viernes, 30 de agosto de 2024

EL PECADO DE NUESTRA ÉPOCA

¿Somos hoy más felices? A todo esto se le llama “el progreso de la época”, y, si rehusamos otorgarle nuestra aprobación, se nos tilda de “retrógrados”


Mientras el tiempo saludable de Cuaresma transcurre para nosotros entre mortificaciones y plegarias, cuántas almas frías e insensibles pasan por nuestro lado, sin comprender los intereses espirituales y sacrosantos afectos que conmueven nuestro corazón. “Trabajo y placer” es el lema de nuestros días; dinero y goce son los dos polos a cuyo alrededor gira la vida de los mundanos. Y en el rodar vertiginoso, nuestra generación debilitó su carácter y enfermó del corazón. Basta echar una mirada a las ciudades populosas. Allí los malos ejemplos cunden con caracteres de epidemia. “No os asimiléis al mundo” (Rom. 12: 2), amonestaba San Pablo a sus contemporáneos, y, desde entonces hasta ahora, el mundo no se ha tornado mejor. Es el mundo aquel del cual decía el Salvador: “No ruego por el mundo” (Juan 17: 9).

Vamos hoy a meditar en la sensualidad, en la avidez de placeres, terrible mal de nuestra época. Veamos.

1. Cuán desgraciado para el hombre. 

2. Cómo puede el Cristiano evitar esta enfermedad. 

1. La sensualidad hace al hombre desgraciado. Todo es hoy sensualidad. Vivimos en una época de sensualidad. Placeres y diversiones son las características de nuestro tiempo. Comodidad en la vida es el lema de todas las clases sociales. ¿Testigos? Las grandes ciudades. Ayer los templos se hallaban muy próximos unos a otros. El culto de Dios tenía la primacía, y era ante todo preferido. Hoy sobresalen y campean los edificios profanos: salas de concierto, teatros, cinematógrafos, casas comerciales lujosas en extremo: todo sirve para satisfacer la sensualidad. En las vidrieras, en los palcos, en el arte, en la literatura, en todas partes se halla revestida la sensualidad con las galas brillantes de la poesía. La mayor parte de las novelas y poesías tienden a despertar los bajos instintos del hombre, por medio de frívolas descripciones. Y el veneno se infiltra tanto más fácilmente, cuanto con mayores galas se presenta la obra literaria. Bien conocidos son aquellos autores, que han corrompido millares de corazones, destruyendo en ellos toda idea de virtud, de pureza y de mortificación. Por eso la Iglesia, nuestra Madre, ha prohibido en todo tiempo la lectura de libros perniciosos. A su cuidado maternal se debe el índice de los libros prohibidos, de aquellos cuya lectura es pecado, y que, a veces, lleva consigo aparejada la excomunión. Esta institución eclesiástica es un verdadero beneficio en esta época de desmedida licencia. Lejos de poner trabas a la libertad, la salvaguarda, a la manera que las vallas y parapetos, al borde del abismo, sirven de protección al viajante. 

Pero la fantasía corrompida no se contenta con la lectura de malos libros; necesita ver los pensamientos e ideas frívolas y licenciosas, representadas en imágenes de vivos y brillantes colores. Y he aquí a la pintura que, cuál ángel de las tinieblas, se las ofrece. ¡Cuántas veces se encuentran, en las galerías y vitrinas, cuadros escandalosos, cuya vista ofende e irrita con razón al hombre honesto y educado! 

Pero el gusto sensual de los mundanos aún no se halla satisfecho. Quiere ver la vida en su realidad, y la encuentra en los teatros y en el cine. Al lado de cintas buenas, instructivas y educadoras, ¡cuánta miseria, cuánta torpeza, cuánta indignidad se exhibe en tales centros! 

¿Somos hoy más felices? A todo esto se le llama “el progreso de la época”, y, si rehusamos otorgarle nuestra aprobación, se nos tilda de “retrógrados”. Yo creo que el progreso verdadero consiste en el aumento de felicidad. ¿Y acaso se ha vuelto la humanidad más feliz, dando culto a la sensualidad, y rienda suelta a las pasiones? La respuesta es una absoluta y enérgica negativa. El carácter de nuestra época es un terrible pesimismo. En todas las clases predomina y aumenta la necesidad del placer, de la diversión, del frívolo pasatiempo. 
¡Cuántos millares de corazones arrastrados por la corriente del mal perdieron
 la pureza y la honra, la paz y la felicidad, para siempre, y fueron arrojados a las riberas de una eternidad infeliz!

¡Padres cristianos! Cada una de las flores de la corona de inocencia de vuestros hijos clama: “¡Sed tengo! Sed de felicidad, sed de virtud, sed de gracia”. Tened cuidado de estas flores de virtud; que no se marchiten en estos tiempos depravados. Dios ha de pediros cuentas algún día del alma de vuestros hijos. 

Y vosotros, jóvenes que me escucháis, creedme: nunca seréis felices con los placeres de la tierra, ni en la embriaguez de sus diversiones. La breve ilusión desaparecerá como un sueño, y os dejará el amargor del desencanto, y el corazón sediento e infeliz. Sé que vuestro corazón pide alegría, y no es mi intento privaros del verdadero y legítimo placer. Pero existe un deleite ponzoñoso que mata el alma. Huid de él, como de serpiente venenosa. Goethe, el poeta alemán, que era tenido por el más feliz de los mortales, pues bebió el cáliz del placer sin límite, confesó: “En medio de mis goces, me sentía, como un pobre ratón envenenado: entra en toda despensa, bebe todo licor, ingiere cuanto comestible encuentra, más en su interior siente un terrible ardor que no se extingue”.

Conocemos ya el pecado principal de nuestra época: la sensualidad desenfrenada y sus funestas consecuencias. El mundo ha procurado derribar los ideales más sagrados que teníamos, para sustituirlos por otros. ¿Se ha logrado con ello mayor felicidad? No, ciertamente. Hagamos prevalecer, por lo tanto, en nuestra vida, con la mayor fidelidad, los ideales y los principios cristianos. 

2. Remedios contra la sensualidada) La Cruz. “Si alguno quiere venir en pos de mí -dijo el Divino Maestro- renuncie a sí mismo, y lleve su cruz cada día, y sígame” (Luc. 9: 23). Si, la abnegación, la cruz es la característica del cristianismo. Nuestra religión es religión de sacrificio. Duro lenguaje, ciertamente. Nadie ama la cruz por la cruz. Pero sabemos que solo a la sombra de la cruz florece la verdadera felicidad. Es el único arte de la vida: saber llevar la cruz. Desde la caída de nuestros primeros padres, la tierra dejó de ser un paraíso, y no debe serlo para los que pretendan conquistar el cielo. Dios, en los planes de su eterna providencia, dispuso que el hombre se salvara por la cruz. El camino real de la cruz es, por lo tanto, el único que conduce al cielo. Jesucristo anduvo por este mismo camino, ni conoció otro alguno, ni nos abrió otra senda. 

b) Ayuno y abstinencia. Este vía crucis de la vida es bien conocido por todos los cristianos. La Santa Madre Iglesia tuvo el mayor cuidado de que sus hijos no perdieran de vista este camino para el cielo. Con ese fin ordenó sus mandamientos, penosos ciertamente para el hombre sensual. Baste citar la ley de la abstinencia y del ayuno. Pero no hay sacrificio sin recompensa. En primer lugar, vigoriza el carácter. El que nunca supo privarse de nada, será toda su vida débil y afeminado. Por eso hay tantos hombres sin carácter; falsamente educados, jamás se acostumbraron en su juventud a la abstinencia y a la mortificación. El buen católico, en cambio, obediente a las leyes de la Iglesia, ayuna y guarda abstinencia, como lo hicieron sus antepasados y los primeros cristianos. 

c) Espíritu de Cristo. El que piense, que para tomar parte en los méritos de Cristo basta solo creer en la obra de la redención, sin imitarle, sin penetrar en su espíritu y en su deseo de sufrir, se equivoca lamentablemente. San Pablo, conocedor del misterio de la cruz de Cristo, escribió a los Colosenses: “Yo que al presente me gozo de lo que padezco por vosotros, y estoy cumpliendo en mi carne lo que resta que padecer a Cristo en sus miembros, sufriendo trabajos en pro de su cuerpo místico, el cual es la Iglesia” (1: 24). A la pasión de Cristo nada falta en sí; solo resta nuestra participación personal y voluntaria, por medio del espíritu de penitencia. La palabra de Jesús: “El que quiera ser mi discípulo renúnciese a sí mismo” (Mat. 16: 24), es válida para todos los tiempos, sin exceptuar los nuestros. 

3. Diversiones honestas. ¿Deduciremos de todo esto que el cristianismo es enemigo de la alegría? En ningún modo. “Dios ama al que da con alegría” (II Cor. 9: 7). La Sagrada Escritura nos invita de continuo a la alegría. No vamos contra ésta, sino contra el pecado. El honesto recreo, las diversiones y placeres lícitos, a nadie le son prohibidos; hasta son necesarios para el cuerpo y para el alma. Pero el placer no debe ser el último fin de nuestra vida, sino un medio para recrearnos y habilitarnos para los trabajos y luchas de la existencia. 

Todos corremos en pos de la felicidad; pero el mundo con todos sus placeres no puede proporcionarnos verdadero contento. El mundo es vano, inconstante e infiel. Como el sol con sus ardientes rayos va despojando a la rosa de sus pétalos, así procede el mundo con el corazón del joven, haciendo que se marchite antes de tiempo. Dejemos que el mundo siga su camino; nosotros conocemos bien las palabras del Salvador: “¡Oh, qué angosta es en la puerta y cuán estrecha la senda que conduce a la vida eterna!” (Mat. 7: 14). Sí, conocemos bien el angosto camino del deber. En él, las espinas lastiman nuestros pies; pero también en él recogen nuestras manos fragantes rosas para la eternidad feliz. 

