jueves, 5 de mayo de 1988

PROTOCOLO DE ACUERDO DE MONS. LEFEBVRE CON ROMA (5 DE MAYO DE 1988)

El “Protocolo” del 5 de mayo de 1988 fue un acuerdo tentativo entre el arzobispo Marcel Lefebvre y el Vaticano, firmado por él y el cardenal Ratzinger. 


El objetivo era lograr la “reconciliación”, lo cual incluía el reconocimiento de “las enseñanzas del Vaticano II” y tras ese acuerdo, se permitiría la consagración de obispos por parte de la FSSPX. 

Monseñor Lefebvre finalmente renunció a ese acuerdo, lo que llevó a su “excomunión” por proceder con consagraciones episcopales no autorizadas el 30 de junio de 1988, que la Roma apóstata consideró “cismáticas”


PROTOCOLO DE ACUERDO (5 DE MAYO DE 1988)

I. TEXTO DE LA DECLARACIÓN DOCTRINAL

Yo, Marcel Lefebvre, arzobispo-obispo emérito de Tulle, así como los miembros de la Fraternidad San Pío X fundada por mí:

1. Prometemos ser siempre fieles a la Iglesia católica y al Romano Pontífice, su Supremo Pastor, Vicario de Cristo, Sucesor del Beato Pedro en su primado como cabeza del cuerpo de los obispos.

2. Declaramos nuestra aceptación de la doctrina contenida en el § 25 de la Constitución dogmática Lumen gentium del Concilio Vaticano II sobre el Magisterio eclesiástico y la adhesión a ella debida.

3. Sobre algunos puntos enseñados por el Concilio Vaticano II o concernientes a reformas posteriores de la liturgia y del derecho, y que no nos parecen fácilmente conciliables con la Tradición, nos comprometemos a tener una actitud positiva de estudio y de comunicación con la Sede Apostólica, evitando toda polémica.

4. Además, declaramos que reconocemos la validez del Sacrificio de la Misa y de los Sacramentos celebrados con la intención de hacer lo que hace la Iglesia, y según los ritos indicados en las ediciones típicas del Misal Romano y los Rituales de los Sacramentos promulgados por los Papas Pablo VI y Juan Pablo II.

5. Finalmente, prometemos respetar la disciplina común de la Iglesia y las leyes eclesiásticas, especialmente las contenidas en el Código de Derecho Canónico promulgado por el Papa Juan Pablo II, sin perjuicio de la disciplina especial concedida a la Compañía por el derecho particular.

II. CUESTIONES JURÍDICAS

Considerando que desde hace 18 años la Fraternidad San Pío X es entendida como una sociedad de vida común —y después de estudiar las propuestas formuladas por Su Excelencia Marcel Lefebvre y las conclusiones de la Visita Apostólica realizada por Su Eminencia el Cardenal Gagnon— la forma canónica más adecuada es la de una sociedad de vida apostólica.

1. Sociedad de Vida Apostólica

Esta solución es canónicamente posible y tiene la ventaja de poder incorporar también a la Sociedad de Vida Apostólica clerical a la vez que se incorporan también laicos (por ejemplo, hermanos coadjutores).

Según el Código de Derecho Canónico promulgado en 1983, cánones 731-746, esta Sociedad goza de plena autonomía, puede formar a sus miembros, puede incardinar clérigos y provee a la vida común de sus miembros.

En los Estatutos propios, con flexibilidad y margen de creatividad en comparación con los modelos conocidos de dichas Sociedades de vida apostólica, se prevén exenciones respecto a los obispos diocesanos (cf. canon 591) en asuntos relativos al culto público, la cura animarum [pastoral de almas] y otras actividades apostólicas, teniendo en cuenta los cánones 679-683. En cuanto a la jurisdicción respecto a los fieles que recurren a los sacerdotes de la Sociedad, esta les será conferida por los Ordinarios locales o por la Sede Apostólica.

2. Comisión Romana

Se constituirá, por los buenos oficios de la Santa Sede, una comisión encargada de coordinar las relaciones con los diversos dicasterios y obispos diocesanos, y también de resolver los problemas y controversias que puedan surgir, y que estará dotada de las facultades necesarias para tratar las cuestiones mencionadas (por ejemplo, a petición de los fieles, el establecimiento de una casa de culto donde no haya casa de la Compañía, ad mentem [según] el canon 683, § 2).

Esta comisión estará compuesta por un presidente, un vicepresidente y cinco miembros, dos de los cuales serán de la Sociedad.

Entre otras cosas, tendría la función de supervisar y ofrecer asistencia para consolidar la obra de reconciliación, y resolver cuestiones relativas a las comunidades religiosas que tengan vínculo jurídico o moral con la Compañía.

3. Condición de las personas afiliadas a la Sociedad

3.1. Los miembros de la Sociedad clerical de Vida Apostólica (sacerdotes y hermanos laicos coadjutores) se rigen por los Estatutos de la Sociedad de Derecho Pontificio.

3.2. Los oblatos, tanto hombres como mujeres, hayan hecho o no votos privados, y los miembros de la Tercera Orden afiliados a la Sociedad, pertenecen todos a una asociación de fieles afiliada a la Sociedad según los términos del canon 303, y colaboran con ella.

3.3. Las Hermanas (es decir, la Congregación fundada por Monseñor Lefebvre) que hacen votos públicos constituyen un verdadero instituto de vida consagrada, con estructura propia y autonomía propia, si bien se puede prever cierto vínculo con la Superiora de la Compañía para la unidad de su espiritualidad. Esta Congregación, al menos inicialmente, dependería de la Comisión Romana, en lugar de la Congregación para los Religiosos.

3.4. A los miembros de las comunidades que viven según la regla de diversos institutos religiosos (Carmelitas, Benedictinos, Dominicos, etc.) y que tengan un vínculo moral con la Compañía, se les debe conceder un estatuto particular que regule sus relaciones con su respectiva Orden.

3.5. Los sacerdotes que, individualmente, estén moralmente vinculados con la Compañía recibirán un estatus personal que tenga en cuenta sus aspiraciones y, al mismo tiempo, las obligaciones derivadas de su incardinación. Otros casos particulares de la misma naturaleza serán examinados y resueltos por la Comisión Romana.

En cuanto a los laicos que piden asistencia pastoral a las comunidades de la Compañía: permanecen bajo la jurisdicción del obispo diocesano, pero —en particular a causa de los ritos litúrgicos de las comunidades de la Compañía— pueden dirigirse a ellas para la administración de los sacramentos (para los sacramentos del bautismo, de la confirmación y del matrimonio, deben seguir haciéndose las notificaciones habituales a la propia parroquia; cf. cánones 878, 896, 1122).

Nota: Hay buenas razones para considerar la complejidad particular:

1. de la cuestión de la recepción de los sacramentos del bautismo, de la confirmación y del matrimonio por los laicos en las comunidades de la Compañía;

2. de la cuestión de las comunidades que practican la regla de tal o cual instituto religioso, sin pertenecer a él.

La Comisión Romana tendrá la responsabilidad de resolver estos problemas.

4. Ordenaciones

En cuanto a las ordenaciones, se deben distinguir dos fases:

1. En el futuro inmediato: Para las ordenaciones previstas para el futuro inmediato, Monseñor Lefebvre estaría autorizado a conferirlas o, si no pudiera, otro obispo aceptado por él.

2. Una vez erigida la Sociedad de Vida Apostólica:

En la medida de lo posible, y a juicio del Superior General, se seguirá el procedimiento habitual: enviar cartas dimisorias a un obispo que acepte ordenar miembros de la Sociedad.

Dada la situación particular de la Sociedad (véase más arriba), se procederá a la ordenación de un miembro de la Sociedad como obispo, quien, entre otras funciones, también podrá proceder a las ordenaciones.

5. El problema de un obispo

1. En el plano doctrinal (eclesiológico), la garantía de la estabilidad y del mantenimiento de la vida y de la actividad de la Compañía está asegurada por su erección como Sociedad de Vida Apostólica de derecho pontificio y por la aprobación de sus Estatutos por el Santo Padre.

2. Sin embargo, por razones prácticas y psicológicas, la consagración de un miembro de la Compañía como obispo parece útil. Por ello, en el marco de la solución doctrinal y canónica de la reconciliación, sugerimos al Santo Padre que nombre a un obispo elegido de la Compañía, tras la presentación de una terna de candidatos por parte del Arzobispo Lefebvre. Del principio citado (5.1) se desprende que este obispo normalmente no es el Superior General de la Compañía, pero parece oportuno que sea miembro de la Comisión Romana.

6. Problemas particulares a resolver (mediante decreto o declaración)

1. Levantamiento de la suspensión a divinis de Monseñor Lefebvre y dispensa de las irregularidades en que había incurrido por el hecho de las ordenaciones.

2. Sanación in radice, al menos ad cautelam (por precaución), de los matrimonios ya celebrados por los sacerdotes de la Compañía sin la delegación requerida.

3. Previsión de una “amnistía” y un acuerdo para las casas y lugares de culto erigidos —o utilizados— por la Sociedad hasta ahora sin la autorización de los obispos [locales].

[FIRMADO] Joseph Cardenal Ratzinger. Marcel Lefebvre.

