viernes, 28 de noviembre de 2025

DISCURSO DE LEÓN XIV EN TURQUÍA

Discurso de León XIV en su viaje apostólico a Turquía y al Líbano en ocasión del 1700 Aniversario del Primer Concilio de Nicea.


Excelencias Reverendísimas,

queridos sacerdotes, religiosas y religiosos,

agentes de pastoral, hermanos y hermanas todos:

Es una gran alegría encontrarme aquí en medio de ustedes. Agradezco al Señor que me concede, en mi primer viaje apostólico, visitar esta “tierra sagrada” que es Türkiye, en la cual la historia de Israel encuentra el cristianismo naciente; el Antiguo y el Nuevo Testamento se abrazan, y se escriben las páginas de numerosos Concilios.

La fe que nos une tiene raíces lejanas. En efecto, obediente a la llamada de Dios, nuestro padre Abraham se pone en camino desde Ur de los caldeos y después, desde la región de Jarán al sur de la actual Türkiye, Abraham partió hacia la Tierra prometida (cf. Gn 12,1). En la plenitud de los tiempos, después de la muerte y resurrección de Jesús, también sus discípulos se dirigieron hacia Anatolia y Antioquía —donde posteriormente fue obispo san Ignacio— y fueron llamados “cristianos” por primera vez (cf. Hch 11,26). Desde esa ciudad, san Pablo inició algunos de sus viajes apostólicos, fundando muchas comunidades. Y es precisamente en la costa de la península de Anatolia, en Éfeso, donde, según algunas fuentes antiguas, habría residido y fallecido el evangelista Juan, discípulo amado del Señor (cf. S. Ireneo, Contra los herejes, III, 3, 4; Eusebio de Cesarea, Historia Eclesiástica V, 24, 3).

Además, recordamos con admiración el gran pasado bizantino, el impulso misionero de la Iglesia de Constantinopla y la difusión del cristianismo en todo el Levante. Aún hoy, en Türkiye viven numerosas comunidades cristianas de rito oriental, como armenios, sirios y caldeos, así como las de rito latino. El Patriarcado Ecuménico sigue siendo un punto de referencia tanto para sus fieles griegos como para los que pertenecen a otras denominaciones ortodoxas.

Queridos hermanos, también ustedes han sido engendrados de la riqueza de esta larga historia. Hoy son ustedes la comunidad llamada a cultivar la semilla de la fe que, desde Abraham, los Apóstoles y los Padres de la Iglesia, nos ha sido transmitida. La historia que nos antecede no es simplemente para recordar y después archivar en un pasado glorioso, mientras observamos resignados cómo la Iglesia católica se ha reducido numéricamente. Al contrario, estamos invitados a adoptar la mirada evangélica, iluminada por el Espíritu Santo.

Y cuando miramos con los ojos de Dios, descubrimos que Él ha escogido el camino de la pequeñez para descender en medio de nosotros. Este es el estilo del Señor que todos estamos llamados a testimoniar; los profetas anunciaron la promesa de Dios acerca de un pequeño germen que brotará (cf. Is 11,1), y Jesús elogia a los pequeños que confían en Él (cf. Mc 10,13-16), afirmando que el Reino de Dios no se impone llamando la atención (cf. Lc 17,20-21), sino que se desarrolla como la más pequeña de todas las semillas plantadas en la tierra (cf. Mc 4,31).

Esta lógica de la pequeñez es la verdadera fuerza de la Iglesia. En efecto, esta fuerza no reside ni en sus recursos ni en sus estructuras, ni los frutos de su misión derivan del consenso numérico, de la potencia económica o de la relevancia social. La Iglesia, al contrario, vive de la luz del Cordero y, reunida en torno a Él, es impulsada por el poder del Espíritu Santo en los caminos del mundo. En esta misión, la Iglesia está llamada a confiar constantemente en la promesa del Señor: “No temas, pequeño Rebaño, porque el Padre de ustedes ha querido darles el Reino” (Lc 12,32). Al respecto, recordemos estas palabras del Papa Francisco: “En una comunidad cristiana donde los fieles, los sacerdotes, los obispos, no toman este camino de la pequeñez, no hay futuro, […] el Reino de Dios brota en lo pequeño, siempre en lo pequeño” (Homilía en Santa Marta, 3 diciembre 2019).

La Iglesia que vive en Türkiye es una pequeña comunidad que, no obstante, permanece fecunda como semilla y levadura del Reino. Por eso, los animo a cultivar una actitud espiritual de esperanza confiada, fundada en la fe y en la unión con Dios. Es necesario, ciertamente, dar testimonio del Evangelio con alegría y mirar hacia el futuro con esperanza. Algunos rasgos de esta esperanza ya están presentes, pidamos entonces al Señor que los sepamos reconocer y cultivar; otros, quizá, tengan que ser expresados por nosotros de manera creativa, perseverando en la fe y en el testimonio.

Entre los signos prometedores más hermosos, me vienen a la mente los muchos jóvenes que tocan a las puertas de la Iglesia católica, trayendo consigo sus preguntas y sus inquietudes. A tal propósito, los exhorto a continuar con el riguroso trabajo pastoral que llevan a cabo. Del mismo modo, los invito a escuchar y acompañar a los jóvenes y también a atender aquellas áreas en las cuales la Iglesia en Türkiye está llamada a trabajar, de modo particular: el diálogo ecuménico e interreligioso, la transmisión de la fe a la población local, y el servicio pastoral a los migrantes y refugiados.

Este último aspecto amerita una reflexión. La presencia tan significativa de los migrantes y refugiados en este país, en efecto, supone para la Iglesia el desafío de acoger y servir a aquellos que se encuentran entre los más vulnerables. Al mismo tiempo, esta Iglesia está formada por extranjeros y, de hecho, muchos de ustedes —sacerdotes, religiosas, agentes de pastoral— proceden de otras tierras; esto requiere de su parte un compromiso especial con la inculturación; que la lengua, los usos y las costumbres de Türkiye se conviertan cada vez más en los suyos. La comunicación del Evangelio pasa, de hecho, por esta inculturación.

No quiero olvidar, además, que en esta tierra se celebraron los primeros ocho concilios ecuménicos. Este año se cumple el 1700 aniversario del Primer Concilio de Nicea, “cimiento en el camino de la Iglesia y de la humanidad entera” (Francisco, Discurso a la Comisión Teológica Internacional, 28 noviembre 2024), un acontecimiento siempre actual que nos plantea algunos retos que me gustaría mencionar.

El primero se trata de la importancia de acoger la esencia de la fe y del ser cristianos. En torno al Símbolo de la fe, la Iglesia de Nicea encontró la unidad (cf. Spes non confundit. Bula de convocación del Jubileo Ordinario del Año 2025, n. 17). Por lo tanto, no se trata sólo de una fórmula doctrinal, sino de la invitación a buscar siempre, incluso dentro de las distintas percepciones, espiritualidades y culturas, la unidad y la esencialidad de la fe cristiana entorno a la centralidad de Cristo y a la Tradición de la Iglesia. Nicea nos invita, aún hoy, a reflexionar sobre esto: ¿quién es Jesús para nosotros?, ¿qué significa, en su núcleo esencial, ser cristianos? El Símbolo de la fe, profesado de modo unánime y común, se vuelve de esta manera criterio para discernir, brújula orientadora, eje sobre el cual deben girar nuestro creer y nuestro actuar. A propósito del nexo entre la fe y las obras, quiero agradecer a las organizaciones internacionales, de modo especial a Caritas Internationalis y a Kirche in Not, por el apoyo a las actividades caritativas de la Iglesia y, sobre todo, por la ayuda prestada a las víctimas del terremoto de 2023.

El segundo desafío consiste en la urgencia de redescubrir en Cristo el rostro de Dios Padre. Nicea afirma la divinidad de Jesús y su igualdad con el Padre. En Jesús, nosotros encontramos el verdadero rostro de Dios y su palabra acerca de la humanidad y de la historia. Esta verdad pone constantemente en crisis nuestras representaciones de Dios cuando no corresponden a lo que Jesús nos ha revelado y nos invita a un constante discernimiento crítico sobre las formas de nuestra fe, de nuestra oración, de nuestra vida pastoral y, en general, de nuestra espiritualidad. Hay, sin embargo, otro desafío, que definiría como un “regreso del arrianismo”, presente en la cultura actual y a veces hasta en los propios creyentes, cuando se ve a Jesús con admiración humana, incluso aún con espíritu religioso, pero sin considerarlo realmente como el Dios vivo y verdadero presente entre nosotros. Su ser Dios, Señor de la historia, viene de esta manera oscurecido y nos limitamos a considerarlo un personaje histórico, un maestro sabio, un profeta que ha luchado por la justicia, pero nada más. Nicea nos lo recuerda: Cristo Jesús no es un personaje del pasado, es el Hijo de Dios presente entre nosotros que guía la historia hacia el futuro que Dios nos ha prometido.

Por último, el tercer desafío, la mediación de la fe y el desarrollo de la doctrina. En un contexto cultural completo, el Símbolo de Nicea logró mediar la esencia de la fe a través de las categorías culturales y filosóficas de la época. No obstante, pocos decenios después, en el primer Concilio de Constantinopla, vemos que se profundizó y amplió, y precisamente gracias a esa profundización de la doctrina se llegó a una nueva fórmula: el Símbolo Niceno-Constantinopolitano, que comúnmente profesamos en nuestras celebraciones dominicales.