H.S.

Tomado del libro “Salió el sembrador” del padre Juan B. Lehmann de la Congregación del Verbo Divino, edición 1944.


¿POR QUÉ LA IGLESIA CATÓLICA HABLA LATÍN? (12)

Cuando el mundo se fraccionó, la Iglesia conservó y debía conservar, con su hermosa lengua primitiva, la unidad en la forma, así como su enseñanza y su liturgia.

Por Monseñor De Segur (1862)


Porque es Apostólica, porque es invariable su doctrina y, porque es Una y Católica.

1. La Iglesia es apostólica: es la Iglesia de San Pedro y de los Apóstoles, por lo cual conserva como reliquias preciosas todos los recuerdos de los Apóstoles. Cuando estos se esparcieran en el mundo, para cumplir la voluntad de Dios, anunciando a los pueblos el Evangelio, encontraron que el Universo hablaba dos lenguas, en el Occidente el idioma latino, en el Oriente la lengua griega. Predicando, pues, simultáneamente en latín y en griego, sus escritos y constituciones fueron compuestas en estas dos hermosas lenguas; y la Iglesia ha conservado, con religiosa veneración, aquellos respetables monumentos. He aquí por qué la lengua eclesiástica es, en el Occidente, la latina; y la griega, en el Oriente. De modo, que eso de que se acusa a la Iglesia, justamente es una prueba a su favor.

2. Por otra parte en esto andaba el dedo de la Providencia. El latín y el griego, convirtiéndose en lenguas muertas y por lo mismo invariables, vinieron a ser, por eso mismo, las más aptas, para formular las doctrinas de una Iglesia que no conoce ni admite variación en sus dogmas, porque es divina. Se ha hecho un cálculo sobre las variaciones que sufren las lenguas vivas, del cual resulta que si la Iglesia en vez de atenerse al latín de San Pedro, de San Pablo, de San Marcos etc… hubiera adoptado el francés, ella habría tenido que modificar, más de doscientas sesenta veces, la forma del Sacramento del Bautismo. Sin esa modificación aquella forma no habría expresado, en el lenguaje corriente, la idea que encierra. Dedúzcase de aquí cuantas trasformaciones hubiera tenido que sufrir el Credo, así como los Decretos de Fe de los Concilios primitivos y de los primeros Papas.

3. La Iglesia habla latín, no solamente porque ella es invariable, sino también porque es Católica, es decir universal, en cuyo concepto tiene que entenderse con todos los pueblos y naciones. En los tres o cuatro primeros siglos el latín era la lengua del mundo civilizado; y aunque entonces era lengua vulgar tenía ese carácter católico, esto es universal, carácter indispensable al idioma de la Iglesia. Pero cuando el mundo se fraccionó, la Iglesia conservó y debía conservar, con su hermosa lengua primitiva, la unidad en la forma, así como en el fondo de su enseñanza y de su liturgia.

Resulta, pues, que la Iglesia habla latín porque es apostólica, porque es invariable y porque es católica.

Dícese que San Pablo ordena que se haga uso en las reuniones cristianas de, una lengua sabida por todos, con el objeto de que todos la comprendan. En efecto, así lo dice el Apóstol, en una de sus Epístolas a los Corintios; pero, este argumento que los protestantes derivan de sus palabras, no hace en manera alguna relación al punto de que se trata. San Pablo prescribe el uso de la lengua vulgar para las predicaciones, exhortaciones o instrucciones, destinadas a edificar a los fieles congregados en la casa del Señor. El verbo prophetare de que hace uso el Apóstol, significa predicar, hablar de las cosas divinas. La Iglesia Católica siempre ha practicado al pie de la letra esta prescripción apostólica, pues sus Obispos, sacerdotes, misioneros y catequistas se sirven siempre para predicar y catequizar del idioma conocido por todos y para todos inteligible, llegando hasta aprender los dialectos particulares de las provincias, o las lenguas de los salvajes más oscuros, para hacer llegar a ellos la palabra divina, de modo que la comprendan todas las gentes.

En cuanto a las sectas protestantes ellas tienen razón para hablar una lengua vulgar y moderna. Los idiomas divididos entre sí, esencialmente variables, siempre mudables y enteramente modernos, se adaptan perfectamente a esas doctrinas que tanto se les parecen en ser inventadas ayer, mudar a cada paso, tener la variación en la esencia de su ser y hallarse indefinidamente divididas en fracciones innumerables.

jueves, 29 de agosto de 2024

CATECISMO DE TRENTO (1566) - EL TERCER MANDAMIENTO

Con orden y conexión maravillosa se prescribe por este mandamiento de la ley, el culto externo que debemos a Dios.


DEL TERCER MANDAMIENTO DEL DECÁLOGO

Honrar el sábado

Acuérdate de santificar el día del Sábado. Seis días trabajarás y harás todas tus obras. Más el séptimo día es el Sábado de tu Dios y Señor. No harás en él obra alguna, tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu bestia, ni el forastero que está de tus puertas adentro. Porque en seis días hizo el Señor el Cielo, la Tierra, el Mar, y todas las cosas que en ellos hay: y en el séptimo día reposó. Por lo tanto bendijo el Señor al día Sábado, y le santificó.

Con orden y conexión maravillosa se prescribe por este mandamiento de la ley, el culto externo que debemos a Dios. Este es como cierto fruto del primer mandamiento. Porque no podemos dejar de venerar con culto exterior, y de dar gracias a quien piadosamente adoramos con interiores afectos, movidos por la fe y la esperanza que tenemos depositada en Él. Y como estas cosas no se pueden cumplir fácilmente por los que están metidos en las ocupaciones de negocios humanos; por esto se determinó cierto tiempo, en que cómodamente puedan excusarse.

Siendo pues este precepto de tal calidad, que produce frutos y utilidades maravillosas, importa muchísimo que ponga el Párroco suma diligencia sobre su explicación. Y para inflamar su cuidado, tiene gran fuerza aquella primer palabra del mandamiento: Acuérdate. Porque así como los fieles deben acordarse de tal mandamiento, así es cargo del Párroco recordársele con frecuencia, ya amonestando, y ya enseñando. Pero lo mucho que importa a los fieles guardar este precepto, se deja conocer de que la observancia cuidadosa de éste les facilita la de los demás mandamientos de la ley. Porque como entre las cosas que deben hacer los fieles en los días festivos, tienen necesidad de acudir a la iglesia para oír la palabra de Dios; siendo bien instruidos en las leyes divinas, conseguirán también guardarlas de todo corazón. Por esto se manda muchísimas veces la celebración y culto del Sábado en las Escrituras Sagradas como se deja ver en el Éxodo, Levítico y Deuteronomio, y en las profecías de Isaías, Jeremías y Ezequiel, pues en todos estos lugares se impone el precepto del culto del Sábado.

Pero a los Príncipes y Magistrados se ha de amonestar y exhortar, que señaladamente en estas cosas que pertenecen a retener y acrecentar el culto de Dios, ayuden con su autoridad a los prelados de la Iglesia, y que manden al pueblo, que obedezca a los preceptos de los sacerdotes. Y por lo concerniente a la declaración de este mandamiento, se ha de procurar enseñar a los fieles en qué cosas conviene este mandamiento con los demás, y en qué se diferencia de ellos. Porque de esta manera entenderán la causa y la razón porque no celebramos, ni santificamos el Sábado, sino el día Domingo.

Pues la diferencia cierta es, que los demás preceptos del Decálogo son naturales, perpetuos, y que en modo ninguno se pueden variar. De aquí proviene, que aunque fue abrogada la ley de Moisés, todavía guarda el pueblo cristiano todos los mandamientos que están en las dos tablas. Y esto se hace no porque Moisés lo mandó así, sino porque conviene a la naturaleza, cuya fuerza impele a los hombres a guardarlos. Pero este mandamiento del culto del Sábado, si miramos al tiempo señalado, no es fijo y constante, sino que se puede mudar: porque no pertenece a las costumbres, sino a las ceremonias: ni tampoco es natural, porque no nos enseña, ni nos dicta la naturaleza que tributemos culto externo a Dios, más bien ese día que en otro cualquiera; sino que el pueblo de Israel empezó a guardar ese día del Sábado desde aquel tiempo en que fue liberado de la servidumbre de Faraon. 

El tiempo pues en que se había de quitar el culto del Sábado, era aquel mismo en que debían abrogarse los demás cultos y ceremonias hebraicas, es decir, en la muerte de Cristo. Porque siendo aquellas ceremonias unas con imágenes sombreadas de la luz y la verdad, era necesario que se ahuyentasen con la venida de la luz y la verdad, que es Jesucristo. Acerca de lo cual escribe así el Apóstol a los Gálatas, reprendiendo a los que observaban los ritos mosaicos: Observáis los días y los meses, los tiempos y los años. Temo por vosotros, no sea que haya trabajado en vano entre vosotros. Lo mismo escribe a los Colosenses. Y esto baste sobre la diferencia. 

Pero conviene este mandamiento con los demás, no en el rito y ceremonias, sino en que tiene alguna cosa perteneciente a las costumbres y derecho natural. Porque de este derecho nace el culto de Dios y la Religión que se expresa por este mandamiento: pues nos dicta la naturaleza, que empleemos algunas horas en las cosas que pertenecen al culto de Dios. Y de esto es prueba clara que en todas las naciones vemos señalados algunos días festivos y solemnes consagrados para las funciones sagradas y divinas. Porque es natural en el hombre dedicar algún tiempo fijo para las cosas precisas, cuáles son el descanso, el sueño, y otras tales. Pues de esta misma razón natural dimana, que de la suerte que al cuerpo se conceda también al alma, algún tiempo en el cual se refuerce por la contemplación de Dios. Y así, debiendo haber alguna parte de tiempo, en el cual sean celebradas las cosas divinas, y tributado a Dios el debido culto: esto sin duda pertenece a los preceptos morales. 

