sábado, 31 de julio de 1993

RESPUESTAS A LAS PREGUNTAS PRESENTADAS SOBRE EL "AISLAMIENTO UTERINO" Y OTRAS CUESTIONES


CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE

RESPUESTAS A LAS PREGUNTAS PRESENTADAS

SOBRE EL "AISLAMIENTO UTERINO"

Y OTRAS CUESTIONES

Los Cardenales miembros de la Congregación para la Doctrina de la Fe, a las preguntas presentadas en la Sesión Ordinaria y abajo recogidas, han respondido como sigue:

1ª. Cuando el útero, por ejemplo, durante un parto o una cesárea, resulta tan seriamente dañado que se hace médicamente indicada su extirpación (histerectomía), incluso total, para evitar un grave peligro actual para la vida o la salud de la madre, ¿es lícito seguir tal procedimiento aunque ello comporte para la mujer una esterilidad permanente?

Respuesta: Sí.

2ª. Cuando el útero, por ejemplo, a causa de precedentes intervenciones cesáreas, se encuentra en tal estado que, aunque no constituya en sí un riesgo actual para la vida o la salud de la mujer, no está ya previsiblemente en condiciones de llevar a término un futuro embarazo sin peligro para la madre, peligro que en algunos casos puede resultar incluso grave, ¿es lícito extirparlo (histerectomía) a fin de prevenir tal eventual peligro futuro derivado de la gestación?

Respuesta: No.

3ª. En la misma situación descrita en la pregunta 2ª, ¿es lícito sustituir la histerectomía por la ligadura de las trompas (procedimiento llamado también "aislamiento uterino"), teniendo en cuenta que se obtiene el mismo fin de prevenir los riesgos de un eventual embarazo con un procedimiento mucho más simple para el médico y menos gravoso para la mujer y que, además, en algunos casos, la esterilidad provocada de este modo puede ser reversible?

Respuesta: No.


Explicación

En el primer caso la histerectomía es lícita en cuanto tiene carácter directamente terapéutico, aunque se prevea que comportará una esterilidad permanente. De hecho, es la condición patológica del útero, por ejemplo, a causa de una hemorragia que no se puede detener por otros medios, la que hace médicamente indicada su extirpación. Esta última, por consiguiente, tiene como finalidad propia evitar un grave peligro actual para la mujer, independientemente de una eventual futura gestación.

Desde el punto de vista moral, es distinto el caso de los procedimientos de histerectomía y "aislamiento uterino" en las circunstancias descritas en las preguntas 2ª y 3º; aquí nos encontramos en el supuesto moral de esterilización directa, la cual, en el documento Quaecumque sterilizatio (AAS LXVIII 1976, 738-740, n. 1), es definida como una acción que “tiene como único efecto inmediato hacer a la facultad generativa incapaz de procrear”. “Por ello” -continúa el documento- “a pesar de cualquier buena intención subjetiva de aquellos cuyas intervenciones se inspiran en la curación o prevención de una enfermedad física o mental, prevista o temida como resultado de un embarazo, tal esterilización queda absolutamente prohibida según la doctrina de la Iglesia”.

En realidad el útero, tal como es descrito en la pregunta 2ª, no constituye in se y per se ningún peligro actual para la mujer. Efectivamente, la propuesta de sustituir la histerectomía por el "aislamiento uterino", en las mismas condiciones, muestra precisamente que el útero no es en sí un problema patológico para la mujer. Por lo tanto, los procedimientos arriba descritos no tienen carácter propiamente terapéutico, sino que se ponen en práctica para hacer estériles los futuros actos sexuales, de suyo fértiles, libremente realizados. El fin de evitar los riesgos para la madre derivados de una eventual gestación es pues, perseguido por medio de una esterilización directa, en sí misma, siempre ilícita moralmente, mientras que quedan abiertas a la libre elección otras vías moralmente lícitas.

La opinión contraria, que considera las susodichas prácticas a las que se refieren las preguntas 2ª y 3º como esterilización indirecta, lícita en ciertas condiciones, no puede, por consiguiente, considerarse válida y no se puede seguir en la práctica de los hospitales católicos.

El Sumo Pontífice Juan Pablo II, en la audiencia concedida al infrascrito Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ha aprobado las citadas respuestas y ha ordenado su publicación.

Roma, en la sede de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el 31 de julio de 1993

+ Joseph Card. Ratzinger
Prefecto

+ Alberto Bovone
Arzobispo tit. de Cesarea de Numidia
Secretario




miércoles, 23 de junio de 1993

UNIATISMO, MÉTODO DE UNIÓN DEL PASADO Y LA BÚSQUEDA ACTUAL DE LA PLENA COMUNIÓN (23 DE JUNIO DE 1993)


Contexto: La “Declaración de Balamand”, es un informe de 1993 escrito por la Comisión Conjunta Internacional para el Diálogo Teológico entre la Iglesia Católica y la Iglesia Ortodoxa durante su séptima sesión plenaria en la Escuela de Teología Balamand de la Universidad de Balamand en Líbano. 

Según el cardenal Edward Cassidy, el informe contiene tres principios: 

1) Que los individuos tienen la libertad de seguir su conciencia

2) Que las Iglesias católicas orientales tienen derecho a existir

3) Que el Uniatismo no es el método actual de plena comunión.

Tras la firma de este acuerdo se llegó a dos conclusiones: 

1) Que la Iglesia católica y las Iglesias ortodoxas orientales son “Iglesias hermanas”

2) Que debe evitarse el rebautismo.


UNIATISMO, MÉTODO DE UNIÓN DEL PASADO

Y LA BÚSQUEDA ACTUAL DE LA PLENA COMUNIÓN

Balamand (Líbano), 23 de junio de 1993

Introducción

1. A petición de las Iglesias ortodoxas, se ha aplazado el desarrollo normal del diálogo teológico con la Iglesia católica para prestar atención inmediata a la cuestión denominada “uniatismo”.

2. Respecto al método denominado “uniatismo”, se afirmó en Freising (junio de 1990) que “lo rechazamos como método para la búsqueda de la unidad porque se opone a la tradición común de nuestras Iglesias”.

3. En cuanto a las Iglesias católicas orientales, es claro que ellas, como parte de la Comunión católica, tienen derecho a existir y a actuar en respuesta a las necesidades espirituales de sus fieles.

4. El documento preparado en Ariccia por el comité coordinador conjunto (junio de 1991) y concluido en Balamand (junio de 1993) establece cuál es nuestro método en la búsqueda actual de la plena comunión, explicando así la razón para excluir el uniatismo como método.

5. El presente documento se compone de dos partes: Principios eclesiológicos y Reglas prácticas

Principios eclesiológicos

6. La división entre las Iglesias de Oriente y Occidente nunca ha sofocado el anhelo de unidad anhelado por Cristo. Más bien, esta situación, contraria a la naturaleza de la Iglesia, ha sido a menudo para muchos la ocasión de tomar mayor conciencia de la necesidad de lograr esta unidad, para ser fieles al mandamiento del Señor.

7. A lo largo de los siglos se hicieron diversos intentos por restablecer la unidad. Se buscó alcanzar este fin por diferentes vías, a veces conciliares, según la situación política, histórica, teológica y espiritual de cada época. Desafortunadamente, ninguno de estos esfuerzos logró restablecer la plena comunión entre la Iglesia de Occidente y la Iglesia de Oriente, e incluso a veces agudizó las oposiciones.

8. Durante los últimos cuatro siglos, en diversas partes de Oriente, se tomaron iniciativas dentro de ciertas Iglesias, impulsadas por elementos externos, para restaurar la comunión entre la Iglesia de Oriente y la Iglesia de Occidente. Estas iniciativas llevaron a la unión de ciertas comunidades con la Sede de Roma y, como consecuencia, a la ruptura de la comunión con sus Iglesias Madre de Oriente. Esto no se produjo sin la interferencia de intereses extraeclesiales. Así surgieron las Iglesias católicas orientales. Se creó así una situación que se ha convertido en fuente de conflictos y sufrimiento, principalmente para los ortodoxos, pero también para los católicos.

9. Cualquiera que haya sido la intención y la autenticidad del deseo de ser fieles al mandamiento de Cristo: “que todos sean uno”, expresado en estas uniones parciales con la Sede de Roma, debe reconocerse que no se logró el restablecimiento de la unidad entre la Iglesia de Oriente y la Iglesia de Occidente y que la división persiste, acrecentada por estos intentos.

10. La situación así creada generó en los hechos tensiones y oposiciones.

Progresivamente, en las décadas posteriores a estas uniones, la actividad misionera tendió a incluir entre sus prioridades el esfuerzo por convertir a otros cristianos, individualmente o en grupos, para "regresarlos" a la propia Iglesia. Para legitimar esta tendencia, fuente de proselitismo, la Iglesia católica desarrolló la visión teológica según la cual se presentaba como la única a quien se confiaba la salvación. Como reacción, la Iglesia ortodoxa, a su vez, aceptó la misma visión según la cual solo en ella podía encontrarse la salvación. Para asegurar la salvación de los "hermanos separados", incluso se llegó a rebautizar a los cristianos y a olvidar ciertos requisitos de la libertad religiosa de las personas y de su acto de fe. Esta perspectiva fue una a la que la época mostró poca sensibilidad.

11. Por otra parte, ciertas autoridades civiles intentaron que los católicos orientales volvieran a la Iglesia de sus Padres. Para lograrlo, no dudaron, cuando se presentó la ocasión, en emplear medios inaceptables.

12. Debido a la manera en que católicos y ortodoxos se reconsideran mutuamente en su relación con el misterio de la Iglesia y se descubren de nuevo como Iglesias hermanas, esta forma de "apostolado misionero" descrita anteriormente, y que se ha denominado "uniatismo", ya no puede aceptarse ni como método a seguir ni como modelo de la unidad que nuestras Iglesias buscan.

13. De hecho, especialmente desde las Conferencias Panortodoxas y el Concilio Vaticano II, el redescubrimiento y la revalorización de la Iglesia como comunión, tanto por parte de los ortodoxos como de los católicos, ha transformado radicalmente las perspectivas y, por consiguiente, las actitudes. Ambas partes reconocen que lo que Cristo confió a su Iglesia —la profesión de fe apostólica, la participación en los mismos sacramentos, sobre todo el único sacerdocio que celebra el único sacrificio de Cristo, la sucesión apostólica de los obispos— no puede considerarse propiedad exclusiva de ninguna de nuestras Iglesias. En este contexto, es evidente que debe evitarse cualquier rebautismo.

14. Desde esta perspectiva, las Iglesias católicas y las Iglesias ortodoxas se reconocen mutuamente como Iglesias hermanas, responsables juntas de mantener la Iglesia de Dios en fidelidad al designio divino, especialmente en lo que respecta a la unidad. Según las palabras del Papa Juan Pablo II, el esfuerzo ecuménico de las Iglesias hermanas de Oriente y Occidente, basado en el diálogo y la oración, es la búsqueda de una comunión perfecta y total que no sea absorción ni fusión, sino encuentro en la verdad y el amor (cf. Slavorum Apostoli, n. 27).

15. Si bien la libertad inviolable de las personas y su obligación de seguir las exigencias de su conciencia permanecen a salvo, en la búsqueda del restablecimiento de la unidad no se trata de la conversión de personas de una Iglesia a otra para asegurar su salvación. Se trata de alcanzar juntos la voluntad de Cristo para los suyos y el designio de Dios para su Iglesia mediante la búsqueda común de las Iglesias de un pleno acuerdo sobre el contenido de la fe y sus implicaciones. Este esfuerzo se lleva a cabo en el actual diálogo teológico. El presente documento es una etapa necesaria en este diálogo.

16. Las Iglesias católicas orientales que han deseado restablecer la plena comunión con la Sede de Roma y se han mantenido fieles a ella tienen los derechos y obligaciones inherentes a esta comunión. Los principios que determinan su actitud hacia las Iglesias ortodoxas son los enunciados por el Concilio Vaticano II y puestos en práctica por los Papas, quienes han aclarado las consecuencias prácticas que se derivan de estos principios en diversos documentos publicados desde entonces. Estas Iglesias, por lo tanto, deben insertarse, tanto a nivel local como universal, en el diálogo de amor, en el respeto mutuo y la confianza recíproca reencontrados, y entablar el diálogo teológico, con todas sus implicaciones prácticas.

17. En este clima, las consideraciones ya presentadas y las directrices prácticas que siguen, en la medida en que sean efectivamente acogidas y fielmente observadas, son tales que pueden conducir a una solución justa y definitiva de las dificultades que estas Iglesias católicas orientales presentan a la Iglesia ortodoxa.

18. Con este fin, el Papa Pablo VI afirmó en su discurso en el Fanar de julio de 1967: “Recae sobre las cabezas de las Iglesias, sobre su jerarquía, la obligación de guiarlas por el camino que conduce al restablecimiento de la plena comunión. Deben hacerlo reconociéndose y respetándose mutuamente como pastores de la parte del rebaño de Cristo que les ha sido confiada, velando por la cohesión y el crecimiento del pueblo de Dios y evitando todo lo que pueda dispersarlo o causar confusión en sus filas” (Tomos Agapis, n. 172). Con este espíritu, el Papa Juan Pablo II y el Patriarca Ecuménico Dimitrios I declararon juntos con claridad: “Rechazamos toda forma de proselitismo, toda actitud que sea o pueda percibirse como una falta de respeto” (7 de diciembre de 1987).