☙❧

Carta del Arzobispo Lefebvre al Cardenal Ratzinger

6 de mayo de 1988

Su Eminencia,

Ayer firmé con gran satisfacción el Protocolo redactado los días anteriores. Sin embargo, usted mismo ha sido testigo de mi profunda decepción al leer la carta que me envió informándome de la respuesta del Santo Padre sobre las consagraciones episcopales.

En la práctica, posponer las consagraciones episcopales a una fecha posterior indeterminada sería la cuarta vez que pospusiera la fecha de la ceremonia. En mis cartas anteriores, el 30 de junio estaba claramente indicado como la fecha límite posible.

Ya les he entregado el expediente de los candidatos. Aún faltan dos meses para definir el mandato.

Dadas las circunstancias particulares de esta propuesta, el Santo Padre puede muy fácilmente simplificar el procedimiento para que el mandato nos pueda ser comunicado hacia mediados de junio.

Si la respuesta fuera no, me encontraría en conciencia obligado a proceder a las consagraciones, apoyándome en el acuerdo dado por la Santa Sede en el Protocolo para la consagración de un obispo miembro de la Fraternidad.

Las dudas expresadas sobre la consagración episcopal de un miembro de la Compañía, ya sea por escrito o verbalmente, me hacen temer retrasos. Todo está listo para la ceremonia del 30 de junio: reserva de hotel, transporte y alquiler de carpas gigantes para albergar la ceremonia.

La decepción de nuestros sacerdotes y fieles laicos sería enorme. Todos esperan que esta consagración se realice con el consentimiento de la Santa Sede; pero, decepcionados ya por retrasos anteriores, no comprenderían que aceptara una nueva demora. Son conscientes y anhelan sobre todo que verdaderos obispos católicos les transmitan la verdadera fe y les comuniquen con seguridad las gracias de la salvación a las que aspiran para sí mismos y para sus hijos.

Con la esperanza de que esta petición no constituya un obstáculo insuperable para la reconciliación en curso, le ruego, Eminencia, acepte mis respetuosos y fraternos sentimientos en Christo et Maria.

+ Marcel Lefebvre

Ex arzobispo-obispo de Tulle
 

viernes, 20 de abril de 1984

REDEMPTIONIS ANNO (20 DE ABRIL DE 1984)


CARTA APOSTÓLICA

REDEMPTIONIS ANNO

DEL SUMO PONTÍFICE

JUAN PABLO II

SOBRE LA CIUDAD DE JERUSALÉN

A los obispos,

sacerdotes,

familias religiosas y fieles de toda la Iglesia católica

sobre la ciudad de Jerusalén,

patrimonio sagrado de todos los creyentes

y deseada encrucijada de paz

para los pueblos del Oriente Medio


Venerables hermanos y queridos hijos, salud y bendición apostólica:

El Año Jubilar de la Redención se concluye y, mientras tanto, mi pensamiento se dirige a la tierra privilegiada, situada en el punto de confluencia de Europa, Asia y África, donde se realizó la redención del género humano "una vez para siempre" (cf. Rom 6, 10; Heb 7, 27; 9, 12; 10, 10).

Es la tierra que llamamos santa por haber sido la patria terrena de Cristo, que Él recorrió "predicando el Evangelio del reino y curando en el pueblo toda enfermedad y toda dolencia" (Mt 4, 23).

Este año en particular hubiera deseado revivir la profunda emoción y la inmensa alegría que sintió mi predecesor, el Papa Pablo VI, cuando en 1964, fue a Tierra Santa y a Jerusalén.

Aunque no me ha sido posible estar allí físicamente, sin embargo, me siento espiritualmente peregrino en la tierra donde se realizó nuestra reconciliación con Dios, para pedir al Príncipe de la Paz el don precioso de la redención y de la paz, por la que suspiran los corazones de los hombres, las familias, los pueblos y, en particular, las gentes que habitan precisamente en esa región.

Pero pienso, sobre todo, en la ciudad de Jerusalén, donde Jesús, ofreciendo su vida, "hizo de los dos pueblos uno, derribando el muro de la separación, anulando, en su carne la enemistad" (Ef 2, 14).

Jerusalén, antes de que fuera la ciudad de Jesús Redentor, fue el lugar histórico de la revelación bíblica de Dios, el punto donde más que en cualquier otro lugar se establece el diálogo entre Dios y los hombres, como si fuese el punto de encuentro entre el cielo y la tierra.

Los cristianos miran a Jerusalén con religioso y solícito afecto, ya que allí resonó muchas veces la palabra de Cristo, allí tuvieron lugar los grandes acontecimientos de la redención, esto es, la pasión, muerte y resurrección del Señor. En Jerusalén surgió la primera comunidad cristiana y allí se mantuvo durante siglos, incluso en medio de dificultades, una presencia eclesial continua.

Para los judíos es objeto de vivo amor y de evocación perenne, por su riqueza de tantos vestigios y recuerdos, desde el tiempo de David que la eligió como capital, y de Salomón que edificó en ella el templo. Se puede decir que, desde entonces, la miran cada día y la señalan como símbolo de su nación.

También los musulmanes llaman a Jerusalén "la Santa", con ardiente amor, que se remonta a los orígenes del Islam, y está motivado por lugares privilegiados de peregrinación y por una presencia más que milenaria y casi ininterrumpida.

Además de estos eximios y eminentes testimonios, Jerusalén acoge comunidades vivas de creyentes, cuya presencia es prenda y fuente de esperanza para las personas que desde todas las partes del mundo miran a la Ciudad Santa como a un patrimonio espiritual propio y un signo de paz y de armonía.

Así es, porque en su calidad de patria del corazón de todos los descendientes espirituales de Abraham, para quienes resulta inmensamente entrañable, y en su calidad de punto de confluencia, Jerusalén se levanta, a los ojos de la fe, entre la trascendencia infinita de Dios y la realidad del ser creado, como símbolo de encuentro, de unión y de paz para toda la familia humana.

La Ciudad Santa encierra, pues, una profunda invitación a la paz, dirigida a toda la humanidad, y en particular a los adoradores del Dios único y grande, Padre misericordioso de los pueblos. Pero, por desgracia, hay que reconocer que Jerusalén está siendo motivo de persistente rivalidad, de violencia y de reivindicaciones exclusivistas.

Esta situación y estas consideraciones traen espontáneamente a los labios las palabras del Profeta: "Por amor de Sión yo no me callaré, y por Jerusalén no pararé hasta que resplandezca su justicia como luz esplendente, y su salvación como antorcha encendida" (Is 62, 1).

Pienso y suspiro por el día en que todos seamos realmente tan "enseñados por Dios" (Jn 6, 45), que escuchemos su mensaje de reconciliación y de paz. Pienso en el día en que judíos, cristianos y musulmanes puedan intercambiarse en Jerusalén el saludo de paz que Jesús dirigió a los discípulos, después de su resurrección: "La paz sea con vosotros" (Jn 20, 19).

Los Romanos Pontífices, sobre todo en este siglo, han seguido siempre con ansiosa solicitud los acontecimientos dolorosos en que se ha visto implicada Jerusalén durante muchos decenios, y han prestado vigilante atención a los pronunciamientos de las Instituciones internacionales que se han interesado por la Ciudad Santa.

En numerosas ocasiones la Santa Sede ha invitado a la reflexión y ha exhortado a encontrar una solución adecuada a la compleja y delicada cuestión. Lo ha hecho porque está profundamente preocupada por la paz entre los pueblos, no menos que por motivos espirituales, históricos, culturales, de naturaleza eminentemente religiosa.

Toda la humanidad, y en primer lugar los pueblos y naciones que tienen en Jerusalén a sus hermanos de fe, cristianos, judíos y musulmanes, se sienten justamente implicados e impulsados a hacer lo posible para preservar el carácter sagrado, único e irrepetible de la Ciudad. No sólo los monumentos y lugares santos, sino todo el conjunto de la Jerusalén histórica y la existencia de las comunidades religiosas, su condición, su porvenir no pueden dejar de ser objeto de interés y solicitud por parte de todos.

Efectivamente, es justo que se encuentre, con buena voluntad y clarividencia, un modo concreto y justo, en virtud del cual los diversos intereses y aspiraciones se concilien de manera armónica y estable y se tutelen de forma adecuada y eficaz por un Estatuto internacional garantizado, de suerte que ni unos ni otros pueden ponerlo en peligro.

Ante las comunidades cristianas, ante los que profesan la fe en el Dios único y que están comprometidos en la defensa de los valores fundamentales del hombre, siento también el deber apremiante de repetir que la cuestión de Jerusalén es fundamental para la paz justa en Oriente Medio. Tengo la convicción de que la identidad religiosa de la Ciudad y, en particular, la común tradición de fe monoteísta pueden allanar el camino para promover la armonía entre todos los que juzgan como suya, por diversas razones, la Ciudad Santa.

Estoy convencido que el no buscar una solución adecuada a la cuestión de Jerusalén, así como el resignarse a un aplazamiento del problema, no hacen más que comprometer ulteriormente la deseada armonía pacífica y justa de la crisis de todo el Oriente Medio.

Es natural recordar, en este contexto, que en la región hay dos pueblos, el judío y el palestino, que desde decenios están contrapuestos en un antagonismo que parece irreductible.

