miércoles, 21 de enero de 2026

EL AMERICANISMO Y LA CONJURACIÓN ANTICRISTIANA (I)

Continuamos con la publicación del capítulo 1 del Segundo Tomo del libro de Monseñor Henri Delassus


Nolite conformari huic sæculo sed
reformamini.
Rom. XII, 2.

Si la Iglesia forma al sacerdote para los tiempos,
no modela al sacerdote según los tiempos.
Osservatore Romano.


CAPÍTULO PRIMERO 

¿POR QUE ESTE LIBRO?

Entre todos los motivos de inquietud que ofrece al observador el estado actual del mundo se destaca Estados Unidos. Acababa apenas de nacer, cuando ya inspiraba desconfianzas a J. de Maistre, el Visionario de este siglo. Las justifica.

Lo que lo caracteriza es la audacia. La ha manifestado en primer lugar en las empresas industriales y comerciales cuyos excesos desvían la mirada del hombre de sus fines últimos y le hacen considerar el gozo y la riqueza —simples medios suyos— como el objeto supremo de sus deseos y de su actividad. Acaba de mostrar esa audacia en las relaciones internacionales, pisoteando todas las leyes de la civilización cristiana para adueñarse de posesiones codiciadas.

¿Llevaría esta audacia a las cosas de la religión?

Ya en 1869, el Revdo. P. Gay, más tarde consagrado obispo, decía en Roma misma: “La Santa Sede no puede vigilar demasiado a Estados Unidos; allí se preparan cosas singulares” (1). Estas cosas singulares que entonces estaban en germen, ¿estarían ahora a punto de nacer?

Se habla de un CATOLICISMO ESTADOUNIDENSE. Es el título que un francés americanista -barbarismo ya recibido- dio a un artículo-programa en la Revue francaise d'Edimbourg, en septiembre de 1897. La palabra ha quedado integrada en el lenguaje común y goza de prestigio.

¡Un Catolicismo estadounidense!

El catolicismo no es ni estadounidense, ni francés, ni italiano: es universal, se extiende siempre a todos los tiempos y lugares, como que es siempre y por doquier semejante a sí mismo. Si existiera verdaderamente un catolicismo estadounidense, sería un cristianismo que no sería más el catolicismo, pues tomaría una especificación que lo separaría de la gran unidad religiosa: herejía, si su especificación es doctrinaria; cisma, si lo arranca de la autoridad de aquél a quien JESUCRISTO dijo: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. “Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas”.

Gracias a DIOS, la denominación “Catolicismo estadounidense” no es la etiqueta de un cisma ni de una herejía. Y sin embargo sus autores la crearon y la lanzaron al mundo pensando que acababa de nacer algo nuevo que importaba bien caracterizar por un nombre apropiado.

Este algo nuevo es un conjunto de tendencias doctrinarias y prácticas que tienen su hogar en Estados Unidos y desde allí se difunden en el mundo cristiano y particularmente entre nosotros.

Desde hace siete años -desde que Mons. Ireland pasó por París en 1892- Francia vio entablarse bajo todas las formas una propaganda de las más activas a favor de las cosas comprendidas bajo el nombre americanismo. Las personas menos atentas al movimiento de las ideas pudieron notar una campaña de descrédito de los antiguos métodos de apostolado y de las obras e instituciones creadas para reparar celosamente lo arruinado por la Revolución, y por otra parte una propaganda activa y ruidosa de ideas temerarias, métodos arriesgados e instituciones sospechosas.

Todo eso emana de una escuela que tiene sus maestros y sus discípulos, que son sus ardientes y ruidosos propagadores.

Esta escuela no pretende nada menos que tomar la dirección del clero en Francia y en otras partes; ofrece también encargarse de su formación.

Esta pretensión ha quedado puesta a plena luz con la publicación de la Vida del P. Hecker. En el prefacio de este libro, el Revdo. P. Klein dice:

El P. Hecker trazó y realizó en sí el ideal del sacerdote para el nuevo porvenir de la Iglesia... Estableció los principios íntimos de la formación sacerdotal para los tiempos que empiezan.

Y Mons. Ireland, en la introducción de este mismo libro, presenta al P. Hecker como el adorno y la joya del clero estadounidense, como “EL TIPO que habría que ver reproducirse lo más posible entre nosotros”.

Los americanistas esperan que la formación del clero, según este tipo, “conducirá la Iglesia a éxitos que no conoció nunca”. ¿Y eso cómo? El P. Hecker nos lo dice:

Recurrirá a hombres que posean esta nueva síntesis de verdad que permite resolver los problemas, eliminar los antagonismos y encontrarse con las necesidades de nuestra época; a hombres que sabrán interpretar todas las aspiraciones del genio moderno en materia de ciencia, de movimiento social, de política, de espiritismo (2), de religión, y transformarlas todas en medios de defensa y de universal triunfo para la Iglesia. (Vida, p. 398.)