Por esta razón determinaron los Apóstoles consagrar al culto divino el primero de aquellos siete días, y le llamaron Domingo. Del día de Domingo hace mención San Juan en su Apocalipsis. Y el Apóstol manda, que se hagan las colectas el primer día de la semana, que es el Domingo, según lo explica San Juan Crisóstomo. Para que entendamos que ya entonces era tenido en la Iglesia el día Domingo por santo. Pues para que sepan los fieles qué es lo que deben hacer en este día, y de qué obras se deben abstener, será muy del caso que les explique el Párroco diligentemente palabra por palabra todo el mandamiento, que puede muy bien dividirse en cuatro partes. 

Primeramente pues se propondrá en común, qué es lo que se manda por las palabras: Acuérdate de santificar el día del Sábado: pues muy al caso se puso al principio del mandamiento aquella palabra Acuérdate: por cuanto el culto de este día pertenece a las ceremonias. Y de esto debía ser amonestado el pueblo: porque aunque dicte la ley natural, que debe ser Dios adorado en algún tiempo con culto de Religión, con todo eso no determina en qué día señaladamente se deba esto hacer. 

También se ha de enseñar a los fieles, que por estas palabras se puede entender el modo y la reserva con que han de trabajar en toda la semana: es a saber, de manera que siempre estemos atendiendo al día de fiesta. Porque como en él hemos de venir a dar alguna cuenta y razón a Dios de nuestras acciones y obras, es necesario que las hagamos tales, que ni sean desechadas por su divino juicio, ni sean para nosotros (según está escrito) materia de llanto y de remordimiento de conciencia. 

Últimamente se nos recuerda lo que ciertamente debemos advertir, y es, que no faltarán ocasiones para olvidarnos de este mandamiento, o sea, movidos del ejemplo de otros, que no hacen caso de él: o por la afición a espectáculos y juegos, que muchas veces nos retraen del santo y religioso culto de este día. Pero pasemos ya a lo que se demuestra por la significación del Sábado. 

Esta voz Sábado es nombre hebreo, que en nuestra lengua quiere decir Cesación: y así Sabatizar es lo mismo que cesar y descansar. Porque esta significación vino el día séptimo a llamarse Sábado: porque acabada y cumplida toda la obra del universo, descansó el Señor de todas las que había hecho y con ese nombre le llama el mismo Señor en el Éxodo. Pero después no solo se llamó con este nombre el día séptimo, sino aún toda la semana, por la dignidad de ese día. Y en ese sentido dijo aquel Fariseo que menciona San Lucas: Ayuno dos veces en el Sábado, esto es, cada semana. Y esto baste en cuanto a la significación del Sábado.

Por la santificación del Sábado se entiende en las Sagradas Letras levantar la mano de trabajos corporales y de negocios: como lo muestran con claridad las palabras siguientes del mandamiento: No trabajarásPero no solo significan esto (pues en tal caso habría bastado decir en el Deuteronomio: Guarda el día del Sábado), sino que añadiéndose en el mismo lugar: Para que le santifiques, por estas palabras se manifiesta que el día Sábado es religioso, y que está consagrado a acciones divinas y santos ejercicios. Y por lo tanto, entonces, celebramos cumplida y perfectamente el día del Sábado, cuando pagamos a Dios los tributos de nuestra piedad y Religión.  Y este puntualmente viene a ser el Sábado, que Isaías llama delicioso, porque los días festivos son como las delicias del Señor y de los hombres virtuosos. Y así, si añadimos a este santo y religioso culto del Sábado otras obras de misericordia,  son ciertamente muchos y muy grandes los premios que se nos prometen en el mismo capítulo. 

Mira pues el verdadero y propio sentido de este mandamiento, a que desembarazado el hombre de negocios y trabajos corporales por algún tiempo determinado y fijo, se emplee únicamente con cuerpo y alma en el cuidado de adorar y venerar piadosamente a Dios. 

En la segunda parte del mandamiento se muestra que el día séptimo está dedicado por mandato de Dios a su divino culto; pues dice así: Seis días trabajarás, y harás todas tus obras; más el séptimo día es el Sábado de tu Dios y Señor.  En las cuales palabras se nos dice, que tengamos el día Sábado por consagrado al Señor, que le tributemos en él los oficios de la Religión, y que entendamos que ese día es señal del descanso de su Majestad. 

Señaló pues su Majestad este día a los judíos para su divino culto: porque no convenía dejar al arbitrio de un pueblo rudo la elección del tiempo, para que no imitasen acaso las fiestas de los Egipcios. Y así de los siete días escogió Dios el último, para que le diesen culto: lo cual está tan lleno de misterios, que el mismo Señor en el Éxodo y en Ezequiel lo llama señal, diciendo: Mirad que guardéis mi Sábado; porque es señal entre mí y entre vosotros en vuestras generaciones; para que sepáis que yo soy el Señor que os santifico.

Y así ese día fue señal que indicaba, que deben los hombres dedicarse a Dios, y mostrarse santos en su presencia, viendo que el mismo día está también dedicado a su Majestad: pues el día es santo, por deber los hombres ejercitar en él señaladamente obras de santidad y Religión. Fue señal también, y como memoria de la creación de esta maravillosa obra del universo. Además de esto fue señal encomendada a los israelitas, para recuerdo de que por auxilio de Dios habían sido redimidos y rescatados del durísimo yugo de la esclavitud de Egipto: como lo muestra el Señor por aquellas palabras: Acuérdate de que tú también fuiste siervo de Egipto, y que te sacó de allí tu Dios y Señor con mano fuerte, y con brazo extendido. Por eso te mandó que observaras el día del Sábado. Y sobre todo, esto es señal del Sábado, así espiritual, como celestial. 

El Sábado espiritual consiste en cierto santo y místico reposo: esto es, cuando sepultado el hombre viejo juntamente con Cristo, se renueva para la vida, y se ejercita cuidadosamente en aquellas acciones que convienen a la piedad cristiana. Porque los que en otro tiempo eran tinieblas, pero ya son luz en el Señor, deben andar como hijos de la luz en toda bondad, justicia y verdad, y no tener ninguna comunicación con las obras infructuosas de las tinieblas. 

Pero el Sábado celestial, según dice San Cirilo, exponiendo este lugar del Apóstol: Quédase el sabatismo para el pueblo de Dios, es aquella vida en la cual viviendo con Cristo, gozaremos de todos los bienes, arrancado el pecado de raíz, según aquello: No habrá allí león, ni subirá por allí bestia fiera, sino que estará allí la senda y el camino, y se llamará camino santo. Porque el alma de los Santos logra todos los bienes en la vista de Dios. Y así exhortará el Pastor y aguijará a los fieles con aquellas palabras: Apresuremos pues a entrar en aquel reposo.

Además del día séptimo tenía el pueblo judaico otros días festivos y sagrados establecidos por ley divina, en los cuales se renovaba la memoria de los más señalados beneficios. 

Pero la Iglesia de Dios tuvo por acertado trasladar el culto y la celebridad del Sábado al Domingo. Porque así como ese día fue el primero en que alumbró la luz al mundo, así fue sacada nuestra vida de las tinieblas a la luz resucitando en ese día nuestro Redentor, quien nos abrió la puerta para la vida eterna. Por esto los Apóstoles quisieron que se llamase Día del Señor. Y además de eso, podemos ver en las Sagradas Letras el ser solemne de este día, por haber empezado en él la obra de la creación del mundo, y haber sido enviado sobre los Apóstoles el Espíritu Santo. 

Otros días festivos establecieron los Apóstoles desde el principio de la Iglesia, y después en los tiempos sucesivos nuestros Santos Padres: para que celebrásemos piadosa y santamente la memoria de los beneficios de Dios. Entre estos, son tenidos por muy solemnes los días que están consagrados a la Religión por los misterios de nuestra Redención. Después los que están dedicados a la Santísima Virgen Madre; luego a los Santos Apóstoles y a los Mártires, y a todos los demás Santos que reinan con Cristo, en cuya victoria se celebra la bondad y poder de Dios, se dan a ellos las debidas honras y el pueblo fiel se incita a su imitación. 

Y por cuanto para guardar este precepto tiene gran fuerza aquella parte de él, que se expresa por estas palabras: Seis días trabajarás, pero el día séptimo es el Sábado de tu Dios y Señor: debe el párroco explicar esta parte con todo cuidado. Porque de estas palabras se puede colegir, que no han de hacer los fieles vida ociosa y haragana, sino que teniendo presente la voz del Apóstol: Haga su negocio cada uno, y trabaje por sus manos, según lo tenía mandado. Manda también el Señor por este precepto, que hagamos nuestras obras en los mismos seis días, de manera que ninguna de aquellas cosas que se deben hacer, o despachar en ellos, se reserve para el día de fiesta: porque no quite el alma el cuidado y amor de las cosas divinas. 

Después se suplicará la tercera parte del precepto: la cual señala en cierto modo de qué manera debemos celebrar el día del Sábado; pero señaladamente declara, qué es lo que se nos prohíbe en ese día, porque dice el Señor: No harás en ese día obra alguna tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu siervo, ni tu sierva, ni tu asno, ni el forastero que está dentro de tus puertas. En estas palabras se nos enseña lo primero, que evitemos del todo cuanto pueda impedir el culto divino. Porque fácilmente se puede ver que se prohíbe todo género de obras serviles, no porque sean de suyo viciosas o malas; sino porque distraen al alma del culto de Dios, que es el fin del precepto. Y mucho más deben los fieles evitar los pecados: porque no solo nos apartan de la aplicación a las cosas divinas, sino que nos privan totalmente del amor de Dios. 

Pero no se vedan aquellas acciones, ni aquellas obras, aunque sean serviles, que pertenecen al culto de Dios, como preparar los altares, adornar los templos por causa de alguna fiesta, y otras semejantes. Por lo tanto, dijo el Señor, que los sacerdotes violaban el Sábado en el templo, y no por eso pecaban. 