La Iglesia, que mira a Cristo Redentor y descubre su imagen en el rostro de cada uno de los hombres, pide paz y reconciliación para los pueblos de esa tierra que fue la Suya.

Para el pueblo judío que vive en el Estado de Israel y que conserva en esa tierra tan preciosos testimonios de su historia y de su fe, debemos pedir la deseada seguridad y la justa tranquilidad que es prerrogativa de toda nación y condición de vida y de progreso para toda sociedad.

El pueblo palestino, que hunde sus raíces históricas en esa tierra y que vive disperso, desde hace decenios, tiene el derecho natural, por justicia, de volver a encontrar una patria y de poder vivir en paz y tranquilidad con los otros pueblos de la región.

Todas las gentes del Oriente Medio, cada una con un patrimonio propio de valores espirituales, no podrán superar las trágicas vicisitudes en las que se ven implicadas -pienso en el Líbano tan probado- si no saben descubrir el auténtico sentido de su historia, que por medio de la fe en el único Dios las llama a una convivencia pacífica de entendimiento y de mutua colaboración.

Por lo tanto, quiero llamar la atención de los hombres políticos, de cuantos son responsables de los destinos de los pueblos, de quien está al frente de Instituciones internacionales, sobre la suerte de la ciudad de Jerusalén y de las comunidades que habitan en ella. Efectivamente, nadie ignora que las diversas expresiones de fe y cultura presentes en la Ciudad Santa pueden y deben ser un coeficiente de concordia y de paz.

Este Viernes Santo, en que recordamos solemnemente la pasión y muerte del Salvador, quisiera invitar a todos, venerables hermanos en el Episcopado, y a todos los sacerdotes, personas consagradas, fieles de todo el mundo, a poner entre las especiales intenciones de vuestras plegarias la petición en favor de una solución justa del problema de Jerusalén y de Tierra Santa, y en favor del retorno de la paz a Oriente Medio.

En el Año Santo que va a concluir y que hemos celebrado con gran alegría espiritual, tanto en Roma como en todas las diócesis de la Iglesia universal, Jerusalén ha sido el término ideal, el lugar natural adonde se dirigen nuestros pensamientos de amor y gratitud por el gran don de la redención, que en la Ciudad Santa realizó el Hijo del Hombre en beneficio de toda la humanidad.

Y ya que el fruto de la redención es la reconciliación del hombre con Dios y de cada uno de los hombres con sus hermanos, debemos pedir que también en Jerusalén, en la Tierra Santa de Jesús, los creyentes en Dios puedan volver a encontrar, después de tan dolorosas divisiones y discordias, la reconciliación y la paz.

Que esta paz, anunciada por Jesucristo en nombre del Padre que está en los cielos, convierta así a Jerusalén en signo viviente del gran ideal de unidad, de fraternidad y convergencia entre los pueblos, según las palabras luminosas del libro de Isaías: "Vendrán muchedumbres de pueblos diciendo: / Venid y subamos al monte de Yavé, / a la casa del Dios de Jacob, / y Él nos enseñará sus caminos e iremos por sus sendas" (Is 2, 3).

Para terminar, imparto de corazón mi bendición apostólica.

Roma, junto a San Pedro, 20 de abril, Viernes Santo de 1984, VI año de mi pontificado.


JOANNES PAULUS PP. II



domingo, 11 de diciembre de 1983

DISCURSO DE JUAN PABLO II ANTE LA CONGREGACIÓN EVANGÉLICA LUTERANA DE ROMA


DISCURSO DE JUAN PABLO II

DURANTE EL ENCUENTRO ECUMÉNICO

CON LA CONGREGACIÓN EVANGÉLICA LUTERANA DE ROMA

11 de diciembre de 1983

¡Queridos hermanos y hermanas en Cristo!

“Jesucristo es el mismo ayer, hoy y por siempre“, así está escrito bajo la imagen del Pantocrátor en el ábside de esta Iglesia de Cristo. Con estas palabras, saludo a la congregación evangélica luterana de Roma y a todos los aquí presentes. Agradezco a los representantes de la congregación la invitación fraterna a esta visita. En el nombre de Jesucristo y bajo su palabra, nos hemos reunido aquí para confesar, alabar y glorificar a nuestro común Redentor y Señor, con la unidad de nuestros corazones y a una sola voz.

El Verbo eterno de Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros. En este momento trascendental del Tercer Domingo de Adviento, deseo dar testimonio con ustedes de este único Señor y Salvador, presente ayer, hoy y siempre. Con gratitud, recordamos nuestro origen común, el don de nuestra redención y el propósito compartido de nuestra peregrinación. Todos nos encontramos bajo la gracia de nuestro Señor Jesucristo. Él es el centro y el eje en quien reside todo el ser, el sentido y la salvación de este mundo y de nuestras vidas.

En este tiempo de salvación durante el Adviento, nuestros oídos y corazones están atentos; escuchan y perciben el mensaje gozoso de aquel que ya vino y que finalmente regresará. En nuestra vida cotidiana, a menudo experimentamos la apremiante realidad de este período de transición. ¿Acaso no recordamos constantemente la situación de Juan el Bautista? Él se encontraba —como nos dice el Evangelio— en una posición de decisión. Tenía que conciliar la contradicción entre su comprensión del Mesías y sus propias circunstancias personales, marcadas por el encarcelamiento y la amenaza de muerte. La pregunta de Juan, por lo tanto, era sincera y nacida de una gran angustia: “¿Eres tú el que ha de venir, o debemos esperar a otro?”.

Jesús responde a la inquietud buscadora de su precursor y guía su fe hacia la certeza: ¡Ha llegado el tiempo de la salvación, el reino de Dios! ¡El Mesías está aquí! Ciertamente, las señales y los prodigios no son concluyentes por sí solos. Sin embargo, quienes entienden las señales como indicios del cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento en el presente kairós pueden regocijarse al ser ciudadanos del reino escatológico de Dios.

Jesús reconoce a su precursor, quien se encuentra en el atrio de su venida. “Entre todos los hombres no ha surgido uno mayor que Juan el Bautista”, testifica el Señor. “Sin embargo, el más pequeño en el reino de los cielos es mayor que él”. Jesús se refiere a la persona pobre y necesitada en todo sentido, que llega a la fe en la salvación a través de Jesucristo. Tal persona puede abrir su corazón y su boca para unirse al himno de alabanza de María: “Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador”.

Queridos hermanos y hermanas en Cristo: El don de este encuentro me conmueve profundamente. Deseaba especialmente que se celebrara durante el Adviento. Es una excelente oportunidad para buscar juntos al Señor y esperar al Dios de nuestra salvación.

Ya nos acercamos al año 2000. “Estamos, en cierto sentido, en un tiempo de nuevo Adviento, un tiempo de expectativa”. Por eso, he ido, por así decirlo, a nuestros vecinos, a aquellos ciudadanos de esta ciudad “unidos por un parentesco especial”. He venido para hacer presente con ustedes el misterio compartido de la fe del Adviento, su profunda y multifacética riqueza, en la oración y la meditación. He venido porque el Espíritu de Dios, en nuestro tiempo, nos ha guiado, a través del diálogo ecuménico, a la búsqueda de la plena unidad de los cristianos. Somos conscientes de la difícil historia de esta congregación evangélica luterana en Roma, de sus arduos comienzos y de las luces y sombras de su desarrollo en las condiciones de esta ciudad. Esto hace que la pregunta sea aún más apremiante: “A pesar de toda debilidad humana, a pesar de las deficiencias de siglos pasados, ¿acaso podemos desconfiar de la gracia de nuestros Señores, que se ha revelado en los últimos tiempos por medio de la palabra del Espíritu Santo, que escuchamos durante el Concilio?”.

Así, en medio de las evidentes divisiones que aún existen en la doctrina y la práctica, nos vemos profundamente unidos en la solidaridad de todos los cristianos adventistas. Anhelamos la unidad y nos esforzamos por alcanzarla sin desanimarnos ante las dificultades que puedan surgir en el camino. Finalmente, en este año que conmemora el quinto aniversario del nacimiento de Martín Lutero, creemos poder discernir, como desde lejos, el amanecer del Adviento, una restauración de nuestra unidad y comunión. Esta unidad es fruto de la renovación diaria, la conversión y el arrepentimiento de todos los cristianos a la luz de la Palabra eterna de Dios. Es también la mejor preparación para la venida de Dios a nuestro mundo.

Sigamos la gran figura del Adviento, sigamos el ejemplo de Juan el Bautista, la voz que clama en el desierto: “Preparen el camino del Señor”. ¡Atendamos a la invitación a la reconciliación con Dios y entre nosotros! Cristo, el Todopoderoso, no solo está por encima de nosotros, sino también entre nosotros como el Señor que fue, que es y que será por siempre.