El “catolicismo estadounidense” ya ha sido estudiado en diversas obras que han llamado la más seria atención de NN. SS. los Obispos y de Roma misma. Basta con señalar el libro del Revdo. P. Maignen: ¿El P. Hecker es un santo? Estudios sobre el americanismo; y el del R. P. Delattre, S. J.: Un catolicismo estadounidense. Éste se esmera particularmente en criticar las opiniones del todo especiales del P. Hecker sobre los votos de religión; aquél considera el americanismo bajo todos los aspectos que presenta la Vida del Padre Hecker editada por el Revdo. P. Klein; muestra todos sus errores y los refuta con vigor.

Habíamos leído la Vida del P. Hecker recién aparecida con un afán nacido del deseo y la esperanza de encontrar la luz que se nos anunciaba. En todas las horas críticas de la historia de la Iglesia, Dios siempre suscitó santos para mostrar a los hombres de buena voluntad el camino que deben seguir para cooperar con sus designios. El P. Hecker -decían publicidades que habríamos podido encontrar demasiado llamativas para juzgarlas dignas de toda confianza- era el santo suscitado para guiar a las almas hoy día, al clero, a la Iglesia misma, en las oscuridades de un porvenir completamente nuevo. Nuestra decepción fue grande; así y todo, por nuestra lectura rápida sólo teníamos vislumbres un tanto confusos sobre la oposición que habíamos percibido en todo el libro entre el espíritu del héroe y los panegiristas, y el espíritu de la Santa Iglesia. La obra del Revdo. P. Maignen vino a precisar lo vislumbrado, poner en evidencia los errores del americanismo y mostrar su peligrosa seducción.

Fue entonces que un deseo que consideramos como una orden nos indujo a precaver a la diócesis de Cambrai contra esta seducción mediante los artículos que serían publicados en la Semana Religiosa.

Lo hicimos con tanto mayor empeño cuanto que considerábamos el americanismo, a partir de un estudio anterior, desde el punto de vista particular de sus relaciones con las esperanzas y proyectos de los judíos y más generalmente con las tendencias anticristianas de las leyes, de los gobiernos y de la parte de la sociedad que pretende el monopolio de la intelectualidad. Es lo que indica la segunda parte del título: La Conjuración anticristiana (3).

Los artículos de la Semana Religiosa despertaron atención fuera de la diócesis de Cambrai, en Francia, en Alemania, en Estados Unidos y en Roma misma; y desde diversos lados se nos expresó el deseo de verlos reunidos en una misma encuadernación.

Dígnese Nuestra Señora de la Parra, la Augusta Patrona de Lille, bendecir la obra modestísima de su humilde capellán.

En los siglos XVI y XVII, por milagros que reconoció la autoridad eclesiástica, Ella llevó por así decir a los extremos límites de nuestra comarca el enrejado que la rodea, para hacer de él una barrera contra la herejía de los patarinos; más tarde la misma protección nos fue otorgada por la divina Madre, que usó de los mismos medios, contra el jansenismo favorecido por el obispo de Tournai, Gilbert de Choiseul, que tenía entonces la ciudad de Lille bajo su jurisdicción. Que Ella preserve a Francia, que preserve a la Iglesia de las tendencias doctrinarias y también prácticas que han tomado el nombre americanismo; y aunque no tengamos ni la voluntad ni el poder de tomar aquí la palabra herejía en el rigor de su significado, que nos deje pedirle que tenga a bien justificar una vez más el grito de agradecimiento que todos los siglos le han elevado:

Gaude, Maria Virgo, cunctas heereses sola interemisti in universo mundo!

Antes de entrar en materia, debemos hacer algunas observaciones:

1°, Aquí el catolicismo de que se va a hablar se titula: UN catolicismo estadounidense, y no EL catolicismo estadounidense. Es que en efecto no se puede decir que este catolicismo sea el catolicismo de la Iglesia de Estados Unidos. Muchos obispos y sacerdotes estadounidenses han protestado contra el americanismo, y desgraciadamente el americanismo cuenta con partidarios en otras partes que en Estados Unidos.

El R. P. Martin decía últimamente en Études:

No hace mucho tiempo, nosotros mismo hemos oído a obispos de Estados Unidos, muy patriotas pero también muy católicos, desaprobar del modo más absoluto las tendencias, ideas y artimañas de una escuela que mira —decían— a hacer predominar las opiniones de un pequeño número, en contra de la grandísima mayoría de los obispos, en cuestiones de enseñanza y de conducta.