Tampoco se ha de juzgar que estén vedadas por esta ley las obras de aquellas cosas que se perderían si se dejaran en el día de fiesta: como está permitido por los Sagrados Cánones. Otras muchas cosas declaró el Señor en el Evangelio que podían hacerse en los días festivos: las que fácilmente observará el Párroco en San Mateo y en San Juan. 

Y para que nada se omitiese que pudiera estorbar este culto del Sábado, se hizo mención del asno. Porque con estos animales se embarazan los hombres para celebrar el día de fiesta. Porque si en ese día quieren que el asno haga algún trabajo, es necesario el cuidado del hombre que le guíe: pues el animal por sí solo no puede hacer la obra; sino ayudar al hombre que la intenta. Y como a ninguno es lícito trabajar en ese día, por eso no se puede valer del asno. Mira pues también la ley de este precepto a que si Dios no quiere que hagan los hombres trabajar a las bestias, mucho menos deben querer ser inhumanos con aquellos de cuyo trabajo e industria se sirven. 

Tampoco debe el Párroco dejar de enseñar con cuidado en que obras y acciones deben ejercitarse los cristianos en los días festivos. Estas son, que acudamos al templo, que asistamos allí con sencilla y piadosa atención al Santo Sacrificio de la Misa, y que para curar las llagas de nuestra alma, recibamos con frecuencia los Divinos Sacramentos de la Iglesia, que fueron instituidos para nuestra salud. 

Pero nada mejor ni más oportuno pueden hacer los fieles que confesar muchas veces los pecados a los sacerdotes; para lo cual podrá el Párroco exhortar al pueblo fiel, valiéndose de las razones y doctrinas que quedan dichas y enseñadas en su lugar sobre el Sacramento de la Penitencia. Y no solamente excitará a los fieles a que frecuenten este Sacramento, sino que también los exhortará con cuidado muchas veces a que reciban con frecuencia el de la Sacrosanta Eucaristía. 

Además de esto han de oír los fieles con atención y diligencia la palabra de Dios. Porque no hay cosa menos sufrible, ni a la verdad más indigna, que menospreciar u oír con descuido las palabras de Cristo. Deben también los fieles excitarse mucho en la oración y alabanzas divinas, y poner particular cuidado en aprender con diligencia las cosas que pertenecen al concierto de la vida cristiana, y emplearse de continuo en obras de misericordia, dando limosna a pobres y menesterosos, visitando enfermos, y consolando afectuosamente a los tristes y afligidos, a los que tiene postrados el dolor. Porque como dice Santiago: La Religión limpia y sin mancilla ante Dios y el padre es, visitar huérfanos y viudas en su tribulación. Y de lo dicho hasta aquí es fácil conocer las culpas que se cometen contra la regla de este mandamiento. 

Debe además de esto, ser cargo del Párroco tener a punto algunos determinados lugares de donde tome razones y argumentos con que persuada al pueblo encarecidamente, que guarde la ley de este mandamiento con sumo desvelo y cuidadosa diligencia. Para esto vale muchísimo que entiendan los fieles y vean claramente, cuán justo es, y cuán conforme a la razón, que tengamos algunos días señalados, que enteramente los empleemos en el culto de Dios, y en los cuales reconozcamos, adoremos y veneremos a nuestro Señor, de quién hemos recibido sumos e innumerables beneficios. Porque si nos hubiera mandado que le tributásemos todos los días culto de Religión, ¿no debíamos aplicar todos los esfuerzos posibles para obedecerle con prontitud y alegría de ánimo por los beneficios que nos ha hecho, que son muy grandes e infinitos? Siendo pues ahora tan pocos los días destinados a su culto, no puede haber razón para ser descuidados y perezosos en el cumplimiento de una obligación, que no podemos traspasar sin gravísima culpa. 

Demuestre además de esto el Párroco, cuán grande es la virtud de este mandamiento, cuando de los que le guardan se puede con razón decir que están en presencia de Dios y que conversan con su Majestad. Pues contemplamos la Majestad de Dios, y tenemos coloquios con él cuando hacemos oración, y cuando oímos a los Predicadores que proponen piadosa y santamente las cosas divinas, recibimos la voz de Dios, que por su ministerio llega a nuestros oídos, y asistiendo al sacrificio del altar, adoramos a Cristo Señor nuestro que está allí presente. Y de estos bienes gozan señaladamente aquellos que guardan con cuidado este mandamiento.

Pero los que del todo se descuidan en guardar esta ley, como no obedecen a Dios, ni a la Iglesia, ni guardan su mandamiento, son enemigos de Dios y de sus santas leyes. Y esto se puede ver, de que este mandamiento es de tal calidad, que sin ningún trabajo se puede cumplir. Pues cuando el Señor no nos impone trabajos (que aún los más duros deberíamos abrazar por su amor), sino que manda que en los días festivos nos estemos quietos y desembarazados de cuidados terrenos, es indicio de gran temeridad rehusar la ley de este mandamiento. De escarmiento grande nos deben ser los castigos que Dios ejecutó en los que le quebrantaron; como se puede ver en el libro de los Números. Pues para que no caigamos en esta ofensa a Dios, será muy conveniente renovar muchas veces la memoria de aquella palabra: Acuérdate; y ponernos a la vista los grandes provechos y frutos que sacamos del culto de los días de fiesta (como arriba se declaró), y otras muchas cosas tocantes a este asunto, las que según lo pida la ocasión, podrá tratar copiosa y largamente el Pastor virtuoso y vigilante. 

UNA FLOR DE ESCOCIA

En nuestra búsqueda de los verdaderos héroes anónimos debemos mirar más allá de esas flores que están en plena y admirable floración, mirar también esas flores marchitas que han sido descuidadas.

Por Joseph Pearce


Oh flor de Escocia
¿Cuándo volveremos a ver
Otra como tú
Que luchó y murió por
Tu pequeña colina y cañada....


La canción patriótica Flower of Scotland (Flor de Escocia) se ha hecho tan popular que muchos la consideran el himno nacional no oficial de Escocia. Aunque fue escrita en la década de 1960, la canción se inspira en la batalla de Bannockburn de 1314, en la que un ejército escocés al mando de Robert the Bruce derrotó a un ejército inglés dirigido por el rey Eduardo II. La “flor de Escocia” eran los guerreros que lucharon y murieron por defender las colinas y cañadas “pequeñitas” de su patria.

Por mucho que admiremos a estos valerosos hombres que murieron por su país, no son héroes de la Cristiandad en sí, sino héroes de su nación particular; ni, en el caso de estos héroes particulares, son desconocidos. Al contrario.

Los que se alistaron en el ejército escocés que invadió Inglaterra en 1745 podrían reivindicar un heroísmo más específicamente cristiano. Se les conocía como jacobitas, seguidores de Jacobo, el verdadero rey tanto de Inglaterra como de Escocia, cuyo padre había sido depuesto ilegalmente en la traicionera revolución anticatólica de 1688. Los que luchaban por el regreso del rey y la restauración de la legítima monarquía católica estaban dando su vida por una causa buena y noble. Si hubieran triunfado, Inglaterra y Escocia habrían vuelto a estar en comunión con la cristiandad.

Y, sin embargo, aunque son indudablemente héroes de la cristiandad, difícilmente pasan desapercibidos. Se han escrito numerosas canciones alabando a los guerreros del levantamiento jacobita y alabando su heroica abnegación. Estas canciones, recopiladas en un volumen titulado Jacobite Songs and Ballads (Canciones y baladas jacobitas), han mantenido su popularidad y son cantadas por la población escocesa hasta el día de hoy.

En nuestra búsqueda de los verdaderos héroes anónimos de Escocia, debemos mirar más allá de las flores que están en plena y admirable floración, hacia las flores marchitas que han sido descuidadas. Una de esas flores es un sacerdote que atendió a los jacobitas.

El padre Alexander Cameron fue un converso a la fe que sirvió al exiliado rey Estuardo de Inglaterra y Gales en su corte de Roma. Más tarde, Cameron se hizo jesuita y regresó a Escocia para servir a la Iglesia católica ilegal y clandestina de su tierra natal. Durante cuatro años ejerció como “sacerdote del brezo” en las Tierras Altas escocesas, arriesgándose a ser arrestado y a sufrir las condiciones climáticas más duras para proporcionar socorro espiritual y los sacramentos a su rebaño proscrito. 

En 1745, tras la llegada a Escocia del príncipe Carlos Eduardo Estuardo (Bonnie Prince Charlie), que alzó el estandarte de su padre como verdadero rey, el padre Cameron se ofreció voluntario para servir como capellán del ejército jacobita, que estaba bajo el mando de su hermano mayor, Donald Cameron de Lochiel. En cuanto a la justicia de la causa jacobita, aparte de su apoyo al rey legítimo y su oposición al usurpador del trono en Inglaterra, el levantamiento de 1745 fue, según el historiador y converso escocés John Lorne Campbell (citado en Ray Perman, The Man Who Gave Away His Island: A Life of John Lorne Campbell):
la reacción natural de los clanes jacobitas y sus simpatizantes en las Highlands contra lo que había sido, desde la llegada de Guillermo de Orange en 1690, una calculada campaña genocida contra la religión de muchos y la lengua de todos los habitantes de las Highlands.
En vísperas de la batalla de Culloden, como en vísperas de batallas anteriores, el padre Cameron ofreció la misa tridentina para los católicos de su regimiento. La batalla del día siguiente resultó en la derrota final y la destrucción del ejército jacobita y de la causa por la que luchaba. El padre Cameron fue perseguido y encarcelado con cientos de jacobitas en la estrecha bodega del barco HMS Furnace. 