Les deseo de todo corazón a ustedes y a sus familias una feliz Navidad.
 

jueves, 6 de enero de 1983

APERITE PORTAS REDEMPTORI (6 DE ENERO DE 1983)


BULA DE CONVOCACIÓN

DEL JUBILEO

PARA EL 1950 ANIVERSARIO

DE LA REDENCIÓN

APERITE PORTAS REDEMPTORI


JUAN PABLO OBISPO

SIERVO DE LOS SIERVOS DE DIOS

A TODOS LOS FIELES DEL MUNDO CATÓLICO:

SALUD Y BENDICIÓN APOSTÓLICA


1. « ABRID LAS PUERTAS AL REDENTOR ». He aquí la llamada que, en la perspectiva del Año jubilar de la Redención, dirijo a toda la Iglesia, renovando la invitación hecha a los pocos días de mi elección a la Cátedra de Pedro. Desde aquel instante, mis sentimientos y mi pensamiento se han orientado más que nunca a Cristo Redentor, a su misterio pascual, vértice de la Revelación divina y actuación suprema de la misericordia de Dios para con los hombres de todos los tiempos [1].

En efecto, el ministerio universal, propio del Obispo de Roma, arranca del acontecimiento de la Redención llevada a cabo por Cristo mediante su muerte y resurrección; y este ministerio fue puesto por el Redentor al servicio del mismo evento [2], que ocupa el lugar central en toda la historia de la salvación [3].

2. Cada año litúrgico es en verdad celebración de los misterios de nuestra Redención; pero la conmemoración jubilar de la muerte salvífica de Cristo sugiere que tal celebración sea más intensamente participada. Ya en 1933 el Papa Pío XI de venerable memoria quiso recordar, con feliz intuición, el XIX Centenario de la Redención con un Año Extraordinario, sin entrar por otra parte en la cuestión de la fecha precisa en que fue crucificado el Señor [4].

Dado que este año 1983 coincide con el 1950 aniversario de aquel gran acontecimiento, ha ido madurando dentro de mí la decisión, que ya manifesté al Colegio Cardenalicio el 26 de noviembre de 1982, de dedicar un año entero a recordar de modo especial la Redención, con el fin de que ésta penetre más a fondo en el pensamiento y en la acción de toda la Iglesia.

Tal jubileo comenzará el día 25 del próximo mes de marzo, Solemnidad de la Anunciación del Señor, que recuerda el instante providencial en que el Verbo eterno, haciéndose hombre por obra del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María, participó de nuestra carne «para destruir por la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y liberar a aquellos que por el temor de la muerte estaban toda la vida sujetos a servidumbre» [5]. Se concluirá el día 22 de abril de 1984, Domingo de Pascua, día de la plenitud de la alegría procurada por el Sacrificio redentor de Cristo, gracias al cual la Iglesia «renace y se alimenta continuamente de modo maravilloso» [6].

Sea pues éste un Año verdaderamente Santo, sea realmente un tiempo de gracia y de salvación, más intensamente santificado por la aceptación de las gracias de la Redención por parte de la humanidad de nuestro tiempo, mediante la renovación espiritual de todo el pueblo de Dios, que tiene como cabeza a Cristo «que fue entregado a muerte por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación» [7].

3. Toda la vida de la Iglesia está inmersa en la Redención, respira la Redención. Para redimirnos, vino Cristo al mundo desde el seno del Padre; para redimirnos, se ofreció a sí mismo sobre la cruz en acto de amor supremo hacia la humanidad, dejando a su Iglesia su Cuerpo y su Sangre «en memoria suya» [8] y haciéndola ministro de la reconciliación con poder para perdonar los pecados [9].

La Redención se comunica al hombre mediante la proclamación de la Palabra de Dios y los sacramentos, dentro de la economía divina por la cual la Iglesia está constituida, en cuanto cuerpo de Cristo, «como sacramento universal de salvación» [10]. El Bautismo, sacramento del nuevo nacimiento en Cristo, introduce vitalmente a los fieles en esta corriente que brota del Salvador. La Confirmación los vincula más estrechamente con la Iglesia, los corrobora en el testimonio de Cristo y en el amor coherente a Dios y a los hermanos. La Eucaristía en particular hace presente toda la obra de la Redención que se perpetúa a lo largo del año en la celebración de los divinos misterios; en ella el mismo Redentor, realmente presente bajo las especies sagradas, se da a los fieles, acercándolos «siempre al amor que es más fuerte que la muerte» [11], los une a sí y al mismo tiempo entre sí. De este modo la Eucaristía construye la Iglesia, ya que es signo y causa de la unidad del Pueblo de Dios, y consiguientemente fuente y culmen de toda la vida cristiana [12]. La Penitencia los purifica, como se dirá ampliamente más adelante. El Orden Sagrado configura a los elegidos a Cristo, Sumo y eterno Sacerdote, y les confiere el poder de apacentar en su nombre a la Iglesia con la palabra y la gracia de Dios, sobre todo en el culto eucarístico. En el Matrimonio «el genuino amor conyugal es asumido en el amor divino y se rige y enriquece por la virtud redentora de Cristo y la acción salvífica de la Iglesia» [13]. Finalmente la Unción de los Enfermos, uniendo los sufrimientos de los fieles a los del Redentor, los purifica con vistas a la redención completa del hombre incluso en su cuerpo y los prepara al encuentro beatífico con Dios, Uno y Trino.

Por otra parte, los diversos elementos de la práctica religiosa cristiana, en particular los que se entienden con el nombre de «sacramentales», así como las expresiones de una genuina piedad popular, extrayendo también ellos su eficacia de la riqueza que mana sin cesar de la Muerte en Cruz y de la Resurrección de Cristo Redentor, facilitan a los fieles un contacto siempre renovado y vivificante con el Señor.

Si pues toda la actividad de la Iglesia está marcada por la fuerza transformadora de la Redención de Cristo y se alimenta continuamente en estas fuentes de la salvación[14], es claro que el Jubileo de la Redención —como dije al Sacro Colegio el 23 de diciembre— no debe ser sino un «año ordinario celebrado cíe modo extraordinario: la posesión de la gracia de la Redención, vivida ordinariamente dentro y mediante la estructura misma de la Iglesia, se convierte en extraordinaria por la peculiaridad de la celebración anunciada »[15]. De este modo, la vida y la actividad de la Iglesia se hacen este año « jubilares »: el Año de la Redención debe dejar una huella particular en toda la vida de la Iglesia, para que los cristianos sepan descubrir de nuevo en su experiencia existencial todas las riquezas inherentes a la salvación que les ha sido comunicada desde el bautismo y se sientan impulsados por el amor de Cristo « persuadidos de que si uno murió por todos, luego todos son muertos; y murió por todos para que los que viven no vivan ya para sí sino para aquel que por ellos murió y resucitó» [16]. Dado que la Iglesia es dispensadora de la multiforme gracia de Dios, si atribuye a este Año un significado específico, entonces la economía divina de la salvación se actuará en las diversas formas en que se manifieste este Año Jubilar de la Redención.

De todo ello se deriva para este acontecimiento un acentuado carácter pastoral. En el descubrimiento y en la práctica vivida de la economía sacramental de la Iglesia, a través de la cual llega a cada uno y a la comunidad la gracia de Dios en Cristo, hay que ver el profundo significado y la belleza arcana de este Año que el Señor nos concede celebrar.

Por otra parte, tiene que quedar claro que este tiempo fuerte, durante el cual todo cristiano está llamado a realizar más en profundidad su vocación a la reconciliación con el Padre en el Hijo, conseguirá plenamente su objetivo únicamente cuando desemboque en un nuevo compromiso por parte de cada uno y de todos al servicio de la reconciliación no sólo entre todos los discípulos de Cristo, sino también entre todos los hombres, y al servicio de la paz entre todos los pueblos. Una fe y una vida auténticamente cristianas deben desembocar necesariamente en una caridad que lleva a la verdad y promueve la justicia.

4. La extraordinaria celebración jubilar de la Redención quiere ante todo reavivar en los hijos de la Iglesia católica la conciencia de que «su excelente condición no deben atribuirla a los méritos propios, sino a una gracia singular de Cristo, a la que, si no responden de pensamiento, palabra y obra, lejos de salvarse, serán juzgados con mayor severidad» [17].

Consiguientemente, todo fiel debe sentirse llamado en primer lugar a un compromiso singular de penitencia y renovación, porque tal es el estado permanente de la Iglesia misma, la cual, «Siendo al mismo tiempo santa y necesitada de purificación, avanza continuamente por la senda de la penitencia y de la renovación» [18] siguiendo la invitación hecha por Cristo a las muchedumbres, al comienzo de su ministerio: «Convertíos y creed en el evangelio» [19].

Dentro de este específico compromiso, el Año que estarnos para celebrar, se coloca en la línea del Año Santo 1975, al que mi venerado Predecesor Pablo VI asignó como finalidad primordial la renovación en Cristo y la reconciliación con Dios[20]. En efecto, no puede darse renovación espiritual que no pase por la penitencia-conversión, bien sea como actitud interior y permanente del creyente y como ejercicio de la virtud que corresponde a la incitación del Apóstol a «hacerse reconciliar con Dios» [21], bien sea como acceso al perdón de Dios mediante el Sacramento de la Penitencia.

Es efectivamente una exigencia de su misma condición eclesial el que todo católico no omita nada para mantenerse en la vida de gracia y haga todo lo posible para no caer en el pecado que le separaría de ella, para que esté siempre en condiciones de participar en el Cuerpo y en la Sangre del Señor, y sea así de provecho para toda la Iglesia en su misma santificación personal y en el compromiso cada vez más sincero al servicio del Señor.

