jueves, 29 de junio de 2000

MINISTERIA QUAEDAM (15 DE AGOSTO DE 1972)


CARTA APOSTÓLICA EN FORMA DE MOTU PROPRIO

MINISTERIA QUAEDAM

POR LA QUE SE REFORMA

EN LA IGLESIA LATINA LA DISCIPLINA RELATIVA

A LA PRIMERA TONSURA,

A LAS ÓRDENES MENORES Y AL SUBDIACONADO

La Iglesia instituyó ya en tiempos antiquísimos algunos ministerios para dar debidamente a Dios el culto sagrado y para el servicio del Pueblo de Dios, según sus necesidades; con ellos se encomendaba a los fieles, para que las ejercieran, funciones litúrgico-religiosas y de caridad, en conformidad con las diversas circunstancias. Estos ministerios se conferían muchas veces con un rito especial mediante el cual el fiel, una vez obtenida la bendición de Dios, quedaba constituido dentro de una clase o grado para desempeñar una determinada función eclesiástica.

Algunos de entre estos ministerios más estrechamente vinculados con las acciones litúrgicas, fueron considerados poco a poco instituciones previas a la recepción de las Ordenes sagradas; tanto es así que el Ostiariado, Lectorado, Exorcistado y Acolitado recibieron en la Iglesia Latina el nombre de Ordenes menores con relación al Subdiaconado, Diaconado y Presbiterado, que fueron llamadas Ordenes mayores y reservadas generalmente, aunque no en todas partes, a quienes por ellas se acercaban al Sacerdocio.

Pero como las Ordenes menores no han sido siempre las mismas y muchas de las funciones anejas a ellas, igual que ocurre ahora, las han ejercido en realidad también los seglares, parece oportuno revisar esta práctica y acomodarla a las necesidades actuales, al objeto de suprimir lo que en tales ministerios resulta ya inusitado; mantener lo que es todavía útil; introducir lo que sea necesario; y asimismo establecer lo que se debe exigir a los candidatos al Orden sagrado.

Durante la preparación del Concilio Ecuménico Vaticano II, no pocos Pastores de la Iglesia pidieron la revisión de las Ordenes menores y del Subdiaconado. El Concilio sin embargo, aunque no estableció nada sobre esto para la Iglesia Latina, enunció algunos principios que abrieron el camino para esclarecer la cuestión, y no hay duda de que las normas conciliares para una renovación general y ordenada de la liturgia[1] abarcan también lo que se refiere a los ministerios dentro de la asamblea litúrgica, de manera que, por la misma estructura de la celebración, aparece la Iglesia constituida en sus diversos Ordenes y ministerios[2]. De ahí que el Concilio Vaticano II estableciese que «en las celebraciones litúrgicas, cada cual, ministro o simple fiel, al desempeñar su oficio hará todo y sólo aquello que le corresponde por la naturaleza de la acción y las normas litúrgicas».[3]

Con esta proposición se relaciona estrechamente lo que se lee poco antes en la misma Constitución: «La Santa Madre Iglesia desea ardientemente que se lleve a todos los fieles a aquella participación plena, consciente y activa en las celebraciones litúrgicas que exige la naturaleza de la liturgia misma, y a la cual tiene derecho y obligación, en virtud del bautismo, el pueblo cristiano, "linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido" (1 Pet. 2, 9; cf. 2, 4-5). Al reformar y fomentar la sagrada liturgia hay que tener muy en cuenta esta plena y activa participación de todo el pueblo, porque es la fuente primaria y necesaria en la que han de beber los fieles el espíritu verdaderamente cristiano y, por lo mismo, los pastores de almas deben aspirar a ella con diligencia en toda su actuación pastoral por medio de una educación adecuada».[4]

En la conservación y adaptación de los oficios peculiares a las necesidades actuales, se encuentran aquellos elementos que se relacionan más estrechamente con los ministerios, sobre todo, de la Palabra y del Altar, llamados en la Iglesia Latina Lectorado, Acolitado y Subdiaconado; y es conveniente conservarlos y acomodarlos, de modo que en lo sucesivo haya dos ministerios, a saber, el de Lector y el de Acólito, que abarquen también las funciones correspondientes al Subdiácono.

Además de los ministerios comunes a toda la Iglesia La-tina, nada impide que las Conferencias Episcopales pidan a la Sede Apostólica la institución de otros que por razones particulares crean necesarios o muy útiles en la propia región. Entre estos están, por ejemplo, el oficio de Ostiario, de Exorcista y de Catequista [5], y otros que se confíen a quienes se ocupan de las obras de caridad, cuando esta función no esté encomendada a los diáconos.

Está más en consonancia con la realidad y con la mentalidad actual el que estos ministerios no se llamen ya órdenes menores; que su misma colación no se llame «ordenación» sino «institución»; y además que sean propiamente clérigos, y tenidos como tales, solamente los que han recibido el Diaconado. Así aparecerá también mejor la diferencia entre clérigos y seglares, entre lo que es propio y está reservado a los clérigos y lo que puede confiarse a los seglares cristianos; de este modo se verá más claramente la relación mutua, en virtud de la cual el «sacerdocio común de los fieles y sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque diferentes esencialmente y no sólo en grado, se ordenan sin embargo el uno al otro, pues ambos participan a su manera del único sacerdocio de Cristo» .[6]

Por tanto, después de madura reflexión, pedido el voto de los peritos, consultadas las Conferencias Episcopales y teniendo en cuenta sus pareceres, y así mismo después de haber deliberado con nuestros venerables Hermanos que son miembros de las Sagradas Congregaciones competentes, con nuestra Autoridad Apostólica establecemos las siguientes normas, derogando, si es necesario y en cuanto lo sea, las prescripciones del Código de Derecho Canónico hasta ahora vigente, y las promulgamos con esta Carta.

I. En adelante no se confiere ya la primera Tonsura. La incorporación al estado clerical queda vinculada al Diaconado.

II. Las que hasta ahora se conocían con el nombre de «Ordenes menores», se llamarán en adelante «Ministerios».

III. Los ministerios pueden ser confiados a seglares, de modo que no se consideren como algo reservado a los candidatos al sacramento del Orden.

IV. Los ministerios que deben ser mantenidos en toda la Iglesia Latina, adaptándolos a las necesidades actuales, son dos, a saber: el de Lector y el de Acólito. Las funciones desempeñadas hasta ahora por el Subdiácono, quedan confiadas al Lector y al Acólito; deja de existir por tanto en la Iglesia Latina el Orden mayor del Subdiaconado. No obsta sin embargo el que, en algunos sitios, a juicio de las Conferencias Episcopales, el Acólito pueda ser llamado también Subdiácono.

V. El Lector queda instituido para la función, que le es propia, de leer la palabra de Dios en la asamblea litúrgica. Por lo cual proclamará las lecturas de la Sagrada Escritura, pero no el Evangelio, en la Misa y en las demás celebraciones sagradas; faltando el salmista, recitará el Salmo interleccional; proclamará las intenciones de la Oración Universal de los fieles, cuando no haya a disposición diácono o cantor; dirigirá el canto y la participación del pueblo fiel; instruirá a los fieles para recibir dignamente los Sacramentos. También podrá, cuando sea necesario, encargarse de la preparación de otros fieles a quienes se encomiende temporalmente la lectura de la Sagrada Escritura en los actos litúrgicos. Para realizar mejor y más perfectamente estas funciones, medite con asiduidad la Sagrada Escritura.

El Lector, consciente de la responsabilidad adquirida, procure con todo empeño y ponga los medios aptos para conseguir cada día más plenamente el suave y vivo amor [7], así como el conocimiento de la Sagrada Escritura, para llegar a ser más perfecto discípulo del Señor.

VI. El Acólito queda instituido para ayudar al diácono y prestar su servicio al sacerdote. Es propio de él cuidar el servicio del altar, asistir al diácono y al sacerdote en las funciones litúrgicas, principalmente en la celebración de la Misa; además distribuir, como ministro extraordinario, la Sagrada Comunión cuando faltan los ministros de que habla el c. 845 del C. I. C. o están imposibilitados por enfermedad, avanzada edad o ministerio pastoral, o también cuando el número de fieles que se acerca a la Sagrada Mesa es tan elevado que se alargaría demasiado la Misa. En las mismas circunstancias especiales se le podrá encargar que exponga públicamente a la adoración de los fieles el Sacramento de la Sagrada Eucaristía y hacer después la reserva; pero no que bendiga al pueblo. Podrá también -cuando sea necesario- cuidar de la instrucción de los demás fieles, que por encargo temporal ayudan al sacerdote o al diácono en los actos litúrgicos llevando el misal, la cruz, las velas, etc., o realizando otras funciones semejantes. Todas estas funciones las ejercerá más dignamente participando con piedad cada día más ardiente en la Sagrada Eucaristía, alimentándose de ella y adquiriendo un más profundo conocimiento de la misma.

El Acólito, destinado de modo particular al servicio del altar, aprenda todo aquello que pertenece al culto público divino y trate de captar su sentido íntimo y espiritual; de forma que se ofrezca diariamente a sí mismo a Dios, siendo para todos un ejemplo de seriedad y devoción en el templo sagrado y además, con sincero amor, se sienta cercano al Cuerpo Místico de Cristo o Pueblo de Dios, especialmente a los necesitados y enfermos.

VII. La institución de Lector y de Acólito, según la venerable tradición de la Iglesia, se reserva a los varones.

VIII. Para que alguien pueda ser admitido a estos ministerios se requiere:

a) petición libremente escrita y firmada por el aspirante, que ha de ser presentada al Ordinario (al Obispo y, en los Institutos clericales de perfección, al Superior Mayor) a quien corresponde la aceptación;

b) edad conveniente y dotes peculiares, que deben ser determinadas por la Conferencia Episcopal;

c) firme voluntad de servir fielmente a Dios y al pueblo cristiano.

IX. Los ministerios son conferidos por el Ordinario (el Obispo. y, en los Institutos clericales de perfección, el Superior Mayor) mediante el rito litúrgico «De Institutione Lectoris» y «De Institutione Acolythi», aprobado por la Sede Apostólica.

X. Deben observarse los intersticios, determinados por la Santa Sede o las Conferencias Episcopales, entre la colación del ministerio del Lectorado y del Acolitado, cuando a las mismas personas se confiere más de un ministerio.

XI. Los candidatos al Diaconado y al Sacerdocio deben recibir, si no los recibieron ya, los ministerios de Lector y Acólito y ejercerlos por un tiempo conveniente para prepararse mejor a los futuros servicios de la Palabra y del Altar. Para los mismos candidatos, la dispensa de recibir los ministerios queda reservada a la Santa Sede.

XII. La colación de los ministerios no da derecho a que sea dada una sustentación o remuneración por parte de la Iglesia.

XIII. El rito de la institución del Lector y del Acólito será publicado, próximamente por el Dicasterio competente de la Curia Romana.

Estas normas comienzan a ser válidas a partir del, día primero de enero de 1973.

Mandarnos que todo cuanto hemos decretado con la presente Carta, en forma de Motu Proprio, tenga plena validez y eficacia, no obstante cualquier disposición en contrario.

Dado en Roma, cerca de San Pedro, el 15 de agosto, en la solemnidad de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María, del año 1972, décimo de nuestro Pontificado.

PABLO VI


Notas

[1] Cfr. Const. sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium, n. 62: AAS 56, 1964, p. 117; cfr. también n. 21: l.c., pp. 105-106.

[2] Cfr. Ordo Missae, Institutio Generalis Missalis Romani, n. 58, ed. tip. 1969, p. 29.

[3] Const. sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium, n. 58: AAS 56, 1964, p. 107.

[4] Ibíd.., n. 14: l.c., p. 104.

[5] Cfr. Decr. Ad Gentes, n. 15: AAS 58, 1966, p. 965; Ibíd.., n. 17: l.c., pp. 967-968.

[6] Const. Dogm. Lumen Gentium, n. 10: AAS 57, 1965, p. 14.

[7] Cfr. Const. sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium, n. 24: AAS 56, 1964, p. 107; Const. Dogm. Dei Verbum, n. 25: AAS 58, 1966, p. 829.



miércoles, 28 de junio de 2000

UNIGENITUS DEI FILIUS (19 DE MARZO DE 1924)


UNIGENITUS DEI FILIUS

- Sobre la vida religiosa

19-3-1924

CARTA ENCÍCLICA

DEL SUMO PONTÍFICE

PÍO XI

A todos los superiores generales de las órdenes

A los amados hijos: Salud y bendición apostólica


Introducción:

Institución y frutos de la vida religiosa

1. Del significado y los fines de la vida religiosa

Cuando el Unigénito Hijo de Dios vino a este mundo para redimir el género humano, después de dar sus preceptos de la vida espiritual, por medio de los cuales se encaminarán todos los hombres al fin que les fue señalado, enseñó, además, que los que quisieran seguir más de cerca sus huellas, habían de abrazar y practicar los consejos evangélicos.

Quienquiera, pues, que mediante voto hecho a Dios ha prometido observar los consejos, no sólo se libra de todos los impedimentos que suelen desviar a los hombres de la santidad, como los bienes de fortuna, las preocupaciones y cuidados de los esposos y la desenfrenada libertad para todas las cosas, sino que también camina hacia la perfección de la vida, de tal modo recto y expedito que ya parece haber echado anclas en el puerto de la salud.


I. Las Órdenes y Congregaciones religiosas en general

2. La variedad y unidad de la vida religiosa

Por eso, desde los más remotos tiempos del cristianismo nunca faltaron hombres que, al llamamiento de Dios, con generoso y elevado espíritu, renunciaron a todo, tomando por el sendero de la perfección y caminando con constancia por él. Y aparecen claramente en la Historia hombres y mujeres que se entregaron y consagraron a Dios en las diferentes Órdenes religiosas que la Iglesia en el transcurso de los siglos aprobara y sancionara.

Ahora bien, aunque una e indivisa por naturaleza, la vida religiosa, sin embargo revistió múltiples formas, por cuanto los religiosos sirven a Dios de un modo diferente el uno del otro, y unos realizan, para mayor gloria de Dios y utilidad del prójimo, determinadas obras de caridad distintas de las de los otros. Esta gran variedad de Órdenes religiosas, que se parece a un campo del Señor poblado de árboles disímiles produce también una gran variedad de frutos para la salvación de los pueblos.

Y es la verdad, no hay nada más bello ni más agradable para la vista que la unión y la armónica diferencia 
que poseen esas congregaciones, al conducir a la misma meta, su propio campo de acción y trabajo, que es, en parte, por lo menos, distinto del de los demás.

3. Las relaciones de las Órdenes con la Santa Sede

Pues, suele suceder, por disposición de la divina Providencia, que, cuantas veces surjan en la Iglesia nuevas necesidades, nacen y florecen también nuevos institutos religiosos.