Reglas prácticas

19. El respeto mutuo entre las Iglesias que se encuentran en situaciones difíciles aumentará sensiblemente en la medida en que observen las siguientes reglas prácticas.

20. Estas normas no resolverán los problemas que nos preocupan a menos que cada una de las partes implicadas tenga una voluntad de perdón, basada en el Evangelio y, en el contexto de un esfuerzo constante de renovación, acompañada del deseo incesante de buscar la plena comunión que existió durante más de mil años entre nuestras Iglesias. Es aquí donde el diálogo de amor debe estar presente con una intensidad y perseverancia continuamente renovadas, que es la única que puede superar la incomprensión recíproca y que constituye el clima necesario para profundizar el diálogo teológico que permitirá alcanzar la plena comunión.

21. El primer paso es poner fin a todo aquello que pueda fomentar la división, el desprecio y el odio entre las Iglesias. Para ello, las autoridades de la Iglesia Católica asistirán a las Iglesias Católicas Orientales y a sus comunidades para que ellas mismas puedan preparar la plena comunión entre las Iglesias Católica y Ortodoxa. Las autoridades de la Iglesia Ortodoxa actuarán de manera similar con sus fieles. De esta manera, será posible abordar la extremadamente compleja situación que se ha creado en Europa del Este, con caridad y justicia, tanto para católicos como para ortodoxos.

22. La actividad pastoral en la Iglesia católica, tanto latina como oriental, ya no busca que los fieles de una Iglesia se pasen a otra; es decir, ya no busca el proselitismo entre los ortodoxos. Busca responder a las necesidades espirituales de sus propios fieles y no busca expandirse a expensas de la Iglesia ortodoxa. Desde estas perspectivas, para que ya no haya lugar a la desconfianza ni a la sospecha, es necesario que exista un intercambio recíproco de información sobre los diversos proyectos pastorales y que, de este modo, se impulse y desarrolle la cooperación entre los obispos y todos los responsables de nuestras Iglesias.

23. La historia de las relaciones entre la Iglesia Ortodoxa y las Iglesias Católicas Orientales ha estado marcada por persecuciones y sufrimientos. Cualesquiera que hayan sido estos sufrimientos y sus causas, no justifican ningún triunfalismo; nadie puede glorificarlos ni extraer de ellos argumentos para acusar o menospreciar a la otra Iglesia. Solo Dios conoce a sus propios testigos. Cualquiera que haya sido el pasado, debe dejarse en manos de la misericordia de Dios, y todas las energías de las Iglesias deben dirigirse a lograr que el presente y el futuro se ajusten mejor a la voluntad de Cristo para los suyos.

24. Será también necesario —y esto por parte de ambas Iglesias— que los obispos y todos aquellos con responsabilidades pastorales en ellas respeten escrupulosamente la libertad religiosa de los fieles. Estos, a su vez, deben poder expresar libremente su opinión, siendo consultados y organizándose para ello. De hecho, la libertad religiosa exige que, especialmente en situaciones de conflicto, los fieles puedan expresar su opinión y decidir sin presiones externas si desean estar en comunión con la Iglesia Ortodoxa o con la Iglesia Católica. La libertad religiosa se vería violada cuando, bajo el pretexto de la ayuda financiera, los fieles de una Iglesia se sintieran atraídos hacia la otra, con promesas, por ejemplo, de educación y beneficios materiales que podrían faltar en su propia Iglesia. En este contexto, será necesario que la asistencia social, así como toda forma de actividad filantrópica, se organicen de común acuerdo para evitar nuevas sospechas.

25. Además, el necesario respeto a la libertad cristiana —uno de los dones más preciados recibidos de Cristo— no debe convertirse en ocasión para emprender un proyecto pastoral que también pueda involucrar a los fieles de otras Iglesias, sin consultar previamente con los pastores de dichas Iglesias. No solo debe excluirse toda forma de presión, de cualquier tipo, sino que el respeto a las conciencias, motivado por una auténtica exigencia de fe, es uno de los principios que guían la preocupación pastoral de los responsables de ambas Iglesias y debe ser objeto de su reflexión común (cf. Gál 5, 13).

26. Por ello, es necesario buscar y entablar un diálogo abierto, que debe darse, en primer lugar, entre quienes tienen responsabilidades en las Iglesias a nivel local. Los responsables de las comunidades afectadas deben crear comisiones locales conjuntas o impulsar las ya existentes para encontrar soluciones a problemas concretos y asegurar que estas se apliquen en la verdad y el amor, en la justicia y la paz. Si no se llega a un acuerdo a nivel local, el asunto debe llevarse a comisiones mixtas establecidas por las autoridades superiores.

27. La sospecha desaparecería más fácilmente si ambas partes condenaran la violencia dondequiera que las comunidades de una misma Iglesia la empleen contra las comunidades de una Iglesia hermana. Como lo solicitó Su Santidad el Papa Juan Pablo II en su carta del 31 de mayo de 1991, es necesario evitar por completo toda violencia y cualquier tipo de presión para que se respete la libertad de conciencia. Es tarea de los responsables de las comunidades ayudar a sus fieles a profundizar su lealtad hacia su propia Iglesia y sus tradiciones, y enseñarles a evitar no solo la violencia, ya sea física, verbal o moral, sino también todo aquello que pueda llevar al desprecio hacia otros cristianos y a un contratestimonio, ignorando por completo la obra de salvación que es la reconciliación en Cristo.

28. La fe en la realidad sacramental implica respeto por las celebraciones litúrgicas de la otra Iglesia. El uso de la violencia para ocupar un lugar de culto contradice esta convicción. Por el contrario, esta convicción a veces exige que se facilite la celebración de otras Iglesias poniendo a su disposición, de común acuerdo, la propia iglesia para celebrarla alternativamente en diferentes momentos dentro del mismo edificio. Es más, el ethos evangélico exige evitar declaraciones o manifestaciones que puedan perpetuar un estado de conflicto y obstaculizar el diálogo. ¿Acaso no nos exhorta San Pablo a acogernos unos a otros como Cristo nos acogió, para gloria de Dios (Rom 15,7)?

29. Los obispos y sacerdotes tienen el deber ante Dios de respetar la autoridad que el Espíritu Santo ha otorgado a los obispos y sacerdotes de la otra Iglesia y, por ello, de evitar interferir en la vida espiritual de los fieles de dicha Iglesia. Cuando la cooperación se hace necesaria para el bien de los fieles, se requiere que quienes son responsables, de común acuerdo, establezcan para esta asistencia mutua principios claros y conocidos por todos, y actúen posteriormente con franqueza, claridad y respeto por la disciplina sacramental de la otra Iglesia.

En este contexto, para evitar cualquier incomprensión y desarrollar la confianza entre las dos Iglesias, es necesario que los obispos católicos y ortodoxos del mismo territorio se consulten entre sí antes de establecer proyectos pastorales católicos que impliquen la creación de nuevas estructuras en regiones que tradicionalmente forman parte de la jurisdicción de la Iglesia Ortodoxa, con el fin de evitar actividades pastorales paralelas que podrían degenerar rápidamente en rivalidades o incluso en conflictos.

30. Para allanar el camino para las futuras relaciones entre las dos Iglesias, superando la eclesiología obsoleta del retorno a la Iglesia Católica relacionada con el problema objeto de este documento, se prestará especial atención a la preparación de los futuros sacerdotes y de todos aquellos que, de cualquier manera, participan en una actividad apostólica desarrollada en un lugar donde la otra Iglesia tradicionalmente tiene sus raíces. Su educación debe ser objetivamente positiva con respecto a la otra Iglesia. En primer lugar, todos deben ser informados sobre la sucesión apostólica de la otra Iglesia y la autenticidad de su vida sacramental. También se debe ofrecer a todos un conocimiento correcto y completo de la historia, con el objetivo de una historiografía de las dos Iglesias que sea concorde e incluso común. De esta manera, se contribuirá a la disipación de prejuicios y se evitará el uso polémico de la historia. Esta presentación conducirá a la conciencia de que las faltas que conducen a la separación pertenecen a ambas partes, dejando profundas heridas en cada una.

31. Se recordará la exhortación del apóstol Pablo a los corintios (1 Co 6,1-7). Esta recomienda que los cristianos resuelvan sus diferencias mediante el diálogo fraterno, evitando así recurrir a la intervención de las autoridades civiles para encontrar una solución práctica a los problemas que surgen entre las iglesias o las comunidades locales. Esto se aplica en particular a la posesión o devolución de bienes eclesiásticos. Estas soluciones no deben basarse únicamente en situaciones pasadas ni basarse únicamente en principios jurídicos generales, sino que también deben tener en cuenta la complejidad de las realidades actuales y las circunstancias locales.

32. Con este espíritu será posible afrontar en común la tarea de reevangelizar nuestro mundo secularizado. También se procurará proporcionar información objetiva a los medios de comunicación, especialmente a la prensa religiosa, para evitar información tendenciosa y engañosa.

33. Es necesario que las Iglesias se unan para expresar gratitud y respeto hacia todos, conocidos y desconocidos —obispos, sacerdotes o fieles, ortodoxos, católicos, ya sean orientales o latinos— que sufrieron, confesaron su fe, dieron testimonio de su fidelidad a la Iglesia y, en general, hacia todos los cristianos, sin discriminación, que sufrieron persecuciones. Sus sufrimientos nos llaman a la unidad y, por nuestra parte, a dar testimonio común en respuesta a la oración de Cristo: “Que todos sean uno, para que el mundo crea” (Juan 17,21).

34. La Comisión Mixta Internacional para el Diálogo Teológico entre la Iglesia Católica y la Iglesia Ortodoxa, en su reunión plenaria de Balamand, recomienda vivamente que estas reglas prácticas sean puestas en práctica por nuestras Iglesias, incluidas las Iglesias católicas orientales que están llamadas a participar en este diálogo que debe desarrollarse en la atmósfera serena necesaria para su progreso, hacia el restablecimiento de la plena comunión.

35. Excluyendo para el futuro todo proselitismo y todo deseo de expansión por parte de los católicos en detrimento de la Iglesia ortodoxa, la Comisión espera haber superado los obstáculos que impulsaron a ciertas Iglesias autocéfalas a suspender su participación en el diálogo teológico y que la Iglesia ortodoxa podrá reencontrarse plenamente para continuar el trabajo teológico ya tan felizmente iniciado.
 

domingo, 19 de mayo de 1991

DIÁLOGO Y PROCLAMACIÓN (19 DE MAYO DE 1991)


CONSEJO PONTIFICIO PARA EL DIÁLOGO INTERRELIGIOSO

DIÁLOGO Y PROCLAMACIÓN

Reflexiones y orientaciones sobre el diálogo interreligioso

y la proclamación del Evangelio de Jesucristo (1)
 
INTRODUCCIÓN

1. 25 años después de "Nostra Aetate"


Han transcurrido 25 años desde la promulgación de Nostra Aetate, la declaración del Concilio Vaticano II sobre la relación de la Iglesia con las demás religiones. El documento subrayó la importancia del diálogo interreligioso. Asimismo, recordó que la Iglesia tiene el deber de proclamar sin falta a Cristo, Camino, Verdad y Vida, en quien todos los hombres encuentran su plenitud (cf. NA 2).

2. Diálogo y misión

Para fomentar el diálogo, el Papa Pablo VI creó en 1964 la Secretaría para los No Cristianos, recientemente renombrada como Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso. Tras su Asamblea Plenaria de 1984, la Secretaría publicó un documento titulado “La actitud de la Iglesia hacia los seguidores de otras religiones: reflexiones y orientaciones sobre el diálogo y la misión”. Este documento afirma que la misión evangelizadora de la Iglesia es una “realidad única, pero compleja y articulada”. Indica los elementos principales de esta misión: presencia y testimonio; compromiso con el desarrollo social y la liberación humana; vida litúrgica, oración y contemplación; diálogo interreligioso; y, finalmente, proclamación y catequesis (2). La proclamación y el diálogo se consideran, cada uno en su propio lugar, elementos componentes y formas auténticas de la única misión evangelizadora de la Iglesia. Ambos están orientados a la comunicación de la verdad salvífica.

3. Diálogo y proclamación

El presente documento profundiza en estos dos elementos. En primer lugar, expone las características de cada uno y, a continuación, estudia su relación mutua. Si se aborda primero el diálogo, no es porque tenga prioridad sobre la proclamación, sino simplemente porque el diálogo es la principal preocupación del Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso, que impulsó la elaboración del documento. De hecho, el documento se debatió por primera vez durante la Asamblea Plenaria de la Secretaría en 1987. Las observaciones realizadas entonces, junto con consultas posteriores, dieron lugar a este texto, que fue finalizado y adoptado en la Asamblea Plenaria del Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso y la Congregación para la Evangelización de los Pueblos. Ambos dicasterios ofrecen estas reflexiones a la Iglesia universal.

