viernes, 6 de noviembre de 2026

LA LEY DE CRISTO Y LA KOINONÍA DE BIENES

Los Padres antiguos estiman que la comunicación de bienes, prefigurada en el Antiguo Testamento y plenamente realizada en el Nuevo, es parte de la doctrina moral católica.

Por el padre José María Iraburu


Vino nuevo en odres nuevos (Mt 9,17). 

Al recibir el don del Espíritu Santo, que renueva la faz de la tierra, se inicia entre los cristianos una vida nueva, según Cristo, el nuevo Adán. Y es una vida nueva no solamente en lo interior, sino también en lo exterior. Es decir, no solamente da lugar a hombres nuevos, sino también a comunidades nuevas, que realizan modos muy perfectos de convivencia, desconocidos por el mundo secular.

La comunidad apostólica de Jerusalén es descrita por San Lucas en los Hechos de los apóstoles en varios cuadros sintéticos (2,42-47; 4,32-35; 5,12-16), que vienen a desarrollar este precioso verso inicial: los creyentes bautizados “perseveraban en oír la enseñanza de los apóstoles y en la unión (koinonía), en la fracción del pan y en las oraciones” (2,42). La Iglesia apostólica naciente es, pues, una comunidad apostólica, fraterna, eucarística y orante. El término “koinonía” aparece en los Hechos únicamente en ese versículo, donde significa al mismo tiempo dos aspectos unidos entre sí: la comunión fraternal de los cristianos tanto en los corazones como en los bienes materiales.

–“La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y un alma sola” (4,32). Éste es, sin duda, el primer efecto de la koinonía. Todos los que han creído en Cristo “perseveran en un mismo espíritu, luchando con una sola alma por la fe del Evangelio” (Flp 1,27). Todos, “permaneciendo bien unidos, tienen un mismo amor, un mismo ánimo, un mismo pensamiento” (Hch 2,2; cf. 4,2; 2Cor 13,11; Rm 12,16; 15,5).

“Cada día, perseveraban unánimemente (homothymadon) en el Templo” (2,46), y “se juntaban unánimes en el pórtico de Salomón” (5,12). Esta unión profunda de todos se expresa especialmente ante Dios, en el Templo, cuando se reúnen para orar: “todos perseveraban unánimes en la oración” (1,14; cf. 2,42; 2,1.44; 4,24; Rm 15,5-6). Parece captarse en estas frases un eco de las palabras de Jesús: “si dos de vosotros se unen en la tierra para pedir algo, lo recibirán de mi Padre, que está en los cielos” (Mt 18,19). Es propio, pues, de cuantos viven de un solo Espíritu estar acordes en un mismo espíritu, e incluso, físicamente, reunirse con asiduidad en un mismo lugar, sobre todo para orar.

–“Todos los creyentes vivían unidos, teniendo todos sus bienes en común” (2,44). La unión de caridad eclesial entre los fieles llevaba derechamente a la comunión de bienes materiales: “la muchedumbre de los que habían creído tenía un corazón y un alma sola; y nadie consideraba sus bienes como propios, sino que lo tenían todo en común (panta koina)” (4,32). Nótese que habla San Lucas de “sus bienes”: es decir, los cristianos mantienen la propiedad de lo que es suyo. Pero por la caridad fraterna, los bienes personales vienen a hacerse comunes, no por la enajenación de los mismos, sino por la caridad comunicativa con que los usan sus propietarios.

“Vendían sus propiedades y sus bienes, y los distribuían entre todos según las necesidades de cada uno” (2,45). De este modo, “no había entre ellos ningún pobre, porque cuantos eran dueños de haciendas o casas las vendían, llevaban el precio de lo vendido y lo depositaban a los pies de los apóstoles, y a cada uno se le repartía según su necesidad” (4,34-35). San Lucas aquí, simplificando la realidad, presenta como regla general algunos hechos especialmente caritativos, que manifiestan el espíritu común existente. De hecho, él mismo propone el ejemplo de Bernabé como una generosidad excepcional: “poseía un campo, lo vendió y llevó el precio, y lo puso a los pies de los apóstoles” (4,37). Despojarse de los bienes propios no era una obligación. San Pedro no reprocha a Ananías y Safira haber retenido para sí parte de sus bienes, sino por haber mentido a Dios y a la Iglesia (5,1-11).

