, Y LAS PUERTAS DEL INFIERNO NO PODRÁN PREVALECER CONTRA ELLA?

¡Desdichados! ¿Cómo quieren luchar contra la promesa de Jesucristo? ¿Cómo no les espanta la idea de desmentir al mismo Dios? Y ya que tan privados están de fe, que no se arredran de cometer este sacrilegio, ¿cómo no ven que el mundo vive de lo que sabe y de lo que ama, y que en la Iglesia está toda la ciencia, y que su amor es infinito porque es el mismo amor de Dios?

No; la Iglesia no ha pasado, ni pasará, hasta que pase el mundo, de quien ella es espíritu y vida. Ella nada puede temer; el mismo Dios que la ha dado victoria contra sus antiguos y poderosos enemigos, se la está dando y se la dará perpetuamente contra sus enemigos de hoy, que saben mucho menos y valen mucho menos que los antiguos.

Morirán, y no quedará memoria de ellos, estos desdichados que ahora la insultan. Vendrán otros después de ellos, porque la barca de San Pedro ha de estar perpetuamente combatida por las tempestades. Pero Dios le tiene asegurado el puerto celestial de triunfos sin medida, y nada prevalecerá contra ella; ni los enemigos de sus playas, ni el tumulto de las olas, ni los monstruos de los mares.



viernes, 29 de diciembre de 2023

OBISPO PIDE PERDÓN A LOS FIELES QUE SE HAN SENTIDO OFENDIDOS Y ESCANDALIZADOS POR FIDUCIA SUPPLICANS

La homilía del obispo Martin Anwel (Malawi) del 24 de diciembre está dando la vuelta al mundo.


Precisamente, los obispos de Malawi fueron de los primeros en salir públicamente a decir ‘no’ a Fiducia supplicans. Por si eso no fuera suficiente, un obispo del país pidió perdón a los fieles de su diócesis que están confundidos, turbados y enfadados con la declaración de Doctrina de la Fe que abre la mano para permitir la bendición de parejas del mismo sexo.

El obispo se sincera y reconoce que no entiende porqué Bergoglio ha firmado esa declaración y entiende el disgusto de muchos fieles al ver la firma de él en ese documento.

Monseñor Martin Anwel también pide a los fieles en la Misa que “no abandonen la Iglesia, como algunos de ustedes han amenazado” ya que “dejar la Iglesia por este error sería hacer la obra del diablo”.

Por su interés, les ofrecemos las palabras completas que pronunció el obispo en la homilía:


Queridos fieles, me gustaría ahora dar brevemente nuestra respuesta o reflexión sobre la Declaración de la Santa Sede titulada “Fiducia supplicans”.

Esta declaración fue publicada el 18 de diciembre de 2023 y firmada por el Santo Padre. Sin embargo, según los informes que he recibido y las reacciones de ustedes, los fieles de esta diócesis, me gustaría reflexionar honestamente sobre esta declaración, incluso si al hacerlo estoy reflexionando públicamente sobre un documento firmado por el Santo Padre. Pero es importante que ustedes, los fieles de esta diócesis confiados a mi cuidado pastoral por el mismo Santo Padre, sean guiados, apoyados y fortalecidos en este momento.

Comienzo con disculpas. En primer lugar, me gustaría pedir sinceras disculpas a todos los muchos católicos bautizados, adultos, jóvenes, niños y todas las personas de buena voluntad en nuestra diócesis de Karunga, que miran a la Iglesia Católica en general y al Santo Padre en particular para orientación moral y espiritual.

Según los informes que he recibido, está claro que muchos fieles en nuestra diócesis y más allá no solo se han sentido ofendidos por dicha declaración, sino que también han quedado escandalizados al ver la firma del Santo Padre en tal documento. Quiero decir sinceramente que lamento profundamente que se hayan sentido tan heridos y escandalizados por esta declaración.

También me han informado que muchos de ustedes están particularmente conmocionados y entristecidos de que tal documento controvertido pueda ser lanzado en Navidad, un momento de celebración y alegría. ¿Por qué se escribió esta declaración? Desafortunadamente, es muy difícil saber exactamente por qué se escribió este documento. Ciertamente, no se puede decir que se escribió por razones pastorales, porque sus redactores deben haber conocido y tenido muy claro que dicho documento no solo ofendería, sino también escandalizaría a muchos católicos en algunas partes del mundo, especialmente aquí en África y también en Asia.

No podemos argumentar que ofender o escandalizar a los fieles sea parte del cuidado pastoral del Santo Padre por el rebaño de Cristo confiado a él. Me duele especialmente que los redactores supieran que en algunas partes del mundo, como aquí en Karunga, en Malawi, en África, tenemos creyentes que son personas sencillas pero con una fe fuerte, una fe honesta y simple. Algunos de ellos, especialmente en la Parroquia de San Miah, caminan durante dos días para asistir a la misa conmigo. ¿Cuántos cristianos en Nueva York, Roma o Frankfurt caminarían dos días para asistir a misa? Estas son personas sencillas a las que, junto con mi hermano sacerdote, guía hacia su creador. Y luego se sienten ofendidos por el mismo Oficio que me dio este mandato, por el mismo Oficio al que miran con tanto respeto en busca de aliento y apoyo.

¿Fue escrita esta carta para complacer a los homosexuales y a sus promotores? No lo sabemos. ¿Puede la Iglesia apartarse de su camino correcto simplemente para complacer a ciertas personas que viven en uniones inmorales? Si es así, ¿por qué se hizo esto? ¿Los pastores hacen cosas así de buena fe, o se escribió este documento principalmente para ganar popularidad fácil? Parecería que en muchas partes del mundo, ciertamente, muchas personas han celebrado este documento como un signo de progreso en la Iglesia, y la popularidad de sus redactores ha aumentado.

Nuestras principales preocupaciones con este documento o declaración son las siguientes: nos preocupa que este documento nos parezca una herejía, se lee como una herejía y afecta como una herejía. El documento nos pide que bendigamos a dos personas del mismo sexo como individuos, pero no como pareja. Entonces, estas dos personas del mismo sexo que la noche anterior durmieron juntas como pareja y se nos presentan como una pareja son bendecidas como individuos, pero abandonan nuestra presencia como una pareja. Van a su hogar como una pareja, duermen en la misma cama como una pareja, pero el documento dice que no están bendecidos como pareja, aunque pareciera que han sido bendecidos como una pareja. ¿Cómo podría esto no cambiar la enseñanza auténtica de la Iglesia?

Algunos de ustedes, hombres y mujeres, me han preguntado por qué el Santo Padre escribió un documento así. Desafortunadamente, no sé por qué. La respuesta simple es que no sabemos por qué se permitió al Papa firmar este documento. Algunos han dicho que sus asesores no querían detenerlo porque le tenían miedo, pero ¿de qué tendrían miedo?

Algunos han dicho que querían complacerlo para que él pudiera complacerlos, ¿cómo? no lo sé. Me es muy difícil darles a ustedes, los fieles de esta diócesis, una razón por la cual el Santo Padre firmó este documento.

Nuestra postura, como obispos en Malawi, y mi postura también porque estoy hablando con ustedes, los fieles de Karunga, es que en esta diócesis y ciertamente en Malawi, no vamos a permitir las bendiciones recomendadas de uniones del mismo sexo en nuestra diócesis. Es muy triste para mí que, por primera vez en la historia de la Iglesia, un documento lanzado desde la Santa Sede y firmado por el Santo Padre, sea rechazado 
públicamente por sus colegas obispos. Es triste. La Iglesia Católica es tan antigua como el cristianismo mismo, esto nunca ha sucedido antes, pero no tenemos elección. No podemos permitir que una declaración ofensiva y aparentemente blasfema se implemente en nuestra diócesis.

Quienes nos acusan
 porque han visto nuestro rechazo a este documento, dicen primero, que al aferrarnos a las reglas de la Iglesia, toda la escritura y la tradición de la Iglesia, evitamos llevar a cabo nuestra responsabilidad como pastores de manera efectiva. Algunos nos han dicho que deberíamos estar dispuestos a explorar nuevos caminos y nuevas formas de gobernar las iglesias locales, como bendecir uniones del mismo sexo. Algunos han dicho que no deberíamos ser ideológicamente rígidos en nuestra fe y en nuestro trabajo pastoral y en la enseñanza de nuestra fe.

En cambio, se nos está enseñando y animando a permitir que nuestra doctrina de la fe cambie junto con los cambios ideológicos que están teniendo lugar en el mundo, cambios sociales y políticos que están teniendo lugar en el mundo, para que la fe pueda ser moderna, para que la Iglesia pueda ser moderna. En otras palabras, se nos dice que, al cumplir con nuestras responsabilidades como sucesores de los apóstoles, guiando a las personas hacia Dios, deberíamos estar a la moda. Desafortunadamente, ante todas estas acusaciones, nuestra respuesta es clara: por favor, quédense con sus opiniones para ustedes mismos. Deben juzgar por ustedes mismos si es correcto a los ojos de Dios seguir tal consejo y obedecerlo, en lugar de proteger.