4. Actualidad

Entre las razones que hacen de la relación entre diálogo y proclamación un tema relevante para el estudio, cabe mencionar las siguientes:

a) En el mundo actual, caracterizado por la rápida comunicación, la movilidad de las personas y la interdependencia, existe una nueva conciencia de la pluralidad religiosa. Las religiones no solo existen o sobreviven, sino que, en algunos casos, dan claras muestras de renacimiento. Continúan inspirando e influyendo en la vida de millones de sus seguidores. En el contexto actual de pluralidad religiosa, no se puede pasar por alto el importante papel que desempeñan las tradiciones religiosas.

b) El diálogo interreligioso entre cristianos y seguidores de otras tradiciones religiosas, tal como lo concibió el Concilio Vaticano II, apenas comienza a comprenderse. Su práctica sigue siendo reticente en algunos lugares. La situación varía de un país a otro y puede depender del tamaño de la comunidad cristiana, de la presencia de otras tradiciones religiosas y de diversos factores culturales, sociales y políticos. Un análisis más profundo de la cuestión podría contribuir a estimular el diálogo.

c) La práctica del diálogo suscita inquietudes en muchos. Algunos parecen creer, erróneamente, que en la misión actual de la Iglesia el diálogo debería simplemente sustituir a la proclamación. En el otro extremo, hay quienes no perciben el valor del diálogo interreligioso. Otros, perplejos, se preguntan: si el diálogo interreligioso se ha vuelto tan importante, ¿ha perdido urgencia la proclamación del mensaje evangélico? ¿Se ha vuelto secundario o incluso superfluo el esfuerzo por integrar a las personas en la comunidad de la Iglesia? Por consiguiente, se requiere una guía doctrinal y pastoral a la que este documento pretende contribuir, sin pretender responder plenamente a las numerosas y complejas cuestiones que surgen al respecto.

Cuando este texto se encontraba en su fase final de preparación para su publicación, el Santo Padre, Juan Pablo II, ofreció a la Iglesia su encíclica Redemptoris Missio, en la que abordaba estas cuestiones y muchas más. El presente documento desarrolla con mayor detalle la enseñanza de la encíclica sobre el diálogo y su relación con la proclamación (cf. RM 55-57). Por lo tanto, debe leerse a la luz de dicha encíclica.

5. Día de oración por la paz en Asís

La Jornada Mundial de Oración por la Paz en Asís, celebrada el 27 de octubre de 1986 por iniciativa del Papa Juan Pablo II, ofrece un nuevo estímulo para la reflexión. Tanto ese día como posteriormente, especialmente en su discurso a los Cardenales y a la Curia Romana en diciembre de 1986, el Santo Padre explicó el significado de la celebración de Asís. Subrayó la unidad fundamental del género humano, en su origen y su destino, y el papel de la Iglesia como signo eficaz de esta unidad. Resaltó con contundencia la importancia del diálogo interreligioso, al tiempo que reafirmaba el deber de la Iglesia de anunciar a Jesucristo al mundo (3).

6. El aliento de Juan Pablo II

Al año siguiente, en su discurso a los miembros de la Asamblea Plenaria del Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso, el Papa Juan Pablo II declaró: “Así como el diálogo interreligioso es un elemento de la misión de la Iglesia, la proclamación de la obra salvadora de Dios en Nuestro Señor Jesucristo es otro... No se puede tratar de elegir uno e ignorar o rechazar el otro” (4). El ejemplo dado por el Papa nos anima a prestar mayor atención al tema que nos ocupa.

7. Otros estímulos para abordar el problema.

Este documento está dirigido a todos los católicos, en particular a quienes desempeñan un rol de liderazgo en la comunidad o participan en la formación. Se ofrece también para la consideración de los cristianos pertenecientes a otras Iglesias o comunidades eclesiales que han reflexionado sobre las cuestiones que plantea (5). Se espera que también sea de interés para los seguidores de otras tradiciones religiosas.

Antes de continuar, será útil aclarar los términos que se utilizan en este documento.

8. Evangelización

La misión evangelizadora , o simplemente evangelización, se refiere a la misión de la Iglesia en su totalidad. En la Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi, el término evangelización se interpreta de diversas maneras. Significa “llevar la Buena Nueva a todos los ámbitos de la humanidad y, mediante su impacto, transformarla desde dentro, renovándola” (EN 18). Así, a través de la evangelización, la Iglesia “busca convertir, únicamente por el poder divino del Mensaje que proclama, tanto la conciencia personal como la colectiva de las personas, las actividades que realizan, sus modos de vida y los entornos en los que viven” (EN 18). La Iglesia lleva a cabo su misión evangelizadora mediante diversas actividades. De ahí que exista un concepto amplio de evangelización. Sin embargo, en el mismo documento, la evangelización también se interpreta de forma más específica como “la proclamación clara e inequívoca del Señor Jesús” (EN 22). La Exhortación afirma que “esta proclamación —kerigma, predicación o catequesis— ocupa un lugar tan importante en la evangelización que a menudo se ha convertido en sinónimo de ella; y, sin embargo, es solo un aspecto de la evangelización” (EN 22). En este documento, el término “misión evangelizadora” se utiliza para referirse a la evangelización en su sentido amplio, mientras que el término “proclamación” expresa su significado más específico.

9. Diálogo

El diálogo puede entenderse de diversas maneras. En primer lugar, a nivel puramente humano, significa comunicación recíproca, que conduce a un objetivo común o, a un nivel más profundo, a la comunión interpersonal. En segundo lugar, el diálogo puede considerarse una actitud de respeto y amistad que impregna, o debería impregnar, todas las actividades que constituyen la misión evangelizadora de la Iglesia. Esto puede denominarse apropiadamente “el espíritu del diálogo”. En tercer lugar, en el contexto de la pluralidad religiosa, el diálogo significa “toda relación interreligiosa positiva y constructiva con individuos y comunidades de otras confesiones, orientada a la comprensión y el enriquecimiento mutuos” (6), en obediencia a la verdad y respeto a la libertad. Incluye tanto el testimonio como la exploración de las respectivas convicciones religiosas. Es en este tercer sentido que el presente documento utiliza el término diálogo para referirse a uno de los elementos integrales de la misión evangelizadora de la Iglesia.

10. Proclamación

La proclamación es la comunicación del mensaje del Evangelio, el misterio de la salvación realizado por Dios para todos en Jesucristo por el poder del Espíritu. Es una invitación a un compromiso de fe en Jesucristo y a la entrada, mediante el bautismo, en la comunidad de creyentes que es la Iglesia. Esta proclamación puede ser solemne y pública, como por ejemplo el día de Pentecostés (cf. Hc 2,5-41), o una sencilla conversación privada (cf. Hc 8,30-38). Conduce naturalmente a la catequesis, cuyo objetivo es profundizar en esta fe. La proclamación es el fundamento, el centro y la cumbre de la evangelización (cf. EN 27).

11. Conversión

La idea de conversión siempre implica un movimiento general hacia Dios, “el humilde y penitente retorno del corazón a Dios con el deseo de entregarle la vida con mayor generosidad” (7). Más específicamente, la conversión puede referirse a un cambio de adhesión religiosa, y en particular a la adopción de la fe cristiana. Cuando se utiliza el término “conversión” en este documento, el contexto indicará a qué sentido se refiere.

12. Religiones y tradiciones religiosas

Los términos religiones o tradiciones religiosas se utilizan aquí en un sentido genérico y analógico. Abarcan aquellas religiones que, junto con el cristianismo, suelen remitirse a la fe de Abraham (8), así como las tradiciones religiosas de Asia, África y otros lugares.

13. Nuevos movimientos religiosos

El diálogo interreligioso debería abarcar a todas las religiones y a sus seguidores. Sin embargo, este documento no tratará el diálogo con los seguidores de los "Nuevos Movimientos Religiosos" debido a la diversidad de situaciones que presentan estos movimientos y a la necesidad de discernir los valores humanos y religiosos que cada uno contiene (9).

1. DIÁLOGO INTERRELIGIOSO

1. UN ENFOQUE CRISTIANO DE LAS TRADICIONES RELIGIOSAS

14. Valoración positiva de las tradiciones religiosas

Una valoración justa de otras tradiciones religiosas suele presuponer un contacto cercano con ellas. Esto implica, además del conocimiento teórico, la experiencia práctica del diálogo interreligioso con sus seguidores. Sin embargo, también es cierto que una correcta valoración teológica de estas tradiciones, al menos en términos generales, es un requisito indispensable para el diálogo interreligioso. Estas tradiciones deben abordarse con gran sensibilidad, debido a los valores espirituales y humanos que atesoran. Merecen nuestro respeto porque, a lo largo de los siglos, han sido testigos de los esfuerzos por encontrar respuestas a “los profundos misterios de la condición humana” (NA 1) y han dado expresión a la experiencia religiosa, y continúan haciéndolo hoy.

15. Orientaciones del Concilio Vaticano II

El Concilio Vaticano II ha sido fundamental para esta valoración tan positiva. Es necesario determinar con cuidado y precisión el significado exacto de lo que afirma el Concilio. Este reafirma la doctrina tradicional según la cual la salvación en Jesucristo es, de manera misteriosa, una realidad abierta a todas las personas de buena voluntad. Una clara enunciación de esta convicción fundamental del Vaticano II se encuentra en la Constitución Gaudium et Spes . El Concilio enseña que Cristo, el Nuevo Adán, a través del misterio de su encarnación, muerte y resurrección, obra en cada persona para producir una renovación interior.

“Esto no solo aplica a los cristianos, sino también a todas las personas de buena voluntad en cuyos corazones la gracia actúa invisiblemente. Porque, puesto que Cristo murió por todos, y puesto que todos estamos llamados a un mismo destino, que es divino, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de participar, de una manera conocida por Dios, en el misterio pascual” (GS 22).

16. Los efectos de la gracia divina

El Concilio continúa su labor. Haciendo suya la visión y la terminología de algunos Padres de la Iglesia primitivos, Nostra Aetate habla de la presencia en estas tradiciones de “un rayo de esa Verdad que ilumina a todos” (NA 2). Ad Gentes reconoce la presencia de “semillas de la palabra” y señala “las riquezas que un Dios generoso ha distribuido entre las naciones” (AG 11). Asimismo, Lumen Gentium se refiere al bien que se “encuentra sembrado” no solo “en las mentes y los corazones”, sino también “en los ritos y costumbres de los pueblos” (LG 17).

17. La acción del Espíritu Santo

Estas pocas referencias bastan para demostrar que el Concilio ha reconocido abiertamente la presencia de valores positivos no solo en la vida religiosa de los creyentes de otras tradiciones, sino también en las tradiciones a las que pertenecen. Atribuyó estos valores a la presencia activa de Dios a través de su Palabra, señalando también la acción universal del Espíritu: “Sin duda”, afirma Ad Gentes, “el Espíritu Santo actuaba en el mundo antes de la glorificación de Cristo” (nº 4). De esto se desprende que estos elementos, como preparación para el Evangelio (cf. LG 16), han desempeñado y siguen desempeñando un papel providencial en la economía divina de la salvación. Este reconocimiento impulsa a la Iglesia a entablar “diálogo y colaboración” (NA 2; cf. GS 92-93): “Que los cristianos, al dar testimonio de su propia fe y forma de vida, reconozcan, conserven y fomenten el bien espiritual y moral que se encuentra entre los no cristianos, así como sus valores sociales y culturales”(NA 2).

18. El papel de la actividad de la Iglesia

El Concilio es consciente de la necesidad de la actividad misionera de la Iglesia para perfeccionar en Cristo los elementos presentes en otras religiones. El Concilio afirma con toda claridad: “Toda verdad y gracia que se encuentre entre las naciones, como una especie de presencia secreta de Dios, esta actividad la libera de toda mancha de maldad y la restituye a Cristo, su Creador, quien derriba el dominio del demonio y aleja la múltiple malicia del vicio. Así, todo el bien que se encuentre sembrado en los corazones y las mentes de los hombres, o en los ritos y culturas propios de los distintos pueblos, no se pierde. Más aún, se sana, se ennoblece y se perfecciona para la gloria de Dios, la misma del demonio, y la dicha de los hombres” (AG 9).

19. La historia de la acción salvífica de Dios

El Antiguo Testamento atestigua que desde el principio de la creación Dios estableció un pacto con todos los pueblos (Gn 1:11). Esto demuestra que existe una sola historia de salvación para toda la humanidad. El pacto con Noé, el hombre que “caminó con Dios” (Gn 6:9), simboliza la intervención divina en la historia de las naciones. Figuras no israelitas del Antiguo Testamento aparecen en el Nuevo Testamento como pertenecientes a esta historia de salvación. Abel, Enoc y Noé son propuestos como modelos de fe (cf. Heb 11:4-7). Es esta historia de salvación la que encuentra su cumplimiento final en Jesucristo, en quien se establece el nuevo y definitivo pacto para todos los pueblos.

20. Más allá de los límites del Pueblo Elegido

La conciencia religiosa de Israel se caracteriza por una profunda comprensión de su singular condición de Pueblo Elegido de Dios. Esta elección, acompañada de un proceso de formación y constantes exhortaciones a preservar la pureza del monoteísmo, constituye una misión. Los profetas insisten continuamente en la lealtad y la fidelidad al Único Dios Verdadero y hablan del Mesías prometido. Sin embargo, estos profetas, especialmente durante el Exilio, ofrecen una perspectiva universal, pues la salvación de Dios se entiende que se extiende más allá de Israel y a través de él, hasta las naciones. Así, Isaías predice que en los últimos días las naciones acudirán en masa a la casa del Señor y dirán: “Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob, para que nos enseñe sus caminos y caminemos por sus sendas” (Is 52:10). En la literatura sapiencial, que da testimonio de los intercambios culturales entre Israel y sus vecinos, se afirma claramente la acción de Dios en todo el universo. Va más allá de las fronteras del Pueblo Elegido para abarcar tanto la historia de las naciones como la vida de los individuos.

