domingo, 26 de marzo de 2000

ALOCUCIÓN ACERBISSIMUM (27 DE SEPTIEMBRE DE 1852)


ALOCUCIÓN ACERBISSIMUM

AL CONSISTORIO SECRETO

PAPA PIO IX 


Venerables Hermanos

Queremos comunicaros en este día, el acerbo dolor que hace mucho tiempo sentimos en el fondo del alma por los graves y nunca bastante deplorados daños que hace algunos años atormentan y afligen a la Iglesia católica en la República de la Nueva Granada. Jamás habríamos podido imaginar cosas semejantes después de los testimonios de benevolencia, bien conocidos de todo el mundo, que esta Silla Apostólica ha prodigado a esa República, y después que nuestro predecesor Gregorio XVI, de feliz memoria, no solamente se apresuró a reconocerla antes que a las otras Repúblicas de esas regiones, sino que también estableció allí una Nunciatura apostólica a fin de procurar con esmerada solicitud el bien espiritual de ese pueblo y de estrechar más y más con esa República los vínculos de nuestra amistad. Nuestro dolor es tanto más vivo cuanto Nos hemos visto frustrados los medios que, con infatigable perseverancia, hemos empleado nuestro predecesor y Nos mismos para con ese Gobierno, a fin de que se ponga remedio a los males tan grandes irrogados a la Religión católica en ese país, y para que se abroguen las impías e injustísimas leyes que el poder civil ha promulgado y sancionado allí con gravísimo detrimento de los fieles: leyes contrarias a la divina institución de la Iglesia, a sus derechos venerables, a su libertad, a la suprema autoridad de esta Silla Apostólica , no menos que a la autoridad de los sagrados pastores y de las demás personas eclesiásticas.

Desde el mes de abril del año 1845 se había promulgado en la Nueva Granada una ley que dispone entre otras cosas, que cuando los tribunales legos admitan una acusación dirigida contra personas eclesiásticas, estas personas, y no solamente los sacerdotes y demás clérigos sino hasta los mismos Obispos establecidos por el Espíritu Santo para regir la Iglesia de Dios, deben inmediatamente abstenerse del ejercicio de su ministerio y encomendarlo a otros, conminando con cárcel, destierros y otras penas a todo el que rehúse someterse a semejantes prescripciones. Luego que nuestro predecesor tuvo conocimiento de esto, dirigió una carta al Presidente de aquella República, representándole enérgicamente cuán digna de reprobación era semejante ley, y solicitando con instancia su abrogación, y que los derechos de la Iglesia quedasen en toda integridad. Nos, elevados por el inescrutable juicio de Dios a esta Cátedra del Príncipe de los Apóstoles, apenas tomamos el timón de la Iglesia universal, nos sentimos inflamados del deseo de proveer a la situación angustiada de nuestra santa Religión en ese país, y con este fin dirigimos en 1847 cartas al Presidente de aquella República, expresándole por una parte todo el ardor de nuestra ansiosa solicitud por esa porción del rebaño de Jesucristo y la caridad paternal con que queríamos aplicar a las llagas de Israel los remedios propios para curarlas, y deplorando por otra parte la miserable situación a que se veía reducida esa Iglesia. Nos reclamamos además enérgicamente contra dos proyectos de ley, el primero de los cuales abolía los diezmos sin consultar con la Santa Sede y el segundo garantizaba a los hombres de cualquier nación que inmigrasen en la Nueva Granada, el ejercicio público de su culto, sea cual fuere. Al reprobar estos proyectos solicitamos con el más fuerte empeño, que jamás fuesen puestos en ejecución para que la Iglesia pudiese usar de todos sus derechos y gozar de su plena libertad.

Nos nos consolábamos con la esperanza de que el Gobierno de la Nueva Granada acogería estas palabras, estas advertencias estas peticiones, estas quejas nacidas del corazón tan amante como afligido del Padre común de los fieles. Pero con gran dolor de nuestro ánimo nos vemos obligados a anunciarles hoy, que los violentos y hostiles ataques a la Iglesia de Cristo se multiplican cada día más en aquel país, y que principalmente de dos años a esta parte, la potestad lega no ha cesado de hacer a la Iglesia nuevas y profundas heridas. No solamente las leyes injustísimas de que con dolor os acabamos de hablar no han sido abrogadas, sino que las dos Asambleas legislativas de ese Gobierno han expedido otras que manifiestamente violan, atacan y conculcan los más sagrados derechos de la Iglesia y de esta Silla Apostólica. Entre tanto se promulgó en el mes de mayo del año último, una ley contra las órdenes religiosas que, santamente constituidas y prudentemente gobernadas, hacen tan importantes servicios y dan tanto lustre así a la sociedad civil como a la sociedad cristiana. Esta ley confirma la expulsión de la Compañía de Jesús, familia religiosa que después de haber sido deseada por largo tiempo, fue al fin llamada a aquél país, para el cual era de tanta utilidad bajo el doble respecto del interés social y del interés católico. La misma ley prohíbe establecer en el territorio de la República ninguna orden religiosa que profese, como en ella se dice la obediencia pasiva, prometiendo además prestar auxilio a todos los que quieran abandonar la vida religiosa que han abrazado, rompiendo los votos solemnes: por último ella prohíbe al vigilante Arzobispo de esa provincia eclesiástica, nuestro venerable hermano Manuel, varón dignísimo de los más altos encomios de Nos y de esta Sede Apostólica, le prohíbe, decimos, ejercer la facultad que la Santa Sede le concedió en 1835 de visitar las familias religiosas, para restituir a su vigor la disciplina regular.

En el mismo mes de mayo de 1851 se promulgó otra ley por la cual se abolió enteramente el fuero eclesiástico, de suerte que todas las causas civiles y criminales que son de su resorte, y aun hasta las que conciernen a los Arzobispos y Obispos, deberán en lo sucesivo ser juzgadas por los tribunales legos y por los Magistrados de la República. A pocos días, esto es, el 27 de mayo de 1851, se promulgó una ley sobre el nombramiento de curas en virtud de la cual las Asambleas nacionales trasfieren el derecho falso y desnudo de todo fundamento, de nombrar los curas, del Presidente de la República a ciertas Asambleas parroquiales, que llaman Cabildo parroquial, y que se forman especialmente con los padres de familia de cada parroquia, para que cuando ésta carezca de cura, la Asamblea pueda nombrarlo. Otros artículos de esa ley prohíben a los santos pastores recibir por ningún título toda especie de emolumento y atribuyen a la Asamblea parroquial derecho de fijar arbitrariamente, de aumentar y disminuir tanto las rentas de los curas como los gastos relativos al culto; agregándose a estas disposiciones otras con las cuales se violan y destruyen igualmente los derechos de la propiedad eclesiástica.

Otra ley sancionada el 1º de junio de 1851, prohíbe conferir las prebendas de las iglesias catedrales, hasta que las mayorías de las Cámaras provinciales de las respectivas diócesis consientan en ello. Otras leyes se expidieron dando a todos facultad de libertarse de la obligación de pagar los censos que forman la mayor parte de las rentas eclesiásticas, con solo pagar al Gobierno la mitad del capital. Además los bienes del Seminario Arquiepiscopal de Santa Fe de Bogotá, han sido adjudicados al Colegio nacional, y hasta la suprema inspección sobre el mismo Seminario ha sido atribuida al poder lego. No debemos pasar en silencio que la nueva Constitución de esa República sancionada en estos últimos tiempos reconoce, entre otros derechos el de libre instrucción, y concede a todos plena y entera libertad de publicar los pensamientos y hasta las opiniones más monstruosas, al mismo tiempo que la libertad para profesar en público o privado el culto que se quiera.

Ya veis, venerables hermanos, cuán terrible y sacrílega es la guerra que hacen a la Iglesia católica los que dirigen los negocios públicos en la Nueva Granada, y cuáles y cuántas son las injusticias cometidas contra ella, contra sus derechos sagrados, contra sus pastores, contra sus ministros, y contra la suprema autoridad nuestra y de esta Santa Sede. Las leyes de que hemos hablado comenzaron a ponerse en ejecución desde 1851; los Obispos y los eclesiásticos que, animados de sentimientos católicos, han reclamado justamente y con pleno derecho contra estas leyes y rehusando obedecerlas, son objeto de crueles vejaciones y sufren los más duros contratiempos con gran detrimento de las poblaciones fieles. La sagrada autoridad de los Obispos ha sido suprimida, el ministerio de los curas entrabado y encadenado; muchos excelentes predicadores de la palabra divina han sido encarcelados, y los eclesiásticos de toda clase han quedado reducidos a la más extrema indigencia sufriendo toda suerte de males.
[…]. Omitimos hablar aquí de varias nuevas leyes propuestas a la Cámara de Diputados por algunos de sus miembros, que son enteramente contrarias a la doctrina inmutable de la Iglesia católica y a sus sagrados derechos. Por tanto nada decimos de las proposiciones hechas para que la Iglesia sea separada del Estado; para que los bienes de las Órdenes regulares y los procedentes de legados píos se graven con empréstitos forzosos; para que se abroguen las leyes que aseguran la existencia de las familias religiosas y garantizan sus derechos y sus oficios; para que se atribuya a la autoridad civil el derecho de regir diócesis y capítulos de canónigos, determinando los límites de ellas; para que la jurisdicción eclesiástica se confiera a todos los que hayan sido nombrados por el Gobierno. Tampoco diremos nada de otro decreto por el cual, despreciando completamente la dignidad, la santidad y el misterio del Sacramento del Matrimonio, y desvirtuando con crasa ignorancia su institución y naturaleza con menosprecio de la potestad que pertenece a la Iglesia sobre los Sacramentos, se proponía, siguiendo las opiniones de los herejes ya condenadas y sin hacer caso a la doctrina de la Iglesia católica, que no se tuviera el matrimonio sino como un contrato civil, sancionando en diversos casos el divorcio propiamente dicho, y sometiendo por último todas las causas matrimoniales al conocimiento y jurisdicción de los tribunales legos.

[…]. Ahora, venerables hermanos, desde que llegaron a nuestra noticia las inicuas y nunca bastantemente reprobadas disposiciones concebidas y ejecutadas por el Gobierno de la República de la Nueva Granada contra la Iglesia, contra sus sagrados derechos, sus bienes, sus pastores y sus ministros, Nos no hemos cesado de reclamar por conducto del Cardenal nuestro Secretario de Estado ante ese Gobierno, dirigiéndoles reiteradas quejas por las graves injurias hechas a la Iglesia y a esta Silla Apostólica. Pero, lo decimos con dolor, nuestras palabras, nuestras reclamaciones, nuestras quejas no han tenido resultado alguno; tampoco lo han tenido las de los Obispos, quienes fortalecidos con nuestras cartas y cumpliendo con el deber de su ministerio de servir de ejemplo a los demás, no han rehuido oponerse como un muro para la casa de Israel. Por tanto, para que sepan los fieles de esa República y conozca el mundo entero cuán vehementemente desaprobamos Nos todas estas cosas ejecutadas por los gobernantes de la Nueva Granada contra la Religión, contra la Iglesia y sus leyes, contra los Prelados y los Ministros católicos, contra los derechos y autoridad de esta Cátedra del bienaventurado Pedro, levantamos hoy nuestra voz pastoral con libertad apostólica en vuestra plena Asamblea, venerables hermanos, para improbar, condenar y declarar írritas y completamente nulas las leyes arriba mencionadas, que se han promulgado allí por la potestad civil con tanto menosprecio de la autoridad eclesiástica y de esta Santa Sede, con tanto menosprecio y detrimento de la Religión y de sus sagrados Pastores. Además, Nos amonestamos seriamente a todos aquellos que de cualquiera manera han contribuido a todos estos hechos, bien con sus actos, bien con sus mandatos, para que reflexionen seriamente sobre las penas y censuras que las constituciones apostólicas y los sagrados Cánones pronuncian contra los profanadores de las cosas y de las personas sagradas, contra los violadores de la potestad y libertad eclesiásticas, y contra los usurpadores de los derechos de la Iglesia y de esta Sede Apostólica. […].