En esto aprendemos una gran lección. Siempre es necesario mediar la fe cristiana en los lenguajes y categorías del contexto en el que vivimos, como lo hicieron los Padres en Nicea y en los otros concilios. Al mismo tiempo, debemos distinguir el núcleo de la fe de las fórmulas y formas históricas que lo expresan, las cuales siempre son parciales y provisorias, y pueden cambiar a medida que profundizamos en la doctrina. Recordemos que el nuevo Doctor de la Iglesia, san John Henry Newman, insiste en el desarrollo de la doctrina cristiana, porque no es una idea abstracta y estática, sino que refleja el misterio mismo de Cristo. Se trata, por lo tanto, del desarrollo interno de un organismo vivo, que saca a la luz y explica mejor el núcleo fundamental de la fe.

Queridos hermanos, antes de saludarlos, quisiera recordarles la figura, para ustedes tan querida, de san Juan XXIII, que ha amado y servido a este pueblo, afirmando: “Me gusta repetir lo que siento en el corazón: Yo amo a los turcos, aprecio las cualidades naturales de este pueblo” (cf. Diario del alma, 234). Y observando desde la ventana de la casa de los jesuitas a los pescadores del Bósforo, trabajando entre las barcas y las redes, escribió: “El espectáculo me emociona. La otra noche, hacia la una, llovía a cántaros, pero los pescadores estaban allí, impávidos en su ruda tarea […] Imitar a los pescadores del Bósforo, trabajar día y noche con las lámparas encendidas, cada uno en su propia barca, a las órdenes de los jefes espirituales: ese es nuestro grave y santo deber” (Diario del alma, 235).

Deseo que sean animados por esta pasión, que conserven la alegría de la fe, trabajando como pescadores intrépidos en la barca del Señor. Que María Santísima, la Theotokos, interceda por ustedes y los cuide. Gracias.
 

POR ESTO SOSPECHO QUE EL PAPA LEÓN ES HOMOSEXUAL

Su comportamiento es coherente con el de un homosexual encubierto que necesita promover la causa para no negar lo que considera la raíz de su propia existencia.

Por Mundabor


Lo que escribo hoy es algo que, en mi opinión, hay que decirlo. No lo escribo con ánimo de venganza por otras fallas de este pontificado, sino porque creo que lo que voy a decir es parte integrante de por qué este pontificado es tan, tan malo. Existe una seria posibilidad de que, como se ha visto tan a menudo con otros sacerdotes y prelados, la mala teología sea un intento de “compensar” la perversión y la pérdida de fe que probablemente causó.

Mis sospechas de que León es homosexual (no digo que sea un sodomita activo, sino una persona afectada por esta horrible perversión) se basan en tres elementos: 


2) habló de “cambiar de actitud” y 

3) elogió al “padre” Milani.

Cada uno de estos tres elementos, estoy seguro, llevaría a cualquier hombre normal y sensato a sospechar. Pero con los tres juntos, creo que la sospecha es, inevitablemente, más sólida.


Veamos el caso del “chico queer”. Antes de Francisco, ningún Papa había recibido a una persona tan obviamente pervertida, además de tener una ideología tan desviada. Esto es, además, algo que en ningún universo se esperaría que hiciera ningún Papa. Esto fue algo totalmente opcional y una decisión 100 % de León. Además, ocurrió poco después de su nombramiento. El padre “Jamesina” Martin fue recibido por León precisamente como un acto programado, como una indicación del pontificado que quiere tener. Huele tanto a querer complacer al lobby homosexual, que uno se pregunta: ¿por qué este tipo quiere promover tanto la homosexualidad? ¿Por qué?

Homo es quien hace lo que hacen los homosexuales. Dejemos de lado todos los “quizás”, dejemos de poner excusas. A un hombre normal le repugnan profundamente incluso los gestos de estas personas, ¡por no hablar de recibirlos en calidad oficial como “papa”! Si me preguntan a mí, creo que él quiere complacer al lobby homosexual, probablemente porque es uno de ellos, con o sin esqueletos en el armario.

Pero León no se detuvo aquí. Fue más allá. En una declaración sorprendentemente subversiva, afirmó que debemos “cambiar las actitudes” antes de poder “cambiar la doctrina”. Esto es algo asombroso. ¡Es un pensamiento profundamente perverso en primer lugar, y profundamente herético en segundo lugar! En mi opinión, esto es algo que ninguna persona normal, y mucho menos un “papa”, diría jamás, a menos que tuviera un gran interés emocional en el comportamiento homosexual. Una vez más, creo que su hábito blanco le ayuda a evitar el tipo de escrutinio al que se verían sometidos otros

¿Te imaginas a un párroco diciendo este tipo de tonterías y que no se sospechara que pertenece al club de Elton John? Decirle “Santo Padre” a un papa es solo un título honorífico. ¡Puede referirse, sin duda, a un bastardo totalmente pervertido! Cristo nunca te prometió que el papa no fuera un bastardo totalmente pervertido.

El tercero es el elogio de Don Milani.


Permítanme citar aquí, advirtiéndoles que se trata de un tema muy fuerte (el énfasis es mío):

“Sé que si pongo en peligro por mi alma, no es porque haya amado poco, sino porque amo demasiado (es decir, ¡hasta el punto de llevarlos a la cama! ¿Quién podría amar a los niños hasta los huesos sin acabar metiéndoselo por el culo, si no es un profesor que, como ellos, también ama a Dios y teme al infierno?”.

Esto es de una carta que escribió el propio tipo. Le falta un centímetro para admitir un comportamiento que, en Italia, le habría llevado no solo a muchos años de cárcel, sino a horribles violaciones y torturas dentro de la cárcel. De hecho, admite haberlos llevado a la cama, “portare a letto”, lo que significa acto sexual. Es una admisión muy franca de que, como mínimo, es un aspirante a pedófilo. Una vez más: el hecho de que no se pueda esperar que se denuncie a sí mismo por escrito no significa en absoluto que no lo haya hecho, y de hecho, insinúa claramente que lo hizo. De hecho, diría que una carta como esta es una confesión al 99,5 %, y que cualquier persona sensata que la lea entendería que esto es lo máximo que cualquier sacerdote pedófilo escribiría, incluso más de lo que la mayoría escribiría. Pero Milani murió en los años sesenta, cuando era mucho menos probable que un sacerdote pedófilo fuera expuesto públicamente.

De hecho, lo trasladaron a un lugar muy solitario para evitar el escándalo.

Y ese tipo era así.

¿“Temor al infierno”? No me lo creo.

León se desvive por elogiar a este tipo. No hay universo en el que no conozca tanto sus inclinaciones como la letra. Claro que lo sabe, dulce niño de verano. Lo sabe y, de todos modos, alaba al pedófilo.

¿Qué te dice todo esto, por favor, sobre León?

Sí, puede que no crea que el tipo fuera un pedófilo real, en el sentido de actuar. Pero sobre su homosexualidad y su perversión pedófila, no caben dudas.

Ahora que tenemos los tres elementos juntos, terminemos con una consideración muy sensata, muy obvia y de sentido común.

Las personas homosexuales tendrán que expresar su aprobación de la homosexualidad. Es parte integral de la perversión. Una persona puede fantasear con un genocidio de cristianos toda su vida sin hacerlo. Puede odiar a su patria con pasión y decidir que nadie lo sabrá jamás. Pero un homosexual está hundido en el fango de Satanás. Considerará su perversión como la base de su existencia. A menudo sentirá la necesidad imperiosa de que los demás sepan que es homosexual o, si las circunstancias no lo permiten, que apoya la homosexualidad. Esto es lo que hacen. Es parte de la forma en que su perversión está literalmente entretejida en su personalidad. Su voluntad, entonces, será exactamente la que “nuestro hombre” elija.

El comportamiento de León es perfectamente coherente con el de un homosexual encubierto que no puede salir del armario porque “las actitudes no han cambiado”, pero que le encantaría hacerlo y necesita hacer algo, necesita promover la causa para no negar lo que considera la raíz de su propia existencia.

Para cada mujer que lea esto, unas palabras contundentes: un hombre normal, heterosexual y decente se siente asqueado y se estremece ante el más mínimo indicio de homosexualidad. No sé si las mujeres sienten lo mismo por las lesbianas, pero les aseguro que es muy fuerte en los hombres. Es enfrentarse a una monstruosa deformación de la naturaleza. Es, literalmente, inaceptable.

Vivimos en tiempos políticamente correctos. Tiempos en los que mucha gente puede incluso decir “gay” (como en: homo) sin pestañear. Aun así, la naturaleza humana no cambia, y un hombre reconoce las señales de perversión sexual, sin importar los hábitos de quien las muestre.

Todo esto coincide, por supuesto, con la pérdida de la fe y la “religión mundial” que este hombre promueve con tanta vehemencia. ¿Quién empezó a hablar de justicia social? El mismo “sacerdote” que quería metérselo por el culo a sus hijos. El “padre” Milani hizo ambas cosas. León hace al menos una.

Ahí lo tienes.

Por eso sospecho que León es un pervertido.

¿Es esto seguro? No. Podría ser un caso trágico de estupidez mezclado con una deficiencia extrema de testosterona.

¿Pero apostaría a que es homosexual?

Amigo, apostaría una ronda para toda la mesa.
 