21. La misión universal de Jesús

En el Nuevo Testamento, vemos que Jesús afirma haber venido a reunir a las ovejas perdidas de Israel (cf. Mt 15:24) y prohíbe a sus discípulos, por el momento, dirigirse a los gentiles (cf. Mt 10:5). Sin embargo, muestra una actitud abierta hacia los hombres y mujeres que no pertenecen al pueblo elegido de Israel. Entabla diálogo con ellos y reconoce la bondad que hay en ellos. Se maravilla de la disposición del centurión a creer, diciendo que no ha hallado tal fe en Israel (cf. Mt 8:5-13). Realiza milagros de sanación para “extranjeros” (cf. Mc 7:24-30; Mt 15:21-28), y estos milagros son señales de la llegada del Reino. Conversa con la mujer samaritana y le habla de un tiempo en que la adoración no estará restringida a un lugar en particular, sino que los verdaderos adoradores “adorarán al Padre en espíritu y en verdad” (Jn 4:23). Jesús abre así un nuevo horizonte, más allá de lo puramente local, hacia una universalidad de carácter cristológico y pneumatológico. Porque el nuevo santuario es ahora el cuerpo del Señor Jesús (cf. Jn 2,21), a quien el Padre resucitó por el poder del Espíritu.

22. El anuncio del Reino de Dios

El mensaje de Jesús, demostrado por el testimonio de su vida, es que en su propia persona el Reino de Dios irrumpe en el mundo. Al comienzo de su ministerio público, en Galilea de las naciones, puede decir: “El tiempo se ha cumplido, y el Reino de Dios está cerca”. También indica las condiciones para entrar en este Reino: “Arrepiéntanse y crean en el Evangelio” (Mc 1,15). Este mensaje no se limita solo a quienes pertenecen al pueblo elegido. De hecho, Jesús anuncia explícitamente la entrada de los gentiles en el Reino de Dios (cf. Mt 8,10-11; Mt 11,20-24; Mt 25,31-32,34), un Reino que debe entenderse como histórico y escatológico a la vez. Es a la vez el Reino del Padre, por cuya venida es necesario orar (cf. Mt 6,10), y el Reino de Jesús, puesto que Jesús se declara abiertamente rey (cf. Jn 18,33-37). En efecto, en Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, encontramos la plenitud de la revelación y la salvación, así como la realización de los anhelos de las naciones.

23. La vocación de todos los pueblos

Las referencias en el Nuevo Testamento a la vida religiosa de los gentiles y a sus tradiciones religiosas pueden parecer contradictorias, pero en realidad son complementarias. Por un lado, está el veredicto negativo de la Carta a los Romanos contra quienes no han reconocido a Dios en su creación y han caído en la idolatría y la depravación (cf. Rm 1,18-32). Por otro lado, los Hechos de los Apóstoles dan testimonio de la actitud positiva y abierta de Pablo hacia los gentiles, tanto en su discurso a los Licaones (cf. Hch 14,8-18) como en su discurso en el Areópago de Atenas, donde alabó su espíritu religioso y les anunció a aquel a quien, sin saberlo, veneraban como el “Dios desconocido” (cf. Hch 17,22-34). Tampoco hay que olvidar que la tradición sapiencial se aplica en el Nuevo Testamento a Jesucristo como la Sabiduría de Dios, la Palabra de Dios que ilumina a todo hombre (cf. Jn 1:9) y que en su Encarnación planta su tienda entre nosotros (cf. Jn 1:14).

24. Los Padres de los primeros siglos

La tradición postbíblica también contiene datos contrastantes. De los escritos de los Padres de la Iglesia se desprenden fácilmente juicios negativos sobre el mundo religioso de su tiempo. Sin embargo, la tradición primitiva muestra una notable apertura. Varios Padres de la Iglesia retoman la tradición sapiencial reflejada en el Nuevo Testamento. En particular, escritores del siglo II y de la primera parte del siglo III, como Justino, Ireneo y Clemente de Alejandría, hablan, explícitamente o de forma equivalente, de las “semillas” sembradas por la Palabra de Dios en las naciones (10). Así, puede decirse que para ellos, antes y fuera de la dispensación cristiana, Dios ya se había manifestado, aunque de forma incompleta. Esta manifestación del Logos es un anticipo de la plena revelación en Jesucristo a la que apunta.

25. La teología de la historia

De hecho, estos primeros Padres de la Iglesia ofrecen lo que podría denominarse una teología de la historia. La historia se convierte en historia de la salvación, en la medida en que a través de ella Dios se manifiesta progresivamente y se comunica con la humanidad. Este proceso de manifestación y comunicación divina alcanza su punto culminante en la encarnación del Hijo de Dios en Jesucristo. Por esta razón, Ireneo distingue cuatro “pactos” dados por Dios a la humanidad: en Adán, en Noé, en Moisés y en Jesucristo (11). Esta misma corriente patrística, cuya importancia no debe subestimarse, culmina en Agustín, quien en sus obras posteriores destacó la presencia e influencia universales del misterio de Cristo incluso antes de la Encarnación. En cumplimiento de su plan de salvación, Dios, en su Hijo, ha alcanzado a toda la humanidad. Así, en cierto sentido, el cristianismo ya existe “al comienzo de la humanidad” (12).

26. La contribución del Magisterio

Fue a esta visión cristiana primitiva de la historia a la que hizo referencia el Concilio Vaticano II. Tras el Concilio, el Magisterio de la Iglesia, especialmente el del Papa Juan Pablo II, ha continuado en la misma dirección. En primer lugar, el Papa reconoce explícitamente la presencia operativa del Espíritu Santo en la vida de los miembros de otras tradiciones religiosas, como cuando en Redemptor Hominis habla de su “firme fe” como “efecto del Espíritu de la verdad que actúa fuera de los límites visibles del Cuerpo Místico” (n.º 6). En Dominum et Vivificantem, da un paso más allá, afirmando la acción universal del Espíritu Santo en el mundo anterior a la dispensación cristiana, a la que fue ordenado, y refiriéndose a la acción universal del mismo Espíritu hoy, incluso fuera del cuerpo visible de la Iglesia (cf. n.º 53).

27. Juan Pablo II y su acercamiento a otras tradiciones religiosas

En su discurso a la Curia Romana tras la Jornada Mundial de Oración por la Paz en Asís, el Papa Juan Pablo II recalcó una vez más la presencia universal del Espíritu Santo, afirmando que “toda oración auténtica es suscitada por el Espíritu Santo, que está misteriosamente presente en el corazón de cada persona”, cristiana o no. Pero, nuevamente, en el mismo discurso, el Papa, trascendiendo la perspectiva individual, articuló los elementos principales que, en conjunto, constituyen la base teológica para una actitud positiva hacia otras tradiciones religiosas y la práctica del diálogo interreligioso.

28. El misterio de la unidad de toda la humanidad

En primer lugar, cabe destacar que toda la humanidad conforma una sola familia, debido al origen común de todos los hombres y mujeres, creados por Dios a su imagen y semejanza. En consecuencia, todos estamos llamados a un destino común: la plenitud de la vida en Dios. Además, existe un único plan de salvación para la humanidad, centrado en Jesucristo, quien en su encarnación “se unió de cierta manera a cada persona” (RH 13; cf. GS 22.2). Finalmente, es necesario mencionar la presencia activa del Espíritu Santo en la vida religiosa de los miembros de las demás tradiciones religiosas. De todo esto, el Papa concluye que existe un “misterio de unidad” que se manifestó claramente en Asís, “a pesar de las diferencias entre las profesiones religiosas” (13).

29. La unidad de la salvación

De este misterio de unidad se deduce que todos los hombres y mujeres salvados participan, aunque de manera diferente, del mismo misterio de salvación en Jesucristo por medio de su Espíritu. Los cristianos lo saben por su fe, mientras que otros desconocen que Jesucristo es la fuente de su salvación. El misterio de la salvación les llega, de una forma conocida por Dios, mediante la acción invisible del Espíritu de Cristo. Concretamente, será en la práctica sincera de lo bueno de sus propias tradiciones religiosas y siguiendo los dictados de su conciencia que los miembros de otras religiones responderán positivamente a la invitación de Dios y recibirán la salvación en Jesucristo, aun cuando no lo reconozcan como su salvador (cf. AG 3,9,11).

30. La necesidad de discernimiento

Los frutos del Espíritu de Dios en la vida personal de los individuos, sean cristianos o no, son fácilmente discernibles (cf. Gá 5,22-23). ​​Identificar en otras tradiciones religiosas elementos de gracia capaces de sostener la respuesta positiva de sus miembros a la invitación de Dios es mucho más difícil. Requiere un discernimiento para el cual es necesario establecer criterios. Sin duda, las personas sinceras, marcadas por el Espíritu de Dios, han dejado su huella en la elaboración y el desarrollo de sus respectivas tradiciones religiosas. Sin embargo, esto no implica que todo en ellas sea bueno.

31. Valores y contradicciones

Decir que otras tradiciones religiosas incluyen elementos de la gracia no implica que todo en ellas sea resultado de la gracia. El pecado ha estado presente en el mundo, y por ello las tradiciones religiosas, a pesar de sus valores positivos, reflejan las limitaciones del espíritu humano, a veces inclinado a elegir el mal. Una actitud abierta y positiva hacia otras tradiciones religiosas no puede pasar por alto las contradicciones que puedan existir entre ellas y la revelación cristiana. Debe, cuando sea necesario, reconocer que existe incompatibilidad entre algunos elementos fundamentales de la religión cristiana y ciertos aspectos de dichas tradiciones.

32. Diálogo y purificación

Esto significa que, si bien los cristianos deben entablar un diálogo abierto con los seguidores de otras tradiciones religiosas, también deben interpelarlos pacíficamente respecto al contenido de su fe. Pero los cristianos también deben permitirse ser cuestionados. A pesar de la plenitud de la revelación de Dios en Jesucristo, la manera en que los cristianos a veces entienden y practican su religión puede necesitar purificación.

2. EL LUGAR DEL DIÁLOGO INTERRELIGIOSO EN LA MISIÓN EVANGELIZADORA DE LA IGLESIA

33. La Iglesia, sacramento universal de salvación.

La Iglesia, querida por Dios e instituida por Cristo, es, en la plenitud de los tiempos, signo e instrumento del plan divino de salvación (cf. LG 1), cuyo centro es el misterio de Cristo. Es el “sacramento universal de la salvación” (LG 48) y “necesaria para la salvación” (LG 14). El mismo Señor Jesús inauguró su misión “anunciando la buena noticia, es decir, la llegada del Reino de Dios” (LG 5).

34. Semilla y comienzo del Reino

La relación entre la Iglesia y el Reino es misteriosa y compleja. Como enseña el Concilio Vaticano II, “principalmente el Reino se revela en la persona de Cristo mismo”. Sin embargo, la Iglesia, que ha recibido del Señor Jesús la misión de proclamar el Reino, “es, en la tierra, la semilla y el comienzo de ese Reino”. Al mismo tiempo, la Iglesia “crece lentamente hasta alcanzar la madurez y anhela el Reino consumado” (LG 5). Así, “el Reino es inseparable de la Iglesia, porque ambos son inseparables de la persona y la obra de Jesús mismo... Por lo tanto, no es posible separar la Iglesia del Reino como si la primera perteneciera exclusivamente al ámbito imperfecto de la historia, mientras que el segundo sería la perfecta consumación escatológica del plan divino de salvación” (14).

35. Las tradiciones religiosas y la Iglesia

A la Iglesia, como sacramento en el que el Reino de Dios está presente “en misterio”, se relacionan u orientan (ordinantur ) (cf. LG 16) los miembros de otras tradiciones religiosas que, en la medida en que responden a la llamada de Dios según la percibe su conciencia, se salvan en Jesucristo y, por lo tanto, participan ya de alguna manera de la realidad que significa el Reino. La misión de la Iglesia es fomentar “el Reino de nuestro Señor y de su Cristo” (Ap 11,15), a cuyo servicio está puesta. Parte de su función consiste en reconocer que la incipiente realidad de este Reino puede encontrarse también fuera de los límites de la Iglesia, por ejemplo, en los corazones de los seguidores de otras tradiciones religiosas, en cuanto viven los valores evangélicos y están abiertos a la acción del Espíritu. Sin embargo, hay que recordar que se trata, en efecto, de una realidad incipiente, que necesita completarse al relacionarse con el Reino de Cristo, ya presente en la Iglesia, pero que se realiza plenamente solo en el mundo venidero.

36. La Iglesia peregrina

La Iglesia terrenal está siempre en peregrinación. Si bien es santa por institución divina, sus miembros no son perfectos; llevan la impronta de sus limitaciones humanas. Por consiguiente, su transparencia como sacramento de salvación se ve empañada. Por ello, la Iglesia misma, “en cuanto institución de hombres aquí en la tierra”, y no solo sus miembros, necesita constantemente renovación y reforma (cf. UR 6).

