lunes, 18 de enero de 2016

CANONIZACIONES Y DOS PAPAS SANTOS

El hecho de las pasadas canonizaciones del 27 de abril de 2014, sumado a la beatificación de otro papa, nos ha despertado la ocurrencia de indagar sobre los últimos Papas Santos. Nos llama la atención que en los últimos 450 años sólo habíamos tenido dos Papas Santos: San Pío V (1566-1572) y San Pío X (1903-1914).

Por Andrea Greco


Decíamos también que San Pío V y San Pío X se nos presentaban unidos, a pesar de los 400 años de distancia entre uno y otro, por la defensa y el sostén de la Tradición. El primero, porque fue el Pontífice de la Contrarreforma, de la defensa de la Fe contra protestantes y musulmanes. El segundo, porque en el confuso mundo que se preparaba para la Guerra Mundial, fue el abanderado de la lucha contra el Modernismo, la moderna herejía que como una peste se encontraba incubada “en las venas mismas de la Iglesia”, al decir del Santo Padre.


La masonería y el Cónclave que eligió a San Pío X

A la muerte de León XIII el cónclave que eligió a San Pío X tuvo dos particularidades: en primer lugar, uno de los candidatos favoritos (al menos fue el que encabezó las primeras votaciones, que fueron siete) el Cardenal Rampolla, según varias fuentes, era un alto miembro de la masonería; en segundo lugar, el emperador de Austria-Hungría Francisco José por medio del Cardenal Puzyna (Obispo de Cracovia) hizo saber que emplearía el Derecho de Exclusión, o Jus Exclusivae, posiblemente originado a partir del Siglo XVI por el cual el emperador tenía derecho de vetar la elección, pidiendo la exclusión del Cardenal Rampolla [1]. Sería la última ocasión en que un emperador apelara a este derecho.

Por ello interesa analizar, con algún detenimiento, ambas particularidades. Empezaremos por la vinculación entre el Cónclave, el Papado y la Masonería.

El Gran Maestre de la masonería Albert Pike [2] escribió en 1871 (poco tiempo antes del pontificado de León XIII) sobre la verdadera naturaleza de la “Luz” que persiguen los masones. En sus voluminosos tomos, de Morales y Dogmas, Pike expresa crudamente los planes conspirativos de los verdaderos dirigentes de la masonería: “… dentro de poco el mundo vendrá hacia nosotros por sus Soberanos y Pontífices. Constituiremos el equilibrio del universo, y gobernaremos a los Amos del Mundo” [3].

El gobierno pontifical del Papa Gregorio XVI capturó documentos de la Logia Masónica, conocida como Alta Vendita. El Papa Pío IX le dio a Jacques Crétineau-Joly (1803-1875), periodista e historiador, permiso para publicar en su libro La iglesia y la Revolución, las copias de los documentos y la correspondencia de la Alta Vendita. En octubre de 1884, aproximadamente seis meses después de la aparición de la Humanum Genus [4], se reiteraron estos mismos documentos con comentarios totalmente históricos en una serie de conferencias que dio Monseñor George F. Dillon en Edimburgo, Escocia. Estas conferencias impresionaron de tal manera a León XIII que las publicó y distribuyó a su propio costo.

Los documentos de Alta Vendita son notables, en el punto que declaran expresamente un plan de infiltración y destrucción de la Iglesia Católica, plan que (fue afirmado) podría llevar un siglo en llevarse a cabo. Algunas citas son realmente impresionantes: “Nuestro fin último es el mismo que tenía Voltaire y la Revolución Francesa —la destrucción final del Catolicismo, e incluso de la idea cristiana… El Papa, quien quiera que sea, nunca vendrá a las sociedades secretas; son las sociedades secretas las que deben dar el primer paso hacia la Iglesia, con la idea de conquistar a ambos. La tarea que vamos a emprender no es el trabajo de un día, un mes o un año, puede durar varios años, quizás un siglo, pero en nuestras filas los soldados mueren y la lucha continúa… Lo que deberemos pedir, lo que debemos buscar y esperar, así como los judíos esperan el Mesías, es un Papa de acuerdo a nuestras necesidades… Uds. lograrán a bajo costo y por sus medios, una reputación como buenos católicos y patriotas puros. Tal reputación facilitará el acceso de nuestras doctrinas entre el clero más joven, así como también en lo más profundo de los monasterios. En unos pocos años, por fuerza de las cosas mismas, este clero joven habrá invadido todas las funciones; formarán parte del consejo del soberano y serán llamados para elegir el Pontífice que reinará…” [5]

En contraposición a este panorama de guerra espiritual y revolución originado en las Logias Masónicas —lo que el Papa Pío IX llamó la “Sinagoga de Satanás”— León XIII publicó su atronadora encíclica contra la masonería. Resulta sorprendente que su propio Secretario de Estado, el Cardenal Rampolla, tan cercano a él, sería luego acusado de pertenecer a una de las sectas más diabólicas de esta red infernal de subversión.

Mariano Rampolla del Tindaro

¿Quién era este Cardenal, entonces? El Cardenal Mariano Rampolla del Tindaro (1843- 1913), durante esta era turbulenta, en una Europa en inestable equilibrio, desgarrada por la guerra y envuelta en la tensión, trabajó activamente en la política exterior al servicio del Papa León XIII.

¿De dónde surgen las versiones que lo vinculan a la masonería? Monseñor Jouin [6], fundador y director de la Revue internationale des societés secrètes, con las pruebas de la afiliación del cardenal Rampolla en la mano, encarga a su redactor en jefe, el marqués de La Franquerie, que muestre estas pruebas a los cardenales y obispos de Francia. Félix Lacointa, director del periódico Le bloc anti-revolutionnaire (ex Bloc catholique), atestigua en 1929 en un artículo titulado “Le F Rampolla”, la pertenencia del Cardenal Rampolla a la masonería en la Logia Ordo Templi Orientis. En el propio Manifiesto de dicha Logia aparece el nombre del Cardenal como uno de sus miembros [7].

La masonería había encargado al hermano Rampolla dos misiones:

1) Fundar, en el seno del mismo Vaticano, una logia (la de “San Juan de Jerusalén”), que proveería altos dignatarios de la Santa Sede;

2) Hacerse elegir Papa a la muerte de León XIII.


El Cónclave y el Jus Exclusivae

El Papa León XIII falleció el 20 de julio de 1903. La primera sesión del cónclave fue el 1 de agosto. El Cardenal Rampolla lideró las dos primeras votaciones. Durante la segunda sesión, el día 2 de agosto, imprevistamente el conclave fue interrumpido por una conmoción: el Cardenal Puzyna, Obispo de Cracovia (entonces dentro del Imperio Austríaco) se irguió para dar una declaración que dejó anonadada a la asamblea. Utilizando el latín declaró, “… oficialmente y en nombre y por la autoridad de Francisco José, Emperador de Austria y Rey de Hungría, que Su Majestad, en virtud de un antiguo derecho y privilegio, pronuncia el veto de exclusión contra Su Eminencia Reverendísima, el Cardenal Mariano Rampolla del Tindaro” [8].

Fueron varias las razones que se han alegado para el establecimiento general del Jus Exclusivae, desde las puramente políticas hasta el descuido Católico y la protección del Papado. En cierto modo, las profundas creencias del antiguo Sacro Imperio Romano lo hacían funcionar de una manera tan protectora. Es posible que un emperador devoto o un rey con información vital pudieran haber ejercido el Derecho con integridad, con el objeto de proteger la Silla de Pedro de un candidato corrupto.

Según distintos autores, Monseñor Jouin había recurrido personalmente al Emperador Francisco José para pedirle que invocara el Jus Exclusivae, teniendo algunas pruebas de que Cardenal Rampolla tenía por lo menos una afinidad cercana con la Masonería.

En el caso del Cardenal Rampolla, los motivos del veto se encuentran todavía sujetos a debate. Lo que no es debatido es el resultado: el Cardenal Rampolla manifestó su oposición, se volvió a votar, y finalmente el candidato que había obtenido el segundo lugar fue elegido Papa. Éste Cardenal –Giuseppe Melchiorre Sarto (1835-1914), Cardenal de Venecia– Papa a los sesenta y ocho años, eligió el nombre de Pío X. Como lo había previsto la Providencia, a pesar de la protesta humilde del Cardenal Sarto por su elección, fue escogido como el hombre providencial.

Comenta el cardenal americano James Gibbons: “Cuando el Cardenal observó que los sufragios hacia él iban aumentando, se lo vio perturbado, y con un ferviente discurso imploró a sus colegas que no lo consideraran como candidato. Contrariamente a sus deseos, los votos para él iban en aumento. Nuevamente en un segundo discurso imploró a los Cardenales que olvidaran su nombre: “Obtestor vos”, fueron sus palabras, “ut nominis mei omnino obliviscamini” (…) Todos fueron movidos por la modestia y transparencia sincera del hombre (…) Nunca un prisionero hizo mayores esfuerzos para escapar de su confinamiento como hizo el Cardenal Sarto para escapar del yugo del Papado” [9].

Como afirma el Cardenal fueron esos discursos, tan llenos de humildad y sabiduría, los que hicieron cada vez más vanas sus súplicas.

Cuando, luego del séptimo escrutinio, fue definitivamente elegido respondió a la pregunta ritual: “Quoniam calix non potest transire, fiat voluntas Dei [Puesto que el cáliz no puede pasar, hágase la voluntad de Dios]. Lleno de confianza en la protección divina y de los santos apóstoles Pedro y Pablo y de los santos pontífices que se han llamado con el nombre de Pío, sobre todo de los que extremadamente combatieron contra las sectas y los errores del siglo pasado, asumo el nombre de Pío X” [10].

¿Qué pensar respecto al hecho de que el Papa Pío X no desterrara completamente al Cardenal Rampolla –o que el mismo Pío X aboliera el Jus Exclusivae? Primero, no tenemos ninguna prueba acerca de cuánto conocía el Papa Pío X o inclusive creyera acerca del Cardenal Rampolla, mientras éste todavía estaba vivo. Es probable que el Papa fuera informado de la sospecha, pero también es bastante probable que él no estuviera preparado para creerlo [11]. Félix Lacointa, en la publicación antes mencionada de 1929, narra: “En el curso de nuestra última entrevista (con Mons. Marty, obispo de Montauban), como lo teníamos al corriente de los descubrimientos hechos recientemente y veníamos a hablar del cardenal Rampolla di Tindaro, tuvo a bien relatar que luego de la visita ad limina que hizo a Roma, algún tiempo después de la muerte del antiguo secretario de Estado de León XIII, fue llamado por un cardenal (Merry del Val, secretario de estado de San Pío X) que le contó con abundantes detalles que a la muerte del cardenal Rampolla, se descubrió entre sus papeles la prueba formal de su traición. Estos documentos abrumadores fueron entregados a Pío X: el santo pontífice se aterrorizó, pero quiso preservar del deshonor la memoria del prelado felón y con el fin de evitar un escándalo, dijo muy conmovido: ¡El desgraciado! ¡Quemadlos!” Y los papeles fueron arrojados al fuego en su presencia” [12].