OCTOBRI MENSE (22 DE SEPTIEMBRE DE 1891)

Compartimos la profética Encíclica del Papa León XIII del año 1891 en la cual nos advertía sobre aquellos que “se atreven a acusar de “exceso” la devoción a la Virgen María”


ENCÍCLICA 

OCTOBRI MENSE

DEL PAPA LEÓN XIII

SOBRE EL ROSARIO


A nuestros Venerables Hermanos los Patriarcas,
Primados, Arzobispos, Obispos y demás
Ordinarios que tienen gracia y
comunión con la Sede Apostólica.

Venerables Hermanos, Saludo y Bendición Apostólica.

Al llegar el mes de octubre, consagrado a la Santísima Virgen del Rosario, recordamos con satisfacción las exhortaciones que en años anteriores os dirigimos, Venerables Hermanos, deseando, como lo hicimos, que los fieles, impulsados ​​por vuestra autoridad y celo, redoblaran su piedad hacia la augusta Madre de Dios, poderosa auxiliadora de los cristianos, y le rezaran durante todo el mes, invocándola mediante el santísimo rito del Rosario, que la Iglesia, especialmente en tiempos difíciles, ha utilizado siempre para el cumplimiento de todos sus deseos. Este año, una vez más, publicamos Nuestros deseos y os animamos con las mismas exhortaciones. Nos persuade a ello el amor a la Iglesia, cuyos sufrimientos, lejos de mitigarse, aumentan cada día en número y gravedad. Universales y bien conocidos son los males que deploramos: la guerra contra los dogmas sagrados que la Iglesia sostiene y transmite; el escarnio sobre la integridad de la moral cristiana que ella mantiene; enemistad declarada, con la impudencia de la audacia y con malicia criminal, contra el mismo Cristo, como si la obra divina de la Redención misma fuera a ser destruida desde su fundamento, esa obra que, en verdad, ningún poder adverso jamás abolirá o destruirá por completo.

2. Estos no son nuevos acontecimientos en la trayectoria de la Iglesia Militante. Jesús los predijo a sus discípulos. Para enseñar a los hombres la verdad y guiarlos a la salvación eterna, debe librar una guerra diaria; y a lo largo de los siglos ha luchado, hasta el martirio, regocijándose y glorificándose únicamente por la ocasión de firmar su causa con la sangre de su Fundador, prenda segura y certera de la victoria que promete. Sin embargo, no debemos ocultar la profunda tristeza que esta necesidad de guerra constante aflige a los justos. Es, en efecto, motivo de gran dolor que tantos sean disuadidos y extraviados por el error y la enemistad hacia Dios; que tantos sean indiferentes a todas las formas de religión y finalmente se alejen de la fe; que tantos católicos lo sean solo de nombre y no rindan honor ni culto a la religión. Y aún más triste y angustiada se vuelve el alma al pensar en la fecunda fuente de males tan diversos que existen en la organización de los Estados que no dan cabida a la Iglesia y que se oponen a su defensa de la santa virtud. Esta es, en verdad, una terrible manifestación de la justa venganza de Dios, quien permite que la ceguera del alma se extienda sobre las naciones que lo abandonan. Estos son males que claman a gritos, que claman por sí mismos con una voz cada vez más fuerte. Es absolutamente necesario que la voz católica también invoque a Dios con incansable insistencia, “sin cesar” (1); que los fieles oren no solo en sus hogares, sino en público, reunidos bajo el sagrado techo; que imploren con urgencia a Dios, omnisciente, que libere a la Iglesia de los hombres malvados (2) y que devuelva a las naciones atribuladas al buen juicio y la razón, por la luz y el amor de Cristo.

3. Maravilloso e inimaginable es esto. El mundo prosigue su laborioso camino, orgulloso de sus riquezas, de su poder, de sus armas, de su genio; la Iglesia avanza a través de los siglos con paso firme, confiando solo en Dios, a quien, día y noche, eleva sus ojos y sus manos suplicantes. Aunque en su prudencia no descuida la ayuda humana que la Providencia y los tiempos le brindan, no deposita en ellos su confianza, que descansa en la oración, en la súplica, en la invocación de Dios. Así es como renueva su aliento vital; la diligencia de su oración la ha llevado, en su desapego de las cosas mundanas y en su continua unión con la voluntad divina, a vivir la vida tranquila y pacífica de Nuestro Señor Jesucristo; siendo ella misma la imagen de Cristo, cuyo gozo feliz y perpetuo apenas se vio empañada por el horror de los tormentos que soportó por nosotros. Esta importante doctrina de la sabiduría cristiana ha sido siempre creída y practicada por cristianos dignos de tal nombre. Sus oraciones se elevan a Dios con fervor y mayor frecuencia cuando la astucia y la violencia de los perversos afligen a la Iglesia y a su supremo Pastor. De esto, los fieles de la Iglesia en Oriente dieron un ejemplo que debería ofrecerse a la posteridad. Pedro, Vicario de Jesucristo y primer Pontífice de la Iglesia, había sido encarcelado, cargado de cadenas por el culpable Herodes, y abandonado a una muerte segura. Nadie pudo socorrerlo ni librarlo del peligro. Pero existía la ayuda segura que la oración ferviente obtiene de Dios. La Iglesia, como nos cuenta la historia sagrada, oraba sin cesar a Dios por él (3); y cuanto mayor era el temor a una desgracia, mayor era el fervor de todos los que oraban a Dios. Tras la concesión de sus deseos, el milagro se reveló; y los cristianos aún celebran con gozosa gratitud la maravilla de la liberación de Pedro. Cristo nos ha dado un ejemplo aún más memorable, un ejemplo divino, para que la Iglesia se formara no solo sobre sus preceptos, sino también sobre su ejemplo. Durante toda su vida se entregó a la oración frecuente y ferviente, y en las horas supremas en el Huerto de Getsemaní, cuando su alma se llenó de amargura y dolor hasta la muerte, oró a su Padre y oró repetidamente (4). No fue por sí mismo que oró así, pues nada temía ni necesitaba, siendo Dios; oró por nosotros, por su Iglesia, cuyas oraciones y futuras lágrimas ya entonces aceptó con alegría, para devolverlas en misericordia.

4. Pero dado que la salvación de nuestra raza se realizó por el misterio de la Cruz, y dado que la Iglesia, dispensadora de esa salvación tras el triunfo de Cristo, fue fundada e instituida en la tierra, la Providencia estableció un nuevo orden para un nuevo pueblo. La consideración de los designios divinos está unida al gran sentimiento de la Religión. El Hijo Eterno de Dios, a punto de asumir nuestra naturaleza para la salvación y ennoblecimiento del hombre, y a punto de consumar así una unión mística entre Él y toda la humanidad, no cumplió su designio sin añadir el libre consentimiento de la Madre elegida, quien, en cierto modo, representaba a toda la humanidad, según la ilustre y justa opinión de Santo Tomás, quien afirma que la Anunciación se efectuó con el consentimiento de la Virgen, que ocupaba el lugar de la humanidad (5). Con igual verdad puede afirmarse también que, por voluntad de Dios, María es la intermediaria por quien se nos distribuye este inmenso tesoro de misericordias acumulado por Dios, pues la misericordia y la verdad fueron creadas por Jesucristo (6). Así, como nadie va al Padre sino por el Hijo, nadie va a Cristo sino por su Madre. ¡Cuán grande es la bondad y la misericordia reveladas en este designio de Dios! ¡Qué correspondencia con la fragilidad del hombre! Creemos en la infinita bondad del Altísimo y nos regocijamos en ella; creemos también en su justicia y la tememos. Adoramos al amado Salvador, generoso en su sangre y vida; tememos al Juez inexorable. Así, quienes por sus acciones han perturbado sus conciencias necesitan un intercesor poderoso ante Dios, lo suficientemente misericordioso como para no rechazar la causa de los desesperados, lo suficientemente misericordioso como para elevar de nuevo a la esperanza en la divina misericordia a los afligidos y abatidos. María es esta gloriosa intermediaria; es la poderosa Madre del Todopoderoso; pero —lo que es aún más dulce— es gentil, de extrema ternura, de una bondad infinita. Como tal, Dios nos la dio. Habiéndola elegido como Madre de su Hijo Unigénito, le enseñó a todos los sentimientos de una madre que solo respira perdón y amor. Así quiso Cristo que fuera, pues consintió en someterse a María y obedecerla como un hijo a una madre. Así la proclamó desde la cruz cuando confió a su cuidado y amor a toda la humanidad en la persona de su discípulo Juan. Así lo demuestra, finalmente, su valentía al recoger la herencia de los enormes padecimientos de su Hijo y al aceptar la carga de sus deberes maternales hacia todos nosotros.

5. El designio de esta queridísima misericordia, realizada por Dios en María y confirmada por el testamento de Cristo, fue comprendido desde el principio y aceptado con sumo gozo por los Santos Apóstoles y los primeros creyentes. Fue el consejo y la enseñanza de los Venerables Padres de la Iglesia. Todas las naciones de la era cristiana lo recibieron con un solo sentir; e incluso cuando la literatura y la tradición callan, hay una voz que brota de cada corazón cristiano y habla con toda elocuencia. No se necesita otra razón que la de una Fe Divina que, por un impulso poderoso y placentero, nos persuade hacia María. Nada es más natural, nada más deseable que buscar refugio en la protección y la lealtad de aquella a quien podemos confesar nuestros designios y acciones, nuestra inocencia y nuestro arrepentimiento, nuestros tormentos y nuestras alegrías, nuestras oraciones y nuestros deseos, todo lo que nos es justo. Además, todos los hombres albergan la esperanza y la confianza de que las peticiones que podrían recibirse con menos favor de labios de hombres indignos, Dios las aceptará cuando sean recomendadas por la Santísima Madre, y las concederá con todos los favores. La verdad y la dulzura de estos pensamientos brindan al alma un consuelo indescriptible; pero inspiran aún más compasión por quienes, careciendo de Fe Divina, no honran a María ni la tienen por Madre; también por quienes, manteniendo la Fe Cristiana, se atreven a acusar de “exceso” la devoción a María, hiriendo así gravemente la piedad filial.