Por eso, la Sede Apostólica bajo cuya enseña militan las órdenes religiosas, recordando los beneficios que en el transcurso de las edades prestaron a la Iglesia y la sociedad, los ha rodeado siempre de especial cuidado y benevolencia: porque, además de reservarse el derecho de reconocer y aprobar sus reglas y constituciones, ha defendido una y otra vez, con todo empeño, su causa contra los adversarios a través de los apremios de los tiempos y de las circunstancias. Y cuando era menester no cesaba de llamarlas, además, a la prístina dignidad y santidad del Instituto.

4. El especial cuidado de la Iglesia:

a) en el Concilio de Trento

Las disposiciones y exhortaciones del Concilio de Trento ponen de manifiesto este cuidado y la solicitud de la Iglesia por promover la observancia de las reglas y la santidad de vida entre los religiosos cuando dice: Todos los regulares tanto hombres como mujeres, deben ordenar y llevar una vida conforme a las prescripciones de la regla que han profesado, y ante todo, deben observar fielmente lo que pertenece a la perfección de su vocación, como la obediencia, pobreza y castidad, y si acaso existen otros votos y preceptos especiales de la Regla y de la Orden que miran a la conservación de la esencia de su vida y no menos a la de la vida común, de la alimentación y del vestido 1.

5. En el Código de Derecho Canónico.

El Código de Derecho Canónico, antes de proceder a la legislación correspondiente, da una breve y concisa definición del estado religioso, diciendo que es el modo estable de vivir en común, por el cual los fieles, además de los preceptos comunes, se imponer también la obligación de practicar los consejos evangélicos mediante los tres votos de obediencia, castidad y pobreza... y tienden a la perfección evangélica, para afirmar claramente al mismo tiempo que todos han de tener en gran estima ese estado religioso 2.

6. Rescriptos y disposiciones papales

La gran confianza que personalmente ciframos en la virtud y la ayuda de los religiosos, la hemos manifestado ya abiertamente cuando en la Encíclica "Ubi arcano" 3 por primera vez, nos dirigimos afectuosamente a todos los obispos del orbe católico. Allí hablamos de los medios para vencer los innumerables males que aquejan a la sociedad humana, y dijimos que para asegurar el éxito tendríamos muchos motivos para poner gran esperanza precisamente en el clero regular.

Además como, poco antes, Nos habíamos dirigido al Cardenal Prefecto de la Sagrada Congregación para incremento de los estudios en los Seminarios y Universidades, en la Carta Apostólica: Officiorum omnium 4, movidos por los mismos pensamientos y solicitud que se habían clavado en Nuestro ánimo, a fin de promover la sólida instrucción de los futuros candidatos al sacerdocio, abarcamos en ella también a los alumnos de las Órdenes religiosas por cuanto la mayor parte de Nuestras admoniciones y disposiciones correspondía a aquellos de entre ellos que son llamados al Orden sagrado.

7. Carta especial a los religiosos

Sin embargo, el sincero afecto y el anhelo de velar por vosotros nos impulsa a prestaros un mayor servicio, nos ha movido intensamente a dedicaros una carta particular para señalaros algunos puntos. Si vuestros alumnos los convierten en costumbre y práctica cotidiana su vida y acción será ciertamente tales como terminantemente lo exige y pide el ministerio muy singular y excelso de su divina vocación.


II. Deberes de los religiosos

8. Primer deber: Fidelidad al espíritu del fundador

En primer lugar exhortamos a todos los religiosos a que siempre contemplen el ejemplo de su fundador y padre legislador si quieren estar seguros de participar abundantemente de las gracias que fluyen de su propia vocación. Pues, cuando esos varones eximios echaron los cimientos de sus institutos ¿qué hicieron, seguramente, sino obedecer a la inspiración divina?

Todos los que exhiben, pues, en su vida los rasgos que los fundadores quisieron ser impresos en su comunidad no se apartan por cierto, del espíritu primitivo. Por eso, los miembros de la Orden, cual hijos óptimos dirigirán sus cuidados y pensamientos a la defensa del honor de su padre espiritual, no sólo obedeciendo a sus preceptos y consejos sino también impregnándose de su espíritu, y serán fieles a su estado mientras sigan las huellas de su fundador. Los hijos permanecerán hasta la eternidad a causa de ellos 5.

Ojalá acaten la Regla de su instituto con tanta sencillez y retengan de tal manera la característica de su vida, impresa al Instituto desde el principio que se encuentren todos los días más dignos del estado religioso, pues por su fidelidad no pueden menos de atraer sobre su sagrado ministerio que desempeñaran durante toda su vida, los auxilios de las gracias celestiales.


9. Segundo deber: Trabajar por el objeto principal del estado religioso: por el reino de Dios

En sus actividades no deben buscar sino únicamente el reino de Dios y su justicia 6. Nos queremos, queridos hijos, que se atienda a esto de un modo especialísimo en aquellas obras a que la mayoría de los vuestros se dedica, es decir, en las sagradas misiones y en educación de la juventud.


10. Especialmente en las misiones extranjeras. El estrecho nacionalismo se condena

En lo que concierne, pues, al apostolado, deben cuidarse, como ya exhortó acertadamente Nuestro predecesor 
inmediato 7, que no conviertan la propagación del Evangelio entre los pueblos de lejanas tierras en acción de propaganda para su patria o en reclamo favorable al poder de su nación sino que se preocupen tan sólo de la salvación de los infieles y fomenten entre ellos el bienestar de esta vida y los progresos de la civilización únicamente en cuanto conduzcan a la eterna.


11. Y en la educación

Los religiosos que están dedicados a la instrucción y educación han de evitar cuidadosísimamente dejarse arrastrar tanto por la excesiva preocupación de las disciplinas humanísticas, muy buenas de suyo, que, de este modo, descuiden de imbuir las prácticas religiosas en las mentes y los corazones de los educandos; de otra manera, sus alumnos llevarán a la vida un rico acervo de conocimientos literarios pero quedarán totalmente huérfanos de la ciencia religiosa; y si carecen de ésta carecerán del más hermoso y precioso tesoro educativo de todos, y vegetarán en la miseria espiritual más grande; pues, vanos son por naturaleza todos los hombres que carecen del conocimiento de Dios 8. Y el Seráfico Doctor advierte oportunamente al tratar el mismo tema: Este es el fruto de todas las ciencias que mediante todas ellas se eleve el edificio de la fe, se glorifique a Dios, se morigeren las costumbres, se reciban los consuelos que nacen de la unión del Esposo con la esposa, unión que, por su parte, es obra de la caridad 9.


12. Tercer deber: sólida formación teológica. La importancia de esta formación

Por cuanto es indispensable que los ministros de la Iglesia tengan una altísima estima y adquieran a fondo las ciencias sagradas, Nos propusimos como punto principal de esta Nuestra exhortación, el estimular a los religiosos, tanto sacerdotes como candidatos al sacerdocio a que estudien asiduamente las disciplinas teológicas, dado que no podrán cumplir perfecta y plenamente los ministerios de su vocación si no poseen un alto dominio de ellas. Ya que las personas que se consagraron a Dios tienen cuando menos como principal, si no única, obligación la de orar y contemplar o meditar los divinos misterios, ¿cómo cumplirán ese gravísimo deber si no conocen a fondo y comprenden la doctrina de la Fe?


13. Principalmente para los miembros de las órdenes contemplativas, pero también para los de la cura de almas

Nos queremos que, ante todo, sigan estos consejos los que llevan una vida recluida de meditación de las cosas celestiales; pues, yerran, si creen que pueden, o descuidar antes o hacer de lado después, los estudios teológicos, y sin embargo, faltos de aquel abundante conocimiento de Dios y de los misterios de la Fe que se adquieren en el estudio de las disciplinas sagradas, elevarse fácilmente a las cosas sublimes o ser arrebatados y trasportados a la unión interior con Dios.

Lo que atañe a los demás religiosos sea que enseñen, sea que prediquen o administren el sacramento de la Penitencia a las almas arrepentidas o que salgan a las misiones entre los infieles o dirijan espiritualmente al pueblo en su vida diaria, ese múltiple ejercicio del sagrado ministerio se considerará tanto más vigoroso y eficaz cuanto mayor sea el acervo de conocimientos que ellos dominen y luzcan.

Por lo demás, que los sacerdotes posean la ciencia de las cosas sagradas, y esta sea interior y copiosa, ya amonestó el Espíritu Santo por boca del profeta: Los labios del sacerdote han de guardar la ciencia 10. ¿Cómo podrá carecer de sólida doctrina aquel de cuyos labios el pueblo cristiano espera la palabra de la salud dado que es el legado del Dios de las ciencias 11, el ministro doctor de la Nueva Ley, la sal de la tierra 12 y la luz del mundo? 13.

Teman, pues, por su salvación lo que se acercan sin preparación ni experiencia a la cura de almas. No soportará impunemente su ignorancia aquel Señor que pronunció esta terrible amenaza: Por haber rechazado tú la ciencia, te rechazaré a ti del sacerdocio que está a mi servicio 14.


14. La ciencia sagrada es hoy día el arma indispensable para defender la Fe

Ahora bien, si jamás en épocas anteriores hacían falta sacerdotes sabios, hoy día se siente mucho más esta necesidad, por cuanto ya en la vida diaria el conocimiento de las cosas y la ciencia tienen tanta importancia y la compenetran de tal modo, que los hombres, aun los menos ilustrados -como casi universalmente suele suceder- repiten la afirmación de proceder en nombre de la ciencia. Por eso debe bregarse con todo empeño a fin de que la Fe sea favorecida por el apoyo y la defensa de toda clase de ciencias humanas, las que con su luz harán brillar ante los ojos de todos la hermosura de la verdad revelada y desharán oportunamente las capciosas opiniones mentidas que bajo el falso nombre de ciencia suelen acumular contra los dogmas de fe. Pues, como ya Tertuliano escribió con acierto: nuestra Fe sólo anhela ansiosamente no ser condenada sin ser conocida 15. Por ello no debemos olvidar tampoco las palabras de San Jerónimo: La santidad sin erudición aprovecha sólo al individuo que la posee; y cuanto edifica a la Iglesia de Cristo por el mérito de Su vida tanto la perjudica por no saber defenderse contra los adversarios... Es deber sagrado de los sacerdotes responder a las preguntas que le hacen sobre la ley 16.

Y así es obligación del sacerdote secular como del regular no sólo divulgar más ampliamente sino también más detenidamente ilustrar y defender la doctrina Católica, la cual ofrece por un lado todos los argumentos para readquirir y aniquilar todas las objeciones que le oponen, y por el otro, no puede menos de atraer aún a los espíritus no cegados por prejuicios con tal que la doctrina se explique lúcidamente. Los Doctores de la Edad que llaman Media habían comprendido esta realidad y bajo la égida de Santo Tomás Y San Buenaventura se empeñaron a fondo por entender ampliamente la ciencia teológica y por comunicarla a los demás.


15. La teología es también el instrumento de la propia santificación

A estos beneficios se añadirá, además, queridos hijos, el que el empeño de la voluntad, de la mente y de todas las fuerzas espirituales que vuestros religiosos pongan en estos estudios tendrá por resultado la consecución de un espíritu religioso más acendrado y la conservación de la dignidad y el decoro del nobilísimo estado que abrazaron; pues, quien se dedica a las disciplinas teológicas, emprende una obra que supone trabajo serio, esfuerzo y sacrificio y que, igualmente, se opone a la desidia y la pereza que es la madre y maestra de muchos males 17; el estudioso a causa de la no poca concentración de pensamiento que esta labor exige como también de la costumbre que adquiere de no deliberar nada precipitadamente ni ejecutarlo sin reflexión, reprimirá y refrenará mucho más fácilmente las concupiscencias que arrastran a lo peor y despeñan a la ciénaga del vicio al hombre falto de dominio de sí mismo. San Jerónimo escribe a este respecto: Ama la ciencia bíblica y no amarás los vicios de la carne 18; y en otro lugar: El conocimiento de las Escrituras engendra almas vírgenes 19.


16. El estudio teológico ayuda a adquirir la perfección del estado religioso

El religioso debe sentirse impulsado a estos estudios también por la conciencia de los deberes de estado a que su misma vocación le obliga, o sea, el deber de adquirir una virtud perfecta. Como nadie puede apetecer eficazmente esta perfección ni lograrla con seguridad sin llevar una vida interior ¿con qué alimentos mejores o más abundantes puede nutrirla y desarrollarla que con el estudio de las doctrinas teológicas? Pues, la acostumbrada y cotidiana meditación de las maravillas de la naturaleza y de los dones de gracia que Dios Omnipotente ha volcado con tanta largueza y abundancia en la creación 
universal y en cada uno de los hombres, santifica los pensamientos y los movimientos del corazón y lo eleva a las cosas celestiales; aún más, llena a los hombres de espíritu de fe y los une muy íntimamente a Dios ¿Quién podría asemejarse más a Cristo sino aquel que convierte la doctrina de la fe y de la moral que nos vino del cielo en la savia de su vida y la sangre de su corazón?


17. La historia de las Órdenes y la experiencia enseñan lo mismo

Los fundadores de las Órdenes y Congregaciones religiosas siguiendo las huellas de los Padres y Doctores de la Iglesia recomendaron encarecidamente a sus hijos los estudios de las ciencias sagradas. Enseñen, además, la experiencia, queridos hijos, que aquellos de entre vosotros que con mayor amor cultivaron el estudio de la fe, alcanzaron en la mayoría de los casos un grado más alto de santidad que los demás. A la inversa, los que abandonaron este sagrado deber comenzaron por ello a menudo a languidecer espiritualmente, no pocas veces cayeron en un estado lamentable y aun quebrantaron sus votos. Todos los religiosos recuerden, por tanto, las palabras de Ricardo de San Víctor: Ojalá que cada uno de nosotros se dedique a estos estudios hasta que se ponga el sol, desvanezca paulatinamente el amor a la vanidad y, eliminando el hervor de la concupiscencia, se entibie el impulso de la sabiduría carnal 20.

Exhortamos, además, a los religiosos a que hagan suya la sentencia la siguiente plegaria de San Agustín: Mis castas delicias sean tus Escrituras; jamás me engañe en ellas, ni engañe a nadie mediante ellas 21.


III. La educación y formación de los miembros de las Órdenes

18. Preocupación por los estudios teológicos de los seminaristas

Puesto que el estudio constante y atento de la Teología produce en los religiosos tan preclaros frutos, ya se pone con ello de manifiesto con cuánta diligencia debéis velar, queridos hijos, porque a vuestros alumnos no falte la ocasión de estudiar esa doctrina ni de cultivarla por toda la vida.


19. La misión de los Seminarios menores

Más, respecto del problema de la educación es importantísimo para los jóvenes que aspiran a la vida conventual que rectamente se orienten y formen sus mentes y corazones desde el principio. Desde luego, como por la maldad de los tiempos que corren, no reciben esos niños en el ambiente hogareño una muy adecuada educación cristiana y como carecen, cuando jóvenes, expuestos a las asechanzas de la corrupción tendidas por todas partes, den la sólida formación religiosa que pueda moldear los corazones para que acaten los preceptos divinos y  lleven una vida conforme a la honestidad y la rectitud de la ley natural, se concluye lógicamente que vosotros, a este respecto, no podréis hacer nada más útil que fundar Seminarios menores y Colegios -lo cual viene poco a poco llevándose a cabo, como con gran alegría comprobamos- para cobijar a los adolescentes que demuestran alguna señal de vocación divina.