37. Hacia la plenitud de la verdad divina

Respecto a la Revelación divina, el Concilio enseñó que “la verdad más íntima que esta revelación nos da sobre Dios y la salvación del hombre resplandece en Cristo, quien es a la vez mediador y suma total de la revelación” (DV 2). Fieles al mandato recibido del mismo Cristo, los apóstoles transmitieron esta Revelación. Sin embargo, “la Tradición que proviene de los apóstoles progresa en la Iglesia, con la ayuda del Espíritu Santo. Se produce un crecimiento en la comprensión de las realidades y las palabras que se transmiten” (DV 8). Esto sucede mediante el estudio y la experiencia espiritual. También se produce a través de la enseñanza de los obispos que han recibido un carisma seguro de la verdad. Así, la Iglesia “avanza siempre hacia la plenitud de la verdad divina, hasta que finalmente las palabras de Dios se cumplen en ella” (DV 8). Esto no contradice en absoluto la institución divina de la Iglesia ni la plenitud de la Revelación de Dios en Jesucristo que le ha sido confiada.

38. Diálogo de salvación

En este contexto, resulta más fácil comprender por qué y en qué sentido el diálogo interreligioso es un elemento integral de la misión evangelizadora de la Iglesia. El fundamento del compromiso de la Iglesia con el diálogo no es meramente antropológico, sino principalmente teológico. Dios, en un diálogo que se remonta a siglos atrás, ha ofrecido y sigue ofreciendo la salvación a la humanidad. En fidelidad a la iniciativa divina, la Iglesia también debe entablar un diálogo de salvación con todos los hombres y mujeres.

39. Métodos de presencia, respeto y amor hacia todos.

El Papa Pablo VI lo enseñó claramente en su primera encíclica, Ecclesiam Suam. El Papa Juan Pablo II también destacó la llamada de la Iglesia al diálogo interreligioso y le atribuyó el mismo fundamento. Dirigiéndose a la Asamblea Plenaria de 1984 del Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso, el Papa declaró: “El diálogo (interreligioso) es fundamental para la Iglesia, que está llamada a colaborar en el plan de Dios con sus métodos de presencia, respeto y amor hacia todas las personas”. A continuación, llamó la atención sobre un pasaje de Ad Gentes: “estrechamente unidos a los hombres en su vida y obra, los discípulos de Cristo esperan dar a los demás un verdadero testimonio de Cristo y trabajar por esta salvación, incluso cuando no pueden proclamar a Cristo plenamente” (AG 12). Precedió a esto diciendo: “el diálogo encuentra su lugar dentro de la misión salvífica de la Iglesia; por esta razón es un diálogo de salvación” (15).

40. Colabora con el Espíritu Santo.

En este diálogo de salvación, cristianos y otros están llamados a colaborar con el Espíritu del Señor Resucitado, que está presente y activo en todo el mundo. El diálogo interreligioso no solo busca la comprensión mutua y las relaciones amistosas.

Alcanza un nivel mucho más profundo, el del espíritu, donde el intercambio y el compartir consisten en un testimonio mutuo de las propias creencias y una exploración común de las respectivas convicciones religiosas. En el diálogo, cristianos y no cristianos son invitados a profundizar su compromiso religioso, a responder con creciente sinceridad al llamado personal de Dios y a la entrega de sí mismos, que, como nos enseña nuestra fe, siempre pasa por la mediación de Jesucristo y la obra de su Espíritu.

41. Conversión a Dios

Con este objetivo, que es una conversión más profunda de todos hacia Dios, el diálogo interreligioso posee una validez propia. En este proceso de conversión, “se puede optar por abandonar la situación espiritual o religiosa previa para orientarse hacia otra” (16). El diálogo sincero implica, por un lado, la aceptación mutua de las diferencias, e incluso de las contradicciones, y por otro, el respeto a la libre decisión de las personas, tomada según los dictados de su conciencia (cf. DH 2). No obstante, conviene tener presente la enseñanza del Concilio: “Todos los hombres están obligados a buscar la verdad, especialmente en lo que respecta a Dios y a su Iglesia, y a abrazarla y conservarla a medida que la conocen” (DH 1).

3. FORMAS DE DIÁLOGO

42. Las formas del diálogo


Existen diferentes formas de diálogo interreligioso. Puede ser útil recordar las mencionadas en el documento de 1984 del Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso (17). En él se hablaba de cuatro formas, sin pretender establecer entre ellas ningún orden de prioridad:

a) El diálogo de la vida, donde las personas se esfuerzan por vivir con un espíritu abierto y de buena vecindad, compartiendo sus alegrías y tristezas, sus problemas y preocupaciones humanas.

b) El diálogo de acción , en el que cristianos y otros colaboran para el desarrollo integral y la liberación de las personas.

c) El diálogo de intercambio teológico, donde los especialistas buscan profundizar su comprensión de sus respectivas herencias religiosas y apreciar los valores espirituales de los demás.

d) El diálogo de la experiencia religiosa, donde las personas, arraigadas en sus propias tradiciones religiosas, comparten sus riquezas espirituales, por ejemplo, en lo que respecta a la oración y la contemplación, la fe y las formas de buscar a Dios o lo Absoluto.

43. La interdependencia de las diversas formas de diálogo.

No debemos perder de vista esta variedad de formas de diálogo. Si se redujera al intercambio teológico, el diálogo podría considerarse fácilmente un lujo en la misión de la Iglesia, un ámbito reservado a los especialistas. Por el contrario, guiadas por el Papa y sus obispos, todas las Iglesias locales, y todos sus miembros, están llamadas al diálogo, aunque no todos de la misma manera. Además, se observa que las diferentes formas están interconectadas. Los contactos en la vida cotidiana y el compromiso común con la acción suelen abrir la puerta a la cooperación en la promoción de los valores humanos y espirituales; también pueden conducir, a la larga, al diálogo de la experiencia religiosa en respuesta a las grandes preguntas que las circunstancias de la vida no dejan de suscitar en la mente de las personas (cf. NA 2). Los intercambios a nivel de la experiencia religiosa pueden dinamizar las discusiones teológicas. Estas, a su vez, pueden enriquecer la experiencia y fomentar una mayor cercanía.

44. Diálogo y liberación humana

Es fundamental destacar la importancia del diálogo para el desarrollo integral, la justicia social y la liberación humana. Las iglesias locales, como testigos de Cristo, están llamadas a comprometerse en este sentido de manera desinteresada e imparcial. Es necesario defender los derechos humanos, proclamar las exigencias de justicia y denunciar la injusticia, no solo cuando sus propios miembros son víctimas, sino independientemente de la afiliación religiosa de las víctimas. Asimismo, es necesario unir esfuerzos para resolver los grandes problemas que afrontan la sociedad y el mundo, así como para promover la educación para la justicia y la paz.

45. Diálogo y cultura

Otro contexto en el que el diálogo interreligioso resulta urgente hoy en día es el de la cultura. La cultura es más amplia que la religión. Según una concepción, la religión puede considerarse la dimensión trascendente de la cultura y, en cierto modo, su esencia. Las religiones, sin duda, han contribuido al progreso de la cultura y a la construcción de una sociedad más humana. Sin embargo, las prácticas religiosas a veces han ejercido una influencia alienante sobre las culturas. Hoy en día, una cultura secular autónoma puede desempeñar un papel fundamental con respecto a los aspectos negativos de determinadas religiones. La cuestión es compleja, pues varias tradiciones religiosas pueden coexistir dentro de un mismo marco cultural, mientras que, a la inversa, una misma religión puede expresarse en diferentes contextos culturales. Asimismo, las diferencias religiosas pueden dar lugar a culturas distintas en una misma región.

46. ​​Tensiones y conflictos

El mensaje cristiano respalda muchos valores presentes en la sabiduría y la rica herencia de las culturas, pero también puede cuestionar valores culturalmente aceptados. Un diálogo atento implica reconocer y aceptar valores culturales que respeten la dignidad y el destino trascendente de la persona humana. Sin embargo, puede ocurrir que algunos aspectos de las culturas cristianas tradicionales se vean desafiados por las culturas locales de otras tradiciones religiosas (cf. EN 20). En estas complejas relaciones entre cultura y religión, el diálogo interreligioso a nivel cultural adquiere gran importancia. Su objetivo es eliminar tensiones, conflictos y posibles confrontaciones mediante una mejor comprensión entre las diversas culturas religiosas de una región determinada. Puede contribuir a purificar las culturas de cualquier elemento deshumanizador y, por lo tanto, ser un agente de transformación. También puede ayudar a preservar ciertos valores culturales tradicionales que se ven amenazados por la modernidad y la homogeneización que puede acarrear la internacionalización indiscriminada.

4. DISPOSICIONES PARA EL DIÁLOGO INTERRELIGIOSO Y SUS FRUTOS

47. Una actitud equilibrada


El diálogo exige, tanto por parte de los cristianos como de los seguidores de otras tradiciones, una actitud equilibrada. No deben ser ingenuos ni excesivamente críticos, sino abiertos y receptivos. Ya se han mencionado el altruismo y la imparcialidad, la aceptación de las diferencias y de las posibles contradicciones. La voluntad de participar juntos en el compromiso con la verdad y la disposición a dejarse transformar por el encuentro son otras disposiciones necesarias.

48. Convicción religiosa

Esto no significa que, al entablar un diálogo, los interlocutores deban dejar de lado sus respectivas convicciones religiosas. Todo lo contrario: la sinceridad del diálogo interreligioso exige que cada uno participe con la integridad de su propia fe. Al mismo tiempo, sin dejar de creer firmemente que en Jesucristo, único mediador entre Dios y el hombre (cf. 1 Timoteo 2:4-6), se les ha revelado la plenitud de la verdad, los cristianos deben recordar que Dios también se ha manifestado de alguna manera a los seguidores de otras tradiciones religiosas. Por consiguiente, es con mente abierta que se acercan a las convicciones y valores de los demás.

49. Apertura a la verdad

Además, la plenitud de la verdad recibida en Jesucristo no garantiza a los cristianos individualmente que la hayan comprendido plenamente. En última instancia, la verdad no es algo que poseemos, sino una persona por la cual debemos permitirnos ser poseídos. Este es un proceso continuo. Sin perder su identidad, los cristianos deben estar dispuestos a aprender y a recibir, a través de otros, los valores positivos de sus tradiciones. Mediante el diálogo, pueden verse impulsados ​​a abandonar prejuicios arraigados, a revisar ideas preconcebidas e incluso, en ocasiones, a permitir que su comprensión de la fe se purifique.

50. Nuevas dimensiones de la fe

Si los cristianos cultivan esta apertura y se dejan poner a prueba, podrán cosechar los frutos del diálogo. Descubrirán con admiración todo lo que la acción de Dios a través de Jesucristo en su Espíritu ha realizado y sigue realizando en el mundo y en toda la humanidad. Lejos de debilitar su fe, el verdadero diálogo la profundizará. Tomarán mayor conciencia de su identidad cristiana y percibirán con mayor claridad los elementos distintivos del mensaje cristiano. Su fe adquirirá nuevas dimensiones al descubrir la presencia activa del misterio de Jesucristo más allá de los límites visibles de la Iglesia y del redil cristiano.

5. OBSTÁCULOS PARA EL DIÁLOGO

51. Obstáculos o diálogo


A nivel puramente humano, entablar un diálogo no es fácil. El diálogo interreligioso lo es aún más. Es importante tener en cuenta los obstáculos que puedan surgir. Algunos afectan por igual a los miembros de todas las tradiciones religiosas e impiden el éxito del diálogo. Otros pueden afectar más específicamente a ciertas tradiciones religiosas y dificultar el inicio de un proceso de diálogo. A continuación, se mencionarán algunos de los obstáculos más importantes.

52. Factores humanos

a) Fundamentación insuficiente en la propia fe.

b) Conocimiento y comprensión insuficientes de las creencias y prácticas de otras religiones, lo que lleva a una falta de aprecio por su importancia e incluso, en ocasiones, a una tergiversación.

d) Factores sociopolíticos o algunas cargas del pasado.

e) Comprensión errónea del significado de términos como conversión, bautismo, diálogo, etc.

f) Autosuficiencia, falta de apertura que conduce a actitudes defensivas o agresivas.

g) Una falta de convicción respecto al valor del diálogo interreligioso, que algunos pueden ver como una tarea reservada a los especialistas, y otros como un signo de debilidad o incluso una traición a la fe.

h) Sospecha sobre los motivos del otro en el diálogo.

i) Un espíritu polémico al expresar convicciones religiosas.

j) La intolerancia, que a menudo se ve agravada por la asociación con factores políticos, económicos, raciales y étnicos, y la falta de reciprocidad en el diálogo, lo que puede conducir a la frustración.

k) Ciertas características del clima religioso actual, por ejemplo, el creciente materialismo, la indiferencia religiosa y la multiplicación de sectas religiosas que crean confusión y plantean nuevos problemas.

53. La iniciativa de Dios

Muchos de estos obstáculos surgen de la falta de comprensión de la verdadera naturaleza y el objetivo del diálogo interreligioso. Por lo tanto, es necesario explicarlos constantemente. Se requiere mucha paciencia. Cabe recordar que el compromiso de la Iglesia con el diálogo no depende del éxito en la consecución de la comprensión y el enriquecimiento mutuos, sino que emana de la iniciativa de Dios al entablar un diálogo con la humanidad y del ejemplo de Jesucristo, cuya vida, muerte y resurrección dieron a ese diálogo su máxima expresión.