27 de Septiembre de 1852

Pío IX


sábado, 25 de marzo de 2000

NOSTIS ET NOBISCUM (8 DE DICIEMBRE DE 1849)



ENCÍCLICA 

NOSTIS ET NOBISCUM 

DE PAPA 

PIO IX 



A los arzobispos y obispos de Italia.

Venerables hermanos, salud y bendición apostólica.

Venerables Hermanos, vosotros sabéis bien y junto con Nosotros veis, con cuánta perversidad se han impuesto recientemente ciertos enemigos abyectos de la verdad, la justicia y toda la honestidad, ya sea con fraude y trampas de todo tipo, o manifiestamente como olas del mar tormentoso que generan espuma en su turbulencia, se esfuerzan por difundir en todas partes, entre los pueblos fieles de Italia, una licencia desenfrenada de pensamiento, palabra y expresión con todo tipo de impiedad: meditan sobre cómo derrumbar y destruir desde los cimientos (si fuera posible) la Iglesia Católica en Italia misma. Toda la urdimbre de su proyecto diabólico se manifestó en muchos otros lugares, sobre todo, en el alma de Roma, sede de nuestro pontificado supremo, en el que, después de que nos obligaron a irnos, se enfurecieron más libremente, allí su furia llegó a tal punto que, confundiendo las cosas divinas y humanas con un nefasto acto de audacia, obstaculizaron el trabajo y despreciaron la autoridad del eminente clero urbano y los prelados que esperaban sin temor ejercer las funciones sagradas para nuestra orden; a veces obligaban a los pobres enfermos, luchando con la muerte y privados de todas las comodidades de la Religión, a poner su alma ante la tentación de alguna ramera descarada.

Entonces, la misma ciudad de Roma y las otras provincias de los Estados Pontificios fueron devueltas a Nuestro gobierno civil por la misericordia de Dios y con las armas de las Naciones Católicas, y aunque la agitación de las guerras en otras regiones de Italia también ha cesado, sin embargo, esos malvados enemigos de Dios y de los hombres, no renunciaron a su empresa impía, presionando si no con violencia abierta, con otros medios fraudulentos y no siempre ocultos. Pero, de hecho, a pesar de nuestra fragilidad, debemos tener el cuidado supremo de todo el rebaño del Señor ante tanta adversidad de las circunstancias, y debemos estar concientes de los riesgos que corren en particular las Iglesias de Italia.

Venerables Hermanos pastorales, de los cuales hemos tenido muchos testimonios en medio del torbellino de la tormenta pasada y otros que nos llegan, la gravedad de la actualidad nos empuja a agregar (por deber del oficio apostólico) estímulos más enérgicos de palabras y exhortaciones dirigidas a sus fraternidades porque, llamados a compartir nuestras ansiedades, luchar tenazmente con nosotros las batallas del Señor, y con almas acordadas, proporcionaremos y prepararemos los medios para que, con la bendición de Dios, podáis reparar el daño que ya se ha infligido a Italia en la religión más santa y podáis evitar los peligros que pesan sobre el futuro.

Entre los numerosos fraudes a los que los enemigos de la Iglesia antes mencionados suelen recurrir para desviar las mentes de los italianos de la fe católica, tampoco se avergüenzan de afirmar y de ir por todas partes proclamando rumores de que la religión católica se opone a la gloria, la grandeza y la prosperidad de la gente, y que por lo tanto, es necesario introducir, establecer y difundir, en lugar de eso, las opiniones y congregaciones de los protestantes, para que Italia pueda recuperar el esplendor de los tiempos antiguos, eso es paganismo. Y ciertamente, en su invención, no sería fácil juzgar si la impiedad vociferante es una malicia o si la imprudencia de una deshonestidad mentirosa es más detestable.

De hecho, la ventaja espiritual por la cual, por la gracia de Cristo, somos herederos, según la esperanza de la vida eterna, esta ventaja de las almas, derivada de la santidad de la religión católica, es indudablemente de tal valor que, en comparación con él, cada gloria y prosperidad de este mundo no cuentan para nada. “¿De qué le sirve al hombre ganarse el mundo entero si luego sufre daño a su alma? ¿O qué dará el hombre a cambio de su alma?” (Mt 16:20). Sin embargo, está tan lejos de la verdad que esos daños temporales se derivan al pueblo italiano por la profesión de la verdadera fe, que de hecho, debe atribuir a la religión católica los bienes recibidos, si en el colapso del Imperio Romano no cayó en ese estado en el que los asirios, los caldeos, los medos, los persas y los macedonios, después de haber dominado durante muchos años y luego haber cambiado la historia de los tiempos, habían precipitado. De hecho, ninguna persona sabia ignora el hecho de que gracias a la Santísima Religión de Cristo, Italia no solo ha sido eliminada de la gran cantidad de errores en los que estuvo envuelta, sino que también sabe que, a pesar de las ruinas de ese antiguo imperio y las incursiones de los bárbaros que extendieron furiosos en toda Europa, se elevó a tal gloria y grandeza sobre todas las otras naciones del mundo gracias a la santa Cátedra de Pedro.

Además, de este mismo privilegio singular para albergar la Sede Apostólica y del hecho de que la Religión Católica ha puesto raíces más firmes en el pueblo de Italia, se obtuvieron muchos otros beneficios distinguidos. De hecho, la Santísima Religión de Cristo, verdadera maestra de la sabiduría, protectora de la humanidad y madre fértil de todas las virtudes, desvió las mentes de los italianos del esplendor de esa miserable gloria que sus antepasados ​​habían colocado en el torbellino perpetuo de las guerras, en la opresión de extranjeros, y en reducir a la esclavitud a un inmenso número de hombres por ese derecho de guerra que estaba en vigor en ese momento; iluminó a los italianos mismos con la luz de la verdad católica y, al mismo tiempo, los instó a seguir la justicia y la misericordia y, además, emular los ejemplos más ilustres de piedad hacia Dios y de caridad hacia los hombres. Por lo tanto, en las principales ciudades de Italia es posible admirar templos sagrados y otros monumentos de la época cristiana, ciertamente no erigidos por los trabajos sangrientos de hombres que gimen en la esclavitud, sino construidos por el noble fervor de una caridad que da vida; y, además, Institutos piadosos de todo tipo fundados ya sea para los ejercicios de Religión, o para la educación de la juventud, o para cultivar adecuadamente las artes, las ciencias, o para aliviar las enfermedades de los pobres y los indigentes. Por lo tanto, esta Religión divina, en la cual, por tantas razones, reside la salvación, la felicidad y la gloria de Italia, ¿porque debe ser repudiada los italianos, como está ocurriendo? No podemos contener las lágrimas, Venerables Hermanos.

No es desconocido para vosotros, Venerables Hermanos, que los principales arquitectos de esta perversa maquinación pretenden finalmente empujar a los pueblos, agitados por todo viento de doctrinas perversas, a la subversión de todo el orden de las cosas humanas y arrastrarlos a los sistemas ejecutivos del nuevo socialismo y comunismo. Ellos saben, por experiencia largamente comprobada durante muchos siglos, que no pueden esperar ningún entendimiento con la Iglesia Católica que, al guardar el depósito de la revelación divina, nunca tolera que algo se deduzca de las verdades propuestas por la fe o insinuar nuevas fantasías humanas. Por lo tanto, tomaron la decisión de convertir a los pueblos de Italia a las doctrinas y congregaciones de los protestantes; y para engañarlos, están diciendo que en ellos no hay nada más que una forma diferente de la misma verdadera religión cristiana y que en ella se puede agradar a Dios como en la Iglesia católica. Mientras tanto, no ignoran el hecho de que en las doctrinas protestantes es fundamental interpretar las Sagradas Escrituras de acuerdo con el juicio personal de cada uno, algo que es de gran beneficio para su causa impía. De esta manera, confían en que pueden abusar más fácilmente de las mismas páginas sagradas interpretadas falsamente para difundir sus errores en nombre de Dios; y luego empujar a los hombres, orgullosos de esa magnífica licencia para juzgar cosas divinas, a cuestionar los mismos principios comunes de honestidad y justicia.

Sin embargo, Dios no permita, Venerables Hermanos, que Italia, de la cual otras naciones están acostumbradas a extraer las aguas puras de la sana doctrina a causa de la Sede del Magisterio Apostólico establecido en Roma, pueda convertirse para ellos, en el futuro, en piedra de tropiezo y escándalo; Dios no permita que esta parte amada de la viña del Señor pueda sufrir la devastación de todas las bestias del campo; Dios no permita que los pueblos italianos, enloquecidos por el veneno borracho en el cáliz de Babilonia, empuñen armas parricidas contra la Iglesia Madre. Nosotros y vosotros también, que por el arcano juicio de Dios fuimos asignados a estos tiempos llenos de peligros, debemos protegernos del miedo al fraude y los asaltos de hombres que conspiran contra la fe en Italia, como si dependiera de nuestras fuerzas para poder vencerlos, mientras Cristo es nuestra mente y nuestra fuerza (Epist. ad Rusticum Narbonensem). Entonces, Venerables Hermanos, vigilad el rebaño que se os ha encomendado y haced todo lo posible para defenderlo de las trampas y los ataques de los lobos rapaces. Asesoraos, continuad, como ya habéis comenzado, a celebrar reuniones entre vosotros; Identificad con una investigación común los orígenes de los males y las principales fuentes de peligros, de acuerdo con la diversidad de los lugares, para que, bajo la autoridad y guía de esta Santa Sede, podáis preparar los remedios más efectivos y así, en perfecta armonía mental con nosotros, con el ferviente vigor del celo pastoral y con la ayuda de Dios, abordeis sus compromisos y esfuerzos para hacer vanos todos los asaltos, las artes, las trampas, las conspiraciones de los enemigos de la Iglesia.

Pero, para que estos intentos caigan en oídos sordos, es necesario asegurarse de que las personas, no muy informadas sobre la Doctrina Cristiana y sobre la Ley del Señor y aturdidas por la licencia continua de vicios devastadores, puedan conocer las trampas que se difunden y la iniquidad de los errores que se le sugieren. Por vuestra preocupación pastoral, Venerables Hermanos, por lo tanto, necesitamos insistentemente toda vuestra energía sin descanso, para que los fieles confiados a vosotros sean instruidos diligentemente sobre los dogmas y preceptos más sagrados de nuestra Religión, de acuerdo con la capacidad de cada uno, y sean amonestados y motivados a conformar la vida y las costumbres a su norma. Con este fin, inflamar el celo de los clérigos y especialmente de aquellos a quienes se les ha confiado el cuidado de las almas porque, meditando seriamente en el ministerio que habéis recibido del Señor y teniendo ante ellos las prescripciones del Consejo Tridentino [ses. 5, cap. 2; ses. 24, cap. 4 y 7 De Reforma.], debéis dedicaros a la educación del pueblo cristiano con mayor celeridad, según lo requiera la condición de los tiempos, y la evangelización con las palabras sagradas y las máximas de salvación en los corazones de todos, señalándoles los vicios de los que deben huir con brevedad y claridad de expresión y las virtudes que deben practicar para escapar del castigo eterno y alcanzar la gloria celestial.