6. Esta tormenta de males, en medio de la cual la Iglesia lucha tan arduamente, revela a todos sus piadosos hijos el santo deber de orar a Dios con ejemplo, y cómo pueden dar mayor poder a sus oraciones. Fieles al ejemplo religioso de nuestros padres, recurramos a María, nuestra Santa Soberana. Supliquémosle, implorémosle, con un solo corazón, a María, la Madre de Jesucristo, nuestra Madre. “Muéstrate como Madre; haz que nuestras oraciones sean aceptadas por Aquel que, nacido por nosotros, consintió en ser tu Hijo” (7).

7. Ahora bien, entre los diversos ritos y maneras de honrar a la Santísima María, algunos son preferibles, pues sabemos que son los más poderosos y agradables a nuestra Madre; y por esta razón mencionamos especialmente por su nombre y recomendamos el Rosario. El lenguaje común ha dado el nombre de corona a esta forma de oración, que nos recuerda los grandes misterios de Jesús y María unidos en alegrías, tristezas y triunfos. La contemplación de estos augustos misterios, contemplados en su orden, proporciona a las almas fieles una maravillosa confirmación de la fe, protección contra la enfermedad del error y aumento de la fortaleza del alma. El alma y la memoria de quien así ora, iluminadas por la Fe, son atraídas hacia estos misterios por la más dulce devoción, se absorben en ellos y se sorprenden ante la obra de la Redención de la humanidad, realizada a tal precio y por acontecimientos tan grandiosos. El alma se llena de gratitud y amor ante estas pruebas del amor divino; Su esperanza se ensancha y su deseo se acrecienta por lo que Cristo ha preparado para quienes se han unido a Él imitando su ejemplo y participando en sus sufrimientos. La oración se compone de palabras que provienen de Dios mismo, del Arcángel Gabriel y de la Iglesia; está llena de alabanza y de altos deseos; se renueva y continúa en un orden a la vez fijo y variado; sus frutos son siempre nuevos y dulces.

8. Además, podemos creer que la propia Reina del Cielo ha concedido una eficacia especial a esta forma de súplica, pues fue por su mandato y consejo que la devoción fue iniciada y difundida por el Santo Patriarca Domingo como arma potentísima contra los enemigos de la Fe en una época, no muy distinta, de la nuestra, de gran peligro para nuestra Santa Religión. La herejía de los albigenses, unas veces encubierta, otras abiertamente, invadió muchos países, y este vil vástago de los maniqueos, cuyos errores mortales reproducía, fue la causa de suscitar contra la Iglesia la más enconada animosidad y una virulenta persecución. Parecía no haber esperanza humana de oponerse a esta secta fanática y perniciosa cuando llegó el oportuno socorro de lo alto mediante el Rosario de María. Así, bajo el favor de la poderosa Virgen, gloriosa vencedora de todas las herejías, las fuerzas de los malvados fueron destruidas y dispersadas, y la Fe brotó ilesa y más brillante que antes. Se registran ampliamente casos similares, y tanto la historia antigua como la moderna ofrecen pruebas notables de naciones salvadas de peligros y beneficiadas por ellos. Existe otro argumento destacado a favor de esta devoción, pues desde el mismo momento de su institución fue inmediatamente fomentada y practicada con gran frecuencia por todas las clases sociales. En verdad, la piedad del pueblo cristiano honra, con muchos títulos y de múltiples maneras, a la Divina Madre, quien, la única más admirable entre todas las criaturas, resplandece con gloria inefable. Pero este título del Rosario, esta forma de oración que parece contener, por así decirlo, una última muestra de afecto y resumir en sí misma el honor debido a Nuestra Señora, siempre ha sido muy apreciado y ampliamente utilizado en privado y en público, en hogares y familias, en las reuniones de cofradías, en la dedicación de santuarios y en procesiones solemnes; pues no parecía haber mejor manera de celebrar solemnidades sagradas ni de obtener protección y favores.

9. No podemos pasar por alto la especial Providencia de Dios que se manifiesta en esta devoción; pues con el paso del tiempo, el fervor religioso ha parecido a veces disminuir en ciertas naciones, e incluso este piadoso método de oración ha caído en desuso; pero la piedad y la devoción han resurgido y cobrado vigor de una manera admirable cuando, ya sea por la grave situación de la comunidad o por alguna necesidad pública apremiante, se ha recurrido —más a este que a cualquier otro medio de ayuda— al Rosario, por el cual ha recuperado su lugar de honor en los altares. Pero no hay necesidad de buscar ejemplos de este poder en épocas pasadas, ya que en el presente tenemos un ejemplo notable. En estos tiempos —tan turbulentos (como ya hemos dicho) para la Iglesia y tan desgarradores para nosotros—, puestos como estamos al mando por la voluntad divina, aún nos es dado observar con admiración el gran celo y fervor con que se honra y reza el Rosario de María en todo lugar y nación del mundo católico. Y esta circunstancia, que sin duda debe atribuirse a la acción y dirección divina sobre los hombres, más que a la sabiduría y los esfuerzos individuales, fortalece y consuela nuestro corazón, llenándonos de gran esperanza en el triunfo final y glorioso de la Iglesia bajo los auspicios de María.

10. Pero hay quienes, aunque sinceramente concuerdan con lo que hemos dicho, debido a que sus esperanzas —especialmente en cuanto a la paz y la tranquilidad de la Iglesia— aún no se han cumplido, o más bien porque los problemas parecen aumentar, han dejado de orar con diligencia y fervor, en un ataque de desaliento. Que estos reflexionen sobre sí mismos y se esfuercen por que las oraciones que dirigen a Dios se hagan con el espíritu apropiado, según el precepto de nuestro Señor Jesucristo. Y si los hay, que reflexionen cuán indigno y erróneo es querer asignar a Dios Todopoderoso el tiempo y la manera de brindar su ayuda, ya que Él no nos debe nada, y cuando escucha nuestras súplicas y corona nuestros méritos, solo corona sus propios innumerables beneficios (8); y cuando menos cumple con nuestros deseos, es como un buen padre con sus hijos, compadeciéndose de su infantilismo y procurando su bienestar. Pero en cuanto a las oraciones que unimos a los sufragios de los ciudadanos celestiales y ofrecemos humildemente a Dios para obtener su misericordia para la Iglesia, siempre son recibidas y escuchadas favorablemente, y o bien obtienen para la Iglesia grandes e imperecederos beneficios, o bien su influencia se retiene temporalmente para un momento de mayor necesidad. En verdad, a estas súplicas se añade un inmenso peso y gracia: las oraciones y los méritos de Cristo Nuestro Señor, quien amó a la Iglesia y se entregó por ella para santificarla... para ser glorificado en ella (9). Él es su Cabeza Soberana, santo, inocente, siempre vivo para interceder por nosotros, en cuyas oraciones y súplicas siempre podemos confiar por la autoridad divina. En cuanto a la prosperidad exterior y temporal de la Iglesia, es evidente que tiene que enfrentarse a adversarios muy maliciosos y poderosos. Con demasiada frecuencia ha sufrido a manos de ellos la abolición de sus derechos, la disminución y opresión de sus libertades, desprecio y afrentas a su autoridad, y todo ultraje concebible. Y si en su maldad sus enemigos no han consumado todo el daño que se habían propuesto y se habían esforzado por hacer, sin embargo, parecen continuar sin control. Pero, a pesar de ellos, la Iglesia, en medio de todos estos conflictos, siempre se destacará y crecerá en grandeza y gloria. La razón humana no puede comprender correctamente por qué el mal, aparentemente tan dominante, debería ser tan limitado en cuanto a sus resultados; mientras que la Iglesia, en apuros, emerge gloriosa y triunfante. Y se mantiene cada vez más firme en la virtud porque atrae a los hombres a la adquisición del bien supremo. Y siendo esta su misión, sus oraciones deben tener mucho poder para lograr el fin y el propósito de los designios providenciales y misericordiosos de Dios hacia los hombres. Así, cuando los hombres oran con y a través de la Iglesia, finalmente obtienen lo que Dios Todopoderoso ha diseñado desde la eternidad para otorgar a la humanidad (10). La sutileza de la inteligencia humana no logra ahora captar los altos designios de la Providencia; pero llegará el momento en que, por la bondad de Dios, se aclararán las causas y los efectos, y se manifestará el maravilloso poder y la utilidad de la oración. Entonces se verá cuántos, en medio de una época corrupta, se han mantenido puros e inviolados de toda concupiscencia de la carne y del espíritu, trabajando su santificación en el temor de Dios (11); cómo otros, expuestos al peligro de la tentación, se han refrenado sin demora, renovando su virtud ante el peligro mismo; cómo otros, habiendo caído, se han sentido embargados por el ardiente deseo de ser restaurados a los abrazos de un Dios compasivo. Por lo tanto, con estas reflexiones ante sí, suplicamos a todos una y otra vez que no cedan a los engaños del viejo enemigo, ni que, por ningún motivo, cesen del deber de la oración. Que sus oraciones sean perseverantes, que oren sin interrupción; que su primera preocupación sea suplicar por el bien supremo: la salvación eterna del mundo entero y la seguridad de la Iglesia. Luego, pueden pedir a Dios otros beneficios para el provecho y la comodidad de la vida, dando siempre gracias, ya sea que sus deseos sean concedidos o rechazados, como a un padre indulgente. Finalmente, que conversen con Dios con la mayor piedad y devoción, según el ejemplo de los Santos y el de nuestro Santísimo Maestro y Redentor, con grandes clamores y lágrimas (12).