5. La libertad del pecado es por tanto fruto y exigencia primaria de la fe en Cristo Redentor y en su Iglesia, habiéndonos liberado él para que quedásemos libres [22] y participásemos en el don de su Cuerpo sacramental para edificación de su Cuerpo eclesial.

Al servicio de esta libertad el Señor Jesús instituyó en su Iglesia el Sacramento de la Penitencia, para que quienes han cometido pecado después del bautismo sean reconciliados con Dios, al que han ofendido, y con la Iglesia misma, a la que han herido [23].

La llamada universal a la conversión [24] se insiere precisamente en este contexto. Dado que todos son pecadores, todos tienen necesidad cíe ese cambio radical de espíritu, de mente y de vida, que en la Biblia se llama metánoia, conversión. Esta actitud es suscitada y alimentada por la palabra de Dios que es revelación de la misericordia del Señor [25], se actúa sobre todo por vía sacramental y se manifiesta en múltiples formas de caridad y de servicio a los hermanos.

Para que se pueda restablecer el estado de gracia, en la economía ordinaria no basta reconocer internamente la propia culpa ni hacer una reparación externa. En efecto, Cristo Redentor, instituyendo la Iglesia y constituyéndola sacramento universal de salvación, ha establecido que la salvación de cada uno se verifique dentro de la Iglesia y mediante el ministerio de la Iglesia misma[26], del cual Dios se sirve también para comunicar el comienzo de la salvación, que es la fe [27].

Ciertamente los caminos del Señor son inescrutables y el misterio del encuentro con Dios en la conciencia es insondable; pero el «camino» que Cristo nos ha hecho conocer es el que pasa a través de la Iglesia, la cual, mediante el sacramento o al menos el «voto» del mismo, restablece un nuevo contacto personal entre el pecador y el Redentor. Tal contacto vivificante es indicado también por el signo de la absolución sacramental, en la cual Cristo que perdona, a través de su ministro, alcanza en su individualidad la persona que necesita ser perdonada, y vivifica en ella la convicción de fe, de la que depende cualquier otra: «la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí» [28].

6. Cada nueva experiencia del amor misericordioso de Dios y cada respuesta individual de amor penitente por parte del hombre es siempre un acontecimiento eclesial. A la virtud propia del Sacramento se añaden, como participación en el mérito y valor satisfactorio infinito de la Sangre de Cristo, único Redentor, los méritos y satisfacciones de todos aquellos que, santificados en Jesucristo y fieles a la vocación a ser santos [29], ofrecen gozos y oraciones, privaciones y sufrimientos en favor de los hermanos en la fe más necesitados de perdón, y más aún en favor de todo el Cuerpo de Cristo que es la Iglesia [30].

Por consiguiente, la práctica de la Confesión sacramental, en el contexto de la comunión de los santos que ayuda de diversas maneras a acercar los hombres a Cristo[31], es un acto de fe en el misterio de la Redención y de su realización en la Iglesia. La celebración de la penitencia sacramental es siempre, en efecto, un acto de la Iglesia con el cual ella proclama su fe, da gracias a Dios por la libertad con que Cristo nos ha liberado, ofrece su vida como sacrificio espiritual en alabanza de la gloria de Dios y entre tanto acelera el paso hacia Cristo el Señor.

Es exigencia del mismo misterio de la Redención que el ministerio de la reconciliación, confiado por Dios a los Pastores de la Iglesia [32], encuentre su natural realización en el Sacramento de la Penitencia. De ello son responsables los Obispos, que son en la Iglesia los administradores cíe la gracia [33] derivada del sacerdocio de Cristo, participado a sus ministros, también como moderadores de la disciplina penitencial; de ello son responsables los Sacerdotes, los cuales pueden unirse a la intención y a la caridad de Cristo, particularmente administrando el Sacramento de la Penitencia [34].

7. Con estas consideraciones me siento cercano y unido a las preocupaciones pastorales de todos mis Hermanos en el Episcopado. Es, al respecto, muy significativo que el Sínodo de los Obispos, que se celebrará en este Año jubilar de la Redención, tenga como tema precisamente la reconciliación y la penitencia en la misión de la Iglesia.

Ciertamente los Sagrados Pastores dedicarán, junto conmigo, particular atención a la función insustituible del Sacramento de la Penitencia en esta misión salvífica de la Iglesia, y pondrán todo esfuerzo para que no se omita nada de lo que ayuda a la edificación del Cuerpo de Cristo [35]. ¿No es quizás nuestro común y más ardiente deseo que, en este Año de la Redención, disminuya el número de las ovejas errantes y tenga lugar para todos un retorno hacia el Padre que espera [36] y hacia Cristo, pastor y guardián de las almas de todos? [37]

La Iglesia, acercándose al inicio de su tercer milenio, se siente particularmente comprometida en la fidelidad a los dones divinos, que tienen en la Redención de Cristo su fuente, y mediante los cuales el Espíritu Santo la guía a su desarrollo y renovación, para que sea esposa cada vez más digna de su Señor[38]. Por eso ella confía en el Espíritu Santo y quiere asociarse a su acción misteriosa como la Esposa que invoca la llegada de Cristo [39].

8. La gracia específica del Año de la Redención es pues un renovado descubrimiento del amor de Dios que se da, y es una profundización de las riquezas inescrutables del misterio pascual de Cristo, hechas propias mediante la experiencia cotidiana de la vida cristiana, en todas sus formas. Las diversas prácticas de este Año jubilar deben orientarse hacia tal gracia, con un esfuerzo continuo que supone y exige el alejamiento del pecado, de la mentalidad del mundo el cual « yace en poder del Maligno »[40], de todo lo que impide o frena el camino de la conversión.

En esta perspectiva de gracia se sitúa también el don de la indulgencia, propio y característico del Año jubilar, que la Iglesia, en virtud del poder que le confirió Cristo, ofrece a todos aquellos que con las disposiciones indicadas cumplen las prescripciones propias del jubileo. Como subrayaba mi Predecesor Pablo VI en la Bula de Convocación del Año Santo del 1975, «con la indulgencia la Iglesia, sirviéndose de su potestad de ministro de la Redención operada por Cristo el Señor, comunica a los fieles la participación de esta plenitud de Cristo en la comunión de los Santos, ofreciéndoles en medida amplísima los medios para alcanzar la salvación» [41].

La Iglesia, dispensadora de gracia por expresa voluntad de su Fundador, concede a todos los fieles la posibilidad de acercarse, mediante la indulgencia, al don total de la misericordia de Dios, pero requiere que haya plena disponibilidad y la necesaria purificación interior, ya que la indulgencia no es separable de la virtud y del Sacramento de la Penitencia. Confío mucho en que con el Jubileo pueda purificarse en los fieles el don del «temor de Dios», dado por el Espíritu Santo que, en la delicadeza de su amor, los lleve cada vez más a evitar el pecado y a tratar de repararlo en sí mismos y en los otros, aceptando los sufrimientos cotidianos y cumpliendo las diversas prácticas jubilares. Conviene descubrir el sentido del pecado, y para llegar a ello conviene descubrir el sentido de Dios. El pecado es, en efecto, una ofensa hecha a Dios justo y misericordioso, que exige ser convenientemente expiada en ésta o en la otra vida. Cómo no recordar la saludable amonestación: «¡El Señor juzgará a su pueblo. Es tremendo caer en las manos de Dios vivo!» [42].

A esta renovada conciencia del pecado y de sus consecuencias debe corresponder una revalorización de la vida de gracia, de la que la Iglesia gozará como de un nuevo don de Redención de su Señor Crucificado y Resucitado. A eso está dirigida la intención eminentemente pastoral del Jubileo, de la que ya he hablado.

9. Por eso, la Iglesia entera, desde los Obispos hasta los fieles más pequeños y humildes, se siente llamada a vivir la última fase de este siglo XX de la Redención que la prepare para el tercer milenio ya cercano, con los mismos sentimientos con los que la Virgen María esperaba el nacimiento del Señor en la humildad de nuestra naturaleza humana. Como María ha precedido a la Iglesia en la fe y en el amor en el alba de la era de la Redención, así la preceda hoy mientras, en este jubileo, se prepara hacia el nuevo milenio de la Redención.

Nunca como en esta nueva época de su historia, en María la Iglesia «admira y ensalza el fruto más espléndido de la redención y la contempla gozosamente como una purísima imagen de lo que ella misma, toda entera, ansía y espera ser» [43]; en María reconoce, venera e invoca la «primera redimida» y, al mismo tiempo, la primera en ser asociada más cercanamente a la obra de la Redención.

La Iglesia entera deberá, pues, tratar de concentrarse, como María, con amor indiviso, en Jesucristo su Señor, dando testimonio con la enseñanza y con la vida de que nada se puede hacer sin El, ya que en nadie más puede estar la salvación [44]. Y como María, aceptando la Palabra divina, llegó a ser Madre de Jesús y se consagró totalmente a sí misma a la persona y a la obra de su Hijo, sirviendo al misterio de la Redención [45], así la Iglesia debe proclamar hoy y siempre que no conoce, en medio de los hombres, sino a Jesucristo Crucificado, que por nosotros se ha hecho sabiduría, justificación, santificación y redención [46].