Sobre todo, es necesario asegurarse de que los fieles mismos lleven el dogma de nuestra Santísima Religión, que consiste en la necesidad de alcanzar la salvación en la fe católica bien confesada [Hoc dogma a Christo acceptum, e inculcatum a Patribus atque a Conciliis, habetur etiam en formulis Professionis Fidei, tum en ea scilicet, quae apud latinos, tum en ea, quae apud Graecos, tum en alia, quae apud ceteros orientales católicos en usu est]. Será muy útil para este propósito que en las oraciones públicas los fieles laicos junto con el Clero hagáis un agradecimiento especial a Dios por el beneficio inestimable de la religión católica que Él, con la mayor clemencia, otorgó a todos y pidais al Padre súplicas por las misericordias que son dignas para proteger y mantener intacta la profesión de religión en nuestras regiones.

Sin duda, será vuestro especial cuidado que todos los fieles, a su debido tiempo, reciban de sus Fraternidades el sacramento de la Confirmación con el cual, para el mayor beneficio de Dios, se confiere el vigor de una gracia especial al profesar firmemente la Fe Católica. Tampoco ignoréis cuánto es beneficioso para el mismo fin que los fieles expiren la inmundicia de los pecados al detestarlos sinceramente con el sacramento de la Penitencia, y que a menudo reciban con devoción el sacramento más sagrado de la Eucaristía en el que hay alimento espiritual para las almas y el antídoto que nos libera de los pecados diarios y nos preserva de los pecados mortales y, por lo tanto, es el símbolo de aquel cuerpo del cual Cristo es la cabeza y al que quería que nos uniéramos, como miembros, con el sólido vínculo de fe, esperanza y caridad, porque todos usamos el mismo lenguaje y no hay cismas entre nosotros [Ex Conc. Trid., ses. 13. Decreto De SS. Euchar. Sacramento, cap. 2].

En verdad, no dudamos que los párrocos, sus coadjutores y otros sacerdotes que generalmente se dedicaron al ministerio de la predicación en días establecidos, especialmente en el momento del ayuno, prestarán un celoso trabajo auxiliar en cada ocasión. Sin embargo, a su trabajo es necesario agregar a veces el alivio extraordinario de los ejercicios espirituales y las misiones sagradas que, cuando son confiados a operadores adecuados, son de gran utilidad, con la bendición del Señor, tanto para aumentar la piedad del bien como para inducir para salvar a los pecadores e incluso a los depravados, endurecidos por los vicios, y finalmente, para asegurar que las personas fieles crezcan en la ciencia de Dios, den fruto en toda buena obra y sean equipados con la ayuda más copiosa de la gracia celestial

Por otro lado, el compromiso vuestro y de vuestros sacerdotes como coadjutores tendrá como objetivo, entre otras cosas, garantizar que los fieles conciban la sensación de horror más profunda ante aquellas maldades que se cometen al escandalizar a otros. De hecho, vosotros sabéis cuánto ha crecido en varios lugares el número de aquellos que públicamente se atreven a blasfemar a los santos celestiales o incluso al sagrado nombre de Dios, o viven notoriamente en concubinato, a veces combinado con incesto, o en días festivos realizan trabajos serviles manteniéndose abiertos sus talleres, o despreciando los preceptos de la Iglesia con respecto al ayuno y la elección de alimentos incluso en presencia de muchas personas, o no se avergüenzan de cometer otros crímenes diferentes de esta manera. Debéis recordar por lo tanto a los fieles, gracias a vuestra insistencia, a considerar seriamente la enorme gravedad de tales pecados y las penas muy severas que afectarán a sus autores, tanto por la justicia propia de cada crimen, como por el peligro espiritual en el que colocan a sus hermanos con el contagio de su mal ejemplo. De hecho está escrito: “Ay del mundo por los escándalos... Ay de aquel hombre que da escándalo” (Mt 18,7).

Entre los diversos tipos de trampas con las que los astutos enemigos de la Iglesia y de la sociedad humana intentan seducir a los pueblos, sin duda, uno de los primeros que han encontrado adecuados para sus nefastos propósitos, está el uso perverso de los nuevos libros de arte. Allí, se dedican incesantemente a extenderse entre lo vulgar y a multiplicar cada día más libros, periódicos, folletos mentirosos, calumnias y seducciones. De hecho, confiando en el apoyo de las sociedades bíblicas que ya han sido condenadas por esta Santa Sede [Exant ea super re, praeter alia praecedentia Decreta, Encyclicae Litterae Gregorii XVI, datae postridie Nonas Maii MDCCCXLIV, quae incipiunt Inter praecipuas machinationescujus sanctiones Nos quoque inculcavimus en Encycl. Epist. fecha 9 de noviembre de 1846], no tienen escrúpulos para difundir la Santa Biblia traducida contra las reglas de la Iglesia [cf. Reg. 4 ex iis, quae a Patribus en Conc. Trident. delectis conscriptae, et a Pius IV approbatae fuerunt in Const. Dominici gregis 24 Mart. 1564: et addéem eidem factam a Congr. Indicis, auctoritate Bened. XIV. 17 jun. 1757 - quae praemitti solent Indici Librorum prohibitorum], en el lenguaje vulgar muy corrupto y con audacia infame deformada en significados nefastos; y se atreven a recomendar su lectura a los fieles plebeyos, con el pretexto de la religión. En virtud de su sabiduría, Venerables Hermanos, con cuánta vigilancia y preocupación deberéis esforzarse por que las ovejas fieles se abstengan de leer esos textos pestíferos y recordar, con respecto a las Escrituras divinas, que ningún hombre puede reclamar el derecho de distorsionarlas según su propia interpretación, basándose en su propia sabiduría, en contra de ese significado del cual la Santa Madre Iglesia era y es la custodia. Ella sola fue encargada por Cristo el Señor con la tarea de guardar el depósito de la fe y de establecer el verdadero significado e interpretación de las palabras de Dios [cf. Conc. Trid., Sess. 4, en decreto De editione et usu Sacrorum Librorum].

Para combatir el contagio de libros malos, Venerables Hermanos, será muy útil que todos los hombres distinguidos y de sana doctrina que se encuentren entre vosotros publiquen otros escritos, también de pequeño tamaño, aprobados previamente por vosotros, para la construcción de la Fe y para saludar la educación del pueblo. Por lo tanto, será vuestra preocupación que entre los fieles se difundan tales escritos, así como otros de la doctrina incorrupta y probada utilidad escrita por otros, teniendo en cuenta las condiciones ambientales y humanas.

Entonces, todos aquellos que trabajen juntos en defensa de la Fe, apuntaréis sobre todo a introducir, preservar, arraigar profundamente en los corazones de sus fieles la piedad, la veneración y la obediencia hacia esta suprema Sede de Pedro por la cual vosotros, Venerables hermanos, son tan eminentes. Por lo tanto, que recordad a los pueblos fieles que viven y presiden sobre Pedro, Príncipe de los Apóstoles en sus Sucesores [Ex Actis Ephes. Concilii Act. III, et S. Petro Chrysologo, Epist. a Eulych.], cuya dignidad no falla incluso en el indigno heredero de Él. Recordad que Cristo el Señor ha puesto en esta Cátedra de Pedro el fundamento inexpugnable de Su Iglesia (Mt 16,18), y al mismo Pedro le dio las llaves del Reino de los Cielos (Mt 16,19); Por lo tanto, oró para que su fe no fallara y le ordenó confirmar a sus hermanos en él (Lc 22.51.52), para que el Sumo Pontífice Sucesor de Pedro tenga la primacía en todo el mundo, él es el verdadero Vicario de Cristo , Jefe de toda la Iglesia, Padre y Doctor de todos los cristianos [Ex Consejo Florentino Ecuménico en Definit. seu Decr. Unionis].

El mantener la comunión y la obediencia de los pueblos hacia el Romano Pontífice es la forma más corta y rápida de mantenerlos en la profesión de la verdad católica sin duda. De hecho, no puede suceder que alguien se rebele en parte contra la fe católica, sin negar al mismo tiempo la autoridad de la Iglesia romana en la que existe el magisterio inmutable de la misma fe fundada por el Divino Redentor, y en el que, por lo tanto, siempre se ha conservado tradición que proviene de los apóstoles. De ello se deduce que, no solo los antiguos herejes, sino también los protestantes más modernos (entre los cuales, además, la discordia sobre sus otros principios es grande) siempre tuvieron en común la contestación de la autoridad de la Sede Apostólica que, sin embargo, en ningún momento, sin trucos ni engaños, nunca llevó a tolerar ni siquiera uno de sus errores.

Y en lo que respecta a estos sistemas y doctrinas corruptos, todos saben que, al abusar de las palabras “libertad e igualdad”, intentan insinuar los principios mortales del socialismo y el comunismo. Es evidente entonces que los mismos maestros del comunismo y el socialismo, aunque actúan con una manera y método diferentes, finalmente tienen el propósito común de hacer que los trabajadores y otros hombres de condición inferior, engañados por sus mentiras y por la promesa de una vida más cómoda, agiten en turbulencias continuas para entrenarse para crímenes más graves; luego tienen la intención de hacer uso de su trabajo para derrocar al gobierno de cualquier autoridad superior, para robar, saquear, invadir primero las propiedades de la Iglesia y luego las de todos los demás; y finalmente, violar todos los derechos divinos y humanos, destruyendo el culto divino y subvirtiendo toda la estructura de la sociedad civil. Ahora, en un momento tan desafortunado para Italia, es vuestra tarea, Venerables Hermanos, usar todo el vigor del celo pastoral.

Por lo tanto, debéis advertir a los fieles a vuestro cuidado que el deber de todos es obedecer la autoridad legítima establecida, ya que pertenece a la naturaleza misma de la sociedad humana, y que nada puede cambiar los preceptos del Señor, que se expresaron en las Sagradas Escrituras: “Por causa del Señor someteos a toda institución humana, ya sea al rey, como a superior, ya a los gobernadores, como por él enviados para castigo de los malhechores y alabanza de los que hacen bien. Porque esta es la voluntad de Dios: que haciendo bien, hagáis callar la ignorancia de los hombres insensatos; como libres, pero no como los que tienen la libertad como pretexto para hacer lo malo, sino como siervos de Dios” (1Pt 2,15ss.). Y de nuevo: “Cada alma está sujeta a los poderes más elevados: de hecho, no hay poder excepto de Dios, cada poder existente está ordenado por Dios. Por lo tanto, aquellos que se oponen al poder resisten el orden de Dios. Aquellos que resisten, obtienen la condenación” (Rom 13.1-2).

También saben que pertenece a la condición natural y por lo tanto inmutable de las cosas humanas que, incluso entre aquellos que no tienen la máxima autoridad, algunos prevalecen sobre otros o por diferentes cualidades del alma y el cuerpo o por la riqueza y por bienes externos similares; y no hay pretexto de libertad e igualdad que pueda legitimar la invasión o violación de los derechos y la propiedad de otros. También en este tema hay, insertados en las Sagradas Escrituras, preceptos divinos diferentes y claros que prohíben estrictamente no solo la expropiación de los bienes de los demás sino también el único deseo de ellos (Ex 15,17; Dt 5,19.21).

Pero, sobre todo, recordad a los pobres de todo tipo cuánto le deben a la religión católica en la que persiste y se predica públicamente la doctrina de Cristo, quien dijo que consideraba los beneficios otorgados a los pobres como hechos para él (Mt 18 , 15; 25,40.45), y quería anunciar a todos la estima particular que habría hecho, el día del Juicio, de las mismas obras de misericordia, tanto para otorgar los premios de la vida eterna a los fieles que los habían ejercido, tanto por castigar a los que los habían descuidado con fuego eterno (Mt 25: 34-35).