Uno de estos obispos, Mons. Mac Quaid, obispo de Rochester, para precaver a su rebaño, un día se sintió obligado a subir a la cátedra de su catedral revestido de adornos pontificales y báculo en mano, para leer una declaración de singular energía contra las artimañas de uno de sus colegas, el más ardiente propagador del americanismo.

M. Arthur Preuss, director de The Review -periódico católico muy difundido en Estados Unidos- escribía en el mismo sentido al Revdo. P. Maignen:

Permítame agradecerle en el nombre de millares de sacerdotes y laicos estadounidenses que abominan “el americanismo”, porque es una doctrina falsa y peligrosa.

Intentan engañar, pues, quienes quieren solidarizar a los americanistas con la Iglesia de los Estados Unidos (4). Se concibe el interés que tienen por acreditar este error.

2°. Estaremos obligado, y ya lo hemos estado, a pronunciar algunos nombres. Es imposible sustraerse completamente a esta necesidad en un estudio de este género; la evitaremos todas las veces que nos sea posible.

Igualmente deberemos recordar hechos que muestran que el americanismo, sus tendencias, sus doctrinas y sus peligros de perversión no están tan lejos de nosotros como nos gustaría suponerlo. Si importa ver el peligro cuando está todavía lejos, es un deber imperioso mostrarlo si ya ha tomado pie entre nosotros.

Este peligro no es imaginario.

El Doctor Brownson protestante convertido al catolicismo al mismo tiempo que el P. Hecker— dijo en la Review de Saint Louis (Missouri) del 23 de diciembre de 1897:

Debo yo mismo confesar para mi vergüenza y gran pesadumbre que a lo largo de tres o cuatro años escuché con demasiado respeto a estos católicos liberales y liberalizantes, aquí o en el extranjero, e intenté alentar su tendencia hasta donde podía sin separarme absolutamente de la fe y la moral católicas.

Pero no me llevó mucho tiempo, por la gracia de DIOS, descubrir que la tendencia que yo alentaba, de ser seguida hasta el fin, me conduciría fuera de la Iglesia; y en cuanto eso me quedó claro, no dudé en abandonarla y en soportar del mejor modo la humillación de haber cedido a una influencia peligrosa y anticatólica.

3°. Un digno obispo, celoso por mantener en el clero el espíritu eclesiástico y las sanas doctrinas, Mons. el obispo de Annecy, escribía últimamente:

Los hombres, laicos o sacerdotes, que se han dado la función de suministrar al clero un espíritu nuevo para los tiempos nuevos, sólo se proponen -dicen- procurar el cumplimiento de las voluntades más altas. Se cubren de los más honorables pabellones, usurpándose una garantía en el destaque de las personalidades más justamente reputadas y veneradas; trabajan con seguridad por el desposeimiento de la autoridad establecida por Dios en su Iglesia y que es la vida misma de la Iglesia.

Luego, para mostrar de una manera sorprendente adónde eso puede conducir, Su Excelencia incitaba a meditar en lo ocurrido al final del siglo último.

En 1789 sólo llegaban a hacerse escuchar aquellos que, rechazando todo pensamiento de reformas y mejorías graduales, exigían una refundición universal y completa; destruir todo, construir de nuevo y sobre nuevos fundamentos: ése era el grito de toda esta generación. Los jóvenes arrastraron a los ancianos, y, por hablar sólo del clero tanto regular como secular, ¡cuántos de sus miembros “se abandonaron a la Revolución” sin quererlo, sin saberlo! Adivinaron, luego comprendieron adónde se los llevaba cuando ya se había hecho imposible detenerse. Habían creído salvar a la Iglesia de Francia asociándola al movimiento de una supuesta renovación general: cruelmente equivocados, no habían hecho más que comprometerla; habían dado escándalo; habían puesto en peligro su propia salvación. Todos estos fenómenos están reapareciendo y extendiéndose rápidamente sobre todo desde hace tres años.

¡Plazca a DIOS que no haya que deplorar más la misma desdicha! Para apartarla en cuanto nos sea posible, hemos escrito estas páginas.

Continúa...


Notas:

1) Citado en la Semaine d'Annecy, en junio de 1895.

2) ¡¡Así el espiritismo mismo estaría llamado a defender a la Iglesia y procurar su triunfo universal!!

3) Hay otra conjuración anticristiana que trabaja mediante revoluciones y guerras para debilitar y si fuera posible aniquilar las naciones católicas para dar la hegemonía a las naciones protestantes. Y de veras parece que los conspiradores se quieren servir para este fin de Estados Unidos como de Alemania e Inglaterra. Pero esta cuestión es ajena al objetivo de este libro.

4) Un panfleto anónimo, pero de autor conocido, titulado: Una campaña contra la Iglesia de Estados Unidos, ha sido difundido con profusión en el clero.


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