Segundo, el Cardenal Rampolla dimitió inmediatamente como Secretario de Estado y fue reemplazado por el Cardenal Merry del Val. Mientras él mantuvo algunos oficios, pasó voluntariamente a un semi retiro. Esto puede haber sido un arreglo deliberado entre el Cardenal Rampolla y el Papa para evitar el escándalo, quitando a Rampolla la posibilidad de que ejerciera una interferencia significativa; actitud que pudo haber reflejado, además, tanto la prudencia como la caridad del Papa en tomar medidas basadas en información alarmante, evitando mientras tanto las penas más ásperas en ausencia de pruebas precisas. La prueba, en la forma del Manifiesto, sería conocida en años posteriores [13].

Del mismo modo, el Papa Pío X tenía motivos para abolir el Jus Exclusivae. Como lo relató el chambelán del Papa: “Pío X con frecuencia hizo conocer sus decisiones por motu proprio. Uno de sus primeros actos oficiales fue para abolir el privilegio de veto, acordado en tiempos muy diferentes con los Emperadores y los Reyes de España y Francia. La Cristiandad en la cual su ejercicio había sido tolerado ya no existía y, si el Emperador en su última intervención hubiera hecho uso indebido del mismo habría quedado irreprochado, después podríamos haber tenido posiblemente a un masón como Presidente de Francia reclamando el mismo derecho como consecuencia de la herencia que la República recibió de la monarquía Borbón”.

El Papa Pío X estaba agudamente consciente de ambos, tanto los infiltrados como los peligros perturbadores son reflejados en sus encíclicas. En su Encíclica de 1907 Pascendi Dominici Gregis, “Sobre la Doctrina de los Modernistas” Pío X escribe:

“Lo que sobre todo exige de Nos que rompamos sin dilación el silencio es que hoy no es menester ya ir a buscar los fabricantes de errores entre los enemigos declarados: se ocultan, y ello es objeto de grandísimo dolor y angustia, en el seno y gremio mismo de la Iglesia, siendo enemigos tanto más perjudiciales cuanto lo son menos declarados.

Hablamos, venerables hermanos, de un gran número de católicos seglares y, lo que es aún más deplorable, hasta de sacerdotes, los cuales, so pretexto de amor a la Iglesia, faltos en absoluto de conocimientos serios en filosofía y teología, e impregnados, por lo contrario, hasta la médula de los huesos, con venenosos errores bebidos en los escritos de los adversarios del catolicismo, se presentan, con desprecio de toda modestia, como restauradores de la Iglesia, y en apretada falange asaltan con audacia todo cuanto hay de más sagrado en la obra de Jesucristo, sin respetar ni aun la propia persona del divino Redentor, que con sacrílega temeridad rebajan a la categoría de puro y simple hombre” [14].

El Papa se manifiesta así gravemente preocupado por los partidarios del error que se ocultan dentro del mismo clero. ¿Refleja esta advertencia preocupaciones derivadas de la cuestión Rampolla?, se pregunta Heimbichner, y se responde: Desde luego, parecería posible, si no probable.

Aún más significativa es la primera encíclica del Papa San Pío X, E Supremi Apostolatus, “Sobre la Restauración de Todas las Cosas en Cristo” dada el 4 de octubre de 1903. En este documento leemos la declaración alarmante que:

“Quien considere todo esto tendrá que admitir de plano que esta perversión de las almas es como una muestra, como el prólogo de los males que debemos esperar en el fin de los tiempos; o incluso pensará que ya habita en este mundo el hijo de la perdición (2 Tes. 2:3), de quien habla el Apóstol” [15].

El Papa estuvo claramente preocupado porque el Anticristo puede haber estado ya presente entre hombres. Algo debe haber sucedido como para sacudir al Papa a este punto a principios de su pontificado.

Una pista de la causa de su alarma es dada por el Papa cuando continúa en la misma encíclica señalando: “…Por el contrario -esta es la señal propia del Anticristo según el mismo Apóstol-, el hombre mismo con temeridad extrema se ha colocado en el lugar de Dios…” [16].

El estudio de Craig Heimbichner, concluye con un llamado elocuente: “ciertas preguntas permanecen para que todos nosotros reflexionemos: ¿si las Logias casi obtuvieron una victoria sobre el Vaticano hace mucho tiempo, dejarían de intentarlo? ¿Por qué se frenarían? ¿No serían animados a continuar con su propósito? ¿Y qué habrían intentado hacer posteriormente? (…) Si no recuperamos esta vigilancia importante, seremos testigos -cada vez más- cómo la Iglesia Católica Romana se conforma según la imagen de la gnosis, que expone con creciente temeridad el Culto del Hombre hasta que la Mano de Dios intervenga” [17].


San Pío X y la reforma de la Iglesia

El derecho de veto o exclusiva, que se arrogaban algunos monarcas católicos, fue abolido expresamente por Pío X en el motu proprio Arduum sane munus (en latín aquí), que lo prohibió con amenaza de graves penas canónicas. Esta prohibición fue luego ratificada por la constitución Vacante Sede Apostólica, que reguló en su conjunto la elección pontificia. La finalidad de esta decisión era evitar las injerencias del poder político sobre la Iglesia. Pero además de esto que se refiere al fuero externo, el motu proprio tiene una importante consecuencia hacia el fuero interno. También prohíbe la realización de pactos previos entre los cardenales que a veces obligaban al elegido a tomar medidas para el efectivo bien de la Iglesia, pero que en otros casos respondían, por el contrario, a intereses personales o de grupo. Esa fue la razón por la que el Papa decidió que debían ser formalmente prohibidos. La prohibición entró en vigor con las reglas para los cónclaves promulgadas por San Pío X, en la Constitución apostólica Vacante Sede Apostolica, de 1904, que decía lo siguiente: “Igualmente prohibimos que los cardenales, antes que procedan a la elección, estipulen capitulaciones o establezcan realmente algo por consenso común, comprometiéndose a cumplirlo realmente si son elevados al pontificado. Tales cosas, si sucedieran ‘de facto’, inclusive con un juramento anexo, las declaramos nulas e írritas” [18].

En lo que se refiere a la vida interna de la Iglesia, el pontificado de San Pío X estuvo marcado, en el orden disciplinar, por dos acontecimientos de notable entidad. El primero consistió en la reforma de la Curia romana, que en sus líneas fundamentales había quedado anclada en el organigrama diseñado por Sixto V en el año 1588. La constitución Sapienti Consilio (29-VI-1908) estableció una nueva estructura en la que se revisaba totalmente la organización de los oficios, congregaciones y tribunales, que fueron actualizados y cuyas competencias fueron nuevamente definidas. Otro hecho importante fue la decisión tomada por Pío X pocos meses después de su elección papal de proceder a una nueva y completa sistematización del Derecho de la Iglesia, creando con ese fin una comisión especial, de la que fue figura sobresaliente Pedro Gasparri, más tarde cardenal y secretario de Estado. El fruto de esos trabajos fue la elaboración del Código de Derecho Canónico, que terminó Benedicto XV y fue promulgado en 1917.

Sin embargo la acción fundamental de San Pío X fue defender a la Iglesia de la herejía modernista.


El modernismo

Para hacer honor a San Pío X y más que hablar de su vida, es importante recordar lo que éste significó para la Iglesia, o más bien, lo que fue su preocupación y lucha constante: el combate contra el modernismo (que después adoptó el nombre de progresismo) [19].

Pero para ello, interesa conocer qué era el Modernismo y de qué manera fue inficionándose dentro de la Iglesia. Escribe el P. Alfredo Sáenz [20] que el modernismo fue un fenómeno sumamente complejo, donde todo fue puesto en cuestión: el problema religioso, la constitución de la Iglesia, la relación de la fe con la historia, la fijeza de los dogmas, etc. Todo ello sobre el presupuesto de que el pensamiento católico se había vuelto anacrónico, estaba superado. Según este pensamiento la Iglesia no había sido instituida por Cristo sino que habría brotado de la necesidad inmanente que sentían los fieles de comunicarse unos a otros sus vivencias religiosas. Por lo mismo, la autoridad eclesiástica no se fundaba en Cristo y en los Apóstoles sino que nacía del pueblo y, por lo tanto, debía ser democrática. Además se imponía la separación entre la Iglesia y el Estado, y, en cierto modo la Iglesia debía estar sujeta al Estado. “La idea medular y quintaesenciada de la ideología modernista –concluye el P. Sáenz– era la ley de la evolución; todo evoluciona y cambia, la fe, el dogma, la moral, el culto, la Iglesia”.

¿Pero cuáles eran las raíces del movimiento modernista? Se reconocen tres raíces principales.
1. Una raíz filosófica: el agnosticismo, principalmente bajo el influjo de Kant, el cual afirmaba, entre otras cosas, que el entendimiento no podía aprehender con certeza nada que estuviese en el ámbito de las cosas sobrenaturales.

2. Una raíz psicológica y religiosa, bajo la influencia de Schleiermacher, según el cual la religión consistía únicamente en la vida interior de cada quien.

3. Finalmente una raíz histórica, el evolucionismo, basado en el relativismo histórico, para el que nada está acabado, todo se encuentra en devenir, dogmas incluidos.
En el fondo se trataba, afirma el P. Alfredo Sáenz de un intento inmenso por lograr que la Iglesia diese un golpe de timón que la volviera acorde al “mundo moderno”. En definitiva lo que buscaba el modernismo era una alianza entre el cristianismo y el espíritu de la modernidad.

Pero fue justamente el modernismo el que al pretender exaltar al hombre acabó por degradarlo. Al querer poner la fe de acuerdo con el “pensamiento moderno”, radicalmente prometeico, acabó por renunciar a la fe. Los modernistas se sentían como los pioneros que necesitaba la Iglesia, “los forjadores de una nueva era cristiana, los únicos que, apartándose de una masa todavía incapaz de entenderlos, arrojaban en el surco de la historia las semillas del porvenir” [21].

Así lo confiesa Alfred Loisy, uno de los principales representantes del modernismo. A su juicio todos los grupos modernistas coincidían en “la necesidad de una reforma de la enseñanza católica”, una reforma, una nueva apologética adecuada a la modernidad. Por eso, “lejos de romper con el catolicismo, hacían profesión de hijos cabales de la Iglesia, los más sagaces, los que la tenían clara” [22].