De este anuncio de Cristo el Señor y de sus otras advertencias muy severas (Mt 19.25-26; Lc 6.4; 18.22-23; Sant. 5.1-2) sobre el uso y los peligros de la riqueza (advertencias mantenidas inviolablemente en la Iglesia Católica), se deduce que los pobres y los miserables están en condiciones mucho más leves entre los católicos en lugar de otras personas. Ellos, en nuestras regiones, obtendrían subsidios aún más copiosos si muchas instituciones que habían sido fundadas por la caridad de los antepasados ​​para su alivio, no hubieran sido destruidas o despojadas recientemente por los repetidos trastornos sociales. Además, nuestros pobres recordarán que, según las enseñanzas de Cristo mismo, no tienen motivos para entristecerse por su condición: de hecho, en la misma pobreza, el camino de salvación se abre para ellos más fácilmente, siempre y cuando apoyen pacientemente su indigencia y no solo sean pobres en bienes materiales sino también en espíritu. De hecho, él dice: “Bienaventurados los pobres en espíritu porque de ellos es el reino de los cielos” (Mt 5: 3).

Todos los fieles también deben saber que los antiguos reyes de las naciones paganas, y los otros encargados de los asuntos públicos, abusaron de su poder más seriamente y con mayor frecuencia; por lo tanto, que reconozcan que deben estar agradecidos a nuestra Religión más santa (por la advertencia de la Religión) “del juicio muy severo que se pronunciará sobre los que mandan” (Sab. 6: 5), y de la tortura eterna reservada para los pecadores, en la cual “los poderosos sufrirán tormentos poderosos” (Sab. 6: 8), y por lo tanto los pueblos sujetos gobiernan con más justicia y clemencia.

Por último, permitid que los fieles confiados a vosotros y a Nuestro cuidado reconozcan que la verdadera y perfecta libertad e igualdad entre los hombres se colocan en observancia de la ley cristiana; de hecho, Dios Todopoderoso que creó “lo pequeño y lo grande, y cuida a todos por igual” (Sab 6: 7), “no perdonará a nadie ni prestará atención a la grandeza de nadie” (Sab. 6, 3) y establecerá el día “En quien juzgará al mundo con justicia” (Hechos 17,31) en su Unigénito Cristo Jesús que “vendrá en la gloria de su Padre, con sus Ángeles, y luego rendirá a cada uno según sus obras” (Mt 16:27) .

Si los mismos fieles, despreciando las advertencias paternas de sus pastores y los mandamientos ya mencionados de la Ley cristiana, se dejaron engañar por los promotores anteriores de las conspiraciones de hoy y decidieron conspirar con ellos en los sistemas perversos del socialismo y el comunismo, sepan y consideren seriamente que de esta manera acumulan para sí mismos, una cantidad infinita de venganza por el día de la ira; y que, mientras tanto, de esa conspiración no puede derivar la menor utilidad temporal para la gente, sino más bien nuevos aumentos de miserias y desgracias. De hecho, a los hombres no se les permite fundar nuevas sociedades y comuniones que sean repugnantes a la condición natural de las cosas humanas; por lo tanto, el resultado de estas conspiraciones, si se extendiera por Italia, no podría ser otro que este: debilitado y colapsado de los cimientos del orden público actual por ataques mutuos, usurpaciones y masacres de ciudadanos contra ciudadanos, finalmente unos pocos, enriquecidos con los restos de muchos, tomarían el poder más alto en la ruina común.

Sin embargo, para sacar a las personas fieles de las trampas de los malvados y mantenerlos firmes en la profesión de la religión católica, así como para alentarlos a las obras de la verdadera virtud, tienen una gran eficacia, como saben, la vida y el ejemplo de aquellos que se dedicaron a los ministerios divinos. Pero, ¡ay dolor! La escasez de eclesiásticos en Italia, pocos en verdad, sirvió de ayuda para derrotar a los enemigos de la Iglesia que pretendían engañar a los fieles. Ciertamente, su caída fue un nuevo estímulo para vosotros, Venerables Hermanos, al observar con celo cada día más diligentemente sobre la disciplina del clero. Y nosotros también en el futuro, queremos hacer lo mismo, no podemos evitar recomendaros una vez más lo que ya hemos dicho en Nuestra primera encíclica a los obispos de todo el mundo [9 de noviembre de 1846]: “No fácilmente impongas las manos sobre nadie” (1 Tim. 5:22), pero siempre usad la mayor diligencia en la elección de la milicia eclesiástica. Sobre todo, es necesario investigar e investigar mucho y durante mucho tiempo a aquellos que desean iniciarse en las órdenes sagradas, si son recomendables por doctrina, por gravedad de la moral, por el amor al culto divino, de modo que una esperanza fundada que brille como lámparas encendidas en la casa del Señor ofrecerá edificación y ventaja espiritual a su rebaño con su trabajo y su forma de vida.

Dado que los monasterios bien dirigidos derivan en gran esplendor y utilidad para la Iglesia del Señor, e incluso el Clero Regular os presta el trabajo útil para procurar la salud de las almas, Venerables Hermanos, os enviamos un mandato para dar a conocer primero, en Nuestro nombre, a las familias religiosas de cada diócesis que, si bien nos lamentamos por las tribulaciones particulares que sufrieron muchas comunidades en las recientes circunstancias desafortunadas, hubo un gran consuelo en la paciencia de las almas y la constancia en el amor a la virtud y la religión por la cual muchos hombres religiosos recomendaron como ejemplo; pero hubo algunos que, ajenos a sus votos, con gran escándalo de los buenos y con nuestro dolor y el de sus hermanos, prevalecieron por sus actos repugnantes. También queremos que exhortéis a los jefes de esas comunidades con nuestras palabras y, si es necesario, incluso los más altos moderadores de ellos, de modo que, como les corresponde a su cargo, no escatimen en compromiso e ingenio para lograr que la disciplina regular, donde ya se respeta, se revitalice y florezca cada vez más; que donde se haya sufrido algún daño, se reviva y restaure por completo. Los superiores mismos advierten, corrigen, reanudan a los religiosos con insistencia, de modo que, considerando seriamente con qué votos se unieron a Dios, estudien para respetarlos diligentemente, para mantener intactas las reglas de su propio Instituto y, llevando en su cuerpo el sacrificio de Jesús , absteniéndose de todo lo que contrasta con su vocación e insistiendo en aquellas obras que muestran caridad hacia Dios y el prójimo, y amor a la virtud perfecta.

Habiendo dicho eso, retomando la discusión sobre la elección del clero secular, en primer lugar recomendaríamos a sus fraternidades la educación de los clérigos menores, ya que es posible tener ministros adecuados de la Iglesia, especialmente entre aquellos que, desde la adolescencia o desde las primeras edades fueron educados convenientemente en las mismas oficinas sagradas. Insistid, por lo tanto, Venerables Hermanos, en dedicar toda la energía y las actividades de tal manera que los reclutas de la sagrada milicia, en la medida de lo posible, sean recibidos en los seminarios eclesiásticos y allí, creciendo como nuevas plantas alrededor del tabernáculo del Señor, sean educados en la inocencia de la vida, en la religiosidad, en la modestia, en el espíritu eclesiástico y al mismo tiempo aprendan las letras, las disciplinas menores y mayores, lo sagrado sobre todo.

Dado que no será fácil para vosotros llevar a cabo en los Seminarios la preparación de todos los clérigos menores, y por otro lado, los otros adolescentes del orden secular que ciertamente dependen de su preocupación pastoral, vigilad nuevamente, Venerables Hermanos, sobre todo, las otras escuelas públicas y privadas, y en la medida en que esté a vuestro alcance, con todos los medios y precauciones, trabajad para que en ellos se aborde todo el orden de los estudios, de acuerdo con la norma de la doctrina católica, y la juventud que se reúna allí sea educada por maestros adecuados y que reflejen la honestidad y la religiosidad, la verdadera virtud, las buenas artes, las disciplinas, y estén equipados con defensas para reconocer las trampas que les imponen los malvados, así podrán evitar errores fatales.

En este caso, tendréis que reservar para vosotros la autoridad y el cuidado preeminente y completamente libre sobre los profesores de disciplinas sagradas y sobre todos los demás temas que pertenecen o tienen contigüidad. Tened cuidado de que en todas las órdenes de las escuelas, pero especialmente en las religiosas, se adopten libros inmunes a la sospecha de cualquier error. Invitad a quienes cuidan de las almas a ser coadjutores incansables con respecto a las escuelas de niños y adolescentes, de modo que se les asignen maestros de probada honestidad y que los libros aprobados por esta Santa Sede se utilicen para educar a los niños y niñas en los rudimentos de Fe cristiana. En este sentido, no podemos dudar de que los mismos párrocos, con su ejemplo y gracias a su insidiosa insistencia, cada día se dedican más a educar a los niños en los principios de la Doctrina Cristiana y recordad que esta educación ciertamente cae dentro de la esfera más importante de sus deberes [Conc. Trid., Sess. 24, cap. 4; Bened. XIV, Const.Etsi mínimo de 7 febr. 1742]. Sin embargo, se les debe advertir que, en sus enseñanzas dirigidas tanto a los niños como a las personas adultas, no descuiden mantener ante sus ojos el Catecismo romano que, publicado por decreto del Consejo Tridentino y por orden de San Pío V, Nuestro Precursor de memoria inmortal y en particular, de Clemente XIII, de feliz memoria, nuevamente recomendó a todos los pastores de almas como “una ayuda preciosa para eliminar los fraudes de opiniones aberrantes y para propagar y establecer una sana doctrina” [Encyclicis Litteris ea de re ad omnes Episcopos datis 14 de junio de 1761].

Ciertamente, os sorprenderéis, Venerables Hermanos, si hemos escrito con una pluma más fluida sobre este tema. No escapa a vuestra sabiduría que este es un momento de riesgo. Nosotros y vosotros debemos comprometernos y observar con toda diligencia y celo, y con gran firmeza mental sobre todo lo relacionado con la escuela, la educación de niños y jóvenes de ambos sexos. De hecho, sabéis que los enemigos actuales de la religión y el consorcio humano, con un espíritu francamente diabólico, convergen en todas sus artes para pervertir las mentes y los corazones de los jóvenes desde una edad temprana. Por lo tanto, no hay nada que dejen sin probar, no hay nada que no se comprometan a eliminar completamente en las escuelas y todas las instituciones destinadas a la educación de los jóvenes para restar la autoridad de la Iglesia y la supervisión de los pastores sagrados.

En este sentido, estamos firmemente respaldados por la firme esperanza de que todos nuestros queridos hijos en Cristo, los príncipes de Italia, ayuden a sus fraternidades con su poderoso patrocinio, para que puedan cumplir con su deber de manera más efectiva en cada uno de estos sectores; ni dudamos de que quieran defender a la Iglesia y todos sus derechos temporales y espirituales. Esto en verdad es apropiado para la religión y para la piedad piadosa para la que se muestran animados de una manera ejemplar. No puede escapar a vuestra sabiduría que los principios de todos los males con los que estamos tan afectados se remontan al daño que durante mucho tiempo se ha causado a la religión y a la Iglesia Católica, especialmente desde el nacimiento de los protestantes. Advirtáis que, a menudo, debido a la degradación de la autoridad de los sagrados pastores y a la inhumanidad cada vez mayor de muchos al violar impunemente los preceptos divinos y eclesiásticos, se redujo el respeto de la gente hacia el poder civil, por lo que los enemigos actuales de la tranquilidad pública se abrieron camino de manera más fácil al levantar sediciones contra las autoridades. También advirtáis sobre las usurpaciones frecuentes, saqueos y ventas públicas de los bienes temporales pertenecientes a la Iglesia por derecho legítimo, que muchos, una vez que la reverencia hacia las propiedades consagradas a los fines religiosos disminuyó entre los pueblos, abrió el camino de una manera más fácil para los enemigos de la tranquilidad pública de hoy, para despertar sediciones contra las autoridades.