11. Nuestra paternal solicitud nos insta a implorar a Dios, Dador de todos los buenos dones, no solo el espíritu de oración, sino también el de santa penitencia para todos los hijos de la Iglesia. Y mientras hacemos esta ferviente súplica, exhortamos a todos y a cada uno a practicar con igual fervor estas dos virtudes combinadas. Así, la oración fortifica el alma, la fortalece para los nobles esfuerzos y la conduce hacia las cosas divinas: la penitencia nos permite vencernos a nosotros mismos, especialmente a nuestros cuerpos, enemigos inveterados de la razón y de la ley evangélica. Y es muy claro que estas virtudes se unen bien entre sí, se ayudan mutuamente y tienen el mismo objetivo: separar al hombre nacido para el Cielo de los objetos perecederos y elevarlo al trato celestial con Dios. Por otro lado, la mente excitada por las pasiones y debilitada por el placer es insensible a los deleites de las cosas celestiales, y hace que las oraciones frías y negligentes sean indignas de ser aceptadas por Dios. Tenemos ante nuestros ojos ejemplos de la penitencia de hombres santos cuyas oraciones y súplicas fueron, consecuentemente, sumamente agradables a Dios, e incluso obtuvieron milagros. Gobernaron y mantuvieron asiduamente en sujeción sus mentes, corazones y voluntades. Aceptaron con la mayor alegría y humildad las doctrinas de Cristo y las enseñanzas de su Iglesia. Su único deseo era avanzar en la ciencia de Dios; sus acciones no tenían otro objetivo que el aumento de su gloria. Reprimieron con la mayor severidad sus pasiones, trataron sus cuerpos con rudeza y dureza, absteniéndose incluso de los placeres permitidos por amor a la virtud. Y por lo tanto, con toda justicia pudieron haber dicho con el Apóstol Pablo: “Nuestra conversación está en el Cielo” (13); de ahí la potente eficacia de sus oraciones para apaciguar y suplicar a la Divina Majestad. Es claro que no todos están obligados o son capaces de alcanzar estas alturas; sin embargo, cada uno debe corregir su vida y moral a su medida, en satisfacción de la justicia divina: pues a quienes han soportado sufrimientos voluntarios en esta vida se les concede la recompensa de la virtud. Además, cuando en el cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia, todos los miembros están unidos y prosperan, resulta, según San Pablo, que el gozo o el dolor de un miembro es compartido por todos los demás, de modo que si uno de los hermanos en Cristo sufre en mente o cuerpo, los demás acuden en su ayuda y lo socorren en la medida de sus posibilidades. Los miembros se preocupan unos por otros, y si un miembro sufre, todos los miembros sufren en simpatía, y si un miembro se alegra, todos los demás también se alegran. Pero ustedes son el cuerpo de Cristo, miembros de un solo cuerpo (14). Pero en esta ilustración de la caridad, siguiendo el ejemplo de Cristo, quien en la inmensidad de su amor entregó su vida para redimirnos del pecado, pagando él mismo las penas incurridas por otros, reside el gran vínculo de perfección por el cual los fieles se unen estrechamente con los ciudadanos celestiales y con Dios. Sobre todo, los actos de santa penitencia son tan numerosos y variados, y abarcan un espectro tan amplio, que cada uno puede ejercerlos frecuentemente con una voluntad alegre y dispuesta, sin esfuerzo serio ni penoso.

12. Y ahora, Venerables Hermanos, vuestra notable y excelsa piedad hacia la Santísima Madre de Dios, y vuestra caridad y solicitud por el rebaño cristiano, están llenas de abundantes promesas. Nuestro corazón anhela los maravillosos frutos que, en muchas ocasiones, ha producido la devoción del pueblo católico a María; ya los disfrutamos profunda y abundantemente con anticipación. Por lo tanto, a vuestra exhortación y bajo vuestra dirección, los fieles, especialmente durante este mes venidero, se reunirán en torno a los solemnes altares de esta augusta Reina y benignísima Madre, y tejerán y le ofrecerán, como hijos devotos, la mística guirnalda del Rosario, tan grata a ella. Todos los privilegios e indulgencias que hemos concedido aquí quedan confirmados y ratificados. (15)

13. ¡Qué grato y magnífico espectáculo ver en las ciudades, pueblos y aldeas, por tierra y mar, dondequiera que la Fe Católica haya penetrado, cientos de miles de piadosos uniendo sus alabanzas y oraciones con una sola voz y corazón a cada instante del día, saludando a María, invocándola, esperando todo por medio de María! Que por Ella todos los fieles se esfuercen por obtener de su Divino Hijo que las naciones sumidas en el error regresen a la enseñanza y los preceptos cristianos, en los cuales se funda la seguridad pública y la fuente de la paz y la verdadera felicidad. Que por Ella se esfuercen firmemente por la más deseable de todas las bendiciones: la restauración de la libertad de nuestra Madre, la Iglesia, y la tranquila posesión de sus derechos; derechos que no tienen otro objetivo que la cuidadosa dirección de los intereses más queridos de la humanidad, de cuyo ejercicio individuos y naciones nunca han sufrido daño, sino que han obtenido, en todos los tiempos, numerosos y preciados beneficios.

14. Y por vosotros, Venerables Hermanos, por intercesión de la Reina del Santísimo Rosario, rogamos a Dios Todopoderoso que os conceda dones celestiales, mayor y más abundante fuerza y ​​ayuda para cumplir con vuestro oficio pastoral. Como prenda de lo cual os otorgamos con gran amor, a vosotros y al clero y al pueblo encomendados a vuestro cuidado, la Bendición Apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 22 de septiembre de 1891, año decimocuarto de nuestro pontificado.

León XIII


Notas:

1) Tes 5.17.

2) 2 Tes 3.2.

3) Hechos 12.5.

4) Lc 22,44.

5) III. q. xxx, a. 1.

6) Jn 1,17.

7) Ex sacr. liturgia.

8) S. Agosto. Epi CXCIV al 106 Sixtum, cv, n. 19.

9) Efesios 5.25-27.

10) S. Th. II-II, q LXXXIII, a. 2, ex SG reg. METRO.

11) 2 Cor 7.1.

12) Hebreos 5.7.

13) Filipenses 3.20.

14) 1 Cor 12. 25-27.

15) Cfr. Supremi Apostolatus officio (1 de septiembre de 1893); Superiore anno (30 de agosto de 1884).

 

TU GRAN PROYECTO TRAS RECIBIR LA PENSIÓN

Conviene pensar que tu gran proyecto tras recibir la pensión sea, con ayuda de Dios, llegar al Cielo con todas las de la ley. Te parece?

Por Maricruz Tasies-Riba


En mi caso, cobrar la primera pensión marcó el punto exacto en el que empecé a ser viejita.

Qué maravilla! Jamás habría sospechado que el Señor tendría un antes y un después para mi, justo a los 65 años. Cosa de que Dios, todo lo hace bien.

Para llegar a viejo, lo que deseo a todos es que, lleguen con un vehemente deseo de ser santos, por su propio bien ya que, a partir de cierto punto, todo lo que te falta o se te añade, podría convertirse en prueba. Me refiero a que, por ejemplo, la falta de esposo o hijos, se te convierta en la necesidad de pedir ayuda a extraños o parientes no cercanos.

Así la cosa, hacerse viejo es, en verdad, la prueba final a la que te conviene llegar habiendo entendido ciertas cosas tal como que, de ahí para atrás, todo fue un milagro. Un milagro tu buena salud, tu trabajo, tus ahorros, tus estudios, tus entretenimientos, el ejercicio que hiciste, los amigos, los buenos vecinos, los parientes que llegaron a quererte, por mencionar algunas cosas estupendas que, lo largo de tu larga vida, llegaron a ti, muchas veces, sin esperarlo o merecerlo. Todo fue un milagro.

De tal forma que, lo oportuno es que, junto a la pensión, empieces a dar gracias por el tiempo pasado y cada cosa sucedida que te hizo quien eres, para bien o para mal ya que, todavía queda tiempo para pedir perdón, corregir, reparar y, con ayuda de Dios, construir una vejez preciosa; digna de un hijo de Dios.

La gratitud es fundamental. Tendrías que tomártela junto a las primeras pastillas de la mañana.

La gratitud, sí, porque te abre la puerta a la humildad y sin ella, pues seguirás haciendo lo tuyo pensando que son cosas de Dios. Muy equivocado. Sumamente.

Con humildad, una que ni siquiera tú puedas imaginar, se te abren las puertas del Cielo y las del corazón de quienes te quieren y te cuidan, sean parientes y/o personal sanitario. Sí, porque a eso vas: dentro de poco o más, te estarán cuidando como cuando fuiste bebé. No hay escapatoria por lo que, para llegar ahí, la humildad que tengas te salvará la tanda.

Yo lo vengo a entender ahora, justo en este mi primer año de celebrada vejez en la que se me ha hecho necesario volver a escribir a mano en un diario solo las cosas positivas de la vida. Por salud física, mental y emocional, me lo han mandado los que saben con la mucha sabiduría de la que gozan por bondad de Dios.