Mis hermanos y hermanas cristianos, y todos ustedes en la diócesis, por favor, no abandonen la Iglesia, como algunos de ustedes han amenazado con hacerlo debido a sentirse muy ofendidos y escandalizados por el hecho de que el Santo Padre escribió este documento. Para empezar, no fueron bautizados en el nombre de un Papa, sino en el nombre de la Santísima Trinidad. En segundo lugar, cuando mueran, cuando abandonen este mundo, no serán juzgados por el Papa Francisco ni por el Obispo Martín; serán juzgados por Jesucristo, como vamos a proclamar luego al recitar el Credo.

En tercer lugar, sepan que no soy yo ni el Papa Francisco quien fue crucificado en la cruz por ustedes; Fue Jesús. Síganlo. Dejar la Iglesia por este error sería hacer la obra del diablo. El diablo estará feliz de destruir su fe por cosas como ésta.

Recuerden, queridos fieles, que el primer Papa, es decir, Pedro, cometió un grave error al negar a Jesús tres veces. Y uno de los apóstoles de Jesús lo vendió a sus enemigos. También yo quiero decirles que los Papas se pueden equivocar, excepto cuando están enseñando oficialmente para definir un artículo de la fe.

También les pido a ustedes, mis fieles escandalizados y ofendidos, orar por nuestro Santo Padre, por la unidad de la Iglesia y rezar para que el Espíritu Santo guie a nuestra Iglesia.


(Traducción no oficial)


InfoVaticana


TOMADURAS DE PELO DESDE ROMA Y DESDE LA RED

Lo que a un servidor le molesta no son las discrepancias, sino la sensación de que alguien te está tomando el pelo. Esta sensación, por partida doble, la tengo en este momento.

Por el padre Jorge González Guadalix


Uno puede discutir, discrepar, pelear, debatir… lo que sea. Cada cual tenemos nuestras ideas que, equivocadas o no, son nuestras y punto final. Lo que a un servidor le molesta no son las discrepancias, sino la sensación de que alguien te está tomando el pelo. Esta sensación, por partida doble, la tengo en este momento.

La primera tomadura de pelo tiene origen romano, y tiene como origen la declaración “Fiducia supplicans”, que está siendo el “producto estrella” de estas navidades. Ya me pareció una falta de respeto al personal que dos años después de decir no, ahora tocara sí, pero en realidad es no, porque sí se bendice, pero no se bendice, con lo cual la pareja no queda bendecida, sino cada uno de los parejeados, y en cualquier caso con “una bendición de segunda” o “pseudo bendición”. Una tomadura de pelo.

La cosa se complica cuando además de no tomarte en serio, se hace con recochineo, rechifla, mofa y burla de los católicos de a pie, porque ahora nos sale el amigo Tucho diciendo que en realidad las supuestas bendiciones de perfil bajo “no validan ni justifican nada”. Pues todavía entiendo menos o entiendo más, porque si las bendiciones no son bendiciones y encima ni validan ni justifican nada, entonces ¿para qué el documento? Evidentemente para abrir una grieta, aunque sea pequeñita, que ya el agua se encargará de que vaya adquiriendo el tamaño conveniente.

Y la segunda tomadura de pelo es más cercana o lejana o medio pensionista porque hace referencia a la red, y las cosas de las redes sociales son lo que son.


Leo en Religión Digital el balance que hacen de este pasado año 2023. Evidentemente cada uno puede decir de sí mismo lo que quiera, que libres para eso y para otras cosas nos hizo Dios. Si Religión Digital se quiere presentar como la web más francisquista, conciliar, misericordiosa, comprensiva, plural, actual y sinodal están en su perfecto derecho. Uno puede discrepar, pero son simplemente discrepancias lógicas de formas de pensar y ver la realidad eclesial. Lo malo es cuando uno quiere demostrar su influencia y su peso como portal de información religiosa apelando a los datos, porque los datos son puñeteros además de tercos. Vamos a ellos: 13 millones de visitas, 27.000 seguidores en X (antes Twitter), 28.000 en Facebook, 11.700 en YouTube. Pues hombre, no es como para tirar cohetes.

Si hablamos de visitantes mensuales, Religión Digital ocupa el 5º lugar entre medios españoles de información religiosa, con aproximadamente un 40 % de las visitas que tiene Infocatólica, que además cuenta, de Infocatólica sigo hablando, con 328.000 seguidores en Facebook y 131.000 en X (antes Twitter). No están mal los 11.700 suscriptores de YouTube. Son aproximadamente la cuarta parte de los que tienen los curas fachas de La sacristía de La Vendée.

Con estos datos, presentarse de nuevo como “un proyecto de comunicación global y líder en información religiosa en español con mayor presencia y más influencia en más canales” es de un atrevimiento como para sonrojarse, pero insisto que cada cual se presenta como quiere y punto final, pero, cosas de la vida, es triste que te pasen con enorme diferencia Religión en Libertad, Infovaticana, Infocatólica y hasta Vida Nueva. Y lo de los curas de la sacristía… vamos, vamos. Es lo que hay.


De profesión, cura


EL FRUTO VENENOSO DE AMORIS LAETITIA

Fiducia Supplicans surge directamente de los principios y premisas articulados en la exhortación apostólica Amoris Laetitia.

Por Richard Spinello


En su historia magistral The Decline and Fall of the Roman Empire (La decadencia y caída del Imperio Romano), Edward Gibbon identificó la pérdida de la virtud cívica como el “veneno secreto” que socavó este imperio mundial en expansión y condujo inevitablemente a su desaparición. La Iglesia Católica no está a punto de desintegrarse del mismo modo que el Imperio Romano, pero su unidad, basada en el infalible magisterio papal, parece estar deshaciéndose, y sus doctrinas eternas ya no están a salvo de una revisión radical.

Probablemente podemos aislar varios venenos de este tipo en la Iglesia que socavan el depósito de la fe, pero hay uno que es particularmente insidioso. Se trata de una desviación de lo que los teólogos liberales consideran una “moral sexofóbica”, y explica documentos profanos como Fiducia Supplicans. Como todo el mundo sabe ya, esta declaración del Dicasterio de la Doctrina de la Fe sanciona la bendición de parejas del mismo sexo y de otras relaciones irregulares, siempre que esas bendiciones no sean litúrgicas y no den “la impresión de matrimonio”.

Fiducia Supplicans se deriva directamente de los principios y premisas articulados en la exhortación apostólica Amoris Laetitia. Siguiendo el camino decadente de la teología moral de la década de 1970, Amoris Laetitia malinterpreta los mandatos autorizados de Dios como “reglas” que expresan “ideales” a los que todos deberíamos aspirar. Ignora el hecho de que algunos de estos mandamientos, como la prohibición divina del adulterio, no admiten excepciones. Por el contrario, estas normas están sujetas a excepciones, excusas y circunstancias atenuantes.

Dada nuestra debilidad y disposición a la fragilidad noética y moral, no es posible para todos seguir estas reglas, especialmente las que se refieren a la moral sexual. Según Amoris Laetitia, algunos católicos “no están en condiciones de cumplir plenamente las exigencias objetivas de la ley” (295). Bergoglio procede a explicar que quienes se encuentran en situaciones irregulares, como los católicos divorciados y vueltos a casar sin anulación, no viven necesariamente en estado de pecado mortal, aunque no ignoren la norma correspondiente. “Un sujeto puede conocer la regla, y sin embargo... encontrarse en una situación concreta que no le permite actuar de otro modo y decidir lo contrario” (301).

Amoris Laetitia sugiere claramente que la concepción tradicional de la Iglesia del matrimonio indisoluble y monógamo, anclada en las palabras del propio Jesús, es uno de esos elevados ideales. Se refiere al “ideal del matrimonio, marcado por el compromiso de exclusividad y estabilidad” (34). Aunque este “ideal” no puede negarse, es necesaria una mayor flexibilidad para lograr el equilibrio psicológico de quienes no pueden estar a la altura de sus exigencias. La Iglesia debe empezar a modificar y limitar sus anticuadas ideas sobre la sexualidad, aunque lo haga de formas esencialmente contradictorias.

Así, Amoris Laetitia presenta a los fieles una actitud revisada sobre el pecado (y en particular sobre el pecado sexual) que suaviza la necesidad urgente de conversión y arrepentimiento. El pecado se concibe no tanto como una ofensa a Dios, sino como una insuficiencia en las aspiraciones. Algunos católicos no pueden cumplir los mandamientos de Dios y se enfrentan a la perspectiva de vivir alejados de ideales como el matrimonio indisoluble o la castidad. De esta nueva teología se deduce que las parejas del mismo sexo merecen la bendición de la Iglesia, ya que su única falta es no estar a la altura de unos ideales morales que a menudo resultan demasiado gravosos.

Al responder a la dubia de cinco cardenales presentada justo antes del Sínodo sobre la Sinodalidad, Bergoglio escribió que, si bien la relación sexual de estas parejas del mismo sexo puede no ser moralmente aceptable desde un punto de vista objetivo, “la caridad pastoral exige que no tratemos simplemente como 'pecadores' a otras personas cuya culpa o responsabilidad puede estar atenuada por diversos factores...” (énfasis añadido).