El socialismo y el comunismo imaginan que pueden ocupar, dividir o convertir de otra manera el uso de todas las propiedades de los demás. ¿Os dáis cuenta de que aquellos impedimentos que durante algún tiempo, con un fraude versátil, se habían colocado para obligar a los pastores de la Iglesia a que no pudieran usar libremente su autoridad sagrada, gradualmente cayeron en el poder civil?. Finalmente, debéis percibir que ningún otro remedio se puede encontrar más listo y más efectivo contra las calamidades que nos afligen, excepto el florecimiento en toda Italia, en todo el esplendor de nuestra religión y de la Iglesia católica, en la que, sin duda, están disponibles los alivios apropiados para las diferentes condiciones y necesidades de la mayoría de los hombres.

De hecho (usamos las palabras de San Agustín): “La Iglesia Católica no solo abraza a Dios sino que también ama y hace caridad hacia los demás, de modo que prevalece en ella cada remedio efectivo para todas las enfermedades que afligen a las almas pecaminosas. Ejerce y enseña a los niños, a los jóvenes enérgicamente, a los viejos en silencio: cada uno según la edad, no solo del cuerpo sino también del alma. Ella presenta esposas a sus maridos no para satisfacer la lujuria sino para una obediencia casta y fiel a la multiplicación de la descendencia y la comunidad doméstica; y eleva a los esposos sobre las esposas no para humillar al sexo más débil, sino por la ley del amor sincero. La Iglesia somete a los hijos a sus padres para una especie de servidumbre gratuita y superpone a sus padres sobre sus hijos para que dominen con el amor. Conecta hermanos a hermanos con el vínculo de la religión, más firme y apretado que el de la sangre, con nudos de caridad mutua en cada cercanía de parentesco y cada vínculo de afinidad, sin perjuicio de los vínculos de la naturaleza y la voluntad. Enseña a los sirvientes a ser solidarios con sus amos no tanto por necesidad de condición como por la satisfacción de cumplir con su deber; y hace que los amos sean amables con los sirvientes y sean más propensos a consultar que a obligar, por respeto al Dios supremo, amo común de todos. Une ciudadanos con ciudadanos, personas con personas y hombres con hombres, no solo en la sociedad sino también en una especie de hermandad, en memoria de los primeros padres comunes. Enseña a los reyes a proveer a los pueblos y amonesta a los pueblos a estar sujetos a los reyes. Enseña inteligentemente a los que deben honor, a los afectados, a los que reverencian, a los que temen, a los que consuelan, a quien exhorta, a quien disciplina, a quien reprocha, a quien tortura; muestra que no le debemos todo a todos, pero que todos deben la caridad y a nadie se debe ofender” [S. Agustín, De moribus católico. Ecclesiae , lib. I].

Depende de nosotros y de vosotros, Venerables Hermanos, defender el culto de la religión católica entre los pueblos italianos sin escatimar esfuerzos, sin temor a ninguna dificultad y con toda la fuerza del celo pastoral; no solo debemos resistir valientemente los intentos de los malvados a quienes les gustaría arrebatar a Italia del seno de la Iglesia, sino que debemos llamar al camino de la salvación a esos jóvenes degenerados de Italia que ya se dejaron seducir por sus artes.

Pero como cada buena fortuna y cada regalo perfecto desciende de lo alto, acerquémonos con confianza al trono de la gracia, Venerables Hermanos, y no roguemos con oraciones públicas y privadas desviando nuestra mirada de nuestros pecados, iluminemos las mentes y los corazones de todos con la virtud de Su gracia, y recordando también las voluntades rebeldes, agrandando a la santa Iglesia con nuevas victorias y triunfos, para que las personas fieles a él puedan crecer en mérito y en número en toda Italia, de hecho en todo el mundo. Invoquemos nuevamente a la Santísima Madre de Dios, la Inmaculada Virgen María, que con su intercesión más válida ante Dios obtiene lo que pide y no puede decepcionar; juntos invocamos al Príncipe de los Apóstoles, Pedro, y con él a su Coapostol Pablo y a todos los Santos del Cielo para que, con la intervención de sus oraciones, el Señor más clemente elimine de los pueblos fieles los flagelos de su ira; y a todos los que profesan ser cristianos, les conceda propicio, por su gracia, rechazar todo lo que es contrario al nombre de cristiano y seguir todo lo que le convenga.

Por último, Venerables Hermanos, recibid como testimonio de Nuestro afectuoso sentimiento hacia vosotros la Bendición Apostólica que les transmitimos desde el fondo de nuestros corazones a vosotros, al Clero y a los fieles laicos confiados a su vigilancia.

Dado en Nápoles, en la Villa de Portici, el 8 de diciembre de 1849, cuarto año de nuestro pontificado.


Papa Pio IX

viernes, 24 de marzo de 2000

ALOCUCIÓN QUIBUS QUANTISQUE (20 DE ABRIL DE 1849)


ALOCUCIÓN

QUIBUS QUANTISQUE

DEL PAPA

PIO IX

Venerables hermanos

Con cuántos dolores catastróficos están miserablemente agitados y molestos 
nuestro Estado Pontificio y casi toda Italia nadie lo ignora, Venerables Hermanos.

Dios permita que los hombres, enseñados por estos eventos tan tristes, finalmente comprendan que nada es más dañino para ellos que desviarse del camino de la verdad, la justicia, la honestidad y la religiosidad. Y Dios no permita que estén satisfechos con los consejos muy tristes de los malvados y que sean engañados y atrapados por sus trampas, fraudes y errores! Ciertamente, todo el mundo sabe y atestigua qué y con cuánto cuidado y preocupación paterna y muy amorosa se ha mantenido Nuestro espíritu en la obtención de la verdadera y sólida utilidad, tranquilidad y prosperidad de los pueblos de Nuestros Estados Pontificios, y lo que ha sido el fruto Nuestra indulgencia y de mucho amor. Con estas palabras condenamos sólo a los astutos creadores de tales grandes males 
​​que sólo apuntan a inducir y empujar por completo en el fraude y error a las almas y mentes, especialmente de las inexpertas, con promesas magníficas y mentirosas.

Todos saben bien con qué elogios se ha celebrado en todas partes el perdón memorable y muy amplio otorgado por nosotros por la paz, la tranquilidad y la felicidad de las familias. Y nadie ignora que varios a quienes se les otorgó ese perdón no solo no cambiaron su forma de pensar en absoluto, como esperábamos, sino que insistieron cada día de manera más acre en sus diseños y maquinaciones. Nada hubo que no se atrevieran a hacer, nada que no hayan intentado, siempre con el objetivo de sacudir y derrocar al Principado civil del Romano Pontífice y su gobierno, como lo habían estado planeando durante mucho tiempo, y juntos libraron una guerra muy amarga contra Nuestra Santísima Religión. Para lograr este objetivo con mayor facilidad, intentaron nada más que reunir a las masas de los pueblos, inflamarlos y mantenerlos continuamente con gran agitación que estudiaron con todo esfuerzo para fomentar y aumentar diariamente con el pretexto de nuestras propias concesiones. Por lo tanto, esas concesiones espontáneamente y voluntariamente otorgadas por nosotros al comienzo de nuestro pontificado no sólo no fueron capaces de producir la fruta deseada, sino que nunca echaron raíces, mientras que los expertos fabricantes de fraudes abusaron de esas mismas concesiones para generar nuevos problemas. Y en esta reunión con vosotros, Venerables Hermanos, creímos conveniente tocar, aunque sea un poco, y recordar brevemente los hechos mismos, precisamente para este propósito: para que todos los hombres de buena voluntad sepan clara y abiertamente cuáles son los enemigos de Dios y la humanidad, lo que quieren y lo que siempre ha estado en su alma fija y determinadamente.

Por nuestro afecto singular por sus súbditos, Venerables Hermanos, nos dolía mucho y nos preocupaba ver esos continuos disturbios populares tan adversos tanto para la paz y el orden público, como para la tranquilidad privada y la paz de las familias; ni podríamos tolerar esas frecuentes colecciones pecuniarias que bajo diversos títulos, no sin un leve hostigamiento y desgaste de los ciudadanos, estaban sucediendo. Por lo tanto, en abril del año 1847, con el edicto público de nuestro cardenal secretario de estado, no dejamos de advertir a todos que se abstengan de reuniones y transmisiones populares similares y que depositen en nosotros la confianza, asegurándose de que nuestro cuidado paterno y nuestros pensamientos estaban destinados únicamente a proporcionar el bienestar público, como ya habíamos aportado pruebas con varios y muy brillantes temas. Pero estas, Nuestras advertencias saludables con las que nos esforzamos por frenar tales grandes movimientos populares y llamar a los propios sujetos al amor por la tranquilidad, se opusieron en gran medida a los deseos y las maquinaciones de algunos.

Por lo tanto, los incansables perpetradores de la agitación, que ya se habían opuesto a otra ordenanza emitida por el Cardenal Secretario de Estado, dirigida a promover una educación correcta y útil de la gente, tan pronto como supieron nuestras advertencias, no desistieron de vociferar contra ellos en todas partes, de levantar a las masas desprevenidas de los pueblos con un mayor compromiso, y de insinuarlos con mucha astucia y persuadirlos de que nunca quieran entregarse a esa tranquilidad tan deseada por Nosotros, ya que les dijeron que el propósito oculto era mantener a los pueblos dormidos y, por lo tanto, serían oprimidos más fácilmente por el duro yugo de la esclavitud. Y desde ese momento lanzaron muchos escritos, incluso impresos, llenos de amargos insultos, todo tipo de ultrajes y amenazas.

Ahora los perturbadores, para acreditar de alguna manera los falsos peligros con los que atemorizaban a la gente, no tuvieron pudor alguno en difundir rumores y temores sobre una supuesta conspiración, 
basándose en una mentira despreciable para despotricar que tal conspiración se había tramado para causar estragos con una guerra civil en la ciudad de Roma, con masacres que, una vez que las nuevas instituciones fueran removidas y canceladas, la antigua forma de gobierno sería restaurada. Pero bajo el pretexto de esta conspiración muy falsa, los enemigos tenían el nefasto plan de sacudir y excitar a la gente con desprecio, odio y furia contra ciertos personajes altamente destacados en la virtud, distinguidos por su religiosidad y también eminentes por su dignidad eclesiástica.

Cuando por primera vez pensamos que era oportuno, procurar cada vez más la prosperidad de la administración pública dando vida al Consejo de Estado, los enemigos aprovecharon de inmediato la oportunidad para traer nuevas heridas al Gobierno y asegurarse de que esta institución, que podría tener éxito y gran beneficio para los intereses públicos de los pueblos, volviera a su detrimento y ruina. Y dado que su opinión ya era impune 
y que nuestra autoridad estaba sujeta al juicio de los consultores, el mismo día de la inauguración de esta consulta, no descuidamos amonestar seriamente con palabras severas a varios agitadores, que acompañaban a los Consultores y les mostramos clara y abiertamente el verdadero propósito de esta institución.

Recordaréis, Venerables Hermanos, cómo y con qué palabras en Nuestra asignación pronunciada en el Consistorio del 4 de octubre de 1847 No dejamos de amonestar y exhortar seriamente a todos los pueblos a tener cuidado con la máxima atención de las artes de tales engañadores. Mientras tanto, los obstinados perpetradores de las trampas y las agitaciones para mantener vivas y activas las turbulencias y los temores, en enero del año pasado, los corazones de los incautos, con la falsa alarma de una guerra externa aterrorizaron y difundieron la idea de que la guerra misma era fomentada y apoyada por conspiraciones internas y la inercia maliciosa de los gobernantes. Para tranquilizar a los corazones y replicar las artes de los amenazantes, sin demora el 10 de febrero del mismo año con esas palabras Nuestras palabras bien conocidas por todos, declaramos que estos rumores eran completamente falsos y absurdos. Y en esa ocasión anunciamos a nuestros queridos súbditos lo que sucederá ahora con la ayuda de Dios, es decir, innumerables jóvenes se habrían apresurado a defender la casa del Padre común de los fieles, es decir, el Estado de la Iglesia, siempre que esos lazos tan estrechos de gratitud con la cual los príncipes y pueblos italianos habían estado íntimamente conectados, y que esos mismos 
pueblos han descuidado respetar la sabiduría de sus príncipes y la santidad de sus derechos, y preservarlos y defenderlos con todas sus fuerzas.