Otro ejemplo de este pensamiento que procuraba adaptar la Iglesia a la modernidad está en dos grandes reuniones de 600 a 800 sacerdotes provenientes de toda Francia, en su mayoría del clero diocesano. Un cronista contaba el espíritu que había visto en ambas asambleas: “Todos piensan que hay que ser de su tiempo, amar a su tiempo, hablar el lenguaje de su tiempo, responder a sus aspiraciones, adaptar la acción a las necesidades nuevas, vivir la vida de sus contemporáneos”.

La complejidad de la herejía modernista es que en lugar de la verdad objetiva, garantizada por la razón y la fe, “todo es reducido al subjetivismo emocional, lo que entraña el evolucionismo indefinido de las fórmulas y de las ideas. Si las otras herejías interesaron tal o cual artículo del credo católico, el modernismo afecta al conjunto de la teología fundamental” [23].


San Pío X y la herejía modernista

San Pío X combatió el modernismo. Como dijera el Papa Pío XII, el 29 de mayo de 1954, hace 60 años, al celebrar la canonización de San Pío X en un discurso intenso y firme, que siguió a la ceremonia de canonización: “Cualquier teoría, como el Modernismo, que separa la fe y la ciencia, en su fuente y en su objeto, oponiéndose una a la otra, produce en estas dos áreas vitales de un cisma, que es tan perniciosa “que un poco es más que la muerte”. (…) Con mirada vigilante Pío X observó la llegada de esta calamidad espiritual del mundo moderno, esta amarga desilusión que afectaba sobre todo a las clases cultas. Se dio cuenta de cómo una fe tan evidente, es decir, una fe no fundada sobre la revelación de Dios, sino que estén arraigadas en un terreno puramente humano, atraería a muchos al ateísmo. Así mismo, reconoció el destino fatal de una ciencia, que contrario a la naturaleza y en la limitación voluntaria, interceptó el camino a la verdad absoluta y el Bien, dejando al hombre, privado de Dios y se enfrentan a la oscuridad invisible en la que se encuentra en todo ser, sólo la actitud de la angustia o la arrogancia” [24].

El Papa Pío XII señalaba en dicho discurso tres puntos fundamentales, distintivos y característicos del papado de San Pío X:
1. El programa de su pontificado anunciado en su primera encíclica (E Supremi Apostolatus de 04 de octubre 1903) declaró como su único objetivo el de “restablecer todas las cosas en Cristo” (Efesios 1:10).

2. Pío X se revela como el campeón indomable de la Iglesia y del Santo providencial de nuestros tiempos, la lucha de un gigante en defensa de un tesoro inestimable: la unidad interna de la Iglesia en su fundamento más profundo, la fe.

3. Finalmente, señala Pío XII que antes de aplicar a los demás, se puso en práctica en su propia vida a su programa de unificación de todas las cosas en Cristo, como sacerdote, como obispo, como Sumo Pontífice. Un sacerdocio centrado en el misterio eucarístico. “En la profunda visión que él tenía de la Iglesia como una sociedad, Pío X reconoció que era la Sagrada Eucaristía que tenía el poder de alimentar sustancialmente su vida íntima, y para elevarla por encima de todas las demás sociedades humanas. (…) ¡Qué ejemplo tan providencial para el mundo de hoy, donde la sociedad terrena se está volviendo más y más un misterio para sí misma, y trata febrilmente de redescubrir su alma! Que se vea, entonces, como modelo la Iglesia reunida alrededor de sus altares. Allí, en el sacramento de la Eucaristía la humanidad realmente descubre y reconoce que su pasado, presente y futuro son una unidad en Cristo”.
Restaurar todo en Cristo, recobrar la unidad eclesial fundada en la fe, y centrada en el misterio eucarístico. He ahí, según Pío XII, las tres claves del papado de San Pío X.

Los principales documentos para realizar este programa fueron el decreto, Lamentabili Sane Exitu (1907), en el que se refirió a que “el hecho de que muchos autores católicos vayan también más allá de los límites marcados por los Padres y la propia Iglesia es extremadamente lamentable”. La encíclica Pascendi, también de 1907, donde declaraba que el modernismo era algo más que una herejía, era la síntesis de todas las herejías, porque en vez de proclamar un error, abría paso a todos ellos. En 1910 promulgó el motu proprio Sacrorum Antistitum, conocido como Juramento antimodernista, que debía ser pronunciado por cualquiera que quisiera conservar o acceder a un oficio eclesiástico, incluida la docencia en teología.

Pío X se preocupó de manera especial por la propaganda que el modernismo hacía en las filas de los que se formaban en los seminarios. En su encíclica Pieni l’animo, del 28 de julio de 1906, dice: “Y lo que es muy grave y propio para ganar nuevas adhesiones al naciente grupo de rebeldes es que, para tales doctrinas se hace una propaganda más o menos oculta entre los jóvenes que se preparan para el sacerdocio a la sombra de los seminarios”. Por ello pondrá especial cuidado en la formación de los futuros sacerdotes.

En la Pascendi [25], San Pío X señala que el modernismo tiene tres causas morales y dos intelectuales o espirituales:

Causas morales
1.- La soberbia

2.- La curiosidad

3.- El orgullo
Causas intelectuales
1.- La ignorancia negligente

2.- Aversión a Santo Tomás, a la Tradición y al Magisterio
De la detección de estas causas se derivarán los remedios que deben proporcionarse.


La herejía modernista después de San Pío X

Como explica el P. Alfredo Sáenz para algunos autores, tras las medidas tomadas por San Pío X, el modernismo pasó a ser un capítulo de los libros de historia. El encanto que la herejía había suscitado en su primera época ya no se experimentaba, mientras que sus peligros y desviaciones eran ampliamente conocidos. Por lo demás, la Primera Guerra Mundial cambió el foco de las preocupaciones. De ahí que no pocos creyeron poder sostener, sin temor a equivocarse, que el modernismo era un fenómeno superado, no subsistiendo de él sino el recuerdo de una crisis doctrinal ya conjurada. Sólo la existencia de los documentos eclesiásticos a que dio lugar, recordaban aquella crisis.

Pero muchos otros pensaron de diversa manera, Pío X incluido, quien en modo alguno consideró que el modernismo había quedado archivado. Todo lo contrario. En la alocución que el 27 de mayo de 1914, pocos meses antes de su muerte, dirigió a los nuevos cardenales, observó que continuaban propagándose “las ideas de conciliación de la fe con el espíritu moderno”; a este propósito deploró “el naufragio” de la nave de la Iglesia, que afectó a numerosos “navegantes”, dijo, así como a muchos “pilotos”, e incluso a muchos “capitanes”. ¿Es preciso traducir estas metáforas?, se pregunta Jean Madiran.

Como ha explicado Roberto De Mattei frente a la condena de la encíclica Pascendi, así como de la carta apostólica Notre charge apostolique, y de otros documentos, la reacción de los modernistas fue análoga a la que tuvieron los jansenistas al día siguiente de la bula Unigenitus, de 1713, donde se condenaban las proposiciones de Jansenio. En aquel momento, aquellos herejes negaron reconocerse en las proposiciones censuradas. Algo semejante aconteció en este caso, cada modernista afirmó que el modernismo, tal como era reprobado en la encíclica, no los afectaba. “Un testigo de los hechos, Albert Houtin, preveía que a pesar de las censuras pontificias, los modernistas no saldrían de la Iglesia, ni siquiera en el caso de que hubiesen perdido la fe, sino que permanecerían adentro lo más posible para seguir desde allí propagando sus ideas. Tal debía ser la actitud del verdadero modernista, según lo señalamos en su momento, y ellos mismos lo reconocieron”. “Hasta hoy –explicaba el padre Ernesto Buonaiutise ha querido reformar a Roma sin Roma o contra Roma. Hay que reformar a Roma con Roma, hacer que esa reforma pase a través de las manos de aquellos que deben ser reformados”. El modernismo se seguía proponiendo, en esta nueva perspectiva, transformar el catolicismo desde dentro, desde “la venas de la Iglesia”, como había dicho Pío X, aunque tuviesen que dejar intacto, en los límites de lo posible, el envoltorio que se les imponía” [26].

El sacerdote jesuita Malachi Martin en una novela relata un episodio que si bien literario, da cuenta de la continuidad del pensamiento modernista:

Padre Malachi Martin

“Paul ingresó en el Seminario Menor de la diócesis de Nueva Orleans en 1972. Durante el primer semestre, él y sus condiscípulos recibieron la orden oficial de abandonar la sotana y vestir ropa normal de calle. En su programa de estudios, el dominio del latín ya no era obligatorio. La mayoría de sus profesores los invitaban a pensar libremente, sobre lo que antes eran doctrinas sacrosantas y enseñanzas fundamentales acerca de la existencia de Dios, la divinidad de Jesucristo, la verdadera presencia de Jesucristo en el santo sacramento, la autoridad del papa o la gama completa de creencias y leyes católicas.

Durante las horas de ocio, se alentaba a los seminaristas a que alternaran con mujeres para incrementar su experiencia. Al mismo tiempo, a muchos les resultaba fácil establecer relaciones homosexuales en su propio círculo, ya que se los aconsejaba que una actitud positiva hacia la homosexualidad los convertiría en “pastoralmente sensibles”.


En la transformación de la vieja iglesia en “casa de vientos ecuménicos”, Paul comprobó que en el seminario todos sus valores familiares se perdían en el olvido. Ya no se les exigía a los seminaristas asistir a las plegarias matutinas ni a la misa cotidiana. Pero incluso los que como Paul habían decidido seguir haciéndolo, se encontraron con un cambio: el hermoso altar de la capilla del seminario había sido sustituido por una mesa común de madera. Las imágenes de los santos, las estaciones de la cruz, los bancos reclinatorios, los mosaicos, e incluso el tabernáculo, la barandilla eucarística y los crucifijos, brillaban por su ausencia. En los confesionarios que no habían sido retirados, era más probable encontrar artículos de limpieza que a un sacerdote.

Un cura de vaqueros y camiseta, a lo sumo con una estola o un velo sobre los hombros, daba la bienvenida a los seminaristas y al público en general a las nuevas ceremonias con un alegre: “¡Buenos días a todos!” Se enseñaba a los seminaristas a dar ejemplo como hombres libres e hijos de Dios. Podían sentarse o levantarse a su antojo, pero no arrodillarse. En la liturgia, actuaban bailarinas profesionales, acompañamiento de guitarras, banjos, guitarras hawaianas, panderetas y castañuelas.

A lo largo de los meses, Paul vio cómo las reuniones litúrgicas se convertían en algo parecido a las “fiestas tribales” de ciertas tribus del Pacífico noroccidental. En dichas reuniones se admitía cualquier cosa de otras religiones en igualdad de condiciones.

Los seminaristas como Paul eran sometidos a una mescolanza espiritual que unía las meditaciones budistas, el dualismo taoísta, las plegarias sufíes y el psicoanálisis freudiano.