20. Selección concienzuda de los candidatos

En esta obra debéis, sin embargo, evitar lo que Nuestro predecesor Pío X, de santa memoria, previno a los Superiores de la Orden Dominicana, es decir, a que no llevaran al Seminario precipitadamente y en masa a jóvenes, los cuales es incierto si, bajo el soplo divino, abrazarán ese santísimo estado de vida 22.

Elegid concienzuda y sabiamente a los candidatos a la vida religiosa y procurad con diligencia que junto con la formación piadosa, acomodada a su edad, se instruyan en las disciplinas humanísticas que suelen enseñarse en los Colegios 23; de tal modo, empero, que no entren en el Noviciado antes que hayan cumplido los estudios que llaman de humanidades, a no ser que una razón bastante grave aconseje excepcionalmente otra cosa.


21. Casas centrales de estudio y preferencia de la formación religiosa

No habéis de escatimar ningún sacrificio ni esfuerzo para educar, pues, a estos jóvenes, lo cual no es sólo una exigencia de caridad sino también un deber de justicia. Si por lo reducido del Instituto o por otras razones, alguna Provincia no tiene con qué sostener debidamente tal institución conforme a las prescripciones del Derecho Canónico, envíense los jóvenes a otra Provincia o casa de estudios donde puedan formarse correctamente según las prescripciones del Canon 587.

En las escuelas inferiores obsérvese empero religiosamente lo prescrito por el Canon 1364, § 1: En las clases inferiores del Seminario debe ocupar el puesto principal la asignatura de religión, que se ha de explicar con todo esmero en forma acomodada al talento y edad de cada seminarista. En esta asignatura no han de usarse libros no aprobados por el Ordinario de lugar.

De paso sea dicho, que, por lo demás, los estudiantes de filosofía no deben abandonar el estudio de religión. Con mucho provecho se valdrán en él del áureo Catecismo Romano en el cual no sabréis qué admirar más, si la abundancia de sana doctrina o la elegancia de la dicción latina; pues, cuando vuestros clérigos, desde la flor de la edad se acostumbren a sacar sus conocimientos religiosos de esta fuente, sobre prepararse mejor para los estudios teológicos, la versación en este libro perfectísimo hará que posean los conocimientos para instruir sabiamente al pueblo y refutar con acierto las objeciones con que suele calumniarse la doctrina revelada.


22. La importancia del estudio del latín

Os aconsejamos y mandamos, queridos hijos, que hagáis observar en vuestros Colegios lo que acerca del estudio de la lengua latina exhortamos observar diligentemente a los Obispos católicos en la Epístola Apostólica "Ofjiciorun Omnium"24. Con vosotros reza también la ley del Código del Derecho Canónico que dice: Los alumnos se impondrán con cuidado en las lenguas, especialmente en el latín y el idioma patrio 25. La gran importancia que tiene el latín para los seminaristas no sólo se deduce del hecho que la Iglesia se vale de él como de un instrumento y vínculo de unión sino también porque leemos la Biblia en latín, porque en latín recitamos el Oficio y decimos la Misa, y porque en latín celebramos casi todos los sagrados ritos.

Añádase a esto, además, que el Romano Pontífice habla y enseña al orbe universo en latín, ni que emplea otro idioma la Curia Romana para resolver sus negocios y publicar sus decretos que interesan a la comunidad de los fieles. Los que no dominan el latín encontrarán más difícil el acceso a la voluminosa literatura de los Padres y Doctores de la Iglesia, la mayoría de los cuales no empleó otro idioma que ése para escribir, proponer y defender la doctrina cristiana. Por eso, habéis de preocuparos porque vuestros clérigos que un día habrán de desempeñar las funciones del ministerio sagrado en la Iglesia aprendan perfectísimamente la teoría y práctica de la lengua latina.


23. La trascendencia y el fin del Noviciado

Terminados los estudios humanísticos, todos los alumnos y candidatos que tienen la intención de consagrarse a Dios y que, según el juicio de sus profesores demostraron poseer buenas disposiciones del corazón, suficiente talento, espíritu piadoso e integridad moral, sean recibidos en el Noviciado. En ese tiempo de prueba, como en una palestra, aprendan con esmero a practicar los principios de la vida espiritual y las virtudes.

Es muy importante que en ese tiempo se formen las mentes de los novicios que podrán deducir no sólo de los testimonios de los maestros de la vida espiritual sino también de la misma experiencia, pues, nadie alcanzará la perfección del estado religioso ni perseverara en ella que no haya echado ya antes un sólido fundamento de todas las virtudes.

Por tanto, dejando de mano el estudio de cualquier asignatura y distracción, los novicios sólo se concentraran, bajo la sabia dirección de su Maestro, a los ejercicios de la vida interior y la consecución de las virtudes, especialmente de aquellas que se relacionan y unen con los votos religiosos, es decir, con la pobreza, castidad y obediencia.

Para este efecto será sumamente útil leer y meditar los escritos de San Bernardo, los del Seráfico Doctor, San Buenaventura, de Alfonso Rodríguez y también los de los varones que en cada una de vuestras Religiones florecieron en la enseñanza de la virtud. Lejos de haber perdido valor y eficacia y de haberse debilitado en el transcurso del tiempo, parece que esa literatura hoy día alimenta su vigor. Los novicios jamás olviden la verdad de que como fueron en el noviciado tales serán en el resto de su vida, y que, en la mayoría de los casos, será esperanza totalmente vana la de poder suplir después mediante un renovado fervor lo que la primera vez hicieron con poco o ningún fruto.


24. Indicaciones para los clérigos: Primero, el curso de filosofía y teología

Después habéis de tener el gran cuidado, queridos hijos, de que los alumnos que terminaron el noviciado, sean enviados a casas donde florece la observancia de las reglas y esté todo lo demás dispuesto de tal modo que ellos puedan hacer con mucho fruto y exactitud el curso de filosofía y teología como está establecido y programado. Dijimos: establecido y programado, es decir, que nadie pase a un grado superior del instituto que no haya aprobado con bastante buen resultado las materias anteriores, que ni siquiera se haya omitido una parte del programa de estudios ni se haya disminuido el tiempo que según las prescripciones de los cánones debe dedicarse a esas disciplinas. No procederían de un modo prudente -para no decir más- los superiores que, bajo el apremio de la escasez de tiempo, quisieran llevar a los suyos a las sagradas órdenes en forma abreviada para poder disponer de ellas más rápidamente para la vida activa.

¿No enseña la experiencia que los estudios hechos precipitada e irregularmente, más tarde apenas podrán sanarse de su vicio de origen, si alguna vez se subsanan, y que las pequeñas ventajas que quizás proporcione esta recepción adelantada de las Órdenes, se desvanezcan y se disipen finalmente del todo, por cuanto esos religiosos serán necesariamente, menos aptos para administrar los sagrados ministerios?


25. Segundo: la formación, ascética y la vida virtuosa

Procurad, además, que los jóvenes religiosos que se dedican al estudio filosófico y teológico no disminuyan el anhelo de perfección y la práctica de las virtudes; antes bien, bajo la guía de expertos directores espirituales deben adelantar en la virtud para que algún día, como es el deber de los religiosos, posean sólida doctrina junto con la santidad de vida.


26. Tercero: Rigurosa selección del cuerpo de profesores

Ahora, llamamos vuestra atención a un punto de singular importancia. Habéis de elegir los más idóneos profesores para la enseñanza de los estudios superiores que se imparten en vuestros institutos; deben ser tales que por la conducta de su vida y la esmerada preparación científica en el ramo que deben enseñar a sus discípulos sean un verdadero modelo. No debe ser profesor ni repetidor el que no haya cursado con laudable éxito la filosofía, teología y ciencias anexas ni que posea suficiente talento e idoneidad para enseñar.

No olvidéis tampoco lo que se lee en el Código de Derecho Canónico: Se ha de procurar que por lo menos para la Sagrada Escritura, la teología dogmática, la moral y la historia eclesiástica haya otros tantos profesores distintos 26.

Dos profesores deben esmerarse especialmente en convertir a sus discípulos en santos y activos apóstoles de Cristo, dotados también de los ornamentos de ciencia y prudencia, en virtud de los cuales educarán a los hombres sencillos y rústicos, desbaratarán los ataques de los inflados por el falso nombre de ciencia, e inmunizarán, finalmente, a todos los fieles contra el contagio de los errores, el cual engendra y causa tanto mayores daños, cuanto más ocultamente acostumbra superar por doquier y filtrarse en las almas.

Y si para vuestra satisfacción sucede que vuestros alumnos, con espíritu fervoroso, caminen por las regiones y senderos de la sabiduría cristiana y se distingan en ella sobremanera, entonces los esfuerzos que, en tan saludable empresa habéis realizado, recibirán la recompensa de la alegría de una abundantísima cosecha, más allá de lo que pueden expresar las palabras.


27. Cuarto: el método escolástico de Santo Tomás

Tened, empero, por sagrado e inviolable lo que en la Carta Apostólica sobre los Seminarios y los estudios de los Clérigos 27 enseñamos en conformidad con el Derecho Canónico, conviene a saber que en la enseñanza de la filosofía y teología los profesores deben adoptar fielmente el método escolástico, según los principios y la doctrina de Santo Tomás. ¿Quién ignora que la disciplina mental escolástica y la sabiduría realmente angelical de Tomás, ensalzadas en todos los tiempos con elogios altísimos por Nuestros predecesores, son naturalmente aptas tanto para explicar las verdades reveladas como para refutar maravillosamente los errores de todas las edades. Pues, el Angélico Doctor, -así enseña Nuestro Predecesor de inmortal memoria, León XIII-, estaba dotado tan exquisitamente de las ciencias divinas y humanas que se lo ha comparado con el sol... Él solo ha logrado vencer todos los errores de los tiempos anteriores a él y proporcionar las invictísimas armas para derrotar a los que siempre de nuevo habrían de surgir más tarde 28.

El mismo Pontífice observa con razón: Los que quieren filosofar honradamente -han de quererlo sobre todo los religiosos- deben cimentar los principios y fundamentos de su doctrina en Santo Tomás 29.


28. Íntimo parentesco de la filosofía con la teología

Otra prueba de la importancia de que los alumnos no se aparten de ninguna manera del método escolástico consiste en que la filosofía y la revelación están íntimamente relacionadas; ambas fueron compuestas e incrementadas en tan admirable concordia por los Escolásticos que mutuamente la una arroja luz sobre la otra y se sirven recíprocamente de gran sostén y ayuda. No puede ser de otra manera, pues, dado que ambas descienden de Dios, la suprema y eterna verdad, formulando y exhibiendo aquélla los argumentos de la razón y ésta los de la fe, no podrá haber oposición entre ellas como algunos en sus delirios pretenden; por el contrario, tan amigablemente se hermanan que una complementa la otra.


29. El mutuo apoyo que se prestan la filosofía y la teología

De allí se sigue que un filósofo ignorante e inexperto no podrá nunca ser un teólogo docto; a la inversa, aquel que anda totalmente en ayunas de la ciencia teológica no podrá jamás ser un perfecto filósofo. Con acierto advierte Santo Tomás a este respecto: De los principios de la fe se deducen las conclusiones para los fieles, como de los primeros principios conocidos por la naturaleza de las cosas se sacan las conclusiones para todos; por donde se prueba que la teología es una ciencia 30. Para decirlo con otras palabras, como la filosofía deduce de la razón, que es participación de la divina luz, los primeros principios del conocimiento natural y los enuncia y explica, así la teología pide prestadas a la luz de la revelación sobrenatural que ilumina y llena con sus resplendores la inteligencia, las nociones de la fe, las desenvuelve y explana, de modo que ambas resultan ser dos rayos del mismo sol, dos arroyos brotados de la misma fuente, dos edificios levantados sobre el mismo fundamento.

La ciencia constituye, ciertamente, una empresa grande, con tal que se adhiera fielmente a las enseñanzas de la fe; pues, al abandonarlas caerá con infalible necesidad en muchos errores e insensateces.


30. Conclusión para los estudios

Cuando, pues, vuestros alumnos, queridos hijos, ponen al servicio de la teología el acervo de los conocimientos profundos que acumularon; cuando, además, arden en amor y anhelo de la verdad revelada serán varones de Dios y prestarán con su palabra y su ejemplo los mejores servicios al pueblo cristiano.

Pues, toda la Escritura divinamente inspirada -o según la interpretación del Angélico Doctor, Santo Tomás, la doctrina cristiana entendida en la luz de la divina revelación- es útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y consumado en toda obra buena 31.


31. En el estudio debe haber espíritu de fe, recta intención y humildad

Para que los jóvenes no gasten sus fuerzas infructuosamente en este campo tan vasto de las ciencias humanas y divinas, debe alentarse entre ellos ante todo el espíritu de fe, pues, si éste se debilitara, se embotaría la agudeza de su espíritu y ya no podrían penetrar en los secretos de las verdades sobrenaturales; y no menor es la falta que les hace la recta intención con que deben acercarse a los estudios. Hay quienes quieren saber - dice San Bernardo - con el fin de saber y ésta es vergonzosa curiosidad; ...y hay quienes quieren saber lo mismo para venderlo o sea para lograr riquezas o honores; y esto es ignominioso negocio; hay también quienes quieren saber para edificarse, y eso es caridad; y lo mismo quienes quieren saber para edificarse; eso es prudencia 32. Vuestros jóvenes estudiantes no se propongan en sus estudios sino sólo agradar a Dios y lograr para sí y el prójimo el mayor fruto espiritual posible. Pues, por cuanto la ciencia sin virtud implica más tropiezos y peligros que verdadera utilidad - porque los que por su ciencia adquirida se hinchan orgullosamente suelen perder la fe y despeñarse ciega y precipitadamente en el abismo de la perdición. Esmérense ante estas semillas, incentivad con fervor el adquirir y poseer la virtud de la humildad, la cual es necesaria, ciertamente, a todos, pero ha de cultivarse de un modo especial, entre los estudiosos.


32. Ciencia, piedad, caridad

Recuerden a este respecto que solo Dios en sí es la suma sabiduría y por más que el hombre aprenda, todo lo que sepa no podrá compararse con todo el resto de las cosas que ignora. Al respecto advierte finamente San Agustín: "La ciencia infla, dice el Apóstol. Entonces, ¿qué?, ¿habéis de huir de la ciencia?, ¿preferiréis ser absolutamente ignorantes a ser inflados? ¿Qué les decimos? ¿Que la ignorancia es mejor que el conocimiento?... Amad la ciencia, pero ejercitaos primero en la caridad. Cuando la ciencia queda sola, infla; pero puesto que la caridad edifica, ella no permite que la ciencia os vuelva orgullosos. Allí, pues, donde la ciencia infla la caridad no edificó, pero donde ésta edifica, da solidez a la ciencia" 33.