Las condiciones infernalmente inhumanas en las que se mantenía a los prisioneros tuvieron un impacto fatal en la salud del padre Cameron. Estaba demasiado enfermo para sufrir el destino de muchos de los otros prisioneros que serían vendidos como esclavos a los propietarios de plantaciones en las Indias Occidentales británicas. Murió en las entrañas del Furnace el 19 de octubre de 1746, y su cuerpo fue enterrado posteriormente en el cementerio más cercano, que se encontraba en la ciudad de Gravesend, en Kent, de nombre igualmente acertado, el mismo cementerio, casualmente, en el que está enterrada Pocahontas.     

Cuando la noticia de la muerte del padre Cameron llegó a oídos de su compañero jesuita, el padre Crookshank, éste escribió al General de la Compañía de Jesús, padre Franz Retz: 
hemos perdido a ese buen misionero y religioso, el padre Alex Cameron, que fue capturado en junio pasado y encadenado en un buque de guerra, donde soportó toda clase de insultos y crueldades con paciencia inquebrantable y fortaleza cristiana, y donde contrajo una enfermedad mortal.
Un fragmento de la casulla de tartán que llevaba el padre Cameron cuando ofició la misa la noche anterior a la batalla de Culloden se conserva como reliquia en la diócesis católica romana de Argyll y las Islas. Se exhibe y puede venerarse en el Museo del Clan Cameron, en el castillo de Achnacarry, en Lochaber. La copa de piedra natural utilizada por el padre Cameron y otros dos compañeros jesuitas proscritos en bautismos secretos en una cueva de Glen Cannich se conserva como reliquia en la iglesia católica de Santa María y San Bean en Marydale, cerca del lugar de la propia cueva. 

Se puede ver una imagen del padre Cameron en un tapiz -La oración por la victoria, batalla de Prestonpans, 1745, de William Skeoch Cumming- que representa al regimiento Cameron del ejército jacobita arrodillado en oración antes de la batalla de Prestonpans, que terminó con la victoria jacobita. El padre Cameron aparece haciendo una genuflexión y armado con una pistola de pedernal, detalle este último inexacto desde el punto de vista histórico, ya que los capellanes no empuñaban armas en la batalla.

La primera biografía de este héroe anónimo de la cristiandad no se publicó hasta 2011 y se tituló, acertadamente, The Forgotten Cameron of the '45: The Life and Times of Alexander Cameron S.J. (El Cameron olvidado del 45: Vida y época de Alexander Cameron S.J.). Este elogio tardío fue repetido en 2020 por los Caballeros de Columba de la Universidad de Glasgow, que han pedido la canonización del jesuita mártir “con la esperanza de que se convierta en un gran santo para Escocia y que nuestra nación merezca de su intercesión”.

Tal vez, tras siglos de abandono, esta flor marchita y olvidada de Escocia florezca por fin con el matiz celestial que merece su heroísmo. En cuanto a un último canto de alabanza a este héroe anónimo, concluiremos con unas palabras en verso de “Seek Flowers of Heaven”, de otro mártir jesuita, el inglés St. Robert Southwell, que había entregado su propia vida por sus amigos, su familia, su fe y su país cincuenta años antes de que el padre Cameron hiciera lo mismo:  
Estas flores brotan de tierra fértil,
aunque de campos sin cultivar;
Oro reluciente en lugar de gleba,
estas fragantes flores, producen.

Cuyo soberano aroma sobrepasa el sentido
tanto embriaga la mente,
que la maleza mundana debe aborrecer...
que pueden encontrar estas flores.



CONSAGRACIÓN EPISCOPAL DURANTE LOS INTERREGNOS

En estas circunstancias sin precedentes, debemos considerar la posición de los verdaderos obispos católicos. Frente a la Gran Apostasía predicha por San Pablo, ¿qué debían hacer? ¿No debían hacer nada?

Por el obispo Mark A. Pivarunas, CMRI


24 de septiembre de 1996

Muy amados en Cristo:

Han pasado ya cinco años desde que Su Excelencia, el difunto Obispo Moisés Carmona, me otorgó la consagración episcopal como un medio para ayudar a preservar nuestra preciosa Fe Católica en estos tiempos de herejía y apostasía.

Si bien las consagraciones de obispos católicos tradicionales han sido bien recibidas por la mayoría de los fieles, también ha habido algunos que cuestionan la legalidad de estas consagraciones sobre la base de que la letra estricta de la ley prohíbe a un obispo consagrar a otro obispo sin un mandato papal.

Es muy importante que nuestros fieles católicos entiendan los principios teológicos involucrados en estos asuntos para poder responder a aquellos que rechazan la Misa y los Sacramentos ofrecidos por estos obispos y los sacerdotes ordenados por ellos.

En esta carta pastoral repasaremos brevemente este tema y examinaremos las siguientes consideraciones pertinentes:
1) el precedente histórico de la consagración de obispos sin mandato papal durante el largo interregno (tiempo entre la muerte de un Papa y la elección de otro) entre los reinados del Papa Clemente IV y el Papa Gregorio X;

2) la definición del derecho, la naturaleza del derecho y la cesación intrínseca del derecho;

3) la subordinación de las leyes menores a las exigencias de las leyes superiores.
Antes de abordar cada una de estas consideraciones, es necesario establecer que actualmente existe, y ha existido desde el concilio Vaticano II, una crisis muy grave en la Iglesia Católica. Donde antes se ofrecía el Santo Sacrificio de la Misa en las iglesias católicas de todo el mundo, ahora en su lugar se encuentra la nueva misa (Novus Ordo Missae), que no representa un sacrificio propiciatorio (expiación por el pecado), sino un memorial protestante de la Última Cena. En esta nueva misa, las mismas palabras de Cristo en la forma sacramental de la Sagrada Eucaristía han sido sustancialmente alteradas, lo que, según el Decreto del Papa San Pío V, De Defectibus, “invalida la consagración”. Desde el advenimiento del concilio Vaticano II, las falsas doctrinas del ecumenismo y del indiferentismo religioso (que han sido condenadas por muchos papas y concilios, especialmente por el Papa Pío IX) han sido promulgadas por la autoridad docente ordinaria y universal de la jerarquía moderna bajo Pablo VI y Juan Pablo II, donde se da reconocimiento oficial no sólo a las sectas no católicas (luteranismo, anglicanismo, ortodoxia), sino también a las religiones no cristianas (budismo, hinduismo, islamismo, judaísmo), por mencionar algunas. Ahora, la jerarquía moderna acepta estas otras religiones, alienta a sus miembros a rezar a sus dioses e intenta promover el “bien” en estas religiones.

¿Cómo se pueden conciliar las enseñanzas infalibles del Magisterio (autoridad docente del Papa y de los obispos) de la Iglesia Católica antes del concilio Vaticano Segundo (1962-1965) con los errores que han emanado de este mismo concilio y que han seguido siendo promulgados por la jerarquía moderna durante los últimos treinta años?

La conclusión correcta, la única conclusión a la que podemos llegar es que la jerarquía moderna de la Iglesia postconciliar del Vaticano II no puede representar y no representa el Magisterio de la Iglesia Católica, pues Cristo prometió estar con sus apóstoles y sus sucesores “todos los días hasta la consumación del mundo”. A sus apóstoles y sus sucesores, Nuestro Señor prometió la asistencia del Espíritu Santo, el Espíritu de la Verdad, que “permanecería con ellos para siempre”.

De las enseñanzas del Primer Concilio Vaticano (1870), sabemos que la Iglesia Católica es infalible no sólo en sus decretos solemnes (la enseñanza del Papa ex cathedra; los decretos de los concilios ecuménicos) sino también en sus enseñanzas ordinarias y universales:
“Además, por fe divina y católica, debe creerse todo lo que está contenido en la palabra escrita de Dios o en la tradición, y que es propuesto por la Iglesia como objeto de fe divinamente revelado, sea en un decreto solemne, sea en su enseñanza ordinaria y universal”.
Pensar lo contrario sería dar a entender que Cristo ha fallado a Su Iglesia y que el Espíritu Santo, el Espíritu de Verdad, que mora con los Apóstoles y sus sucesores, ha abandonado a la Iglesia para que caiga en errores tan manifiestos.

En estas circunstancias sin precedentes, debemos considerar la posición de los verdaderos obispos católicos. Frente a la Gran Apostasía predicha por San Pablo en su segunda epístola a los Tesalonicenses, ¿qué debían hacer? ¿No debían hacer nada?

Los opositores a la consagración de obispos en nuestros días responderían afirmativamente. Así, a la muerte de aquellos obispos católicos tradicionales que permanecieron fieles a la verdadera fe, no quedarían obispos que los sucedieran. Y sin obispos, no habría sacerdotes, ni misa, ni sacramentos.

Sin embargo, nuestro Señor y Salvador Jesucristo prometió a sus apóstoles y a sus sucesores que Él estaría con ellos “todos los días hasta la consumación del mundo” (Mt 28, 20). En este sentido, el Primer Concilio Vaticano enseñó:
“Por lo tanto, tal como Él (Cristo) envió a los apóstoles, a quienes había escogido para sí fuera del mundo, como Él mismo fue enviado por el Padre (Juan 20:21), así también quiso que hubiera pastores y maestros en su Iglesia hasta la consumación del mundo” (Mateo 28:20)
Para preservar la fe católica, el santo sacerdocio y el santo sacrificio de la Misa, estos obispos tomaron medidas apropiadas para asegurar la promesa de Cristo “de que haya pastores y maestros en su Iglesia hasta la consumación del mundo”.

Estas medidas se tomaron sin intención alguna de negar el primado de jurisdicción del Romano Pontífice, la autoridad suprema del Papa, pues estos obispos y los sacerdotes que ellos consagraron han profesado de todo corazón la fe católica, que incluye la doctrina sobre el primado de jurisdicción y la infalibilidad del Romano Pontífice. En estas circunstancias, el oficio papal, que durará hasta el fin de los tiempos, estaba vacante. Por lo tanto, era imposible obtener un mandato papal para autorizar las consagraciones episcopales.