Aunque entonces, nuestras palabras mencionadas anteriormente restauraron brevemente la calma a todos aquellos cuya voluntad era contraria a la agitación continua, sin embargo, no sirvieron de nada para los feroces enemigos de la Iglesia y de la sociedad humana, que ya habían despertado nuevas multitudes y nuevos disturbios. Al presionar a las calumnias ya por ellos y por sus semejantes arrojadas contra los religiosos consagrados al ministerio divino de la Iglesia, con gran violencia se levantaron y encendieron la furia popular contra ellos. Tampoco ignoren, Venerables Hermanos, que Nuestras palabras dirigidas a la gente el 10 de marzo del año pasado no valieron nada, con lo cual intentamos enérgicamente rescatar a esa Familia Religiosa del exilio y la dispersión.

Mientras estos eventos 
y trastornos se llevaban a cabo en Italia, nuevamente el 30 de marzo del mismo año, alzando nuestra voz apostólica, no dejamos de advertir y reiterar a todos los pueblos que respeten la libertad de la Iglesia Católica, para mantener el orden de la sociedad civil, para defender los derechos de todos, para llevar a cabo los preceptos de nuestra Religión sacrosanta, y especialmente para ejercer la caridad cristiana hacia todos.

Ahora, todos vosotros sabéis cómo se introdujo la forma constitucional de gobierno en Italia, y cómo el Estatuto que dimos a nuestros miembros salió a la luz el 14 de marzo del año pasado. Pero dado que los implacables enemigos del orden y la tranquilidad no deseaban nada más, excepto hacer todo lo posible contra el gobierno papal, y sacudir implacablemente a la gente con continuos y sospechosos trastornos, por lo tanto, mediante impresiones, círculos, comités y de otros artificios de todo tipo que nunca se cansaron de calumniar al Gobierno atrozmente, de acusarlo de inerte, engañoso, fraudulento, aunque el propio Gobierno, con todo cuidado y celo, se esforzó por garantizar que el tan deseado Estatuto se publicara lo más rápido posible. Y aquí queremos mostrarle al mundo entero que al mismo tiempo esos hombres, firmes en su intención de molestar a los Estados Pontificios y a toda Italia, nos propusieron proclamar no una constitución, sino una república, como el único escape y defensa de la salvación, tanto la nuestra como la del estado de la Iglesia. Todavía tenemos ese recuerdo en la mente de esa noche, y todavía tenemos ante nuestros ojos a algunos que, miserablemente engañados y fascinados por los autores del fraude, no dudaron en patrocinar su causa en esto y en proponernos la propia proclamación de la República. Lo cual, además de innumerables y muy serios otros argumentos, muestra cada vez más que las demandas de las nuevas instituciones y el progreso tan predicado por estos hombres solo apuntan a mantener vivas las agitaciones, a eliminar cualquier principio de justicia, virtud, honestidad, religiosidad; y para presentar el socialismo, o incluso el comunismo que son contrarios principalmente al derecho y a la razón natural misma.

Y aunque los incansables directores de las agitaciones sospecharon seriamente de sí mismos, no faltaron hombres de buena voluntad que les ofrecieron su mano amiga, tal vez confiando en la esperanza de poder llevarlos de vuelta al camino de la moderación y la justicia.

Mientras tanto, un grito de guerra repentinamente corrió por toda Italia, de modo que una parte de nuestros miembros, movidos y transportados, voló a las armas y resistió nuestra voluntad de ir más allá de las fronteras de nuestro estado. Saben, Venerables Hermanos, como nosotros, al cumplir con el cargo de Sumo Pontífice y Soberano, nos opusimos a los deseos injustos de aquellos que querían arrastrarnos a librar esa guerra, y que exigieron que empujáramos a la batalla, para cierta masacre, unos jóvenes sin experiencia, reunidos en un instante, nunca educados en el arte y la disciplina militar, equipados con comandantes expertos y herramientas de guerra. Y esto fue reclamado por nosotros quienes, creados por un decreto inescrutable de la divina providencia en la cima de la dignidad apostólica, sosteniendo aquí en la tierra el oficio de Vicario de Jesucristo, recibimos de Dios, el autor de la paz y la caridad, la misión de amar con afecto paterno indiscriminadamente a todos los pueblos y naciones, y procurar su salvación, no para empujarlos a masacres y muerte. Que si se prohíbe a todos los Príncipes sin una causa justa para emprender una guerra, ¿quién estará tan desprovisto de consejos y de retrospectiva, que claramente no ve que el católico con razón exige al Romano Pontífice una justicia mucho mayor y más en causas serias si se va a ordenar y llevar una guerra a otros?

Por lo tanto, con Nuestra Asignación del 29 de abril del año pasado pronunciada ante vosotros, declaramos al mundo entero que éramos completamente ajenos a esa guerra y al mismo tiempo Nos rechazamos una oferta ciertamente muy insidiosa que nos hicieron tanto verbalmente como por escrito: no solo nos ofrecen un insulto extremo, sino también muy fatal para Italia, es decir, querer presidir el gobierno de una determinada República italiana. Y de hecho, por singular misericordia divina, tratamos de llevar a cabo la tarea muy seria impuesta por Dios mismo para hablar, amonestar, exhortar, y por lo tanto confiamos en que no podemos reprocharnos lo que dice Isaías: "¡Ay de mí porque me quedé callado!". Dios quería que nuestras voces paternas, nuestras advertencias y nuestras exhortaciones fueran escuchadas por todos nuestros hijos.

Recordarán, Venerables Hermanos, los gritos y disturbios proferidos por los hombres de la facción turbulenta después de la Alocución que acabamos de mencionar, y de qué manera nos impusieron en un ministerio civil totalmente contrario a Nuestras máximas y nuestras divisiones, y a los derechos de los Sede Apostólica. Ciertamente, desde ese momento, predijimos el resultado infeliz de la guerra de Italia, mientras que uno de esos ministros no dudó en afirmar que la guerra misma duraría, aunque a pesar de nosotros mismos, y sin la bendición pontificia. El propio Ministro, también con la mayor indignación de la Sede Apostólica, no tuvo disgusto en proponer que el principado civil del Romano Pontífice se separara del poder espiritual de la misma. Él mismo, no mucho después, cuando hablaba de Nosotros, se atrevió a afirmar públicamente tales cosas, con lo que prohibió y separó al pontífice del consorcio de hombres. El justo y misericordioso Señor quiso humillarnos bajo su poderosa mano permitiendo, por el espacio de varios meses, la verdad por un lado y la mentira por otro lado para luchar entre sí con una feroz batalla, lo que terminó con la formación de otro ministerio, que luego dio paso a otro, que unió ingeniosamente un celo particular para defender el orden público y mantener las leyes. Pero la licencia desenfrenada y la audacia de las pasiones de alabanza, que levantaban la cabeza todos los días, dilataban su dominio, y los enemigos de Dios y los hombres, encendidos por la larga y orgullosa sed de dominar, cazar y destruir, nada más anhelaban que derrocar todas las leyes divinas y humanas, y así saciar sus anhelos. Entonces las maquinaciones preparadas durante mucho tiempo se manifestaron abiertamente; las calles estaban manchadas de sangre humana, y se cometieron sacrilegios que nunca fueron lo suficientemente deplorables, y la violencia nunca significó que se nos hiciera una audacia indescriptible en Nuestra misma residencia en el Quirinale. Por lo tanto, oprimidos por tantas ansiedades, no pudiendo ejercer libremente el cargo no solo de Soberano, sino incluso de Pontífice, no sin la mayor amargura de Nuestra alma, nos vimos obligados a alejarnos de Nuestra Sede. Pasemos ahora en silencio a esos hechos muy tristes que narramos en protestas públicas, para que nuestro dolor común no se vea exacerbado al recordarlos. Tan pronto como los sediciosos conocieron nuestras protestas, furiosos y con mayor audacia y amenazando a todos, no perdonaron ningún tipo de fraude, engaño, de violencia para arrojar aún más miedo a los jóvenes ya aterrorizados. Y después de que introdujeron esa nueva forma de gobierno, y después de haber eliminado los dos Consejos establecidos por Nosotros, se esforzaron por reunir una nueva asamblea que llamaron la Asamblea Constituyente Romana. El alma ciertamente se rehuye y rechaza recordar cuál y cuántos fraudes usaron para tener éxito en ese fin. Aquí, entonces, no podemos eximirnos de rendir los elogios a la mayoría de los Magistrados de los Estados Pontificios, quienes, conscientes de su honor y deber, prefirieron retirarse de la oficina, en lugar de colaborar de alguna manera con una empresa que tiende a despojar a Su Soberano Padre muy amado de su legítimo principado civil. Esa Asamblea finalmente se reunió, y cierto abogado romano, desde el comienzo de su primer discurso ante los congregados, declaró solemnemente a todos lo que él y todos sus camaradas autores del horrible movimiento sintieron, quisieron y hacia dónde apuntaron. “La ley del progreso moral”, dijo, “es imperiosa e inexorable”, y al mismo tiempo agregó que él y los demás ya habían resuelto durante mucho tiempo demoler desde los cimientos el dominio temporal y el gobierno de la Sede Apostólica.

Queríamos recordar esa declaración en esa reunión suya, para que todos conozcan la intención de que esta voluntad perversa no fue atribuida por nosotros a los autores de las sediciones solo por conjeturas y movidos por alguna sospecha, sino que él mismo se manifestó clara y públicamente por aquellos mismos, que incluso por modestia debería haberse abstenido de hacer tal declaración.

Tales hombres, por lo tanto, no pretendían tener instituciones más libres, o reformas más útiles a la administración pública, no preveían medidas de ningún tipo, sino que querían invadir, sacudir y destruir el dominio temporal de la Sede Apostólica. Y este su propósito, en la medida de lo posible, lo logró con ese decreto emitido por el llamado Constituyente Romano el día 9 de febrero del año en curso, con el que declararon que los Romanos Pontífices habían caído en la ley y, de hecho, por el gobierno temporal: no podemos decir si la injusticia contra los derechos de la Iglesia romana y la libertad asociada con ellos fue lo más grave para cumplir el oficio apostólico, o si el daño y la calamidad para todos los pontífices fuera mayor. Por tales hechos deplorables Nuestra aflicción ciertamente no fue leve, Venerables Hermanos, y lo que más nos duele es que la ciudad de Roma, centro de la unidad y la verdad católicas, maestra de la virtud y la santidad, por el trabajo de los impíos, que todos los días en una multitud aparecen, en presencia de todos los pueblos y naciones, sean los autores de muchos males. Pero con una angustia tan grande en nuestros corazones, es dulce decir que la mayor parte de la gente de Roma, 
aunque ella era una espectadora de muchos acontecimientos tristes, así como del resto de nuestros Estados papales, constantemente apegados y dedicados a nosotros y a la Santa Sede, están horrorizados por esas nefastas maquinaciones. La solicitud de los obispos y el clero de nuestro estado también fue de gran consuelo para nosotros, quienes, cumpliendo los deberes de su ministerio en medio de los peligros y todo tipo de impedimentos, no descuidaron, con voz y ejemplo, mantener a la gente alejada de esos motines y las insinuaciones malvadas de los partidarios. 