54. El intercambio de valores evangélicos

Además, los obstáculos, si bien reales, no deben llevarnos a subestimar las posibilidades del diálogo ni a pasar por alto los resultados ya alcanzados. Se ha producido un aumento en la comprensión mutua y en la cooperación activa. El diálogo ha tenido un impacto positivo en la propia Iglesia. Otras religiones también se han visto impulsadas, a través del diálogo, hacia la renovación y una mayor apertura. El diálogo interreligioso ha permitido a la Iglesia compartir los valores del Evangelio con otros. Por lo tanto, a pesar de las dificultades, el compromiso de la Iglesia con el diálogo permanece firme e irrevocable.

2. PROCLAMANDO A JESUCRISTO

1. EL MANDATO DEL SEÑOR RESUCITADO

55. Mensajeros del Evangelio

El Señor Jesús encomendó a sus discípulos la tarea de proclamar el Evangelio. Este hecho se relata en los cuatro Evangelios y en los Hechos de los Apóstoles. Sin embargo, existen ciertas diferencias entre las distintas versiones. En Mateo, Jesús dice a sus discípulos: “Se me ha dado toda autoridad en el cielo y en la tierra. Por tanto, vayan y hagan discípulos de todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado; y así estaré con ustedes siempre, hasta el fin del mundo” (Mt 28:128-120).

En Marcos, el mandato se da de forma más concisa: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado será salvo; pero el que no crea será condenado” (Mc 16:15-16).

En Lucas, la expresión es menos directa: “Así está escrito que el Cristo debía padecer y resucitar al tercer día, y que en su nombre se predicaría el arrepentimiento y el perdón de los pecados a todas las naciones, comenzando desde Jerusalén. Vosotros sois testigos de estas cosas” (Lc 24:46-48).

En Hechos, se enfatiza el alcance de este testimonio: "Pero recibiréis poder cuando el Espíritu Santo haya venido sobre vosotros; y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra" (Hc 1:8).

En Juan, la misión se expresa de manera diferente: “Como tú me enviaste al mundo, así yo los he enviado al mundo” (Jn 17:18); “Como el Padre me envió, así yo los envío a ustedes” (Jn 20:21).

Anunciar la Buena Nueva a todos, dar testimonio, hacer discípulos, bautizar, enseñar: todos estos aspectos entran en la misión evangelizadora de la Iglesia, pero deben verse a la luz de la misión realizada por el mismo Jesús, la misión que recibió del Padre.

56. La presencia del Reino

Jesús proclamó el Evangelio de Dios diciendo: “El tiempo se ha cumplido, y el Reino de Dios está cerca; arrepiéntanse y crean en el Evangelio” (Mc 1,14-15). Este pasaje resume el ministerio de Jesús. Jesús no proclama esta Buena Nueva del Reino solo con palabras, sino también con sus acciones, actitudes y opciones, de hecho, a través de toda su vida y, finalmente, mediante su muerte y resurrección. Sus parábolas, sus milagros, los exorcismos que realiza, todo está relacionado con el Reino de Dios que anuncia. Este Reino, además, no es solo algo que se predica, completamente ajeno a su persona. Jesús deja claro que es a través de él y en él que el Reino de Dios se está manifestando en el mundo (cf. Lc 17,20-22), que en él el Reino ya ha llegado a nosotros, aunque todavía necesita desarrollarse plenamente (18).

57. Testigo a través de la vida
 
Su enseñanza se confirma con su vida. “Aunque no crean en mí, crean al menos en la obra que hago” (Jn 10:38). De igual modo, sus acciones se explican por sus palabras, que brotan de su conciencia de ser uno con el Padre. “Les aseguro que el Hijo no puede hacer nada por sí mismo; solo puede hacer lo que ve hacer al Padre” (Jn 5:19). En el juicio ante Pilato, Jesús dice que ha venido al mundo “para dar testimonio de la verdad” (Jn 18:37). El Padre también da testimonio de él, tanto en palabras dichas desde el cielo como en las obras poderosas, las señales, que Jesús es capacitado para realizar. Es el Espíritu quien “sella” el testimonio de Jesús, autenticándolo como verdadero (cf. Jn 3:32-35).

2. EL PAPEL DE LA IGLESIA

58. La actividad de la Iglesia para la proclamación

Es en este contexto que debe entenderse el mandato que el Señor Resucitado dio a la Iglesia Apostólica. La misión de la Iglesia es proclamar el Reino de Dios establecido en la tierra en Jesucristo, a través de su vida, muerte y resurrección, como la oferta decisiva y universal de salvación de Dios al mundo. Por esta razón, “no hay verdadera evangelización si no se proclaman el nombre, la enseñanza, la vida, las promesas, el Reino y el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios” (EN 22). Existe una continuidad entre el Reino predicado por Jesús y el misterio de Cristo anunciado por la Iglesia.

59. Al servicio del Reino

Continuando la misión de Jesús, la Iglesia es “la semilla y el principio” del Reino (cf. LG 5). Está al servicio de este Reino y da testimonio de él. Esto incluye el testimonio de la fe en Cristo, el Salvador, puesto que este es el núcleo mismo de la fe y la vida de la Iglesia. En la historia de la Iglesia, todos los Apóstoles fueron testigos de la vida, muerte y resurrección de Cristo (cf. Hc 2,32; 3,15; 10,39; 13,31; 23,11). El testimonio se da mediante palabras y obras que no deben contraponerse. La obra valida la palabra, pero sin la palabra la obra puede malinterpretarse. El testimonio de los Apóstoles, tanto en palabras como en signos, está subordinado al Espíritu Santo, enviado por el Padre para cumplir esta misión de testimonio (cf. Jn 15,26 ss.; 1 Jn 5,7-10; Hc 5,32).

3. EL CONTENIDO DE LA PROCLAMACIÓN

60. Pedro anuncia a Cristo resucitado.

En el día de Pentecostés, en cumplimiento de la promesa de Cristo, el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles. En aquel tiempo, “había en Jerusalén hombres piadosos de todas las naciones bajo el cielo” (Hch 2:5). La lista de personas presentes, que figura en el libro de los Hechos, subraya la importancia universal de este primer acontecimiento eclesial. En nombre de los Once, Pedro se dirigió a los allí reunidos, anunciando a Jesús, a quien Dios había elogiado con milagros y prodigios, crucificado por los hombres pero resucitado por Dios. Concluyó: “Por eso toda la casa de Israel puede estar segura de que a este Jesús, a quien ustedes crucificaron, Dios lo ha hecho Señor y Cristo” (Hch 2:36). A continuación, invitó a sus oyentes a arrepentirse, a convertirse en discípulos de Jesús mediante el bautismo en su nombre para el perdón de los pecados y, así, recibir el don del Espíritu Santo. Poco después, ante el Sanedrín, Pedro dio testimonio de su fe en Cristo resucitado, afirmando claramente: “Solo en él hay salvación, pues de todos los nombres que se le han dado a los hombres en el mundo, este es el único por el cual podemos ser salvos” (Hechos 4:11-12). La naturaleza universal del mensaje cristiano de salvación se pone de manifiesto nuevamente en el relato de la conversión de Cornelio. Cuando Pedro dio testimonio de la vida y obra de Jesús, desde el comienzo de su ministerio en Galilea hasta su Resurrección, “el Espíritu Santo descendió sobre todos los que lo escuchaban”, de modo que quienes habían acompañado a Pedro se asombraron “de que el don del Espíritu Santo se derramara también sobre los gentiles” (Hechos 10:44-45).

61. Pablo anuncia el misterio que se mantuvo oculto durante siglos.

Por lo tanto, los apóstoles, tras el evento de Pentecostés, se presentan como testigos de la resurrección de Cristo (cf. Hch 1,22; 4,33; 5,32-33), o, en una fórmula más concisa, simplemente como testigos de Cristo (cf. Hch 3,15; 13,31). Esto se evidencia claramente en Pablo, “llamado a ser apóstol, apartado para el servicio del Evangelio” (Rm 1,1), quien recibió de Jesucristo la “misión apostólica de ganar la obediencia de la fe entre todas las naciones para la gloria de su nombre” (Rm 1,5). Pablo predica “el Evangelio que Dios prometió hace mucho tiempo por medio de sus profetas en las Sagradas Escrituras” (Rm 1,2), el “Evangelio de su Hijo” (Rm 1,9). Él predica a un Cristo crucificado: “un tropezadero para los judíos y una locura para los gentiles” (1 Co 1:23; cf. 2:2), “porque nadie puede poner otro fundamento que el que ya está puesto” (1 Co 3:11). Todo el mensaje de Pablo se resume, por así decirlo, en su solemne declaración a los Efesios: “Yo, que soy el menor de todos los santos de Dios, he recibido esta gracia especial: anunciar a los gentiles este insondable tesoro de Cristo y arrojar luz sobre los misterios que se han mantenido ocultos desde siempre en Dios, el Creador de todo”, esta multifacética sabiduría de Dios que ahora ha revelado por medio de la Iglesia, “conforme al plan que había formado desde la eternidad en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Ef 3:8-11). El mismo mensaje se encuentra en las Cartas Pastorales. Dios “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Porque estos son un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, quien se entregó a sí mismo en rescate por todos” (1 Timoteo 2:4-6). Este “misterio de nuestra religión”, que es “muy profundo”, se expresa en un fragmento litúrgico: “Se manifestó en la carne, fue justificado en el espíritu, visto por los ángeles, predicado entre las naciones, creído en el mundo, recibido en la gloria” (1 Timoteo 3:16).

62. Juan dio testimonio de la Palabra de Vida.

Al dirigirnos al apóstol Juan, encontramos que se presenta ante todo como testigo, alguien que ha visto a Jesús y descubierto su misterio (cf. Jn 13,23-25; 21,24). “Les anunciamos lo que hemos visto y oído” —del Verbo de vida— “para que también ustedes participen de nuestra vida” (1 Jn 4,14). El centro del mensaje de Juan es la Encarnación: “El Verbo se hizo carne, habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria que tiene del Padre como Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1,14). Por lo tanto, a través de Jesús se puede ver al Padre (cf. Jn 14,9); él es el camino hacia el Padre (cf. Jn 14,6). Elevado en la cruz, atrae a todos hacia sí (cf. Jn 12,32). Él es verdaderamente “el Salvador del mundo” (Jn 4,42).

63. El poder de la Palabra anunciado por la Iglesia

“Proclamad la palabra”, escribe Pablo a Timoteo (2 Timoteo 4:2). El contenido de esta palabra se expresa de diversas maneras: es el Reino (cf. Hch 20:25), el Evangelio del Reino (cf. Mt 24:14), el Evangelio de Dios (cf. Mc 1:14; 1 Timoteo 2:9). Pero estas distintas formulaciones significan en realidad lo mismo: predicar a Jesús (cf. Hch 9:20; 19:13), predicar a Cristo (cf. Hch 8:5). Así como Jesús pronunció las propias palabras de Dios (cf. Jn 3:34), así los apóstoles predican la palabra de Dios, pues Jesús, a quien predican, es la Palabra.
 
El mensaje cristiano, por lo tanto, es poderoso y debe ser acogido por lo que realmente es: “no palabra de hombre alguno, sino palabra de Dios” (1 Tesalonicenses 2:13). Aceptada con fe, la palabra será “viva y eficaz”, penetrando “con más fuerza que cualquier espada de dos filos” (Hebreos 4:12). Será una palabra que purifica (cf. Juan 15:3), será la fuente de la verdad que trae libertad (cf. Juan 8:31-32). La palabra se convertirá en una presencia interior: “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Juan 14:23). Esta es la palabra de Dios que los cristianos deben proclamar.

4. LA PRESENCIA Y EL PODER DEL ESPÍRITU SANTO

64. La presencia del Espíritu Santo


Al proclamar esta palabra, la Iglesia sabe que puede confiar en el Espíritu Santo, quien impulsa su proclamación y guía a quienes la escuchan a la obediencia de la fe. “Es el Espíritu Santo quien hoy, como en los inicios de la Iglesia, actúa en todo evangelizador que se deja poseer y guiar por él. El Espíritu Santo pone en sus labios las palabras que él mismo no podría encontrar, y al mismo tiempo predispone el alma del oyente a estar abierta y receptiva a la Buena Nueva y al Reino que se proclama” (EN 75).

65. El poder del Espíritu Santo

La fuerza del Espíritu se evidencia en el hecho de que el testimonio más poderoso suele darse precisamente cuando el discípulo se encuentra más indefenso, incapaz de palabra o obra, y aun así permanece fiel. Como dice Pablo: “Con mucho gusto me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo. Por amor a Cristo, me gozo en las debilidades, en los insultos, en las dificultades, en las persecuciones y en las calamidades; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Corintios 12:9-10). El testimonio mediante el cual el Espíritu lleva a hombres y mujeres a conocer a Jesús como Señor no es obra humana, sino obra de Dios.

5. LA URGENCIA DE LA PROCLAMACIÓN

66. El deber de anunciar

El Papa Pablo VI afirmó en su Exhortación Evangelii Nuntiandi: “La presentación del mensaje del Evangelio no es opcional para la Iglesia. Es su deber, por mandato del Señor Jesús, para que los hombres crean y se salven. Este mensaje es, en efecto, necesario. Es único e irremplazable. No admite indiferencia, sincretismo ni compromiso, pues concierne a la salvación de la humanidad” (EN 5). Pablo ya había señalado la urgencia: “¿Cómo, pues, invocarán a Jesús si no han creído en él? ¿Y cómo creerán en él si no han oído hablar de él? ¿Y cómo oirán hablar de él si no hay quien les predique?... Pero así es como viene la fe: por el oír, y eso significa oír la palabra de Cristo” (Rm 10,4 ss.).