Dicho lo anterior, lo que sigue es enfatizar en tu necesidad del deseo de ser santo ya que, si no fue hasta ahora que pones cerebro en considerarlo ya que dispones de tiempo (cof, cof), vendría bien que, de verdad, te lo propongas; de todos modos, no tendrás grandes proyectos en los ocupar tu tiempo, solo ser santo y con eso, sobra y basta.

Los grandes proyectos, que quizá tengas alguno entre manos o en mente, muy probablemente, termines dejándoselo a los más jóvenes, así que, conviene pensar que tu gran proyecto tras recibir la pensión sea, con ayuda de Dios, llegar al Cielo con todas las de la ley. Te parece?

QUERIDO PROTESTANTE: ¿DÓNDE CONSEGUISTE TU NUEVO TESTAMENTO?

La Biblia surgió de la Iglesia. En otras palabras, la Biblia se basa en la Iglesia, no al revés. Si se malinterpreta este paradigma, se obtiene una teología desorganizada.

Por Leila Miller


Durante décadas, los protestantes han usado versículos del Nuevo Testamento para mostrarme dónde la Iglesia Católica se equivoca. Siempre les hago retractarme con la siguiente pregunta:

¿Dónde conseguiste tu Nuevo Testamento?

Cuando responden que vino de Dios (y en efecto, así fue), les digo: “Sí, pero ¿cuál fue el mecanismo que Dios usó para traértelo hoy? ¿Cómo llegó a ti, históricamente y en tiempo real, ya que no cayó del Cielo en tus manos, encuadernado en cuero?”.

Nueve de cada diez veces no tienen respuesta porque nunca han considerado la pregunta.

La respuesta rápida:

La Iglesia Católica determinó y estableció oficialmente el canon del Nuevo Testamento aproximadamente 400 años después del inicio del cristianismo. El canon fue declarado por el cuerpo de obispos católicos en el Concilio de Cartago (397 d. C.) y confirmado por el Papa Bonifacio (419 d. C.).

Este es un hecho histórico.

Permítanme profundizar en algunos detalles más, que muy pocos cristianos (protestantes o católicos) conocen.

Tras la ascensión de Cristo al cielo y tras el descenso del Espíritu Santo sobre los primeros cristianos en Pentecostés, la Iglesia prosperó y creció exponencialmente durante años, incluso antes de que se escribiera una sola línea del Nuevo Testamento. Reflexionemos sobre esto: bautismos, catequesis, culto comunitario, conversiones de miles de pecadores, apóstoles y sus compañeros viajando a otras tierras, arriesgándose a la prisión, la tortura y la muerte para evangelizar el mundo con fervor; todo esto continuó durante más de una década antes de que el Nuevo Testamento siquiera se comenzara, y mucho menos se completara.

Sin haber escrito una palabra, la Iglesia estuvo enseñando, predicando, creciendo y floreciendo durante muchos años.

Con el tiempo, unos pocos apóstoles y sus discípulos comenzaron a escribir parte de la Tradición oral de la Iglesia: los Evangelios, que relataban la vida, muerte y resurrección de Jesús, y también las Epístolas (cartas) de San Pablo y otros, que animaron e instruyeron a las iglesias locales que se estaban estableciendo en todo el mundo. La joven Iglesia apreciaba esos Evangelios y Cartas, y comenzó a incorporarlos a sus Liturgias y Misas.

A medida que la Iglesia crecía, se materializaron cada vez más relatos y testimonios escritos, pero contrariamente a la creencia popular actual, no era obvio para los primeros cristianos cuáles de estos escritos eran verdaderamente inspirados por Dios.

A medida que la brutal persecución de la Iglesia continuaba en aquellos primeros siglos, la claridad sobre los escritos cristianos se volvió crucial. Después de todo, los cristianos eran martirizados rutinariamente, y era necesario saber por qué libros valía la pena morir.

En aquella época existían tres categorías de escritos:

1. Aquellos escritos que fueron universalmente reconocidos/aceptados

2. Aquellos escritos que fueron disputados o controvertidos

3. Aquellos escritos que se sabía que eran espurios o falsos

El primer grupo incluía libros divinamente inspirados que tenemos en nuestra Biblia hoy, como los cuatro Evangelios, las Epístolas de San Pablo y los Hechos de los Apóstoles.

El segundo grupo incluía libros que fueron simultáneamente aceptados en algunas regiones cristianas, rechazados en otras y cuestionados en otras. Algunos de ellos eran, de hecho, de inspiración divina, como las Epístolas de Santiago y Judas, una de Pedro, dos de Juan, la Epístola a los Hebreos y el Apocalipsis, aunque muchos cristianos no lo creían. Otros eran libros que nunca llegaron al canon final del Nuevo Testamento, pero que varias comunidades cristianas consideraron inspirados (e incluso los utilizaron para la catequesis y la liturgia), como el Pastor de Hermas, la Epístola de Bernabé, las Constituciones Apostólicas, la Epístola de San Clemente, la Epístola de San Pablo a los Laodicenses, etc.

El tercer grupo estaba formado por falsificaciones que circulaban por ahí, obras espurias que nunca fueron reconocidas ni reivindicadas por la Iglesia, como unos 50 evangelios falsos, entre ellos el Evangelio de Tomás y el Evangelio de Santiago, un par de docenas de "Hechos" (Hechos de Pilato, Hechos de Pablo y Tecla, etc.), y algunas epístolas y apocalipsis.

Bajo la guía prometida del Espíritu Santo y después de una larga serie de acontecimientos históricos, una reunión de obispos católicos llevó a cabo el proceso de fijar de manera autorizada e infalible los libros del canon cristiano, utilizando los siguientes criterios: a) El libro en cuestión debía haber sido escrito en tiempos apostólicos por un Apóstol o alguien cercano a un Apóstol, y b) El libro en cuestión tenía que ser doctrinalmente sólido, completamente conforme a las enseñanzas de la Iglesia Católica.

Varios libros cumplieron esos criterios, y así sucedió que unos cuatro siglos y veinte generaciones después de la Resurrección de Cristo, el Magisterio de la Iglesia Católica estableció con autoridad el canon del Nuevo Testamento, poniendo fin a toda confusión y duda entre los fieles.

Roma había hablado y el canon fue cerrado.

Lo cual nos deja con algunas conclusiones:

-- Si la Iglesia Católica (obispos y Papa) tuviera la autoridad de Dios para establecer el canon del Nuevo Testamento, entonces no puede ser la corrupta y no cristiana "Ramera de Babilonia", como afirman muchos protestantes.

-- Si uno acepta el canon del Nuevo Testamento, debe aceptar también la autoridad de la entidad que nos lo dio, es decir, la Iglesia Católica.

Si uno rechaza la autoridad de la Iglesia Católica, también debe rechazar el canon del Nuevo Testamento que nos llegó a través de la autoridad de la Iglesia Católica. (Es lógico que Martín Lutero, el rebelde que impulsó la Reforma Protestante en el siglo XVI, quisiera desechar varios de los libros del Nuevo Testamento que despreciaba; por cierto, ¿suena este un hombre digno de seguir?)

-- El Nuevo Testamento no puede ser “interpretado personalmente” por cada cristiano individual, porque nunca fue concebido para ser sacado de la Iglesia de donde proviene.

-- El Nuevo Testamento no puede contradecir ni contradice la doctrina católica, ya que fue ésta la que se utilizó como criterio para su autenticidad y autoridad.

-- El Nuevo Testamento fue discernido y canonizado por hombres que tenían autoridad divina para hacerlo: hombres que creían explícitamente en la Misa, la Eucaristía, el sacerdocio ministerial, la Confesión, el Purgatorio, la veneración de María, el bautismo infantil y la gracia infusa, la justificación por la fe y las obras, la Comunión de los Santos, etc., etc.

La Biblia surgió de la Iglesia. En otras palabras, la Biblia se basa en la Iglesia, no al revés. Si se malinterpreta este paradigma, se obtiene una teología desorganizada.

Si un protestante usa las Escrituras para atacar a la Iglesia Católica, es como (como dijo un hombre) arrancarle el brazo a alguien para golpearlo con él. Usar un libro católico para atacar a la Iglesia Católica no tiene sentido.

Si crees que tu salvación eterna se basa completamente en un Libro, ¿no es importante saber de dónde provino y a quién se le dio autoridad para proclamarlo? ¿Quién lo copió, preservó, protegió y guardó meticulosamente con su vida, y quién finalmente garantizó que es, en efecto, la Palabra escrita de Dios?

Finalmente, una cita que me llamó la atención recientemente. El padre Ronald Knox, converso al anglicanismo, escribió lo siguiente hace un siglo en su libro The Belief of Catholics (La creencia de los católicos):

El protestante no tiene ningún derecho a basar ningún argumento en la inspiración de la Biblia, pues esta era una doctrina que, antes de la Reforma, se creía por la mera autoridad de la Iglesia; se basaba exactamente en la misma base que la doctrina de la transubstanciación. El protestantismo repudió la transubstanciación y, al hacerlo, repudió la autoridad de la Iglesia; y luego, sin una pizca de lógica, siguió creyendo tranquilamente en la inspiración de la Biblia, ¡como si nada hubiera sucedido! ¿Acaso suponían que la inspiración bíblica era un hecho evidente, como los axiomas de Euclides? ¿O la derivaron de alguna palabra de nuestro Señor? De ser así, ¿qué palabras? ¿Qué autoridad tenemos, aparte de la de la Iglesia, para decir que las epístolas de Pablo son inspiradas y la de Bernabé no?