Con este testimonio de Cristo Redentor también la Iglesia, como María, podrá encender la llama de una nueva esperanza para el mundo entero.

10. Durante este Año Jubilar de la Redención, que sabemos se realizó una vez para siempre, pero que se aplica y expande para incremento de la santificación universal que siempre debe perfeccionarse, deseo con trepidante esperanza un recíproco encuentro de intenciones entre todos los que creen en Cristo: incluso en aquellos hermanos nuestros que están en comunión real con nosotros, aunque no plena, porque están unidos en la fe en el Hijo de Dios, Redentor y Señor nuestro, y en el bautismo común [47].

En efecto, todos los que han respondido a la elección divina para obedecer a Jesucristo, para ser rociados con su sangre y llegar a ser partícipes de su resurrección [48], creen que la Redención de la esclavitud del pecado es el cumplimiento de toda la Revelación divina, porque en ella se ha verificado lo que ninguna criatura habría podido nunca pensar ni hacer: o sea, que Dios inmortal en Cristo se inmoló en la Cruz por el hombre y que la humanidad mortal ha resucitado en El. Creen que la Redención es la suprema exaltación del hombre, ya que lo hace morir al pecado con el fin de hacerlo partícipe de la vida misma de Dios. Creen que cada existencia humana y la historia entera de la humanidad reciben plenitud de significado solamente por la inquebrantable certeza de que «tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» [49].

Ojalá que la renovada experiencia de esta única fe pueda, también en el Año Jubilar, acelerar el tiempo del inefable gozo de los hermanos que viven juntos, escuchando la voz de Cristo en su única grey, con él como único y supremo Pastor [50].

Mientras tanto me alegro de saber que muchos de ellos se preparan a celebrar de modo especial este año a Jesucristo como vida del mundo. Deseo que sus iniciativas tengan éxito y pido al Señor que los bendiga.

11.Sin embargo, come es lógico, la celebración del Año Jubilar concierne principalmente a los fieles de la Iglesia que comparten íntegramente su fe en Cristo Redentor y viven en plena comunión con ella. Como he anunciado ya, el Año Jubilar será celebrado a la vez en Roma y en todas las otras diócesis del mundo [51]. Para ganar la gracias espirituales relacionadas con el jubileo me limitaré a dar aquí, además de algunas disposiciones, ciertas orientaciones de carácter general, dejando a las Conferencias Episcopales y a los Obispos de cada diócesis la misión de establecer indicaciones y sugerencias pastorales más concretas, de acuerdo con la mentalidad y costumbre de cada lugar y con las finalidades del 1950º aniversario de la muerte y resurrección de Cristo. En efecto, la celebración de este acontecimiento quiere ser ante todo una llamada al arrepentimiento y a la conversión, como disposiciones necesarias para la participación en la gracia de la Redención llevada a cabo por él, y para llegar así a una renovación espiritual en cada uno de los fieles, en las familias, en las parroquias, en las diócesis, en las comunidades religiosas y en los otros centros de vida cristiana y de apostolado.

Deseo en primer lugar que se dé una importancia fundamental a las dos condiciones principales requeridas para lucrar la indulgencia plenaria, es decir, a la confesión sacramental personal e íntegra, en la que se da el encuentro entre la miseria del hombre y la misericordia de Dios, y a la comunión eucarística recibida dignamente.

A este respecto, exhorto a todos los sacerdotes a ofrecer con generosa disponibilidad y entrega la más amplia posibilidad a los fieles de disfrutar de los medios de salvación; y para facilitar la misión de los confesores, dispongo que los sacerdotes que acompañen o se unan a peregrinaciones jubilares fuera de su propia diócesis puedan servirse de las facultades que les han concedido en la propia diócesis las legítimas Autoridades. Facultades especiales serán otorgadas por la S. Penitenciaria Apostólica a los Penitenciarios de las Basílicas Patriarcales Romanas y, en cierta medida, también a los otros sacerdotes que escuchen las confesiones de los fieles que se acerquen al sacramento de la Penitencia para lucrar el Jubileo.

Interpretando el sentimiento materno de la Iglesia, dispongo que la indulgencia del jubileo pueda ser lucrada eligiendo uno de los modos siguientes, que podrán ser a la vez expresión y compromiso renovado de ejemplar vida eclesial:


A

Participar devotamente en una celebración comunitaria organizada a nivel diocesano, o de acuerdo con las indicaciones del Obispo también en cada parroquia, para ganar el Jubileo. En tal celebración deberá tenerse siempre una plegaria por mis intenciones, en especial para que el acontecimiento de la Redención pueda ser anunciado a todos los pueblos, y para que en cada Nación los creyentes en Cristo Redentor puedan profesar libremente su propia fe. Es de desear que la celebración vaya acompañada, en lo posible, por una obra de misericordia, en la que el penitente continúe y exprese su compromiso de conversión.

El acto comunitario podrá consistir, de manera especial, en la participación:

— en la Santa Misa organizada para el Jubileo. Procuren los Obispos que en sus diócesis se asegure a los fieles la posibilidad de participar en ella y que la celebración sea digna y bien preparada. Cuando las normas litúrgicas lo permitan, se aconseja que se elija una de las Misas «pro reconciliatione, pro remissione peccatorum, ad postulandam caritatem, pro concordia fovenda, de mysterio Sanctae Crucis, de SS. Eucharistia, de pretiosissimo Sanguine D. N. I. C.», cuyos formularios se encuentran en el Misal Romano, y se podrá usar una de las Plegarias eucarísticas para la reconciliación;

— o bien en una celebración de la Palabra, que podría ser una adaptación o ampliación del Oficio de las Lecturas, o en la celebración de Laudes o Vísperas, con tal que tales celebraciones estén destinadas a los fines del Jubileo;

— o bien en una celebración penitencial promovida para ganar el Jubileo, que termine con la confesión individual de cada penitente, según está previsto en el Rito de la Penitencia (II forma);

— o bien en una administración solemne del Bautismo o de otros Sacramentos (como, por ejemplo, la Confirmación o la Unción de los Enfermos «dentro de la Eucaristía»);

— o bien en el piadoso ejercicio del Vía crucis, organizado para ganar el Jubileo.

Los Obispos diocesanos podrán disponer además que la indulgencia jubilar pueda ser lucrada mediante la participación en una misión popular promovida por las parroquias con motivo del Jubileo de la Redención, o participando en jornadas de retiro espiritual organizadas para grupos o categorías de personas. Obviamente, no podrá faltar una oración por las intenciones del Papa.


B

Visitar individualmente, o bien —como sería preferible— acompañado de la propia familia, una de las iglesias o lugares indicados más abajo, dedicándose allí a «un tiempo de meditación» y renovando la propia fe recitando el Credo y el Padrenuestro y rezando por mis intenciones, como indicado más arriba.

Por lo que se refiere a las iglesias y lugares, dispongo lo siguiente:

a) En Roma deberá realizarse una visita a una de las cuatro Basílicas Patriarcales (San Juan de Letrán, San Pedro en el Vaticano, San Pablo Extramuros y Santa María la Mayor), o bien a una de las Catacumbas o la Basílica de Santa Cruz de Jerusalén.

El Comité para el Año Jubilar, en colaboración con la diócesis de Roma, se ocupará de la programación coordinada y continua de las celebraciones litúrgicas con una adecuada asistencia religiosa y espiritual a los peregrinos.

b) en las otras diócesis del mundo el Jubileo podrá ser ganado visitando una de las iglesias designadas por los Obispos. En la designación de tales lugares, entre los que deberá ser incluida en primer lugar la Catedral, los Obispos deberán tener presente las necesidades de los fieles, pero a la vez es conveniente que se conserve, en lo posible, el sentido de peregrinación, el cual expresa en su simbolismo la necesidad, la búsqueda, y a veces la inquietud del alma que anhela establecer o restablecer un vínculo de amor con Dios Padre, con el Hijo, Redentor del hombre, y con el Espíritu Santo que realiza la salvación en los corazones.

Todos los que por motivos de deficiente salud no puedan ir a una de las iglesias indicadas por el Ordinario local, podrán ganar las indulgencias del Jubileo realizando una visita a su propia iglesia parroquial. Para los enfermos que no pueden realizar tal visita, bastará que se unan espiritualmente al acto que para ganar el Jubileo realizan sus propios familiares o parroquia, ofreciendo a Dios sus oraciones y sufrimientos. Análogas facilitaciones son concedidas a los que viven en institutos para ancianos o en centros penitenciarios, a los que deberán prestarse esmeradas atenciones pastorales a la luz de Cristo Redentor universal.

Los religiosos y religiosas de clausura podrán ganar el Jubileo en sus iglesias monásticas o conventuales.

Durante el Año Jubilar quedan en vigor las otras concesiones de indulgencias, y la norma según la cual se puede lucrar el don de la Indulgencia plenaria solamente una vez al día [52]. Todas las indulgencias pueden ser aplicadas a los difuntos como sufragios [53].

12. La Puerta Santa, que yo mismo abriré en la Basílica Vaticana el 25 de marzo próximo, sea signo y símbolo de un nuevo acercamiento a Cristo, Redentor del hombre, que llama a todos, sin excluir a nadie, a una consideración más apropiada del misterio de la Redención y a participar en sus frutos [54], especialmente mediante el Sacramento de la Penitencia.