Por consiguiente, cuando los vuestros cultiven sus estudios, practicando la caridad y la piedad, las cuales constituyen la fuente y el fundamento de las demás virtudes, alejarán como aires medicinales el peligro de la corrupción y lograrán, sin duda, que por el ornato de su erudición sean más aceptos a Dios y más útiles a la Iglesia.


IV. Los hermanos legos y las Congregaciones de hermanos

33. La dignidad y grandeza de su estado

Ahora Nos resta dedicarnos a los miembros religiosos que emiten los mismos votos que los sacerdotes pero no fueron de ningún modo llamados a la dignidad sacerdotal. Ellos no están por ello menos consagrados a Dios y obligados a lograr la perfección de su estado. Aunque carezcan de instrucción humanística y superior podrán ascender al más excelso grado de santidad. Hallamos ya la prueba de ello en innumerables religiosos que llevaron una vida tan piadosa e irreprochable, que constituyen la admiración profunda y constante de los católicos, o fueron agregados por la autoridad de los Romanos Pontífices al catálogo de los santos del cielo, y hoy se consideran intercesores y patronos ante Dios y se invocan en las oraciones.

Por lo demás, los hermanos conversos o legos, por su condición, no están expuestos a los peligros que, a veces, corren los religiosos sacerdotes por la misma responsabilidad de su oficio, más gozan de los mismos privilegios y medios de gracia que la Religión en su providencia maternal suele prodigar a todos los miembros. Por eso, es justo y conveniente tener en gran estima el don celestial de la vocación y agradecérselo a Dios con ánimo gozoso, renovando siempre el propósito de cumplir lo que el día de la profesión se prometió y de vivir conforme a su vocación hasta el postrer aliento.


34. Su formación ascética y su vida interior

Llegados a este punto, no podemos menos de exhortaros, queridos Hijos, a que os fijéis en el grave deber que tenéis en vigilar que, ni en la época de su probación ni en el resto de su vida, los hermanos legos, carezcan de la ayuda espiritual que necesitan para el progreso interior y la perseverancia en su estado, y esto tanto más, cuanto más humilde sea su condición y más modestos los oficios que desempeñan. Por esta razón, los superiores al determinar donde cada uno de ellos ha de vivir y qué labor ha de llevar a cabo, deben tomar en cuenta las disposiciones de cada cual y los obstáculos con que, tal vez, puedan tropezar. Y si alguna vez, se apartan de las obligaciones de su estado, en su paternal amor, lo probará todo para volverlos, con fortaleza y suavidad, a la santidad de la vida.

Los superiores sobre todo, no dejarán de instruirlos personalmente o cuidarán de nombrar a sacerdotes idóneos que los instruyan en las principales y eternas verdades de fe; pues, el que las conoce y medita frecuentemente -viva seglarmente o habite dentro de los muros del convento- sacará gran estímulo para las virtudes.

Queremos que lo que acabamos de decir valga para todos los miembros de las Congregaciones laicales, y aun con mayor fuerza y razón deben imbuirse de los conocimientos religiosos y adquirir una instrucción más que común por cuanto a menudo, se dedican, como oficio exclusivo y propio, a la educación de los niños y adolescentes.


Epílogo:

Exhortación al cumplimiento pronto de las normas dadas

35. El Papa desea que se sigan con prontitud estos consejos

He aquí, queridos Hijos, lo que Nuestro amor paternal os debía comunicar sobre la ejecución del programa de estudios y sobre otros asuntos de no menor significación. Como estamos seguros que por la fidelidad que vosotros sentís para con Nos y el celo que os anima por el progreso de nuestras comunidades, recibiréis gustosos y obedientes Nuestras disposiciones; queremos que ellas se impregnen en los corazones de vuestros novicios, filósofos y teólogos, esperando que, por la ferviente intercesión de nuestros fundadores, vuestros Institutos alcancen con ello, en el porvenir, grandes beneficios y ventajas.


36. Bendición Apostólica

Entre tanto, como prenda de las gracias celestiales y testimonio de Nuestra paternal benevolencia os impartimos amorosamente, dilectos hijos, y a todos los religiosos encomendados al cuidado de cada uno de vosotros, la Bendición Apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, a 19 de Marzo, fiesta de San José, esposo de la Virgen y Madre de Dios, María, del año 1924, tercero de Nuestro Pontificado.

Pío XI



martes, 27 de junio de 2000

INDULGENTIARUM DOCTRINA (1 DE ENERO DE 1967)


CONSTITUCIÓN APOSTÓLICA

INDULGENTIARUM DOCTRINA

DE SU SANTIDAD

PABLO VI

SOBRE LA REVISIÓN DE LAS INDULGENCIAS


Pablo Obispo,

Siervo de los siervos de Dios,

en memoria perpetua de este acto


I

1. La doctrina y uso de las indulgencias, vigentes en la Iglesia católica desde hace muchos siglos están fundamentados sólidamente en la revelación divina, [1] que, legada por los Apóstoles "progresa en la Iglesia con la asistencia del Espíritu Santo", mientras que "la Iglesia en el decurso de los siglos, tiende constantemente a la plenitud de la verdad divina, hasta que en ella se cumplan las palabras de Dios" [2].

Sin embargo, para el correcto entendimiento de esta doctrina y de su saludable uso es conveniente recordar algunas verdades, en las que siempre creyó toda la Iglesia, iluminada por la palabra de Dios, y los Obispos, sucesores de los Apóstoles, y sobre todo los Romanos Pontífices, sucesores de Pedro, han venido enseñando y enseñan, bien por medio de la praxis pastoral, bien por medio de documentos doctrinales, a lo largo de los siglos.

2. Según nos enseña la divina revelación, las penas son consecuencia de los pecados, infligidas por la santidad y justicia divinas, y han de ser purgadas bien en este mundo, con los dolores, miserias y tristezas de esta vida y especialmente con la muerte [3], o bien por medio del fuego, los tormentos y las penas catharterias en la vida futura [4]. Por ello, los fieles siempre estuvieron persuadidos de que el mal camino tenía muchas dificultades y que era áspero, espinoso y nocivo para los que andaban por él [5].

Estas penas se imponen por justo y misericordioso juicio de Dios para purificar las almas y defender la santidad del orden moral, y restituir la gloria de Dios en su plena majestad. Pues todo pecado lleva consigo la perturbación del orden universal, que Dios ha dispuesto con inefable sabiduría e infinita caridad, y la destrucción de ingentes bienes tanto en relación con el pecador como de toda la comunidad humana. Para toda mente cristiana de cualquier tiempo siempre fue evidente que el pecado era no sólo una trasgresión de la ley divina, sino, además, aunque no siempre directa y abiertamente, el desprecio u olvido de la amistad personal entre Dios y el hombre [6], y una verdadera ofensa de Dios, cuyo alcance escapa a la mente humana; más aún, un ingrato desprecio del amor de Dios que se nos ofrece en Cristo, ya que Cristo llamó a sus discípulos amigos y no siervos [7].

3. Por tanto, es necesario para la plena remisión y reparación de los pecados no sólo restaurar la amistad con Dios por medio de una sincera conversión de la mente, y expiar la ofensa inflingida a su sabiduría y bondad, sino también restaurar plenamente todos los bienes personales, sociales y los relativos al orden universal, destruidos o perturbados por el pecado, bien por medio de una reparación voluntaria, que no será sin sacrificio, o bien por medio de la aceptación de las penas establecidas por la justa y santa sabiduría divina, para que así resplandezca en todo el mundo la santidad y el esplendor de la gloria de Dios. De la existencia y gravedad de las penas se deduce la insensatez y malicia del pecado, y sus malas secuelas.

La doctrina del purgatorio sobradamente demuestra que las penas que hay que pagar o las reliquias del pecado que hay que purificar pueden permanecer, y de hecho frecuentemente permanecen, después de la remisión de la culpa [8]; pues en el purgatorio se purifican, después de la muerte, las almas de los difuntos que "hayan muerto verdaderamente arrepentidos en la caridad de Dios; sin haber satisfecho con dignos frutos de penitencia por las faltas cometidas o por las faltas de omisión" [9]. Las mismas preces litúrgicas, empleadas desde tiempos remotos por la comunidad cristiana reunida en la sagrada misa, lo indican suficientemente diciendo: "Pues estamos afligidos por nuestros pecados: líbranos con amor, para gloria de tu nombre" [10].

Todos los hombres que peregrinan por este mundo cometen por lo menos las llamadas faltas leves y diarias [11], y, por ello, todos están necesitados de la misericordia de Dios "para verse libres de las penas debidas por los pecados".


II

4. Por arcanos y misericordiosos designios de Dios, los hombres están vinculados entre sí por lazos sobrenaturales, de suerte que el pecado de uno daña a los demás, de la misma forma que la santidad de uno beneficia a los otros [12]. De esta suerte, los fieles se prestan ayuda mutua para conseguir el fin sobrenatural. Un testimonio de esta comunión se manifiesta ya en Adán, cuyo pecado se propaga a todos los hombres. Pero el mayor y mas perfecto principio, fundamento y ejemplo de este vínculo sobrenatural es el mismo Cristo, a cuya unión con él Dios nos ha llamado [13].

5. Pues Cristo, que "no cometió pecado", "padeció su pasión por nosotros" [14]; "fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes..., y sus cicatrices nos curaron"[15].

Los fieles, siguiendo las huellas de Cristo [16], siempre han intentado ayudarse mutuamente en el camino hacia el Padre celestial, por medio de la oración, del ejemplo de los bienes espirituales y de la expiación penitencial; cuanto mayor era el fervor de su caridad con más afán seguían los pasos de la pasión de Cristo, llevando su propia cruz como expiación de sus pecados y de los ajenos, teniendo por seguro que podían favorecer sus hermanos ante Dios, Padre de las misericordias, en la consecución de la salvación [17]. Este es el antiquísimo dogma de la comunión de los santos [18], según el cual la vida de cada uno de los hijos de Dios, en Cristo y por Cristo, queda unido con maravilloso vínculo a la vida de todos los demás hermanos cristianos en la unidad sobrenatural del Cuerpo místico de Cristo, formando una sola mística persona [19].

Así resulta el "tesoro de la Iglesia" [20], el cual, ciertamente, no es una especie de suma de los bienes, a imagen de las riquezas materiales, que se van acumulando a lo largo de los siglos, sino que es el infinito e inagotable precio que tienen ante Dios las expiaciones y méritos de Cristo, ofrecidos para que toda la humanidad quedara libre del pecado y fuera conducida a la comunión con el Padre; es el mismo Cristo Redentor en el que están vigentes las satisfacciones y méritos de su redención [21]. A este tesoro también pertenece el precio verdaderamente inmenso e inconmensurable y siempre nuevo que tienen ante Dios las oraciones y obras buenas de la bienaventurada Virgen María y de todos los santos, que, habiendo seguido, por gracia del mismo Cristo, sus huellas, se santificaron ellos mismos, y perfeccionaron la obra recibida del Padre; de suerte que, realizando su propia salvación, también trabajan en favor de la salvación de sus hermanos, en la unidad del Cuerpo místico.

"Porque todos los que son de Cristo, poseyendo su Espíritu crecen juntos y en él se unen entre sí, formando una sola Iglesia [22]. Así que la unión de los peregrinos con los hermanos que durmieron en la paz de Cristo, de ninguna manera se interrumpe, antes bien, según la constante fe de la Iglesia, se fortalece con la comunicación de los bienes espirituales. Por estar los bienaventurados más íntimamente unidos a Cristo, consolidan más eficazmente a toda la Iglesia en la santidad... y contribuyen de múltiples maneras a su más dilatada edificación [23]. Porque ellos llegaron ya a la patria y gozan de la presencia del Señor [24]; por él, con él y en él no cesan de interceder por nosotros ante el Padre, presentando por medio del único Mediador de Dios y de los hombres Cristo Jesús [25], los méritos que en la tierra alcanzaron; sirviendo al Señor en todas las cosas y completando en su propia carne, en favor del Cuerpo de Cristo que es la Iglesia, lo que falta a los sufrimientos de Cristo [26]. Su fraterna solicitud ayuda, pues, mucho a nuestra debilidad" [27].

Así, pues, entre los fieles, ya hayan conseguido la patria celestial, ya expíen en el purgatorio sus faltas, o ya peregrinen todavía por la tierra, existe ciertamente un vínculo perenne de caridad y un abundante intercambio de todos los bienes, mediante los cuales, expiados todos los pecados del Cuerpo místico, queda aplacada la justicia divina; y la misericordia divina es movida al perdón, para que los pecadores arrepentidos sean llevados más rápidamente al disfrute completo de los bienes de la familia de Dios.


III

6. La Iglesia, consciente desde un principio de estas verdades, inició diversos caminos para aplicar a cada fiel los frutos de la redención de Cristo, y para que los fieles se esforzaran en favor de la salvación de sus hermanos; y para que de esta suerte todo el cuerpo de la Iglesia estuviera edificado en justicia y santidad para la venida del reino de Dios, cuando Dios lo será todo en todos.

Los mismos Apóstoles exhortaban a sus discípulos a orar por la salvación de los pecadores [28]; una antiquísima costumbre de la Iglesia ha conservado este modo de hacer [29], especialmente cuando los penitentes suplicaban la intercesión de toda la comunidad [30], y los difuntos eran ayudados con sufragios, especialmente con la ofrenda del sacrificio eucarístico [31]. También las obras buenas, sobre todo las más dificultosas para la fragilidad humana eran ofrecidas a Dios de antiguo en la Iglesia por la salvación de los pecadores [32]. Dado que los sufrimientos que, por la fe y la ley de Dios, soportaban los mártires eran estimados en gran manera, los penitentes les solían rogar, para, ayudados con sus méritos, alcanzar más rápidamente la reconciliación de parte de los Obispos [33]. Pues las oraciones y buenas obras de los justos eran tan estimadas que se tenía la certeza de que el penitente quedaba lavado, limpio y redimido con la ayuda de todo el pueblo cristiano [34].

En esto los fieles no creían que actuaban solamente con sus fuerzas en favor de la de los pecados de los demás hermanos, sino que se creía que la Iglesia, como cuerpo unido a Cristo, su cabeza, era la que satisfacía en cada uno de los miembros [35].

La Iglesia de los santos Padres tenía como cierto que llevaban a cabo la obra salvadora en comunión y bajo la autoridad de los pastores, a los que el Espíritu Santo había designado como Obispos para regir la Iglesia de Dios [36]. De esta suerte, los Obispos, sopesadas todas las cosas con prudencia, establecían la forma y medida de la satisfacción debida e incluso permitían que las penitencias canónicas se pudieran redimir con otras obras quizá más fáciles, convenientes para el bien común, o fomentadoras de la piedad, que eran realizadas por los mismos penitentes, e incluso en ocasiones por otros fieles [37].


IV

7. La vigente persuasión en la Iglesia de que los pastores de la grey del Señor podían librar a los fieles de las reliquias de los pecados por la aplicación de los méritos de Cristo y de los santos, poco a poco, a lo largo de los siglos, por inspiración del Espíritu Santo, alma del pueblo de Dios, sugirió el uso de las indulgencias, por medio del cual se realizó un progreso en esta misma doctrina y disciplina de la Iglesia; fue un progreso y no un cambio [38], y un nuevo bien sacado de la raíz de la revelación para utilidad de los fieles y de toda la Iglesia.