Paul Gladstone interpretó todo aquello como contradictorio, hipócrita y, a fin de cuentas, destructivo para la verdadera fe católica. A su parecer, la mayoría de los católicos lo aceptaban en un intento de democratización global de la religión católica; era necesario “adaptarse a los tiempos”.

Si no había “pueblo de Dios”, el sacerdote no podía celebrar válidamente la “Acción de gracias” en “la mesa del cenáculo”.

La Iglesia era llamada ahora “iglesia conciliar”, es decir, “posconciliar” y era necesario entender que todo había cambiado. Paul, incapaz de seguir soportando el ambiente caótico y chabacano de lo que antes había sido un seminario disciplinado, un buen día por la mañana le comunicó al rector que se iba:


-No estoy recibiendo nada parecido a una formación sacerdotal para ofrecer el Santo Sacrificio y perdonar los pecados -dijo Paul, que tenía fuego en la mirada-. Si permanezco aquí, acabaré como un espeluznante distribuidor de artilugios inútiles o, en el mejor de los casos, en un asistente social que no puede casarse, por el momento.

Atónito y casi sin habla ante tal rebelión sin precedentes, el rector logró pronunciar algunas palabras convencionales en defensa de los mandatos del Concilio y hacer una apelación a la obediencia.


– No sé cómo ser sacerdote -replicó Paul con una frialdad que congeló el ambiente en la sala-, ni siquiera sé lo que significa ser sacerdote en una iglesia donde el centro de atención no es más que una estúpida actitud de un hombre, vacía de contenidos. Sí; ya lo sé, he oído un montón de veces que esta “Nueva Iglesia” de ustedes presentará una cara más humana al mundo, menos rígida, más acogedora y que vendrá una primavera para todos… Pero permítame que le diga que no estoy dispuesto a predicar al “la comunidad eclesial” que cuando se junta se “convierte en Iglesia” y en la misma “forma de Jesucristo”. No llego siquiera a comprender esa jerga carente de significado.

Estupefacto ante una violación tan flagrante de la disciplina, el rector intentó darle a Gladstone una dosis de su propia medicina.

Con su descabellado e inoportuno arrebato, le advirtió el rector, Paul ponía en peligro su carrera sacerdotal.

-¿No me he explicado con claridad, padre rector? -dijo Paul, de camino ya hacia la puerta-. Prefiero ser un católico seglar que coopera con la Iglesia, a una marioneta en esta pocilga irreligiosa de mal gusto”
[27].


Pío X, Papa Santo

Pidamos finalmente a este gran Pontífice la gracia de, como decía Manrique, “avivar el seso y despertar”. Que nos de la claridad que él tuvo de procurar siempre instaurar todo en Cristo, mantener la unidad eclesial fundada en la fe, y centrar nuestra vida cristiana en el misterio del Santo Sacrificio de la Eucaristía. Que nos de la gracia de poder pertenecer siempre fieles al Papa que ha de reinar y no defeccionará en la Fe y en las costumbres, a la Iglesia que será una pequeña grey y que, según la promesa de Cristo, conservará la Fe a pesar de que en el mundo sea muy poca al momento de la segunda venida de Nuestro Señor.

¡Que el Señor nos encuentre unidos en la fe verdadera!

Andrea Greco de Álvarez
Profesora de Historia


Notas:

[1] Véase el interesante artículo de Craig Heimbichner, “¿Un masón casi se convierte en Papa?”, Patria Argentina 223 (2006); Trad. de “Did a Freemason Almost Become Pope? The Story of Cardinal Rampolla”, en: Catholic Family News; Niagara Falls, New York, Agosto de 2003.

[2] Pike (1859-1891), es un testimonio destacado por su gran influencia, dirigió la rama políticamente más influyente de los altos grados de la masonería, Gran Maestro del Rito Escocés.

[3] Albert Pike, Moráis and Dogma of the Ancient and Accepted Scottish Rite of Free- masonty, p. 817.

[4] Carta Encíclica de León XIII condenando a la Masonería y otras sectas Humanum Genus (1884).

[5] John Vennari, The Permanent Instruction of the Alta Vendita: A Masonic Blue-print for the Subversión of The Catholic Church. Cit. en: Craig Heimbichner, op. cit. 2003.

[6] Monseñor Ernesto Jouin (1844-1932), enemigo implacable de la Masonería, era Protonotario Apostólico y Párroco de San Agustín en París, Francia. En 1913, fundó la Liga de Católicos Franceses (Franco-Catholique Ligue) para la defensa patriótica y social. El 23 de marzo de 1918, Monseñor Jouin también fundó, con la aprobación de la Santa Sede, la Revista Internacional de Sociedades Secretas (Revue Internationale des Sociétés Secretes). De este modo, Monseñor Jouin alcanzó la reputación de una suerte de Sherlock Holmes clerical, capaz de descubrir la intriga Talmúdica y Masónica. A tal efecto, acuñó el término apropiado “Judeo masónico”. En una audiencia privada, el Papa Pío XI pidió a Monseñor Jouin que continuara su combate contra la Masonería. En 1918, el Papa Benedicto XV elogió a Monseñor Jouin por arriesgar su vida para combatir las sectas Masónicas; un año más tarde -el 20 de junio de 1919- el Vaticano formalmente lo elogió, en una carta firmada por el Cardenal Gasparri, Secretario de Estado. La nota concluyó con las palabras, “Su Santidad se complace en felicitarlo y animarlo con su trabajo, cuya influencia es tan importante en alertar a los fieles y en ayudarlos a luchar con eficacia contra las fuerzas apuntadas a la destrucción no solamente de la religión, sino de la totalidad del orden social” (David Kertzer, The Popes Against the Jews, pp. 268-69.)

[7] Craig Heimbichner, Op. Cit, p. 4.

[8] Yves Chiron, Saint Pius X: Restorer of the Church, p. 122.

[9] Cardinal James Gibbons, A retrospect of fifty years, Baltimore –New York, John Murphy Company, 1916, p. 96.

[10] Prudencio Martínez Zuviría, El cardenal mason que no pudo ser Papa, Cardenal Mariano Rampolla del Tindaro, inédito, p 8.

[11] El Cardenal Rampolla causaba impresiones muy favorables sobre aquellos que lo conocían. Ver, por ejemplo, las memorias de Francis Augustus MacNutt en A Papal Chamberlain: The Personal Chronicle of Francis Augustus MacNutt, 1937.

[12] Georges Virebeau (seudónimo de Henry Coston), Les Mystères des francs-maçons, Publications Henry Coston, 1994, p. 28. Cit. en Prudencio Martínez Zuviría, p. 2.

[13] Craig Heimbichner, Op. Cit, p. 5.

[14] Pascendi Dominici Gregis, n. 1.

[15] “Cuando se considera todo esto, hay buenas razones para temer que esta gran perversidad pueda ser como un anticipo, y quizás el comienzo de esos males que están reservados para los últimos días; y que puede estar ya en el mundo el "Hijo de Perdición" de quien habla el Apóstol” (II. Tes. 2, 3)”. E Supremi Apostolatus, n. 5. 

[16] “Mientras que, en cambio, y esto según el mismo apóstol es la marca distintiva del Anticristo, el hombre se ha puesto con infinita temeridad en el lugar de Dios, elevándose por encima de todo lo que se llama Dios” en: E Supremi Apostolatus, n. 5, ibidem.

[17] Craig Heimbichner, op. Cit.p. 6.

[18] Sandro Magister, Diario Vaticano “Sigo lo que los cardenales han pedido”; Los vínculos del pre-cónclave con el gobierno el gobierno de Francisco. Los acuerdos ligados a la elección de un Papa son ilícitos e inválidos, pero en la práctica se está muy cerca de ellos. Allí Magister explica la prohibición de San Pío X y como San Juan Pablo II mantuvo esta prohibición (Constitución Universi Domine Gregis, de 22-1-1996). “Igualmente, prohíbo a los cardenales hacer capitulaciones antes de la elección, o sea, tomar compromisos de común acuerdo, obligándose a llevarlos a cabo en el caso de que uno de ellos sea elevado al Pontificado. Estas promesas, aun cuando fueran hechas bajo juramento, las declaro también nulas e inválidas”. Por ello es necesario conocer la historia de la Iglesia, ya que, a veces, los medios pueden presentar como un gesto democrático: seguir un mandato de los electores, cuando en realidad esto está prohibido y por razones de peso. Ver aquí.

[19] El modernismo es, en boca de Fabro, la “orientación heterodoxa delineada entre los estudiosos católicos a fines de siglo pasado y en los primeros años del presente, que se proponía renovar e interpretar la doctrina cristiana en armonía con el pensamiento moderno (Cornelio Fabro, “modernismo” en Enciclopedia Católica, vol VIII, Sansón, Firenze 1952, coll. 1188-1196). Y en otro lado: “el peligro del modernismo nunca ha sido completamente descubierto, pues está inscripto en la razón humana, corrompida por el pecado, la tendencia a erigirse como el criterio absoluto de verdad y someter a la fe” (ivi, col 1196).

[20] Sáenz, Alfredo s.j. El Modernismo: crisis en las venas de la Iglesia. Buenos Aires, Gladius, 2011, p. 98 ss.

[21] Ibídem, p. 103-104.

[22] Ibídem, p. 104.

[23] Ibídem, p. 110.

[24] Discursos y Mensajes de radio de Su Santidad Pío XII, XVI, el año decimosexto de mi Pontificado 2 de marzo de 1954 – 01 de marzo 1955, p. 31-37.

[25] Pascendi, n. 41-42.

[26] Alfredo Sáenz, Op. Cit. p. 306-307.

[27] Fragmento del libro The Windswept House del jesuita Malachi Martin; íntimo colaborador de San Juan XXIII y del cardenal Bea (desde 1958 a 1964), y exorcista en Roma y New York.


Adelante la Fe


domingo, 17 de enero de 2016

EL PAPA FRANCISCO PIDE A CATÓLICOS Y JUDÍOS QUE TRABAJEN JUNTOS POR LA PAZ

El papa Francisco se convirtió el domingo en el tercer Papa en visitar la sinagoga de Roma en señal de una continua amistad entre católicos y judíos.


Durante la visita que contó con discursos de bienvenida de miembros prominentes de la comunidad judía de Roma y un discurso del papa, Francisco saludó a varias personas, incluidos varios sobrevivientes del Holocausto.

El papa Francisco recordó la tragedia del Holocausto y rindió homenaje a los más de 2000 judíos que fueron deportados por los nazis de Roma en octubre de 1943.

Dijo que el pasado debe servir como una lección para el presente y para el futuro y dijo que el Holocausto nos enseña que siempre se necesita la máxima vigilancia para poder actuar rápidamente en defensa de la dignidad humana y la paz.