Además, según Amoris Laetitia, “un pastor no puede sentir que basta con aplicar leyes morales a quienes viven en situaciones 'irregulares' como si fueran piedras que tirar a la gente” (305). En lugar de arrojar esas piedras como los fariseos del Evangelio de Juan, se imparte una bendición, reconociendo los elementos positivos de la relación: “todo lo que es verdadero, bueno y humanamente válido en sus vidas” (Fiducia Supplicans, 31). Esos elementos positivos sugieren al menos una vivencia imperfecta del ideal, y una bendición expresa la esperanza de que esta pareja se esfuerce por crecer en plena fidelidad al Evangelio. Sin embargo, la única manera de lograr realmente esa fidelidad es la continencia o la disolución de esta relación gravemente pecaminosa. La dolorosa realidad de que estas parejas están involucradas en actividades inmorales, en sodomía o adulterio, es ignorada y oscurecida por una enmarañada red de eufemismos.

Encontramos este mismo razonamiento altamente cuestionable en las respuestas a la reciente dubia presentada por el Cardenal Duka sobre la recepción de la Confesión y la Eucaristía para aquellos católicos divorciados que han entrado en una segunda unión civil. Dicha dubia pretendía aclarar la ambigüedad de Amoris Laetitia sobre esta cuestión. Esta declaración afirma que, tras un período de discernimiento, los católicos divorciados pueden recibir la absolución sacramental y la Sagrada Eucaristía aunque no vivan castamente en la segunda relación.

Para Juan Pablo II y Benedicto XVI, estos sacramentos sólo eran posibles para las parejas que llevaban una vida casta. Pero según la dubia, redactada por el “cardenal” Fernández, “Francisco mantiene la propuesta de la continencia plena para los divorciados vueltos a casar en nueva unión, pero admite que puede haber dificultades para practicarla y, por lo tanto, permite en ciertos casos, tras un adecuado discernimiento, la administración del sacramento de la Reconciliación [y de la Sagrada Eucaristía] aunque no se sea fiel a la continencia propuesta por la Iglesia. Así pues, las parejas católicas en segundas nupcias no tienen que cesar las relaciones sexuales si llegan a la conclusión de que tal acción no es posible.

Por supuesto, hay muchas deficiencias graves en el razonamiento teológico de Amoris Laetitia. La suposición de que cumplir los mandamientos de Dios es imposible para algunos es completamente incongruente con la Escritura y la Tradición. Jesús nos dice que “todo lo que pidáis en la oración, creed que lo habéis recibido, y os será dado” (Marcos 11:24). También podemos consolarnos con la instrucción de Jesús a San Pablo: “Te basta con mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Corintios 12:9).

La doctrina heterodoxa de Amoris Laetitia también contradice la clara enseñanza de Trento: “Dios no manda lo imposible; pero al mandar te advierte tanto que hagas lo que puedas como que reces por lo que no puedas, y te ayuda para que puedas hacerlo”. La gracia de Dios, por lo tanto, permite a todo cristiano evitar el pecado grave. También se pasa por alto en Amoris Laetitia la larga e inquebrantable tradición de la Iglesia de prohibir absolutamente los pecados de la carne, incluidos el adulterio, la fornicación y la actividad homosexual, de la que han dado testimonio muchos mártires, desde santas como Águeda e Inés hasta santa María Goretti.

Juan Pablo II no fue ajeno a los argumentos resucitados por Bergoglio y los abordó de manera bastante explícita en Veritatis Splendor:
Sería un error gravísimo concluir... que la norma enseñada por la Iglesia es en sí misma un “ideal” que ha de ser luego adaptado, proporcionado, graduado a las —se dice— posibilidades concretas del hombre: según un “equilibrio de los varios bienes en cuestión”. Pero, ¿cuáles son las “posibilidades concretas del hombre”? ¿Y de qué hombre se habla? ¿Del hombre dominado por la concupiscencia, o del redimido por Cristo? Porque se trata de esto: de la realidad de la redención de Cristo. ¡Cristo nos ha redimido! Esto significa que él nos ha dado la posibilidad de realizar toda la verdad de nuestro ser; ha liberado nuestra libertad del dominio de la concupiscencia (103).
A diferencia del Bergoglio, Juan Pablo II creía, como siempre ha creído la Iglesia, que la persona redimida, a pesar de su debilidad, es muy capaz de vivir las exigencias del Evangelio y alcanzar “toda la verdad de su ser”. Esa verdad significa que las relaciones sexuales ordenadas a la procreación son el privilegio exclusivo de un hombre y una mujer casados que “ya no son dos, sino uno solo” (Mateo 19:5).

Los aliados de Bergoglio, como el arzobispo Paglia, se han referido a Amoris Laetitia como “un cambio de paradigma”, y esta exuberante afirmación no es sólo una hipérbole. Como tal, no sólo abre la puerta a sacrilegios como la bendición de las relaciones entre personas del mismo sexo. En palabras del filósofo italiano Augusto Del Noce, también inaugura una transición del “cristianismo ascético” a un cristianismo más “secularizado”. Esto último conducirá lentamente a una inversión completa de la enseñanza católica sobre la sexualidad que se afirma tan claramente en el Evangelio. Como señala Del Noce, esta nueva actitud permisiva borra del horizonte las “virtudes pasivas y mortificantes” como la castidad y la pureza. Estas virtudes privadas se consideran ahora “represivas”, aunque las autoridades eclesiásticas no se atrevan a admitirlo explícitamente.

Dada la deteriorada teología propuesta por el Bergoglio en Amoris Laetitia, no sorprende que no se reúna con grupos como Courage, que llaman a los homosexuales activos a vivir una vida de castidad. Prefiere, en cambio, apoyar el trabajo de Dignity y New Ways Ministry, que no exigen tanto a sus seguidores. Bergoglio también ha hablado varias veces de nuestra excesiva preocupación por los “pecados por debajo de la cintura”. En una entrevista con los jesuitas portugueses durante la Jornada Mundial de la Juventud, Bergoglio lamentó que la Iglesia siga mirando con “lupa” los llamados “pecados de la carne”, mientras que otros males -como la explotación de los trabajadores, la mentira y el engaño- se minimizan. La implicación es que las virtudes políticas deberían tener prioridad sobre las privadas.

Pero, ¿tiene razón Bergoglio en su aparente rechazo del cristianismo ascético y el ostracismo de virtudes como la castidad y la pureza? Y ¿estaba tan equivocado el magisterio de la Iglesia hasta Bergoglio en preservar y promover esas virtudes como parte integral de la Fe y de nuestra salvación?


Crisis Magazine


jueves, 28 de diciembre de 2023

EN LA PREPARACIÓN PARA LA SANTA COMUNIÓN (6)

Es sumamente ventajoso prepararnos para la Sagrada Comunión, porque el fruto que produce depende de la disposición con que la recibimos.

Por el padre Michael Müller CSSR 


Continuamos con la publicación del libro “La Santísima Eucaristía: Nuestro mayor tesoro” (1867) del Padre Michael Müller CSSR.



CAPÍTULO 6

Sobre la preparación para la Comunión

Para recibir los frutos abundantes de la Sagrada Eucaristía, se requiere cierta cooperación por parte del receptor: no porque la eficacia del Sacramento en sí mismo dependa en absoluto de quien lo recibe (esta eficacia proviene enteramente de Dios), sino porque sus efectos saludables en cada caso particular dependen de la disposición con la que se recibe. La cooperación que se requiere de nuestra parte consiste, en general, en acercarnos a él con el deseo sincero de recibir las gracias que a través de él se imparten, y después, en aprovecharlas cuidadosamente. Para obtener esta disposición, es aconsejable dedicar algún tiempo antes y después de la Comunión a la preparación y a la acción de gracias. De esto, pues, procederé a hablar. Primero, de la preparación antes de la Comunión.

Cuando se habla de preparación para la Comunión, siempre se presupone la calificación previa de estar en estado de gracia. Se cuenta del emperador Federico que, habiendo ido en una ocasión a visitar a un noble en su propio castillo, fue recibido en una habitación cubierta de espesas telarañas; entonces, transportado por la ira, salió inmediatamente de la casa, exclamando: “¡Esta habitación está más preparada para una perrera que para la cámara de un emperador!”.

¿Cuánto más justamente podría indignarse Jesucristo al ser recibido en un alma contaminada por el pecado mortal? “¡Aquel cuyos ojos son puros y no pueden contemplar la iniquidad!”. En consecuencia, San Pablo nos enseña que debemos probarnos a nosotros mismos antes de comer del Cuerpo del Señor, lo que significa que, si al ser examinados nos encontramos culpables de algún pecado grave, debemos limpiar nuestra conciencia con una buena Confesión.