Un especial rito de plegaria y de penitencia podrá ser celebrado por los Obispos de todo el mundo en las respectivas Catedrales, el mismo día o en fecha inmediatamente sucesiva, a fin de que al comenzar solemnemente el Jubileo, el Episcopado de los cinco Continentes, unido a sus propios sacerdotes y fieles, manifieste su unión espiritual con el Sucesor de Pedro.

Invito de corazón a mis hermanos en el Episcopado, a los sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles todos a vivir y hacer vivir intensamente este año de gracia.

Pido a María Santísima, Madre del Redentor y Madre de la Iglesia, que interceda por nosotros y nos obtenga la gracia de una fructuosa celebración del Año Jubilar, a 20 años del Concilio Vaticano II, y «muestre una vez más a toda la Iglesia, más aún a toda la humanidad, a Jesús, que es el "fruto bendito de su vientre", y que es el Redentor de todos» [55]. En sus manos y corazón de Madre deposito el buen resultado de esta celebración jubilar.

Quiero que esta carta tenga plena eficacia en toda la Iglesia y sea cumplida no obstante cualquier disposición contraria.

Dado en Roma, junto a San Pedro, en la Solemnidad de la Epifanía del Señor, día 6 de enero del año 1983, quinto de mi Pontificado.

YO JUAN PABLO

OBISPO DE LA IGLESIA CATÓLICA


Notas

[1] Cfr. Homilía en el comienzo solemne del Pontificado: AAS 70 (1978), 949; Enc. Redemptor hominis, 2: AAS 71 (1979), 259 s.; Enc. Dives in misericordia, 7: AAS 72 (1980), 1199-1203.

[2] Cfr. Mt 16, 17-19; 28, 18-20.

[3] Cfr. Gál 4, 4-6.

[4] Bula Quod nuper: AAS 25 (1933), 6.

[5] Cfr. Heb 2, 14 s.

[6] Misal Romano, Domingo de Pascua de Resurrección, Misa del día. Oración sobre las ofrendas.

[7] Rom 4,25.

[8] Cfr. Lc 22, 19; 1Cor 11, 24 s.

[9] Cfr. Jn 20, 23; 2Cor 5,18 s.

[10] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia, Lumen gentium, 48.

[11] Juan Pablo PP. II, Enc. Dives in misericordia, 13: AAS 72 (1980), 1219.

[12] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia, Lumen gentium, 11.

[13] Conc. Ecum. Vat. II, Const. pastoral sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, Gaudium et spes, 48.

[14] Cfr. Is 12, 3.

[15] Discurso a los Cardenales y Miembros de la Curia Romana, 3: «L'Osservatore Romano», edición en lengua española, 2 de enero de 1983.

[16] Cfr. 2Cor 5, 14 s.

[17] Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia, Lumen gentium, 14.

[18] Ibid., 8.

[19] Mc 1, 15.

[20] Cfr. Bula Apostolorum limina, I: AAS 66 (1974), 292 ss.

[21] Cfr. 2 Cor 5, 20.

[22] Cfr. Gál 5, 1.

[23] Cfr. Cont. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia, Lumen gentium, 11; Ordo Paenitentiae, n. 2.

[24] Cfr. Mc 1, 15; Lc 13, 3-5.

[25] Cfr. Mc 1, 15.

[26] Cfr. Ordo Paenitentiae, n. 46.

[27] Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm, sobre la Iglesia, Lumen gentium, 11; Conc. Ecum. Trid., Sess. VI De iustific., can. 8: DS 1532.

[28] Gál 2, 20.

[29] Cfr. 1 Cor 1, 2.

[30] Cfr. Gál 6, 10; Col 1, 24.

[31] Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia, Lumen gentium, 50.

[32] Cfr. 2 Cor. 5, 18.

[33] Cfr. 1 Pe 4, 10.

[34] Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 26; Decreto sobre el ministerio y vida de los presbíteros, Presbyterorum ordinis, 13.

[35]Cfr . Ef 4, 12.

[36] Cfr. Lc 15, 20.

[37] Cfr. 1 Pe 2, 25.

[38] Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia, Lumen gentium, 9, 12.

[39] Cfr. Ap 22, 17.

[40] 1Jn 5, 19.

[41] Bula Apostolorum limina, II: AAS 66 (1974), 295.

[42] Heb 10, 30 s.

[43] Conc. Ecum. Vat. II, Const. sobre la sagrada liturgia, Sacrosanctum Concilium, 103.

[44] Cfr. Jn 15, 5; Act 4, 12

[45] Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 56.

[46] Cfr..1 Cor. 1, 30; 2, 2.

[47] Cfr. Conc. Ecum. Vat. II, Decr. sobre el ecumenismo, Unitatis redintegratio, 12, 2.

[48] Cfr. 1 Pe 1, 1 s.; Col 3, 1.

[49] Jn 3, 16.

[50] Cfr. Sal 133 (I32), 1; Jn 10, 16.

[51] Discurso a los Cardenales y Miembros de la Curia Romana, 3: «L'Osservatore Romano», edición en lengua española 2 de enero de 1983.

[52] Cfr. Enchiridion Indulgentiarum, Normae de Indulgentiis n. 24, 1.

[53] Cfr. ibid., 1. c., n. 4.

[54] Cfr. 1 Tim 2, 4.

[50] Discurso a los Cardenales y Miembros de la Curia Romana, 11: «L'Osservatore Romano», edición en lengua española, 2 de enero de 1983.




jueves, 7 de octubre de 1982

MAGNUM MATRIMONII SACRAMENTUM (7 DE OCTUBRE DE 1982)


CONSTITUCIÓN APOSTÓLICA

MAGNUM MATRIMONII SACRAMENTUM

DEL SUMO PONTÍFICE

JUAN PABLO II

RECONOCIMIENTO JURÍDICO
AL INSTITUTO DE ESTUDIOS SOBRE MATRIMONIO Y FAMILIA

1. La Iglesia se ha preocupado siempre con especial atención del gran sacramento del matrimonio (cf. Ef 5, 32), ya que “es consciente de que el matrimonio y la familia constituyen uno de los bienes más preciados de la humanidad” (Familiaris consortio, 1).

Pues “la salvación de la persona y de la comunidad humana y cristiana está estrechamente ligada a la condición de la comunidad conyugal” (Gaudium et spes, 47).

Un testimonio de esta peculiar preocupación pastoral es la amplia cabida que el tema tiene en el Concilio Vaticano II.

Los Sumos Pontífices y los obispos de todo el mundo no han dejado nunca de proponer y urgir a los fieles un perfectísimo modelo de familia, respondiendo al mismo tiempo a la problemática de nuestro tiempo, como fue el caso de la Encíclica Humanae vitae de nuestro predecesor Pablo VI.

Entre los numerosos signos de este diligente cuidado sobresalen, sin duda, el Sínodo de los Obispos celebrado en Roma de los días 26 de septiembre al 25 de octubre de 1980 y la constitución del Pontificio Consejo para la Familia.

2. Entre las principales tareas encomendadas a la misión de la Iglesia en lo referente al matrimonio y la familia está “la de proclamar a todos el designio de Dios sobre el matrimonio y la familia, asegurando su plena vitalidad, así como su promoción humana y cristiana” (Familiaris consortio, 3).

Esta es la razón por la que la Iglesia, especialmente después del Concilio Vaticano II, se preocupó de promover la investigación teológica acerca del matrimonio y la familia, de erigir institutos para la formación de los que trabajan en este campo de la pastoral. Ha parecidos sin embargo, necesario crear un Instituto principal para promover la investigación acerca del matrimonio y la familia para utilidad de la Iglesia universal.

3. Después de prolongada maduración, establecemos y decretamos que se dé forma jurídica al “Instituto de estudios del Matrimonio y la Familia”, que ya viene funcionando en la Universidad Lateranense, para que la verdad acerca del matrimonio y la familia pueda ser cada vez mejor investigada científicamente, de modo que los laicos, religiosos y sacerdotes puedan recibir formación, ya sea filosófico - teológica, ya en ciencias humanas en esta materia, a fin de que su ministerio pastoral y eclesial se pueda desarrollas de manera más eficaz a favor del Pueblo de Dios.

Pertenece a este Instituto conferir, por derecho propio, los siguientes grados académicos:
— doctorado en sagrada teología con especialización en ciencias teológicas del matrimonio y la familia.

— licenciatura en teología del matrimonio y la familia.

— diploma en ciencias del matrimonio y la familia.
4. El Instituto conseguirá estos fines:

a) Instituyendo un curso para doctorado en sagrada teología con especialización en ciencias teológicas del matrimonio y familia para aquellos que ya tienen la licenciatura en sagrada teología.

b) Instituyendo un curso para licenciatura en teología del matrimonio y la familia para los que ya tienen el bachillerato en teología.

c) Instituyendo un curso para el diploma en teología de matrimonio y la familia para aquellos que en su propia nación pueden frecuentar estudios en universidad.

d) Instituyendo seminarios de estudio invitando a personas competentes a tratar los importantes y urgentes problemas acerca del matrimonio y la familia, según la opinión de las autoridades académicas del Instituto o a instancia de los dicasterios de la Curia romana o de las Conferencias Episcopales.