La visita sigue a la del Papa Benedicto XVI en enero de 2010 y al histórico encuentro del Papa San Juan Pablo II con el ex rabino Elio Toaff en 1986.

También se produce inmediatamente después de la publicación, en diciembre pasado, de un nuevo e importante documento de la “Comisión del Vaticano para las relaciones religiosas con los judíos”, que explora los desarrollos teológicos durante el último medio siglo de diálogo entre católicos y judíos.

Durante su discurso a los presentes, el papa Francisco destacó cómo las relaciones entre católicos y judíos están muy cerca de su corazón. Habló de cómo se ha creado un vínculo espiritual entre las dos comunidades favoreciendo el crecimiento de una amistad genuina y dando vida a un compromiso compartido.

Compartimos un vínculo único y especial gracias a las raíces judías del cristianismo, dijo, y debemos sentirnos hermanos, unidos por el mismo Dios y por un rico patrimonio espiritual común sobre el que construir el futuro.

El papa Francisco se refirió a la Declaración del Concilio Vaticano IINostra Aetate que hizo posible el diálogo sistemático entre la Iglesia católica y el judaísmo y que sentó las bases para el diálogo judío-católico. Animó a todos los implicados en este diálogo a continuar en esta dirección con discernimiento y perseverancia.

El papa también dijo que, junto con las cuestiones teológicas, no debemos perder de vista los grandes desafíos que enfrenta el mundo de hoy. Dijo que los cristianos y los judíos pueden y deben ofrecer a la humanidad el mensaje de la Biblia sobre el cuidado de la creación, así como promover y defender siempre la vida humana.

Debemos rezar con insistencia para ayudarnos a poner en práctica la lógica de la paz, la reconciliación, el perdón, la vida, en Europa, Tierra Santa, Oriente Medio, África y en el resto del mundo. Concluyó diciendo que tenemos que estar agradecidos por todo lo que se ha realizado en los últimos cincuenta años de diálogo católico-judío porque entre nosotros el entendimiento mutuo, la confianza mutua y la amistad han crecido y se han profundizado.


A continuación, el discurso del papa:

Me alegra estar hoy aquí con ustedes en esta sinagoga. Agradezco al Dr. Di Segni, a la Sra. Durighello y al Sr. Gattegna sus amables palabras. Y les agradezco a todos por su cálida bienvenida, ¡gracias! Tada Toda Rabba, ¡gracias!

Durante mi primera visita a esta sinagoga como obispo de Roma, deseo expresarles y extender a todas las comunidades judías, el fraterno saludo de paz de toda la Iglesia católica.

Nuestras relaciones son muy cercanas a mi corazón. Cuando en Buenos Aires solía ir a las sinagogas y encontrarme con las comunidades allí reunidas, solía seguir las festividades y conmemoraciones judías y dar gracias al Señor que nos da vida y nos acompaña en el camino de la historia. Con el tiempo, se ha creado un vínculo espiritual que ha favorecido el nacimiento de una amistad genuina y ha dado vida a un compromiso compartido. En el diálogo interreligioso es fundamental que nos encontremos como hermanos y hermanas ante nuestro Creador y le demos alabanza, que nos respetemos y apreciemos y tratemos de colaborar. En el diálogo judeo-cristiano existe un vínculo único y especial gracias a las raíces judías del cristianismo: judíos y cristianos deben, por tanto, sentirse hermanos, unidos por un mismo Dios y por un rico patrimonio espiritual común.

Con esta visita sigo los pasos de mis predecesores. El Papa Juan Pablo II vino aquí hace treinta años, el 13 de abril de 1986; y el Papa Benedicto XVI estuvo entre ustedes hace seis años. En esa ocasión Juan Pablo II acuñó la hermosa descripción de "hermanos mayores", y de hecho ustedes son nuestros hermanos y hermanas en la fe. Todos pertenecemos a una sola familia, la familia de Dios, que nos acompaña y protege a su pueblo. Juntos, como judíos y como católicos, estamos llamados a asumir nuestras responsabilidades hacia esta ciudad, dando en primer lugar una contribución espiritual y favoreciendo la resolución de diversos problemas actuales. Espero que la cercanía, el entendimiento mutuo y el respeto entre nuestras dos comunidades continúen creciendo. Por eso, es significativo que me haya reunido entre ustedes hoy, 17 de enero, el día en que la Conferencia Episcopal Italiana celebra la "Jornada de diálogo entre católicos y judíos".

Acabamos de conmemorar el 50 aniversario de la Declaración del Concilio Vaticano II “Nostra Aetate” que hizo posible el diálogo sistemático entre la Iglesia católica y el judaísmo. El pasado 28 de octubre, en la plaza de San Pedro, pude saludar a un gran número de representantes judíos a los que dije: “Merece una especial gratitud a Dios la verdadera transformación de las relaciones cristiano-judías en estos 50 años. La indiferencia y la oposición se han transformado en cooperación y benevolencia. De enemigos y extraños nos hemos convertido en amigos y hermanos. El Concilio, con la Declaración Nostra Aetate, ha indicado el camino: “sí” al redescubrimiento de las raíces judías del cristianismo; “No” a toda forma de antisemitismo y culpa de todo mal, discriminación y persecución que se derive de él. Nostra Aetate definió explícitamente teológicamente por primera vez las relaciones de la Iglesia católica con el judaísmo. Por supuesto, no resolvió todos los problemas teológicos que nos afectan, pero proporcionó un estímulo importante para las reflexiones necesarias adicionales. En este sentido, el 10 de diciembre de 2015, la Comisión de Relaciones Religiosas con los Judíos publicó un nuevo documento que aborda cuestiones teológicas que han surgido en las últimas décadas desde la promulgación de “Nostra Aetate”. De hecho, la dimensión teológica del diálogo judeo-católico merece ser más profunda, y deseo animar a todos los implicados en este diálogo a continuar en esta dirección, con discernimiento y perseverancia. Desde un punto de vista teológico, está claro que existe un vínculo inseparable entre cristianos y judíos.

Junto con las cuestiones teológicas, no debemos perder de vista los grandes desafíos que enfrenta el mundo de hoy. El de una ecología integral es ahora una prioridad, y nosotros, cristianos y judíos, podemos y debemos ofrecer a la humanidad el mensaje de la Biblia sobre el cuidado de la creación. Los conflictos, las guerras, la violencia y las injusticias abren profundas heridas en la humanidad y nos llaman a fortalecer el compromiso por la paz y la justicia. La violencia del hombre contra el hombre está en contradicción con cualquier religión digna de ese nombre, y en particular con las tres grandes religiones monoteístas. La vida es sagrada, un don de Dios. El quinto mandamiento del Decálogo dice: "No matarás" (Éxodo 20,13). Dios es el Dios de la vida y siempre quiere promoverlo y defenderlo; y nosotros, creados a su imagen y semejanza, estamos llamados a hacer lo mismo. Todo ser humano, como criatura de Dios, es nuestro hermano, independientemente de su origen o afiliación religiosa. Cada persona debe ser vista con favor, como lo hace Dios, que ofrece su mano misericordiosa a todos, independientemente de su fe y de su pertenencia, y que se preocupa por quienes más lo necesitan: los pobres, los enfermos, los marginados, los indefensos. Donde la vida está en peligro, estamos llamados a protegerla aún más. Ni la violencia ni la muerte tendrán la última palabra ante Dios, el Dios de amor y vida. Debemos rezar con insistencia para ayudarnos a poner en práctica la lógica de la paz, de la reconciliación, del perdón, de la vida, en Europa, en Tierra Santa, en Oriente Medio, en África y en otras partes del mundo, independientemente de su fe y de su pertenencia, y de quién se preocupa por los que más lo necesitan: los pobres, los enfermos, los marginados, los desamparados. 

En su historia, el pueblo judío ha tenido que sufrir violencia y persecución, hasta el punto del exterminio de los judíos europeos durante el Holocausto. Seis millones de personas, por el solo hecho de pertenecer al pueblo judío, fueron víctimas de la barbarie más inhumana perpetrada en nombre de una ideología que quería sustituir a Dios por el hombre. El 16 de octubre de 1943, más de mil hombres, mujeres y niños de la comunidad judía de Roma fueron deportados a Auschwitz. Hoy deseo recordarlos de una manera especial: su sufrimiento, su miedo, sus lágrimas no deben olvidarse nunca. Y el pasado debe servir de lección para el presente y para el futuro. El Holocausto nos enseña que siempre se necesita la máxima vigilancia para poder actuar rápidamente en defensa de la dignidad humana y la paz. Quisiera expresar mi cercanía a todos los testigos del Holocausto que aún viven; y dirijo un saludo especial a los que hoy estamos aquí.

Queridos hermanos, realmente tenemos que estar agradecidos por todo lo que se ha realizado en los últimos cincuenta años, porque entre nosotros el entendimiento mutuo, la confianza mutua y la amistad han crecido y se han profundizado. Oremos juntos al Señor para que nos guíe por el camino hacia un futuro mejor. Dios tiene planes de salvación para nosotros, como dice el profeta Jeremías: "Conozco bien los planes que tengo en mente para ti, oráculo del Señor, planes para tu bienestar y no para la aflicción, para darte un futuro de esperanza" (Jer 29, 11). “¡El SEÑOR te bendiga y te guarde! El SEÑOR haga brillar su rostro sobre ti, y tenga piedad de ti. ¡El SEÑOR te mire con bondad y te dé paz! (cf. 6,24 a 26 Nm). ¡Shalom Alechem!


Archivo Radio Vaticano


sábado, 16 de enero de 2016

GUILLERMO MARCÓ PROPONE QUE EL PAPA "REVISE" LA PRÁCTICA DE LA CONFESIÓN...

Parece que, según el padre Marcó, habrá que agradecer a este pontificado el alejar a la gente de los abusos y horrores con que la Iglesia ha torturado hasta ahora a los pobres pecadores…

Por Mª Virginia Olivera de Gristelli


Hay ciertos grupos religiosos que se definen por el seguimiento de un determinado “líder” espiritual, o por el apego a una serie de ”prácticas rituales”.

La fe católica, en cambio, se distingue por la profesión de un determinado Credo, don exclusivamente divino -por ello es una virtud infusa- recibido a través del Bautismo -el que nos hace hijos de Dios- y que será vivida a través de una determinada moral, que por ello identificamos como “moral católica”. No debería haber escisión, pues, entre fe, vida sacramental y moral. Ahora bien, ¿en qué se distingue, pues un católico de alguien que no lo es? En que los católicos compartimos la misma fe, expresada en el Catecismo, “aún vigente”. Lo demás -la opinología, sobre todo- es paja que se lleva el viento, o que consumirán las llamas.