Hay ciertas serpientes, dice San Bernardo, que escupen el veneno que tienen en la boca antes de empezar a beber; y nosotros, antes de acercarnos a la fuente de la Vida, debemos escupir el veneno del pecado. Esta preparación, como he dicho, es siempre un presupuesto, y sabiendo todo católico que es un requisito indispensable, no será necesario, por lo tanto, insistir más en ella, tanto más cuanto que se aprovechará la ocasión para hablar de ella más adelante. He dicho que debemos estar libres de pecado mortal, porque es sólo éste el que nos vuelve absolutamente incapaces de recibir los frutos de la Comunión; pero los pecados veniales, especialmente los que son plenamente deliberados, e incluso las imperfecciones voluntarias, obstaculizan mucho la eficacia del Sacramento.

Alguien que de vez en cuando habla menospreciando a su prójimo o dice pequeñas mentiras, aunque no cometa un pecado mortal, se priva de muchas gracias que de otro modo habría recibido.

El primer paso en nuestra preparación para la Comunión, después de habernos reconciliado con Dios, es un esfuerzo habitual por agradarle. Además, debe observarse cuidadosamente que, para recibir toda la extensión de la gracia adjunta a este Sacramento, nuestros corazones deben estar libres de todos los afectos desordenados.

Santa Gertrudis en una ocasión preguntó a Nuestro Señor cómo debía prepararse para la Sagrada Comunión, y Él respondió: “No os pido más que que vengáis con el corazón vacío”.

Hay también otra disposición que siempre se presupone, relativa al cuerpo. Nadie puede recibir la Carne de Cristo si no está en ayunas, es decir, si no se ha abstenido de comer o beber cualquier cosa desde la medianoche anterior, siendo la única excepción a esta regla cuando la Sagrada Comunión es administrada a los moribundos por vía del Viático. [Las normas actuales permiten beber agua en cualquier momento antes de la Comunión y prescriben ayunar una hora antes. Editor, 1994]. Esta ley de la Iglesia, que pretende asegurar una mayor reverencia al Santísimo Sacramento, se funda en las más evidentes razones de decoro, hasta el punto de que San Agustín da por sentado que ningún cristiano sería culpable de la indecencia de llevarse algo a la boca antes de que el Cuerpo del Señor haya entrado en ella (Epist. 54). Además de este requisito, los cristianos emplean generalmente un tiempo más o menos largo, según su capacidad, en la preparación propiamente dicha; y de esto será útil hablar más particularmente.

Habiendo tratado en un capítulo anterior el deber de reverencia hacia el Santísimo Sacramento, considero inútil probar aquí extensamente la conveniencia de hacer alguna preparación real para la Comunión. Basta el sentido común para enseñar a todo hombre que no conviene recibir a su Dios en el corazón sin preparación previa. 

Supongo que en algún momento habréis sido testigo de la recepción pública de algún gran hombre a quien el pueblo desea honrar: algún guerrero distinguido, un candidato exitoso o un gran orador. ¡Qué multitud en las calles! ¡Qué ansiedad por conseguir un lugar para ver! ¡Qué grito y tumulto por todos lados! Y cuando llega el héroe del día, ¡qué ganas de verlo! ¡Qué densa se vuelve la multitud detrás de él! ¡Qué felices son aquellos a quienes sonríe o con quienes habla! ¡Cuán envidiado es el ciudadano favorecido con quien establecerá su morada! ¡Qué prisa, bullicio y emoción en la casa donde se alojará! Ahora deteneos y preguntaos, ¿para quién es todo esto? Para un hombre, un hombre pobre, débil y mortal. ¡Y yo, ay, con despreocupación, recibo a Aquel que es el “Esplendor de la Gloria de Su Padre y la Figura de Su Sustancia”!

Cuando le preguntaron al rey David por qué había preparado tal cantidad de oro, plata y piedras preciosas para el templo que estaba a punto de erigir, respondió: “El trabajo es grande, porque no se prepara una casa para el hombre, sino para Dios”. Y sin embargo, en ese Templo, el Lugar Santísimo, el Arca de la Alianza y el maná no eran más que sombras. ¡Tenemos el verdadero Lugar Santísimo, el Maná Vivo, el Pan vivificante que descendió del Cielo! ¿No deberíamos, entonces, poner todo nuestro cuidado en conseguir una morada para este Divino Huésped? “Cuando os sentéis a comer con un príncipe -dice el sabio rey Salomón- considerad diligentemente lo que se os pone delante”.

¡Con cuánta más diligencia debemos considerar lo que estamos a punto de hacer cuando nos presentemos a la mesa del gran Rey del cielo y de la tierra para alimentarnos de la carne de su amado Hijo! Esta reflexión, tan natural y obvia, es suficiente para mostrarnos la conveniencia de una preparación real para la Comunión. A esto añadiré otra reflexión para mostrar su gran utilidad. Es sumamente ventajoso prepararnos para la Sagrada Comunión, porque el fruto que produce depende de la disposición con que la recibimos. Los teólogos usan la siguiente figura como ilustración: Como la leña que no está curada no arde bien, porque la humedad que hay en ella resiste la acción del fuego, así el corazón que está lleno de afectos terrenales no está en condiciones de encenderse con el fuego vivo del Amor Divino por medio de este Santo Sacramento.

El Padre Lallemant dice que muchas almas son tan poco beneficiadas por la Sagrada Eucaristía como las paredes de la iglesia en la que se conserva, porque son tan duras y frías como las mismas paredes. Y San Bernardo expresa concisamente la misma verdad diciendo: Sicut tu Deo apparueris, ita tibi Deus apparebit (Dios se os mostrará tal como vos os mostréis dispuesto hacia Él). Cuando, por lo tanto, la gente se queja de recibir poco fruto de sus Comuniones, no hace sino delatar su propia negligencia. Como la luz del sol supera con mucho la luz de la luna, así los efectos de la Sagrada Eucaristía en un corazón amante superan con mucho los que produce en un alma tibia y perezosa.

La conocida historia de Widikend, duque de Sajonia, lo ilustra. Este príncipe, siendo todavía pagano, estaba en guerra con Carlomagno; teniendo una gran curiosidad por ver lo que sucedía entre los cristianos, se disfrazó de peregrino y entró sigilosamente en su campamento. Era tiempo pascual y todo el ejército estaba haciendo su comunión pascual. El desconocido observaba con interés y admiración las ceremonias de la Misa, pero ¡cuánto se sorprendió cuando el sacerdote le administró el Sacramento y vio en la Hostia a un Niño de resplandeciente belleza! Contempló el espectáculo con asombro, pero su asombro fue aún mayor cuando vio que este maravilloso Niño entraba con alegría en la boca de algunos de los comulgantes, mientras que sólo con gran desgana se dejaba recibir por otros. Esta visión fue el medio de la conversión de Widikend y la sumisión de sus súbditos a la Fe, pues habiendo buscado instrucción de los cristianos, entendió que Nuestro Señor quería mostrarle, no sólo la verdad de la Presencia Real, sino que Él llega a nuestro corazón con voluntad o sin voluntad, según estemos bien o mal preparados para recibirlo (Timal. Arende I., 1 Collat.)

Algo parecido se relata en la vida de la venerable Margarita María Alacoque. Un día vio a Nuestro Señor en la Hostia mientras el sacerdote estaba dando la Comunión, y notó que cuando el sacerdote se acercaba a algunos de los comulgantes, Nuestro Señor extendía los brazos y parecía ansioso de unirse a ellos, mientras que había otros hacia a quienes mostró la mayor repugnancia y sólo se dejó arrastrar a la boca por ciertas cuerdas y correas con las que estaba atado. Le explicó después que las almas en las que entraba de buena gana eran las que se cuidaban de agradarle, y aquellas a las que mostraba tanta aversión eran cristianos tibios, que le recibían en corazones llenos de odiosas faltas e imperfecciones. Le dijo, además, que entraba en tales corazones meramente por sus promesas y la ley que se había impuesto a sí mismo en la institución del Santísimo Sacramento, y que éste era el significado de las ataduras y cuerdas que ella había visto. 

“¿Cómo entonces -preguntas- debo prepararme para la Sagrada Comunión?”

La Iglesia indica suficientemente las disposiciones para la Sagrada Comunión con las siguientes palabras: Domine, non sum dignus, ut intres sub tectum meum, sed tantum dic verbo, et sanabitur anima mea.. “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”. Estas palabras fueron dichas por el centurión, quien se acercó a nuestro Salvador pidiéndole que sanara a su siervo. Nuestro Señor se ofreció inmediatamente a ir con él a su casa para realizar la curación, pero el buen Centurión respondió: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”. Esta respuesta agradó tanto a Nuestro Señor que no sólo sanó instantáneamente al siervo, sino que elogió mucho la fe del centurión. Estas palabras expresan una gran estima por Jesucristo, un gran sentimiento de indignidad por parte del suplicante y una gran confianza en que obtendría lo que pedía.