El uso de las indulgencias, propagado poco a poco, fue un acontecimiento notable en la historia de la Iglesia, cuando los Romanos Pontífices decretaron que ciertas obras oportunas para el bien común de la Iglesia "se podían tomar como penitencia general" [39] y que concedían a los fieles "verdaderamente arrepentidos y confesados" y que hubieran realizado estas obras "por la misericordia de Dios omnipotente y... apoyados en los méritos y autoridad de sus Apóstoles", "con la plenitud de la potestad apostólica" "el perdón, no sólo pleno y amplio, sino completísimo, de todos sus pecados" [40]. Porque "el unigénito Hijo de Dios... adquirió un tesoro para la Iglesia militante... Y este tesoro... lo confió a de Pedro, clavero del cielo, y a sus sucesores, sus vicarios en la tierra, para distribuirlo saludablemente a los fieles, y por motivos justos y razonables, para ser aplicado a la remisión total o parcial de la pena temporal debida por los pecados, tanto de forma general como especial (según les pareciera voluntad de Dios) a los fieles verdaderamente arrepentidos y confesados. Los méritos... de la bienaventurada Virgen María y de los elegidos son como el complemento de este tesoro acumulado" [41].

8. Esta remisión de la pena temporal debida por los pecados, perdonados y a en lo que se refiere a la culpa, fue designada con el nombre "indulgencia"[42].

Esta indulgencia tiene algo de común con las demás formas instauradas para quitar las reliquias de los pecados, pero, al mismo tiempo, hay razones que la distinguen perfectamente.

Pues en la indulgencia la Iglesia, empleando su potestad de administradora de la redención de Cristo, no solamente pide, sino que con autoridad concede al fiel convenientemente dispuesto el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos para la remisión de la pena temporal [43].

El fin que se propone la autoridad eclesiástica en la concesión de las indulgencias consiste no sólo en ayudar a los fieles a lavar las penas debidas, sino también incitarlos a realizar obras de piedad, penitencia y caridad, especialmente aquellas que contribuyen al incremento de la fe y del bien común [44].

Y cuando los fieles ganan las indulgencias en sufragio de los difuntos, realizan la caridad de la forma más eximia, y al pensar en las cosas sobrenaturales trabajan con más rectitud en las cosas de la tierra.

El Magisterio de la Iglesia ha declarado y reivindicado esta doctrina en diversos documentos [45]. Ciertamente que en el uso de las indulgencias a veces han existido abusos, bien porque, "debido a indiscretas y superfluas indulgencias" se menospreciaban los poderes de la Iglesia y se debilitaba la satisfacción penitencial [46], bien porque se vilipendiaba el nombre de las indulgencias por unas "míseras ganancias" [47]. La Iglesia, sin embargo, corrigiendo y enmendando abusos, "enseña y ordena que el uso de las indulgencias ha de conservarse en la Iglesia como muy saludable para el pueblo cristiano y aprobado por la autoridad de los sacrosantos Concilios, y condena con anatema a quienes afirmen que estas son inútiles o que la Iglesia no tiene potestad para concederlas" [48].

9. Hoy también la Iglesia invita a todos sus hijos a que mediten y consideren el gran valor del uso de las indulgencias para la vida individual y para el fomento de la sociedad cristiana.

Si recordamos brevemente los motivos principales, en primer lugar este uso saludable nos enseña que "es malo y amargo abandonar al Señor, tu Dios" [49]. Los fieles, al ganar las indulgencias, advierten que no pueden expiar sólo con sus fuerzas al mal que se han infligido al pecar, a sí mismos y a toda la comunidad, y por ello son movidos a una humildad saludable.

Además, el uso de las indulgencias demuestra la íntima unión con que estamos vinculados a Cristo, y la gran importancia que tiene para los demás la vida sobrenatural de cada uno, para poder estar más estrecha y fácilmente unidos al Padre. El uso de las indulgencias fomenta eficazmente la caridad y la ejerce de forma excepcional, al prestar ayuda a los hermanos que duermen en Cristo.

10. Además, las indulgencias aumentan la confianza y la esperanza de una plena reconciliación con Dios Padre, no dando tregua al abandono ni permitiendo descuidar el cultivo de las disposiciones requeridas para una plena comunión con Dios. Pues las indulgencias, a pesar de ser beneficios gratuitos, solamente se conceden, tanto a los vivos como a los difuntos, una vez cumplidas ciertas condiciones, requiriéndose para ganarlas, bien que se hayan llevado a cabo las obras buenas prescritas, bien que el fiel esté dotado de disposiciones debidas, es decir, que ame a Dios, deteste los pecados, tenga confianza en los méritos de Cristo y crea firmemente que la comunión de los santos le es de gran utilidad.

Tampoco se puede dejar pasar por alto que los fieles, al ganar las indulgencias, se someten dócilmente a los legítimos pastores de la Iglesia y de forma especial al sucesor de Pedro, clavero del cielo, a los que el Señor mandó que apacentaran y rigieran su Iglesia.

De esta suerte, la saludable institución de las indulgencias hace a su modo que la Iglesia se presente a Cristo sin mancha ni arruga, santa e inmaculada [50], maravillosamente unida a Cristo por el vínculo sobrenatural de la caridad. Puesto que con la ayuda de las indulgencias los miembros de la Iglesia purgante se suman más rápidamente a la Iglesia celestial, por las mismas indulgencias el reino de Cristo se instaura más y más y con mayor rapidez, "hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud" [51].

11. Basada en estas verdades, la santa Madre Iglesia, al recomendar nuevamente a los fieles el uso de las indulgencias, como uso muy grato al pueblo cristiano a lo largo de muchos siglos y también en nuestros tiempos, como lo prueba la experiencia, no pretende quitar importancia a las demás formas de santificación y purificación, en especial al santo sacrificio de la misa y los sacramentos, sobre todo al sacramento de la penitencia, ni tampoco a los copiosos auxilios denominados bajo el nombre común de sacramentales, ni a las obras de piedad, penitencia y caridad. Todas estas formas tienen de común el que operan con tanta más validez la santificación y la purificación cuánto más estrechamente se está unido a Cristo, cabeza, y al cuerpo de la Iglesia, mediante la caridad. Las indulgencias confirman también la supremacía de la caridad en la vida cristiana. Pues no se pueden ganar sin una sincera metánoia y unión con Dios, a lo que se suma el cumplimiento de las obras prescritas. Sigue en pie, por tanto, el orden de la caridad, en el que se inserta la remisión de las penas por dispensación del tesoro de la Iglesia.

La Iglesia exhorta a sus fieles a que no abandonen ni menosprecien las santas tradiciones de sus mayores, sino que las acepten religiosamente y las estimen como precioso tesoro de la familia católica; sin embargo, permite que cada uno emplee estos auxilios de purificación y santificación con la santa y justa libertad de los hijos de Dios, aunque pone de continuo ante su consideración los requisitos más necesarios, mejores y más eficaces para conseguir la salvación [52].

Y para que el empleo de las indulgencias se tenga en mayor estima y dignidad, la santa Madre Iglesia ha creído oportuno introducir algunas innovaciones en su disciplina y decretar nuevas normas.


V

12. Las normas que siguen a continuación introducen las oportunas variaciones en la disciplina de las indulgencias, habiendo tenido en cuenta los deseos de las Conferencias Episcopales.

Las normas del Código de Derecho Canónico y de los Decretos de la Santa Sede sobre las indulgencias permanecen intactas en lo que concuerden con las nuevas normas.

En la preparación de estas normas se han tenido en cuenta de forma especial tres cosas: establecer una nueva medida para la indulgencia parcial, disminuir oportunamente las indulgencias plenarias, atribuir a las llamadas indulgencias reales y locales una forma más simple y más digna.

En lo referente a la indulgencia parcial, se prescinde de la antigua determinación de días y años, y se ha buscado una nueva norma o medida, según la cual se tendrá en cuenta la acción misma del fiel que ejecuta una obra enriquecida con indulgencia.

Puesto que el fiel, mediante su acción —además del mérito, que es el principal fruto de su acción—, puede conseguir también una remisión de la pena temporal, tanto mayor cuanto mayor es la caridad de quien la realiza y la excelencia de la obra, se ha creído oportuno que esta misma remisión de la pena, ganada por el fiel mediante su acción, sea la medida de la remisión de la pena que la autoridad eclesiástica liberalmente añade por la indulgencia parcial.

Con respecto a la indulgencia plenaria, ha parecido oportuno disminuir convenientemente su número, para que los fieles tengan la debida estima de la indulgencia plenaria y puedan conseguirla con las debidas disposiciones. A lo que está al alcance de la mano se le da poca importancia; lo que se ofrece con abundancia pierde en estimación, dado que la mayoría de fieles necesitan un conveniente espacio de tiempo para prepararse a ganar convenientemente la indulgencia plenaria.

En lo referente a las indulgencias reales o locales, no sólo se ha disminuido notablemente su número, sino que se ha suprimido esta denominación, para que quede más patente que son las acciones de los fieles las que están enriquecidas de indulgencias, y no las cosas o lugares que son solamente ocasión para ganar las indulgencias. Más aún, los miembros de las pías asociaciones pueden ganar sus indulgencias propias, realizando las obras prescritas, sin requerirse el empleo de insignias.


NORMAS

Norma 1. Indulgencia es la remisión ante Dios de la pena temporal por los pecados, ya perdonados en lo referente a la culpa que gana el fiel, convenientemente preparado, en ciertas y determinadas condiciones, con la ayuda de la Iglesia, que, como administradora de la redención, dispensa y aplica con plena autoridad el tesoro de los méritos de Cristo y de los santos.

Norma 2. La indulgencia es parcial o plenaria, según libere totalmente o en parte de la pena temporal debida por los pecados.

Norma 3. Las indulgencias, ya parciales ya plenarias, siempre pueden aplicarse por los difuntos a modo de sufragio.

Norma 4. La indulgencia parcial, de ahora en adelante, será indicada exclusivamente por las palabras "indulgencia parcial", sin añadir ninguna determinación de días ni de años.

Norma 5. Al fiel que, al menos con corazón contrito, lleva a cabo una obra enriquecida con indulgencia parcial, se le concede por obra de la Iglesia una remisión tal de la pena temporal cual la que ya recibe por su acción.

Norma 6. La indulgencia plenaria solamente se puede ganar una vez al día, salvo lo prescrito en la norma 18 para los que se encuentran in articulo mortis.

En cambio, la indulgencia parcial se puede ganar muchas veces en un mismo día, a no ser que se advierta expresamente otra cosa.

Norma 7. Para ganar la indulgencia plenaria se requiere la ejecución de la obra enriquecida con la indulgencia y el cumplimiento de las tres condiciones siguientes: la confesión sacramental, la comunión eucarística y la oración por las intenciones del Romano Pontífice. Se requiere además, que se excluya todo afecto al pecado, incluso venial.

Si falta esta completa disposición, y no se cumplen las condiciones arriba indicadas, salvo lo prescrito en la norma 11 para los impedidos, la indulgencia será solamente parcial.

Norma 8. Las tres condiciones pueden cumplirse algunos días antes o después de la ejecución de la obra prescrita; sin embargo, es conveniente que la comunión y la oración por las intenciones del Sumo Pontífice se realicen el mismo día en que se haga la obra.

Norma 9. Con una sola confesión sacramental se pueden ganar muchas indulgencias plenarias; en cambio, con una sola comunión eucarística y con una sola oración por las intenciones del Sumo Pontífice solamente se puede ganar una indulgencia plenaria.

Norma 10. La condición de orar por las intenciones del Sumo Pontífice se cumple plenamente recitando un Padrenuestro y un Ave María por sus intenciones; aunque cada fiel puede rezar otra oración, según su devoción y piedad por el Romano Pontífice.

Norma 11. Queda en pie la facultad concedida a los confesores por el canon 935 del Código de Derecho Canónico de conmutar a los "impedidos" tanto la obra prescrita como las condiciones. Los Ordinarios de lugar pueden conceder a los fieles sobre los que ejerzan su autoridad según la norma del derecho, y que habiten en lugares donde de ningún modo o difícilmente puedan practicar la confesión y comunión, el poder ganar la indulgencia plenaria sin la comunión y confesión actual, con tal que estén arrepentidos de corazón y tengan propósito de recibir los citados sacramentos en cuanto les sea posible.

Norma 12. Ya no se empleará más la división de las indulgencias en personales, reales y locales, para que quede bien manifiesto que lo que se enriquece con indulgencias son las acciones de los fieles, aunque a veces sigan unidas a una cosa o sitio determinado.

Norma 13. Se revisará el Enchiridion de indulgencias, con el fin de enriquecer con indulgencias solamente las principales oraciones y obras de piedad, caridad y penitencia.

Norma 14. Las listas y sumarios de las indulgencias de las Órdenes, Congregaciones religiosas, Sociedades de vida en común sin votos, Institutos seculares y pías Asociaciones de fieles serán revisados lo antes posible, de forma que la indulgencia plenaria se pueda ganar solamente en unos días peculiares, que determinará la Santa Sede, a propuesta del moderador general o, si se tratara de pías Asociaciones, del Ordinario del lugar.

Norma 15. En todas las iglesias, oratorios públicos o —por parte de quienes los empleen legítimamente— semipúblicos, puede ganarse una indulgencia plenaria aplicable y solamente en favor de los difuntos, el día 2 de noviembre.

Pero en las iglesias parroquiales se puede, además, ganar una indulgencia plenaria dos veces al año: el día de la fiesta del titular y el 2 de agosto, que se celebra la indulgencia de la "Porciúncula", o en otro día más oportuno que establezca el Ordinario.

Todas las citadas indulgencias podrán ganarse o en los días indicados o, con permiso del Ordinario, el domingo anterior y el posterior.

Las demás indulgencias adscritas a iglesias u oratorios serán revisadas cuanto antes.

Norma 16. La obra prescrita para ganar la indulgencia plenaria adscrita a una iglesia u oratorio es una visita piadosa a éstos, en la que se recitan la oración dominical y el símbolo de la fe (Padrenuestro y Credo).

Norma 17. El fiel que emplea con devoción un objeto de piedad (crucifijo, cruz, rosario, escapulario o medalla), bendecido debidamente por cualquier sacerdote, gana una indulgencia parcial.

Y si hubiese sido bendecido por el Sumo Pontífice o por cualquier Obispo, el fiel, empleando devotamente dicho objeto, puede ganar también una indulgencia plenaria en la fiesta de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo, añadiendo alguna fórmula legítima de profesión de fe.

Norma 18. Si no se pudiera tener en la hora de muerte un sacerdote para administrar los sacramentos y la bendición apostólica con su indulgencia plenaria, de la que se habla en el canon 468, § 2, del Código de Derecho Canónico, la Iglesia, Madre piadosa, concede benignamente al que esté debidamente dispuesto la posibilidad de conseguir la indulgencia plenaria in articulo mortis, con tal que durante su vida hubiera rezado habitualmente algunas oraciones. Para conseguir esta indulgencia plenaria se empleará laudablemente un crucifijo o una cruz.