Por eso, cuando alguien lee este artículo del “padre” Guillermo Marcó (removido como vocero del arzobispado de Buenos Aires tras decir que S.S. Benedicto XVI “no lo representaba” por no reconocer “los valores del Islam”) hay que decir serenamente: “Pues mire, ese hombre no es católico”…

En alguna otra oportunidad nos referimos a la existencia de personajes dentro de la misma Iglesia Católica, que sin embargo, no son católicos propiamente dichos, ya sean laicos de misa dominical, sacerdotes u obispos, porque sencillamente no comparten la misma fe. Este que comentamos hoy resulta un caso paradigmático, aunque en el video sincretista de hace unos días, se lo haya presentado como “sacerdote católico”.

Marcó intenta en este artículo, supuestamente, explicar el Año de la Misericordia al “mundo”, pues el lector medio de Clarín -periódico de lectura ampliamente mayoritaria en Argentina, junto a La Nación- no es el católico practicante sino el hombre de la calle, más o menos empapado de las leyendas negras de la Iglesia, y contaminado de todos los lugares comunes de la des-información mediática oficial.

¿Se esfuerza entonces Marcó por acercar de nuevo a la fe, apostólicamente, a tantos hijos pródigos que tal vez han sido bautizados y viven “enmundanados”, sin el pan nuestro de cada día que son los Sacramentos? Todo lo contrario. Alimentando la confusión y equívocos de tantas almas que suponen como una injusticia las condiciones para recibir la Comunión Eucarística, arremete nada menos que contra el sacramento de la Confesión, tal como lo entiende la Iglesia.

Para ello acude a la parábola del Hijo Pródigo, sí, pero con una interpretación torcida, que no deja de causarnos pavor:
“(El jubileo) Quiere resaltar la figura del Padre misericordioso que está aguardando la llegada del hijo perdido y que, cuando llega, pobre y maltrecho – después de haber dilapidado su herencia en una vida licenciosa, entre prostitutas y borracheras-, no lo llena de reproches, sino que lo abraza, lo besa, pone un anillo en sus manos y ordena matar al ternero engordado y hace fiesta. El hijo no llega arrepentido, llega por necesidad: “¡Cuántos trabajadores de mi padre tienen pan en abundancia y yo estoy aquí muriéndome de hambre!”, exclama.
La apelación a la palabra de Dios para negar la necesidad del arrepentimiento es a nuestro juicio temeraria y descarada, teniendo en cuenta que en ese texto podemos hallar incluso representados los dos tipos de arrepentimiento requerido para la confesión: tanto el de atrición, por temor al castigo o consecuencias del pecado (Marcó sólo se detiene en este momento, cuando el hijo piensa en los jornaleros de su padre), como el de contrición, de genuino dolor por haber ofendido al Padre. ¿Qué se expresa, si no, con el “he pecado contra el Cielo y contra Ti”. Sin verdadero arrepentimiento, ese hijo podría buscar quizá otro tipo de trabajo para saciar el hambre sin necesidad de regresar a la casa paterna. Es el arrepentimiento y amor filial, doliéndose profundamente de la pérdida de la dignidad filial lo que explica el arriesgarse a ser humillado, pidiendo perdón a su Padre. Creemos que es rebajar el texto evangélico quedarnos solamente con una lectura superficial, de una pura necesidad de hambre material.

Así lo explica Juan Pablo II en Dives in Misericordia, que a nuestro modesto juicio no podemos pasar por alto si queremos conocer “la interpretación de la Iglesia”:
“La analogía se desplaza claramente hacia el interior del hombre. El patrimonio que aquel tal había recibido de su padre era un recurso de bienes materiales, pero más importante que estos bienes materiales era su dignidad de hijo en la casa paterna. La situación en que llegó a encontrarse cuando ya había perdido los bienes materiales, le debía hacer consciente, por necesidad, de la pérdida de esa dignidad. El no había pensado en ello anteriormente, cuando pidió a su padre que le diese la parte de patrimonio que le correspondía, con el fin de marcharse. Y parece que tampoco sea consciente ahora, cuando se dice a sí mismo: “¡Cuántos asalariados en casa de mi padre tienen pan en abundancia y yo aquí me muero de hambre!”. El se mide a sí mismo con el metro de los bienes que había perdido y que ya “no posee”, mientras que los asalariados en casa de su padre los “poseen”. Estas palabras se refieren ante todo a una relación con los bienes materiales. No obstante, bajo estas palabras se esconde el drama de la dignidad perdida, la conciencia de la filiación echada a perder.

Es entonces cuando toma la decisión: “Me levantaré e iré a mi padre y le diré: Padre, he pecado, contra el cielo y contra ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo. Trátame como a uno de tus jornaleros”. Palabras, éstas, que revelan más a fondo el problema central. A través de la compleja situación material, en que el hijo pródigo había llegado a encontrarse debido a su ligereza, a causa del pecado, había ido madurando el sentido de la dignidad perdida. Cuando él decide volver a la casa paterna y pedir a su padre que lo acoja —no ya en virtud del derecho de hijo, sino en condiciones de mercenario— parece externamente que obra por razones del hambre y de la miseria en que ha caído; pero este motivo está impregnado por la conciencia de una pérdida más profunda: ser un jornalero en la casa del propio padre es ciertamente una gran humillación y vergüenza. No obstante, el hijo pródigo está dispuesto a afrontar tal humillación y vergüenza. Se da cuenta de que ya no tiene ningún otro derecho, sino el de ser mercenario en la casa de su padre. Su decisión es tomada en plena conciencia de lo que merece y de aquello a lo que puede aún tener derecho según las normas de la justicia. Precisamente este razonamiento demuestra que, en el centro de la conciencia del hijo pródigo, emerge el sentido de la dignidad perdida, de aquella dignidad que brota de la relación del hijo con el padre. Con esta decisión emprende el camino

La relación padre-hijo no podía ser alienada, ni destruida por ningún comportamiento. (…) es precisamente tal conciencia lo que le muestra con claridad la dignidad perdida y lo que le hace valorar con rectitud el puesto que podía corresponderle aún en casa de su padre”.
Pero Marcó no se detiene a subrayar la relación filial del pecador, porque evidentemente, no habla a los hijos de Dios y de la Iglesia, o le parecerá que esta filialidad es un “dato menor” (sic), sino que se sitúa “en la vereda de en frente”, casi oponiéndose a ésta, en un claro guiño al mundo:
El problema que entreveo en este esfuerzo por subrayar su misericordia es que hasta hace 40 años y durante siglos la Iglesia amenazó a los pecadores con toda clase de castigos, en la vida presente y en la eterna, sobre todo por pecados privados y, más precisamente, ligados al ejercicio libre del placer y la sexualidad, y un gran número de gente se fue apartando porque después de mucha terapia decidió, en el mejor de los casos, que si Dios existe la había hecho libre para poder decidir por su vida sin que la Iglesia la “reprima”. En el peor, abandonó sus creencias por pensar que son anticuadas e inadaptables al tiempo de hoy. Si continuó con su fe, vivió con conciencia de culpa.
Digamos en otras palabras, que los pobres reprimidos que seguimos con la “fe anticuada”, tendríamos que correr a psicoanalizarnos para eliminar “la conciencia culposa”, y vivir más libremente, dejando rienda suelta y alegre a las pasiones, sin complicarnos tanto la vida, porque Dios no castiga; no hay pecado, ¡"viva la vida, viva el amor"! (con minúsculas, eh!).

Este mismo discurso podemos encontrar en boca de cualquier agnóstico, liberal o marxista, impregnado de una buena dosis de freudismo barato. Es más, hasta se parece muchísimo a lo que repetía el pseudoartista León Ferrari para justificar las abominaciones (imágenes de María Santísima cubiertas de cucarachas, crucifijos en sartenes, etc., etc.) que exhibía en sus “muestras”.

Parece entonces que -según el padre Marcó- habrá que agradecer a este pontificado el alejar a la gente de los abusos y horrores con que la Iglesia ha torturado hasta ahora a los pobres pecadores…

Luego ya, sin empacho propone casi con todas las letras, una disolución -hasta abolir definitivamente, como inútil-, del sacramento de la Confesión:
Sería interesante que, en esta etapa, el papa se animara a revisar la práctica del sacramento de la confesión y dejar más libre al creyente en su relación con Dios para que en su fuero íntimo pueda discernir lo bueno y lo malo. Y no usar la confesión como una boletería para poder comulgar, o un consultorio psicológico gratuito donde desahogarse de los pecados de los demás.
Seguimos preparando la alfombra roja para celebrar pronto al heresiarca Lutero con una Iglesia bien protestantizada, ¡vamos!. Lo mejor que podemos quemar en su altar son los sacramentos. ¿Para qué confesión, si el “fuero interno” es infalible? Pecado mortal o venial? ¡Pamplinas! Tras varias décadas de machacar la “opción fundamental” diluyendo la objetividad del pecado, el terreno viene bien abonado, haciendo oídos sordos a lo que también Juan Pablo II advirtiera en la Veritatis Splendor:
32. Se han atribuido a la conciencia individual las prerrogativas de una instancia suprema del juicio moral, que decide categórica e infaliblemente sobre el bien y el mal. Al presupuesto de que se debe seguir la propia conciencia se ha añadido indebidamente la afirmación de que el juicio moral es verdadero por el hecho mismo de que proviene de la conciencia. Pero, de este modo, ha desaparecido la necesaria exigencia de verdad en aras de un criterio de sinceridad, de autenticidad, de «acuerdo con uno mismo», de tal forma que se ha llegado a una concepción radicalmente subjetivista del juicio moral.

70. La exhortación apostólica post-sinodal Reconciliatio et paenitentia ha confirmado la importancia y la actualidad permanente de la distinción entre pecados mortales y veniales, según la tradición de la Iglesia.
Concepción radicalmente subjetivista, esto es, relativismo puro, de honda raíz protestante, inadmisible en quien pretende hablar el lenguaje de la Iglesia.

¿Propone Marcó como un “acto de misericordia” privar a las almas de la maternidad de la Iglesia para orientar, enseñar, iluminar, acompañar esas conciencias, hasta llevarlas al pleno conocimiento de la voluntad de Dios, a través de la doctrina católica, la oración y los sacramentos, y luego recibirlos con los brazos abiertos para repartir Comuniones como caramelos?

Un cuento infantil nos parece lo más ilustrativo para responder a ese cartelito de “sacerdote católico":

“-Abuelita, qué ojos tan grandes tienes!

- Para mirarte mejor…

- Pero abuelita, ¡qué dientes tan grandes tienes…!”



jueves, 7 de enero de 2016

UNA PROMOCIÓN DE BERGOGLIO PARA LA “APOSTASÍA LIGERA”


Bueno, justo cuando pensé que podría tomarme un descanso a del “papa” por unos días, Bergoglio presenta un video promocional elegante y agradable para "apostasía ligera".