*Nota: La mayor parte de este artículo proviene de mi blog Little Catholic Bubble. No incluí el canon del Antiguo Testamento en esta publicación porque quería trabajar con algo en lo que tanto protestantes como católicos están de acuerdo: los 27 libros del Nuevo Testamento.
 

28 DE NOVIEMBRE: SANTIAGO DE LA MARCA, CONFESOR


28 de Noviembre: Santiago de la Marca, confesor

(✞ 1479)

El celoso predicador de Cristo, Santiago de la Marca, nació en Montebrandón, en la Marca de Ancona. 

Fue hijo de unos pobres labradores; y pasó los años de su niñez apacentando un rebaño. 

Un tío suyo materno, sacerdote ejemplar y prudente, viendo en él buen ingenio y disposición para las letras, le envió a la universidad de Perusa, para estudiar las letras humanas y divinas; en las cuales salió tan aprovechado, que un caballero muy principal de aquella ciudad, le encomendó la educación de un hijo suyo, y dio su favor para que pudiese ganar mucha hacienda, y medrar en el mundo. 

Mas no llenaron su corazón las esperanzas y bienes del siglo, sino los verdaderos bienes que hallaba en el servicio del Señor. 

Habiendo pasado a Asís, para ganar la indulgencia de la Porciúncula, quedó tan edificado de la rara modestia y humilde compostura de los hijos del seráfico padre san Francisco, que se sintió interiormente llamado de Dios a tomar su hábito, y copiar en sí aquellas religiosas virtudes. 

Echó, en el noviciado los cimientos de su esclarecida santidad; y ordenado como sacerdote, fue destinado por sus superiores al ministerio de la divina palabra. 

Predicó en Italia, Austria, Dinamarca y Polonia, con tan apostólico celo, y tan grande espíritu y virtud de Dios, que convirtió innumerables pecadores. 

No eran menos eficaces sus palabras, que el ejemplo de su santa vida. En el espacio de cuarenta años, no dejó pasar un solo día sin macerar su cuerpo con ásperas disciplinas; ni se desató jamás el cilicio o ceñidor de hierro, erizado de clavos, que traía puesto a la cintura. 

Pasaba las noches en oración, sin dormir más de tres horas; no comía carne; su hábito era de sayal pobre y remendado, y se gozaba de padecer falta aun de las cosas más necesarias. 

Habiendo entendido que querían hacerle arzobispo de la iglesia de Milán, rehusó aquella dignidad, con gran resistencia, que jamás pudieron acabar con él que la aceptase. 

Ilustró el Señor a éste, su siervo, obrando por él muchos milagros, señaladamente el tiempo que estuvo en Venecia. 

Sanó repentinamente al duque de Calabria y al rey de Nápoles, que estaban desahuciados por los médicos, y a las puertas de la muerte. 

Finalmente, lleno de días y merecimientos, a la edad de ochenta y nueve años, le llamó el Señor para darle la recompensa de sus grandes trabajos y -virtudes, en el reino de su gloria. 

Reflexión

¿Qué tienen que ver los deleites causados por los bienes sensibles, con los purísimos goces que nos proporcionan los bienes del alma? Aquellos, son vanos o torpes: éstos, verdaderos y puros. Cuando un alma desprecia generosamente todo lo mundano, el Señor, que es generosísimo, no retarda la paga; y su divina providencia ilumina de tal manera el entendimiento, y da tal alegría al corazón, que no cabiendo en él, rebosa y se manifiesta visiblemente en el exterior. Yerran, pues, miserablemente, los pecadores, creyendo que la observancia de la ley de Dios es un sacrificio dolorosísimo y sin recompensa en esta vida. 

Oración

Oh Dios, que nos alegras con la anual festividad de tu bienaventurado confesor Santiago; concédenos benigno, que pues celebramos su nacimiento para el cielo, imitemos el ejemplo de sus virtudes. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén.


jueves, 27 de noviembre de 2025

LEÓN Y SU “CARTA APOSTÓLICA” LLENA DE TONTERÍAS ECUMÉNICAS Y ERRORES

In Unitate Fidei está lleno de la eclesiología ecuménica del Vaticano II, que es irreconciliable con la perenne posición católica tradicional de que existe una única Iglesia Verdadera.


El pasado domingo 23 de noviembre de 2025, con motivo de la fiesta del novus ordo de “Jesucristo, Rey del Universo”, el actual falso papa en Roma, Bob Prevost de Chicago (“Su Santidad León XIV”), publicó una nueva “carta apostólica” con motivo del 1700 aniversario del Primer Concilio de Nicea, en la que se definió el dogma católico de la Santísima Trinidad:

Carta apostólica In Unitate Fidei (23 de noviembre de 2025)

Irónicamente titulado In Unitate Fidei (“En la unidad de la fe”), reivindica el Concilio de Nicea de 325 como patrimonio común de todos los “cristianos”, es decir, todos los bautizados que creen en la Trinidad, independientemente de su afiliación religiosa (católica, protestante, ortodoxa, etc.).

La carta se publica en vísperas del primer Viaje Apostólico de León XIV a Turquía, cuyo principal tema será el ecumenismo. No es muy extensa y, en su mayor parte, explora la historia de la Iglesia y las cuestiones teológicas que dieron lugar a las definiciones dogmáticas del Primer Concilio de Nicea (325).

Sin embargo, In Unitate Fidei está lleno hasta el borde de la eclesiología ecuménica del Vaticano II, que es irreconciliable con la perenne posición católica tradicional de que existe una única Iglesia Verdadera —la Iglesia Católica Romana— y otras innumerables agrupaciones, en su mayoría sectas, que no son la verdadera Iglesia fundada por Cristo.

Como había enseñado el Papa Pío XII unos veinte años antes de que el apóstata concilio Vaticano II (1962-65) pusiera todo patas arriba:

Si definimos y describimos esta verdadera Iglesia de Jesucristo, que es la Iglesia Una, Santa, Católica, Apostólica y Romana, nada más noble, más sublime, más divino que la expresión “Cuerpo Místico de Jesucristo”, expresión que brota y es como el hermoso florecimiento de la repetida enseñanza de las Sagradas Escrituras y los Santos Padres.

(Papa Pío XII, Encíclica Mystici Corporis, n. 13; subrayado añadido.)

León XIV niega esta doctrina de Pío XII y de todos sus predecesores. En cambio, suscribe la falsa eclesiología del Vaticano II, según la cual todos los bautizados que creen en Cristo forman parte de su Cuerpo Místico.

En este artículo, echaremos un vistazo a la nueva “carta apostólica” de Prevost y comentaremos algunos pasajes destacados.

En primer lugar, debemos señalar que In Unitate Fidei contiene muchos elementos verdaderos y hermosos; sin embargo, estos solo hacen que el documento sea más peligroso, ya que significa que sus píldoras venenosas se ofrecen en un envoltorio atractivo. Un comentarista en línea, del bando de “Reconocer y Resistir” (en inglés aquí) llegó a afirmar que “incluso se podría decir que hay un claro antimodernismo presente en el texto”, simplemente porque rechaza claramente el arrianismo como objetivamente falso. En Twitter, esto se convirtió en la afirmación de que la “doctrina del documento es aguda, incluso audazmente antimodernista...”.


Veamos qué pasó.

Primero, León no podía escribir una frase inicial sin invocar el insufrible cliché de, ya sabes, “caminar juntos”. Es una nimiedad, claro, pero es emblemático.

No es necesario leer mucho para encontrar las primeras ideas problemáticas: 

“Mientras me dispongo a realizar el Viaje Apostólico a Turquía [sic], con esta carta deseo alentar en toda la Iglesia un renovado impulso en la profesión de la fe, cuya verdad, que desde hace siglos constituye el patrimonio compartido entre los cristianos, merece ser confesada y profundizada de manera siempre nueva y actual”.

Si hay algo por lo que la iglesia del Vaticano II no es conocida, es por su entusiasmo por la Profesión de Fe, al menos no por la Fe Católica. Sin embargo, lo que empeora esto es que por “toda la Iglesia”, León en realidad quiere decir incluir también a los “hermanos separados”, es decir, herejes y cismáticos también, quienes él cree que también “profesan la fe”. Esto queda claro, por ejemplo, en su celebración litúrgica ecuménica del 14 de septiembre en conmemoración de “los mártires y testigos de la fe del siglo XXI”, y también en el mensaje que envió a la Conferencia Ecuménica de Estocolmo del 22 de agosto. 

Además, en el n. 9 de In Unitate Fidei, Prevost escribe sobre católicos, herejes y cismáticos: “Todos nosotros, como discípulos de Jesucristo, “en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” somos bautizados” (subrayado añadido).

El principal error que subyace a la falsa teología ecuménica del Vaticano postcatólico es la idea de que la Fe Católica se adquiere en elementos, en partes o gradualmente. Según esta eclesiología “acumulativa”, que permite la participación en la comunión eclesial en mayor o menor medida, una persona ya no es católica o no, sino más o menos católica según cuántos elementos del catolicismo acepte.