“Esta ley, establecida un día por el apóstol Pablo, conserva hoy toda su vigencia… es escuchando la Palabra que uno llega a creer” (EN 42). Es oportuno recordar también aquella otra palabra de Pablo: “Porque si predico el Evangelio, no tengo por qué gloriarme; pues me es impuesta la necesidad. ¡Ay de mí si no predico el Evangelio!” (1 Corintios 9:16).

67. Anunciar la salvación en Jesucristo

La proclamación es una respuesta a la aspiración humana de salvación. “Dondequiera que Dios abre una puerta para la palabra con el fin de revelar el misterio de Cristo, entonces el Dios vivo y aquel a quien ha enviado para la salvación de todos, Jesucristo, son proclamados con confianza y perseverancia a todos los hombres. Y esto es para que los no cristianos, cuyos corazones son abiertos por el Espíritu Santo, puedan, creyendo, volverse libremente al Señor, quien, siendo él “el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6), satisfará todas sus esperanzas interiores, o más bien las superará infinitamente” (AG 13).

6. LA FORMA DE PROCLAMACIÓN

68. La guía del Espíritu Santo


Al proclamar el mensaje de Dios en Jesucristo, la Iglesia evangelizadora debe recordar siempre que su tarea no se realiza en el vacío. Pues el Espíritu Santo, el Espíritu de Cristo, está presente y activo entre quienes escuchan la Buena Nueva incluso antes de que la acción misionera de la Iglesia se ponga en marcha (cf. RH 12; DV 53). En muchos casos, es posible que ya hayan respondido implícitamente a la oferta de salvación de Dios en Jesucristo, señal de ello es la práctica sincera de sus propias tradiciones religiosas, en la medida en que estas contengan valores religiosos auténticos. Es posible que ya hayan sido tocados por el Espíritu y que, de alguna manera, se hayan asociado inconscientemente al misterio pascual de Jesucristo (cf. GS 22).

69. Aprende a anunciar

Consciente de lo que Dios ya ha realizado en aquellos a quienes se dirige, la Iglesia busca descubrir la manera correcta de anunciar la Buena Nueva. Se guía por la pedagogía divina. Esto significa aprender del mismo Jesús y observar los tiempos y las estaciones según la inspiración del Espíritu. Jesús reveló progresivamente a sus oyentes el significado del Reino, el plan de salvación de Dios realizado en su propio misterio. Solo gradualmente, y con infinito cuidado, les desveló las implicaciones de su mensaje, su identidad como Hijo de Dios, el escándalo de la Cruz. Incluso sus discípulos más cercanos, como atestiguan los Evangelios, alcanzaron la plena fe en su Maestro solo a través de su experiencia pascual y el don del Espíritu. Quienes hoy desean ser discípulos de Jesús pasarán por el mismo proceso de descubrimiento y compromiso. Por consiguiente, la proclamación de la Iglesia debe ser progresiva y paciente, acompasándose a quienes llevan el mensaje, respetando su libertad e incluso su “lentitud para creer” (EN 79).

70. Las cualidades específicas del Evangelio

La proclamación de la Iglesia también debe caracterizar otras cualidades. Debe ser:

a) Confiados, en el poder del Espíritu y en obediencia al mandato recibido del Señor (cf. 1 Tm 2:2; 2 Co 3:12; 7:4; Ph 1:20; Ef 3:12; 6:19-20; Hch 4:13,29,31; 9:27,28, etc.).

b) Fieles en la transmisión de la enseñanza recibida de Cristo y conservada en la Iglesia, depositaria de la Buena Nueva que ha de ser proclamada (cf. EN 15). “La fidelidad al mensaje del que somos servidores... es un punto clave de la proclamación” (EN 4). “La evangelización no es para nadie un acto individual y aislado; es un acto profundamente eclesial” (EN 60).

c) Humildes, conscientes de que la plenitud de la revelación en Jesucristo se ha recibido como un don gratuito ( Ef 3:2), y de que los mensajeros del Evangelio no siempre cumplen plenamente con sus exigencias.

d) Respetuosos de la presencia y acción del Espíritu de Dios en los corazones de quienes escuchan el mensaje, reconociendo que el Espíritu es el "principal agente de evangelización" (EN 75).

e) Dialógica, pues en la proclamación no se espera que quien escucha la Palabra sea un receptor pasivo. Existe un progreso desde las “semillas de la Palabra” ya presentes en quien la escucha hasta el pleno misterio de la salvación en Jesucristo. La Iglesia debe reconocer un proceso de purificación e iluminación en el que el Espíritu de Dios abre la mente y el corazón de quien escucha a la obediencia de la fe.

f) Inculturado, encarnado en la cultura y la tradición espiritual de aquellos a quienes va dirigido, de modo que el mensaje no solo les sea inteligible, sino que se conciba como una respuesta a sus aspiraciones más profundas, como la verdadera Buena Nueva que tanto anhelaban (cf. En 20,62).

71. En íntima unión con Cristo

Para mantener estas cualidades, la Iglesia no solo debe tener en cuenta las circunstancias de la vida y la experiencia religiosa de quienes la escuchan, sino que también debe vivir en constante diálogo con su Señor y Maestro a través de la oración y la penitencia, la meditación y la vida litúrgica, y sobre todo en la celebración de la Eucaristía. Solo así la proclamación y la celebración del mensaje del Evangelio cobrarán plena vida.

7. OBSTÁCULOS PARA LA PROCLAMACIÓN

72. Dificultad de la proclamación


La proclamación de la Buena Nueva por parte de la Iglesia exige mucho tanto de la Iglesia evangelizadora como de sus miembros dedicados a la evangelización, y de aquellos llamados por Dios a la obediencia de la fe cristiana. No es una tarea fácil. Algunos de los principales obstáculos que puede encontrar se mencionan aquí.

73. Dificultades internas

a) Puede suceder que el testimonio cristiano no se corresponda con la fe; existe una brecha entre la palabra y el hecho, entre el mensaje cristiano y la forma en que los cristianos lo viven.

b) Los cristianos pueden dejar de proclamar el Evangelio por negligencia, respeto humano o vergüenza, lo que San Pablo llamó "sonrojo por el Evangelio", o debido a ideas falsas acerca del plan de salvación de Dios (cf. EN 80).

c) Los cristianos que carecen de aprecio y respeto por otros creyentes y sus tradiciones religiosas no están bien preparados para proclamarles el Evangelio.

d) En algunos cristianos, una actitud de superioridad, que puede manifestarse a nivel cultural, podría dar lugar a la suposición de que una cultura en particular está vinculada con el mensaje cristiano y debe imponerse a los conversos.

74. Dificultades externas

a) El peso de la historia dificulta la proclamación, ya que ciertos métodos de evangelización en el pasado a veces han despertado temor y sospecha por parte de los seguidores de otras religiones.

b) Los miembros de otras religiones pueden temer que la misión evangelizadora de la Iglesia resulte en la destrucción de su religión y cultura.

c) Una concepción diferente de los derechos humanos o la falta de respeto hacia ellos en la práctica puede resultar en una falta de libertad religiosa.

d) La persecución puede dificultar enormemente, o incluso imposibilitar, la proclamación de la Iglesia. Sin embargo, conviene recordar que la Cruz es fuente de vida; “la sangre de los mártires es la semilla de los cristianos”.

e) La identificación de una religión en particular con la cultura nacional o con un sistema político crea un clima de intolerancia.

f) En algunos lugares, la conversión está prohibida por ley o los conversos al cristianismo se enfrentan a problemas graves, como el ostracismo por parte de su comunidad religiosa de origen, su entorno social o su ambiente cultural.

g) En contextos pluralistas, el peligro del indiferentismo, el relativismo o el sincretismo religioso crea obstáculos para la proclamación del Evangelio.

8. PROCLAMACIÓN EN LA MISIÓN EVANGELIZADORA DE LA IGLESIA

75. Proclamación de que Jesús es el Hijo de Dios


La misión evangelizadora de la Iglesia se ha entendido a veces simplemente como la invitación a las personas a convertirse en discípulos de Jesús dentro de la Iglesia. Gradualmente, se ha desarrollado una comprensión más amplia de la evangelización, en la que la proclamación del misterio de Cristo sigue siendo fundamental. El decreto del Concilio Vaticano II sobre la Actividad Misionera de la Iglesia, al tratar la labor misionera, menciona la solidaridad con la humanidad, el diálogo y la colaboración, antes de hablar del testimonio y la predicación del Evangelio (cf. AG 11-13). El Sínodo de los Obispos de 1974 y la Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi que le siguió han adoptado una concepción amplia de la evangelización. En la evangelización, se involucra a la persona evangelizadora en su totalidad: palabras, acciones, testimonio de vida (cf. EN 21-22). Asimismo, su objetivo se extiende a todo lo humano, pues busca transformar la cultura humana y las culturas con el poder del Evangelio (cf. EN 18-20). Sin embargo, el Papa Pablo VI dejó bien claro que “la evangelización siempre implicará, como fundamento, núcleo y cumbre simultáneos de su dinamismo, una clara proclamación de que en Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre, que murió y resucitó de entre los muertos, se ofrece la salvación a todos como don de la bondad y la misericordia de Dios” (EN 27). Es en este sentido que el documento de 1984 del Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso incluye la proclamación entre los diversos elementos que conforman la misión evangelizadora de la Iglesia (19).

76. El sagrado deber de anunciar

Sin embargo, conviene reiterar que proclamar el nombre de Jesús e invitar a las personas a convertirse en sus discípulos en la Iglesia es un deber sagrado y primordial que la Iglesia no puede descuidar. La evangelización estaría incompleta sin ella (EN 22), pues sin este elemento central, los demás, aunque constituyen formas genuinas de la misión de la Iglesia, perderían su cohesión y vitalidad. Por lo tanto, resulta evidente que en situaciones donde, por razones políticas o de otra índole, la proclamación propiamente dicha es prácticamente imposible, la Iglesia ya está llevando a cabo su misión evangelizadora no solo mediante la presencia y el testimonio, sino también a través de actividades como el trabajo por el desarrollo humano integral y el diálogo. Por otro lado, en otras situaciones donde las personas están dispuestas a escuchar el mensaje del Evangelio y tienen la posibilidad de responder a él, la Iglesia tiene el deber de atender sus expectativas.

3. DIÁLOGO INTERRELIGIOSO Y PROCLAMACIÓN

1. INTERRELACIONADOS PERO NO INTERCAMBIABLES

77. La misión de la Iglesia

El diálogo interreligioso y la proclamación, si bien no se encuentran al mismo nivel, son elementos auténticos de la misión evangelizadora de la Iglesia. Ambos son legítimos y necesarios. Están íntimamente relacionados, pero no son intercambiables: el verdadero diálogo interreligioso por parte del cristiano supone el deseo de dar a conocer, reconocer y amar mejor a Jesucristo; la proclamación de Jesucristo debe realizarse con el espíritu evangélico del diálogo. Ambas actividades siguen siendo distintas, pero, como demuestra la experiencia, una misma Iglesia local, una misma persona, puede participar de diversas maneras en ambas.

78. Conciencia de las circunstancias

En realidad, la manera de cumplir la misión de la Iglesia depende de las circunstancias particulares de cada Iglesia local, de cada cristiano. Siempre implica una sensibilidad hacia los aspectos sociales, culturales, religiosos y políticos de la situación, así como una atención a los “signos de los tiempos” a través de los cuales el espíritu de Dios habla, enseña y guía. Esta sensibilidad y atención se desarrollan mediante una espiritualidad del diálogo. Esto requiere un discernimiento en oración y una reflexión teológica sobre el significado, en el plan de Dios, de las diferentes tradiciones religiosas y la experiencia de quienes encuentran en ellas alimento espiritual.

2. LA IGLESIA Y LAS RELIGIONES

79. La universalidad de la misión de la Iglesia


En el cumplimiento de su misión, la Iglesia entra en contacto con personas de otras tradiciones religiosas. Algunos se convierten en discípulos de Jesucristo en su Iglesia, como resultado de una profunda conversión y por decisión propia. Otros se sienten atraídos por la persona de Jesús y su mensaje, pero por diversas razones no se unen a la comunidad religiosa. Otros, en cambio, parecen tener poco o ningún interés en Jesús. Sea cual sea el caso, la misión de la Iglesia se extiende a todos. Asimismo, en relación con las religiones a las que pertenecen, la Iglesia, en diálogo, puede desempeñar un papel profético. Al dar testimonio de los valores del Evangelio, plantea interrogantes a estas religiones. De igual modo, la Iglesia, en la medida en que lleva la marca de las limitaciones humanas, puede verse interpelada. Así, al promover estos valores, con espíritu de emulación y respeto por el misterio de Dios, los miembros de la Iglesia y los seguidores de otras religiones se encuentran compañeros en el camino común que la humanidad está llamada a recorrer. Al final del día de oración, ayuno y peregrinación por la paz en Asís, el Papa Juan Pablo II dijo: “Veamos en ello una anticipación de lo que Dios querría que fuera la historia de la humanidad en desarrollo: un camino fraterno en el que nos acompañemos unos a otros hacia la meta trascendental que él nos fija” (20).