Esto nos lleva a considerar el precedente encontrado en la historia eclesiástica para la consagración de obispos durante el tiempo de interregno (la vacante de la Sede Apostólica).

Lo que sigue es un extracto de Il Nuovo Osservatore Cattolico del Dr. Stephano Filiberto, doctor en Historia Eclesiástica:
“El 29 de noviembre de 1268 murió el papa Clemente IV y comenzó uno de los períodos más largos de interregno o vacancia del oficio papal en la historia de la Iglesia Católica. Los cardenales en ese momento debían reunirse en cónclave en la ciudad de Viterbo, pero a través de las intrigas de Carlo d'Anglio, rey de Nápoles, se sembró la discordia entre los miembros del Sacro Colegio y la perspectiva de cualquier elección se hizo cada vez más remota.

Después de casi tres años, el alcalde de Viterbo encerró a los cardenales en un palacio, permitiéndoles sólo unas estrictas raciones de vida, hasta que se tomara una decisión que otorgara a la Iglesia su Cabeza visible. Por fin, el 1 de septiembre de 1271, el Papa Gregorio X fue elegido para la Cátedra de Pedro.

Durante este largo período de vacancia de la Sede Apostólica, se produjeron también vacantes en muchas diócesis de todo el mundo. Para que los sacerdotes y los fieles no se quedaran sin pastores, se eligieron y consagraron obispos para cubrir las sedes vacantes. Se han realizado durante este tiempo veintiuna elecciones y consagraciones conocidas en varios países. El aspecto más importante de este precedente histórico es que todas estas consagraciones de obispos fueron ratificadas por el Papa Gregorio X, quien, en consecuencia, afirmó la licitud de tales consagraciones”.
He aquí algunos ejemplos de los obispos así consagrados en el momento de la vacante de la Sede Apostólica:
1) En Avranches, Francia, Radulfus de Thieville, consagrado en noviembre de 1269;

2) En Aleria, Córcega, Nicolaus Forteguerra, consagrado en 1270;

3) En Antivari, Epiro (noroeste de Grecia), Caspar Adam, OP, consagrado en 1270;

4) En Auxerre, Francia, Erardus de Lesinnes, consagrado en enero de 1271;

5) En Cagli, Italia, Jacobus, consagrado el 8 de septiembre de 1270;

6) En Le Mans, Francia, Geoffridus d'Asse, consagrado en 1270;

7) En Cefalú, Sicilia, Petrus Taurs, consagrado en 1269;

8) En Cervia, Italia, Theodoricus Borgognoni, OP, consagrado en 1270.
En este punto, quienes se oponen a la consagración de obispos católicos tradicionales en nuestros tiempos podrían argumentar que el precedente histórico citado fue hace 700 años y que el Papa Pío XII, en vista de las consagraciones ilícitas de obispos en la cismática Iglesia Nacional de China, decretó que cualquier consagración de un obispo realizada sin mandato papal conllevaba la pena de excomunión ipso facto para el consagrante y el consagrado.

Para responder a esta objeción es necesario entender la naturaleza de la ley. Es precisamente por la falta de un conocimiento claro de los principios de la ley que muchos católicos tradicionales caen en el error. Santo Tomás de Aquino define la ley como una ordenación de la recta razón hecha para el bien común promulgada por quien tiene autoridad en esa sociedad. Anotemos “hecha para el bien común”. En tiempos del Papa Pío XII, ningún obispo podía consagrar legítimamente a otro obispo sin mandato papal, y esto era para el bien común de la Iglesia. Sin embargo, una ley puede, con el transcurso del tiempo y por un cambio radical de las circunstancias, dejar de ser para el bien común y, como tal, dejar de ser vinculante. Una ley puede cesar de dos maneras: cese extrínseco (el legislador deroga la ley) y cese intrínseco (la ley deja de ser ley, ya que ha dejado de ser para el bien común).

Como enseñó en su comentario el arzobispo Amleto Giovanni Cicognani, profesor de Derecho Canónico en el Pontificio Instituto de Derecho Canónico y Civil de Roma:
“Una ley cesa intrínsecamente cuando cesa su finalidad; la ley cesa por sí misma… la ley cesa extrínsecamente cuando es revocada por el Superior.

En relación con la primera forma: el fin (ya sea su propósito o su causa) de la ley cesa adecuadamente cuando cesan todos sus propósitos. El propósito de la ley cesa, por el contrario, cuando una ley injuriosa se vuelve injusta o imposible de observar”.
Así, en nuestros tiempos actuales, la estricta observancia del decreto del Papa Pío XII sobre la prohibición de la consagración de obispos sin mandato papal se convertiría en algo nocivo para la salvación de las almas. Sin obispos, no habría sacerdotes, ni Misa, ni Sacramentos.

¿Era ésta la intención del legislador, el Papa Pío XII? ¿Habría querido que su decreto fuera interpretado de manera tan estricta que acabara por provocar el fin de la sucesión apostólica? Evidentemente no.

Respecto a otro aspecto del derecho, Monseñor Cicognani ha explicado —una vez más, en su Comentario de Derecho Canónico— la naturaleza de la epikeia:
“Un legislador humano nunca puede prever todos los casos particulares a los que se aplicará su ley. En consecuencia, una ley, aunque justa en general, puede, tomada literalmente, conducir en algunas circunstancias imprevistas a resultados que no concuerdan ni con la intención del legislador ni con la justicia natural, sino que más bien los contradicen. En tales casos, la ley debe ser explicada, no según su redacción, sino según la intención del legislador”.
Los siguientes autores nos proporcionan definiciones adicionales para este aspecto del derecho, la epikeia:

Bouscaren y Ellis: Derecho canónico, 1953:
“Una interpretación que exime a uno de la ley, contraria a las palabras claras de la ley y de acuerdo con la mente del legislador”.
Prummer: Teología moral, 1955:
“Una interpretación favorable y justa no de la ley misma, sino de la mente del legislador, de quien se presume que no está dispuesto a obligar a sus súbditos en casos extraordinarios en que la observancia de su ley causaría daño o impondría una carga demasiado severa”.
Besson: Enciclopedia Católica, 1909:
“Una interpretación favorable del propósito del legislador, que supone que no tenía la intención de incluir un caso particular dentro del alcance de su ley”.
Jone y Adelman: Teología moral, 1951:
“La aceptación razonable de que el legislador no querría obligar en algún caso particularmente difícil, aun cuando el caso esté obviamente cubierto por el texto de la ley”.
Una última consideración sobre este asunto del decreto del Papa Pío XII se encuentra en la propia palabra ley (en latín, jus). Se deriva de las palabras latinas justitia (justicia) y justum (justo), pues todas las leyes tienen por objeto ser buenas, equitativas y justas. Esta es la característica misma de la ley. Y de todas las leyes, la ley última es la salvación de las almas, “salus animarum, suprema lex”.

El Papa Pío XII declaró en su discurso a los estudiantes clérigos de Roma el 24 de junio de 1939:
“El derecho canónico también se ordena a la salvación de las almas; y el fin de todas sus normas y leyes es que los hombres puedan vivir y morir en la santidad que les ha sido dada por la gracia de Dios”.
Para sobrevivir espiritualmente hoy en día, necesitamos las gracias del Santo Sacrificio de la Misa y de los Sacramentos. Pero para tenerlas, necesitamos sacerdotes, y para tener sacerdotes, debemos tener obispos.

Demos gracias a Dios Todopoderoso, que en su Providencia ha previsto las necesidades espirituales de su rebaño y ha provisto maestros y pastores para llevar a cabo la misión de la Iglesia de “enseñar a todas las naciones todo lo que Él ha mandado”.

En Christo Jesu et Maria Immaculata,

Mons. Mark A. Pivarunas, CMRI


miércoles, 28 de agosto de 2024

DOS RAZONES POR LAS QUE EL GOLPE NO HA SIDO CONSUMADO

¿Cuáles son las defensas con las que podemos protegernos de gobiernos autoritarios?

Por el padre David Nix 


El marxismo ha matado a 100 millones de personas en nombre de la compasión. Esto ha sucedido en todas partes, desde Camboya hasta Checoslovaquia. También en Estados Unidos hemos estado al borde de un golpe comunista durante varias décadas, pero no hemos caído en el precipicio. ¿Por qué?

Mucha gente dirá “Dios”. Por supuesto, estoy de acuerdo con esto, ya que todo cae bajo la Divina Providencia. Sin embargo, creo que (además de China) Estados Unidos se ha convertido en el imperio más malvado del planeta. (Yo era un gran patriota hace varios años, por lo que me duele escribir esto). Nuestro país, los EE. UU., ha difundido pornografía, esterilización, anticoncepción y aborto en todo el mundo. ¿No merecemos el mismo destino que Hungría (que, por cierto, ahora se está volviendo ferozmente contra los errores de Rusia en los que una vez cayó?)

Además, si decimos “Dios ha salvado a Estados Unidos del comunismo” de manera superficial, ¿eso significa que Dios no salvó a países católicos como Polonia o Cuba de dictadores comunistas en el siglo XX? Una vez más, todo cae en la soberanía de Dios, ya sea en Su voluntad positiva o permisiva. 

Soy sacerdote y no quiero separar la teología de la política en absoluto. Pero también tenemos que considerar no solo las fuerzas sobrenaturales, sino también las fuerzas naturales, que son factores que explican por qué Estados Unidos no ha caído completamente ante un golpe comunista con tantos izquierdistas en el poder, aunque obtenido ilegalmente. Lo mismo se aplica al Vaticano.

A diferencia de Croacia en la década de 1980, nosotros en Estados Unidos en la década de 2020 tenemos estas dos ventajas: 1) Las redes sociales como una forma de unir la resistencia, y 2) La Segunda Enmienda, ya que los marxistas siempre hacen el desarme de civiles muy temprano en sus regímenes sangrientos para terminar con la resistencia basada en la servidumbre a sus genocidios, pogromos y gulags.