5. Son autoridades académicas del Instituto: el gran canciller y rector de la Pontificia Universidad Lateranense, el presidente y el consejo del Instituto. El presidente es nombrado por el Sumo Pontífice, y pertenece por su cargo al senado académico de la Pontificia Universidad Lateranense.

6. Para llevar a efecto lo establecido en esta Constitución Apostólica, redáctense unos estatutos que serán aprobados por la autoridad de la Santa Sede, oído el senado académico de la Pontificia Universidad Lateranense.

7. El Instituto estará en estrecha relación con el Pontificio Consejo para la Familia, según la Carta Apostólica, dada Motu proprio, Familia a Deo Instituta, núm. V, f.

8. El Instituto estará bajo el especial patronazgo de la Santísima Virgen de Fátima.

9. Esta Constitución que, fuera de lo ordinario, se publica oficialmente en L’Osservatore Romano, empezará a tener vigencia el 14 de octubre de 1982.

Queremos finalmente que esta Constitución, mediante nuestra firma, tenga plena validez y eficacia y sea religiosamente observada por todos aquellos a quienes corresponda, sin que nada obste en contrario.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 7 de octubre, memoria de la Virgen del Rosario de 1982, VI año de nuestro pontificado.

IOANNES PAULUS II


sábado, 9 de mayo de 1981

FAMILIA A DEO INSTITUTA (9 DE MAYO DE 1981)


CARTA APOSTÓLICA

EN FORMA DE "MOTU PROPRIO"

FAMILIA A DEO INSTITUTA

DEL SUMO PONTÍFICE

JUAN PABLO II

1. La familia, instituida por el Creador Supremo para que fuese la primera y vital célula de la sociedad humana, por medio de Cristo redentor, que se dignó nacer en la familia de Nazaret, ha sido honrada de tal manera que el matrimonio, es decir, la comunidad de amor y vida conyugal, de la que procede la familia, fue elevado a la dignidad de sacramento, para significar eficazmente la alianza mística de amor del mismo Cristo con la Iglesia (cf. Gaudium et spes, 48).

Teniendo esto presente, el Concilio Ecuménico Vaticano II define a la familia como «iglesia doméstica» (Lumen gentium, 11; cf. también Apostolicam actuositatem, 11), manifestando así la función peculiar que la familia está llamada a desarrollar en toda la economía de la salvación y, por lo tanto, la obligación que tienen todos los miembros de la familia de realizar, cada uno según su propia misión, la triple función profética, sacerdotal y real, que Cristo ha confiado a la Iglesia.

2. No debe extrañar, pues, que la Iglesia, solícita siempre en el decurso de los tiempos por la familia y sus problemas, al haber aumentado hoy tanto los medios para promover la familia, como también los peligros de todo género a que está sometida, vuelva sus ojos a ella con solicitud aun más intensa.

Testimonio significativo de esta solicitud apostólica es la obra que emprendió mi gran predecesor el Papa Pablo VI cuando, el 11 de enero de 1973, decidió constituir un especial "Comité para la Familia", al que competía estudiar los problemas espirituales, morales y sociales de la familia, con criterio y visión pastoral. Este Comité fue concebido como un organismo de estudios e investigaciones pastorales al servicio de la misión de la Iglesia y, en particular, de la Santa Sede.

Con el Motu proprio Apostolatus Peragendi se dispuso que dicho "Comité para la Familia", conservando plenamente su estructura y competencia propias, dependiese del "Pontificio Consejo para los Laicos".

3. Una reflexión atenta sobre la experiencia de estos años y, sobre todo, la necesidad de dar una respuesta cada vez más adecuada a las expectativas del pueblo cristiano, recogidas por el Episcopado de todo el mundo y manifestadas en el reciente Sínodo de los Obispos dedicado a la familia, han inducido a dar una fisonomía y estructura propias al Comité para la Familia, de modo que pueda salir al encuentro de los problemas y dificultades que la familia siente y sufre hoy, a saber, cuanto atañe a la atención pastoral y a la actividad apostólica relativas a este sector tan importante de la vida humana.

Por lo cual, bien pensadas las cosas, y pedido el parecer tanto de mis venerables hermanos cardenales de la Santa Iglesia romana en la reunión extraordinaria de noviembre de 1979, como del Sínodo de los Obispos y de los peritos, se dispone lo siguiente:

I. Se crea el "Pontificio Consejo para la Familia" que sucede, sustituyéndolo, al Comité para la Familia, el cual, por lo tanto, cesa desde ahora.

II. Este Consejo estará presidido por un cardenal, a quien ayudan un secretario y un subsecretario y a quien asisten algunos obispos de varios continentes, así como el secretario del mismo Consejo para la Familia y el vicepresidente del Pontificio Consejo para los Laicos.

Un conveniente número de oficiales de diversas naciones y expertos en cuestiones familiares realizarán el trabajo en la sede u oficinas del Consejo.

III. Serán miembros del Pontificio Consejo seglares, tanto hombres como mujeres, sobre todo casados, de todas las partes del mundo y representativos, como suele decirse, de las diversas áreas culturales. Los miembros serán nombrados directamente por el Sumo Pontífice y se reunirán en asamblea plenaria al menos una vez al año.

IV. El Pontificio Consejo se valdrá de la colaboración de peritos en diversas disciplinas, especialmente relacionadas con cuestiones familiares. También pueden ser llamados como consultores sacerdotes y religiosos.

Todos ellos componen el cuerpo de consultores, que tienen la función de dar consejos y opiniones acerca de las cuestiones propuestas por el Presidente y por los miembros; y pueden ser consultados individual o comunitariamente en las reuniones que se celebrarán de forma periódica.

V. Corresponde al Pontificio Consejo para la Familia promover la pastoral de las familias y el apostolado específico en el campo familiar, aplicando las enseñanzas y orientaciones del Magisterio eclesiástico, de manera que las familias cristianas puedan realizar la misión educativa, evangelizadora y apostólica, a la que están llamadas.

En particular el Consejo:

a) En espíritu de servicio y respetando las propias competencias procurará mantener con los obispos, con las Conferencias Episcopales y con sus organismos encargados de la pastoral familiar intercambio de informaciones y experiencias en orden a dirigir y orientar la pastoral familiar;

b) procurará la difusión de la doctrina de la Iglesia acerca de los problemas familiares, de modo que esa doctrina pueda ser perfectamente conocida e íntegramente propuesta al pueblo cristiano, tanto en la catequesis como a nivel científico;

c) promoverá y coordinará las iniciativas pastorales en orden a la procreación responsable según las enseñanzas de la Iglesia;

d) estimulará la elaboración de estudios relativos a la espiritualidad matrimonial y familiar;

e) animará, sostendrá y coordinará los esfuerzos en defensa de la vida del hombre, durante todo el arco de su existencia, desde el momento mismo de su concepción;

f) promoverá también, a través del trabajo de institutos científicos especializados (teológicos y pastorales), los estudios que tienden a integrar las ciencias teológicas y humanas, en lo referente a los temas de la familia, a fin de que la totalidad de la doctrina de la Iglesia sea cada vez más accesible y mejor comprendida por todos los hombres de buena voluntad;

g) cuidará las relaciones con los Movimientos que, aunque se inspiren en otras confesiones religiosas (o en diversas concepciones ideológicas), acepten la ley natural y un sano humanismo;

h) respetando la competencia propia del Pontificio Consejo para los Laicos y en colaboración con él, procurará la preparación específica de laicos comprometidos individual o asociativamente en el apostolado familiar, inspirará, sostendrá y dirigirá la actividad de los Movimientos católicos familiares, tanto nacionales como internacionales y de los diversos grupos de apostolado de los laicos que tienen como finalidad atender a los problemas familiares. Por lo mismo, mantendrá relaciones especiales con el Pontificio Consejo para los Laicos, en un intercambio periódico de informaciones con miras a reflexiones e iniciativas comunes;

i) instaurará una colaboración recíproca con los dicasterios y organismos de la Curia Romana en las materias de su competencia, que tengan alguna proyección sobre la vida y pastoral de las familias, especialmente en lo que se refiere a la catequesis sobre la familia, a la formación teológica de los jóvenes sobre problemas familiares en los seminarios y en las Universidades Católicas, a la formación y preparación teológico-pastoral, en el campo familiar, de los futuros misioneros y misioneras, de los religiosos y religiosas, a la acción de la Santa Sede ante los competentes Organismos internacionales y ante cada uno de los Estados, para que siempre sean reconocidos y tutelados los derechos de la familia;

j) se preocupará —a través de las Representaciones Pontificias— de recoger datos sobre la situación humana, social y pastoral de las familias en los diversos países.

VI. Un reglamento "ad experimentum", redactado para la aplicación del presente "Motu proprio" de acuerdo con cuanto se establece en la "Regimini Ecclesiae universae" y en el "Reglamento general de la Curia Romana", dará las oportunas disposiciones sobre el funcionamiento del Pontificio Consejo para la Familia.

Roma, junto a San Pedro, 9 de mayo de 1981, año III de mi pontificado.

IOANNES PAULUS II