Éstas son precisamente las disposiciones que exige la Iglesia para recibir la Sagrada Comunión. Por eso, repetid en voz alta las palabras del Centurión cada vez que se distribuye el Pan de Vida, para recordar a los comulgantes el deber de acercarse al Sagrado Banquete con un profundo sentimiento de su propia nada y con un gran deseo de estar unidos a su Divino Salvador. Para excitar estos afectos cuando estáis a punto de recibirlo, no tienes más que hacerte las siguientes preguntas: “¿Quién es el que viene?” “¿A quién viene y por qué viene?” “¿Quién viene en este Santísimo Sacramento?” “Es mi Creador, Quien me ha dado todo lo que poseo, en Quien vivo, me muevo y soy. ¡Es Dios todo Poderoso, Santo, todo Hermoso! Viene Jesucristo, el Hijo Eterno del Padre, que movido por amor inefable, bajó del Cielo al vientre puro de la Virgen, nació en este mundo y vivió como hombre entre pecadores. Viene el Buen Pastor a buscar a su oveja descarriada, viene mi Redentor que murió en la Cruz por los pecadores. ¿A quién viene? A un miserable pecador que no ha cumplido el fin de su creación, a un mayordomo que ha desperdiciado los bienes de su señor, a un siervo que ha desobedecido a su señor, a un súbdito que se ha rebelado contra su príncipe, a un cautivo redimido que ha sido desagradecido con su libertador, un soldado que ha abandonado a su comandante, un hijo pródigo que ha dado la espalda a su padre, una esposa que ha sido infiel a su esposo”. ¡Oh! ¡Qué mezcla de sentimientos, exaltantes y deprimentes debe surgir en el corazón cuando se acerca la Sagrada Comunión! ¡Cuán grande es la distancia entre Aquel que es recibido y el pecador que recibe!

¿Quién puede pensar en esto y no sentirse completamente indigno de semejante gracia? Eusebio relata de San Jerónimo que, cuando le trajeron el Santo Viático en la hora de su muerte, exclamó: “Señor, ¿por qué os rebajáis tanto para venir a un publicano y pecador, no sólo para comer con él, sino incluso para ser comido por él!” Y luego, arrojándose sobre la tierra, recibió a su Salvador con muchas lágrimas.

Si un Santo que había pasado una larga vida en obras penitenciales por amor a Cristo se sentía tan penetrado por el sentimiento de su indignidad ante Dios, ¡cuánto más debemos humillarnos cuando nos acercamos a Él! ¿No deberíamos, con verdadero dolor por nuestra infidelidad pasada, acusarnos ante Él y resolver, con la ayuda de Su gracia, enmendar todo lo que desagrada a Sus ojos? El publicano de quien leemos en el Evangelio estaba muy atrás en el templo y se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Señor, ten misericordia de mí, pecador!” ¿Y no deberíamos nosotros, cuando vamos al altar, vacilar y golpearnos el pecho, diciendo en lo más profundo de nuestro corazón: “¡No soy digno! ¡No soy digno!”

Pero ahora el alma, habiendo percibido la profundidad de su propia indignidad, debe alzar una vez más los ojos al Cielo y preguntar: “¿Por qué viene este Dios Santo a visitar a un pecador como yo?” Y aquí encuentra una inmensidad de bondad que lo llena nuevamente de coraje y alegría. ¿Por qué viene? Seguramente no para sí mismo, porque no nos necesita. No podemos hacerlo más rico ni más feliz; No podemos darle nada que Él no nos haya dado primero. Él no ve en nosotros nada propio sino miseria y pecado. Está perfectamente feliz. Los Ángeles le sirven día y noche. No hay uno solo de ellos que no sería aniquilado voluntariamente si Él así lo quisiera.

Entonces, ¿qué es lo que le induce a venir a nosotros? Es amor, puro amor inmerecido. Viene a aplicar a nuestras almas los frutos de su redención que realizó en el Calvario, porque en este Sacramento se convierte para cada uno de nosotros en Salvador en un sentido especial. Él viene a realizar la obra para la cual nos creó, a prepararnos para el lugar en el Cielo que nos ha destinado. Es Él quien obra en este Sacramento, no nosotros. Él nos creó; Él nos redimió; ahora viene a derramar sobre nosotros todas las riquezas de su amor; Él viene a darnos luz para conocer y fuerza para hacer Su voluntad; Él viene a reparar lo que está podrido y a restaurar lo que está desperdiciado; perdonar la rebelión y la ingratitud; en una palabra, recibirnos como a hijos; para vestirnos con el primer manto; ponernos un anillo en las manos y zapatos en los pies; para comer y divertirse con nosotros. ¿Cuáles deberían ser, entonces, nuestros sentimientos cuando nos acercamos a Nuestro Señor en este misterio sino los del pródigo que regresa: “Me levantaré e iré a mi Padre”. Y cuando en este maravilloso banquete nuestro buen Padre, Jesucristo, cae sobre nuestros cuellos y nos da el beso de la paz, cuando nos alimenta, no con el ternero cebado, sino con Su propia carne preciosísima, ¿qué tiene que hacer el alma sino ceder a Su abrazo amoroso y decir, con humilde gratitud: “¡Oh Señor, no soy digno! No soy digno de ser llamado Vuestro hijo”. Nuestro error es éste: pensamos que tenemos mucho que hacer, y no tenemos más que poco que hacer.

Ya he dicho que la fidelidad habitual, incluso en las cosas más pequeñas, es una condición para recibir gracias especiales en este Sacramento, pero en el momento de la Comunión lo que es principalmente necesario es una gran confianza que surja de una profunda convicción de nuestra propia nada y del sentido de la grandísima bondad de Dios. Él viene a nosotros con las manos llenas de gracias; nosotros debemos salir a su encuentro con un deseo afectuoso de estar unidos a Él y con hambre y sed de su justicia.

Pero tal vez diréis: “Veo la verdad de lo que habéis dicho; estoy seguro de que un gran deseo de recibir a Jesucristo es la mejor disposición para acercarse a Él, pero ésta es precisamente mi dificultad. No tengo ese deseo; estoy frío y seco; mi corazón está apagado y aletargado. Voy a comulgar, no ciertamente sin el deseo de agradar a Nuestro Señor, pero con poco fervor o afecto por Él”. Nuestro Señor mismo ha dado la respuesta a esta dificultad. Dijo un día a Santa Matilde: “Cuando vayáis a recibir mi Cuerpo y mi Sangre, desead, para mayor gloria de mi nombre, tener todo el ardor de amor que el corazón más ferviente ha tenido por Mí, y entonces podréis recibirme con confianza, pues os atribuiré, como si realmente lo tuvierais, todo ese fervor que deseáis tener”.

¿Qué puede ser más consolador que esto? No tenéis devoción, pero podéis desear tenerla. Sentid todo el respeto y confianza que quisierais sentir, pero vuestro deseo de tener más suple lo que falta; no tenéis humildad, pero podéis humillaros por vuestro orgullo; no tenéis amor, pero podéis ofrecer vuestro deseo de amar. De los pobres se aceptan pequeños regalos. Ofreced lo que tenéis, y si no tenéis nada, haced lo que recomiendan los santos, decid: “Señor, si un gran rey se alojara con un pobre, no esperaría que el pobre hiciera una preparación adecuada, sino que enviaría a sus propios siervos para que se preparen para él; ¡hacedlo así, oh Señor, ahora que venís a habitar en mi pobre corazón!”. Sólo esto será una excelente disposición para recibir y muy agradable a Jesucristo.

Un día Santa Gertrudis fue a recibir la Sagrada Comunión sin estar suficientemente preparada. Estando muy afligida por esto, rogó a la Santísima Virgen María y a todos los santos que ofrecieran a Dios en su favor todos sus méritos, para que de algún modo supliesen su propia deficiencia. Entonces se le apareció nuestro Salvador y le dijo: “Ahora, ante toda la corte celestial, aparecéis ataviada para la Comunión como quisieras estar”. Cumplid, pues, oh cristiano, lo que Jesucristo exige de vos. Recibidlo, pero recibidlo como Él desea que lo hagáis. No os contentéis con manteneros libre del pecado mortal; haced la guerra también contra los pecados veniales, al menos los que son plenamente deliberados; porque aunque los pecados veniales no extinguen el amor, debilitan mucho su fuerza y ​​fervor. Esforzaos también por destetar vuestro corazón de las criaturas; esforzaos en mortificar vuestro apego a los honores, a las riquezas y a los placeres; no escatiméis molestias por el Reino de los Cielos; practicad pequeños pero frecuentes actos de abnegación; manteneos siempre en el temor de Dios, y esforzaos en adornar vuestra alma con las virtudes que Jesucristo ama especialmente : humildad, mansedumbre, paciencia, oración, caridad, fe, paz y recogimiento.

En vísperas de vuestra Comunión, renovad vuestros buenos propósitos; dedicad un poco de tiempo a la oración; descansad con el pensamiento: “Mañana recibiré a mi Salvador”; y si os despertáis en la noche, pensad en la gran acción que estáis a punto de realizar. Por la mañana haced nuevamente actos de amor, humildad, contrición y confianza, para luego avanzar hacia el altar con un deseo sincero de amar y honrar cada vez más a Jesucristo. Haced lo que podáis, y por imperfecto que sea, será aceptable para Jesucristo, siempre que Él vea en vos un verdadero deseo de hacer más. Por tales Comuniones obtendréis las preciosas gracias que imparte este Santo Sacramento, porque no serán meras Comuniones, sino verdaderas uniones de Jesucristo con vuestra alma.