Por el padre Anthony Cekada


Después del clip de un budista que expresa confianza en Buda, un judío que profesa creer en Yahvé, un clérigo en Jesucristo y un musulmán en “Dios-Alá”, Bergoglio dice que “muchos piensan diferente, sienten diferente”

Luego, se muestra a un sonriente Bergoglio recibiendo un ídolo de Buda, besando a un cismático barbudo y abrazando a rabinos en grupo en el Muro de los Lamentos, dice que están “buscando a Dios o encontrándose con Dios de diferentes maneras”.

¿Budistas, judíos y musulmanes realmente “encuentran a Dios” en sus religiones falsas?

Además, Bergoglio dice: “En esta multitud, en esta gama de religiones, solo hay una certeza que tenemos para todos”.

¿Que la Iglesia Católica es la única Religión Verdadera? ¿Que fue fundada por el Hijo de Dios, quien dijo “el que no creyere, será condenado”?

No. La única certeza que el “Vicario de Cristo” tiene para todos es que “Todos somos hijos de Dios”.

¡Uno tan bueno como otro! ¡Y eso no es un rosario!

Después de un ida y vuelta de “yo creo en el amor” para el budista, el judío, el clérigo y el musulmán, en el que se muestra a cada uno por separado sosteniendo en sus manos un símbolo de su religión (ídolo de Buda, menorá judía, Niño Jesús y 
cuentas de oración musulmana), hay una toma final de los cuatro sosteniendo sus símbolos juntos.

No podríamos encontrar un símbolo más perfecto para los errores condenados en Mortalium Animos de Pío XI, y con él, la prueba de que Bergoglio y compañía “abandonan la religión revelada por Dios”.

No es “mera” herejía, en otras palabras, sino apostasía.

Los apologistas de R&R (reconocer y resistir) sin duda empezarán a agitar sus maracas y a entonar sus mejores conjuros de no infalible/mal padre para reafirmar los antiguos mitos tribales: Hasta que un colega de la ortodoxia le haga a Bergoglio tres “advertencias canónicas”, y un jurado de cardenales (¿Maradiaga, Kasper, Dolan, Tagle y Gracias?) emitan un “juicio público” sobre los errores de Bergoglio, todos debemos seguir creyendo que es el “Vicario” de Jesucristo.

Pero cualquier católico con ojos debería ver ahora la realidad que los mitos intentan ocultar: Bergoglio es un apóstata y no puede ser el Papa.


miércoles, 6 de enero de 2016

LOS GUARDIANES DE MITOS TRIBALES

Para descubrir el origen del miedo casi irracional al sedevacantismo que aflige a tantos tradicionalistas, hay que mirar primero a los orígenes del movimiento tradicionalista en los años sesenta y principios de los setenta.

Por el padre Anthony Cekada


En los primeros cuatro días de 2016, mi video Why Do Traditionalists Fear Sedevacantism? (¿Por qué temen los tradicionalistas al sedevacantismo?) consiguió acumular un respetable número de visitas.

También provocó un irritado post de John Salza y Robert Siscoe, autores de “¿Verdadero o falso Papa?” un libro que insta a los tradicionalistas a... -¡esperen! - ¡a temer al sedevacantismo! Ahora han dedicado una parte de su sitio web a la “vigilancia sedevacantista”, siendo yo el primer vigilado.

Al parecer, es aceptable que insten a los católicos a temer el sedevacantismo, pero es un signo de desesperación que me pregunten por qué, y luego, cuando respondo a la pregunta, que es lo que hice en el video, lo llaman “una respuesta irracional”.

Lo que no podrán “ver” en el post de los señores Salza y Siscoe es una discusión ni una refutación, racional o no, de mi triple respuesta a la pregunta de por qué los tradicionalistas temen al sedevacantismo:

1) Antiguos mitos tribales.

2) Cobardía y respeto humano.

3) Ningún atractivo comercial.

Aquí recapitularé sólo el primer punto, porque los viejos mitos tribales sobre el papado postconciliar han empezado a desmoronarse ante la revolución de Francisco, y porque los señores Salza y Siscoe, al parecer, se han convertido en los nuevos chamanes para mantener a su tribu en trance y desprevenida.


Orígenes de los mitos

Para descubrir el origen del miedo casi irracional al sedevacantismo que aflige a tantos tradicionalistas, hay que mirar primero a los orígenes del movimiento tradicionalista en los años sesenta y principios de los setenta.

Como la revolución del Vaticano II vino “del Papa” (y como todo buen católico anterior a la II Guerra Mundial sabía que sólo los no católicos “no reconocían al Papa” y que sólo los malos católicos “desobedecían al Papa”), los proto-tradicionalistas necesitaban encontrar rápidamente algún tipo de explicación plausible para rechazar los errores y males que Pablo VI había aprobado oficialmente.


El corazón de los mitos

El argumento que improvisaron los primeros tradicionalistas para “resistir al Papa” giraba principalmente en torno a dos nociones primitivas:

(1) Los católicos no están realmente obligados por lo que un Papa enseña o legisla a menos que tenga un sello “infalible” (por ejemplo, cuando hace alguna proclamación ex cathedra una vez en un siglo, como hizo Pío XII con el dogma de la Asunción), y

(2) Un Papa puede ser como un “mal padre” cuyas órdenes malvadas puedes desobedecer, pero al quien reconoces como tu padre, sin importar lo que haga.

Ambas ideas se basaban en toda una serie de errores teológicos que acabaron mutando en lo que se conoció como la postura de “reconocer y resistir” (R&R) hacia los papas del Vaticano II. Todos estos errores han sido repetida y definitivamente refutados, basándose en la enseñanza estándar de la eclesiología anterior al Vaticano II -esa rama de la teología que trata de los atributos y la autoridad de la Iglesia y el papado.

Pero en su momento, estas nociones primitivas sonaron lo suficientemente plausibles a laicos y sacerdotes que no sabían nada mejor, y se repitieron tan a menudo a lo largo de los años que se convirtieron en la mitología incuestionable que identificaba a la tribu.


Los propagadores

Desde su fundación en los años sesenta, The Remnant fue el principal órgano de difusión y defensa de esta mitología en el mundo anglosajón, con la ayuda de su principal apologista y chamán, Michael Davies.

En Francia, fue Itinéraires y, finalmente, la Sociedad de San Pío X (SSPX) del arzobispo Marcel Lefebvre.

La resistencia a “Roma” fue fácil de vender en Francia simplemente porque una cepa de ella ha corrido a través de la historia francesa durante siglos: El galicanismo, la petite église, la facción francesa contraria a la infalibilidad en el Vaticano I y la ira de la derecha política francesa en el siglo XX por la condena papal de Action Française.

Pero los estadounidenses tampoco tenemos un historial precisamente brillante. La mitología tradicionalista de la que estamos hablando se inició en nuestras costas en la década de 1940 con los seguidores del jesuita excomulgado, el padre Leonard Feeney, y se ha mantenido fuerte desde entonces.


La descendencia de los mitos

Los mitos originales que el sedevacantismo amenazaba acabaron engendrando otros. El sedevacantismo no puede ser verdad, nos dicen, porque nos dejaría sin un Papa que consagrara Rusia al Inmaculado Corazón de acuerdo con el mensaje de Fátima.

Este argumento ha sido promovido durante mucho tiempo no sólo por los señores Salza y Siscoe, sino también por otros impulsores de la Industria de Fátima R&R, como el padre Nicholas Gruner, Christopher Ferrara y Brian McCall.

Aquí, un principio inventado sobre la base de la revelación privada (que ningún católico está, estrictamente hablando, obligado a aceptar) se supone que triunfa sobre la revelación pública (que los católicos están obligados a aceptar, y que son los datos subyacentes a los principios teológicos del argumento sedevacantista). La cola moviendo al perro.


La “espiritualidad” de los mitos

Por último, si has sido educado en el campo del R&R, te han enseñado a temer el sedevacantismo como “cisma”. Si superas tu miedo lo suficiente como para investigar la postura, plantear preguntas legítimas sobre tus mitos tribales e insistir en respuestas coherentes basadas en principios encontrados en los escritos de teólogos y papas anteriores al Vaticano II, te dirán que eres “orgulloso”.

Esto último, en particular, es un truco empleado por los maestros de retiros de la FSSPX, que se supone que dan al menos una conferencia destinada a adoctrinar a los participantes en los retiros en los mitos de la FSSPX. La mala espiritualidad encubre la mala teología.


* * * * *

Quizás sea comprensible que en los primeros días del movimiento tradicionalista, las actitudes residuales anteriores al Vaticano II hacia el oficio papal, las limitaciones en los medios para obtener noticias e información objetiva, y los obstáculos físicos para llevar a cabo una investigación teológica llevaran a los fieles católicos a conformarse con simples mitos para justificar la resistencia al hombre que la fe les decía que ocupaba el lugar de Jesucristo en la tierra.

Y también es quizá comprensible que estos mitos, combinados con los promovidos por la prensa sobre el “conservadurismo” y la “ortodoxia” de Juan Pablo II y Benedicto XVI, llevaran a muchas almas a conceder a Wojtyla y Ratzinger, dos modernistas que odian el tomismo, el beneficio de la duda y ceder al miedo al sedevacantismo.

¡Papá dice OK!

Pero ahora hablamos de Bergoglio -que ha pasado de hacer un guiño al divorcio y las segundas nupcias, a dar una palmadita en la espalda al “matrimonio” transexual.

Así que es hora de dejar a un lado las teorías contorsionadas de los creadores de mitos tribales, que pretenden “salvar” al papado con una teoría de “resistencia” que lo destruye.

Ahora puedes ver con tus propios ojos y oír con tus propios oídos, las venenosas herejías modernistas del Vaticano II, encarnadas en la persona de Jorge Mario Bergoglio.

Como tal, no es un simple “mal padre” con un sello de “infalible” sin usar en su bolsillo trasero - y mucho menos, el Vicario de Cristo.

Es el Vicario del Diablo. Y nadie debería tener miedo de decirlo.



miércoles, 30 de diciembre de 2015

HONORIO I: EL CONTROVERTIDO CASO DE UN PAPA HEREJE

El caso del Papa Honorio es uno de los más controvertidos en la historia de la Iglesia...

Por Roberto de Matei


 Como señala acertadamente el historiador de la Iglesia Emile Amann en la amplia entrada que dedica a la Question d'Onorius en Dictionnaire de Théologie Catholique (vol. VII, col. 96-132), el problema debe ser tratado de manera imparcial y con la serena imparcialidad que la historia debe a los hechos pasados ​​(col.96).