Hubo, sin embargo, muchos casos de comunicación de bienes en la primera Iglesia. Así es cómo los primeros cristianos practicaban sencillamente el ideal evangélico de renunciar a todo, propuesto directamente por Cristo a todos sus discípulos (Lc 5,11.28; 14,33; 18,22): a todos, no solamente a los que más tarde serán monjes y religiosos, y harán voto de pobreza, teniéndolo todo en común.

La koinonía se establece entre los que son “hermanos” en Cristo

La koinonía se produce dentro concretamente de la comunidad de “los que han creído” (Hch 2,42; 4,32), es decir, entre aquellos que son “hermanos” y forman en esta tierra la Familia de Dios. San Pablo, por ejemplo, exhorta: “hagamos bien a todos, pero especialmente a los hermanos en la fe” (Gál 6,10). Entre los cristianos, pues, ya no vive cada uno para sí, buscando sus propios intereses, sino que, unidos todos por la caridad trinitaria, cada uno está atento a las necesidades de los demás (Rm 15,2; 1Cor 10,24.33; Flp 2,4).

La koinonía se da también entre unas y otras comunidades cristianas

Todas las Iglesias están unidas entre sí, e intercambian sus bienes como un líquido entre vasos comunicantes. Quienes han bebido de un mismo Espíritu y se alimentan de un mismo Pan, forman un solo Cuerpo de Cristo. Y así como comparten en común la gracia, las penas y las alegrías, así participan también en la koinonía de los bienes materiales (cf. 1Cor 12,13.26).

El término koinonía se usa, pues, para designar la comunión eclesial de bienes, practicada, p. ej., en las Iglesias de Macedonia y Acaya, que “tuvieron a bien establecer alguna koinonía en favor de los pobres de los santos en Jerusalén” (Rm 15,26; cf. 26-28). Esas Iglesias pedían con insistencia “la koinonía de la diaconía en favor de los santos” (2Cor 8,4).

La colecta en favor de los cristianos de Jerusalén es una temprana y clara manifestación de que la koinonía cristiana se extiende entre las Iglesias hermanas: Roma, Acaya, Galacia, Corinto (1Cor 16,1-4; 2Cor 8-9; Rm 15,25-32). La ocasión de la colecta es la escasez que sufren los hermanos de Jerusalén. Pero la causa profunda de esa ayuda económica es el amor de Cristo: es preciso que se exprese socialmente en la Iglesia aquella entrega amorosa que el Hijo divino hizo de sí mismo en la encarnación y en la pasión, pues Él, “siendo rico, se hizo pobre, para enriquecernos en su pobreza” (2Cor 8,9 = siendo Dios, se hizo hombre, para deificarnos en su encarnación).

En el lenguaje del Apóstol (2Cor 8-9) queda, por lo tanto, claro que la colecta no es una mera filantropía natural, sino una caridad eclesial profundamente cultual y religiosa. “Esta obra de caridad” (2Cor 8,19), dice, vendrá a ser una “eucaristía” (9.11-15) que, por medio de “este ministerio sagrado”, suscitará a su vez “copiosa acción de gracias” en los ayudados. Y así, la abundancia de unos será remedio para la escasez de otros, de tal modo que se logre una “igualdad (isotes)” (8,13). Por eso, la secularización actual de tantas obras benéficas católicas queda muy lejos de los primeros planteamientos evangélicos y apostólicos.

La Iglesia es una comunidad distinta y mejor que el mundo secular en que vive

Al realizar una admirable koinonía de almas y de bienes, por una parte, la comunión de la Iglesia se diferencia netamente del orden social vigente, y por otra, consigue, para la gloria de Dios y por su gracia, una forma de vida excelente. Por eso, refiere San Lucas, “nadie de los otros se atrevía a unirse a ellos [distintos]; pero el pueblo los tenía en gran estima [mejores], y crecían más y más los creyentes, en gran muchedumbre de hombres y mujeres [atrayentes]” (Hch 5,13-14). Es decir, en medio del orden judío, aparece la Iglesia como una comunidad diferenciada y atrayente (4,33), que va incorporando aceleradamente nuevos miembros (6,7).