Concluiré este capítulo con la siguiente historia: El padre Hunolt, de la Compañía de Jesús, relata que una vez dos estudiantes estaban conversando juntos sobre la hora de su muerte. Acordaron que si Dios lo permitía, el que muriera primero debería aparecerse al otro para decirle cómo le había ido en el otro mundo. Poco después, uno de ellos murió y poco después de su muerte se apareció a su compañero de estudios, todo resplandeciente de brillo y gloria celestiales, y en respuesta a sus preguntas, le dijo que por la misericordia de Dios se había salvado y estaba en posesión de la bienaventuranza del Cielo. El otro le felicitó por su felicidad y le preguntó cómo había merecido tan indecible gloria y dicha. “Principalmente -dijo el alma feliz- por el esmero con que procuré comulgar con corazón puro”. A estas palabras desapareció el espíritu, dejando en su amigo sobreviviente sentimientos de gran consuelo y un ardiente celo por imitar su devoción. “Habéis oído estas cosas; bienaventurado seréis si las hicieres” (Juan 13:17).



COMUNIÓN EN LA MANO Y TOTALIDAD CATÓLICA

¿Qué es todo este parloteo en nuestras iglesias? ¿Qué son todos esos aplausos? ¿Qué es toda esta inepta laetitia? ¿Qué es toda esa vestimenta inapropiada? ¿Dónde están las genuflexiones?

Por Don Pietro Leone


Introducción: Adoración

Ahora bien, el honor es la actitud que un sujeto manifiesta a otro en virtud de la excelencia superior del otro, para expresar su sumisión a ese otro; mientras que la adoración es aquel honor que un sujeto manifiesta a Dios en virtud de la excelencia superior, o más exactamente, infinita de Dios, que exige del sujeto una sumisión total a Él. La obligación de adorar a Dios es consecuencia de esta excelencia infinita de Dios que exige por parte de todo ser racional una actitud de total sujeción: Tibi se cor meum totum subjicit (1).

La obligación se expresa en el Primer Mandamiento con las palabras: 'Yo soy el Señor, tu Dios: No tendrás dioses fuera de Mí', porque este Mandamiento nos ordena adorarlo sólo a Él como Señor Supremo. La misma obligación es expresada por Nuestro Señor Jesucristo en Su mandato a Satanás: 'Al Señor tu Dios adorarás, y a Él sólo servirás' (Mt 4.10, cf. Deuteronomio 6.13). Esta afirmación de Nuestro Señor sigue a la proposición de éste de que el Señor debe más bien postrarse ante él y adorarle, para recibir 'todos los reinos del mundo y la gloria de ellos' (Mt 4,9): Satanás, en su hybris prepotente, reclama aquí para sí el honor que sólo corresponde a Dios.

La adoración es al mismo tiempo interna (es decir, mental) y externa (es decir, física). La adoración interna es la más importante de las dos, pero ambas son debidas a Dios por el hombre, en la medida en que el hombre está compuesto tanto de mente como de cuerpo, y está obligado a adorar a Dios totalmente: es decir, tanto con la mente como con el cuerpo. De hecho, el acto externo de adoración es necesario para suscitar nuestro afecto; mientras que la adoración interna (si es auténtica) impulsa al sujeto a manifestar tal actitud en gestos externos.

La Santa Madre Iglesia ha establecido los actos de adoración debidos a Dios en el Santísimo Sacramento del Altar de la siguiente manera: al entrar en una iglesia donde está reservado el Santísimo Sacramento, uno se traza una señal de la Cruz sobre sí mismo con Agua Bendita (es decir, exorcizada); uno hace una genuflexión; cuando uno pasa por delante del Sagrario y llega a su lugar en la iglesia, uno hace otra genuflexión; uno no mira a su alrededor, uno no habla. Si hay que comunicar algo, se hace sotto voce.

En cambio, cuando el Santísimo Sacramento está expuesto, al entrar en la iglesia se traza la Señal de la Cruz como de costumbre, pero la genuflexión se hace con las dos rodillas, con una profunda inclinación de la cabeza; lo mismo ocurre cuando se pasa por delante del Santísimo Sacramento y se llega al propio lugar. La práctica de hacer la genuflexión sobre una rodilla cuando el Santísimo Sacramento está expuesto es una aberración moderna.

Cuando uno va a recibir la Sagrada Comunión, mantiene las manos cruzadas y los ojos bajos; del mismo modo, cuando uno vuelve al banco, se arrodilla ante la barandilla del altar y recibe en la lengua. Ni que decir tiene que si se ha caído en pecado mortal desde la última confesión, por haber faltado a la obligación de asistir a la Misa dominical, por ejemplo, por blasfemia, o por impureza solo o con otro, entonces se está impedido de recibir la Sagrada Comunión (aunque se tenga intención de confesarse sacramentalmente inmediatamente después): si se hiciera así, no sería un acto de Adoración, sino más bien un ultraje a Dios: un sacrilegio y un pecado mortal.


Comunión en la mano

Era evidente desde el principio que lo que llamamos el “azote virus-vacuna” estaba orquestado para ultrajar al Dios Vivo y al Varón de Dolores. Se retiró el Agua Bendita de las iglesias y se impuso casi universalmente la Comunión en la Mano por un surtido de motivos mal concebidos, demasiado fáciles incluso para recordarlos.

Querido lector, si estamos obligados a honrar a Dios con la actitud de adoración, ¿cómo es posible precisamente si recibimos el Santísimo Sacramento en la mano? Los fieles se ponen de pie; el sacerdote o el miembro del laicado coloca el Santísimo Sacramento sobre sus manos no consagradas y no lavadas; lo toman en sus manos; se lo llevan a la boca, apartándose primero o mientras se alejan; se quitan de las manos los fragmentos que puedan haberse adherido a ellas, cada uno de los cuales contiene el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Totus... et integer Christus sub panis specie et sub quavis ipsius speciei parte, totus item sub vini specie et sub eius partibus exsistit (2) Cristo, total y entero, existe bajo la apariencia del pan y bajo cada parte de esa apariencia; también [Cristo] total [y entero] existe bajo la apariencia del vino y bajo sus partes. 

Cuando los fieles regresan a sus asientos, pisotean dichos fragmentos: en otras palabras, a Aquel, el Sumo Bien, que nació, sufrió y entregó Su Vida para salvarlos. Algunos de los sacerdotes más piadosos levantan la Hostia antes de ponerla en las manos de los fieles, pero no se puede decir de ninguna manera que esto justifique o compense los abusos que acabamos de enumerar.

Pero, después de todo, ¿qué podemos esperar? La práctica de la comunión en la mano fue ideada por los herejes protestantes precisamente para eliminar la Adoración de la Hostia Bendita (3). El dominico apóstata Martin Bucer, mentor de Thomas Cranmer, había expresado el consenso protestante en cuanto a la Presencia Real (4) cuando comentó en su Censura: “Es nuestro deber abolir de las iglesias... toda pureza de doctrina y cualquier forma de adoración del pan”.

Actitudes similares con respecto a la Presencia Real fueron expresadas y promovidas por los heresiarcas Zwinglio y Calvino, y por sus sucesores, en cuanto a la recepción del Santísimo Sacramento de pie y en la mano: “Era costumbre moverse y estar de pie para recibir la Comunión. La gente se paraba frente a la mesa y recibía las especies en sus propias manos”. Varios sínodos de la “Iglesia Calvinista” de Holanda, en los siglos XVI y XVII, prohibieron formalmente la Sagrada Comunión de rodillas (5). “En la primera época, la gente se arrodillaba durante la oración y recibía la Comunión arrodillada, pero varios sínodos lo prohibieron para evitar cualquier hipótesis de que el pan debía ser venerado”.

Ahora bien, la eliminación de la Adoración de la Hostia Bendita fue finalizada con la eliminación de la creencia en la Presencia Real según “toda pureza de doctrina”, y se convertiría de hecho en la marca muy característica de la herejía eucarística protestante con respecto a la Presencia Real. ¿Podemos negar que ha tenido el mismo efecto también en el mundo católico desde que se introdujo en la década de 1970, con el apoyo de los “Padres Conciliares” modernistas tan renombrados como los Cardenales Suenens y Alfrink?

¿Qué es todo este parloteo en nuestras iglesias? ¿Qué son todos estos aplausos? ¿Qué es toda esta inepta laetitia? ¿Qué es toda esa vestimenta inapropiada (o falta de vestimenta)? ¿Dónde están las genuflexiones al entrar? ¿Dónde las genuflexiones al pasar delante del Santísimo Sacramento? ¿Dónde el recogimiento? (6) ¿Dónde las manos cruzadas? ¿Dónde los ojos bajos? ¿Dónde la acción de gracias después de la Misa? Al autor de este artículo se le permitió predicar una homilía (y nada más) en la boda de su primo en Italia. El párroco entró al principio y salió al final sin un mínimo reconocimiento de la Presencia Real, en ningún momento de la ceremonia, ni siquiera con una “inclinación de cabeza”.