No será una sorpresa que tal concepto no pueda encontrarse en la doctrina católica antes del Vaticano II y que de hecho sea contrario a la naturaleza de la fe:

Si cada uno de vosotros, a los pies del Crucifijo y a la luz de la fe, pondera estas verdades con mente serena, admitirá fácilmente que éste es el objetivo de las incitaciones de estos predicadores: que separándose del Romano Pontífice y de los Obispos unidos a él en comunión, se separen de toda la Iglesia católica, y así dejen de tenerla por madre. Porque, ¿cómo puede la Iglesia ser una madre para vosotros, si no tenéis como padres a los pastores de la Iglesia, es decir, a los obispos? ¿Y cómo podríais gloriaros en nombre de los católicos si, separados del centro de la catolicidad, es decir, precisamente de esta Santa Sede Apostólica y del Sumo Pontífice, en quien Dios fijó el origen de la unidad, rompéis la unidad católica? La Iglesia católica es una, no está desgarrada ni dividida; por lo tanto, vuestra "Pequeña Iglesia" no puede tener ninguna relación con la católica.

(Papa León XII, Exhortación Apostólica Pastoris Aeterni, n. 4; subrayado añadido.)

Tal ha sido constantemente la costumbre de la Iglesia, apoyada por el juicio unánime de los Santos Padres, que siempre han mirado como excluido de la comunión católica y fuera de la Iglesia a cualquiera que se separe en lo más mínimo de la doctrina enseñada por el magisterio auténtico. San Epifanio, San Agustín, Teodoreto, han mencionado un gran número de herejías de su tiempo. San Agustín hace notar que otras clases de herejías pueden desarrollarse, y que, si alguno se adhiere a una sola de ellas, por ese mismo hecho se separa de la unidad católica. “De que alguno diga que no cree en esos errores (esto es, las herejías que acaba de enumerar), no se sigue que deba creerse y decirse cristiano católico. Pues puede haber y pueden surgir otras herejías que no están mencionadas en esta obra, y cualquiera que abrazase una sola de ellas cesaría de ser cristiano católico” (S. Augustinus, De Haeresibus, n. 88). …  Pues tal es la naturaleza de la Fe, que nada es más imposible que creer esto y dejar de creer aquello. La Iglesia profesa efectivamente que la fe es “una virtud sobrenatural por la que, bajo la inspiración y con el auxilio de la gracia de Dios, creemos que lo que nos ha sido revelado por Él es verdadero; y lo creemos no a causa de la verdad intrínseca de las cosas, vista con la luz natural de nuestra razón, sino a causa de la autoridad de Dios mismo, que nos revela esas verdades y que no puede engañarse ni engañarnos” [Vaticano I, Constitución Dogmática Dei Filius, Capítulo 3].

(Papa León XIII, Encíclica Satis Cognitum, n. 17; subrayado añadido.)

 Tal es la naturaleza del catolicismo que no admite más o menos, sino que debe considerarse como un todo aceptado o como un todo rechazado: "Esta es la fe católica, que a menos que un hombre crea fiel y firmemente; no puede salvarse". (Credo de San Atanasio). No es necesario agregar ningún término que califique a la profesión del catolicismo: es suficiente que cada uno proclame "Cristiano es mi nombre y Católico mi apellido".

(Papa Benedicto XV, Encíclica Ad Beatissimi, n. 24; subrayado añadido.)

La enseñanza tradicional es muy clara y fácil de entender. Armoniza no solo con la fe, sino también con el sentido común.

A continuación, cabe señalar que el repentino entusiasmo de León por “profesar la fe” se contradice constantemente en la práctica.

Además, no debemos subestimar la observación casual de Prevost de que la fe “merece ser confesada y profundizada de manera siempre nueva y actual”. Este es un comentario explosivo que pronto causará el caos deseado. Podría decirse que es una “bomba de relojería” doctrinal que explotará a su debido tiempo.

A continuación, León XIV dice que la “destaca la profesión de fe en Jesucristo, nuestro Señor y Dios. Este es el corazón de nuestra vida cristiana” del Credo Niceno. Esto ciertamente no es incorrecto, aunque es sorprendente que venga del líder de la religión del Vaticano II; ya que generalmente se nos dice que los pobres están en el centro del Evangelio, o que la esencia del cristianismo consiste en el amor a Dios y al prójimo.


De hecho, en 2019, el “papa” Francisco dijo en Marruecos que “ser cristiano no se trata de adherirse a una doctrina”, o cuando afirmó que “custodiar la verdad no significa defender ideas, convertirnos en guardianes de un sistema de doctrinas y de dogmas”, como si estas dos alternativas estuvieran en oposición entre sí.

Al mismo tiempo —quizás preocupado de que un énfasis en la verdad doctrinal pudiera socavar el mensaje habitual de la fe como humanitarismo con liturgia— León XIV se refiere a Mateo 25 no una ni dos veces, sino tres veces en la relativamente corta carta apostólica:

[n.2] En Él [Jesucristo], Dios se ha hecho nuestro prójimo, de modo que todo lo que hagamos a cada uno de nuestros hermanos, a Él se lo hacemos (cf. Mt 25,40).

[n. 7] Es precisamente en virtud de su encarnación que encontramos al Señor en nuestros hermanos y hermanas necesitados: “Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” ( Mt 25,40).

[n. 11] En el seguimiento de Jesús, la subida a Dios pasa por el abajamiento y la entrega a los hermanos y hermanas, sobre todo a los últimos, a los más pobres, a los abandonados y marginados. Lo que hayamos hecho al más pequeño de estos, se lo hemos hecho a Cristo (cf. Mt 25,31-46).

Por supuesto, León nunca se molesta en explicar el verdadero sentido de la enseñanza de Cristo acerca de “los más pequeños de estos”.

Al comentar específicamente sobre los méritos de las buenas obras mencionadas en Mateo 25, el erudito jesuita P. Cornelius a Lapide (1567-1637) explica que Cristo “las considera hechas a Sí mismo, porque fueron hechas a los pobres por amor a Cristo” (Great Commentary, vol. 3 [Londres: John Hodges, 1891], p. 138; cursiva añadida). Y en el Acto de Caridad, declaramos a Dios: “Amo a mi prójimo como a mí mismo por amor a Ti” (fuente en inglés aquí). Por lo tanto, se deduce que si alguna de estas obras no se hace por amor a Dios (al menos implícitamente), sino por algún motivo menor, no tendrá valor sobrenatural ante Dios, aunque Él aún podría otorgar una recompensa natural (cf. Mt 6:2).

En resumen, podemos decir que cualquier buena obra que hagamos, se la hacemos a Cristo en el sentido de que la hacemos para agradarle; y si no la hacemos —ya sea para nada o para no agradarle— , entonces no se la hacemos a Él . Esa es la hermosa, profunda y, a la vez, sencilla enseñanza de Nuestro Bendito Señor en Mateo 25. De aquí se desprende la aleccionadora verdad de que uno puede servir a los pobres toda la vida y aun así ir al infierno: “Y si repartiera todos mis bienes para dar de comer a los pobres , y si entregara mi cuerpo para ser quemado, y no tengo caridad, de nada me sirve” (1 Corintios 13:3).

En el nº 10 de In Unitate Fidei, León blasfema: “Se han librado guerras y se ha asesinado, perseguido y discriminado a personas en nombre de Dios. En lugar de proclamar un Dios misericordioso, se ha presentado un Dios vengativo que infunde terror y castiga”.

León insinúa que no puede existir una guerra santa, menospreciando así las Cruzadas y la Guerra Cristera Mexicana, por ejemplo. Que algunas personas han sido asesinadas, perseguidas o discriminadas injustamente es evidente —pensemos en el caso de Santa Juana de Arco, por ejemplo—, pero Prevost insinúa que todo asesinato, persecución y discriminación en nombre de Dios es malo. Eso es sencillamente absurdo. “Es contra la voluntad de Dios el quemar a los herejes”, es uno de los errores de Martín Lutero condenados por el Papa León X (Bula Exsurge Domine, error nº 33).

Al rechazar a un “Dios vengativo… que infunde terror y castiga” en favor de un “Dios misericordioso”, León XIV implica que un Dios misericordioso no puede también amenazar, castigar y exigir expiación por su honor ultrajado. Esto contradice directamente la Revelación Divina, pues el Dios que dice: “Mía es la venganza…” (Dt 32,35) es el mismo Dios que ofrece perdón misericordioso en Jesucristo. Y, sin embargo, es Jesucristo quien dijo: “…si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente” (Lc 13,3).

De hecho, el Nuevo Testamento está repleto de advertencias sobre el infierno y otros castigos si las personas no perseveran en seguir a Cristo hasta el final. Por ejemplo:

Porque si pecamos voluntariamente después de haber conocido la verdad, ya no queda sacrificio por los pecados, sino una terrible expectativa de juicio y la furia de un fuego que consumirá a los adversarios. Quien viola la ley de Moisés muere sin piedad bajo dos o tres testigos. ¿Cuánto más creen ustedes que merece peores castigos quien ha pisoteado al Hijo de Dios, y ha considerado impura la sangre del pacto, por la cual fue santificado, y ha ofendido al Espíritu de gracia? Porque conocemos al que dijo: “Mía es la venganza, y yo pagaré”. Y también: “El Señor juzgará a su pueblo”.

(Hebreos 10:26-30)

Estas cosas no son incompatibles con un Dios misericordioso, porque las amenazas, las advertencias y los castigos temporales son una misericordia para quienes no se arrepienten sin ellos: “Porque el Señor al que ama, castiga, y azota a todo el que recibe por hijo. Perseveren bajo la disciplina. Dios los trata como a sus hijos; porque ¿qué hijo hay a quien el padre no corrige?” (Hebreos 12:6-7).