El fiel podrá ganar esta misma indulgencia plenaria in articulo mortis aunque en el mismo día haya ganado ya otra indulgencia plenaria.

Norma 19. Las normas dictadas sobre las indulgencias plenarias, especialmente la número 6, se aplican también a las indulgencia plenarias que hasta hoy se acostumbraban a llamar toties quoties.

Norma 20. La piadosa Madre Iglesia, especialmente solícita con los difuntos, dando por abrogado cualquier otro privilegio en esta materia, determina que se sufrague ampliamente a los difuntos con cualquier sacrificio de la misa.

Las nuevas normas en las que se basa la consecución de las indulgencias entrarán en vigor a partir de los tres meses cumplidos del día en que se publique esta Constitución en Acta Apostolicae Sedis.

Las indulgencias anejas al uso de los objetos de piedad que arriba no se mencionan cesan cumplidos tres meses de la promulgación de esta Constitución en Acta Apostolicae Sedis.

Las revisiones de que se habla en las normas 14 y 15 deben proponerse a la Sagrada Penitenciaria antes de un año; cumplidos dos años del día de esta Constitución, las indulgencias que no fueran confirmadas perderán todo valor.

Queremos que cuanto aquí hemos establecido y prescrito quede firme y eficaz ahora y en el futuro, sin que obste, en lo que fuera preciso, las Constituciones y Ordenaciones apostólicas publicadas por nuestros predecesores, y demás prescripciones, incluso dignas de especial mención y derogación.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 1 de enero, Octava de la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo del año 1967, cuarto de nuestro pontificado.

Pablo VI


Notas

[1] Cf. Concilio Tridentino, Sesión XXV, Decretum de indulgentiis; DS 1835; cf. Mt 11, 18.

[2] Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Dei verbum, sobre la divina revelación, núm. 8, cf. Concilio Vaticano I, Constitución dogmática Dei Filius, sobre la fe católica, cap. 4, De fide et ratione: DS 3020.

[3] Cf. Gn 3, 16-19; cf., también, Lc 19,41-44; Rm 2,9 y 1Cor 11, 30; cf. S. Agustín, Enarratio in psalmum 58, 1, 13: CCL 39, p. 739, PL. 36,701; cf. Sto. Tomás, Summa Theologica, I-II, q. 87, a. 1.

[4] Cf. Mt 25, 41-52; véase, también, Mc 9, 42-43; Jn 5, 28-29; Rm 2, 9; Ga 6, 7-8; cf. Concilio de Lyon II, Sesión. IV, Profesión de fe del emperador Miguel Paleólogo: DS 856-858; Concilio de Florencia, Decretum pro Graecis: DS 1304-1306; cf. S. Agustín, Enchiridion 66, 17: edic. Schell, Tubinga 1930, p. 42, PL 40, 263.

[5] Cf. El pastor de Hermas, mand. 6, 1,3: F.X. Funk, Patres Apostolici, I, p. 487.

[6] Cf. Is 1, 2-3; cf., también, Dt 8, 11; 32, 15ss.; Sal 105, 21; 118 passim; Sb 7, 14; Is 7; 10; 44, 21; Jr 33, 8; Ez 20, 27; cf. Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Dei verbum, sobre la divina revelación, núms. 2 y 21.

[7] Cf Jn 15, 1415; cf. Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, núm. 22; Decreto Ad gentes, sobre la actividad misionera de la Iglesia núm. 13.

[8] Cf. Nm 20, 12; 27,13-14; 2S 12,13-14; cf. Inocencio IV, Instructio pro Graecis: DS 838; Concilio Tridentino, Sesión VI, can. 30: DS 1580, cf., 1689; S. Agustín, Tractatus in Evangelium Ioannis, tract. 124,5: CPL 35, pp. 683-684, PL 5, 1972-1973.

[9] Concilio de Lyon II, Sesión IV: DS 856.

[10] Cf. Missale Romanum, (edición de 1962), Oración del domingo de Septuagésima; cf. Oración sobre el pueblo del lunes de la primera semana de Cuaresma; Oración después de la comunión del tercer domingo de Cuaresma.

[11] Cf. St 3, 2; 1Jn 1, 8; y el comentario de este texto por el Concilio de Cartago: DS 228; cf. Concilio Tridentino, Sesión VI, Decretum de iustificatione, cap. II: DS 1537; cf. Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, sobre la Iglesia, núm. 40.

[12] Cf. S. Agustín, De baptismo contra Donatistas, 1,28: PL 43,124.

[13] Cf. Jn 15, 5; 1Co 1,9. 10,17; 12, 27; Fil, 20- 23; 4, 4; cf. Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, sobre la Iglesia, núm. 7; Pío XII, Encíclica Mystici Corporis: DS 3813, AAS 35 (1943), pp. 230-231; S. Agustín, Enarratio 2 in psalmun 90, 1: CCL 39, p 1266, PL 37, 1159.

[14] 1P 2, 22. 21.

[15] Is 53, 4- 6; con 1P 2, 21-25; cf., también, Jn 1, 29; Rm 4,26; 5, 9ss.; 1Co 15,3; 2Co 5, 21 Ga 1, 4; Ef 1, 7ss.; Hb 1, 3; 1Jn 3, 5.

[16] Cf. 1P 2, 21.

[17] Cf. Col 1, 24; cf. Clemente de Alejandría, Líber "Quis dives salvetur", 42: GCS Clemens 3, p 190 PG 9, 650 S. Cipriano, De lapsis, 17, 36: CSEL 31, pp. 249-250 y 263, PL 4, 495 y 508; S Jerónimo, Contra Vigilantium, 6 PL 23, 359; S. Basilio Magno, Homilia in martyrem Julittam, 9: PG 31 218- 259; S. Juan Crisóstomo, In epistolam ad Philippenses, 1, homilía 3, 3: PG 62, 203; Sto. Tomás, Summa Theologica, I-II q 87, a. 8.

[18] Cf. León XIII, Encíclica Mirae caritatis: Acta Leonis XIII 22, (1902), p. 129. DS 3363.

[19] Cf 1Co 12, 12-13 cf. Pío XII, Encíclica Mystici Corporis: AAS 35 (1943), p. 218; Sto. Tomás, Summa Theologica, III, q 48, a 2 ad 1 y q. 49 a.1.

[20] Cf. Clemente VI, Bula de jubileo Unigenitus Dei Filius: DS 1025, 1026 y 1027; Sixto IV, Encíclica Romani Pontificis: DS 1406 León X, Decreto Cum postquam al legado papa Cayetano de Vio: 1448, cf. 1467 y 2641.

[21] Cf. Hb 7 23- 25; 9, 11- 28.

[22] Cf Ef 4, 16.

[23] Cf. 1Co 12, 12- 27.

[24] Cf. 2Co 5, 8.

[25] Cf 1Tm 2, 5

[26] Cf. Col 1 24.

[27] Cf. Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, sobre la Iglesia, núm. 49.

[28] Cf. St 5, 16 1Jn 5, 16.

[29] Cf. S. Clemente Romano, Ad Corinthios, 56, 1: F.X. Funk, Patres Apostolici, I, p. 171; Martyrium S. Policarpi, 8, 1: F.X. Funk, Patres Apostolici, I, pp. 321 y 323.

[30] Cf. Sozomeno, Historia Ecclesiastica 7, 16: PG 67, 1462.

[31] Cf. S. Cirilo de Jerusalén, Catechesis 23 (mystagogica 5), 9. 10: PG; 33, 1115, 1118; S Agustín, Confessiones, 9, 12, 32: PL 32 777; 9, 11, 27: PL 32, 775; Sermo 172, 2: PL 38, 936; De cura pro mortuis gerenda, 1 3: PL 40, 593.

[32] Cf. Clemente de Alejandría, Liber "Quis dives salvetur", 42: GCS 17, pp. 189- 190, PG 9, 651.

[33] Cf. Tertuliano, Ad martyres, 1, 6 CCL 1 p 3, PL 1, 695; S. Cipriano, Epístola 18 (alias: 12),1: CSEL 3 (2 ed) pp. 523 524, PL 4 265; Epístola 19 (alias 13), 2: CSEL 3 (2. ed.), p., 525, PL 4, 267; Eusebio de Cesarea, Historia Ecclesiastica, 1, 6, 42: GCS Eusebius 2, 2, p. 610, PG; 20, 614- 615.

[34] Cf. S. Ambrosio, De paenitentia, 1, 15: PL 16, 511.

[35] Cf. Tertuliano, De paenitentia, 10,5-6: CCL 1, p. 337, PL 1, 1356; cf. S. Agustín, Enarratio in psalmum 85, 1: CCL 39 pp. 1176- 1177, PL 37, 1082.

[36] Cf. Hch 20, 28 cf. Concilio Tridentino, Sesión XXIII, Decretum de sacramento ordinis, cap. 4: DS 1, 1768; Concilio Vaticano I, Sesión IV, Constitución dogmática Pastor aeternus, sobre la Iglesia, cap. 3: DS 3061 Concilio Vaticano II, Constitución dogmática Lumen gentium, sobre la Iglesia, núm. 20; S. IIgnacio de Antioquía, Ad Smyrnaeos, 8, 1; F.X. Funk, Patres Apostolici, I, p 283.

[37] Cf. Concilio de Nicea I, can. 12: Mansi, SS. Conciliorum collectio, 2, 674; Concilio de Neocesarea, can. 3: loc. cit., 540; Inocencio I, Epístola 25, 7, 10: PL 20, 559; S. León Magno, Epístola 159, 6: PL 54, 1138; S. Basilio Magno, Epístola 217 (canónica 3), 74: PG; 32, 803; S. Ambrosio, De paenitentia, 1,15: PL 16, 511.

[38] Cf. S. Vicente de Lerins, Commonitorium primum, 23: PL 50, 667- 668.

[39] Concilio de Clermont, can. 2: Mansi, SS. Conciliorum collectio, 20, 816.

[40] Bonifacio VIII, Bula Antiquorum habet: DS 868.

[41] Cf. Clemente VI, Bula de jubileo Unigenitus Dei Filius: DS 1025, 1026 y 1027.

[42] Cf. León X, Decreto Cum postquam: DS 1447-1448.

[43] Cf. Pablo VI, Carta Sacrosoncta Portiunculae: AAS 58 (1966), pp. 633- 634.

[44] Cf. Ibid; AAS 58 (1966), p. 632.

[45] Cf. Clemente VI, Bula de jubileo Unigenitus Dei Filius: DS 1026; Carta Super quibusdam: DS 1059; Martín V, Bula Inter cunctas: DS 1266; SIXTO IV, Bula Salvator noster: DS 1398; Carta encíclica Romani Pontifices provida: DS 1405- 1406; León X, Bula Exsurge Domine: DS 1467-1472; Pío VI, Constitución Auctorem fidei, prop. 40: DS 2640; ibid; prop. 41: DS 2641; ibid., prop. 42: DS 2642; Pío XI, Convocatoria del Año Santo extraordinario, Quod nuper: AAS 25 (1933), p. 8; Pío XII, Convocatoria del jubileo universal, Iubilaeum, maximum: AAS 41 (1949), pp. 258- 259.

[46] Cf. Concilio de Letrán IV, cap. 62: DS 819.

[47] Cf. Concilio Tridentino, Decretum, de indulgentiis: DS 1835.

[48] Ibid: DS 1835.

[49] Jr 2, 19.

[50] Cf. Ef 5, 27.

[51] Ef 4, 13.

[52] Cf. Sto. Tomás, In IV Sententiarum, dist. 20, q. 1 a.3, q. la 2, ad. 2 (Summa Theologica. Supplementum, q. 25, a. 2, ad 2).




lunes, 26 de junio de 2000

APOSTOLORUM LIMINA (23 DE MAYO DE 1974)


APOSTOLORUM LIMINA 

CARTA APOSTÓLICA

PABLO VI

Las memorias apostólicas, que son los lugares sagrados de Roma, donde se guardan y veneran las tumbas de los apóstoles Pedro y Pablo, los "santos padres" para quienes la ciudad se convirtió no solo en "estudiante de la verdad", sino también en maestra de la verdad ( 1 ) y el centro de la unidad católica, acercándose al año jubilar que allí se celebrará, aparecen hoy con más luz, como las metas más nobles propuestas para la espiritualidad de los fieles.

Estos recuerdos siempre han suscitado en el pueblo cristiano actos de fe y testimonios de comunión eclesial, ya que la Iglesia se encuentra a sí misma y el motivo de su unidad en el "fundamento" puesto por Jesucristo: los apóstoles ( 2 ). Desde el siglo II la gente llegaba a Roma para ver y venerar los "trofeos" de los dos apóstoles Pedro y Pablo en los lugares donde se guardaban ( 3 ), y deambulaban hasta la iglesia romana para contemplar su "majestad real" ( 4 ). En el siglo IV la peregrinación a Roma se convierte en la principal forma de peregrinación en Occidente, paralela y convergente, en su idea religiosa, con la hacia Jerusalén, en Oriente, que custodiaba la tumba del Señor ( 5). A principios de la Edad Media, Roma era el destino de los peregrinos piadosos que venían de diferentes partes de Europa sintiéndose "conectados a la silla de Pedro" ( 6 ), y también de los peregrinos que venían de Oriente, especialmente los monjes, para testificar en la tumba de apóstol su propia profesión de fe ortodoxa ( 7 ).

Esta misma idea de la peregrinación se desarrolló desde el siglo XII al XIII, enriquecida por las nuevas razones de religiosidad y piedad popular que se extendieron por toda Europa, dando un contenido más profundo a esa antigua idea que la Iglesia había asumido desde la tradición, también común a otras religiones, de "peregrinación por el amor de Dios" ( 8 ). Así nació el jubileo, fruto de una maduración doctrinal, bíblica y teológica ( 9 ), que tiene su primera manifestación pública en el jubileo anunciado, en 1220, por el Papa Honorio III para la peregrinación a la tumba de S. Thomas Becket ( 10 años), luego -como se sabe- confluye en Roma, en las basílicas del s. Pedro y s. Pablo, en el gran movimiento popular y penitencial del año 1300, en un afán de perdón de Dios y de paz a los hombres, sancionado por nuestro predecesor Bonifacio VIII ( 11 ) y dirigido a la máxima meta: "por la honra de Dios y para la exaltación de la fe" ( 12 ).

El jubileo romano de 1300 representó el inicio y el modelo de los jubileos posteriores (cada veinticinco años a partir del siglo XV, salvo interrupciones provocadas por acontecimientos externos), revelando una continuidad y vitalidad que siempre han confirmado la relevancia de la venerable institución.

Hay que decir que los jubileos de la época contemporánea también han mantenido este valor, representando verdaderos momentos de unidad y renovación para la Iglesia y llamamientos a todos los hombres para que se reconozcan hermanos y recorran los caminos de la paz. A principios de este mismo siglo, tal anhelo se manifestó con la celebración del jubileo de 1900, anunciado por León XIII; ésta era la ansiedad de la familia humana que, después de veinticinco años, seguía agitada por peligrosos y graves fermentos de contención; estos fueron los propósitos del año santo extraordinario, anunciado en 1933, con motivo del decimonoveno centenario de la redención; estas eran las nobles aspiraciones de justicia y convivencia humana pacífica, señaladas por Pío XII en el último jubileo de 1950.