Tal es, pues, el aspecto negativo de la comunión en la mano (en el sentido de lo que niega): ¿cuál es su aspecto afirmativo (en el sentido de lo que afirma - aparte de la herejía de que el Santísimo Sacramento es mero pan)? Entre las numerosas reflexiones de nuestro libro sobre el Concilio Vaticano II, que hemos ido ampliando antes de su publicación si Dios quiere, se encuentra el fenómeno de la comunión en la mano como efecto del Concilio -no es que estuviera prevista por el Concilio ni por las rúbricas del nuevo rito, sino que fue indudablemente un efecto del Concilio en su dinámica interna, antropocéntrica.

¿En qué sentido es antropocéntrica la comunión en la mano? Un sacramento (con excepción del matrimonio) es administrado por el ministro sagrado que actúa in persona Christi: es administrado por Cristo mismo. Es administrado por Cristo y es recibido por los fieles: no es tomado o apropiado por los fieles. En particular, el Santísimo Sacramento no sólo es administrado por Cristo, sino que es Cristo. El antropocentrismo del nuevo rito, que pretende verlo todo, oírlo todo y comprenderlo todo inmediatamente, ha culminado en la acción de tomar a Dios mismo en las propias manos, de tomar ascendiente sobre Dios mismo. Este antropocentrismo respecto a Dios equivale a un ateísmo autodeificante: porque si el hombre es superior a Dios, entonces en realidad el hombre es Dios y Dios no existe

Invitamos al amable lector a reflexionar sobre estos hechos. Si el lector es un miembro del laicado y ha sido convencido de recibir la Comunión en la mano porque no había otra manera de recibir la Comunión; o si está vacilando en cuanto a adoptar este método, le pedimos a esa persona que recapacite. Si los ángeles y los hombres han sido creados para adorar a Dios, y lo han sido, entonces ¿adoramos mejor a Dios tomándolo en nuestras manos en las condiciones que hemos elaborado anteriormente, o renunciando a la Comunión sacramental y recibiéndolo espiritualmente? La respuesta no puede ser otra que esta última (7). Si el lector, por el contrario, es sacerdote, le pedimos con toda humildad que se anime y dé testimonio de la Presencia Real, aun a costa de alguna forma de desprecio u ostracismo.

Todos nosotros, clérigos y laicos, tendremos que dar cuenta de nuestros actos, empezando por nuestros actos para con Dios mismo: seremos juzgados en la más rigurosa justicia sobre todo. Cuanto más se nos dé en términos de ordenación sacerdotal, de responsabilidad por las almas y de conocimiento, tanto más se esperará de nosotros.

Oh Jesucristo, recuerda,

Cuando vuelvas,

Sobre las nubes del cielo,

Con todo tu brillante esplendor;

*

Cuando todos los ojos te vean,

En Deidad revelada,

Que ahora sobre este altar

En silencio te ocultas

*.

Recuerda entonces, oh Salvador,

Te suplico,

Que aquí me incliné ante Ti

Sobre mi rodilla doblada;

*

Que aquí reconocí tu presencia,

y no te negué;

y glorifiqué tu grandeza,

Aunque oculta al ojo humano....

Así comienza el admirable folleto sobre “La Comunión en la Mano” de Michael Davies. “Piensa en tu fin último y no pecarás en la eternidad”.

Ah, ¡que todos los hombres lo sepan!: que Dios está totalmente presente en el Santísimo Sacramento del Altar; que está totalmente presente en cada una de sus partes; que con la Sagrada Comunión se les da totalmente. Ah, ¡que sepan!: que están obligados a adorarlo totalmente; que están obligados a amarlo con todo el corazón, con toda la mente y con todas las fuerzas; que un día tendrán que darle cuenta de cada uno de sus actos.


Epílogo: Testimonio

Celebrando recientemente la Santa Misa en una capilla cercana a su casa familiar, donde siempre ha sido bienvenido para celebrar el Rito Antiguo, el autor se vio sorprendido por un hecho de cierta magnitud. Había llegado a ese punto de los Santos Misterios en el que, inmediatamente después de la ingestión de la Sagrada Hostia, el celebrante raspa del Corporal sobre la patena cualquier fragmento de la misma que pueda haber quedado allí, y luego los roza con los dedos cerrados sobre la Preciosísima Sangre. A veces el celebrante puede preguntarse por qué debe llevar a cabo tales acciones cuando normalmente ningún fragmento puede ser desechado.

El autor, ejecutando este movimiento de cepillado, entonces, de la patena sobre la Preciosísima Sangre, se sorprendió al ver un rayo de luz solar brillante brillar en ese momento desde lo que presumiblemente era una ventana en el techo sobre la Preciosísima Sangre, para cuya confección en esa iglesia se usa vino tinto (8). De repente se iluminó la superficie de la Sangre, y sobre Ella, lo que parecía ser una cantidad de unas treinta o cuarenta estrellas diminutas, que destacaban sobre el oscuro cielo nocturno, conteniendo cada una de ellas en su totalidad al mismísimo Creador de las estrellas.

Creator alme siderum

Aeterna lux credentium

Jesu, Redemptor omnium,

intende votis supplicum…

*

Virtus, honor, laus, gloria,

Deo Patri cum Filio,

Sancto simul Paraclito,

In saeculorum saecula. Amen.

Oh amoroso Creador de las estrellas, Eterna luz de los fieles, Jesús, Redentor de todos. escucha las oraciones de tus suplicantes... Virtud, honor, alabanza y gloria sean a Dios Padre con el Hijo, junto con el Santo Paráclito, por los siglos de los siglos. Amén.

(Himno de Adviento)


Notas:

1. A Ti mi corazón se somete totalmente, cf. Adoro Te devote de Santo Tomás de Aquino

2. Trento sessio 13, caput 3, canon 3

3. Ver nuestro libro The Destruction of the Roman Rite (La Destrucción del Rito Romano), I B.3, Publicaciones Loreto.

4. A la que sólo Lutero no suscribió en virtud de su doctrina de la “consubstanciación”.

5. Luth J.R. Communion in the Churches of the Dutch Reformation to the Present Day en: Ch. Caspers (ed.), Bread of Heaven, Customs and Practices Surrounding Holy Communion, Kampen 1995, p.101, citado en Dominus Est, monseñor Athanasius Schneider, Libreria Editrice Vaticana, 2008.

6. ¿Alguien sabe ya lo que significa el recogimiento?

7. Una tercera opción que algunos fieles han adoptado es recibir el Santísimo Sacramento en un pequeño paño de lino blanco en las manos, pero si piensan hacerlo, deben a) preguntar al sacerdote de antemano si lo permite; b) tener cuidado de doblar el paño cuidadosamente; y c) asegurarse de que un sacerdote lo purifique de la manera correcta mediante los tres lavados prescritos por la Tradición.

8. Inusualmente pero lícitamente


Rorate-Caeli


LA UTILIZACIÓN DE LAS PALABRAS COMO ARMAS: EL CASO DEL “DISCURSO DE ODIO”

Debemos defender nuestro derecho natural a tener y expresar nuestras opiniones. Cualquier restricción de este derecho es una usurpación dictatorial de los derechos humanos; y de hecho, una negación de la naturaleza humana.

Por Julio Loredo


Después de la Revolución Bolchevique de 1917, los marxistas intentaron hacer lo mismo en Occidente, pero algo había salido mal en la teoría marxista. Según Marx, la Revolución debería haber estallado en países industrializados avanzados, como Inglaterra, no en una nación feudal atrasada como Rusia.

Además, la Revolución en Rusia debería haber ocurrido como un desarrollo natural de la dialéctica histórica. En cambio, tuvo que imponerse mediante un golpe de estado de Vladimir Lenin. Los revolucionarios preguntaron si este plan que funcionó en Rusia podría trasplantarse con éxito a Occidente. La respuesta evidente fue “No”. Había que elaborar nuevas estrategias.

Antonio Gramsci, fundador del Partido Comunista Italiano, ofreció un enfoque. Ampliando el concepto de hegemonía más allá de Marx, quien la consideraba meramente económica, analizó la hegemonía cultural subyacente y así desarrolló el concepto de “revolución cultural”. Esto significaba que los comunistas debían tomar el control de la cultura, manipulándola para cambiar la mentalidad de la sociedad, y como consecuencia, inevitablemente se produciría una revolución.

Otra estrategia fue propuesta por teóricos del Instituto de Investigación Social de la Universidad Goethe de Frankfurt, de ahí el nombre de “Escuela de Frankfurt”, que estudiaron las tendencias modernas para producir una teoría coherente para la revolución en el siglo XX. Entre otros temas, estudiaron la manipulación del lenguaje, como en el análisis de la comunicación social de Jurgen Habermas. Controlar el idioma es controlar la mente de las personas. Cuando uno comienza, inconscientemente al principio, a pensar en consignas utilizadas por la propaganda revolucionaria y luego a repetirlas como un loro, se vuelve cada vez más incapaz de expresar o incluso concebir pensamientos contrarios a sus dictados y, por lo tanto, es fácil de manejar.