En un conflicto de cosas tan grande y con tantos desastres, no dejamos piedra sin mover para proporcionar orden y tranquilidad pública. De hecho, mucho antes de que ocurrieran los tristes acontecimientos de noviembre, procuramos con todo compromiso que los regimientos suizos asignados al servicio de la Santa Sede y estacionados en nuestras provincias llamaran a Roma; Esto, sin embargo, en contra de nuestra voluntad, no tuvo efecto por parte de quienes en mayo estaban a cargo de los ministros. Ni esto solamente, sino también antes, como más tarde, para defender el orden público, especialmente en Roma, y ​​para comprimir la audacia del partido subversivo, dirigimos nuestra preocupación a obtener ayuda de otras tropas que, con el permiso de Dios, dadas las circunstancias, nos fallaron.

Finalmente, después de los muy tristes eventos de noviembre, no dejamos de inculcar de ninguna manera, con nuestra carta del 5 de enero a todas nuestras tropas autóctonas que, conscientes de la religión y el honor militar, mantuvieran la lealtad jurada a su Príncipe, y buscaran celosamente asegurar que la paz pública, la obediencia 
debida y la devoción al gobierno legítimo se mantuviera en todas partes. Además, dimos órdenes para que los Regimientos suizos se mudaran a Roma, que no obedecieron nuestra voluntad, especialmente porque su general mantuvo una conducta injusta e indigna en este asunto.

Mientras tanto, los líderes de la facción, empujando su empresa con mayor ímpetu y audacia, no descuidaron lanzar calumnias y contúmenes horribles de todo tipo contra Nuestra persona y contra aquellos que nos flanquearon; además, se atrevieron, con la mayor maldad, a abusar de las palabras mismas del Santo Evangelio para atraer bajo la apariencia de un cordero (mientras son lobos rapaces) la multitud inexperta a sus designios y tramas proclamados, y envenenar con falsas doctrinas las mentes de los incautos. Y como algunos de ellos, 
aunque inocentes, nos ven como una causa de tantas perturbaciones, queremos reflejar que, de hecho, acabamos de elevarnos al trono papal, y con nuestro cuidado paterno, como declaramos anteriormente, precisamente deseamos mejorar con cada compromiso la condición de los pueblos de nuestros estados papales; pero a través del trabajo de hombres enemigos y agitadores sucedió que nuestros diseños fueron inútiles, mientras que sucedió lo contrario, lo que permitió a Dios, que esos propios partidarios pudieran poner en práctica algo a lo que durante mucho tiempo nunca habían renunciado a tramar e intentar con todo tipo de malicia.

Por lo tanto, aquí nuevamente repetimos lo que ya hemos mostrado en otras ocasiones, es decir, en la tormenta tan severa y triste con la que casi todo el mundo está tan terriblemente preocupado, uno debe reconocer la mano de Dios y escuchar su voz, que con estos azotes castiga los pecados e iniquidades de los hombres, para que puedan regresar apresuradamente a los caminos de la justicia. Por lo tanto, que aquellos que se apartaron de la verdad escuchen esta voz y abandonen el camino que han tomado, se conviertan al Señor; que aquellos que en el presente estado de cosas muy tristes están mucho más atentos a sus asuntos privados que al bien de la Iglesia y a la prosperidad de la religión católica, que recuerden que nada beneficia al hombre “a poseer el mundo entero, si entonces tiene que perder su alma”; y que los hijos piadosos de la Iglesia la escuchen nuevamente, y esperando pacientemente la ayuda de Dios, y con un compromiso cada vez mayor, limpiando sus conciencias de cada mancha de pecado, traten de implorar misericordias celestiales y complacer cada vez más a los ojos de Dios y servirle continuamente.

Entre estos ardientes deseos nuestros, no podemos dejar de advertir especialmente a aquellos que aplauden el decreto con el cual el Romano Pontífice es despojado de todo honor y dignidad de su Principado civil, y afirmar que el decreto en sí es muy útil para procurar la libertad y la felicidad de la Iglesia misma. Aquí, entonces, abiertamente y en presencia de todos, certificamos que al decir esto no nos conmueve ninguna avaricia de dominación ni ningún deseo de poder temporal, mientras que Nuestra disposición, Nuestra alma, en verdad es ajena a cualquier dominación. Además, nuestro deber requiere que al defender el principado civil de la Sede Apostólica, defendamos con todas nuestras fuerzas los derechos y posesiones de la Santa Iglesia Romana, y la libertad de la Sede misma, que está íntimamente relacionada con la libertad y la utilidad de toda la Iglesia. De hecho, aquellos que, aplaudiendo el decreto antes mencionado, afirman tantas falsedades y absurdos, que ignoran o pretenden ignorar el hecho de que la providencia divina que dividió al Imperio Romano en varios reinos y diferentes estados, al Romano Pontífice, Cristo, el Señor, le encomendó el cuidado y el gobierno de toda la Iglesia, por lo tanto, tenía un principado civil, de modo que al gobernar a la Iglesia misma y al preservar su unidad, disfrutaba de la plena libertad que se requiere para el ejercicio del ministerio apostólico supremo. De hecho, nadie ignora que los fieles, los pueblos, las naciones y los reinos nunca tendrían plena confianza y respeto al Romano Pontífice si lo ven sujeto al dominio de algún Príncipe o Gobierno, o sujeto a beneficios económicos. Y, de hecho, los fieles, los pueblos y los reinos nunca dejarían de sospechar y temer mucho que el mismo Pontífice no ajustara sus actos a la voluntad de ese Príncipe o Gobierno en cuyo Estado se encuentra, y por lo tanto, bajo este pretexto, no tendrían escrúpulo para oponerse a los mismos actos. En verdad, dicen los enemigos del principado civil de la Sede Apostólica, que ahora dominan en Roma, ¿con qué confianza y respeto recibirían las exhortaciones, órdenes y disposiciones del Sumo Pontífice sabiendo que está sujeto al imperio de cualquier Príncipe o Gobierno, especialmente si entre uno de estos y el Estado romano hubieran estado en guerra abierta durante mucho tiempo?

Mientras tanto, todos ven por qué y por cuán graves heridas en el mismo Estado papal la Esposa Inmaculada de Cristo ahora está atravesada, por qué acciones, por qué vil esclavitud está cada vez más oprimida, y con cuántas angustias su cabeza visible está preocupada. ¿Y quién que es desconocido para nosotros, incluso evita la comunicación con Roma, y ​​con ese Clero querido para nosotros, y con todo el Episcopado, y con los otros fieles de todo el Estado Papal, tanto que ni siquiera se nos permite enviar y recibir cartas libremente, incluso si se refieren a asuntos eclesiásticos y espirituales? ¿Quién no sabe que la ciudad de Roma, la sede principal de la Iglesia Católica se ha convertido ahora en un bosque de bestias temblorosas, redundantes de hombres de todas las naciones, que apostatan, o herejes, o amos, como dicen, del comunismo o del socialismo y animados por el odio más terrible contra la verdad católica, tanto con la voz como con los escritos, y de cualquier otra manera estudian con todo esfuerzo cómo enseñar y difundir errores pestíferos de todo tipo, y para corromper el corazón y alma de todos, de modo que en Roma misma, si fuera posible, la santidad de la religión católica y el gobierno irreformable de la fe falle? ¿Quien no sabe ni ha oído que en los Estados Pontificios, con osadía temeraria y sacrílega, han ocupado los bienes, las rentas, las propiedades de la Iglesia; han despojado los augustos templos de sus ornamentos; convirtiendo casas religiosas para usos profanos; las santas vírgenes fueron golpeadas; los eclesiásticos más selectos y religiosos han sido cruelmente perseguidos, encarcelados, asesinados? 
Venerables obispos, que incluso están dotados de dignidad cardinal, han sido bárbaramente arrancados de su rebaño y arrojados a prisión. Y como estas, muchas y enormes fechorías más contra la Iglesia y sus derechos y su libertad, se cometen en los Estados Pontificios, y en otros lugares donde esos hombres o sus compañeros dominan en ese momento en el que proclaman libertad en todas partes, y dan a entender que sus deseos son que el poder supremo del Sumo Pontífice, liberado de cualquier vínculo, posea y disfrute de la libertad total.

Además, nadie ignora la condición muy triste y deplorable de nuestros amados ingresos saqueados por esos mismos hombres que cometen tantos excesos contra la Iglesia: el tesoro público se ha disipado, agotado, el comercio ha sido interrumpido y casi extinguido, las contribuciones monetarias impuestas a los nobles y otros; los activos de los particulares robados para ser entregados a quienes se autodenominaban "líderes del pueblo" y que son líderes de milicias desenfrenadas; los que han alterado la libertad personal de todos los buenos y que ven su tranquilidad en el mayor peligro; la vida misma sometida a la daga de los asesinos, y otros males y calamidades inmensos y muy serios, por los cuales los ciudadanos están implacablemente preocupados, aterrorizados. ¡Estos son precisamente los comienzos de esa prosperidad que los enemigos del pontificado supremo anuncian y prometen a los pueblos de los Estados Pontificios!

Por lo tanto, en medio del dolor grave e increíble del cual fuimos penetrados íntimamente por las muchas calamidades tanto de la Iglesia como de nuestros súbditos, sabiendo muy bien que la razón de nuestro deber requería absolutamente que hiciéramos todo lo posible para eliminarlos, a partir del 4 de diciembre de el año pasado no dejamos de pedir ayuda de los Príncipes y las Naciones. Y no podemos abstenernos de comunicarles ahora, Venerables Hermanos, el consuelo particular que sentimos al aprender que los mismos Príncipes y pueblos, y también aquellos que no se unieron a nosotros por el vínculo de la unidad católica, atestiguaron y declararon con expresiones vivas la propensión espontánea hacia nosotros, lo que, 
alivia admirablemente nuestro dolor amargo y nos consuela.

Tenemos la esperanza de que todos sean persuadidos de que desde el desprecio de nuestra Santísima Religión, esos males muy serios, los cuales, con tanta dificultad en estos tiempos, los pueblos y los reinos son golpeados, ni que se pueda buscar alivio y remedio si no es en la doctrina divina de Cristo y de Su Santa Iglesia, que, fructífera madre y cuidadora de todas las virtudes y enemigas de los vicios, mientras educa a los hombres sobre cada verdad y justicia y los une en una caridad mutua, espera y admirablemente provee el bien público y el orden de la sociedad civil.

Después de invocar la ayuda de todos los Príncipes, pedimos con mayor disposición ayudar a Austria, limítrofe en el norte con Nuestro Estado, ya que no solo prestó su atroz trabajo en defensa del dominio temporal de la Sede Apostólica, sino que lo sigue haciendo ahora. Ciertamente es de esperar que, de acuerdo con nuestros deseos más ardientes y preguntas más justas, ciertos principios siempre probados por la Sede Apostólica serán eliminados de ese Imperio y, por lo tanto, para el bien y la ventaja de aquellos fieles, la Iglesia recuperará su libertad allí. Lo cual, que con mucho gusto le anunciamos, estamos seguros de que no le brindará un pequeño consuelo.

Pedimos ayuda a Francia, por quien sentimos afecto y benevolencia singulares, ya que el clero y los fieles de esa nación presentaron cada estudio para calmar y aliviar nuestra amargura y angustia con demostraciones muy amplias de devoción filial y respeto.

Nuevamente pedimos ayuda a España, la cual, muy atenta y solícita con nuestras aflicciones, primero entusiasmó a las otras naciones católicas a hacer una alianza filial entre ellas para tratar de traer de vuelta a su sede al Padre común de los fieles, el pastor supremo de la Iglesia.