I

Nos parece que en el presente año santo están presentes todos los motivos fundamentales de los jubileos del pasado y se expresan sintéticamente en aquellos temas que nosotros mismos hemos fijado, desde su primer anuncio, en nuestro discurso del 9 de mayo de 1973: renovación y reconciliación ( 13). Hemos ofrecido estos temas a la reflexión de pastores y fieles, especialmente durante la celebración del Jubileo en las iglesias locales, que hemos acompañado con nuestras exhortaciones y nuestra catequesis. Pero las aspiraciones que interpretan los dos temas y los ideales que expresan encontrarán una realización más completa en Roma, donde los peregrinos a las tumbas de los apóstoles Pedro y Pablo y a la memoria de los otros mártires entrarán más fácilmente en contacto con las antiguas fuentes de la fe y de la vida de la Iglesia, para convertirse en penitencia, renovarse en la caridad y unirse más a los hermanos por la gracia de Dios.

Serán una renovación interior y una reconciliación, en primer lugar, porque la raíz de todo bien y, lamentablemente, de todo mal está en el fondo del corazón; es ahí, por tanto, donde debe producirse la conversión, o metanoia, es decir, el cambio de orientación, de mentalidad, de elección, de vida.

Pero también para la Iglesia en su conjunto, nos parece que, diez años después del final del Concilio Vaticano II, el Año Santo podría ser la conclusión de un tiempo de reflexión y reforma y la apertura de una nueva fase de construcción teológica, espiritual y pastoral que se desarrolla sobre las bases laboriosamente asentadas y consolidadas en los últimos años, siempre según los principios de la vida nueva en Cristo y de la comunión de todos en él, que nos reconcilió con el Padre con su sangre ( 14 ).

Para el mundo entero, este llamado a la renovación y la reconciliación se encuentra con las más sinceras aspiraciones de libertad, justicia, unidad y paz que vemos presentes en todas partes donde los hombres toman conciencia de sus problemas más graves y sufren las desgracias producidas por divisiones y guerras fratricidas. Por tanto, a todos los hombres de buena voluntad, la Iglesia quiere indicar, con el mensaje del Año Santo, la dimensión vertical de la vida que asegura la referencia de todas las aspiraciones y experiencias a un valor absoluto y verdaderamente universal, sin el cual es inútil esperar que que la humanidad encuentre un punto de unificación, una garantía de verdadera libertad. En el proceso de secularización que caracteriza a muchos sectores del mundo actual, la Iglesia, sin invadir campos que no son de su competencia ( 15 ), y el deber obligatorio de inspirar todas las acciones en el temor y el amor de él: salvaguardia muy válida de la fe en Dios, de la conciencia humana y una base sólida para esas relaciones de justicia y fraternidad, a las que el mundo aspira.

La peregrinación a Roma de los representantes de todas las iglesias locales, pastores y fieles, será por tanto un signo de un nuevo proceso de conversión y reconciliación fraterna.

A este signo de las disposiciones interiores de los peregrinos y del movimiento para revivir al pueblo cristiano que representan, respondemos como dispensadores de la palabra y de la gracia de la reconciliación, dando, en lo que a nosotros respecta, a todos los peregrinos de Roma y a todos aquellos que, impedidos de hacer el camino, les acompañarán espiritualmente, el don de la indulgencia jubilar.


II

Se sabe que, en la tradición más antigua de la Iglesia, la indulgencia, unida a muchas prácticas penitenciales, se daba particularmente como regalo con motivo de la peregrinación a los lugares santificados por la vida, muerte y resurrección de nuestro Salvador Jesucristo y la confesión de los apóstoles. Y aún hoy nos reconectamos con esta venerable tradición, según los principios y normas que nosotros mismos establecimos en la constitución apostólica "Indulgentiarum doctrina" ( 16 ) y que queremos recordar aquí brevemente.

Puesto que Cristo es nuestra "justicia" y, como se ha dicho con razón, nuestra "indulgencia", nosotros, como humilde ministro de Cristo Redentor, extendemos gustosamente la participación del don de la indulgencia - según la tradición de la iglesia - a todos fieles que, por la conversión profunda del alma a Dios, por las obras de penitencia, piedad y solidaridad fraterna, dan fe sincera y ferviente de su voluntad de permanecer en la caridad hacia Dios y los hermanos, y de hecho progresar en ella ( 17 ) . En efecto, tal participación viene dada por esa "plenitud de realidades salvíficas", que es sobre todo Cristo redentor mismo, "en quien subsisten en todo su valor las satisfacciones y los méritos de su redención"). Es en la plenitud misma de Cristo, de quien todos hemos recibido ( 19 ), "el dogma muy antiguo de la comunión de los santos que se manifiesta, por el cual la vida de los hijos individuales de Dios, en Cristo y para Cristo, se une maravillosamente con la vida de todos los demás hermanos cristianos en la unidad sobrenatural del cuerpo místico de Cristo, constituyendo casi una sola persona mística” ( 20 ).

De hecho, "por un misterio arcano y misericordioso predispuesto por Dios, los hombres y las mujeres están unidos por un vínculo sobrenatural, por el cual, así como el pecado de uno daña al otro, así también la santidad de uno conduce al beneficio del otro" ( 21 ). Con la indulgencia, la Iglesia, haciendo uso de su poder de ministra de la redención realizada por Cristo Señor, comunica a los fieles la participación de esta plenitud de Cristo en la comunión de los santos ( 22 ), proporcionándoles en gran medida los medios para alcanzar la salvación.

De esta manera, la Iglesia, casi abrazándolos y cuidándolos maternalmente, sostiene a sus hijos débiles y enfermos, que encuentran un firme apoyo en el cuerpo místico de Cristo, que todos juntos trabajan con caridad, ejemplo y oración para su conversión. Así, el fiel arrepentido en esta forma singular de caridad eclesial encuentra una ayuda válida para dejar al viejo y revestirse del nuevo, y en esto consiste propiamente la conversión y la renovación ( 23). El propósito, de hecho, que la Iglesia propone conceder indulgencias es no solo ayudar a los fieles a expiar el castigo que merecen, sino también estimularlos a realizar obras de piedad, penitencia y caridad, y en particular obras que sirvan para fomentar el crecimiento de la Fe y el bien común ( 24 ).


III 

Por tanto, interpretando el sentimiento maternal de la Iglesia, a todos los fieles, convenientemente dispuestos, que, después de confesarse y comunicarse, rezarán según las intenciones del Sumo Pontífice y del colegio episcopal, concedemos el don de la indulgencia plenaria:

1) si hacen una piadosa peregrinación a una de las basílicas patriarcales (es decir, a la basílica de San Pedro en el Vaticano, o a la de San Pablo en la Via Ostiense, o a la archibasílica del Santo Salvador en Letrán, o a la basílica de Liberia en el Esquilino), o a otra iglesia o lugar de la ciudad de Roma, designado por la autoridad competente, y allí participaran devotamente en una celebración litúrgica, especialmente en el sacrificio de la misa, o en otro ejercicio de piedad (por ejemplo, el Vía Crucis, el Rosario Mariano);

2) si visitan, en grupo o individualmente, una de las cuatro basílicas patriarcales, y solo aquellas, y allí esperarán un tiempo adecuado para meditaciones piadosas, concluyéndolas con el "Padre Nuestro", con la profesión de fe en cualquier forma legítima, y con la invocación de la Virgen Maria;

3) si, por enfermedad u otra causa grave, no pueden participar en la piadosa peregrinación a Roma desde el lugar donde se encuentren, se unirán espiritualmente a ella, ofreciendo sus oraciones y dolores a Dios;

4) si, al estar en Roma y no poder participar debido a una enfermedad u otra causa grave, como se menciona arriba en los n° 1-2 - a la celebración litúrgica, o al ejercicio de la piedad, o a la visita que haga su comunidad (eclesial, familiar o social), se unirán espiritualmente a ella, ofreciendo sus oraciones y sus dolores a Dios.

Además, durante el año jubilar permanecen en vigor las demás concesiones de indulgencias, sin perjuicio, sin embargo, de la norma según la cual la indulgencia plenaria sólo puede obtenerse una vez al día ( 25 ). Sin embargo, todas las indulgencias siempre se pueden aplicar a los muertos mediante el sufragio ( 26 ).

Por las mismas razones, es decir, para ofrecer a los fieles la más amplia posibilidad de hacer uso de los medios de salvación, y facilitar la tarea de los pastores y especialmente de los confesores, disponemos que los confesores que participaran en la peregrinación jubilar se acojan a las facultades de que han sido facilitados en su diócesis por la autoridad legítima ( 27 ), para escuchar, durante el viaje y en Roma, las confesiones de los fieles que peregrinan con ellos, y también de otros que, uniéndose a los mismos peregrinos, se dirigirán a ellos, sin perjuicio del derecho de las penitenciarías de las basílicas patriarcales sobre los asientos de confesión reservados para ellos ( 28 ). A éstos, entonces, las facultades especiales les serán conferidas por la penitenciaría apostólica.


IV 

Ya hemos dicho que estos dos propósitos principales han sido asignados al Año Santo: renovación espiritual en Cristo y reconciliación con Dios; y estos fines conciernen no sólo a la vida interior de cada uno de los fieles, sino también a toda la Iglesia en su conjunto y, de alguna manera, también a toda la comunidad humana. Por eso instamos encarecidamente a todos los responsables a reflexionar sobre estas intenciones, a tomar iniciativas, a ayudarse mutuamente, para que durante el Año Santo se den pasos decisivos en la renovación eclesial y en el camino hacia determinadas metas, que son especialmente importantes para nosotros, según el espíritu del Concilio Vaticano II, proyectado hacia el futuro: es decir, es necesario que la penitencia, la purificación interior y la conversión a Dios se procuren, como consecuencia natural.

Por eso, durante el Año Santo, es necesario reavivar un compromiso generoso en la promoción de la evangelización, que sin duda debe considerarse como el primer paso a realizar en el contexto de tal actividad. En efecto, "enviada por Dios a los pueblos para ser sacramento universal de salvación" ( 29 ), la iglesia peregrina es misionera por naturaleza ( 30 ), y con el tiempo se renueva en su camino histórico, en el que se hace disponible para acoger y profundizar en la fe el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios, y al mismo tiempo dar al mundo su anuncio salvífico, con la palabra y con el testimonio de vida.

Pues bien, el propio Sínodo de los Obispos, que se celebrará próximamente y que no tiene una relación puramente extrínseca y casual con el Año Santo, al contrario, como ya hemos advertido, "hay que trabajar con celo para que ambos eventos eclesiales estén bien coordinados y estrechamente vinculados entre sí" ( 31 ) - ofrecerán a los sagrados pastores, que se reunirán en torno al Vicario de Cristo, directrices y sugerencias, para que, a la luz de la fe, hagan de la evangelización del mundo contemporáneo, objeto de cuidadoso estudio, recogiendo las peticiones de Iglesia entera y mirando las necesidades urgentes del tiempo presente, solicitadas por la caridad de Cristo.

Por tanto, la escucha religiosa de la palabra de Dios, junto con la instrucción catequética que debe darse a los fieles de todas las clases y edades, debe procurar la purificación y profundización de la fe entre los mismos creyentes, iluminar a los que dudan y trasladar a los indiferentes a un aceptación gozosa y vital de las buenas nuevas; además, debe animar a todos a una participación consciente y fructífera en los sacramentos; finalmente, debe llevar a las comunidades y a los individuos a un testimonio sincero y fuerte de fe en sus vidas, para dar razón al mundo de la esperanza que está en nosotros ( 32 ).

Diez años después del Concilio Vaticano II, que puso en marcha una amplia y saludable renovación en el campo de la pastoral, la práctica penitencial y la oración litúrgica, creemos que es muy oportuna una obra de revisión y acrecentamiento que, sobre la base segura establecida por autoridad de la Iglesia, permítannos discernir lo verdaderamente válido en las múltiples y diversas experiencias que han tenido lugar en todas partes, y promover una implementación cada vez mejor, según los criterios y métodos que la sabiduría pastoral y la verdadera piedad puedan sugerir.

El encuentro en Roma de tantos peregrinos -pastores y fieles- de comunidades cristianas esparcidas por el mundo y en hermandad en la búsqueda de los verdaderos bienes de la gracia y el amor de Cristo, ofrecerá sin duda oportunidades privilegiadas de información, intercambio, comparación, evaluación de intenciones e ideas, y esto ocurrirá sobre todo si - a diferentes niveles y entre grupos calificados - se realizan encuentros y conferencias, en los que se conjugan la experiencia de la oración y el firme compromiso de la asistencia al apostolado.

De manera especial, queremos recordar aquí la necesidad de encontrar un sano equilibrio entre las diferentes necesidades de la pastoral actual, reflejando la admirable armonía que se ha logrado en la liturgia: es decir, entre tradición y renovación, entre el carácter religioso esencial de el apostolado y sus repercusiones operativas en todos los sectores de la vida social, entre la espontaneidad en el ejercicio mismo del apostolado, que algunos suelen definir como "carismáticos", y la fidelidad a aquellas leyes fundadas en el mandato de Cristo y de los pastores de la Iglesia, que, emanadas de la iglesia y constantemente actualizadas por ella, permiten que las experiencias individuales encuentren el lugar adecuado dentro de la comunidad cristiana, para que sirvan a la edificación y no a la desintegración del cuerpo de Cristo (33 ).

También queremos recordar la urgencia cada vez más grave de intensificar el llamado apostolado ambiental y grupal, procurando que, sin dañar el indispensable organismo institucional que se expresa en diócesis y parroquias, penetre y lleve el fermento evangélico en esa realidad social moderna -y especialmente en el mundo del trabajo, la cultura y entre los jóvenes- cuyas articulaciones a menudo difieren de las de la organización tradicional de la Iglesia y parecen ajenas a las comunidades que reúnen a los fieles en la oración, la fe y la caridad.

También se estudiarán los métodos de catequesis y predicación adecuados a nuestro tiempo con vistas a resoluciones efectivas, con especial atención al uso de los medios de comunicación social al servicio del desarrollo humano y cristiano de las personas y las comunidades.

Son problemas de suma importancia, que tendremos que afrontar y sobre los que debemos invocar, con el rostro inclinado, la gracia del Año Santo.


V. 

Se sabe que una de las preocupaciones más vitales de la Iglesia en los últimos años ha sido enviar un mensaje de caridad, sociabilidad y paz a todas partes, y promover, en lo que a ella respecta, las obras de justicia y solidaridad en favor de todos los pobres, los marginados, los exiliados, los oprimidos: de todos - digamos - individuos o grupos sociales o pueblos. Queremos que el Año Santo, con las obras de caridad que inspira y pide a los fieles, sea un momento propicio también para el fortalecimiento de la conciencia social en todos los fieles y en el círculo más amplio de todos los hombres, a los que se pueda hacer recibir el mensaje de la iglesia.