No hay pretensión política alguna en aquella primera comunidad cristiana de Jerusalén. Ella crea de hecho un nuevo orden social, lo crea ya, sin esperar a que la sociedad cambie a mejor. Pero, por supuesto, no se presenta –algo imposible entonces– como un programa político de renovación para el conjunto de la sociedad. Y la koinonía de bienes en favor de los hermanos pobres cobra en la primera comunidad apostólica tal importancia que pronto viene a requerir un ministerio propio, el de la diaconía (Hch 6,1-6). En este sentido, la historicidad de la diaconía corrobora la historicidad de la koinonía. También los diezmos, a lo largo de los siglos, expresan en la Iglesia ese mismo espíritu.

Muchos, sin embargo, tratan de politizar la ejemplaridad de la primera Iglesia, la de Jerusalén. Lo hacen, p. ej., los socialistas utópicos decimonónicos, Saint-Simon, Owen, Cabet, que sienten una admiración muy grande por Cristo y por la primera comunidad apostólica, en la que ven la plena realización de sus ideales comunitarios. Algunos de los primeros lemas del socialismo utópico comunitario, como “a cada uno según su necesidad”, están tomados precisamente del libro de los Hechos.

La koinonía cristiana de bienes existió realmente en Jerusalén, y fue modelo realizado por otras Iglesias. No fue, pues, una mera idealización del autor de los Hechos, sin base real. No fue tampoco un caso aislado, puramente carismático, sin valor ejemplar. Y ambas cosas, que van unidas, las podemos verificar por cuatro vías:

1.–La tradición antigua llama “vita apostolica” a esa comunión de la primera comunidad eclesial, que afecta a corazones y bienes materiales. Se afirma así la clara conciencia que la Tradición tiene de que la koinonía fue la forma de vida comunitaria predicada, procurada y organizada por los Apóstoles. Jesús y los Doce son el comienzo de la koinonía cristiana:

Escribe L. Cerfaux: “Ese tipo de vida llevó en la Tradición, hasta el siglo XII, el bello nombre de “vida apostólica”, vita apostolica, queriendo decir: la vida de los Apóstoles, la que ellos enseñaron a sus discípulos inmediatos; y se pensaba en la comunidad de bienes y de caridad que animó la Iglesia apostólica de Jerusalén. No se puede reprochar, pues, a los Apóstoles haberse alejado en esto del pensamiento de Jesús. Si enseñaron a los cristianos de Jerusalén a practicar la vida común, es porque sabían que respondía al ideal del Maestro. Más aún: es porque ellos mismos habían vivido esta vida con Jesús [tenían una bolsa común, Jn 12,6; 13,29, y varias mujeres les asistían con sus bienes, Lc 8,1-3]. La vida común y apostólica nació, pues, de las mismas entrañas del cristianismo; derivó de los principios de Jesús” (La puissance de la foi; la communauté apostolique, Cerf, París 1968, págs. 42-46).

2.–Los grandes maestros espirituales de la Iglesia han considerado siempre la koinonía de Jerusalén como un ideal permanente, tanto en su unidad de almas, como en su comunidad de bienes. Ascetas y místicos, comunidades religiosas monásticas, Orígenes, Epifanio, Antonio, Basilio, Jerónimo, Agustín, Casiano, todos, hasta nuestros días, ven en la primera Jerusalén cristiana un modelo ideal, que al paso de los siglos es continuamente iluminador y ejemplar. Los Padres antiguos, concretamente, estiman que la comunicación de bienes, prefigurada en el Antiguo Testamento y plenamente realizada en el Nuevo, es parte de la doctrina moral católica.

3.–La koinonía de Jerusalén, por la que se da una cierta comunicación de bienes materiales, no fue un caso aislado, una especie de milagro, como otros, realizados por Dios en los comienzos de la Iglesia, que no constituiría un precedente significativo y orientador para nosotros. Por el contrario, la comunicación de bienes se vive en Jerusalén y también en las Iglesias de los primeros siglos: “¡no os olvidéis de la beneficencia y la koinonía!” (Heb 13,16). Son muchos los documentos cristianos antiguos que exhortan a la koinonía de bienes; pero no lo harían si, en alguna medida, no se estuviera ya viviendo en las Iglesias.

