jueves, 8 de enero de 2026

MONSEÑOR VIGANÒ: EL VATICANO II, ¿ESTRELLA POLAR DEL CAMINO DE LA IGLESIA?

Frente a las ruinas y escombros de sesenta años, admitir el fracaso requeriría un mínimo de buena fe, algo que está ausente en los proponentes de la revolución conciliar.

Por Monseñor Carlo Maria Viganò


Quienes esperaban algún examen de conciencia por parte de León tras sesenta años de inmensos desastres se van a llevar un sorpresa: Prevost nos invita a redescubrir el carácter profético del Concilio Vaticano II – “la estrella polar del camino de la Iglesia” – y a implementar sus reformas con mayor convicción.

Frente a las ruinas y escombros de sesenta años de “primavera conciliar”, admitir su fracaso requeriría un mínimo de buena fe, que lamentablemente está ausente en los proponentes de la revolución conciliar, quienes utilizaron un “concilio” como palanca para introducir principios revolucionarios en la Iglesia Católica, causando así su demolición desde dentro.

Desde Roncalli en adelante, el alejamiento de la iglesia conciliar de la Iglesia Católica Romana ha continuado de manera inexorable, culminando con la teorización de Bergoglio sobre la “sinodalidad” como el ultraje revolucionario final contra el Papado querido por Nuestro Señor.

No es sorprendente que León, el último exponente de la iglesia conciliar y sinodal, declare que quiere “acercarse a la humanidad” aplicando el único “concilio” que – en lugar de llamar a las ovejas dispersas de vuelta al único redil bajo el único Pastor, como hicieron todos los Santos Concilios Ecuménicos – abrió el redil, dispersó a las ovejas y dejó entrar a lobos y mercenarios.
 

1 comentario:

Anónimo dijo...

Estoy convencido de que Juan XXIII fué designado por la masonería para destruir la Iglesia. No que él fuera masón o se diera perfecta cuenta de lo que está haciendo. Después Pablo VI fué designado para lo mismo. Sólo que la personalidad de Montini era tan compleja, que quería, al mismo tiempo ser fiel a Cristo y al mundo. Esto le causó tal desgarro interior que en sus últimos años solía llamar al Cardenal Siri en Castelgandolfo para reanimarse. Con Juan Pablo II pareció iniciarse una restauración. Elegido tras un tensísimo Cónclave de tres días, él no esperaba ser elegido. Fué un Papa contradictorio odiado igualmente por modernistas y tradicionalistas, porque se apegaba demasiado al Vaticano II, más teórica que prácticamente. En realidad hacía verdaderos equilibrios para taponar el desastre. En su último Vía Crucis del Coliseo, su inmediato sucesor, aún Cardenal, Joseph Ratzinger se permitió el lujo de decirle a la cara que la Iglesia "era una barca que hacía agua por todas partes". Desgraciadamente Benedicto XVI, ya Papa reinante, se mostró desbordado por las exigencias masónicas hasta acabar huyendo vergonzosamente. Luego ya tenía la masonería las manos libres. Ésta es, y no otra, la verdadera historia.
Pero por encima de todos ellos está Dios Nuestro Señor, Dueño de la Historia y Divino Fundador de la Iglesia "a la que su Corazón bondadosísimo no olvida ni puede olvidar" (Luis Claudio Fillion).