Los antiguos orígenes del jubileo en las leyes e instituciones de Israel atestiguan que tiene esta dimensión social por su propia naturaleza. De hecho, como leemos en Levítico ( 34), el Año del Jubileo, precisamente por estar especialmente dedicado a Dios, significó un nuevo tratamiento de todo lo que se reconocía como perteneciente a Dios: la tierra, que se dejaba en reposo y se devolvía a sus antiguos dueños; activos económicos, en cuyo ámbito tuvo lugar la condonación de deudas; y sobre todo el hombre, cuya dignidad y libertad se reafirmó con la liberación de los esclavos. Por tanto, el año de Dios era también el año del hombre, el año de la tierra, el año de los pobres; y sobre esta realidad cósmica y humana brilló una nueva luz que provenía del reconocimiento del dominio supremo de Dios sobre todas las cosas.

Nos parece que incluso en el mundo actual los problemas que más agitan y atormentan a nuestra humanidad: el económico y social, el ecológico, el energético, sobre todo el de la liberación de los oprimidos y la elevación de todos los hombres a una dignidad más amplia de vida - son iluminados por el mensaje del año santo.

Por eso queremos invitar a todos los jóvenes de la Iglesia y especialmente a todos los peregrinos que vendrán a Roma, a comprometerse en algunos puntos concretos, que como sucesor de Pedro y cabeza de la Iglesia que "preside la caridad universal" ( 35 ), llamamos la atención sobre todo. Se trata de realizar obras de caridad y fe, al servicio de los hermanos más necesitados, en Roma y en todas las iglesias del mundo. No serán necesariamente obras grandiosas, aunque de ninguna manera deben ser excluidas; en muchos casos bastarán micro-logros, como dicen hoy, respondiendo así al espíritu de caridad evangélica. Quizás la Iglesia tendrá que limitarse cada vez más a dar a los hombres, en este campo, la "ofrenda de la viuda" ( 36) dada la escasez de sus recursos; pero sabe y enseña que el bien más importante es el que, por vías humildes y muchas veces desconocidas, llega a ayudar a las pequeñas necesidades, a curar las pequeñas heridas, que muchas veces no encuentran cabida en los grandes proyectos de reforma social.

La Iglesia, sin embargo, siente la necesidad de alentar incluso estos esfuerzos más exigentes por la justicia y el progreso de los pueblos, y renueva su llamamiento a todos aquellos que tienen la posibilidad y la tarea de establecer un orden más perfecto de relaciones humanas en el mundo y social, para que no desistan de esta labor por las dificultades del momento ni se dejen abrumar por intereses partidistas. Una vez más, nuestro llamamiento a favor de los países en desarrollo y las poblaciones que aún sufren el hambre o la guerra es particularmente vibrante. Se debe prestar especial atención a las muchas necesidades que a menudo preocupan a los hombres en estos tiempos: p. Ej. en procurar trabajo para quienes tienen que cubrir las necesidades de la vida con él, en pensar en la casa de la que muchos carecen.

Finalmente, quisiéramos manifestar con humildad y franqueza el voto de que incluso en este año santo, según la tradición de jubileos pasados, las autoridades competentes de los distintos países consideren la posibilidad de otorgar, siguiendo las sugerencias de su sabiduría, un indulto inspirado en la clemencia y la justicia, especialmente a favor de los presos que hayan dado pruebas suficientes de rehabilitación moral y civil, o que sean víctimas de situaciones de desorden político y social demasiado graves para que puedan ser considerados plenamente responsables.

A partir de ahora, expresamos nuestra gratitud e imploramos una amplia bendición del Señor para todos aquellos que harán todo lo posible para que este mensaje de caridad, socialidad y libertad que la Iglesia dirige a todos, con la viva esperanza de ser comprendido y escuchado, se acepte y se traduzca en realidades políticas y sociales. Así diciendo y esperando, somos conscientes de avanzar en la línea de una maravillosa tradición que comienza con la ley de Israel y encuentra su máxima expresión en nuestro Señor Jesucristo, quien desde el inicio de su ministerio se presentó como el realizador de las antiguas promesas y cifras relacionadas con el año del jubileo: "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Jehová me ungió; me envió a predicar las buenas nuevas a los pobres, a sanar a los de corazón contrito ( 37 ).


VI

Si un fruto del año santo es especialmente importante para nosotros, es el de un nuevo aumento de las vocaciones para los diversos ministerios eclesiales, especialmente para el sacerdocio, y para la vida religiosa, porque para emplear los medios de salvación que el año santo particularmente indica y suministra a todos los fieles, siempre habrá necesidad de ministros sagrados y el mundo, incluso hoy y mañana, siempre necesitará testigos del Evangelio que, en pleno seguimiento de Cristo, demuestren a sus hermanos el camino de la penitencia y santidad.

Por tanto, es necesario acoger con diligencia la voz de Dios, que no deja de estimular e invitar a los elegidos, para que, cumpliendo el ministerio sacerdotal y dando testimonio fiel de la vida religiosa, se consagren generosamente al servicio de la Iglesia y de toda la humanidad: algunos serán llamados por Dios, ofreciéndose por la obediencia y el sagrado celibato, para enseñar, santificar y guiar a los fieles en todas partes del mundo, como sacerdotes de Cristo; otros por igual, hombres y mujeres de diversas edades o condiciones, se sentirán atraídos por la vida religiosa, de modo que, cumpliendo las promesas del bautismo según un tipo de vida superior, puedan vivir enteramente en el Espíritu y traer una ventaja real a la iglesia misma y a la la sociedad humana.


VII 

Finalmente, queremos proclamar que la reconciliación entre los cristianos es uno de los propósitos centrales del año santo. La reconciliación de todos los hombres con Dios, "nuestro Padre", depende, de hecho, del restablecimiento de la comunión entre quienes ya han reconocido y acogido a Jesucristo en la fe como Señor de la misericordia, que libera a los hombres y los une en el Espíritu de Amor y verdad. De esta manera, el año jubilar, que la Iglesia católica ha tomado como parte de su tradición, puede constituir un período muy propicio de renovación espiritual al servicio de la causa de la unidad de los cristianos.

Recordamos también que el Concilio Vaticano II señaló como fundamento de esta búsqueda de la reconciliación entre todos los cristianos que no hay verdadero ecumenismo sin conversión interior, ya que el deseo de unidad nace y madura de la renovación del espíritu, de la abnegación de ellos mismos, desde el pleno ejercicio de la caridad, desde la fidelidad que se presta a la verdad revelada ( 38 ).

El movimiento ecuménico, al que la Iglesia católica, en la medida de sus posibilidades, da su apoyo y a través del cual, iglesias y comunidades que todavía no están en plena comunión con la sede apostólica buscan y desean la unidad perfecta querida por Cristo, encuentren en este tema uno de sus logros más concretos. Restaurar la unidad en plena comunión eclesial es, de hecho, responsabilidad y compromiso de toda la Iglesia ( 39). El "año de gracia", por tanto, en este sentido, ofrece la oportunidad de hacer una penitencia especial por las divisiones entre los cristianos, da una oportunidad de renovación como experiencia profunda de la vida de santidad en Cristo y es un paso hacia la reconciliación en la intensificación del diálogo y la colaboración concreta de los cristianos para la salvación del mundo: "Que sean uno en nosotros, para que el mundo crea" ( 40 ).

Una vez más hemos expresado nuestras intenciones y nuestros deseos con respecto a la celebración del Año Santo en esta ciudad de Roma. Invitamos ahora a nuestros hermanos en el episcopado y a todos los pastores y fieles de las iglesias de todo el mundo, incluso a los que no están completamente unidos a la iglesia romana, de hecho, a todos los creyentes en Dios, a participar al menos espiritualmente en esta mesa de gracia y redención, donde Cristo mismo se ofrece a nosotros como maestro de vida. Unidos, por tanto, a dichos pastores y fieles, peregrinos a los sepulcros de los antiguos apóstoles y mártires, deseamos profesar la fe en Dios Padre todopoderoso y misericordioso y en Cristo Jesús, nuestro redentor.

Por nuestra parte, quisiéramos que en el Año Santo de una manera más visible, con quienes vienen a Roma a "ver a Pedro" ( 41 ), lo que escribió San León Magno se realizara también a través de nosotros: "De hecho, en toda la iglesia Pedro repite a diario: "Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo" y "toda lengua que confiesa al Señor está formada por la enseñanza de esta voz" ( 42 ).

También quisiéramos que una gran multitud de fieles se acercara, a través de nuestro ministerio y el de nuestros hermanos en el sacerdocio, a las "fuentes del Salvador" ( 43 ). La puerta santa, que abriremos la noche de Nochebuena, será signo de este nuevo acceso a Cristo, que es el único Camino ( 44 ) y al mismo tiempo la Puerta ( 45 ), y también de la caridad paterna con la que abrimos nuestro corazón para todos, con pensamientos de amor y paz.

Rezamos a la Santísima Virgen, querida madre del Redentor, madre de la Iglesia, madre de la gracia y de la misericordia, ministra de la reconciliación, tipo de vida nueva más brillante, para que interceda con su hijo para que la gracia renovadora sea otorgada a todos nuestros hermanos e hijos, y salvadora del año santo, cuyo inicio, desarrollo y perfecto cumplimiento confiamos a sus manos y al corazón de su madre. Queremos que esta carta nuestra tenga plena vigencia ahora y en el futuro, para que lo expuesto y establecido en ella sea exactamente observado por todos los interesados ​​y por tanto obtenga su cumplimiento, a pesar de cualquier disposición en contrario. Y si, a sabiendas o sin saberlo, actuasen de manera diferente a lo que le hemos prescrito, declaramos que esto será completamente inútil.

Roma, junto a San Pedro, solemnidad de la Ascensión del Señor, 23 de mayo de 1974, undécimo año de nuestro pontificado.


( 1 ) Cf. San León Magno, Sermon LXXXII, 1: PL 54, 422

( 2 ) Cfr . Apoc . 21, 14

( 3 ) Cfr. Testimonio de Gayo, clérigo de la época del Papa Ceferino, en EUSEBIO, Historia Eclesiástica , II, 25, 7; trad. eso. G. DEL TON, Roma 1964, pág. 142

( 4 ) Cf. el epígrafe de Abercio, obispo de Hierápolis de Frigia a finales del siglo II: texto y traducción en M. GUARDUCCI, La inscripción de Abercio, «Ancient Society» 2,1971, pp. 176-177

( 5 ) Ver S. MASSIMO DI TORINO, Homilia 72: PL 57, 405.

( 6 ) La expresión se encuentra en una carta de S. Colombano al Papa Bonifacio IV, fechada 613: Ópera Sancti Columbani, ed. GSM WALKER, Dublín 1957, pág. 48

( 7 ) Referencia a esta costumbre en FM MENANTI, Istoria della sacrosanta basilica Vaticana . . . . Roma-Turín 1867, pág. 180

( 8 ) Cfr. En general B. KOTTING, Peregrinatio europea. Wallfahrten in der Antikeund das Pilgerwesen in der alten Kirche, Ratisbona 1950

( 9 ) R. FOREVILLE, L'idée de Jubilé chez les théologiens et les canonistes (XII-XIII s.) Avant the Institution du Jubilé romain (1300): «Revue d'Histoire Ecclésiastique» LVI, 1961, pp. 401-423

( 10 ) P. PRESSUTI, Regesta Honorii III, Roma 1888 - 95, 1840; texto en R. FOREVILLE, Le Jubilé de Saint Thomas Becket du XIII au XV siècle (1220-1470). Etudes et Documents, París 1958, págs. 163-164

( 11 ) Bula Antiquorum habet fida relatio, de 22 de febrero de 1300: Extravagantes comm. V, IX, 1

( 12 ) Vea el brillo del cardenal Giovanni Monaco en la  misma bula.

( 13 ) Ver PABLO VI, Discurso durante la audiencia general del 9 de mayo de 1973 en la Basílica Vaticana: AAS 65, 1973, pp, 322-325

( 14 ) Cfr. 2 Cor . 5, 18-20; Rom . 5, 10

( 15 ) Cfr . Luc . 10, 42.

( 16 ) Indulgentiarum Doctrina: AAS 59, 1967, págs. 5-24

( 17 ) Ver PABLO VI, Carta al Cardenal Massimiliano de Furstenberg por el anuncio del Año Jubilar de 1975, comenzando oficialmente, el 31 de mayo de 1973 : AAS 65, 1973, pp. 357-360

( 18 ) Indulgentiarum Doctrina, 5: AAS 59, 1967, p. 11.

( 19 ) Ver. I . 1, 16

( 20 ) Indulgentiarum Doctrina, 5: AAS 59, 1967, págs. 10-11; cf. S. TOMMASOD'AQUINO, Summa Theologiae, III, q. 48, a. 2 a 1 y q. 49 a.1

( 21 ) Indulgentiarum Doctrina, 4: AAS 59, 1967, p. 9.

( 22 ) Cfr. Indulgentiarum Doctrina , 8: AAS 59, 1967, p. 16.

( 23 ) Ver PABLO VI, Carta al Rev. P. Costantino Koser, Vicario General de la Orden de los Frailes Menores, por el 750 aniversario de la "Indulgencia de la Porciúncula", Sacrosancta Portiunculae ecclesia , de 14 de julio de 1966: AAS 58, 1966, págs. 631-634

( 24 ) Cfr. Indulgentiarum Doctrina , 8: AAS 59, 1967, p. 17.

( 25 ) Cfr . Ench. Disfrute. norma 24, § 1

( 26 ) Cfr . Ibíd. estándar 4

( 27 ) Véase PABLO VI, Motu proprio Pastorale Manus, I, n. 14: AAS 56, 1964, p. 8

( 28 ) Cfr. Prima Synodus Romana, a. D. MCMLX, art. 63

( 29 ) Ad Gentes, 1: AAS 58, 1966, p.947.

( 30 ) Ibíd. 2: AAS 58, 1966, pág . 948

( 31 ) Discurso al Consejo de la Secretaría General del Sínodo de los Obispos: L'Osservatore Romano de 6 de abril de 1974, p. 4

( 32 ) Cfr. 1 Petr. 3, 15

( 33 ) Cfr . Rom. 15, 2; 1 Cor . 14, 3; Ef . 4, 12

( 34 ) Lev . 25. 8 ff.

( 35 ) Cf. S. Ignacio de Antioquia, Epist. ad Romanos , Instr .: FUNK 1, 252

( 36 ) Cfr . Luc . 21, 2; Marc . 12, 42

( 37 ) Luc . 4, 18-19

( 38 ) Cfr. Unitatis Redintegratio , 7: AAS 57 , 1965, p. 97.

( 39 ) Cfr. Unitatis Redintegratio, 5: AAS 57, 1965, p. 96

( 40 ) I . 17, 21.

( 41 ) Cfr . Gal. 1, 18

( 42 ) Sermon III: PL 54, 146

( 43 ) Cfr . Is . 12, 3

( 44 ) Ver. I . 14, 6

( 45 ) Ver. I . 10, 7. 9.