80. El modo de dialogar

La Iglesia alienta y fomenta el diálogo interreligioso no solo entre ella y otras tradiciones religiosas, sino incluso entre estas mismas tradiciones. De esta manera cumple su función de “sacramento, es decir, signo e instrumento de comunión con Dios y unidad entre todos los pueblos” (LG 1). El Espíritu la invita a animar a todas las instituciones y movimientos religiosos a encontrarse, a colaborar y a purificarse para promover la verdad y la vida, la santidad, la justicia, el amor y la paz, dimensiones de ese Reino que, al final de los tiempos, Cristo entregará a su Padre (cf. 1 Co 15,24). Así, el diálogo interreligioso forma parte del diálogo de salvación iniciado por Dios (21).

3. PROCLAMANDO A JESUCRISTO

81. Predica y confiesa


La proclamación, por otro lado, busca guiar a las personas hacia el conocimiento explícito de lo que Dios ha hecho por todos los hombres y mujeres en Jesucristo, e invitarlas a convertirse en discípulos de Jesús al unirse a la Iglesia. Cuando, en obediencia al mandato del Señor resucitado y a las inspiraciones del Espíritu, la Iglesia cumple esta tarea de proclamación, a menudo será necesario hacerlo de manera progresiva. Se requiere discernimiento sobre cómo Dios está presente en la historia personal de cada uno. Los seguidores de otras religiones pueden descubrir, al igual que los cristianos, que ya comparten muchos valores. Esto puede llevar a un desafío en forma de testimonio de la comunidad cristiana o una profesión de fe personal, en la que se confiesa humildemente la plena identidad de Jesús. Entonces, cuando sea el momento oportuno, se puede plantear la pregunta decisiva de Jesús: "¿Quién decís vosotros que soy yo?". La verdadera respuesta a esta pregunta solo se encuentra en la fe. La predicación y la confesión, bajo el movimiento de la gracia, de que Jesús de Nazaret es el Hijo de Dios Padre, el Señor y Salvador resucitado, constituyen la etapa final de la proclamación. Quien profesa libremente esta fe está invitado a convertirse en discípulo de Jesús en su Iglesia y a participar activamente en su misión.

4. COMPROMISO CON LA MISIÓN COMÚN

82. Participación personal

Todos los cristianos están llamados a participar personalmente en estas dos formas de llevar a cabo la única misión de la Iglesia: la proclamación y el diálogo. La manera en que lo hagan dependerá de las circunstancias y de su grado de preparación. Sin embargo, deben tener siempre presente que el diálogo, como ya se ha dicho, no constituye la totalidad de la misión de la Iglesia, que no puede simplemente sustituir la proclamación, sino que se orienta hacia ella en la medida en que el proceso dinámico de la misión evangelizadora de la Iglesia alcanza en ella su culminación y plenitud. Al participar en el diálogo interreligioso, descubrirán las “semillas de la Palabra” sembradas en los corazones de las personas y en las tradiciones religiosas a las que pertenecen. Al profundizar en su comprensión del misterio de Cristo, podrán discernir los valores positivos de la búsqueda humana del Dios desconocido o parcialmente conocido. A lo largo de las distintas etapas del diálogo, los participantes sentirán una gran necesidad tanto de transmitir como de recibir información, de dar y recibir explicaciones, de hacerse preguntas mutuamente. Los cristianos que dialogan tienen el deber de responder a las expectativas de sus interlocutores respecto al contenido de la fe cristiana, de dar testimonio de ella cuando se les requiere y de expresar la esperanza que albergan (1 Pe 3,15). Para ello, deben profundizar en su fe, purificar sus actitudes, clarificar su lenguaje y hacer que su culto sea cada vez más auténtico.

83. Amor y compartir

En este enfoque dialógico, ¿cómo no iban a anhelar y desear compartir con otros su alegría al conocer y seguir a Jesucristo, Señor y Salvador? Nos encontramos aquí en el corazón del misterio del amor. Dado el profundo amor que la Iglesia y los cristianos sienten por el Señor Jesús, el deseo de compartirlo con los demás no surge simplemente de la obediencia al mandato del Señor, sino de ese mismo amor. No debería sorprender, sino ser completamente normal, que los seguidores de otras religiones también deseen sinceramente compartir su fe. Todo diálogo implica reciprocidad y busca desterrar el miedo y la agresividad.

84. Indicaciones del Espíritu Santo

Los cristianos deben estar siempre conscientes de la influencia del Espíritu Santo y dispuestos a seguirlo dondequiera que la providencia y el designio de Dios los guíen. Es el Espíritu quien guía la misión evangelizadora de la Iglesia. Le corresponde al Espíritu inspirar tanto la proclamación de la Iglesia como la obediencia de la fe. Nos corresponde estar atentos a las inspiraciones del Espíritu. Sea posible o no la proclamación, la Iglesia persigue su misión con pleno respeto a la libertad, a través del diálogo interreligioso, dando testimonio y compartiendo los valores del Evangelio. De esta manera, los participantes en el diálogo actúan en respuesta al llamado divino del que son conscientes. Todos, tanto cristianos como seguidores de otras tradiciones religiosas, están invitados por Dios mismo a entrar en el misterio de su paciencia, mientras los seres humanos buscan su luz y su verdad. Solo Dios conoce los tiempos y las etapas del cumplimiento de esta larga búsqueda humana.

5. JESÚS, NUESTRO MODELO

85. El ejemplo de Jesús


Es en este clima de expectativa y escucha que la Iglesia y los cristianos buscan proclamar el Evangelio y dialogar con un verdadero espíritu evangélico. Son conscientes de que “a quienes aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien” (Rm 8,28). Por gracia, han llegado a conocer que Él es el Padre de todos y que se ha revelado en Jesucristo. ¿Acaso no es Jesús su modelo y guía en el compromiso con la proclamación y el diálogo? ¿No es él el único que aún hoy puede decir a una persona religiosa sincera: “No estás lejos del Reino de Dios” (Mc 12,34)?

86. Íntimamente unidos a Cristo

Los cristianos no solo deben imitar a Jesús, sino también estar íntimamente unidos a él. Él invitó a sus discípulos y amigos a unirse a su singular ofrenda en favor de toda la humanidad. El pan y el vino por los que dio gracias simbolizaban toda la creación. Se convirtieron en su cuerpo “entregado” y su sangre “derramada para el perdón de los pecados”. Mediante el ministerio de la Iglesia, la única Eucaristía es ofrecida por Jesús en todas las épocas y lugares, desde su pasión, muerte y resurrección en Jerusalén. Es aquí donde los cristianos se unen a Cristo en su ofrenda que “trae la salvación al mundo entero” (Oración Eucarística IV). Esta oración agrada a Dios, quien “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Timoteo 2:4). Así, dan gracias por “todo lo que es verdadero, todo lo honorable, todo lo recto y puro, todo lo que amamos y admiramos, todo lo que es bueno y digno de alabanza” (Filipenses 4:8). Aquí se les concede la gracia del discernimiento, para poder leer las señales de la presencia del Espíritu y reconocer el momento propicio y la manera correcta de proclamar a Jesucristo.

CONCLUSIÓN

87. Atención especial a cada religión.

El objetivo de estas reflexiones sobre el diálogo y la proclamación interreligiosa ha sido brindar algunas aclaraciones básicas. Sin embargo, es importante recordar que las distintas religiones difieren entre sí. Por lo tanto, se debe prestar especial atención a las relaciones con los seguidores de cada religión.

88. Estudios específicos sobre la relación entre diálogos y anuncios.

También es importante realizar estudios específicos sobre la relación entre diálogo y proclamación, teniendo en cuenta cada religión dentro de su área geográfica y su contexto sociocultural. Las Conferencias Episcopales podrían encomendar dichos estudios a las comisiones e institutos teológicos y pastorales pertinentes. A la luz de los resultados de estos estudios, dichos institutos podrían organizar cursos y sesiones de estudio especiales para capacitar a las personas tanto en el diálogo como en la proclamación. Se debe prestar especial atención a los jóvenes que viven en un entorno pluralista, quienes se relacionan con seguidores de otras religiones en la escuela, en el trabajo, en movimientos juveniles y otras asociaciones, e incluso en el seno de sus propias familias.

89. La necesidad de la oración

El diálogo y la proclamación son tareas difíciles, pero absolutamente necesarias. Todos los cristianos, según sus circunstancias, deben ser animados a prepararse para cumplir mejor con este doble compromiso. Sin embargo, más que tareas a realizar, el diálogo y la proclamación son gracias que debemos buscar en la oración. Que todos imploren continuamente la ayuda del Espíritu Santo para que sea “el divino inspirador de sus planes, sus iniciativas y su actividad evangelizadora” (EN 75).

Roma, 19 de mayo de 1991

Notas:

(1) Documento conjunto del Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso y la Congregación para la Evangelización de los Pueblos, Roma, 19 de mayo de 1991; OR. 21 de junio de 1991.

(2) La actitud de la Iglesia hacia los seguidores de otras religiones: reflexiones y orientaciones sobre el diálogo y la misión, AAS 75 [1984], pp. 816-828; también Boletín Secretariatus pro non Christianis 56 (1984/2), n.º 13. (Este documento se denominará en adelante DM).

(3) Insegnamenti 1986, IX/2, pp. 1249-1273; 2019-2029. Cf. Boletín n.º 64 (1987/1), que contiene todos los discursos del Papa antes, durante y después del Día de Oración en Asís.

(4) Insegnamenti 1987, X/1, págs. 1449-1452. Cfr. Boletín No. 66 (1987/3), págs. 223-225.

(5) Directrices sobre el diálogo con personas de fe e ideologías vivas, Consejo Mundial de Iglesias, Ginebra 1979; "Misión y evangelización: una afirmación ecuménica", en Revista Internacional de la Misión 71 (1982), págs. 427-451.

(6) DM 3.

(7) DM 37.

(8) Debido a la gran riqueza espiritual común a cristianos y judíos (NA 4), el diálogo entre cristianos y judíos tiene sus propias exigencias. Estas no se tratan en este documento. Para un análisis completo, véase Comisión para las Relaciones Religiosas con los Judíos, Directrices sobre las Relaciones Religiosas con los Judíos, 1 de diciembre de 1974 (en Austin P. Flannery, OP, ed. Documentos del Vaticano II , 1984, pp. 743-749); “Notas para una correcta presentación de los judíos y el judaísmo en la predicación y la catequesis católicas”, 24 de junio de 1985, en Origins , vol. 15, n.º 2 (4 de julio de 1985), pp. 102-107.

(9) La cuestión de los nuevos movimientos religiosos se ha tratado en un documento reciente publicado en colaboración por los siguientes Consejos Pontificios: Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, Consejo Pontificio para el Diálogo Interreligioso, Consejo Pontificio para el Diálogo con los No Creyentes y Consejo Pontificio para la Cultura. El texto completo se encuentra en Origins, vol. 16, nº 1 (22 de mayo de 1986); el original en francés se encuentra en La Documentation Catholique, nº 1919 (1 de junio de 1986).

(10) Justino habla de las “semillas” sembradas por el Logos en las tradiciones religiosas. Mediante la encarnación, la manifestación del Logos se completa (1 Rv 46:1-4; 2 Rv 8:1; 10:1-3; 13:4-6). Para Ireneo, el Hijo, la manifestación visible del Padre, se ha revelado a la humanidad “desde el principio”; sin embargo, la Encarnación trae consigo algo completamente nuevo (Adv. Haer., 4,6,5-7; 4.7,2; 4,20,6-7). Clemente de Alejandría explica que la “filosofía” fue dada a los griegos por Dios como un “pacto”, como un “escalón hacia la filosofía que es según Cristo”, como un “maestro” que le trajo la mentalidad helenística (Stromata, 1,5; 6.8; 7,2).

(11) Adv. Haer., 3,11,8.

(12) Retractación, 1,13,3; cf. Enarr. sobre el Salmo 118 (Sermón 29,9), 142,3.

(13) Enseñanzas 1986, IX/2, pp. 2019-2029; OR.EE. 5 de enero de 1987.

(14) Juan Pablo II, A los obispos indios en su visita "ad limina" (13 de abril de 1989); Insegnamenti 1989, XII/1, pp. 802 - 804.

(15) Enseñanzas 1984, VII/1, pp. 595-599.

(16) DM 37.

(17) Cf. DM 28-35.

(18) En la Iglesia primitiva, el Reino de Dios se identifica con el Reinado de Cristo (cf. Ep 5,5; Rv 11,15; 12,10). Véase también Orígenes, en Mt 14,7; Hom. en Lc 36, donde llama a Cristo autobasileia, y Tertuliano, Adv. Marc. IV, 33,8: “In evangelio est Dei Regnum, Christus ipse”. Sobre la correcta comprensión del término “reino”, véase el informe de la Comisión Teológica Internacional (8 de octubre de 1985): Temas selectos en eclesiología, n.º 10,3.

(19) DM 13.

(20) Insegnamenti 1986, IX/2, p. 1262.

(21) Cfr. Ecclesiam Suam, cap. III; cf. también Insegnamenti 1984, VII/1, p. 598.