En cuanto a las redes sociales, primero debemos considerar la responsabilidad. Admito que Internet está llevando a más personas al infierno que al cielo. Una vez leí que la mayoría de las visitas a Internet son pornografía. Por lo tanto, si puedes erradicar cualquier ocasión cercana de pecado, salvar tu alma es más importante que enfrentar a los izquierdistas en Twitter. Pero si puedes luchar la buena batalla, debes hacerlo. La única razón (después de una elección robada y un cónclave robado) por la que los cristianos conservadores pueden exponer a los izquierdistas y alentar a otros tradicionalistas a miles de kilómetros de distancia son... las redes sociales. Sí, había medios de comunicación en la Rusia soviética, pero ya sabes quién los controlaba. Es el mismo tipo de personas que controlan no solo la CNN, sino incluso Fox News.

En cuanto a la Segunda Enmienda, Estados Unidos tiene más armas personales que ciudadanos (creo que la proporción es de 1,2 armas por cada estadounidense). El verano pasado de 2023, Joe Biden se burló de la Segunda Enmienda mientras balbuceaba de manera semi-coherente: “Sabes, me encantan estos tipos que dicen que la Segunda Enmienda es... ya sabes, el árbol de la libertad, es agua con la sangre de los patriotas. Bueno, si quieres hacer eso, si quieres trabajar contra el gobierno, necesitas un (avión) F-16. Necesitas algo más que un simple (fusil) AR-15”.

Biden tiene razón: un rifle no puede enfrentarse a un avión de combate.

Pero la izquierda también está frustrada porque el plan de sus asesores para un golpe comunista total en este país ha fracasado. Y ha fracasado precisamente porque los F-16 no pueden controlar a todas las fuerzas terrestres de buenos padres y hermanos (e incluso mujeres) dispuestos a defender a sus familias contra dictadores potenciales como Barack Obama (que claramente desprecia a los ciudadanos de los Estados Unidos de América) con rifles AR-15 y armas menores. Las palabras de Biden revelan exactamente lo que se opone a que un gran gobierno controle todos los aspectos de la libertad de la vida de un estadounidense: ciudadanos respetuosos de la ley y armados.

Países como Croacia (que cayó en genocidios bajo dictadores como Tito en la década de 1980) tenían un porcentaje mucho mayor de buenos católicos que Estados Unidos. Por lo tanto, no podemos decir que todo lo que sucede en la historia se debe al mérito. Si bien es cierto que Dios es el autor de toda la historia, Dios también permite que factores aparentemente tan mínimos como Twitter y un arma den forma al curso de la historia

Por lo tanto, mis sugerencias son dos: 

 1) Ocupar espacio para derrotar las mentiras de la izquierda en las redes sociales (o al menos en su vecindario colocando estatuas de santos en su patio delantero si elige sabiamente mantenerse alejado de Internet) y 

2) No entregar ninguna arma de fuego, ya que pueden ser necesarias para mantener a sus familias a salvo contra un gobierno sobredimensionado. Este gobierno ha demostrado claramente que quiere a todos muertos o en prisión, incluso a los de 90 años.

BERGOGLIO Y EL MONO

Después de promover la dictadura sanitaria desde el año 2020 en adelante, ahora el Sumo Hereje comenzó a promocionar una nueva plandemia.


Tras su “encíclica” sobre la “transición ecológica” [Laudate Deum
] y la promoción de la “Inteligencia Artificial”, ahora don Bergoglio comenzó a difundir la “alarma global” sobre la “viruela del mono”.

Es más que obvio que quiere llevar de nuevo la manada que supuestamente debería proteger, adonde está el lobo...


El texto difundido es de no creer:

“Deseo manifestar mi solidaridad a las miles de personas afectadas por la viruela del mono, que es ya una emergencia sanitaria global”, dijo Bergoglio, entre otras cosas, tras rezar el Ángelus con los fieles y peregrinos. “Rezo por todas las personas contagiadas, especialmente por la población de la República Democrática del Congo, tan probada. Expreso mi cercanía a las Iglesias locales de los países más afectados por esta enfermedad y aliento a los gobiernos y a las industrias privadas a que compartan la tecnología y los tratamientos disponibles, para que a nadie le falte una asistencia médica adecuada”.

VELOS EN LA IGLESIA: ¿ESTILO, AMENAZA O TESTIMONIO?

El uso del velo es una especie de declaración de guerra contra una cultura occidental decadente que ha traicionado formal, legal y oficialmente a las mujeres negando su propia naturaleza

Por el Dr. Jeff Mirus


Me he enterado sobre el creciente número de jóvenes católicas que llevan velo en la Iglesia. Ciertamente lo he notado entre las mujeres hispanas de mi parroquia, para quienes sigue siendo una tradición, y entre las que se caracterizan por un tipo de piedad que aprecia -y no quiero decir “muestra”- signos externos de devoción. Pero, al parecer, se trata de una tendencia más amplia, que incluye a una generación de mujeres jóvenes que no se criaron con velo.

En conjunto, lo considero positivo, del mismo modo que me gusta que los hombres utilicen un bolsillo para guardar sus rosarios y que los saquen durante los momentos de oración. Por supuesto, el velo es un signo externo más fuerte y con garantía bíblica, por lo que debería recomendarse encarecidamente. Pero hay trampas espirituales en todas partes. Hablando sólo por mí, me gustaría prohibir los velos llenos de lentejuelas que reflejan constantemente las luces del techo de la Iglesia, distrayendo la atención de los demás. La finalidad del velo es significar humildad ante Dios. Pierde su encanto en el momento en que se convierte en una distracción o en una moda.

Sin embargo, en algunos lugares, llevar velo puede requerir no sólo piedad, sino también un poco de valor (aunque los “velos” de los que hablamos no sean de los que cubren el rostro). Si estoy leyendo correctamente las señales culturales, diría que en la mayoría de los casos llevar velo en la Iglesia es una declaración femenina de confianza en los planes de Dios y no en los de la cultura dominante, no en los de este mundo. De hecho, los únicos que se enfadarían si las mujeres llevaran velo son los que ven en el velo no una señal de devoción, sino de sometimiento de la mujer al hombre, cuando en realidad, para una mujer el propósito cristiano es someter deliberadamente una de sus glorias, como signo de modestia ante su Señor y Dios.

Se puede tener la disposición interior de tal humildad, por supuesto, sin el signo exterior del velo. Pero si la desventaja de las apariencias externas es que pueden utilizarse para presumir, la ventaja es que son un buen ejemplo para los demás. Tanto las que llevan velo como las que no lo llevan están llamadas a ser modelos de humildad, una verdad que, por supuesto, se aplica por igual a hombres y mujeres, aunque el velo forme parte del arsenal espiritual de la mujer y no del hombre.

Después de todo, un varón muestra una deferencia adecuada hacia Dios y lo sagrado precisamente quitándose el sombrero en la Iglesia. Una vez me dirigí a una iglesia católica para asistir a misa en un día muy soleado durante mis vacaciones, olvidando que llevaba una gorra de béisbol para taparme los ojos. Cuando entré en la iglesia, uno de los ujieres me recordó que debía quitármela, y tenía toda la razón. De hecho, fue un magnífico castigo, porque todavía me molesta ver a hombres que llevan gorras de béisbol mientras cenan en un restaurante, lo que demuestra una vez más la notable verdad de que soy hijo de mis padres, porque me educaron con mucho cuidado.

¿Sometimiento?

Nuestra cultura está plagada (y elijo esta palabra intencionadamente) de personas a las que no les gusta todo lo que creen que representa el velo femenino: Condición de segunda clase, sometimiento a los hombres, negativa a apreciar y celebrar su propia “dignidad”. Los medios de comunicación, por supuesto, están llenos de mujeres que consideran todo tipo de exposición, ya sea de la mente o del cuerpo, como “una celebración de su dignidad”, y deberíamos juzgar razonablemente si es su dignidad lo que se exhibe o algo totalmente distinto. Pero del mismo modo que los hombres rara vez celebran su dignidad sin hacer el ridículo, las mujeres que se exhiben deliberadamente, revelan una inseguridad fundamental, e incluso una incomprensión fundamental de esa fuerza silenciosa que encierra más dignidad que cualquier intervención ruidosa o codiciosa.

Probablemente sea sobre todo por esta razón por la que las mujeres que llevan velo son vistas como “amenazas” por aquellas mujeres que tienen una idea completamente equivocada de lo que constituye su verdadera dignidad como hijas de un Padre amoroso. Quienes consideran que el velo es una amenaza -y desean emancipar o eliminar de la existencia a quienes no lo llevan- se sienten extraordinariamente inseguras. Es difícil culparlas, teniendo en cuenta la cultura decadente en la que se han criado, una cultura que las presiona a cada paso para que nieguen su propia feminidad, como si ésta fuera la clave de su realización como personas. Está tan profundamente arraigada esta negación reflexiva que el uso del velo en la Iglesia puede incluso verse como un ataque a todo lo que se supone que las mujeres aprecian ahora.

Por eso el uso del velo en la Iglesia (cuando no es una moda) es también un testimonio contra nuestra cultura dominante en uno de los pocos lugares relativamente seguros en los que una mujer puede ser ella misma sin ser objeto de burla, escarnio y desprecio. Puede que sea una de esas cosas que van y vienen con los vaivenes culturales, pero es difícil evitar reconocer hoy que el uso intencionado del velo en la Iglesia no es sólo una expresión de humildad ante Dios, sino también una especie de declaración de guerra contra una cultura occidental decadente que ha traicionado formal, legal y oficialmente a las mujeres negando su propia naturaleza: Una cultura que las ha entregado a las peores formas de abuso, negándose por completo a protegerlas de formas de depredación cada vez más sistémicas y desenfrenadas.