La Dídaque, por ejemplo, en la segunda mitad del siglo I, la recomienda con la formula clásica: “no rechazarás al necesitado, sino que comunicarás en todo con tu hermano, y de nada dirás que es tuyo propio; pues, si os comunicáis en los bienes inmortales ¿cuánto más en los mortales?” (IV,8). El mismo consejo, con palabras muy semejantes, lo hallamos en San Ignacio de Antioquía (A Policarpo 4,3), en la Carta de Bernabé (XIX,8), en el Pastor de Hermas (compar. II; V,3,7), en Clemente de Alejandría (Stromata II,84,4; 85,3; 86,4; Quis dives salvetur 13,1-6), y en el año 380 en las Constituciones apostólicas (II,25).

4.–La realidad de la koinonía se demuestra también porque es un dato aducido por los Apologistas antiguos en favor de los cristianos. No se atreverían a usar ese argumento de ejemplaridad, si éste no estuviera confirmado por la realidad social cristiana que los paganos conocían.

En la primera mitad del s. II, Arístides, filósofo ateniense, en su Apología, afirma que los cristianos “se aman unos a otros; y el que tiene, da sin pena al que no tiene. Y si entre ellos hay alguno que esté pobre o necesitado, y ellos no tienen abundancia de medios, ayunan dos o tres días para satisfacer la falta de sustento preciso para los necesitados. Viven recta y modestamente, como se lo mandó el Señor Dios” (XIV,8; también la Didascalia 5,1,4, ordena ayunar para ayudar a los que están en necesidad).

A mediados del s. II, en su I Apología, aduce San Justino, filósofo palestino, el mismo dato y argumento: “Los que antes amábamos por encima de todo el dinero y el acrecentamiento de nuestros bienes, ahora ponemos en común lo que tenemos, y de ello damos parte a todo el que está necesitado. Los que nos odiábamos y matábamos unos a otros, y no compartíamos el hogar con quienes no fueran de nuestra propia raza por la diferencia de costumbres, ahora, después de la aparición de Cristo, vivimos todos juntos, y los que tenemos socorremos a todos los necesitados, y nos asistimos siempre unos a otros” (XIV,2-3; cf. 15,10; 67,1-6). Estos datos, como digo, no podrían ser aducidos si, al menos en buena parte, no se estuvieran viviendo realmente en las Iglesias cristianas.

El Evangelio más ignorado es el de la pobreza y comunicación de bienes

Hay Evangelios, como el de la castidad, que con frecuencia se viven mal, pero que al menos son generalmente conocidos por los cristianos. Pero este Evangelio, el de la pobreza –la peligrosidad de las riquezas, el grave deber de ayudar a los pobres, evitando todo gasto superfluo– aunque tiene una cierta actualidad verbal, y a veces ideológica, apenas llega a configurar la vida de los cristianos. Fuera de los religiosos, que todo lo tienen en común, sólo algún grupo laico importante vive seriamente el diezmo o algún modo real de comunicación de bienes. Pero la inmensa mayoría de los bautizados y de sus asociaciones, incluidos los más ortodoxos y devotos, en todo lo referente a propiedad y nivel económico de vida, simplemente “se conforman al siglo presente” (Rm 12,2), y apenas se distinguen en nada de los paganos. Con toda tranquilidad de conciencia –cada uno debe vivir según su estado social propio–, vierten el vino nuevo del Evangelio en los odres viejos del mundo. Y se pierden vino y odres. Se resisten a Cristo, no le dejan manifestarse al mundo no solo a través de hombres nuevos, sino también de comunidades nuevas.

Pero “al principio no fue así” (Mt 19,8). La Madre Iglesia engendraba con Cristo hombres nuevos y nuevas comunidades, bien diferenciadas del mundo secular, mejores y atrayentes. Actualmente el mapa de los países más ricos coincide con el mapa de las naciones más descristianizadas. 
 

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