En el centro del pontificado del Papa Honorio, que reinó entre 625 y 638, estuvo la cuestión del monotelismo, la última de las grandes herejías cristológicas. Para complacer al emperador bizantino Heraclio, deseoso de garantizar la paz religiosa dentro de su reino, el patriarca de Constantinopla, Sergio, buscó encontrar un compromiso entre la ortodoxia católica, según la cual en Jesucristo hay dos naturalezas en una sola persona, y la herejía monofisita, que atribuía a Cristo una sola persona y una sola naturaleza. El resultado del compromiso fue una nueva herejía, el monotelismo, según la cual la doble naturaleza de Cristo se movía en su acción de una sola operación y una sola voluntad. Esto es semimonofisismo, pero la verdad es integral o no lo es, y una herejía moderada, es siempre herejía. El patriarca de Jerusalén, Sofronio, fue uno de los que intervino con mayor vigor en la denuncia de la nueva doctrina que hacía inútil la humanidad de Cristo y conducía al monofisitismo, condenado por el Concilio de Calcedonia (451).  

Sergio escribió al Papa Honorio para pedirle "que en el futuro no se permita a nadie afirmar las dos operaciones en Cristo Nuestro Dios" y para recibir su apoyo contra Sofronio.  Desgraciadamente, Honorio accedió a la petición. En una carta a Sergio afirmó que "la voluntad de Nuestro Señor Jesucristo fue una sola (unam voluntatem fatemur), por "el hecho de que nuestra naturaleza humana fue asumida por la Divinidad" e invitó a Sofronio a guardar silencio.  La correspondencia entre Sergio y Honorio se conserva en las actas del VI Concilio Ecuménico (Mansi, Sacrorum conciliorum nova et amplissima Collectio, vol. XI, cols. 529-554) y fue reeditado en latín, griego y francés por Arthur Loth La cause d'Honorius. Documents originaux avec traduction, notes et conclusion, Victor Palmé, París 1870 y en griego y alemán por Georg Kreuzer, Die Honoriusfrage im Mittelalter und in der Neuzeit, Anton Hiersemann, Stuttgart 1975). 

Fortalecido por el apoyo del Papa, Heraclio publicó un formulario doctrinal en el año 638 llamado Ecthesis (“Exposición”) en el que impuso como religión oficial la nueva teoría de la única voluntad divina. El monotelismo, prevaleció durante más de cuarenta años en el Imperio bizantino. En ese momento, el más vigoroso defensor de la fe fue el monje Máximo, conocido como el Confesor, quien participó en un Sínodo convocado en Letrán (649) por el Papa Martín (649-655), para condenar el Monotelismo. Tanto el Papa como Máximo se vieron obligados a exiliarse. La lengua y la mano derecha de Maximus fueron cortadas porque se negó a suscribirse a las doctrinas monotelitas. Sofronio, Máximo y Martín son hoy venerados por la Iglesia como santos por su indomable resistencia a la herejía monotelita.

La fe católica fue finalmente restaurada por el III Concilio de Constantinopla, VI Concilio Ecuménico de la Iglesia, que se reunió el 7 de noviembre de 680 en presencia del emperador Constantino IV y los representantes del nuevo Papa, Agatho, (678-681) . El Concilio condenó el Monotelismo y lanzó un anatema contra todos aquellos que habían promovido o favorecido esta herejía e incluyó al Papa Honorio en esta condena.

En la XIII sesión, celebrada el 28 de marzo de 681, los Padres conciliares después de haber proclamado la voluntad de excomulgar a Sergio, Ciro de Alejandría, Pirro, Pablo y Pedro, todos los Patriarcas de Constantinopla y el obispo Teodoro de Faran, afirman: “Y además de éstos, decidimos que también Honorio, que fue Papa de la antigua Roma, sea con ellos expulsado de la Santa Iglesia de Dios, y sea anatematizado con ellos, porque hemos encontrado por su carta a Sergio que seguía su opinión en todas las cosas, y confirmaba sus perversos dogmas” (Mansi, XI, col. 556).

El 9 de agosto de 681, al término de la XVI sesión, se renovaron los anatemas contra todos los herejes y partidarios de la herejía, incluido Honorio: Sergio haeretico anatema, Cyro haeretico anatema, Honorio haeretico anatema, Pyrro, haeretico anatema (Mansi, XI, columna 622). En el decreto dogmático de la XVIII sesión, del 16 de septiembre, se dice que: “ya que aquel que nunca descansa y que desde el principio fue el inventor de la malicia, que valiéndose de la serpiente, introdujo la muerte venenosa en la naturaleza humana, como entonces, incluso ahora, ha encontrado los instrumentos adecuados a su voluntad: aludimos a Teodoro, que fue obispo de Faran; a Sergio, Pirro, Pablo y Pedro, que fueron prelados de esta ciudad imperial; y también a Honorio, que fue Papa de la antigua Roma; [... ]; por lo que encontrados los instrumentos adecuados, no cesó, por medio de éstos, de provocar escándalos y errores en el Cuerpo de la Iglesia; y con expresiones inauditas difundió en medio del pueblo fiel la herejía de la única voluntad y una sola operación en dos naturalezas de una (Persona) de la Santísima Trinidad, de Cristo, nuestro verdadero Dios, de acuerdo con la insensata falsa doctrina de los impíos Apolinar, Severo y Temistio” (Mansi, XI, col. 636-637).

Las copias auténticas de las Actas del Concilio, firmadas por 174 Padres y el Emperador, fueron enviadas a las cinco Sedes Patriarcales, con particular atención a la Sede Romana. Sin embargo, dado que San Agatón murió el 10 de enero de 681, las Actas del Concilio, después de más de 19 meses de “sede vacante”, fueron ratificadas por su sucesor León II (682 -683). En la carta enviada el 7 de mayo de 683 al emperador Constantino IV, el Papa escribió: “Anatematizamos a los inventores del nuevo error, es decir, Teodoro, obispo de Faran, Sergio, Pirro, Pablo y Pedro, traidores más que líderes de la Iglesia de Constantinopla, y también Honorio, que no trató de santificar esta Iglesia Apostólica con la enseñanza de la tradición apostólica, sino que con una traición profana permitió que se contaminara su pureza” (Mansi, XI, col. 733).

El mismo año el Papa León ordenó que las Actas traducidas al latín fueran firmadas por todos los Obispos de Occidente y que las firmas se conservaran en la tumba de San Pedro. Como destaca el eminente historiador jesuita Hartmann Grisar: “así se deseaba la aceptación universal del VI Concilio en Occidente, y ésta, por lo que se sabe, se llevó a cabo sin ninguna dificultad” (Analecta romana, Desclée, Roma 1899 , págs. 406-407).

La condena de Honorio fue confirmada por los sucesores de León II, como atestigua el Liber diurnus romanorum pontificum y de los Concilios Ecuménicos de la Iglesia VII (789) y VIII (867 -870) (CJ Hefele, Histoire des Conciles, Letouzey et Ané, París 1909, tomo III, págs. 520-521).

El abate Amann juzga históricamente insostenible la posición de quienes, como el cardenal Baronius, sostienen que las IV Actas del Concilio habían sido alteradas. Los legados romanos, estaban presentes en el Concilio; sería difícil imaginar que pudieran haber sido engañados o que hubieran informado mal sobre un punto tan importante y delicado como la condena de la herejía de un Pontífice romano.  Refiriéndose entonces a aquellos teólogos como San Roberto Belarmino que, para salvar la memoria de Honorio, negaron la presencia de errores explícitos en sus cartas, Amann subraya que plantearon un problema mayor que el que pretendían resolver, es decir, la infalibilidad de las Actas de un Concilio presidido por un Papa.  Si, de hecho, Honorio no cayó en el error, los Papas y el Concilio que lo condenaron se equivocaron.

Las Actas del VI Concilio Ecuménico, aprobadas por el Papa y recibidas por la Iglesia universal tienen un significado definitorio mucho más fuerte que las cartas de Honorio a Sergio. Para salvar la infalibilidad es mejor admitir la posibilidad histórica de un Papa hereje, antes que destrozar las definiciones dogmáticas y los anatemas de un Concilio ratificado por un Pontífice romano. Es doctrina común que la condena de los escritos de un autor es infalible, cuando el error es anatematizado con la nota de herejía, mientras que, el Magisterio Ordinario de la Iglesia no es siempre necesariamente infalible. 

Durante el Concilio Vaticano I, la Diputación de la Fe afrontó el problema planteando una serie de reglas de carácter general, que se aplican no sólo en el caso de Honorio, sino en todos los problemas, pasados ​​o futuros, que se le presenten. No basta que el Papa se pronuncie sobre una cuestión de fe o de costumbres relativas a la Iglesia universal, es necesario que el decreto del Romano Pontífice se conciba de manera que aparezca como un juicio solemne y definitivo, con la intención de obligar a todos los fieles a creer (Mansi, LII, col. 1204-1232). Hay, por tanto, actos del Magisterio Ordinario Pontificio no infalibles, ya que carecen del necesario carácter definitorio: quod ad formam seu modum attinet.

Las cartas del Papa Honorio están desprovistas de estas características. Son indudablemente actos Magistrales, pero en el Magisterio Ordinario no infalible pueden existir errores e incluso, en casos excepcionales, formulaciones heréticas. El Papa puede caer en herejía, pero nunca puede pronunciar una herejía ex cathedra. En el caso de Honorio, como observa el patrólogo benedictino Dom John Chapman OSB, no se puede afirmar que pretendiera formular una sentencia ex cathedra, definitoria y vinculante: “Honorio era falible, estaba equivocado, era un hereje, precisamente porque no declaró con autoridad, como debería haberlo hecho, la tradición petrina de la Iglesia romana” (The Condemnation of Pope Honorius (1907), Reprint Forgotten Books, Londres 2013, p. 110).  Sus cartas a Sergio, aunque fueran sobre la fe, no promulgaron ningún anatema y no corresponden a las condiciones exigidas por el dogma de la infalibilidad.  Promulgado por el Concilio Vaticano I, el principio de infalibilidad está salvado, contrariamente a lo que pensaban los protestantes y los galicanos.  Además, si Honorio fue anatematizado, explicó el Papa Adriano II, en el Sínodo Romano de 869, “la razón es que Honorio fue acusado de herejía, única causa por la que es lícito a los inferiores resistir a sus superiores y repeler sus sentimientos perversos”.

Precisamente a partir de estas palabras, después de haber examinado el caso del Papa Honorio, el gran teólogo dominico Melchor Cano resume en estos términos la doctrina más segura: “No se debe negar que el Sumo Pontífice pueda ser un hereje, de lo cual se pueden ofrecer uno o dos ejemplos.  Sin embargo, que (un Papa) en juicios sobre la fe haya definido algo contra la fe, no se puede demostrar ni uno solo” - De Locis Theologicis, l. VI, trad. spagnola, BAC, Madrid 2006, p. 409).


Rorate-Caeli