Es posible que hoy, si se adopta con el espíritu adecuado, llevar velo en la Iglesia sea una forma de que una mujer afirme con extraordinaria claridad que es hija de un Padre en el que puede confiar, y que a pesar de los horrores pasajeros de un mundo caído, nunca se permitirá confundir rebelión con libertad, o abuso con amor.

martes, 27 de agosto de 2024

¿CUÁL ES LA CONSTITUCIÓN ACTUAL DE LA IGLESIA CATÓLICA?

O cómo el poder puede pasar de un hombre bueno a un hombre malo...


Una Columna de Philippe de Labriolle sobre las grietas abiertas por Dei Verbum

¿Cuál es la Constitución actual de la Iglesia Católica? Si destacamos los tres elementos de conocimiento necesarios para la salvación de las almas de los bautizados, a saber, el Credo, el Padre Nuestro y los Diez Mandamientos, que dan respectivamente a la Fe, la Esperanza y la Caridad su objeto indiscutible, cada fiel encontrará allí su hoja de ruta. Pero si los caminos se bifurcan, no por un paso en falso o una distracción inocente, sino por una interpretación rayana en la ruptura, ¿qué magistrado competente se convertirá en portavoz de la Ley, y según qué Derecho positivo?

El concilio Vaticano II, bajo el título de “aggiornamento pastoral”, pretendió simultáneamente no cambiar la Fe de la Iglesia, y hacer nuevas todas las cosas. Las Actas del concilio son una referencia para evaluar hasta qué punto el desastre fue el desafortunado efecto de la ambición inicial. 

Es cierto que no podemos imputar al “santo concilio” lo que no dijo o votó, pero tampoco podemos redactar el contenido oficial y sustraer lo que está ahí. Junto a dos constituciones dogmáticas, inesperadas en una “asamblea pastoral”, se encuentran textos de débil autoridad. Estas últimas sirvieron para dogmatizar el conjunto, y en particular los verdaderos textos de ruptura que, envueltos en “el aura del concilio”, hicieron al cristianismo el daño que una herejía formal ya no tenía poder de hacer. Un cinturón de anticuerpos habría surgido en el organismo todavía sano para frenar la desviación en acción.

Las dos constituciones dogmáticas ofrecían una “actualización jurídica” a declaraciones que Pío XII -fallecido en 1958- habría perseguido. También tuvieron el efecto perverso, e irrelevante a priori, de parecer que resumían la Fe recibida de los Apóstoles. Esto apoyaba la ilusión de un nuevo comienzo, de que la Iglesia se había despojado de un pasado insoportable para sus enemigos, tanto internos como externos. Todo lo que era útil saber sobre la Revelación estaba en el Vaticano II y, como corolario, todo lo que no estaba allí era obsoleto. El “espíritu del concilio” lo garantizaba. 

Es necesario leer las Actas del Vaticano II y profundizarlas para comprender esta fascinante implosión eclesial, que siguió a la exclusión de la Historia y, por lo tanto, de la Tradición, en favor únicamente del texto bíblico. Esto es, en efecto, lo que observaron en ese momento los testigos de primera fila. Sin embargo, la Constitución dogmática sobre la Divina Revelación (Dei Verbum), aprobada por 2344 votos contra 6 y promulgada el 18 de noviembre de 1965, había dictaminado algo muy distinto: “La Sagrada Tradición, la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia, según el designio sapientísimo de Dios, están entrelazados y unidos de tal forma que no tiene consistencia el uno sin el otro, y que, juntos, cada uno a su modo, bajo la acción del Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las almas (cap. 10).

Esta afirmación perfectamente ortodoxa es, a priori, ineludible. Sin embargo, se ha eludido una y otra vez desde que se promulgó. ¿Falta algo en esta breve pero sólida síntesis? ¿Qué podemos criticar de este discurso performativo, es decir, basado en la autoridad de quien habla? Cuando un bautizado recita el Padrenuestro, es el enunciador voluntario de un enunciado que no ha compuesto, sino que ha recibido de Nuestro Señor mismo. El texto no procede del bautizado, mientras que la palabra procede de su propio aliento. A modo de ejemplo, es el sujeto del enunciado quien tartamudea cuando busca palabras. El tartamudo deja de tartamudear cuando lee en voz alta un texto que tiene delante o que ha aprendido de memoria.

El bello texto citado es una afirmación respaldada por la autoridad del enunciador conciliar. Su lógica es coherente con la enseñanza perenne. ¿Cómo puede ser tan clara y, sin embargo, caer de facto en desuso? Evidentemente, ¿dónde se ha ido la Autoridad, si no es por el desagüe, y por qué razón ocurrió esto? Pues bien, como todos los buenos textos del Vaticano II, este texto exacto de Dei Verbum es una declaración recibida y transmitida que no inventaron los padres conciliares. Ahora bien, los mismos padres conciliares, enunciadores voluntarios de esta venerable declaración, debilitaron trágicamente su alcance. ¿Y cómo? La afirmación exacta pierde su impacto si no es confirmada por la aflicción formal de quien la discute especulativamente, y la combate pastoralmente. Así, tenemos derecho a hacer la siguiente hipótesis: una verdad que se afirma sin la simultánea afirmación de la falsedad de la proposición contradictoria, y sin la dura reprensión del bautizado poseedor del error, esta verdad, por lo tanto, sustituye la autoridad de su enunciador por la simple seducción lógica del contenido enunciado, ofrecido al libre examen, y de adhesión contingente. El texto citado es sana doctrina católica. Sin embargo, en ninguna parte dice que quien no la suscriba no es católico, o ha dejado de ser católico. Ni la sanción canónica de esta posición rebelde.

Desde Platón, en particular en su diálogo Teeteto, hemos comprendido que no basta pensar en la esencia de una cosa afirmando simplemente lo que es. Por supuesto, una cosa es lo que es, pero también hay que afirmar que no es lo que no es. Un cretense es un cretense. También es un hombre, y un mentiroso si hace falta, pero no es un animal, ni una mujer, ni una mesa de pedestal. El hombre cretense no es un hombre no cretense. Un pensamiento verdadero es adecuado a la realidad que describe. Aristóteles siguió los pasos de su maestro en este punto. Esta adecuación es o no es. La alternativa es binaria; cualquier tercera posición queda excluida. ¿Qué significa esto? Al rechazar todo anatema y toda condena, en una ruptura con la Tradición Magisterial de mil años, el concilio descalificó su propio discurso. Al abstenerse de cuestionar los fundamentos dogmáticos de la Fe, el concilio creyó tener vía libre para aprovecharse de ellos, en contra del pasado glorioso y salvador de la Iglesia. En la práctica, serruchó la rama...

¿Cuál es, pues, la Constitución actual de la Iglesia, cuando las Oficialidades ya sólo sirven para ratificar divorcios civiles y perseguir focos de resistencia ante la apostasía? Por supuesto, la esterilidad de los innovadores mitrados es la prueba de su locura. Los “inspirados” siguen despotricando, pero en el vacío, la insignificancia y la anomia de una teología en total confusión, sirviendo así al indiferentismo religioso, para allanar los caminos de la fraternidad universal. A principios de siglo, el cardenal Siri advertía a los seminaristas de la Fraternité Saint Martin: ¿Quién gobierna en la Iglesia? ¡Es Su Majestad el Miedo!  Como dijo el cardenal de Retz: La sabiduría de las naciones desgasta a Pedro: “La ambigüedad sólo puede superarse en detrimento de uno mismo”. Si miramos de cerca las actas del concilio Vaticano II, veremos la esterilidad constructiva y el afán destructivo del nuevo gobierno. Un barco sin proa está en peligro y las ratas, por instinto de conservación, abandonan el barco. La lección de este desastroso concilio está toda en la siguiente afirmación: una verdad salvadora que no es honrada, en el contexto de una Asamblea de evidente solemnidad, de un “sea anatema”, ya no es una verdad de fe. Es deshonrada con un estatuto degradado por el propio Magisterio, que no sobrevive a tal crimen. Las constituciones dogmáticas fueron una ilusión. Por eso están siendo violadas, incluso por la Santa Sede, ante la indiferencia general y, también, ante la desolación de los fieles de buena voluntad.

Si el concilio Vaticano II sirvió como texto fundador a los enemigos internos de la Iglesia, fue ante todo por la adición, a un contenido ya conocido y respetado, de simples declaraciones perniciosas y de una “constitución pastoral” (Gaudium et Spes) cuyo objetivo y efecto era dar muerte al cristianismo

La arena pública, política por naturaleza, fue abandonada por la Iglesia que, no reconociendo ya ningún enemigo exterior, propuso la “paz general”. El “mundo” del que Satanás es el Príncipe, la ciudad terrena denunciada por San Agustín, el concilio reprochó a la Iglesia que hablara de él sin conocerlo, a diferencia del padre de Lubac que, por su parte, tuvo el aplomo de afirmar, en su libro “El drama del humanismo ateo”, que el ateo, sincero (sic) y buscador de Dios, se desvió de Él por el contra-testimonio de una Iglesia triunfalista. La tragedia (sic) del ateo es que representa a Dios a través de la imagen dada por la Iglesia. Sabemos lo que ocurre a continuación. Para seducir a un personaje puramente ficticio, los teólogos modernistas ignoraron, o más exactamente ocultaron, la realidad de lo que estaba en juego

El Occidente cristiano perdió su alma y sus fieles. Al renunciar a su propia autoridad, a su misión salvadora, al olvidar su sana filosofía y degradar su discurso a la adhesión optativa especulativa, la Iglesia agoniza lenta pero inexorablemente, viviendo sólo de la fidelidad de los bautizados que se remiten a la Fe de antaño, e increpan vigorosamente a los mitrados fallidos.

Dr. Philippe de Labriolle
Psiquiatra hospitalario honorario