Finalmente, pedimos ayuda al Reino de las Dos Sicilias, donde somos invitados del Rey, quien, tomando todos sus esfuerzos para promover la verdadera y sólida felicidad de sus pueblos, brilla tanto por la religiosidad y la piedad como para servir de ejemplo a sus propios súbditos. Aunque entonces no podemos expresar lo suficiente en palabras con cuánta preocupación y solicitud el Príncipe mismo aspira en todos los sentidos y con argumentos claros para dar fe y confirmarnos continuamente su devoción filial hacia nosotros, sin embargo, sus ilustres méritos hacia nosotros no caerán nunca en el olvido. Tampoco podemos pasar de ninguna manera en silencio los testimonios de piedad, amor y respeto que el clero y la gente del mismo Reino, desde que entramos, nunca han dejado de ofrecernos.

Por lo tanto, esperamos que con la ayuda de Dios, esas potencias católicas, teniendo en cuenta la causa de la Iglesia y su Sumo Pontífice, el Padre común de todos los fieles, se apresuren lo antes posible para defender, reclamar el principado civil de la Sede Apostólica y restaurar la paz y la tranquilidad a nuestros sujetos. Confiamos en que los enemigos de nuestra religión y sociedad civil más santas serán eliminados de Roma y de todos los Estados Pontificios.

Tan pronto como eso suceda, nos ocuparemos de la vigilancia, preocupación y esfuerzo para garantizar que se eliminen todos esos errores y escándalos muy serios de los que hemos tenido que quejarnos. Al principio será oportuno hacer todo lo posible para iluminar con la luz de la verdad eterna las mentes e inclinaciones miserablemente engañadas por las falacias, trampas y fraudes de los malvados, para que los hombres conozcan los frutos fatales de los errores y los vicios, y estén entusiasmados y animados a seguir los caminos de la virtud, la justicia y la religión. De hecho, ustedes saben muy bien, Venerables Hermanos, esas opiniones horrendas y monstruosas que, surgiendo del fondo del abismo en la ruina y la desolación, y que prevalecieron y se enfurecieron con un daño inmenso a la Religiosidad y la Sociedad. Estas doctrinas pervertidas y vulgarmente pestíferas, los enemigos nunca se cansan de difundir, con palabras y escritos, y en espectáculos públicos para aumentar y propagar cada día más la licencia desenfrenada de cada impiedad, de cada codicia y lujuria. De ahí derivan esas calamidades, desgracias y desastres que devastaron y humillaron a la humanidad y a casi todo el mundo. No ignoren qué guerra se está librando en Italia con nuestra Religión más santa, y con qué fraude y artificio los terribles enemigos de la Religiosidad y la Sociedad se esfuerzan por sacar a las almas 
de la santidad de la fe y la sana doctrina, especialmente las inexpertas, para sumergirlas en las olas arrepentidas de la incredulidad, y llevarlos a las fechorías más graves.

Para facilitar el resultado de sus diseños, y para excitar y promover sediciones y disturbios siguiendo el ejemplo de los herejes, completamente despreciados por la autoridad suprema de la Iglesia, se atreven a invocar, interpretar, cambiar, distorsionar palabras y testimonios perversamente, alterando los contenidos de las escrituras divinas y, llenos de impiedad, no tienen horror de abusar injustamente del mismo santo nombre de Jesucristo. La moderación tampoco les impide afirmar públicamente que tanto la violación de cualquier juramento sagrado, como cualquier acción criminal y vil, repugnante incluso a la misma ley eterna de la naturaleza, no sólo no debe volver a intentarse, sino que debe ser completamente legal y digna de toda recomendación, cuando se hace, como dicen, "por amor al país". En la manera tan impía y distorsionada de argumentar de estos hombres, se elimina toda idea de honestidad y justicia: Las manos del ladrón y del asesino son defendidas y alabadas con total descaro.

A los otros innumerables fraudes, los cuales los enemigos de la Iglesia Católica continuamente usan para rasgar y arrancar del seno de los incautos y principalmente los inexpertos, se agregan las calumnias más atroces y desagradables, que no se sonrojan al inventar y lanzar en contra de nuestra persona. Ciertamente, aunque no lo merezcamos, actuando aquí en la tierra como el que "mientras estaba maldito no maldijo, mientras sufría no amenazaba", soportamos con toda paciencia y en silencio los más amargos ultrajes, y nunca nos olvidamos de rezar por nuestros calumniadores y perseguidores. Pero estando en deuda con los eruditos y con los ignorantes, y teniendo que tomar todas las precauciones para salvar a todos, a fin de evitar especialmente el escándalo de los débiles, no podemos sino rechazar, en esta asamblea vuestra, la más falsa y la más negra de todas las 
calumnias, reveladas contra nosotros por algunos periódicos recientemente. En verdad, nos sorprendió un horror increíble cuando leímos ese invento con el que nuestros enemigos se esfuerzan por causarnos graves daños a nosotros y a la Sede Apostólica, sin embargo, de ninguna manera podemos pensar que mentiras tan insolentes pueden incluso ofender levemente al Presidente Supremo de la Verdad ni a nosotros, que, sin ningún mérito, estamos ubicados en la silla de Pedro. Y ciertamente para la misericordia celestial singular podemos usar esas palabras de nuestro divino Redentor: "Claramente he hablado al mundo... y en secreto no he dicho nada". Aquí, Venerables Hermanos, consideramos apropiado repetir e inculcar lo que declaramos específicamente en Nuestra alocución del 17 de diciembre de 1847, a saber, que los impíos, para dañar más fácilmente la verdadera y genuina doctrina de la religión católica, y engañar a otros, no descuidan usar inventos, maquinaciones y esfuerzos de todo tipo para que de alguna manera la Santa Sede parezca ser un participante y promotor de su necedad.

Entonces, está claro para todos qué sociedades y sectas muy oscuras y no menos dañinas fueron fundadas en varias ocasiones por los hacedores de las mentiras, seguidores de doctrinas perversas, para inculcar con más fuerza en sus corazones sus delirios, elucubraciones y tramas, corrompiendo los corazones de los simples y abriendo un camino ancho para cometer con impunidad todo tipo de maldades. ¡Qué abominables sectas de perdición, extremadamente perniciosas no solo para la salud de las almas sino también para el bien y la tranquilidad de la sociedad! Siempre detestadas y condenadas por nosotros y por nuestros predecesores, también en la encíclica a los obispos que se nos dio el 9 de noviembre de 1846. Condenamos, y ahora igualmente con suprema autoridad apostólica volvemos a condenar, prohibir, proscribir.

No era nuestro propósito en esta alocución enumerar todos los errores con los que los pueblos, engañados miserablemente, son empujados a desastres tan graves, o señalar todas las maquinaciones con las que buscaron la ruina 
y atacar desde todos lados a la religión católica y para invadir la fortaleza de Sion. Lo que hasta ahora hemos recordado con dolor demuestra suficientemente que las doctrinas de alabanza invadidas y el desprecio de la justicia y la religión derivan en esas calamidades por las cuales las naciones y los pueblos están tan preocupados. Para eliminar ese daño grave, no se deben evitar los cuidados, consejos, esfuerzos y vigilias, porque, habiendo erradicado tantas doctrinas perversas, todos entienden que en el ejercicio de la virtud, la justicia, la religiosidad, la felicidad verdadera y sólida consistencia. Entonces, nosotros y vosotros y los otros Venerables Hermanos Obispos de todo el mundo católico debemos trabajar con todo cuidado, preocupación y esfuerzo para asegurar que los fieles, sacados de los pastos envenenados, y conducidos a los sanos, y nutridos cada día más con las palabras de la fe, sepamos evitar los fraudes y engaños de los amenazantes y, entendiendo bien que el temor de Dios es la fuente de todo bien, y que los pecados e iniquidades atraen los flagelos de Dios, estudiar con toda diligencia para huir del mal y operar lo bueno. Por lo tanto, en medio de tantas ansiedades, ciertamente no sentimos una ligera alegría al saber cuán firme y firmemente los Venerables Hermanos Obispos del mundo católico, muy leales a Nosotros y a quien preside el trono de Pedro, junto con el clero obediente a ellos, se esfuerzan por defender la causa de la Iglesia y por apoyar su libertad y con el cuidado y la diligencia sacerdotal que dan cada trabajo para confirmar cada vez más a los buenos en la bondad, para llevar a los rebeldes al camino de la justicia, y con la voz y los escritos para responder y confundir a los obstinados enemigos de la Religión. Y aunque estamos felices de ofrecer la alabanza correcta y merecida a los Venerables Hermanos mismos, los alentamos para que con ayuda divina continúen con un celo cada vez mayor en cumplir su ministerio, luchar en las batallas del Señor, alzar la voz con sabiduría y vigor para evangelizar a Jerusalén y sanar las heridas de Israel. De acuerdo con esto, no dejen de recurrir con confianza al trono de la gracia, de duplicar las oraciones públicas y privadas y de inculcar el compromiso con los fieles que hacen penitencia, para que puedan obtener misericordia del Señor, y encontrar gracia en la ayuda apropiada. Tampoco desistan de exhortar a los hombres de ingenio y sana doctrina, de modo que ellos, bajo la escolta de sus pastores y de la Sede Apostólica, se esfuercen por iluminar las mentes de los pueblos y disipar la oscuridad de los serpenteantes errores.

Aquí también imploramos a nuestros queridos Nuestros hijos en Jesucristo, los Príncipes y Gobernantes, y les pedimos que, considerando cuidadosa y seriamente los males y daños derivados en la sociedad de un torrente de muchos vicios y errores, quieran principalmente con todo cuidado e ingenio la solicitud, la virtud, la justicia, la religión en todas partes para  triunfar y tener un aumento cada vez mayor. Y todos los pueblos, naciones y sus gobernantes piensen y mediten asidua y cuidadosamente que todos los bienes se colocan en la práctica de la justicia, y que todos los males surgen de la iniquidad: porque “la justicia levanta naciones, pero el pecado rinde pueblos miserables” (Pr 14,34).

Pero antes de poner fin a nuestros dichos, no podemos evitar testificar abierta y públicamente nuestros corazones agradecidos a todos esos jóvenes queridos y afectuosos que, muy solícitos de nuestras calamidades por un sentimiento de afecto muy singular hacia nosotros, querían enviarnos sus oblaciones. Aunque estas donaciones piadosas nos brindan un alivio considerable, sin embargo, debemos confesar que nuestros corazones están muy angustiados, lamentablemente temiendo que, en la muy triste condición de los asuntos públicos, ellos, llevados por un impulso de amor, no se encontrarán en sus generosos sacrificios con una verdadera incomodidad y daño.

Finalmente, Venerables Hermanos, nos resignamos completamente a los impenetrables decretos de la sabiduría de Dios, con los cuales Él obra su gloria, mientras que en la humildad de nuestro corazón le damos infinitas gracias a Dios por hacernos dignos de sufrir las heridas en el nombre de Jesús y en parte, de acuerdo con la imagen de su pasión, estamos listos con fe, esperanza, paciencia, mansedumbre para sufrir las pruebas y dolores más amargos y dar incluso nuestra vida por la Iglesia, si con nuestra sangre se pudieran reparar las calamidades de la Iglesia. Mientras tanto, Venerables Hermanos, ofrezcamos humildemente oraciones fervientes día y noche al Señor Dios, rico en misericordia.

Y nunca dejemos de pedir súplicas al hacedor de la paz que está en los cielos y que es nuestra paz, quien, después de haber eliminado por completo todos los males con los que se atormenta al cristianismo, debería recibir en todas partes la tan esperada paz y tranquilidad. Y para que Dios pueda inclinarse más fácilmente ante nuestras oraciones, hagamos uso de mediadores ante él, y sobre todo, recurramos a la Santísima Virgen Inmaculada María, que es madre de Dios y nuestra y Madre de misericordia. Lo que ella pida y no puede no ser escuchado. Todavía imploramos los sufragios de San Pedro, Príncipe de los Apóstoles, y del Coapostol Pablo y de todos los santos que, habiéndose hecho amigos de Dios, reinan con él en los cielos

Papa Pio IX.