La militarización del lenguaje es parte integral de la guerra psicológica moderna, o batalla cultural. Los revolucionarios, que impregnan los principales medios de comunicación, pueden literalmente “lavarle el cerebro” a la opinión pública para que adopte posiciones de izquierda a través de estos medios.

El Prof. Plinio Corrêa de Oliveira expuso incisivamente la táctica en “Transbordo Ideológico Inadvertido y Diálogo”, en el que describe el uso de palabras talismánicas: “La estratagema a la que nos referimos como la palabra talismán es uno de los medios más eficientes para llevar a cabo un trasbordo ideológico inadvertido. Básicamente consiste en actuar sobre las mentes de los individuos, grupos o comunidades grandes de una manera muy sui generis, aplicando ciertas palabras elásticas con una técnica muy astuta”.

La técnica presupone cierta sensibilidad y explota las pasiones humanas. Una palabra talismán puede admitir un significado legítimo, incluso noble, pero se abusa tendenciosamente de ella cargándola con otros significados. Su objetivo inconsciente utiliza la palabra, sin percibir sus significados revolucionarios subyacentes y, por lo tanto, inconscientemente comienza a asumir un nuevo significado. La persona es transbordada ideológicamente sin siquiera darse cuenta.


Un ejemplo de tal palabra talismán es “gay”, que se utiliza para referirse a los homosexuales. Si bien la palabra homosexual tiene un significado claro, que inmediatamente provoca rechazo moral, el término “gay” presenta el pecado contra la naturaleza bajo una luz favorable. “Gay” significa alegre y la alegría generalmente se percibe como algo bueno. Explotando la tendencia o pasión natural del hombre por la felicidad, su uso implica que los homosexuales son alegres, mientras que aquellos que se oponen a la sodomía son sombríos. Al utilizar esta palabra talismánica, el rechazo moral del pecado disminuye, abriendo el camino para su aceptación. En consecuencia, no debería utilizarse.

Otra palabra talismán es racismo. Todos los hombres son dignos en su creación por Dios, y la discriminación basada en el origen étnico es aborrecible. En 1965, las Naciones Unidas adoptaron la Convención sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación Racial, que sirvió de modelo para la legislación en todo el mundo. Sin embargo, aprovechando el rechazo natural del hombre hacia el racismo, la Revolución manipuló el término extendiendo sus significados a situaciones que no pertenecen a la raza. La ley Mancino de Italia de 1993, por ejemplo, condena “frases, gestos, acciones y lemas que inciten al odio, la violencia o la discriminación por motivos de raza, etnia, religión o nacionalidad”. En este sentido talismánico, rechazar una religión falsa podría considerarse “racismo”.

Ampliando aún más el significado, la izquierda italiana declaró que rechazar la homosexualidad constituye “racismo”, como si los homosexuales fueran una raza. En Italia hay que tener cuidado de no expresar determinadas opiniones o utilizar determinado lenguaje, ya que las disposiciones de la ley pueden enviar a una persona a prisión por hasta tres años.

El “discurso de odio” es otra arma talismán utilizada para criminalizar cualquier opinión que contradiga la ideología revolucionaria. Por lo tanto, llamar homosexual o sodomita a un homosexual, es “discurso de odio”. Debes llamarlo “gay”. Describir el aborto como lo que es, el asesinato de un bebé no nacido inocente es un “discurso de odio”. Debes utilizar la neolengua “interrupción voluntaria del embarazo”. Y así sucesivamente, ya que cualquier crítica a la doctrina revolucionaria será interpretada como “discurso de odio”. Así, por ejemplo, cualquier desaprobación del feminismo radical se considera una muestra de “odio” hacia las mujeres.

Una vez más, esta estratagema manipula la tendencia natural del hombre a ser alegre, no negativo y sombrío. Implica que mientras los revolucionarios proponen cosas que son positivas y agradables, la reacción conservadora es negativa, fea y deprimente y, por lo tanto, mala.

La aplicación de la estratagema del transbordo ideológico inadvertido ha llevado a que un número creciente de países promulguen leyes que prohíben el “discurso de odio”. Pretenden prohibir cualquier “manifestación de odio”, lo que en sí mismo sería encomiable. Todo el mundo quiere amar. Nadie quiere odiar. En realidad, sin embargo, están imponiendo con fuerza una ideología al calificar opiniones contrarias a las suyas como “discurso de odio”. Como resultado, el debate se vuelve imposible, ya que las opiniones divergentes serán automáticamente criminalizadas por “provocar odio”. Bajo una máscara “amistosa”, la Revolución impone una dictadura brutal.


La acción de la palabra talismánica puede ser “exorcizada” mediante el análisis. Si bien los académicos reconocen que “el discurso de odio es un concepto complicado y no existe una definición o comprensión internacionalmente aceptada del mismo” (1), se han hecho intentos de fabricar uno. Así, las Naciones Unidas definen el “discurso de odio” como un rechazo basado en la discriminación: “El discurso de odio es discriminatorio (sesgado, intolerante o fanático) o peyorativo (prejuicioso, despectivo o degradante) de un individuo o grupo. El discurso de odio pone de relieve factores de identidad reales o percibidos, incluida la religión, el origen étnico, la nacionalidad, la raza, el color, la ascendencia, el “género”, pero también características como el idioma, el origen económico o social, la discapacidad, el estado de salud o la orientación sexual, entre muchos otros” (2).

Esta construcción es imitada por la Comisión Europea contra el Racismo y la Intolerancia, que se esfuerza por aplicarla en la Unión Europea y al mismo tiempo ampliarla para abarcar la afirmación de la desigualdad. Según su Recomendación de Política General N° 15, “el discurso de odio se basa en la presunción injustificada de que una persona o un grupo de personas son superiores a otros; incita a actos de violencia o discriminación, socavando así el respeto a los grupos minoritarios y dañando la cohesión social” (3).

Profundicemos más allá de la superficie de este brebaje talismánico. En la base del concepto de “discurso de odio”, encontramos la idea de discriminación, que se deriva del latín discriminare, que significa distinguir. Siempre estamos distinguiendo, por ejemplo, cuando cruzamos la calle con la luz verde en lugar de roja, cuando comemos una hamburguesa en lugar de un plato, o nos lavamos con agua en lugar de gasolina. Siempre estamos eligiendo una cosa sobre otra. En este sentido, la discriminación es la tarea más mundana pero vital que uno puede realizar.

En efecto, Santo Tomás de Aquino afirma que la discriminación es el fundamento de cualquier operación intelectual: para pensar, la mente debe distinguir. Según el Doctor Angélico, el principio de no contradicción, es decir, que un ser no puede ser y no ser al mismo tiempo y desde el mismo punto de vista, es inherente a la naturaleza humana.

Nuestra mente no sólo distingue naturalmente entre el ser y el no ser, sino también entre la verdad y la falsedad, el bien y el mal, la belleza y la fealdad, etc. En otras palabras, constantemente estamos emitiendo juicios morales basados ​​en la conciencia (ley natural) y en leyes divinas o positivas que aceptamos libremente. En efecto, la búsqueda del bien, con el consiguiente rechazo del mal, es el motor de cualquier acción humana. “La tendencia hacia nuestro bien es el impulso básico de nuestra alma”, afirma el padre Luigi Taparelli d'Azeglio en su renombrado “Tratado de Derecho Natural” (4). Santo Tomás de Aquino también enseña que todas las acciones humanas se rigen por el precepto general fundamental y necesario para todo razonamiento práctico: se debe hacer el bien y evitar el mal. Este principio no es algo que podamos ignorar o desafiar (5).

En consecuencia, no siempre se puede interpretar que las opiniones negativas implican odio. Hablando de los seres humanos, existen distinciones (discriminaciones) que van contra la naturaleza, por ejemplo, las basadas en la raza o el estado de salud. En estos casos, no existe ningún delito moral que pueda justificar un rechazo. El rechazo del mal moral, como el pecado homosexual, es un asunto completamente diferente. Aquí hay una aceptación consciente y voluntaria del mal que debe ser rechazado. Esto no es “discurso de odio” sino honestidad y, en el orden moral, virtud.

Debemos, por lo tanto, defender nuestro derecho natural a tener y expresar nuestras opiniones. Cualquier restricción de este derecho es una usurpación dictatorial de los derechos humanos; de hecho, una negación de la naturaleza humana. Y cuando toca nuestras creencias religiosas, puede constituir persecución religiosa, especialmente cuando está dirigida a la verdadera religión instituida por nuestro Señor Jesucristo.


Notas:

1) Centro Islandés de Derechos Humanos, Hate speech; an overview and recommendations for combating it (Discurso de odio; una visión general y recomendaciones para combatirlo), 2018, p. 5.